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martes, 20 de mayo de 2025

Guerra comercial: ¿Quién gana realmente en el fuego cruzado? Reflexiones sobre el impacto en Cuba ( Transcripción)

Por: Oscar Figueredo Reinaldo

Lic. Oscar Figueredo Reinaldo: Hola, muy buenas noches. Es un placer volver a saludarles en Cuadrando la Caja, su espacio para debatir y reflexionar sobre la economía cubana. Si usted es una persona que se mantiene informada sobre los temas económicos, seguramente está al tanto de la guerra de aranceles. 

Pero, ¿qué hay detrás de todo este movimiento? ¿Qué consecuencias puede tener para la economía mundial? ¿Tendrá algún impacto en Cuba? Sobre estos y otros temas estaremos conversando esta noche en Cuadrando la Caja. Mi nombre es Oscar Figueredo y los invito a acompañarnos.

Para desentrañar qué hay detrás de esta guerra de aranceles y el impacto que puede tener en la economía mundial, hoy tengo un panel de lujo que nos ayudará a entender lo que se mueve detrás de todo esto que está sucediendo en el planeta.

Ya estoy presentando a Gladys Hernández, quien es investigadora del CIEM. Muy buenas noches y bienvenida al panel.

Gladys Hernández: Muchas gracias.

Lic. Oscar Figueredo Reinaldo: También tengo el privilegio de contar, nuevamente como invitado a nuestro programa, con Tony Romero, profesor del Centro de Investigación de la Economía Internacional de la Universidad de La Habana. Buenas noches.

Antonio Romero Gómez: Buenas noches y muchas gracias.

Lic. Oscar Figueredo Reinaldo: Y también se suma por primera vez a nuestro programa una personalidad del mundo de la economía cubana, Orlando Hernández Guillén, asesor del ministro de Comercio Exterior. Muy buenas noches y bienvenido a Cuadrando la Caja.

Orlando Hernández Guillén: Muchas gracias. Es un honor.

Lic. Oscar Figueredo Reinaldo: Conociendo ya a nuestros invitados, les invito a comenzar el debate aquí en Cuadrando la Caja.

Reportaje sobre la guerra de aranceles de Donald Trump

Lic. Oscar Figueredo Reinaldo: Un excelente material de las tantas noticias que surgen día a día cuando se habla del tema de los aranceles y la guerra comercial de Donald Trump, porque esas tres palabras siempre vienen juntas y nos ponen en contexto sobre lo que realmente está pasando en el planeta con estos temas de la guerra arancelaria.

Pero creo que antes de entrar en el tema, es necesario comenzar por lo básico: ¿Qué es un arancel y qué papel juega actualmente en la economía mundial? ¿Quién de ustedes comienza el debate? ¿Gladys?

Gladys Hernández: Sí. Es evidente que hay cuestiones que deben explicarse, ya que no siempre se entienden por parte de nuestro pueblo. El arancel es un impuesto que, como propietario en este caso del mercado al que llega el producto, se aplica a determinados bienes; puede ser a productos que llegan a ese país o a los servicios que ofrecen otros países. Esto implica una barrera. Se habla incluso de barreras arancelarias en ese sentido. Usted está incrementando ese impuesto. Lo que está sucediendo actualmente es que ya había una base de impuestos existentes en Estados Unidos en relación con todos esos productos y bienes que entraban. Lo que Trump ha hecho es, en muchos casos, quintuplicar o sextuplicar esos impuestos, y en el caso de China, estamos hablando de impuestos del 145%.

Lo cierto es que esto encarece, en primer lugar, los productos que llegan a ese país, y automáticamente aquellas personas o empresas que utilizan esos productos lo verán reflejado en los precios que tendrán que pagar. Ese es un primer elemento. El segundo elemento es que históricamente ha existido una guerra, que se habla mucho, entre el famoso proteccionismo comercial, que es lo que genera todo este tema de los aranceles, de estos nuevos impuestos y barreras al comercio. A veces no son siempre comerciales, sino que hay barreras que no son propiamente arancelarias, y podemos profundizar en eso. Pero lo cierto es que ese tipo de barrera ya existía en Estados Unidos.

Oscar Figueredo Reinaldo: Y no solamente en Estados Unidos. ¿Los aranceles son algo que solamente se aplica en Estados Unidos, o todos los países tienen aranceles?

Antonio Romero Gómez: No. El arancel, como bien dijo Gladys, es un instrumento por excelencia de política comercial. Todos los países del mundo tienen políticas comerciales; por lo tanto, todos los países tienen su lista arancelaria. Esta lista regula cuánto deben pagar como gravamen por la importación. Cabe mencionar que, en determinados momentos, también se imponen aranceles a la exportación. Aunque son menos comunes, también hay ocasiones en que esto ocurre.

El arancel es un gravamen a la importación que tiene dos objetivos básicos. El primero, que es el principal, es proteger a la industria nacional frente a la competencia extranjera, que supuestamente es lo que está detrás de la política de Trump. En segundo lugar, el arancel también sirve como un instrumento que capta recursos para el fisco, ya que esos aranceles van directamente al presupuesto estatal.

Es interesante destacar que todos los países del mundo imponen aranceles. Además, todos los aranceles son negociados dentro del marco del sistema multilateral de comercio entre los países. Por lo tanto, incrementar abruptamente los aranceles, como lo ha hecho Trump, indudablemente entra en colisión con lo que ha sido la práctica y la norma del comercio multilateral durante mucho tiempo. Por último, es muy poco probable—yo diría que casi imposible—que esta medida de Trump, si se concreta en la magnitud anunciada, traiga los resultados esperados.

Lic. Oscar Figueredo Reinaldo: Cada vez que escuchamos hablar del tema arancelario, siempre hay dos posturas: el proteccionismo, un tema que ya se ha mencionado en nuestra conversación de esta noche, y el libre comercio. ¿Qué perspectiva defiende cada una? En el caso de América Latina, estamos acostumbrados a escuchar esta terminología. Orlando, explícanos un poco y luego se sumará el resto de mis invitados.

Orlando Hernández Guillén: Desde el momento en que decimos que estamos en la era moderna de los aranceles, es importante recordar que, a partir de la Segunda Guerra Mundial, la potencia económica vencedora, que fueron los Estados Unidos, diseñó el mundo en función de sus intereses. Esto comenzó con los acuerdos de Bretton Woods, el Banco Mundial de Reconstrucción y Fomento, el Fondo Monetario Internacional y un acuerdo de comercio negociado en La Habana en 1947, que luego se convirtió en el GATT. Este acuerdo perseguía, tras la guerra, reducir gradualmente los aranceles en todo el mundo para que los productos estadounidenses pudieran ingresar a esos mercados.

Eso fue lo que diseñó el GATT. En los años 90, cuando desapareció el campo socialista y se proclamó el «fin de la historia», las grandes transnacionales abrieron espacio al neoliberalismo y a la eliminación de aranceles al máximo, creando la OMC, sucesora del GATT, con progresiones para la desgravación arancelaria. Así, se fueron produciendo acuerdos bilaterales y multilaterales que reducirían esos aranceles y permitirían más libre comercio.

Sin embargo, lo que sucedió fue que los países evolucionaron, desarrollando industrias más modernas y eficientes que las estadounidenses. Estas industrias comenzaron a penetrar en el mercado estadounidense, y las compañías norteamericanas llevaron sus inversiones y tecnología a esos países, lo que resultó en el cierre de fábricas en Estados Unidos. Esto es parte de la problemática que Trump intenta revertir ahora a través de aranceles.

Lic. Oscar Figueredo Reinaldo: Sí, profesor.

Gladys Hernández Pedraza: Hoy se habla de la pérdida de hegemonía de Estados Unidos, fundamentalmente a partir de este fenómeno. La globalización, con todo su proceso de liberalización comercial y financiera, ha provocado una deslocalización de importantes industrias hacia países donde la mano de obra es mucho más barata y los recursos, como materias primas, son más accesibles. Este es el caso emblemático de Asia, que comenzó con los países considerados de nueva industrialización, los famosos NICs, y luego continuó con China y otras naciones. El capital se desplaza; esas empresas norteamericanas que tuvieron éxito se trasladaron por todo el mundo y hoy producen, como decía Orlando, en otros lugares. ¿Y qué dice Trump? Que hay que hacer a América grande de nuevo, trayendo de vuelta todas esas empresas. La política proteccionista puede ser un elemento, pero las condiciones han cambiado. Muchas de esas empresas, como podemos ver más adelante, no están interesadas en regresar a Estados Unidos. Lo que es peor, el incremento de los impuestos arancelarios afecta a 185 países, algunos más que otros, lo que pone en conflicto la economía norteamericana con el resto del mundo y no necesariamente es positivo.

Lic. Oscar Figueredo Reinaldo: Tony, yo siempre recuerdo las discusiones que sostenía Fidel sobre los tratados de libre comercio en América Latina, que también están relacionadas con la imposición de hegemonía sobre una región. Coméntanos un poco sobre la diferencia entre el proteccionismo que está impulsando ahora Donald Trump y las políticas comerciales anteriores, y cómo ha cambiado el tablero en los últimos años.

Antonio Romero Gómez: Es interesante esto porque, hasta cierto punto, refleja precisamente que el tablero se ha virado. Estados Unidos, como decía Orlando, fue el principal promotor de la liberalización del comercio internacional después de la Segunda Guerra Mundial, utilizando el GATT como su instrumento institucional por excelencia. La historia del GATT es interesante: sus orígenes se remontan a Cuba, donde se iba a crear la Organización Internacional del Comercio, pero las negociaciones en La Habana fracasaron. Por eso, Estados Unidos convocó a los 24 principales países del comercio mundial en ese momento, y el GATT surgió como un acuerdo temporal hasta que se creara la Organización Internacional del Comercio.

La filosofía de ese sistema multilateral y del GATT, impulsada por Estados Unidos, era la liberalización del comercio. El principal instrumento era la reducción de los niveles de aranceles a través de rondas de negociaciones comerciales. En el GATT, y luego en la OMC, se alcanzó un nivel de liberalización del comercio de manera multilateral. Sin embargo, había países, especialmente Estados Unidos y Europa Occidental, que deseaban un mayor nivel de liberalización. Para ello, negociaron acuerdos de libre comercio considerados de «nueva generación» que buscaban alcanzar un nivel aún mayor de liberalización económica. Así surgió la proliferación de acuerdos de libre comercio. Ahora, como dice Orlando, los tiempos han cambiado y, paradójicamente, el paradigma de la liberalización comercial se está convirtiendo en el paradigma del proteccionismo. Esto está relacionado con la pérdida relativa de hegemonía económica por parte de Estados Unidos y el intento de regresar a los viejos tiempos en que era la principal potencia productora e industrial del mundo.

Lic. Oscar Figueredo Reinaldo: Un viraje total del tablero. Si antes dominaban ciertas reglas, hoy vemos que se están aplicando otras totalmente diferentes. Esta es la historia y el contexto para entender lo que hoy se conoce como la guerra de aranceles. Pero, ¿qué está pasando realmente? ¿Qué hay detrás de estas políticas? ¿Qué impacto pueden tener no solo para Estados Unidos, sino para el resto de los países? Vamos a hacer una pausa y regresaremos enseguida a nuestro diálogo de esta noche.

Reportaje sobre la guerra de aranceles de Donald Trump

Lic. Oscar Figueredo Reinaldo: Excelente material, sugerido por uno de mis panelistas de esta noche. Todos están sonriendo y asintiendo con la cabeza, porque esta pregunta final es clave: ¿Realmente creyeron que con la imposición de aranceles iba a cambiar el panorama interno y las fábricas iban a regresar a Estados Unidos? ¿Qué hay detrás de esta guerra de aranceles? A veces se dice, quizás por desconocimiento: «Esto es por las locuras de Trump». Pero, ¿cuál es realmente la lógica que está impulsando a Trump a hacer esto? ¿Está relacionado, como mencionaron al principio, con la pérdida de hegemonía de Estados Unidos en el mundo? Coméntennos un poco.

Orlando Hernández Guillén: Yo pudiera adelantar algún razonamiento personal. Trump ve que Estados Unidos hoy tiene preeminencia militar, financiera y política con el dólar, pero está perdiendo su base, que es la producción material. Con el surgimiento de estas nuevas economías, que están avanzando y creando estructuras financieras y políticas que adversan a Estados Unidos, la potencia se debilita. Lógicamente, con el tiempo, Estados Unidos podría dejar de ser la potencia que es ahora. Eso es lo que él está tratando de recuperar, a mi juicio. ¿Lo podrá hacer? Creo que no, porque hay razones objetivas, algunas de las cuales la doctora mencionaba. Lenin habló en 1914 sobre el desarrollo desigual de las fuerzas productivas del capital, lo que llevó a la Primera y Segunda Guerra Mundial y a la lucha por los mercados. Ahora, quizás no entre países capitalistas, pero sí entre economías de mercado que superan a la de Estados Unidos y le están quitando espacio. No pensemos que Trump quiere simplemente dar trabajo a las masas o restablecer la posición de la clase obrera; él está pensando en el papel de Estados Unidos, que está cediendo, y que podría empezar a ceder también en otros aspectos que son fundamentales para mantener su estatus de potencia.

Lic. Oscar Figueredo Reinaldo: Recuerdo que durante su primera campaña electoral, y es una política que ha mantenido durante su segundo mandato, Trump hizo referencia a abrir nuevamente las fábricas de automóviles. Recordemos que, durante la gran crisis económica, muchas de estas fábricas cerraron. El propio tema de los combustibles parece indicar que lo que está defendiendo es a esa clase media del país y que quiere empoderar nuevamente a la gente. Y ese no es el discurso, Gladys. ¿No es verdad?

Gladys Hernández Pedraza: No es que no sea el discurso; es que con ese discurso ganó las elecciones la primera y la segunda vez. O sea, suele ser muy convincente, y detrás de él hay un aparato estratégico que está diseñando esa política.

Nos gusta decir, y puede que sea cierto, que la personalidad en la historia tiene un rol estratégico, y que Trump es realmente muy complejo de entender. Sin embargo, detrás de él hay todo un entramado de estrategia para que Estados Unidos recupere las posiciones hegemónicas que ha perdido, como decía Orlando. Aquí hay una creciente influencia por parte de las oligarquías financieras.

Lic. Oscar Figueredo Reinaldo: Que por primera vez están directamente en el gobierno.

Gladys Hernández Pedraza: Exactamente. Los grandes monopolios, como el caso emblemático de Elon Musk y toda su industria. Pero lo cierto es que la base industrial fundamental para mantener cualquier tipo de desarrollo, incluso el de defensa, no puede ser prácticamente 100% dependiente de otros países. En el caso específico de la defensa, el 75% de todos los armamentos producidos en Estados Unidos depende estratégicamente de las tierras raras que exporta China. Entonces, ¿de qué estamos hablando? Está claro que hay una propuesta para rescatar la hegemonía norteamericana, pero no necesariamente las políticas que se están aplicando son las más adecuadas. Enemistarse con todo el mundo y generar una dinámica que puede afectar económicamente al mundo, e incluso a Estados Unidos, no parece muy objetivo. Hay que ver cómo va a evolucionar todo. Ahora se habla de alrededor de 90 acuerdos, porque hay países que han intentado negociar.

Lic. Oscar Figueredo Reinaldo: O eso es lo que intenta decir ahora.

Gladys Hernández Pedraza: Exacto, pero lo cierto es que hay países que han planteado, de manera correcta, que si no se levantan todos esos aranceles impuestos injustamente, no habrá negociación. Esto representa un panorama totalmente diferente al que vimos en la primera administración. Hay posiciones de fuerza en este momento que están considerando otro tipo de alternativas, como decía Orlando, y la posibilidad real de que Estados Unidos se quede solo ante esa disyuntiva. Tú hacías una pregunta: ¿eso impacta o no impacta globalmente?

Lic. Oscar Figueredo Reinaldo: Exactamente.

Gladys Hernández Pedraza: Ya estamos viendo los primeros pronósticos. El Fondo Monetario Internacional dice que no se producirá una recesión económica, pero otras instituciones, como la Organización Mundial de Comercio, afirman lo contrario. La UNCTAD, que es una de las instituciones más relevantes en el análisis del comercio y la inversión, también indica que es posible que se produzca una recesión. Si esto ocurre, todo el mundo se verá afectado, ya que estamos hablando del comercio mundial.

Lic. Oscar Figueredo Reinaldo: Incluso la propia CEPAL, en su predicción de inicios de año, ahora ha corregido diciendo que habrá una desaceleración de las economías de América Latina para este año.

Antonio Romero Gómez: No solo en América Latina, como tú dices. Todos los organismos de América Latina y el Caribe han revisado a la baja sus perspectivas de crecimiento, lo cual, como menciona Gladys, ha generado un mayor nivel de incertidumbre en una economía internacional que ya mostraba contradicciones importantes y que va a tener impactos globales, de hecho, ya los está teniendo. Es importante destacar tres elementos de lo que mencionaste anteriormente. Primero, el análisis de si Trump, con su propuesta, está respondiendo a los intereses de ciertos sectores de capital y no tiene nada que ver con sectores sociales. Eso es muy complejo. La llegada de Trump al poder, con todas las contradicciones que pueda tener, es una expresión legítima según los cánones norteamericanos. Es una manifestación de importantes sectores sociales en Estados Unidos que están asociados a sectores económicos que habían venido perdiendo con la globalización. No quiere decir que todos perdieron con la globalización, pero hay sectores sociales que sí sufrieron pérdidas.

¿Cuáles son los sectores económicos mayoritarios en Estados Unidos que perdieron con la globalización? Como dijo Gladys, son los sectores industriales tradicionales, basados esencialmente en la producción masiva de bienes y en ciertos servicios que tenían un alto costo laboral. ¿Por qué? Porque esa producción se trasladó fundamentalmente a China. Esto no implica que todos los sectores sociales y económicos de Estados Unidos hayan perdido con la globalización; nada es totalmente neutral hoy en día, incluso en la política norteamericana. Hay importantes sectores económicos y sociales que se oponen crecientemente a la postura de Trump. Por lo tanto, esa dicotomía de que responder al capital no tiene que ver con sectores sociales no es así. Es más complejo, porque los sectores sociales se reproducen en determinados sectores económicos. No importa que tú seas explotado; tu salario, tu nivel de vida y tu capacidad de reproducción familiar dependen del trabajo que tengas y del sector en el que estés insertado en el mercado laboral.

El segundo elemento importante es que, con este tipo de medidas, Trump supuestamente va a resolver hacer a América grande de nuevo. Para él, teóricamente, esto implica que todas esas empresas norteamericanas que están actualmente en China, Vietnam, Malasia, India y otras partes del mundo regresen a Estados Unidos. El profesor Jeffrey Sachs, quien ha venido a Cuba, ha sido muy crítico y dijo lo siguiente: «Los asesores económicos de Trump no han aprobado mi segunda clase de macroeconomía». ¿Por qué? Por una sencilla razón: en economía todo está interrelacionado. El tremendo déficit externo de Estados Unidos, que exporta muy poco en comparación con lo que importa, está íntimamente vinculado a otras identidades macroeconómicas. Esto tiene que ver con un déficit fiscal sin precedentes que ha acumulado Estados Unidos a lo largo del tiempo, lo que hace que la demanda interna sea muy superior a la oferta interna, y eso se cubre con producción del exterior. Lo mismo ocurre en Cuba; el déficit fiscal está asociado directamente al déficit externo, igual que en Estados Unidos.

Entonces, Sachs dice: «Automáticamente no vas a resolver el problema». Es más, esto puede ser contradictorio porque podrías generar una recesión. Y, por último, uno de los efectos globales más importantes que está teniendo, y que podría tener además de la recesión, es un incremento sin precedentes en la pérdida de consistencia de las reglas del comercio mundial y de la economía internacional. En un mundo sin reglas, quienes más pierden son los más pobres y vulnerables.

Lic. Oscar Figueredo Reinaldo: Exactamente. Uno de los elementos que se destacaban ahora mismo es el tema de la incertidumbre. Una economía en incertidumbre es como un barco sin timonel, ¿no es así?

Antonio Romero Gómez: Exactamente.

Orlando Hernández Guillén: Es una incertidumbre que tiene varias dimensiones. Yo diría que la primera incertidumbre es dentro de los propios Estados Unidos. Si uno entra en la página de la Cámara de Comercio de los Estados Unidos, que agrupa millones de pequeñas y medianas empresas, verá que allí publican diariamente el cálculo de cuánto le cuesta a sus asociados, pequeños y medianos productores, los aranceles de Trump: 9,500 dólares por segundo. Esa cifra se va incrementando y ya alcanza los 30,000 millones de dólares en pérdidas que sufrirá ese sector, y seguirá creciendo. ¿Qué esperanza tiene Trump? Que pueda alcanzar negociaciones que le permitan corregir estos problemas y así resolver los sobrecostos que enfrentan ahora los pequeños y medianos productores, pero eso es incierto.

Lic. Oscar Figueredo Reinaldo: Y usted dirá: ¿y qué tiene que ver esto con Cuba? ¿Por qué estamos hablando en Cuadrando la Caja, un programa que generalmente aborda temas nacionales, sobre el tema de los aranceles? Porque, aunque seamos una isla, tenemos una gran dependencia de la economía mundial, y por tanto es muy importante que todos conozcamos estos temas. Pero vamos a escuchar la opinión del cuarto panelista del programa, el Gurú de Jatibonico, para saber qué nos comenta sobre la guerra arancelaria.

El Gurú de Jatibonico:
Contra amigos, contra infieles,
el imperio contraataca,
y sin piedad los atraca
con su guerra de aranceles.
Cree saborear las mieles
del triunfo, pero con China
se le atraganta una espina,
y sin que al final sepamos,
en Cuba solo miramos
la bronca desde la esquina.

Lic. Oscar Figueredo Reinaldo: El Gurú ya adelantaba uno de los temas que queríamos tocar en este tercer y último bloque del programa: cuáles son los posibles escenarios que podría desatar esta guerra arancelaria, todo este bombardeo de un lado para otro. Ustedes siempre me dicen que se modelan escenarios, es decir, no todo es blanco o negro, y a veces existen grises. ¿Qué podemos esperar en los próximos años si continúa esta misma situación, Gladys?

Gladys Hernández Pedraza: El primer elemento es que no fuimos incluidos en esa lista de aranceles. De forma muy despectiva, se dijo que era suficiente con lo que teníamos con el bloqueo. Hay que tener en cuenta que no nos subieron aranceles, por lo tanto, de forma directa no nos afectarán. Sin embargo, ¿qué pasa con todo ese sector no estatal que hoy mantiene relaciones con Estados Unidos y realiza importaciones? Todos esos precios automáticamente se van a multiplicar, porque estamos hablando de importaciones que estarán sujetas a aranceles realmente altos; ese es un primer elemento.

El otro aspecto es el que menciona la Organización Mundial de Comercio. Hay dos elementos esenciales. Uno es el tema de la inversión extranjera. Si la incertidumbre es tan grande, si las empresas en este momento no saben qué hacer, si invertir o no en determinados lugares, eso genera una guerra realmente importante en el tema de los aranceles. Pero más allá de eso, es una guerra que refleja el papel que quiere alcanzar Estados Unidos y cómo desea humillar a otros países en el contexto internacional. En medio de esta situación, la inversión se contiene. Hay una gran incertidumbre incluso en Estados Unidos; sus empresas no quieren invertir hoy, ni siquiera regresar. No solo es el problema de las inversiones externas, sino también las inversiones internas que están detenidas, así como las contrataciones. Cuando se hace una inversión, se necesita contratar, pero ¿sobre qué base se va a contratar si no sabemos cuáles serán los precios reales de las materias primas y las piezas de repuesto que se van a necesitar?

Por tanto, el tema de la inversión a escala global atraviesa un momento muy árido. La propia Organización Mundial de Comercio afirma que, si se aplican todos los aranceles, habrá un proceso inminente de negociación, lo cual será necesario para que Estados Unidos se siente a negociar con todos esos países. Esto ya ha hecho con algunos y les ha propuesto ciertas negociaciones, pero no se ha llegado a ningún acuerdo. Si se pusieran en acción todos los aranceles previstos, la caída del comercio se valoraría en alrededor del 0.6% promedio anual, lo que podría ser incluso mayor que lo que ocurrió durante la COVID. Si hay una contracción de los flujos comerciales globales, todos los países nos veremos afectados.

¿Qué sucede también? Es lógico que, si Estados Unidos está dirigiendo todos esos cohetes a países estratégicos, esos países buscarán alianzas y tratarán de resolver sus problemas de forma bilateral o trilateral, como ha sucedido recientemente con ciertos países asiáticos, que se han sentado a dialogar sobre sus problemas. Otro ejemplo son los BRICS, que han estado desarrollando una estrategia para eludir determinadas prohibiciones impuestas por Estados Unidos, no solo en el ámbito comercial, sino también en el de las sanciones, entre otros. En ese contexto, todos los países nos veremos afectados. ¿Qué pasa con Cuba?

Lic. Oscar Figueredo Reinaldo: Eso es realmente lo que quería preguntar ahora, porque las personas pueden decir que Cuba tiene sanciones y un bloqueo, que es el mecanismo más integral y complejo de sanciones económicas y financieras contra un país. Nos sorprendíamos cuando salía la lista de aranceles impuestos por Trump y Cuba no estaba incluido en ella, pero realmente tiene impactos para la economía cubana. Tú ya adelantabas algo con el tema de la inversión, incluso con ese empresariado privado naciente en el país, que también se verá afectado por estos mecanismos que encarecen todas las logísticas y producciones.

Gladys Hernández Pedraza: Sí, y me parece que ese es un elemento importante: el impacto que puede llegar de forma indirecta a nosotros. El otro impacto estratégico es la búsqueda de nuevas alianzas. Está claro que, en un contexto como este, a Cuba no le queda otra alternativa que tratar de fortalecer las alianzas estratégicas que ya tiene e ir buscando nuevas vías para desarrollar nuestro comercio y nuestra inversión. Esto es una política que nuestro gobierno ha estado implementando, y lo estamos viendo ahora con la presencia de Díaz-Canel en Europa, en Rusia, y con nuestros dirigentes en diferentes países asiáticos. La necesidad inminente de un contexto actual como este es fortalecer aquellas estrategias que pueden revertir en elementos positivos para Cuba.

Lic. Oscar Figueredo Reinaldo: Tony, ¿coincides con esta idea que maneja Gladys?

Antonio Romero Gómez: Creo que sí, esa es obviamente una preocupación de todos. Pero hay que entender que, como se mencionó en la primera sesión de este programa, estamos hablando de un enfrentamiento que llega a ser global. Por lo tanto, los efectos, ya sean directos o indirectos para Cuba, no solo están determinados por lo que sucede en el mercado de Estados Unidos con el aumento de los aranceles y el encarecimiento de las importaciones, sino también por el encarecimiento de la producción norteamericana, que siempre tiene un componente importado y que puede llegar aquí a través de lo que importan las mipymes para satisfacer el consumo doméstico. Esa es una vía, pero además hay que tener en cuenta que el resto de los países también incrementará los aranceles, lo que normalmente trae consigo un aumento de los costos y precios a nivel internacional. Por lo tanto, no se ve afectado únicamente por la vía comercial directa.

El segundo punto que me parece importante tener en cuenta en el caso de Cuba es que enfrentamos muchos dilemas y desafíos de política exterior. Sin embargo, indudablemente uno de los temas que ahora se manifiesta con más fuerza es que, en última instancia, debemos hacer todo lo posible, en este contexto tan difícil, para sustituir importaciones. La sustitución de importaciones en Cuba es un tema que podría ser objeto de un curso de posgrado y requiere transformaciones estructurales internas muy poderosas en el mecanismo económico, pero, como nunca antes, eso es muy importante en este contexto. Y, por último, la diversificación, como bien decía Gladys.

Quería mencionar algo rápidamente porque tú empezaste hablando de los escenarios, y luego nos hemos volcado hacia Cuba, lo cual es elemental. En términos de escenarios, se pueden considerar tres posibilidades básicas: primero, que se mantenga el estatus actual y lleguemos a un impasse; segundo, que haya negociaciones y se alcance un escenario intermedio; y, en el mejor de los casos, que haya una retracción de la administración norteamericana y volvamos al mundo de antes. Creo que esta última posibilidad es muy poco probable, y la primera no la doy por imposible, pero también es muy poco probable. Creo que ocurrirá algo vinculado al segundo escenario.

¿Por qué? Porque, aunque no todos los países tienen el poder de China para negociar con Estados Unidos, hay algunos que ya están negociando, y lo hacen porque, en términos de su tamaño relativo, nivel de desarrollo económico y la importancia de Estados Unidos en su relación económica externa, es un problema legítimo de interés nacional. Estos países están negociando. Hay otros que tienen suficiente poder de negociación para decir que no, y Estados Unidos tendrá que negociar en distintas condiciones con ellos.

En el caso de Cuba, creo que ese segundo escenario, que es el más probable, también nos obligará a volver a lo de siempre. Sin transformaciones estructurales internas que nos permitan ganar en eficiencia y poner en marcha nuestra economía en términos de crecimiento, es muy poco probable que podamos avanzar hacia una mejor inserción internacional. En este escenario tan adverso, evidentemente se acrecienta la necesidad de alcanzar consensos mínimos indispensables sobre tareas impostergables que nuestro país ha estado arrastrando durante varios años.

Lic. Oscar Figueredo Reinaldo: Y precisamente este escenario mucho más complejo es un tema que hemos tratado aquí, sobre todo con la inversión extranjera. Miro a Orlando, no porque esté aquí solo por inversión extranjera, sino porque es un elemento que pesa. Es mucho más difícil la inserción de nuestros servicios en un mercado global que está atravesando por todos estos cambios y nuevas sinergias que realmente pueden desvincularse de lo que normalmente conocemos en la actualidad. Pero, Orlando, ¿coincides en que crear esas nuevas alianzas puede ser la opción?

Orlando Hernández Guillén: Sobre lo que decía la doctora anteriormente en relación a la incertidumbre, el mayor mérito que se le otorgaba, primero al GATT y sobre todo a la OMC, era haber creado un mundo previsible y con reglas claras en las relaciones internacionales. Quien se saliera de esas reglas iba a ser sancionado y regresado a ellas. Estados Unidos ha salido completamente de esas reglas y ha desmantelado esa organización. Ahora, China está intentando llevar a Estados Unidos al órgano de solución de diferencias, que fue creado con la OMC para evitar desajustes, pero Estados Unidos ha hecho y deshecho a su antojo, invocando cuestiones de seguridad nacional con este país, con el 10%, con el otro al 15%, y así sucesivamente, y se sabe lo que hay detrás de eso. Para Cuba, el tema de la incertidumbre es sumamente adverso, y este clima actual favorece de manera especial la incertidumbre tanto para el comercio como, aún más, para hacer negocios e invertir en Cuba.

Lic. Oscar Figueredo Reinaldo: Me quedan 2 minutos en el programa y hay una pregunta que no podemos dejar de hacer. ¿Habrá ganadores y perdedores en esta guerra comercial? Nombramos al programa “El fuego cruzado de la guerra comercial”. ¿Se puede prever un ganador o un perdedor?

Antonio Romero Gómez: Yo creo que no se puede prever un ganador y un perdedor en términos netos, porque evidentemente todos pierden. Algunos perderán más que otros e incluso puede haber sectores muy específicos que pudieran ganar, pero en términos de interés nacional y del bien público global, que es la estabilidad del crecimiento y la generación de riqueza para el mundo, indudablemente una guerra comercial no ayuda a garantizar ese bien público de estabilidad y crecimiento económico para el mundo.

Lic. Oscar Figueredo Reinaldo: Gladys, medio minuto.

Gladys Hernández Pedraza: El problema es que lo que está sucediendo en Estados Unidos puede generar una disrupción dentro del sistema capitalista. Estamos observando importantes contradicciones de Estados Unidos con sus aliados históricos, así como alianzas estratégicas entre esos aliados y la exclusión de Estados Unidos. Desde el punto de vista de si se revierte o no la situación que se ha generado, que puede ser altamente nociva para la economía norteamericana, estamos viendo que se están destruyendo elementos clave dentro del sistema, como la infraestructura en la generación de datos, las estadísticas, el apoyo al desarrollo científico-tecnológico y la guerra contra las universidades. Podemos listar, y no tenemos tiempo para eso, elementos que evidencian un problema que se mantendrá, y en ese contexto, el resto de los países intentará alejarse de esa situación.

Lic. Oscar Figueredo Reinaldo: Orlando, para cerrar, tu apreciación.

Orlando Hernández Guillén: Personalmente creo que es muy poco probable que las medidas que está planteando la administración tengan el éxito que desean. Sin embargo, con certeza podemos afirmar que este hombre es un showman, y aun saliendo muy por debajo de sus expectativas, sin lograr el éxito que esperaba y causando problemas inesperados, él dará la vuelta a la situación y logrará presentarlo como un triunfo de su administración.

Lic. Oscar Figueredo Reinaldo: Muchísimas gracias a mis tres invitados esta noche, y a usted por acompañarnos como cada domingo por el canal Caribe. Es importante entender cuáles son las lógicas de esta guerra comercial, en la que nosotros estamos en una esquinita, pero que también tiene efectos negativos sobre nuestra economía y sobre las economías de los países subdesarrollados. Por tanto, es necesario analizarlo y traerlo a colación aquí en Cuadrando la Caja. Como siempre les digo, acompáñenos todos los domingos a las 7 de la noche por el canal Caribe. Sume su opinión también en nuestras redes sociales y haga junto a nosotros un cuadre diferente.

En video, el programa

Transcripción: Ileana Reyes Sánchez, Yusleydis Seuret Gómez / IDEAS Multimedios

domingo, 27 de abril de 2025

El desmadre programado que desborda a Trump


Por Claudio Katz, Viento Sur

Fiel a su estilo de arriesgado jugador, Trump provocó un caos en los mercados mundiales. Introdujo, retiró y reformuló una tabla de aranceles que desencadenó un desorden mayúsculo. Su bravata recreó las peores pesadillas financieras de las últimas décadas.

El magnate ha instalado un inédito escenario de crisis global precipitada adrede. Algunos analistas estiman que tiende a recular frente a los resultados adversos de sus medidas, pero otros consideran que sigue asustando a sus interlocutores para forzarlos a capitular.

También sobrevuela la superficial impresión que Trump se ha vuelto loco y que en su decadencia Estados Unidos ha quedado bajo el comando de un desorbitado. El magnate miente, insulta, agrede y parece gobernar a la primera potencia como si fuera un fondo de inversión. Pero en realidad sigue una estrategia aprobada por significativos grupos de poder y no hay que subestimarlo (Torres López, 2025).

Tiene tres objetivos en el plano económico: restaurar la hegemonía del dólar, reducir el déficit comercial e incentivar la repatriación de las grandes empresas. La jerarquía y articulación de esas metas es el gran interrogante del momento.

Centralidad monetaria

Algunos enfoques subrayan acertadamente la primacía de las metas financiero-monetarias sobre las comerciales o productivas. Destacan que Trump pretende instalar un dólar barato para exportar y un dólar alto como reserva de valor. Pretende favorecer las exportaciones estadounidenses, mientras asegura el status privilegiado de la divisa norteamericana como moneda mundial (Varoufakis, 2025).

Los dos principales asesores del presidente -Miran y Besset- han confirmado ese propósito, confesando que las presiones comerciales son un instrumento de las exigencias monetarias.

Para lograr la desvalorización del dólar y su permanencia como reserva de valor, Trump necesita reforzar el sometimiento de los Bancos Centrales de Europa y Japón. Esa subordinación es indispensable para preservar el rol de los títulos de la deuda estadounidense (Bonos del Tesoro), como principal refugio del capital.

Esa garantía determina la afluencia del dinero sobrante en el mundo a Wall Street. Tokio y Bruselas deben mantener la compra de esos papeles para convalidar la cotización del dólar dispuesta por Washington, evitando las tensiones cambiarias que desmoronarían todo el proyecto.

Trump demanda el continuado reinado del dólar y la consiguiente capacidad de Estados Unidos para financiarse a costa del mundo. El imperialismo del dólar le permite a la primera potencia endeudarse sin límite y empapelar a su favor a todas las economías del orbe.

Para lidiar con los serios cuestionamientos que actualmente afronta ese atributo, el magnate pretende recrear los Acuerdos Plaza que Estados Unidos impuso a Alemania y Japón en los años 80. En ese momento sus dos subordinados aceptaron sostener el abaratamiento del dólar y mantener una paridad que garantizaba la primacía mundial del billete norteamericano.

Trump amolda esa exigencia a los nuevos tiempos y auspicia nuevas monedas digitales atadas al poder político del dólar. El potentado ha creado un fondo de criptomonedas respaldado con su propia figura y promueve ese mercado (stable coins) como pilar adicional del dólar. Ya posicionó a esos instrumentos entre los 10 mayores tenedores de Bonos del Tesoro (Litvinoff, 2025).

El mandatario yanqui sueña con situar al dólar en su trono inicial de Bretton Woods. Su plan B es reciclar esa gravitación al nivel logrado por Nixon y Reagan. En el primer caso, el billete norteamericano fue liberado de la convertibilidad del oro e inició un largo ciclo de predominio sin soporte metálico objetivo. En el segundo, la divisa yanqui quedó fortalecida por el incremento de las tasas de interés, el despunte del neoliberalismo y la financiarización bajo el comando de la Reserva Federal. Esos dos presidentes compartían con Trump el mismo perfil de personajes mediocres, pero introdujeron giros significativos en el status mundial del dólar.

Para repetir esa hazaña el magnate debe frenar la tendencia a la desdolarización, que amenaza la supremacía del billete verde. Esa erosión es motorizada por los BRICS, que comenzaron a concebir instrumentos de sustitución de la divisa estadounidense, mediante operaciones de pago, transacciones comerciales y mecanismos de compensación financiera (Sapir, 2024).

Ya existe incluso un proyecto para crear una moneda de los BRICS que -siguiendo una trayectoria distinta al euro- desembocaría en un efecto semejante. Ese plan contempla la paulatina gestación de un banco emisor, con fondos de reservas y detallados cronogramas de ritmos, tasas y legislaciones (Gang 2025).

Trump conoce esas amenazas y ha precipitado un caos para desatar la batalla contra los desafiantes de la divisa yanqui. Promueve ese pánico para disciplinar a todos los aliados bajo su mando. A partir de esa centralización, espera recomponer el dólar y resetear el sistema económico global a favor de Estados Unidos.

Pero el magnate necesita acotar el alcance de la crisis que autogenera, porque si esa convulsión recrea el escenario de la pandemia o el contexto del colapso bancario del 2008, el temblor terminará afectando a su propio artífice (Marco del Pont, 2025a).

El barómetro inmediato de la pulseada es el comportamiento de los Bonos del Tesoro. Japón es el principal tenedor de esos títulos desde que China comenzó a abandonarlos. Los bancos de Europa y otros países asiáticos cuentan también con un significativo acervo de esas láminas. El plan de Trump naufragará aceleradamente si, como se insinuó en la reciente convulsión, los acreedores de la deuda estadounidense venden ese activo.

Pero más allá de ese cómputo inmediato, el gran interrogante es la capacidad general de Estados Unidos para recomponer su moneda. Hay varias diferencias sustanciales con la era de Nixon y Reagan. El declive de la primera potencia es muy superior, el circuito de dominación imperial está erosionado, el desplome de la URSS y el debut de la globalización quedaron atrás y el avance económico de China es arrollador.

La estrategia monetaria de Trump afronta, además, una gran tensión con los bancos, mientras Wall Street observa con desconfianza un rumbo que amenaza recortar las gigantescas ganancias de los últimos tiempos.

El boomerang de los aranceles

El segundo objetivo de Trump es comercial y apunta a reducir el monumental déficit externo de Estados Unidos. Es una meta de mediano plazo, que no tiene la urgencia del viraje monetario y en gran medida depende de la recomposición del dólar. El magnate introduce y modifica cotidianamente los aranceles por el lugar complementario de esos instrumentos en las tratativas con cada país.

El ocupante de la Casa Blanca radicaliza, en los hechos, la tendencia proteccionista que inauguró la crisis financiera del 2008 y el declive de la globalización comercial. Desde esa fecha se han introducido 59.000 medidas restrictivas en los intercambios internacionales y las tarifas se elevaron al nivel más alto de los últimos 130 años (Roberts, 2025a). La guerra comercial que desató Trump con su pomposo paquete de aranceles sintoniza con ese curso previo.

El potentado recurrió a una fórmula absurda para penalizar a los distintos países. Inventó un arbitrario criterio de reciprocidad para definir el porcentual de cada castigo con disparatadas estimaciones del déficit comercial estadounidense que omitieron contabilizar el superávit yanqui en los servicios. También olvidó que los desbalances comerciales no fueron causados por los países sancionados, sino por las propias empresas estadounidenses, que localizaron sus inversiones en el exterior para mejorar sus ganancias.

Las posibilidades de éxito del plan trumpista son muy reducidas, puesto que las importaciones y exportaciones estadounidenses ya no operan como una fuerza decisiva del comercio mundial. Cayeron desde el 14% en 1990 al 10,35% actual y en ese período tan sólo los BRICS saltaron del 1,8% al 17,5%. La guerra arancelaria no tiene un poder disuasivo por sí mismo y las ventas que exhibe la primera potencia en los servicios son insuficientes para inclinar la balanza (Roberts, 2025b).

Algunas estimaciones incluso destacan que si Estados Unidos suspendiera todas sus importaciones, 100 de sus socios lograrían recolocar sus ventas en otros mercados en tan solo cinco años (Nuñez, 2025).

El mayor problema de la guerra comercial es la posibilidad de una escalada incontrolable. En 1929-34, la espiral descendente del comercio internacional que sucedió al paquete proteccionista (Smoot-Hawley) provocó una caída del 66% de los intercambios y ese derrumbe impactó sobre todos los concurrentes. Trump supone que evitará esa secuencia con negociaciones bilaterales forzadas desde su despacho.

Pero lo ocurrido en el pasado sugiere otro desenlace cuando los conflictos escalan sin contención. El efecto recesivo del proteccionismo sobre la economía mundial es tan conocido como el vínculo entre la Gran Depresión y la retracción del comercio. Aunque las interpretaciones más corrientes conectan superficialmente ambos procesos -omitiendo las raíces capitalistas de lo ocurrido en los años 30- no cabe duda que el proteccionismo desencadenó, potenció o precipitó el colapso de ese período.

Lo más relevante de una eventual repetición de ese antecedente sería su efecto sobre la economía estadounidense, que en la actualidad es mucho más vulnerable a las turbulencias globales. Esa incidencia es mayor por la gravitación del comercio exterior, que saltó del 6% (1929) al 15% (2024) del PIB de país.

Trump reintroduce el proteccionismo a destiempo histórico. Los aranceles eran un instrumento efectivo para Estados Unidos en el pasado, pero no cumplen esa misma función en la actualidad. Facilitaban el despegue de las potencias en ascenso, frente a competidores que propiciaban el libre comercio, para mantener su dominio del mercado mundial. El proteccionismo fue utilizado con gran provecho por Alemania en el siglo XIX y por Japón o Corea del Sur en la centuria pasada. Pero la misma herramienta no le permitió a Gran Bretaña contener su declive y esa ineficacia afecta a Estados Unidos en la actualidad. Trump auspicia un proteccionismo desencajado, porque en lugar de incentivar la industria naciente pretende socorrer una estructura obsoleta. Simplemente desconoce que Estados Unidos ya no es lo que era.

El sueño del retorno fabril El tercer objetivo de Trump es productivo. Propicia el retorno de las empresas a su territorio de origen y observa esa relocalización como la única forma de efectivizar la recuperación hegemónica yanqui. Por eso identificó el debut su ofensiva (¨Día de la Liberación Económica¨) con la reindustrialización del país.

Trump es el primer mandatario que reconoce abiertamente la adversidad generada por la expatriación de las fábricas. Recurre a drásticos instrumentos para revertir esa desventura, porque comprende que la globalización terminó afectando a la potencia promotora de esa internacionalización. Registra que la primacía norteamericana en los servicios, las finanzas o el universo digital, no compensa el retroceso fabril y la consiguiente erosión del pilar de cualquier economía.

Pero su plan de repatriación industrial es más inviable que su proyecto monetario o arancelario. Ninguna alquimia con la moneda o las tarifas ofrece el atractivo suficiente para inducir un retorno de las firmas, que consiguieron elevadas ganancias en el exterior. Por más persuasivos que sean los incentivos del magnate, producir en Estados Unidos tiene un costo superior. La restauración industrial requeriría una inversión masiva que las empresas no están dispuestas a realizar con la baja rentabilidad interna actual.

El giro proteccionista apunta a modificar esa brecha, pero confronta con la dificultad de cerrar la economía en un escenario de cadenas de suministro globalizadas. En el producto final de muchas mercancías son incorporados insumos de fábricas instaladas en numerosos países.

No es fácil imaginar cómo Estados Unidos podría recuperar competitividad recreando los viejos patrones de fabricación nacional. ¿Cuánto debería subir un arancel para que resultara más barato volver a fabricar en el lugar de origen?

Basta observar por ejemplo el caso de Nike, que tiene 155 fábricas en Vietnam y un monumental número de empleos en ese país para abastecer un tercio de las importaciones de calzado de Estados Unidos. La diferencia de costos de producción es tan sideral que un retorno a Estados Unidos parece impensable (Tooze, 2025). El desacople del proceso de fabricación en China involucra un impacto semejante para empresas como Apple.

Los economistas de Trump igualmente afirman que su proyecto será factible si se recupera la primacía del dólar y se reduce el déficit comercial. Estiman que ese proceso corregirá los desequilibrios globales de consumo, ahorro e inversión que afectan a la primera potencia. En la vereda opuesta los críticos neoclásicos y keynesianos recuerdan que en su primer mandato Trump no logró inaugurar esa mutación.

El debate entre ambas posturas gira en torno al impacto positivo o negativo del proteccionismo sobre los gastos, los ingresos, el ahorro y el consumo. Pero olvida que el retroceso de Estados Unidos no se ubica en esos campos. Deriva de la baja productividad de la principal economía occidental frente a su ascendente competidor oriental. Son tan incontables los indicadores de esa brecha como las evidencias de su continuado ensanchamiento.

Basta observar la generalizada tendencia de las empresas norteamericanas a privilegiar la inversión financiera o a operar como un cajero automático de Wall Street para confirmar su decreciente competitividad. Suelen gastar más en recompras de acciones y pagos de dividendos que en inversiones de largo plazo.

Gran parte de esas compañías han globalizado sus procesos de fabricación para contrarrestar los elevados costos locales de producción. Pero ese viraje las tornó muy dependientes de la importación de bienes de consumo baratos del continente asiático para mantener deprimidos los salarios locales.

El grado de atadura que tienen con la provisión de insumos chinos quedó corroborado con la propia decisión de Trump de exceptuar a todos los chips y componentes electrónicos de los aranceles impuestos al rival asiático. El mismo problema se extiende a los bienes de capital e intermedios, que representan alrededor del 43% de las importaciones totales de China (Mercatante, 2025).

El retroceso norteamericano no obedece a desaciertos comerciales y su reversión no transita por el ultimátum proteccionista. Ciertamente hay un cambio del modelo en curso que erosiona la división global del trabajo forjada en torno a décadas de internacionalización productiva. Pero ese ocaso no inaugura el proceso opuesto de nacionalización fabril que imagina Trump, porque la capacidad de Estados Unidos para liderar ese viraje se ha estrechado en forma dramática.

El retroceso frente a China

Salta a la vista que China es el epicentro de la guerra económica iniciada por Trump. Fue el principal destino de los aranceles que desataron la vertiginosa escalada mutua. El 34% inicial de Washington fue retrucado con el mismo porcentual por Beijing y la pulseada saltó rápidamente al 84%-104% y al 145%-125%. A esos niveles el comercio entre los dos países tiende a quedar anulado.

La centralidad de China en la ofensiva de Trump fue adicionalmente corroborada por su decisión de mantener las penalidades para ese país, luego de ser pausadas para el resto del mundo. Los elevadísimos aranceles a Vietnam, Camboya y Laos forman parte de la misma confrontación, porque China comanda las cadenas de suministro de esos vecinos y reexporta desde allí sus mercancías.

Beijing respondió con firmeza, disponiendo de inmediato aranceles recíprocos y dejó en claro que no aceptará el chantaje yanqui. Preparó desde hace mucho tiempo esa reacción y pretende librar la contienda en el plano de la productividad, evitando devaluar el yuan. Ya apuntala, además, la búsqueda de clientes compensatorios y concibe atractivos específicos para Europa y Asia.

Existe un generalizado temor en el establishment occidental por el resultado final de la pulseada. Circulan muchas evaluaciones que prevén el éxito final de China si Trump continúa disparándose a los pies.

Todos los días aparecen nuevos datos de la superioridad asiática en incontables campos. El gigante oriental ya genera el 65% de los graduados en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas del mundo. Mantiene una tasa de crecimiento que duplica a su contraparte, alcanzó el 35% de la industria manufacturera global y en 2030 llegaría al 45%. Hasta el 2001, el 80% de los países comerciaba más con Estados Unidos que con China y en la actualidad dos tercios de ese total han invertido esa relación (Ríos, 2025).

En el primer mes de la presidencia de Trump, China inició 30 nuevos proyectos de energías limpias en África, comenzó la construcción de la presa más grande del mundo en el Tíbet y presentó una nueva generación de trenes ultrarápidos. Su reactor nuclear logró un récord de producción de plasma a una velocidad que lo sitúa cerca de generar energía limpia ilimitada. Sus astilleros botaron el barco anfibio de asalto más grande del mundo y las pruebas del 6G en las redes de la telefonía celular anticipan su victoria en esa carrera (MIU, 2025).

Toda la política de Trump es un desesperado intento por frenar el avance chino. Esa expansión tan solo despuntaba a comienzo del milenio cuando la primera potencia dejó de receptar transferencias de ingresos a su favor del socio asiático. Allí comenzó un intercambio desfavorable que actualmente alcanzó un pico difícil de revertir.

El magnate pretende modificar ese adverso escenario con drásticas acciones. Pero la distancia entre ambas potencias no obedece solo a diferencias de política monetaria, comercial o productiva. Se ubica en la estructura social y el manejo del Estado. En China hay importantes clases capitalistas que especulan con sus fortunas y explotan a los trabajadores. Pero esos grupos no controlan el poder estatal y ese límite explica la capacidad y autonomía de la dirigencia política para orientar la economía con patrones de eficiencia.

Trump carece de alguna fórmula para lidiar con esa desventaja, que desborda todas sus intenciones y proyectos. Para colmo, motoriza medidas que agravan los dos grandes males del capitalismo contemporáneo: la desigualdad social y el cambio climático. Se ha embarcado en una postergada batalla para sostener el liderazgo estadounidense de un sistema en crisis, pero acentúa el declive norteamericano con medidas que adopta, modifica y vuelve a instaurar.

El nostálgico léxico imperial

Trump intenta recuperar la centralidad imperial de Estados Unidos. Es la única forma de engrandecer a los capitalistas de su país a costa del resto del mundo. El paquete de sanciones, aranceles y chantajes que ha puesto en marcha exige revitalizar el imperio.

El magnate pretende recomponer esa primacía con actitudes pendencieras. Se jacta de haber logrado que 75 países negocien los aranceles, luego del susto provocado por su tabla de tarifas. Pero maquilla la realidad con bravuconadas que oscurecen la marcha real de las tratativas.

Con la Unión Europea profundiza una disputa iniciada con la introducción y suspensión de aranceles del 25%. Trump aspira a imponer un euro-vasallaje, que le permita reindustrializar a su país mediante la desindustrialización del socio transatlántico.

El paso previo de ese operativo es el rearme del Viejo Continente, con gastos de energía, tecnología digital y pertrechos provistos por Estados Unidos. El potentado sembró el pánico entre las élites europeas, que en un rapto de rusofobia se embarcaron en un enceguecido belicismo. Están recortando las erogaciones sociales y ya sustituyen la promocionada transición verde por otra gris de puro gasto militar.

Pero ese viraje no está exento de conflictos y el rápido acuerdo que Trump esperaba suscribir con Putin (para apropiarse de las riquezas de Ucrania), no solo está empantanado con Rusia. También ha desatado un inédito conflicto de Washington con Londres para dirimir quién se embolsa el botín de las tierras raras (Marco del Pont, 2025b).

Más definitorias son las tratativas con los socios-subordinados de Asia. Japón, Corea del Sur, Taiwán y Filipinas han respondido siempre con invariable disciplina al padrino estadounidense. Pero la gran novedad de los últimos años es la creciente relación económica de esos países con Beijing. Por la magnitud que tienen esos negocios, han aparecido serias dudas del bloque antichino que promueve la Casa Blanca.

Trump despliega mensajes imperiales explícitos para hacer valer sus demandas. Utiliza un léxico tan directo que el debut de su segundo mandato suscitó numerosos señalamientos periodísticos de esa impronta. La tradicional prevención de los grandes medios con el irritante uso del término imperialismo quedó disipada por la frontalidad del magnate[1].

La misma exhibición de poder imperial rodeó el anuncio de la tabla de aranceles. Trump incluyó pomposamente en ese listado a todos los países del mundo para subrayar que ninguno escapará del látigo de Washington. No tuvo empacho en insertar naciones que no comercian con Estados Unidos o incorporar islas sólo habitadas por pingüinos. Pero las proclamas imperiales del opulento neoyorkino contienen ingredientes más nostálgicos que efectivos. Trump añora la obra de lejanos mandatarios, que combinaron el proteccionismo con la expansión imperial durante la gloria del capitalismo estadounidense.

Exalta con particular énfasis al presidente McKinley (1897-1901) que se perfiló como un ¨Napoleón del Proteccionismo¨. Introdujo un drástico incremento del 38-50% de los aranceles (1890), mientras comandaba la expansión al Pacífico (Hawái, Filipinas, Guam) y la conquista del Caribe (Puerto Rico y aspiración de Cuba). Trump idolatra tanto su virulenta defensa de la industria como su extensión a los tiros del radio territorial estadounidense (Borón, 2025).

Pero esa evocación choca con la realidad del siglo XXI. El magnate no puede instrumentar el proteccionismo invasor de su ídolo y ha optado por combinar la presión arancelaria con la cautela militar. Lejos de retomar las intervenciones del Pentágono por doquier, modera el impulso invasor para contener el deterioro de la competitividad económica yanqui.

En un rapto de realismo, Trump ha tomado nota del fracaso bélico de Bush y del revés económico de Biden. Por eso ensaya un tercer rumbo de moderación militar y replanteo monetario-comercial. Sabe que la capacidad ofensiva de Estados Unidos ha quedado drásticamente limitada por una economía que detenta el 25% del PIB mundial (y no el 50% de 1945), frente al ascendente 18% de China.

Trump exacerba el léxico intervencionista frente a los adversarios externos. Como sus predecesores contemporáneos, necesita contrarrestar el declive económico con gran exhibición del poder geopolítico-militar que preserva su país. Pero el magnate sabe que la compensación bélica de las falencias económicas agrava las tensiones entre los sectores militaristas y productivistas del establishment. Los belicistas suelen propiciar campañas destructivas a cualquier costo que afectan al presupuesto estatal y deterioran la competitividad de las empresas.

Trump navega entre ambos sectores, apuntalando el resurgimiento de la economía con fórmulas proteccionistas. Fomenta el gasto en armamentos, pero acota las guerras y busca limitar el efecto negativo del gigantismo bélico sobre la productividad. La hipertrofia militar que impone el Pentágono es una enfermedad incurable que la economía estadounidense arrastra desde hace mucho tiempo y que el magnate no puede atemperar.

Tensiones locales

Las contradicciones internas que afectan al proyecto proteccionista presentan el mismo alcance que las tensiones externas. Entrañan un efecto inflacionario como amenaza más inmediata. Los aranceles encarecerán las mercancías por la simple introducción de un costo adicional a los productos importados.

Ese efecto será importante, tanto en los alimentos básicos como en los productos elaborados. México suministra por ejemplo más del 60% de los nutrientes frescos y se estima que una tarifa del 25% a los automóviles fabricados en ese país (o en Canadá) incrementaría el precio final de cada unidad en 3.000 dólares. Recientemente Trump celebró la relocalización dispuesta por Honda, para fabricar su nuevo auto Civic en Indiana en lugar de Guanajuato. Pero ese traslado incrementaría el costo promedio de cada automóvil entre 3.000 y 10.000 dólares (Cason; Brooks, 2025).

Es cierto que la inflación podría contribuir también a reducir el valor real de la deuda, pero su revulsivo impacto sobre el conjunto de la economía sería muy superior a ese achicamiento del pasivo.

Todos los analistas concuerdan en señalar el efecto recesivo del giro proteccionista, que podría provocar una contracción de 1,5 o 2 puntos porcentuales del PIB. La retracción del nivel de actividad que estaba fuera de las previsiones económicas ha irrumpido como una gran probabilidad próxima.

Esa perspectiva tensiona las relaciones de Trump con la Reserva Federal, que resiste la reducción de las tasas de interés. El potentado propicia esa disminución para contrarrestar la probable caída de la producción, el consumo y el empleo. El colapso de los mercados que desató el anuncio de su tablita proteccionista agravó ese sombrío escenario y las consiguientes disputas del presidente con la jefatura de la FED.

Trump mantiene además la batalla con los sectores globalistas, que defienden los intereses de las empresas y bancos más internacionalizados. La elite de Davos está desprestigiada por sus fracasos, pero espera la oportunidad para retomar la ofensiva. Si los resultados del viraje proteccionista son negativos, ese contragolpe irrumpirá con fuerza y situará a los Demócratas en carrera para las elecciones intermedias de 2026.

El jefe de la Casa Blanca se ha rodeado de empresarios ascendentes (tiburones), que litigan con sus pares del espectro tradicional (halcones). El establishment dio luz verde a su proyecto, pero esperaba aranceles moderados y conductas más próximas a la cautela del primer mandato. La convulsión en curso los induce a exigir un freno de la andanada presidencial. Los multimillonarios están fastidiados con la fuerte reducción de su patrimonio que generó el descalabro de los mercados.

Las tensiones se extienden al propio entorno del magnate, que debe arbitrar entre los proteccionistas extremos (Navarro) y los funcionarios con inversiones en el exterior (Musk). El propio plan de controles arancelarios conduce, además, a introducir una maraña de regulaciones, que choca con el desguace burocrático prometido por la nueva administración (Malacalza, 2025). Los incontables conflictos que afronta Trump superan ampliamente el número de los que puede resolver.

Bonapartismo imperial

La conflictiva embestida externa, la ausencia de resultados inmediatos, la fuerte oposición de los globalistas y la frágil cohesión interna inducen a Trump a reforzar el autoritarismo de su gestión. Por eso volverá a intentar el curso bonapartista que exploró sin éxito en su primer mandato. Necesita reforzar también el poder de la Casa Blanca para lidiar con la retracción inversora de los capitalistas estadounidenses. Trump proviene del duro universo empresarial y está habituado a negociar golpeando la mesa para obtener réditos del contrario. Esa conducta lo distingue de sus pares del sistema político, forjados en tratativas, conciliábulos e hipocresías verbales.

Para afianzar su protagonismo se ha embarcado en la hiper actividad y sobresale como firmante diario de incontables decretos. Busca centralizar el mando para desconcertar a los opositores y prioriza la lealtad a cualquier otro atributo de sus funcionarios.

El magnate tantea su fisonomía bonapartista en la tradición estadounidense del líder carismático. Intenta asumir un rol mesiánico de intérprete de la nación, estigmatizando a los migrantes y denigrando al progresismo. Con ese personalismo extremo, pretende apuntalar una imagen de hombre predestinado a consumar el reencuentro con el sueño americano. Pero ese rumbo potencia las tensiones con el establishment globalista, que controla los medios de comunicación más influyentes (Wisniewski, 2025).

Trump irrumpe en el vacío dejado por el desprestigio de los políticos tradicionales. Usufructúa del clima creado por el rechazo a los turbios enjuagues parlamentarios y utiliza las atribuciones del presidencialismo para potenciar su figura (Riley, 2018).

Despliega una prédica afín a la vertiente conservadora, que exacerba la contraposición cultural de Estados Unidos con el resto del mundo. En confrontación con la tradición asimilacionista, rechaza la inmigración latina y enaltece el idioma inglés. Exalta los ideales anglo-protestantes del individualismo y la ética del trabajo despreciando la tradición hispánica, que identifica con la haraganería y la ausencia de ambición.

El discurso trumpista retoma el legado proteccionista (Hamilton) y patriótico (Jefferson) que privilegia la prosperidad interna (Jackson). Disputa con el liberalismo cosmopolita (Wilson) que asocia ese bienestar con la apertura al exterior (Anzelini, 2025).

Con esa mirada Trump regenera los postulados de los soberanistas, que tradicionalmente privilegiaron el racismo y el anticomunismo en la determinación de las alianzas externas. La simpatía de esa vertiente americanista con el nazismo incluyó en el pasado la afinidad con el Ku Klux Klan y el Apartheid sudafricano. Esa herencia es actualmente retomada por Elon Musk y con esa impronta el trumpismo redobla las campañas contra el perfil multiétnico, multirracial y multicultural del Partido Demócrata.

La corriente que lidera el magnate expresa una variante etnocéntrica del imperialismo yanqui, tan distanciada del neoconservadurismo Republicano como del cosmopolitismo Demócrata. Resalta los aspectos identitarios de la ideología estadounidense y realza el patriotismo reaccionario como el componente sustancial de su credo. Pero con esa adscripción ideológica participa del mismo conglomerado imperialista que las otras dos vertientes.

Bush, Biden y Trump conforman tres modalidades del mismo imperialismo que sostiene al capitalismo estadounidense. Las distintas modalidades de esa dominación constituyen modalidades internas de un mismo bloque. El imperialismo es una necesidad sistémica del capitalismo que funciona confiscando los recursos de la periferia, desplazando a los competidores y sofocando las rebeliones populares. Trump gobierna con esos parámetros y su crudeza transparenta esa filiación.

Trayectorias, ambiciones y resistencias

Es acertado catalogar a Trump como un capitalista-lumpen, en la acepción que Marx dio a los especuladores financieros de la clase alta, involucrados en múltiples fraudes. La trayectoria del magnate reúne todos los ingredientes de ese patrón por la cantidad de estafas, evasiones de impuestos, bancarrotas forzadas, tratos con la mafia y blanqueos de dinero que han signado su paso por los negocios. Se ha rodeado de personajes de la misma calaña, con pesados prontuarios en el universo de las cuevas financieras (Farber, 2018).

Pero ese itinerario personal no tipificó su primer gobierno, ni tampoco define su mandato actual. Trump actúa como representante de sectores capitalistas muy relevantes y encabeza una administración asentada en la coalición de grupos empresariales americanistas, con empresas digitales que desertaron del globalismo. Se apoya en el sector siderúrgico, el complejo industrial-militar, la fracción conservadora del poder financiero y en las compañías centradas en el mercado interno, que fueron castigadas por la competencia china (Merino; Morgenfeld; Aparicio, 2023: 21-78).

Trump logró el actual mandato con el sostén de una plutocracia digital, que archivó sus preferencias por los Demócratas. Los cinco gigantes de la informática conforman actualmente el sector preponderante del capitalismo estadounidense, que necesita la belicosidad trumpista para batallar con los rivales asiáticos.

Más controvertido es el significado del nuevo poder político que obtienen los millonarios digitales de la mano de Trump. Ya tienen encadenado al público a sus redes y preservan clientes amarrados a una madeja de algoritmos. Esa atadura les permite ampliar su lucrativa intermediación en la publicidad y las ventas. Ahora intentan proyectar ese poder a otra escala, mediante el manejo directo de varias áreas del gobierno.

Esos grupos conforman poderosos oligopolios que algunas miradas identifican con la depredación y la captura de la renta. Por eso utilizan el término de tecnofeudales para conceptualizar su actividad (Durand, 2025).

Otros enfoques objetan esa denominación, que diluye el sentido capitalista de empresas nítidamente insertas en los circuitos de la acumulación. Su liderazgo tecnológico les permite usufructuar de la plusvalía extraordinaria que absorben del resto del sistema. No se desenvuelven en el ámbito de las rentas naturales, ni obtienen lucros mediante la coacción extraeconómica (Morozov, 2023).

Pero las dos visiones coinciden en remarcar el inédito manejo de la vida social que ha logrado un sector lanzado a capturar porciones significativas del poder político. Con el amparo de Trump buscan neutralizar, ante todo, cualquier intento de regulación estatal de las redes.

La plutocracia digital está embarcada en el manejo directo de las palancas del Estado para amoldar la actividad política a su servicio. Algunos autores utilizan la noción de capitalismo político para singularizar esa apropiación. Observan el debut de régimen de acumulación, asentado en la novedosa dependencia de los negocios de un poder político, que define beneficiarios con mayor discrecionalidad fiscal que en el pasado. El trumpismo podría actuar como artífice de esas transformaciones en la cúspide del capitalismo (Riley; Brenner, 2023).

Pero su deriva autoritaria ya incentivó también la resistencia en las calles. Bajo un lema unificado y convocante (¨Quita tus manos¨), 150 organizaciones promovieron una exitosa y una masiva protesta en mil ciudades. Comenzaron a retomar la respuesta desde abajo que Trump afrontó en su primer mandato y logró atemperar en el debut de su retorno. En grandes actos posteriores se percibe el rechazo al magnate y a los oligarcas que lo rodean.

Las marchas canalizan el descontento con el recorte de los derechos democráticos que motoriza el ocupante de la Casa Blanca. Si la erosión de la legitimidad interna de Trump empalma con la resistencia que suscita en el mundo, quedarán abiertos los caminos para una gran batalla contra su gobierno. De esa convergencia podría emerger una alternativa que comience a sustituir la opresión imperial por la hermandad de los pueblos.

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Referencias:
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Roberts, Michael (2025b). Guerra arancelaria: ¿El Día de la Liberación? 02/04 https://sinpermiso.info/textos/guerra-arancelaria-el-dia-de-la-liberacion
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