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"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." ""Creo que mientras más critica exista dentro del socialismo,eso es lo mejor" Fidel Castro Ruz
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martes, 23 de junio de 2026

¿Ahora sí? La transición pospuesta



¿Cuáles deben ser las políticas prioritarias para salir de la crisis? Responden los economistas Juan Triana, Omar Everleny y Julio Carranza.




Cualquier cubano que haya estado despierto desde 1993-94 sabe que el socialismo ya no fue en lo adelante lo que solía ser.

Después de la implosión de los socialismos en Europa del Este y el desmantelamiento de la Unión Soviética, las cosas en Cuba cambiaron de golpe. La admisión del mercado, del sector privado, la legalización del dólar, la redistribución en usufructo de la mayor parte de las tierras estatales, la apertura a la inversión extranjera, crearon no solo una nueva economía y una nueva relación con el mundo, sino otras mentalidades sobre el socialismo como sistema, incluida su reversibilidad.

Estas políticas inicialmente se justificaban como el enfrentamiento a la crisis denominada “Periodo especial en tiempo de paz”, o al menos así se proyectaron entonces. De manera que, a medida que la crisis se fue aliviando o así pareció (por un tiempo), su continuidad y profundización se hicieron más lentas; y aunque sus consecuencias en el plano ideológico (¿qué socialismo va a ser este?), y sobre todo su impacto en las desigualdades sociales y la pobreza, se fueron extendiendo.

Las políticas que igualaban a las distintas clases y grupos sociales en la Cuba anterior, tales como una estructura salarial muy acotada, canasta básica subsidiada mediante cartilla de racionamiento (la “libreta de abastecimientos”), control de precios, gratuidades y subsidios de todo tipo, se fueron desvaneciendo, formalmente o de facto, a medida que el salario y el ingreso divergían, que el acceso a divisas alteraba la relación establecida entre salarios y capacitación, que los niveles de producción no se recuperaban.

A pesar de la supuesta temporalidad de la crisis, Cuba no volvió nunca al nivel de bienestar y visión de futuro que había existido, sobre todo en la década anterior al Periodo especial.

Más de una década después de aquellas medidas —aprobadas e implementadas bajo la dirección de Fidel—, un documento titulado Lineamientos económicos y sociales fue discutido públicamente en una consulta masiva, y adoptado oficialmente en el VI Congreso del PCC (2011). Cinco años después, apenas el 23 % de sus políticas acordadas se habían cumplido.

En 2018, la consulta sobre una muy amplia reforma constitucional arrojó resultados inesperados. Entre ellos, que los temas más polémicos del nuevo texto no eran precisamente los cambios radicales en la diversificación de la propiedad sobre medios de producción, la extensión del mercado, el acceso del capital privado a sectores como la agricultura y los servicios (incluidos los sectores nacionalizados en 1960).

O sea, que estas transformaciones no suscitaban oposición, a pesar de su alcance fundamental. La nueva Constitución, aprobada por mayoría abrumadora en 2019, ponía la equidad —en vez de la igualdad— por delante y se preocupaba por la concentración del ingreso, pero no la proscribía.

Desde principios de los 90 hasta hoy, cada vez más expertos, dentro y fuera de nuestras instituciones, han venido haciendo propuestas encaminadas a constituir un programa de reformas que rebasara el alcance de un paquete de medidas anticrisis.

Aunque ninguno había propuesto nunca políticas como las que marcaron el desmantelamiento del socialismo en Europa del Este y la Unión Soviética, no pocos de ellos fueron calificados como emisarios del capitalismo.

A pesar de las diferencias introducidas en los documentos emitidos en los últimos 30 años acerca de la naturaleza del socialismo cubano, este recelo hacia cualquier propuesta de reforma se ha mantenido vivo hasta nuestros días.

A raíz de la intervención de Estados Unidos en Venezuela el pasado 3 de enero, se me ocurrió encuestar a un grupo de economistas y analistas políticos en torno a la pregunta: ¿Cuáles deben ser las políticas prioritarias, coherentes con una estrategia para salir de la crisis y que se hagan cargo de la complejidad del momento?

Según algunos lectores que me lo dijeron por lo claro, las respuestas de mis encuestados resultaban “excesivas” (neoliberales): Cuba ante Estados Unidos: lecciones y antilecciones de la intervención en Venezuela – OnCuba.

Ahora que la Asamblea Nacional (ANPP) acaba de aprobar un programa de transformaciones que rebasa con mucho, por su radicalidad y amplitud, lo que cualquiera de estos expertos propuso nunca, sin embargo, la visión que identifica las reformas con el virus del capitalismo sigue ahí.

Si uno lee, por ejemplo, las narrativas de medios extranjeros, supuestamente bien informados sobre lo que está pasando aquí y ahora, podrá comprobar que identifican las recientes transformaciones con concesiones al capitalismo, que reflejan la quiebra definitiva del socialismo. Exactamente como los fundamentalistas vernáculos. Y como si entre estas transformaciones y el derrumbe del Muro de Berlín no hubiera cambiado nada en Cuba.

En busca de luz sobre la compleja red de interrogantes que se derivan de las 176 medidas debatidas en la ANPP, decidí sometérselas a tres economistas, pioneros, que las anticiparon en escritos y conferencias, y a quienes conozco bien por su manera de pensar, persistencia y compromiso: Juan Triana Cordoví (JTC), Omar Everleny Pérez-Villanueva (OEP) y Julio Carranza (JCV).

Les agradezco a ellos por responder a mis preguntas de cabeza múltiple, y también por contestarme en un tiempo récord.


Rafael Hernández, Juan Triana, Omar Everleny y Julio Carranza.


Según algunos economistas, el eje de las reformas es o debería ser la extensión del sector privado, en todas aquellas actividades donde pudiera desarrollarse con mayor eficiencia que el estatal o el público. ¿Va a ser o debería ser así en la política económica que se avecina? ¿No implicaría, en el mediano plazo, que el sector privado se tragara al público?

JTC: No hay un solo eje en las reformas, sino al menos dos o tres grandes ejes. Uno de ellos, la expansión del sector privado y su papel en la economía. El otro, la reforma de la empresa estatal, aplazada tantas veces.

No creo que el sector privado pueda tragarse al público. Todavía este es muy grande, y hay realmente ahí un negocio poderoso; costaría mucho trabajo al sector privado poder desplazarlo, siendo todavía un sector naciente.

OEP: El sector privado debe jugar un papel esencial en la política económica que se avecina. No porque sea privado, sino porque el problema de Cuba, más que financiero, es de oferta de bienes y servicios. Y el Estado en estos momentos no cuenta con recursos financieros para producir lo que puede desarrollar el sector privado.

No creo que vaya a tragarse al sector público. Cada uno tiene su espacio.

Lo primero que hay que definir como estrategia es cuál será el tamaño de ese sector público. La energía, la producción de acero, todo ese tipo de producciones que necesitan un gran capital solo las puede garantizar el Estado.

Pero en el comercio minorista, la alimentación, los servicios personales, hay un área muy grande que puede cubrir el sector privado.

En el pasado, el sector público, por diferentes motivos, ha sido ineficiente. El Estado le ha quitado recursos que produce la empresa estatal socialista. Y esas reglas tienen que cambiar.

JCV: Una cuestión fundamental del actual planteamiento es darle a todo el sistema empresarial el reconocimiento y las facultades que debe tener para operar, sean estatales, cooperativas, privadas y mixtas, nacionales o extranjeras; todas integradas a los mercados regulados por el Estado, y en el caso de las empresas estatales, bajo una planificación estratégica y financiera, no una burocrática y administrativa como la que ha existido hasta hoy.

Los prejuicios con el sector privado se deben superar y darle el lugar que le corresponde. El sector privado y el cooperativo han de jugar un papel importante e imprescindible; sus intereses deben ser reconocidos y tener representaciones, pero de ninguna manera imponer esos intereses individuales o empresariales, por legítimos que sean y lo son, por encima de los intereses generales y mayoritarios del pueblo y la nación.

Claro que los medios de producción fundamentales, estratégicos, deben continuar bajo propiedad social con protección legal y también deben mantenerse y desarrollarse todas las empresas públicas que sean eficientes.

El sector estatal que salga de aquí ha de ser eficiente y competitivo. Eso no excluye la existencia de determinadas actividades que por definición son deficitarias y, dada su función, han de mantenerse bajo el subsidio del presupuesto del Estado, pero deben ser pocas y plenamente justificadas.

También han de mantenerse bajo régimen estatal y con la asignación de recursos necesarios a sectores fundamentales como la educación y la salud, aun cuando algunas actividades específicas de estos sectores pasen a formas privadas, como de hecho ya sucede con algunos comercios de medicinas y servicios de óptica y dentales, donde la participación ha de ser mixta.

Estas medidas van a acentuar diferencias sociales, pero estas deben estar reguladas y acompañarse de una política fiscal progresiva y rigurosa. Que las diferencias de ingresos sean resultado de la eficiencia y el trabajo y no de la corrupción y actividades espurias, las políticas sociales deben también reforzarse para apoyar a una población fatigada y hoy empobrecida. Se debe mantener el principio de que nadie quede abandonado.

Hay que impedir privatizaciones perversas y sin licitaciones que respondan a intereses de grupos particulares, muchos de ellos provenientes de la antigua burocracia. Ya vimos lo que sucedió en Europa del Este.

Esos peligros están activados, pero la manera de preverlos y controlarlos también debe activarse. Su esencia es la participación y el poder político de la población, mediante una actuación adecuada de las instancias del poder popular y de los órganos de control de la república, las instituciones políticas y sociales, en primer lugar, el Partido. Pero para cumplir adecuadamente ese papel, ellas mismas deben reformarse, el Partido incluido, y por el lado estatal, en lugar primordial, la Contraloría General, cuya función debe incluir a todos los sectores de la economía, sin exclusiones injustificadas.

Las instituciones democráticas del país, en primer lugar el parlamento, deben tener una voz activa y diversa, expresión de lo que ya hoy es y será la sociedad cubana.

Un sector público eficiente, con autonomía real para planear, decidir lo que produce, redistribuir ganancias entre sus trabajadores y hacer que participen en las decisiones, operar en el mercado cambiario, establecer acuerdos con otras empresas, sean públicas o privadas, nacionales o extranjeras, parece un animal muy diferente al actual. ¿Es posible esa metamorfosis? ¿Qué debería ocurrir para que esa transformación tuviera lugar? ¿En qué plazo?

JTC: La transformación de la empresa estatal tiene que ser profunda y grande. No se puede aspirar a que ocurra en un plazo corto. Pero esa metamorfosis, como tú la llamas, puede ocurrir porque, aunque a veces se desconoce, tenemos empresarios muy capaces, que no han dejado desarrollarse como empresarios de verdad.

Esa transformación va a tener lugar no solo por acciones directas hacia la manera en que se gestiona la empresa estatal, sino también por acciones indirectas. Una parte de las políticas que se están discutiendo y se aprobaron hoy obligan a esa metamorfosis: participar en el mercado cambiario, poder tener relaciones mucho más fluidas con empresas extranjeras, exportar e importar libremente; todo eso obliga al cambio de ese sector.

¿Qué más debería ocurrir? Dejar que los empresarios se pongan las pilas o no quitarles las pilas cuando ya las tienen puestas, que es también lo que ha pasado.

Es muy difícil poner un plazo. Ahí hay un proceso de aprendizaje, que exige desvestirse, desaprender, volver a vestirse y volver a aprender. Para ese proceso no me atrevo a poner un plazo, pero no debe ser corto, o sea, no ocurrirá en seis meses. Aunque hay empresas cubanas que empezaron a trabajar con empresas extranjeras y se fueron transformando rápido, siempre es un proceso complicado, pues desaprender y volver a aprender otra vez es relativamente complejo.

OEP: Va a haber diferentes etapas de la reforma. Una etapa en los dos primeros años, que algunos economistas hemos planteado identificar como de estabilización. Después, una etapa de cambios estructurales, entre dos a cinco años, que es donde realmente se hagan cambios más profundos.

En los dos primeros años, hay que concentrarse en tres temas vitales: energía, alimentación e infraestructura. Porque hay problemas críticos para la población cubana, como el del agua, la recogida de los desechos sólidos y otros servicios públicos que hay que recuperar.

Para después definir qué sectores, qué áreas son los que vamos a priorizar.

Yo sigo viendo el turismo como importante. Y la posibilidad de que empiecen a haber agentes turísticos, turoperadores privados, da cierta garantía de que se puede recuperar ese sector. Por ejemplo, si un hotel no tan grande, de 30 o 40 habitaciones, hostales, moteles, se le puede dar en administración a un privado, ¿por qué no dárselo, si ya lo tienen extranjeros?

El gobierno tiene un plan muy concreto y ha sido muy hábil, muy pragmático, en los últimos días, para plantear cosas que en otro momento no hubiera pensado.

Hay que pasar a CADECAs (casas de cambio) privadas, pues de todas maneras se cambia en la calle y ese es un dinero que no accede al Estado. ¿Por qué no poner CADECAs privadas y cobrar un impuesto por operaciones?

Otro paso importante es eliminar el monopolio del comercio exterior, de manera que todas las formas de propiedad puedan importar y exportar directamente. Si alguien lo quiere hacer a través de una empresa estatal con experiencia, que lo haga. Pero que no sea obligatorio. Así como eliminar las agencias empleadoras, que han sido una traba para los inversionistas extranjeros. Y sobre todo, trabajar el problema de la deuda externa. Si no destrabas la deuda, seguirá faltando el financiamiento.

Un sector público eficiente es aquel sector que se concentra en determinadas entidades, que para ser eficientes requieren una ley de empresas que las iguale a todas en las mismas condiciones. De manera que el sector estatal participe en el mercado cambiario, retenga parte de sus utilidades para recuperar la producción y la descapitalización que sufre.

Con las reglas aplicadas hasta ahora, no puede garantizar determinados bienes y servicios. ¡Claro que no! Pues si una empresa estatal tiene utilidades, pero después el Estado las recoge para un “bien común” —como producir determinadas cosas para toda la población—, eso puede justificarse así, pero se afecta la capacidad de la empresa como tal.

En un mediano plazo, habría que darles las mismas posibilidades que ha tenido el sector más dinámico de la economía hasta este momento, y que es el mayor importador de alimentos en Cuba ahora mismo (y las cifras lo avalan). La utilización de las remesas, para decidir dónde comprar y a qué precios, no la tiene el sector público o estatal.

La autonomía tiene que ser real. El camino que se avecina, yo creo que sí va a incluir una mejoría de las condiciones de competencia.

JCV: La situación actual tiene urgencias que hay que atender de manera prioritaria y también la necesidad de una transformación integral y profunda del modelo económico. Planos interdependientes, pero que no deben confundirse.

La respuesta inmediata a las urgencias está determinada por los problemas fundamentales que afectan hoy a la población: energía, alimentación, agua, salud, higiene pública, movilidad, etc. Esa respuesta también supone contar con más recursos externos, de ahí que el problema de la deuda y el acceso a créditos, inversión, etc., sea también una prioridad. En las medidas propuestas están incluidas las formas para responder a esas urgencias.

Lo otro es la transformación integral del modelo económico. Ese es un proceso necesariamente más lento, aunque se debe acelerar lo más posible, que ha de comenzar con el restablecimiento de los equilibrios macroeconómicos: déficit fiscal, inflación, déficits externos, etc. Ese proceso lleva más tiempo, pues es mucho lo que hay que transformar.

Es preciso definir etapas, áreas de acción, objetivos generales y parciales, indicadores, etc.; y sobre todo tener un horizonte estratégico claro y la capacidad política para corregir las desviaciones que inevitablemente habrán de aparecer. De lo contrario, se podría llegar a un triste destino no deseado y quizás ya sin recuperación posible. Sobre todo esto hemos escrito y propuesto en extenso desde nuestro libro de 1995 y con otros muchos textos posteriores con las actualizaciones correspondientes.

Hoy la política es más importante que nunca, aunque haya quienes piensen lo contrario, no para trabar ni para detener el proceso de reforma, sino para conducirlo por la ruta que debe marchar, respondiendo siempre a los intereses de la nación y no a espurios intereses sectoriales y de grupo, mucho menos a las presiones imperialistas. En eso hay un desafío fundamental. En un reciente artículo utilicé una expresión: que sean las ideas y no los hechos incontrolados las fuerzas conductoras de este proceso.

Uno de los rasgos del nuevo socialismo, tal como se retrata en la nueva Constitución, es la descentralización, en particular, la entrega de poderes a los niveles locales. Aunque seguimos sin una ley que se los haya otorgado al cabo de siete años de esa definición constitucional, ahora se enfatiza la descentralización y el papel estratégico de los municipios. ¿Están preparados los gobiernos locales para esa autonomía? ¿Para ser capaces de administrar sus recursos, gestionar inversiones internas y externas, diseñar políticas fiscales y de empleo, controlar servicios básicos y adaptar las políticas sociales a sus necesidades…? ¿Qué debería ocurrir para que los gobiernos locales asumieran plenamente ese papel? ¿Qué peligros se corren al descentralizar?

JTC: Si están preparados los gobiernos locales para la autonomía que se les concede, creo que no lo están. Es así de escueta mi respuesta.

En cuanto a qué debería ocurrir para que lleguen a estarlo, algo que está ocurriendo es que le están concediendo ya esos espacios, determinados derechos y obligaciones. Lo otro que debe ocurrir es que ellos tendrán que formar personal adecuado para eso.

Si uno revisa hoy a los gobiernos locales, no solo son pobrecitos porque estén en un territorio pobrecito, sino porque el personal que tienen para trabajar probablemente no sea el más adecuado, aunque, por cierto, sí pueda ser el más entregado.

Peligros que se corren al descentralizar, hay muchos, desde una interpretación errónea de las políticas nacionales hasta aquellos que están asociados a hechos de corrupción, sin lugar a dudas.

No me atrevo a enumerarlos todos porque a cada rato sale uno nuevo. Pero disponer de esa capacidad para interpretar las políticas nacionales y adecuarlas a sus necesidades, y para generar políticas propias, tiene como un componente la toma de riesgo y la posibilidad, sin dudas, de equivocarse.

Yo prefiero correr ese peligro en vez de quedarme sin hacer nada.

OEP: Una de las deficiencias que afectan a los niveles locales, y también a los centrales, es la falta de preparación de los cuadros. A veces se pone a ocupar un cargo a una persona que no está preparada o que no es el profesional que se necesita. Y para lo que se avecina, los gobiernos locales deberían tener una mayor preparación, y que se les dieran las prerrogativas de las que carecen, y se anuncian, pero en la práctica no se les otorgan. De la mano de la autonomía local deben ir la preparación y los estímulos necesarios para que los dirigentes sean capaces de administrar recursos a ese nivel.

Si se paga un salario bajo, no estimulante, no va a haber personas dispuestas a dirigir en los municipios. Antes de asumir cargos, digamos, en la educación municipal, estarán más interesadas en hacerlo en un negocio privado, donde pueden ganar diez veces más. Todos esos desajustes deben corregirse. Pero yo sí creo en los poderes locales, en lo cual hay que trabajar intensamente para lo que se avecina.

Sí hay peligros al descentralizar, efectivamente, pero hay que asumirlos. Porque antes las medidas centrales se daban en un contexto donde el Estado podía administrar recursos. Hoy no los tiene, ni los va a tener en los próximos años, porque hoy estamos solos. Solos significa que no tendremos el crédito necesario para distribuir, ni los amigos que necesitamos, porque los hemos perdido por la mala gestión en administrarlos.

Si un amigo te entrega, digamos, una serie de vehículos, de ómnibus para tu transporte público, y tú no se los pagas, él no te dará las piezas de repuesto de esos ómnibus. Así hemos tratado a los amigos que nos han ayudado vendiéndonos, con períodos cortos de pago, pero con tasas de interés muy bajas, y nos han permitido pagarles con productos, digamos, níquel, como China, a quien dejamos de enviarle níquel porque no lo producimos.

Todo eso hay que corregirlo, porque ese va a ser el próximo camino, porque no queda ningún otro. Hay que sobreponerse a todas las adversidades, pero eso lleva un costo. No tanto un mayor costo social, porque ya la reforma social se ha hecho –y te voy a comentar más adelante sobre eso.

JCV: Yo considero que la descentralización de estos procesos a los municipios debe hacerse con muchísimo cuidado. Es positivo y necesario y podría hacer la gestión más democrática y eficaz, pero no de cualquier manera. La descentralización municipal no debe significar que el gobierno central se desentienda de responsabilidades que le son propias e indelegables.

Un país no es la simple suma de sus municipios, ni siquiera en los países de fuerte carácter federal. Los municipios son muy diferentes entre sí y su articulación, su complementariedad como partes de un todo, es una responsabilidad indeclinable del gobierno central.

La política económica y la conducción de la estrategia nacional de desarrollo son una tarea de responsabilidad central. O sea, la acertada descentralización municipal no debe significar la anulación del papel imprescindible del gobierno central, pues somos una sola nación.

Por otra parte, para que la descentralización opere adecuadamente, deben contar los municipios con los recursos indispensables. En primer lugar, con los cuadros y funcionarios capaces. Ha de ser la meritocracia (capacidad, formación, ética, probidad, empatía y compromiso) lo que determine los nombramientos y la elección a ese nivel, como habría de ser en todos los niveles.

En general, el actual nivel de los cuadros y funcionarios a nivel municipal está por debajo del que se requiere para esta compleja función y, por supuesto, que ese trabajo debe tener la remuneración que merece.

En un contexto de descapitalización, falta de fuentes de financiamiento, alta deuda externa, infraestructura deteriorada, crisis energética y alimentaria, ¿de dónde podría salir la inversión necesaria para recuperar la economía y reestructurar el modelo? ¿Disponen los emigrados cubanos del capital y la voluntad para convertirse en esa fuente principal? ¿Hasta qué punto las circunstancias políticas en la diáspora cubana lo facilitan o lo ponen en riesgo? ¿Sería posible sin que Estados Unidos y Cuba volvieran al camino de la normalización?

JTC: La inversión necesaria para recuperar la economía y reestructurar el modelo puede salir de diferentes orígenes.

Una es la inversión extranjera, que puede sentirse estimulada por las decisiones adoptadas para facilitar y ampliar sus espacios en el país.

Otra fuente pueden ser las facilidades que ofrecen los BRICS. Para lo cual se requiere acabar de entender cómo negociar y participar en ese marco.

Una tercera fuente puede ser el capital nacional. Un capital no solo privado, sino de empresas estatales que sean exitosas y quieran invertir para crecer, para diversificarse, y que habría que dejarlas.

Están también los créditos que pueden aportar los organismos multinacionales, y los países individuales, a los cuales hoy cuesta mucho más trabajo acceder. Pero no los desestimo totalmente.

Por último, el capital de cubanos residentes en el exterior. Ahí viene la pregunta: ¿Hasta qué punto las circunstancias políticas en la diáspora cubana lo facilitan o lo ponen en riesgo? Hasta ahora, la historia de esa relación ha sido muy compleja —y tú la conoces mucho mejor que yo. Conlleva que una parte de esa diáspora tenga mucha desconfianza en invertir en Cuba.

De otra parte, el marco legal en Cuba todavía no se entiende bien. Hay que perfeccionarlo mucho, mejorarlo para que pueda dar las seguridades que requiere el inversionista en general, y en particular, este inversionista cubano que viene de la experiencia de haber vivido en Cuba. Esa incertidumbre hay que borrarla, creando un grupo de reglas muy claras que además incentiven y garanticen esa participación.

La mayor parte de la diáspora cubana vive dentro de un riesgo constante y bajo la amenaza de las propias restricciones que el gobierno norteamericano le impone a Cuba. Tienen que estar midiendo si están violando alguna ley norteamericana y puede ser objeto, por lo tanto, de una represalia. Eso está presente, sin lugar a dudas, y puede complicar la inversión masiva de capitales de cubanos residentes en el extranjero.

En cuanto a si sería posible sin que Estados Unidos y Cuba volvieran al camino de la normalización: resulta difícil, pero no imposible. Tendría que extenderme mucho para explicarlo, pero hoy por hoy ya se da inversión de capitales de cubanos residentes en el exterior en la economía nacional. Así que, tomando los hechos como parte de esa respuesta y criterio de la verdad, diría que sí es posible, a pesar de que no haya una normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos.

OEP: Tenemos que ubicarnos en que el entorno económico natural de Cuba son los Estados Unidos, dada la distancia y el hecho mismo de haber recibido una parte mayoritaria de la emigración cubana. Pero el gobierno de ese país ha sido muy agresivo contra Cuba, y sobre todo en los últimos meses las sanciones han sido muy fuertes.

Sin embargo, Cuba tiene que encaminarse hacia lo que se podría hacer para esa normalización. Yo sí he podido conocer que los emigrados cubanos tienen capital y pueden convertirse en una fuente importante. Pero para eso hay que hacer cambios legislativos, hay que sentarse a analizar en la mesa de negociaciones el problema de las nacionalizaciones y otros temas pendientes, que hay que lograr resolver.

Si en algún momento fuera posible cambiar inversión por activo tipo swap, habría que hacerlo. Si tenemos un hotel con apenas 10 % de ocupación de sus capacidades, se podría disponer que un emigrado administrara ese hotel y parte de las utilidades se le entreguen, como parte del capital que Cuba dispuso. Hay muchas fórmulas.

Si no se arreglan las relaciones y no se alcanza la normalización, es muy difícil que Cuba acceda al capital que se necesita. Porque el capital hoy es transnacional; y aunque muchas compañías estarían dispuestas a invertir en Cuba, si luego van a ser sancionadas por Estados Unidos, no van a hacerlo, lo que ya está sucediendo en estos momentos.

Pero no podemos desistir, hay que buscar cualquier alternativa positiva, sin ceder soberanía, pero sin ser muy estricto, porque no hay forma de resolver esos problemas que has planteado. Y la cuestión del financiamiento externo es prioritaria.

El Estado tiene que hacer un proceso de estabilización de dos años vista, para resolver dos problemas prioritarios de corto plazo: la energía y la alimentación. Ya no va a garantizar la cartilla de racionamiento como en el pasado; no tiene con qué hacerlo. Eso llevará a que las personas entiendan que la Cuba socialista anterior a 2026 no será posible, y que para mantenerla en nuevas condiciones se requiere reestructurar el modelo.

Para mí, hay que construir un modelo social de mercado. Uno de los errores de estos últimos años es no haber adelantado las reformas que muchos sugirieron hacer, sobre todo Rusia y China, donde tuvieran un mayor peso todas las formas de producción, especialmente privadas. Y Cuba se demoró mucho en hacerlas. Hoy lo estamos haciendo en las condiciones en que no tenemos otras opciones. Y cuando se negocia en estas condiciones actuales es muy difícil, porque hay que aceptar muchas cosas que no se hubieran aceptado en otro momento histórico. Para salvar al país, por encima de todo.

JCV: Como señalé antes, la disposición de recursos es un problema fundamental, un fuerte nudo que afecta a la economía nacional; por eso el tema de buscar acceso a nuevos recursos es parte de las urgencias. Y destrabar la deuda es fundamental. He venido planteando lo de cambiar deuda por activos y por inversión, esto es muy posible y probablemente la opción más viable. Hay muchos recursos y capacidades que hoy están subutilizados y muchos deteriorándose. Claro que siempre debe hacerse de manera tan rigurosa como ágil, hay que cuidar que las presiones del momento no lleven a decisiones inconvenientes que afecten la soberanía y el control de recursos estratégicos de la nación.

La migración cubana es parte de la nación. Un sector de ella tiene capitales y capacidad empresarial, aunque no es toda ni la mayoría, integrada por trabajadores asalariados. Pero todos podrían participar de alguna manera. Los primeros, con inversiones, tecnologías, comercio, mercados, etc. Esto ha de ser parte de una voluntad compartida y aquí habrían de darse todas las garantías de manera transparente y sin titubeos, establecer con leyes y regulaciones lo que se puede hacer y lo que no; o sea, espacios y garantías amplias, claramente establecidas, en función de un proyecto de nación que debería ser compartido por todos, incluida, ojalá, los que han tenido una conducta hostil. Es todo un tema político y muy actual.

La respuesta corta es clara: sí deberían jugar un papel importante, sin renunciar a sus intereses individuales. Riesgos siempre habrá, pero hay que asumirlos con inteligencia y resolución. Lo más importante es el interés del pueblo y su bienestar, ¿es difícil hacer todo eso compatible? Sí. ¿Es imposible? No. Quizás este sea el desafío político más importante hoy.

Un escenario de negociación con Estados Unidos es lo más deseable, pues podría cambiar notablemente el cuadro, la superación de la crisis económica, etc. Creo que el gobierno ha trabajado y trabaja intensamente en ello, hoy con la experiencia de los años, de la historia, de los errores del pasado, etc. Pero la pregunta siempre ha de ser: negociar qué y para qué.

Es ahí donde la claridad de la respuesta ha de ser meridiana. Una posición amplia que incluye muchas decisiones sensibles, pero puntos muy claros acerca de que no es negociable bajo ninguna circunstancia. Se ha dicho que la soberanía y el orden interno, y yo estoy de acuerdo. Los temas internos de Cuba son un problema de los cubanos, de todos los cubanos, pero sin añadiduras.

El gobierno norteamericano debe estar consciente y seguro de que Cuba está dispuesta a avanzar y a poner mucho sobre la mesa, excepto lo irrenunciable. Esa conciencia podría dar lugar a una relación de respeto y mutua conveniencia. Ahora bien, ¿estará dispuesto el gobierno de Estados Unidos y esta administración en particular a establecer un marco adecuado de negociación?

Cuba debe trabajar para eso, pero también estar preparada para la peor de las situaciones, incluida una indeseada agresión militar. La soberanía, bien entendida, es irrenunciable, lo que no requiere fundamento académico. Es la voluntad histórica de un pueblo demostrada durante casi dos siglos. Ahora no habrá de ser diferente. Negociación sí, toda la posible, realista y amplia; pero imposición y concesiones de soberanía, bajo ninguna condición.

Desde 2011, se han venido adoptando sucesivos programas de reforma, alcanzando acuerdos en congresos del PCC, aprobando una nueva Constitución y nuevas leyes. Sin embargo, el proceso de reformas se ha estancado y hasta cierto punto parece haber extraviado su curso. ¿Qué razones hay para pensar que a partir de hoy será diferente?

JTC: Te diría que hay muchas razones y ninguna.

La primera razón para pensar diferente es el contexto internacional en el que Cuba se está desarrollando hoy, que ha cambiado tremendamente y genera mucho estrés a la hora de manejar el país. Esta situación puede empujar a ese proceso de reformas y que no pase lo que ha pasado otras veces.

Segundo, tenemos ahí la permanente amenaza de Estados Unidos y sus intenciones de cambiar el país, en función de lo que ellos entiendan que debe cambiar. Obviamente, ese es un elemento que empuja para hacer este proceso de reformas y no virar hacia atrás.

Lo tercero es la situación económica y social, esa policrisis en la que estamos todos metidos y sufrimos constantemente. Si no hay una reforma, está muy claro que va a ser muy difícil poder salir de esta policrisis.

También hay que entender que este gobierno ha tenido un proceso de aprendizaje. Hoy está en una situación con muy pocas alternativas, como no sean las de seguir un camino de reformas, que ya fue trazado en líneas generales y nunca se siguió, sino que se detuvo y se echó para atrás. Ahora hay que seguirlas, y esa es otra razón, sin lugar a dudas. Ahí hay un proceso de aprendizaje, que cuenta bastante.

OEP: El modelo que se avecina es diferente. Aunque es cierto que hemos aprobado decenas de programas, hemos alcanzado miles de acuerdos y hemos pasado balance de los congresos del Partido, la Constitución, las leyes, etc., sin embargo, el país no ha avanzado. Y entre las trabas por las que el país no ha avanzado, está el haberle tenido miedo al sector privado, que es un problema ideológico.

Hoy deberá ser diferente, porque reitero que Cuba está sola en el mundo. Nunca se había estado en un momento de policrisis como este. Significa que tenemos crisis financiera, de alimentación, largos apagones, problemas con los medicamentos y problemas con el transporte, todo junto.

En una familia cubana hoy se duerme mal, se come mal, se transportan caminando a los centros de trabajo, se gana poco y hay una alta inflación. No ha habido otro momento en la historia reciente de Cuba —hablando de los 90 para acá— que presente esta situación tan convulsa y tan complicada.

Si queremos salvar, no el modelo, sino al país, tenemos que hacer las cosas diferente. Si seguimos haciendo lo mismo, vamos a seguir repartiendo miseria. Si hay políticas nuevas que conlleven cambios constitucionales, hay que hacerlos. Si hay que eliminar en la Constitución aquello que dice que no se permitirá la concentración de los ingresos ni la propiedad, hay que cambiarlo. Mientras que sea legítimo, mientras que sea legal, mientras que el sector privado dé determinados bienes y servicios, ¿por qué cogerle miedo? La fuerza del Estado radica en lograr ponerle impuestos a esas actividades y después redistribuirlos a nivel de la sociedad.

Para mí, la única cosa diferente es que hay que hacer un país con mercado.

JCV: Hemos llegado a una situación límite: la agresión externa por un lado (que no es solo el bloqueo) y las insuficiencias internas por otro, entre ellas el tremendo retraso de una reforma económica integral y profunda. Ese ha sido uno de esos principales errores; lo hemos dicho y argumentado al menos desde hace más de tres décadas, cuando era ya evidente el agotamiento del modelo económico de planificación burocrática.

Si uno lee los documentos aprobados en los congresos del partido desde 2011, y después la Constitución de 2019, aprecia que esa realidad se comprende desde entonces; y que se aprobaron documentos que daban el espacio político y legal necesario para la reforma. Sin embargo, inercias, incomprensiones, dogmatismos e intereses creados fueron una permanente fuerza en contra.

Lo nuevo ahora es haberlo asumido; y la voluntad política para avanzar por encima de esa resistencia. Va a ser difícil, pero el camino ya empezó. Hay que tener cuidado con aquella máxima existente en Cuba desde época de la colonia: “Se acata, pero no se cumple”. Pero es preciso acabar con esos obstáculos sedimentados, tan fuertes como difusos, por eso son tan difíciles de eliminar. Nunca faltarán, pero con consenso, participación popular imprescindible, rendición de cuentas y una conducción certera se puede lograr.

Es difícil declararse pesimista u optimista frente a un proceso tan complejo. Debemos ser realistas y, como decía Gramsci, continuar, quizás, con el pesimismo de la mente, pero siempre con el optimismo del corazón.

jueves, 11 de junio de 2026

¿Hacer cosas nuevas con mentes viejas?


Se ha propiciado, ya sea por desconocimiento, intereses creados, miopía política, atrincheramiento ideológico, apego a la zona de confort y los cargos, que las debilidades se hagan mayores y seamos más vulnerables frente a los que esperan por la “fruta madura”.




En estos primeros seis meses del año, todo se ha puesto un poco más difícil para nuestro país y el mundo está en ascuas con ese conflicto provocado por el régimen de Trump que ha “logrado” que se mantenga bloqueado el estrecho de Ormuz, por donde antes de la guerra circulaba buena parte del petróleo mundial.

Estados Unidos, al parecer, ha perdido la capacidad de influir sobre el otro “régimen”, el de Israel, para que siga sus orientaciones. Mientras, “la vieja Europa” sigue sin saber cómo lidiar con este conflicto y con el de Ucrania.

Estos seis meses han sido pródigos en noticias sobre Cuba, casi todas malas. Desde la amenaza permanente de una acción armada —para unos posible y para otros no— defendida por un grupo de malos cubanos, hasta nuevos empujones que tienen por objetivo lograr que el “gobierno cubano se caiga solo” y que el “estado fallido”, por fin, falle.

RelacionesCuba-EEUU

Quizás me equivoco, pero tengo la impresión de que muy pocas economías/países han soportado tanta presión durante tanto tiempo.

Imagino siempre un país del Caribe, de esos mismos que durante décadas se beneficiaron de la solidaridad de Cuba y que ahora casi nos han borrado de sus mapas de la región.

Si cualquiera de esos pequeños países fuera incluido en la lista famosa de países “patrocinadores del terrorismo” y por ello privado de hacer operaciones financieras con bancos extranjeros… Si, además, se le prohibieran los suministros de petróleo; se quedara prácticamente sin compañías marítimas para realizar su comercio; se amenazara a las compañías extranjeras que tienen negocios en ese país con sanciones, incluso a las personas que trabajan en ellas y también a sus familiares. Si a su vez, las líneas aéreas internacionales recortan/suspenden sus servicios y compañías que ofrecen los servicios de pago internacionales también de un día para otro paralizan esos servicios… ¿Cómo sobreviviría uno de esos países del Caribe nuestro si tuviera que enfrentar una situación así?

¿Y qué pasaría si, a pesar de toda esa presión, Cuba logra al menos “vadear” la situación?

No creo que pueda haber peor derrota política para el régimen de Trump, incluyendo la que todos los días sufre en Irán, que el hecho de que Cuba siga resistiendo. Y es por esa razón que cada día me convenzo más de que el gobierno de Estados Unidos hará todo y algo más para que algo así no ocurra.

Es junio, estamos a siete meses de la última sesión de 2025 de la Asamblea Nacional del Poder Popular, donde se anunciaron medidas, planes y metas, muchas de ellas contenidas en el Programa de Gobierno.

Quizás dentro de un mes, en la primera sesión del 2026 de la Asamblea, tengamos información relevante sobre cómo va esta economía nuestra. De todas formas, hay asuntos que son palpables con solo asomarse a la calle.

1. Los servicios básicos que son decisivos para la población, agua, energía, gas (de balita) y transporte, mantienen una tendencia al deterioro sostenido, lo que ha hecho aún más inmanejable la vida cotidiana, ha estimulado el crecimiento de la pobreza y ha hecho más evidente aún la desigualdad.

La poca disponibilidad de energía —a pesar del esfuerzo en renovables— es uno de los factores que influyen en esa gran falla, junto con la decadencia tecnológica acumulada en el sistema electroenergético nacional. El deterioro, al parecer, sigue una progresión geométrica y la capacidad de manejarlo se mueve dentro de una aritmética.

Las personas entonces recurren a soluciones individuales, sean estas admitidas o no por la ley. La gente se incomoda, incluso aquellos que “entienden” lo que nos sucede.

¿Cuánta inversión hace falta para restablecer al menos el 60-70 % de esos servicios que el gobierno debería garantizar? ¿Cuánto personal calificado se necesitaría? ¿Tendremos en nuestro país empresas privadas nacionales que en alianza con los gobiernos territoriales puedan asumir/paliar en alguna medida estos déficits? ¿Tendremos gobiernos territoriales capaces de generar proyectos/negocios de este tipo? ¿Tendremos un gobierno central capaz de estimularlo, con políticas concretas más allá de las consignas de siempre?

2. El decrecimiento económico, medido en términos de PIB, seguirá caracterizando el comportamiento de nuestra economía. El verdadero impacto de ese decrecimiento está en la drástica reducción de la complementariedad de los sistemas productivos, tanto industrial como agropecuario.

Entre ambos protagonizan la falla histórica de nuestro modelo de subdesarrollo y han sido también una de las razones principales de nuestra alta propensión a importar. Ha faltado y falta una política industrial que impulse una verdadera transformación productiva, que sea suficientemente inclusiva para considerar a todos los actores e incentivar a los que mejor contribuyan.

Resulta además que una economía que necesita más inversión, más empresas y más empleos, que se encuentra sitiada de la peor manera posible, enfrenta la paradoja de tener centenares de propuestas de nuevas empresas detenidas, en espera de la aprobación de esas propuestas por los gobiernos locales.

Esos mismos gobiernos que no pueden, a pesar de sus esfuerzos, atender y solucionar temas tan cruciales como la recogida de desechos sólidos en las ciudades. Ese proceso que alguna vez fue casi transparente y que permitía aprobar todas las semanas más de cien nuevas empresas, se ha convertido en algo tortuoso y desincentivador.

Obviamente, ese decrecimiento económico que impacta la oferta es el sustento real de la creciente desigualdad y de la incapacidad del gobierno para adoptar políticas que contribuyan a su reducción y tiene como correlato el reforzamiento de una filosofía de instituciones extractivistas que buscan sacar más de donde cada vez hay menos en un intento de cumplir un pacto social que, a fuerza de perder su base de sustentación, deberá ser rediseñado.

Ahí está lo que ocurre en nuestros hospitales y en nuestras escuelas, que en su momento fueron la llave de la transformación social y el mejoramiento humano que la Revolución consiguió en apenas una década. Sin buena educación y buena salud, podemos despedirnos del desarrollo, de la prosperidad y del socialismo.

3. El fracaso de una política monetaria que no ha podido detener la devaluación del peso cubano y tampoco ha podido detener el rol del mercado informal en ese mercado. Recomendaciones sobre qué hacer y qué no hacer no han faltado: desde aquella que proponía la formalización de ese mercado informal a través de casas de cambio con agentes privados bajo supervisión del Banco Central de Cuba hasta la unificación de las tasas, pasando por la diversificación de entidades financieras, mucho más necesarias ahora que otros medios de pago deciden, gracias a la política de Trump, no seguir operando en el país (Visa/Mastercard).

Habría que sumar a ello la llamada bancarización, que más bien se ha convertido en la desbancarización; esa que condena a miles de personas diariamente a permanecer en colas infinitas sin tener la seguridad de poder utilizar su dinero y se ha convertido en un incentivo negativo para que las personas naturales y los comercios utilicen las “facilidades en línea” que existen hoy.

Cuando se anunció esta medida, se reconoció que no existían todas las condiciones, ni tecnológicas, ni organizativas para hacerlo; entonces se argumentó con un gerundio: “Se irán creando”. Hoy parece que alcanzar el propósito está más lejos que en los inicios.

La suma algebraica de todo esto no deja un saldo positivo. Se ha propiciado, ya sea por desconocimiento, intereses creados, miopía política, atrincheramiento ideológico, apego a la zona de confort y los cargos, por burocratización, que las debilidades se hagan mayores y seamos más vulnerables a todas esas medidas genocidas que Trump y Rubio han puesto en marcha para esperar por la “fruta madura”.

Esa suma algebraica también nos dice que el país necesita un cambio en el contenido y en las formas de hacer gobierno, no solo una reestructuración del aparato del Estado y una reducción de las organizaciones que lo conforman.

Hoy circula la noticia de un Proyecto de Ley de la Administración Central del Estado que, entre otras cosas, contempla la reducción y unificación de ministerios, algo sin dudas necesario, aunque de nuevo el momento escogido para hacerlo, si se hace este año, no parece ser el más adecuado. Porque estamos en guerra, sitiados, porque hasta nuestros “amigos”, con excepción de México, se han vuelto excesivamente cautos en su manera de expresar su apoyo y porque un cambio de esa trascendencia requeriría de concentrar mucho esfuerzo y tiempo en el mismo, cuando la sobrevivencia está en juego.

Siempre me ha parecido que las estructuras deben responder a las estrategias; y la estrategia es lo que no acabo de identificar. No obstante, lo decisivo de esa restructuración, cuando se haga, no es cuántos ministerios desaparecen, sino cómo hacer desaparecer todo el lastre que caracteriza la gestión de gobierno a todos los niveles. Hacer cosas nuevas con mentes viejas no es algo que parezca posible.

jueves, 16 de abril de 2026

Esperando una evaluación pública del Programa Económico y Social del Gobierno para 2026

Algunas ideas sobre el primero de los diez objetivos generales del Programa: 

“Propiciar un entorno macroeconómico que favorezca la actividad productiva y el incremento de los ingresos externos.”






Terminamos la primera quincena del cuarto mes de este año 2026 y no existen aún datos del comportamiento del primer trimestre. Es demasiado pronto aún. Pero la simple observación nos dice que no debemos esperar mejorías en la mayoría de los indicadores. Algo comprensible, dadas las condiciones de restricciones extremas que enfrenta el país, condenado por el régimen de Trump a recibir exiguas cantidades de combustible.

Siempre me llama la atención la insistencia de algunos en demostrar que las acciones de ese régimen contra Cuba tienen apenas un efecto marginal sobre la dinámica de la economía nacional y sobre la vida cotidiana de los cubanos, y toda la responsabilidad se la cargan con las ineptitudes del gobierno/Estado.

Esto, a pesar de que la propia Administración de Trump se ocupa de repetir incesantemente que las medidas que han tomado tienen el propósito inicial de ahogar la economía del país para provocar con ello un “cambio de régimen” desde adentro. Nada novedoso si recordamos aquel famoso memorando de inicios de los sesenta que sostenía la misma recomendación.

“Deben emplearse con prontitud todos los medios posibles para debilitar la vida económica de Cuba… para provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno”. (Memorando del subsecretario de Estado Lester D. Mallory, emitido en 1960)

Pues bien, este nuevo régimen que Mr. Trump lidera los ha empleado prácticamente todos, los ha enarbolado públicamente, los ha explicado con pelos y señales. Y es por eso mi asombro, cuando personas inteligentes se empeñan en reducir el impacto que esto ha tenido sobre el país entero, incluso sobre los que hoy viven fuera de Cuba o aquellos que en una posición todavía más radical niegan ese daño.

Pero tendría que decir que también me llama la atención lo que nos ocurre aquí adentro, en Cuba, cuando personas igual de inteligentes se lo cargan todo al bloqueo y ahora a Trump, e intentan con ello exonerar de responsabilidades al gobierno/Estado por los resultados de su gestión.

Ocurre que, mientras hemos logrado una contabilidad detallada de los daños que el bloqueo nos ha provocado, no hemos logrado hacer la contabilidad de los costos que los errores, los vaivenes, las demoras, las inconsistencias, las burocracias, las ineptitudes, las complacencias y las pocas ganas de trabajar de algunos nos han costado y nos siguen costando.

Hemos sido mejores contadores para estimar los daños del bloqueo, algo muy necesario, pero a la vez hemos sido muy malos para calcular el costo de nuestros propios errores.

Pero hoy ya tenemos el Programa Económico y Social del Gobierno para el año 2026. Por suerte, le ha sido cambiado el nombre y ya no hay que andar con las “distorsiones” a cuestas, lo cual para nada quiere decir que no existan, molesten y entorpezcan.

Es además un programa enriquecido con una consulta popular, algo sin dudas necesario, pero que de ninguna manera es garantía de su éxito, porque existen otros factores, entre ellos las propias circunstancias, que tienen una influencia decisiva en esos resultados.

Espero, no obstante, que en la primera sesión de la Asamblea Nacional se haga una evaluación pública por las autoridades competentes de cómo van esos diez objetivos, atendiendo a que constituyen la columna vertebral del programa de gobierno, publicado recientemente después de haber sido enriquecido con la incorporación de la discusión con la población.

No sería ocioso, sin embargo, avanzar algunas ideas sobre el primero de los diez objetivos generales, el cual es sin dudas decisivo. Su enunciado es el siguiente: “Propiciar un entorno macroeconómico que favorezca la actividad productiva y el incremento de los ingresos externos.” Tiene 9 objetivos específicos, 46 acciones y 18 indicadores.

Echemos una mirada a los objetivos específicos de ese primer objetivo.

Mantener el déficit fiscal en los niveles aprobados, adecuando las medidas presupuestarias al actual contexto.

Según lo informado hace un mes, parece posible que este objetivo se cumpla. Sin embargo, llamo la atención sobre que una disminución de la actividad económica puede afectar la recaudación impositiva, fuente principal de los ingresos presupuestarios.

Perfeccionar los mecanismos de formación, regulación y control de precios con mayor impacto en la economía y la población.

Hay once acciones asociadas a este objetivo. Algunas acciones ya están incluidas en el decreto ley 114 sobre la comercialización de productos agropecuarios. Sin embargo, nuestra economía sigue siendo hoy una economía de demanda, con serios déficits de oferta y una inestabilidad en el suministro considerable, ello puede convertirse en un obstáculo no para el perfeccionamiento de los mecanismos de formación de precios, sino para alcanzar lo que se persigue con ese perfeccionamiento. 

Reducir la liquidez en circulación, ofreciendo a la población y actores económicos nuevos instrumentos de ahorro e inversión financiera.

Será difícil lograr tasas de interés que incentiven el ahorro de la población mientras la inflación se mantenga en más de dos dígitos. Otro aspecto a considerar es “la confianza perdida” y el otro es que en nuestro país existe una alta propensión media y marginal a consumir, entre otras razones por el deterioro de la capacidad de compra del salario, en parte debida a la inflación, en parte a las tasas de cambio y en parte a la dolarización de la economía.

Facilitar productos de crédito adecuados a las nuevas condiciones de la economía.

Es sin duda un objetivo importante. Ocurre que la cultura de trabajar con crédito no está muy extendida en Cuba. El otro asunto a considerar es que nuestro mercado está dolarizado, mientras que los créditos se conceden en pesos cubanos.

Consolidar la implementación del nuevo mecanismo de gestión, control y asignación de las divisas para todos los actores económicos.

La confianza o, mejor aún, la capacidad para generar confianza en el sistema bancario nacional, será decisiva. Hasta el momento no hay datos públicos acerca de cómo van funcionando los mecanismos de asignación de divisas: ¿cuántas empresas han accedido? ¿Cuál ha sido el volumen de operación? ¿Cuál ha sido la demora promedio en cerrar una operación? Sería una información que permitiría evaluar cómo se avanza en este objetivo.

La diversificación de medios y canales de pago en el exterior, otra de las acciones de este objetivo específico, ha tenido en la aprobación de un grupo de entidades financieras no estatales su primer paso.Continuar la implementación del proceso de dolarización parcial de la economía.

No aparece en este objetivo específico ninguna acción dirigida a amortiguar los efectos negativos de este proceso, ni tampoco a preparar los procesos de salida paulatina de la dolarización parcial. Llama la atención que una de las acciones exprese la necesidad de acciones que “permitan controlar las desviaciones del objetivo a alcanzar”; sin embargo, no aparece cuál es ese objetivo.

Implementar las transformaciones cambiarias.

Se ha implementado un mercado cambiario que hasta el momento no ha logrado reducir la influencia del mercado cambiario informal. Consolidar el proceso de bancarización con el propósito de facilitar la actividad económica y la transparencia fiscal.

Sin duda, es uno de los objetivos de más difícil ejecución, porque incluso requiere de ciertas condiciones materiales e infraestructura. En estos tres primeros meses del año no parece que se haya avanzado lo necesario.

Actualizar la política para el uso de los activos virtuales a partir de las condiciones actuales de la economía.

No aparecen acciones asociadas a este objetivo. Confieso además mi desconocimiento sobre la política de activos virtuales del país. Sin embargo, hay acciones realizadas en el sentido de darle más espacio al uso de los activos virtuales.

Al respecto, se ha autorizado un pequeño grupo de empresas no estatales que podrán realizar estas operaciones, lo cual desde mi perspectiva puede ser beneficioso con una opción que permita una alternativa al cerco financiero que Cuba enfrenta.

En el primer semestre pienso que se debería dar una información de cómo se cumplen esos objetivos examinando cada uno de los 18 indicadores. Ahora mismo ya es posible adelantar que el primero de ellos, el crecimiento del PIB en 1 % respecto a 2025, parece muy difícil de alcanzar.

También habría que evaluar si el cumplimiento de esos indicadores resulta en alguna mejoría perceptible para la población, pues al final de eso es de lo que se trata.

miércoles, 11 de febrero de 2026

No se puede renunciar al futuro


Sobrevivir significa, primero que todo, sumar antes que restar, aprovechar lo poco que tenemos y que puede rendir más, concentrar el esfuerzo en “lo que funciona”, incluso aunque no sea lo que más agrade políticamente.





Cuba ha estado involucrada en al menos cuatro eventos de trascendencia mundial, el primero cuando los Estados Unidos de América robaron nuestra independencia, ganada legítimamente a España en 1898. Esa guerra significó una nueva división geopolítica del mundo y fue el hecho que señaló el inicio del cambio de centro cíclico del capitalismo mundial, de Inglaterra hacia Estados Unidos.

Luego del triunfo de la Revolución en 1959, que en sí mismo fue otro evento de significación mundial, la Crisis de los Misiles nos colocó en el ojo del huracán, el cual pudo ser conjurado.

Más adelante se nos vino encima el muro de Berlín derribado y la desaparición de la URSS y ahora, hace apenas unos días, un cambio al parecer radical en Venezuela y, como era de esperar, el incremento ad infinitum de las presiones del gobierno norteamericano sobre nuestro país. Todo ello en un mundo donde las reglas de la política internacional, según todo indica, ya no funcionan más.

Tengo edad suficiente para acumular recuerdos de experiencias vividas, pero no tanta como para olvidarme de ellos. En todos estos años de vida, no recuerdo un período largo de tiempo —cinco años, por ejemplo— en que nuestro país y sus habitantes hayamos dejado de estar enfrentando situaciones bien difíciles, a veces tremendamente difíciles.

El bloqueo desde inicios de los sesenta y, mucho antes, la suspensión de la cuota azucarera; el cierre del mercado turístico estadounidense; la Ley Helms-Burton, un engendro neocolonial, se sumaron al propósito de “derrocar a Castro” y de hacer de nuestra economía una opción de alto riesgo para cualquier comerciante, inversionista o financista, motivado por “el mercado cubano”.

Es cierto que durante mucho tiempo contamos con la ayuda de la Unión Soviética, lo que nos permitió disfrutar de cierta tranquilidad en lo militar y de recursos económicos muy por encima de nuestras capacidades de adquisición real.

Lo alcanzado entonces en términos de avances en lo social solo es posible explicarlo por esa combinación de acceso preferente a recursos y decisiones que privilegiaron el mejoramiento humano, y que tuvo como correlato la idea/ilusión de que ese acceso casi ilimitado a servicios esenciales por ser “gratis” no costaba; y que el “Estado” tenía recursos infinitos y una sobrada capacidad para generarlos de forma eficiente y siempre creciente.

Hoy se entiende mejor que sí costaba y que cuesta, de la misma manera que ya se sabe que los recursos no son infinitos; que la eficiencia parece haber emigrado de nuestro sistema económico, al menos en una buena parte de él, y que solo haciendo cosas diferentes se alcanzarán resultados distintos.

También es cierto que se han hecho muchas cosas. Si se listaran todas, nos sorprenderíamos de cuántas. Los Lineamientos, la Conceptualización y el Plan de desarrollo económico y social hasta el 2030 y la definición de los ejes estratégicos; los macroprogramas, programas y proyectos asociados a dichos ejes; la nueva Constitución de la República; las actualizaciones de la estrategia en tiempos de COVID; la creación del MLC, la desaparición del CUC; la creación de las mipymes y las cooperativas no agropecuarias; el impulso a las proyectos de desarrollo local; las 63 medidas para impulsar la agricultura; las 93 para “recuperar” el sector azucarero; leyes para regular la pesca; otra para el ganado; la ley de Soberanía Alimentaria y Nutricional; infinidad de decretos leyes para regular diferentes aspectos del quehacer económico y social; los precios topados; la desdolarización dolarizada; el arrendamiento de locales de empresas estatales al sector no estatal; la autorización de importar a las formas no estatales; la creación de un mercado cambiario y de una tasa flotante para una parte de los agentes económicos; la apertura de la importación de petróleo a las empresas, y así muchas mas que llenarían muchas cuartillas.

Los hechos refutan de forma incontrovertible cualquier planteamiento que pretenda sostener la inactividad del Estado y del Gobierno. Sin embargo, todo el esfuerzo realizado no ha dado los resultados esperados. Y nos ha traído a un escenario en extremo difícil de manejar sin la declaración de guerra de Trump —imponer aranceles a los productos de países que suministren petróleo a Cuba— y, con ella, pues mucho peor.

Nuestra debilidad, y la dependencia de la importación de combustibles fósiles es una de ellas, resulta la fortaleza de la Administración Trump-Rubio frente a nosotros. La estrategia de diversificar las tecnologías de generación ha permitido amortiguar los déficits. El crecimiento de la generación con fotovoltaica, que alcanzó en el 2025 alrededor del 10 % de la generación total, es algo alentador, pero sigue siendo insuficiente.

La nueva medida de Trump vuelve a recordarnos que, para Cuba, en especial por la “atención” tan especial que la Administración estadounidense le dedica al país, la variable tiempo es mucho más importante que para otros países. Un segundo no aprovechado es un segundo regalado.

Como en los inicios de la década del noventa, sobrevivir parece ser la palabra de orden, pero no estamos en los noventa. Es posible que aún podamos utilizar algunas de las medidas/ideas /estrategias puestas en práctica entonces, pero el contexto es otro —mucho más agresivo e incierto—; la economía es otra, la población es diferente y también el liderazgo.

Sobrevivir significa, primero que todo, sumar antes que restar, aprovechar lo poco que tenemos y que puede rendir más, concentrar el esfuerzo en “lo que funciona”, incluso aunque no sea lo que más agrade políticamente; implementar lo que se anuncia en el menor tiempo posible; aceptar y asumir los costos que exige transformar radicalmente algunas realidades —el desastre agropecuario, por ejemplo, o el monetario, o el de los servicios públicos básicos a los cuales se les dedica el 70 % de los gastos presupuestados—. Unir antes que dividir y hacerlo con hechos concretos, tangibles, que reduzcan la incertidumbre que pesa hoy sobre la economía nacional o “el mercado cubano”.

Sin dudas, esta nueva etapa de la crisis significa también nuevas oportunidades, pero los márgenes que existen para aprovecharlas son pequeños y pueden ser muy volátiles.

Atender, priorizar, incentivar lo que funciona, ya sea a escala local, sectorial o nacional, debería ser la norma en la conducción de la economía. Hay que fortalecer lo que es fuerte, lo que ha demostrado capacidad para crecer y adaptarse.

La crisis también ayudará a apartar lo superfluo, lo que no es esencial, lo que no funciona, lo que enlentece, lo que frena la transformación necesaria para sobrevivir y poder enrumbar la senda del desarrollo; esa es otra oportunidad. Hacerlo es complejo, requiere de habilidad y valentía política.

También habrá que tener mucha valentía política, inteligencia y habilidad para sentarse a volver a negociar con Estados Unidos. La historia de los intentos de negociación con las administraciones estadounidenses es una historia que tiene casi los mismos años que la Revolución. En algún momento Cuba tendrá que negociar con esta, o con la próxima, o con la otra que vendrá después.

Solo uno de esos intentos dio algún resultado que fue borrado por tres administraciones posteriores.

Creo que es interés de Cuba poder negociar bajo los principios que más de una vez se han reiterado, incluso cuando es conocido cuán poco la actual Administración Trump suele respetar los acuerdos alcanzados en una negociación.

Pero el costo político para Trump de que Cuba resista este nuevo envite es sin dudas grande. De otra parte, lo cierto es que en esta confrontación que dura más de sesenta años, ambos países han perdido, y aunque los costos materiales y sociales para Cuba han sido muy elevados, los costos para las administraciones estadounidenses, también lo han sido, en términos de prestigio político y también de potenciales negocios nunca realizados.

Es difícil saber qué nos traerá el futuro, pero no podemos renunciar a él.