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domingo, 4 de abril de 2021

Cómo enseñar a combatir la desinformación: “Menos pensamiento crítico y más saber qué miras”

El experto en alfabetización digital Michael Caulfield diseña un método en cuatro pasos para identificar fuentes fiables usado por más de cien universidades



El profesor Michael Caulfield ha diseñado un método en cuatro pasos para ayudar a los jóvenes a mejorar sus recursos contra la desinformación.LEAH NASH / PERSONAL

En el primer año de estudio en muchas universidades de Estados Unidos, los bibliotecarios suelen dar unas clases de cómo buscar información y comprobar fuentes. Hace una década, con la explosión de internet, se dieron cuenta de que algo fallaba. La confusión crecía. Los estudiantes creían dar con fuentes fiables que en realidad eran basura.

Michael Caulfield (Boston, de 51 años), experto en el nuevo campo de la alfabetización digital en la Washington State University (EE UU), empezó a fijarse en qué estaba ocurriendo. El problema no eran tanto las mentiras que circulaban, sino en qué se fijaba la gente. De repente un bien escaso como la información había pasado a ser casi infinito. Ya no había que “prestar atención” para entender algo sino que millones de páginas web, vídeos o infografías querían “llamar la atención”. La mentira y la exageración eran solo dos caminos para reclamar nuestro interés.

Caulfield se puso a buscar un antídoto. Con los años ha ideado un método basado en cuatro conceptos que trata de cambiar el modo en que los jóvenes buscan información en internet y que se enseña en más de cien universidades y docenas de institutos norteamericanos. Su primera víctima es el mal entendido pensamiento crítico, tal y como cuenta a EL PAIS en conversación por Zoom desde Vancouver, sede del campus de su universidad en el noroeste de EE UU.

1. No empieces con el pensamiento crítico

Caulfield empieza por desandar una tradición que se imponía hasta ahora. “No sirve el pensamiento crítico tradicional que enseñamos”, dice. “Pedimos a los estudiantes que cojan un documento o una foto o unos datos y les decimos que el camino más directo a la verdad es mirarlo con mucha atención, que se sumerjan en él”, añade.

Pero no. No es que eso esté mal por sí mismo. Es que es insuficiente: “Primero tienes que saber qué estás mirando”. Una vez alguien ha captado tu atención con algo, hacer el esfuerzo de analizarlo es darle ventaja. Una página racista o antivacunas aspira a que dudes de lo que has oído hasta entonces. Su eficacia reside sobre todo en que el lector no sepa que esa web, que parece seria, es en realidad obra de un colectivo nazi o promotor de la homeopatía.

2. Cribar, un método en cuatro pasos

Caulfield diseñó un método para evitar emplear el pensamiento crítico en páginas poco fiables. Lo llamó SIFT, por sus siglas en inglés, una palabra que también significa “cribar” en español.

-Para de leer.

-Investiga la fuente.

-Busca una cobertura más fiable.

-Traza el contexto original, sobre todo en el caso de fotos, vídeos o citas.

El método se basa en un recurso muy sencillo: antes de leer la página hacia abajo, en vertical, abre otra pestaña e investiga la fuente, en horizontal. En español ha sido traducido en parte por la plataforma de verificación de información Verificat. Ese concepto se llama “lectura lateral” y lo ideó Sam Wineburg, profesor en la Universidad de Stanford, y sobre el que Caulfield se basó para crear su método.

En febrero Wineburg y un grupo de profesores publicaron un artículo científico con un experimento de lectura lateral. Antes de explicarles nada, pidieron a un grupo de 87 jóvenes que identificaran como aceptable o no la credibilidad de una página. Solo 3 de ellos abrieron otra pestaña para comprobar la financiación o el currículum de sus autores. El resto intentó desentrañar la respuesta analizando la página, con el tradicional pensamiento crítico. Los métodos eran casi aleatorios, sin ningún fundamento: ¿es un dominio .com o .org? ¿Tiene muchos links? ¿Tiene muchos anuncios? ¿Qué dicen en “sobre nosotros”?

Después de cuatro sesiones sobre lectura lateral, 67 de los 87 buscaron información fuera de esa página. Con el primer método, solo dos de los tres que hicieron lectura lateral acertaron acerca de la dudosa credibilidad con razones fundamentadas. Los otros 84 se centraron “exclusivamente en características que eran irrelevantes o podían ser manipuladas” por los autores. Tras las sesiones, 36 de los jóvenes encontraron la información sobre la dudosa financiación de la página.

3. Las dudas llevan al cinismo

El objetivo del método de Caulfied es centrar las preguntas y reducir así el tiempo necesario para obtener algo parecido a una respuesta. “La gente recibe tantos puntos de vista opuestos que para saber si algo es verdad o mentira deben mirarlo en profundidad, analizar los datos, descargar incluso una hoja de Excel”, explica. “Sienten que descubrir la verdad será un camino arduo, con lo que levantan las manos y dicen quién sabe”, y de ahí al cinismo.

“El riesgo del cinismo es creer que nadie dice la verdad, que todos mienten igual”, añade Caulfield. Su objetivo por tanto es eliminar una parte de ese cinismo.

La metáfora del vendedor de coches es para Caulfield un buen ejemplo de lo que ocurre en estos casos. El comprador llega al concesionario y sabe más o menos lo que quiere: un coche mediano, con aire acondicionado y buenos altavoces. Tiene dos condiciones y un tope de precio. Pero el vendedor le va a liar. Añade un sinfín de variables nuevas: gasolina o no, cuatro por cuatro, asientos de piel, maletero, llantas. “Ese proceso nos agota. Te sobrecarga, abandonas y acabas pagando más por algo que no querías”, dice.

Con la información ocurre igual. Ya no es un vendedor, sino miles de fotos, mensajes, tuits, vídeos. “Todo el mundo trata de atraerte pero tú debes alejarte y volver a la pregunta que te estabas haciendo al principio. Y decirte: ¿en un mundo ideal quién podría contestarme? Así, igual evitas acabar, 18 clics después, en un pozo donde se afirma que un grupo de reptilianos dirige el mundo”, añade.

4. La verdad no está en crisis, sino la reputación

El método de Caulfield no es para proteger a los medios. Al contrario. Es para ponerlos en su lugar, como la menos mala de las soluciones en algunos casos. Cuando hablamos de desinformación o noticias sesgadas, “lo que se pierde en la conversación es la reputación relativa”, dice. “La pregunta no es si EL PAÍS tiene siempre razón. La cuestión es si lees una pieza de información en el periódico, ¿es más probable que tengas una visión rigurosa de lo que está ocurriendo que si lo investigas por tu cuenta en la misma cantidad de tiempo?”, dice.

Esa es, según Caulfield, la pregunta que debería hacerse un consumidor de información: cuál es la mejor elección para tener un resumen rápido de la situación. “Ahí es donde empezamos a perder la noción de que incluso si un periodista del medio se ha equivocado en otra ocasión o de que aquel titular era un poco exagerado, no todo va a estar mal. La verdad es que hay un periodista de salud que lleva 10 años en el sector, entiende las cuestiones, sabe quiénes son los expertos, les pregunta y te hace un resumen, así que es probable que lo que produzca sea mejor que lo que tu tío Fred cuelga en Facebook. Eso no implica que el periodista de salud acierte en todo. Debemos mirar estas cosas teniendo en cuentas las alternativas y no solo en cómo es una fuente en particular”, dice.

No se trata solo de pensar en noticias falsas vinculadas a partidos políticos, que también, sino a encontrar respuestas razonables a preguntas sobre nutrición, clima, vacunas o enfermedades.

5. Los jóvenes no saben más

Otra conclusión obtenida por Caulfield es el mito de las habilidades digitales de los jóvenes: existen, pero no como creemos. “Puede defenderse que una parte de ellos son algo más hábiles para algunas cosas, pero cuando les pones a mirar en el mundo real noticias sesgadas no lo hacen mejor que generaciones precedentes”, dice. Y tienen aún algún problema nuevo: no reconocen las cabeceras de los periódicos fiables. “Si les pides que nombre un periódico no dirán el New York Times”, añade.

El método de Caulfield se ha mostrado eficaz además en áreas tanto conservadoras como progresistas y ha llegado a la conclusión de que la gente que cuelga desinformación adrede es menos de la que creemos: “Sobrevaloramos la cantidad de gente así porque quienes más gritan en internet son los más comprometidos, los que postean en Facebook 15 veces al día. La impresión puede ser que haya montones de gente así pero no”, dice.
6. La vuelta del contexto

Internet ha eliminado el contexto de mucha información. Antes estaba claro de dónde salía: una enciclopedia, un telediario, un vecino. Cada cual le daba el peso que creía. Ahora la confusión es extraordinaria: un blog partidista puede parecerse a un medio tradicional, un diccionario sesgado copia a la Wikipedia o un post anti vacunas imita el lenguaje de un artículo científico.

Por nuestra formación histórica, damos peso a esa información que nos llega de manera aparentemente seria. Ya no es suficiente.

El método de Caulfield se centra en los usuarios. “Es mi trabajo”, dice. Pero las plataformas también tienen una responsabilidad. En el móvil es menos ágil abrir otra pestaña en el navegador y teclear una nueva búsqueda. “Hemos tratado de convencer a quienes elaboran esas aplicaciones para que faciliten el proceso. WhatsApp está experimentando con incorporar algunas herramientas en sus mensajes y quizá acaben ligados a enlaces”, dice.

Caulfield cree que la lucha contra la desinformación debe ser como la educación vial: el uso del intermitente o el reconocimiento de las señales no evita que empresas y autoridades no pongan de su parte. “Los fabricantes de coches incluye cinturones, airbags o detectores de colisiones y la gente que idea las carreteras busca la manera de proteger a peatones y ciclistas. Todos deben trabajar juntos”, dice. “No puedes resolver el problema solo pidiendo a la gente que sea mejor o cambiando de plataformas. Hay que hacer un ecosistema más seguro a la vez que enseñar mejores herramientas”, añade.

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martes, 9 de marzo de 2021

La mentira como industria y estrategia en la era digital

 No hay mejor defensa contra la mentira que la formación, el aprendizaje del pensamiento crítico y la alfabetización que permita conocer el funcionamiento de los medios y las servidumbres de las nuevas plataformas.

09/03/2021

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Foto: https://congressoemfoco.uol.com.br

El enorme protagonismo que han tenido las mentiras en el mandato de Donald Trump (se le han contabilizado 30.573 en los cuatro años de presidencia) y su masiva circulación a través de las redes sociales pueden llevar a un error importante sobre su verdadera naturaleza, causas y propósitos.

 

Nos referimos a creer que las ahora llamadas fake news o posverdad son un fenómeno de nuestro tiempo, vinculado a un auge coyuntural de las posiciones políticas extremistas que antes o después desaparecerán, y algo derivado exclusivamente del uso de las nuevas plataformas digitales.

 

La mentira, el engaño, la difusión de información falsa, de bulos o de dudas malintencionadas son tan antiguos como la humanidad. Y no se trata tan solo de un fenómeno que sea exclusivo de la vida política sino que constituye una auténtica industria puesta al servicio de estrategias comerciales e incluso de los mecanismos más viejos que se conocen para lograr el dominio de unos seres sobre otros. La historia de la comunicación social y de los medios es la de la manipulación informativa y de la decadencia de la verdad.

 

La larga historia de la mentira en la comunicación social

 

Falsear la verdad, fabricar noticias, extender bulos y mentir en interés propio a través de los medios de comunicación social ha sido una práctica muy corriente en el último siglo y medio.

 

La “derrota de la razón” que con tanta brillantez y dolor describió Stefan Zweig, el ascenso del nazismo, o lo que sucedió en España a partir de 1936 no podrían entenderse sin tener presente el papel de los medios como deformadores de la verdad.

 

La difusión de noticias falsas y la manipulación de la información se ha utilizado en campañas electorales, en publicitad y en estrategias comerciales, como las que durante años han tratado de ocultar los efectos mortales del tabaco o los costes reales de la sanidad privada. Más recientemente, hemos vivido auténticos procesos de intoxicación comunicativa para ayudar a propagar falsedades sobre hechos o procesos de gran trascendencia: guerra de Irak, 11-M en España, Brexit o independencia de Cataluña, entre muchos otros. Por no hablar de la mentira al menudeo que se difunde día a día a través de todo tipo de medios.

 

Es una evidencia histórica, por tanto, que el engaño y la difusión de falsedades como parte de estrategias para tratar de conseguir determinados objetivos, bien sea de naturaleza política o comercial, no son fenómenos recientes ni casuales sino bien antiguos y deliberados.

 

Sin embargo, también es un hecho que la difusión de la mentira y el deterioro generalizado de la verdad se están produciendo en los últimos años de una forma más extendida y con consecuencias mucho peores que en épocas anteriores. Pero sería un error, como dijimos, creer que eso se debe solamente a que han cambiado las infraestructuras a través de las cuales fluye la información.

 

Mentira e ignorancia inducida en la comunicación digital

 

Es cierto que la proliferación de las nuevas plataformas, redes y artefactos que sirven de medios para producir, almacenar, transmitir y consumir información sin apenas dependencia del tiempo y el espacio y a mucha mayor velocidad, tienen tres efectos principales que facilitan la desinformación y la propagación de mentiras.

 

En primer lugar, la «balcanización» del sistema de comunicación al generarse miríadas de puntos de emisión y redifusión, periféricos, excéntricos, marginales… pero con gran capacidad de incidencia en amplias zonas o incluso en la totalidad del sistema. Esto hace que, a través de las redes y plataformas, sea más fácil y barato disponer de capacidad para difundir falsedades, bulos o dudas malintencionadas que producen ignorancia e impiden descubrir la verdad. Entre otras cosas, porque – con independencia de que se tenga algún otro tipo de interés político para llevarla cabo- la difusión de información falsa a través de las redes digitales se ha convertido en un negocio muy rentable económicamente (porque se cobra por visualizaciones o reenvíos y los sesgos cognitivos asociados al uso de la red hacen que las informaciones falsas se reenvíen un 70% más que las reales).

 

En segundo lugar, la velocidad con que hay que operar en estas plataformas obliga a empaquetar la información de forma mucho más intuitiva y simplificada, con lenguaje menos analítico, emocional, y más vinculado a la experiencia personal y a la opinión que a los hechos y a su análisis objetivo. De este modo, el falseamiento de la verdad se produce más fácilmente y resulta más difícil descubrir la realidad de los hechos.

 

En tercer lugar, hay que tener en cuenta que los nuevos medios no proporcionan la información limpiamente, o como respuesta directa a la demanda de los receptores, sino a través de algoritmos que previamente determinan el tipo de información que mejor se ajusta a sus perfiles personales. La información que llega a los receptores no es la que se corresponde directa u objetivamente a la demanda que hayan realizado, sino la elaborada o seleccionada “a propósito” por el algoritmo para que pueda ser reconocida más fácil y rápidamente como propia o deseada y sin con la menor reflexión posible.

 

Así, la intervención de los algoritmos refuerza el sesgo de autoconocimiento que consiste en darle más credibilidad a los datos que ratifican nuestras ideas previas y, por tanto, dificulta que los receptores de información puedan ponerla en duda cuando es falsa.

 

Para evitar este y otros sesgos semejantes asociados a la comunicación digital, es decir, para poder discernir sobre lo que es verdad o mentira en la comunicación digital de nuestro tiempo, es preciso que el consumidor de información no solo tenga acceso a ella sino que, además, conozca a la perfección la naturaleza de la infraestructura (del algoritmo) que le permite poseerla, lo que equivale a decir que se encarece la inversión necesaria para descubrir la verdad, haciendo más barato y sencillo propagar falsedades.

 

Ahora bien, por muy presentes que estén estas circunstancias que abaratan la difusión de la mentira y dificultan y encarecen el descubrimiento de la verdad, a pesar de la abundancia de información y de la pluralidad de fuentes a nuestra disposición, la proliferación de la mentira en nuestro tiempo tiene que ver, en mucha mayor medida, con otras dos circunstancias.

 

Desigualdad, concentración del poder y desinformación

 

La primera de ellas es el aumento sin parangón que está registrando la desigualdad en los últimos años. Un fenómeno que necesariamente va unido a la polarización y al aumento de la ya de por sí gran concentración de la propiedad y del poder de decisión no solo en los medios tradicionales de comunicación sino en las nuevas plataformas y también en la economía, las finanzas y la política.

 

Cuando eso ocurre, para que los de arriba puedan acumular sin descanso privilegios, renta y riqueza a costa, lógicamente, de los de abajo, es imprescindible que estos últimos no sean conscientes de lo que está sucediendo. Quienes disfrutan del poder y de los privilegios necesitan convencer al resto de la población de que no hay alternativa posible a la situación en la que se encuentran y, al mismo tiempo, han de conseguir que quienes afirmen lo contrario no dispongan de capacidad ni poder mediático suficientes para divulgar sus propuestas. Algo que solo se puede conseguir logrando que la población a quien se quiere dominar no perciba la realidad tal cual es e impidiendo que identifique correctamente la naturaleza real de los problemas que le afectan y sus intereses auténticos.

 

La desigualdad extraordinaria de nuestro tiempo es, al mismo tiempo, la causa y la consecuencia de que la agenda de los medios, lo que se dice en la prensa o en los programas de radio y televisión, lo que se puede hacer o decir o no en las redes… estén cada vez más controlados por un grupo cada vez más reducido de propietarios y editores que se han adueñado del poder omnímodo que permite producir y difundir como verdades las mentiras que les interesan a sus dueños.

 

Relativismo y debilidad de los mecanismos de contrapoder social

 

El último fenómeno que a nuestro juicio explica el porqué de la gran decadencia de la verdad que estamos viviendo tiene que ver con el tipo de civilización que ha generado el neoliberalismo.

 

En las últimas cuatro décadas se ha conseguido forjar una no-sociedad basada en el individualismo, de personas ajenas a su alteridad que viven ajenas a su condición de seres sociales, prácticamente aisladas unas de otras y que socializan, si lo hacen, en grupos virtuales, que solo les pueden proporcionar una confluencia líquida, en el sentido de Zygmunt Bauman, es decir, efímera, incierta, volátil, intangible… en la práctica, completamente irreal.

 

Eso, por una parte, ha permitido que crezca y se consolide en nuestras sociedades el relativismo que lleva a creer que no existe una verdad objetiva e independiente de nuestra preferencia o percepción subjetiva, que cualquier expresión tiene valor como verdad. Pareciera que el derecho a tener opinión propia se haya sustituido por el de disponer de nuestros propios hechos, de modo que nos estaría permitido definir o percibir la realidad objetiva que nos rodea a nuestro libre albedrío, ajustada a nuestra preferencia. Y, por otra, esa ceguera de la realidad objetiva impide que se puedan generar intereses comunes, resistencias de grupo, contrapoderes frente a los grupos sociales que dominan y utilizan las plataformas y los medios de comunicación social para producir la ignorancia inducida sin la que sería imposible que mantengan sus privilegios.

 

Estrategias frente a la desinformación y la mentira

 

Para terminar, hay que preguntarse qué se puede hacer para enfrentarnos a esta especie de Edad de la Mentira en la que se está convirtiendo la era digital que cabalga a lomos de los viejos productores de la desinformación que ahora disponen de más poder mediático, financiero y político que nunca. A nuestro juicio, cabe avanzar por tres grandes líneas de actuación.

 

La primera y sin la cual nada se podrá hacer para hacer que el respeto a la verdad prevalezca en nuestras sociedades es combatir la desigualdad, distribuir más justamente la riqueza, fortalecer la democracia e impedir que la propiedad de los medios que los seres humanos necesitamos tener a nuestro alcance para vivir en libertad se concentre en tan pocas manos como ahora.

 

La segunda debería encaminarse a procurar que nuestras sociedades den valor a la verdad.

 

Más en concreto, para poder combatir la desinformación y la mentira es imprescindible reconocer que las sociedades no pueden desarrollarse en paz y quizá ni siquiera sobrevivir tolerando la indiferencia entre lo verdadero y lo falso. Hay que entender y asumir que la mínima cohesión que precisa una sociedad libre y democrática sólo se puede conseguir compartiendo un concepto de verdad respetado generalizadamente. Y que la mentira, por el contrario, es un arma de destrucción social que esclaviza a los seres humanos, pues puede hacer que actuemos en contra de nuestros intereses y que renunciemos a ser auténticamente libres. De hecho, esta utilidad de la mentira es lo que explica que se produzca y difunda estratégica y deliberadamente a través del sistema de comunicación social, cuando unos grupos de población más poderosos tratan de dominar al resto de la población.

 

El corolario de estos principios tan elementales pero en la práctica olvidados hoy día es que la verdad, el reflejo del hecho objetivo, tiene un valor intrínseco para la sociedad, para la convivencia y el bienestar de los seres humanos, para el sostenimiento de la vida y que, por tanto, debe ser protegida con la mayor firmeza posible y con eficacia.

 

La tercera vía de actuación podríamos describirla como consistente en aumentar el precio, hoy día tan bajo, que se paga por mentir.

 

Tal y como se puede deducir de lo que venimos exponiendo, es difícil evitar la producción de mentiras y su difusión pero sí se puede exigir responsabilidad a quienes las lleven a cabo, hacerles pagar por ello y, además, mejorar las capacidades para distinguir entre lo verdadero y lo falso, utilizando cuatro grandes tipos de instrumentos.

 

El más importante de ellos es la educación integral y la alfabetización mediática.

 

No hay mejor defensa contra la mentira que la formación, el aprendizaje del pensamiento crítico y la alfabetización que permita conocer el funcionamiento de los medios y las servidumbres de las nuevas plataformas, la socialización en valores ciudadanos y el cultivo de la reflexión, del debate en condiciones de igualdad y de la duda que es, como dijo Francis Bacon, la escuela de la verdad.

 

Otro instrumento fundamental es el desarrollo y la utilización de herramientas contra la desinformación que permiten detectar los mensajes fraudulentos, los bots maliciosos (programas automatizados que simulan comportamientos humanos); establecer baremos de puntuación de credibilidad; seguir los flujos de desinformación; verificar la información para denunciar la falsa; elaborar listas blancas con fuentes de información confiables y otras de no verificadas o denunciables… por poner tan solo algunos ejemplos.

 

El tercero, la promoción del periodismo y de los medios independientes y plurales que son los que pueden tratar y proporcionar la información sin la esclavitud que supone estar al servicio o ser propiedad de los grandes grupos mediáticos, económicos, financieros o políticos.

 

Finalmente, hay que tener en cuenta que el desequilibrio entre el poder de los diferentes sujetos del sistema de mediación social es tan grande que resultará imposible evitar que los más poderosos puedan producir y difundir desinformación sin que exista un poder regulador superior que, por definición, no puede ser sino el que cuente con la legitimación del sistema democrático.

 

Para reconocer y defender la verdad es imprescindible una regulación estricta, rigurosa, basada en el mejor conocimiento posible de cómo funciona la maquinaria de la mentira en nuestro tiempo, que facilite la persecución y sancione la falsedad sin ningún tipo de complejo, asumiendo que la verdad existe y que es imprescindible que esté protegida. Pero sin equivocarse sobre el mal que se quiere combatir ni confundir al responsable del daño que causa; es decir, sin producir más lesión a la democracia y la libertad de la que tratara de evitar, como sucede cuando se recurre a la censura o se culpabiliza a los aparatos y no a las personas que los utilizan para difundir la mentira. A quien hay que perseguir y penalizar es a quien produce desinformación y a quien, por cualquier vía, se beneficia de crearla o distribuirla.

 

Se trata, en fin, de respetar, por un lado, un principio elemental: los hechos son sagrados, las opiniones libres. Y, por otro lado, de algo que no se puede considerar ni muy exagerado, ni radical: simplemente, garantizar que se haga realidad un derecho reconocido en el artículo 20 de nuestra Constitución: el de «comunicar y recibir libremente información veraz».

 

Juan Torres López es doctor en Ciencias Económicas, catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Sevilla, autor de numerosos libros.

Blog del autor: https://juantorreslopez.com/la-mentira-como-industria-y-estrategia-en-la...

Publicado en ctxt.es  en marzo de 2021

sábado, 2 de enero de 2016

¿Cuánta información hace falta para el desarrollo?

Keith D. Shepherd leads the Science Domain on Land Health Decisions at the World Agroforestry Center (ICRAF)

NAIROBI – Los rápidos avances de la tecnología han reducido dramáticamente el costo de la obtención de datos. Sensores en el espacio, el cielo, los laboratorios y el terreno, junto con nuevas oportunidades para la colaboración masiva o crowdsourcing y la adopción generalizada de Internet y los teléfonos móviles están poniendo grandes cantidades de información al alcance de quienes antes no tenían acceso a ella. Un pequeño granjero en la zona rural de África, por ejemplo, ahora puede acceder a los pronósticos meteorológicos y los precios del mercado con solo tocar una pantalla.

Esta revolución en los datos ofrece un potencial enorme para mejorar la toma de decisiones en todos los niveles, desde un granjero local hasta las organizaciones mundiales para el desarrollo. Pero reunir datos no es suficiente. También hay que administrar y evaluar la información (y hacerlo adecuadamente puede resultar mucho más complicado y caro que obtenerla). Si no se identifican y analizan previamente las decisiones que se deben mejorar, el riesgo de que gran parte del esfuerzo de obtención de datos se pueda desperdiciar o emplear mal es elevado.

Esta conclusión misma está basada en un análisis empírico. La evidencia es poco convincente, por ejemplo, de que las iniciativas de monitoreo en la agricultura o la gestión ambiental hayan tenido un impacto positivo. El análisis cuantitativo de las decisiones en muchos campos —entre ellos el de la política ambiental, las inversiones empresariales y la seguridad informática— ha demostrado que la gente tiende a sobrestimar la cantidad de información necesaria para tomar una buena decisión, o que no entiende correctamente qué tipos de datos son necesarios.

Además, se pueden cometer graves errores cuando se exploran grandes conjuntos de datos con algoritmos automáticos sin haber examinado antes adecuadamente qué decisión hay que tomar. Existen muchos ejemplos de casos en los cuales la minería de datos ha conducido a la conclusión equivocada —entre ellos, diagnósticos médicos o casos legales— porque no se consultó a los expertos en ese campo y se dejó información crítica fuera del análisis.

La ciencia de las decisiones, que combina la comprensión del comportamiento con los principios universales de la toma coherente de decisiones, limita esos riesgos al vincular los datos empíricos con el conocimiento de los expertos. Si debemos aprovechar la revolución de los datos para ponerla al servicio del desarrollo sostenible, las mejores prácticas de este campo se deben incorporar a esos esfuerzos.

El primer paso consiste en identificar y enmarcar frecuentemente las decisiones que se repiten. En el campo del desarrollo esto incluye las decisiones de gran escala, como las prioridades de gasto —y, por lo tanto, las asignaciones presupuestarias— por parte de los gobiernos y las organizaciones internacionales. Pero también incluye decisiones a una escala mucho más pequeña: granjeros que se preguntan qué cultivos plantar, qué cantidad de fertilizante aplicar, y cuándo y dónde vender su producción.

El segundo paso implica construir un modelo cuantitativo de las incertidumbres relacionadas con esas decisiones, incluidos los diversos disparadores, las consecuencias los controles y factores atenuantes, así como los distintos costos, beneficios y riesgos involucrados. Incorporar —en vez de ignorar— los factores con elevados niveles de incertidumbre y difíciles de medir conduce a las mejores decisiones.

Al servicio del desarrollo sostenible, ese tipo de modelos a menudo implica proyectar qué impacto tendrán las intervenciones sobre el sustento de la gente y el ambiente a lo largo de varias décadas. Este proceso es más exitoso cuando participan tanto las partes interesadas como los expertos para identificar las variables relevantes y las relaciones entre ellas. Estos participantes deben ser capacitados para poder brindar estimaciones cuantitativas de la incertidumbre que las distintas variables tienen para ellos. Por ejemplo, los expertos pueden estimar con un 90 % de confianza, según los datos disponibles y su propia experiencia, que el rendimiento promedio del maíz para los agricultores en una cierta región es de 0,5 a 2 toneladas por hectárea.

El tercer paso es calcular el valor que puede ofrecer la información adicional, algo que solo es posible si se ha cuantificado la incertidumbre de todas las variables. El valor de la información es el importe que un decisor racional estaría dispuesto a pagar por ella. Necesitamos entonces saber en qué caso los datos adicionales serán valiosos para mejorar una decisión y cuánto debiéramos gastar en ellos. En algunos casos tal vez no sea necesaria ninguna información adicional para tomar una decisión sólida; en otros, los datos adicionales podrían valer millones de dólares.

Este proceso se repite hasta que la adquisición de datos no ofrezca valor adicional y se llegue a una decisión sólida (una conclusión lógica basada en la información, los valores y las preferencias de los tomadores de decisiones o del organismo decisor). Esto brinda perspicacia a los encargados de las decisiones y a las partes interesadas sobre la forma de mejorar las políticas para maximizar los resultados positivos y reducir los riesgos, como la posibilidad de sufrir bajas tasas de adopción o de que la capacidad institucional resulte limitada para la implementación eficaz.

No alcanza simplemente con suponer que la revolución de los datos será beneficiosa para el desarrollo sostenible. Para garantizarlo habrá que reconocer la importancia del análisis riguroso en cada esfuerzo de captación de datos y la formación de una nueva generación de científicos de la decisión para trabajar codo a codo con los responsables de las políticas.

Traducción al español por Leopoldo Gurman.


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