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"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." ""Creo que mientras más critica exista dentro del socialismo,eso es lo mejor" Fidel Castro Ruz

domingo, 13 de septiembre de 2026

El ocaso de Estados Unidos



Por Joseph E. Stiglitz. Nobel Economia
13 de septiembre de 2026 08:44


"Un panorama económico mundial cambiante ofrece oportunidades de diversificación en abundancia. Cuanto antes comprendan Bessent y Trump la debilidad de su posición, mejor será para Estados Unidos y para el mundo". Foto Europa Press


Nueva York., El secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, ha anunciado un “Día D económico”, por el que Estados Unidos amenaza con aumentar la presión sobre Irán mediante la imposición de sanciones a los países que sigan comerciando con los iraníes, pero en vez de obligarlos a sumarse a sus intentos de aislar a la república islámica, la administración Trump, con su acumulación de errores, está acelerando la transición hacia un orden mundial posestadunidense.

Es comprensible que los «aliados» de Estados Unidos no quieran sumarse a la costosa y mal planeada guerra electiva del presidente Donald Trump. Nadie los consultó antes de lanzarla y, obviamente, no quieren involucrarse ahora que Estados Unidos no consiguió derribar el régimen iraní ni tiene un plan B. Además, ¿qué motivos tendrían para acudir en ayuda de un gobierno que se pasa humillando a amigos y socios, amenaza con apoderarse de sus territorios (Groenlandia y Canadá) y les impone aranceles punitivos?

Hay dos modos de ejercer influencia sobre otros: la persuasión y la intimidación. Pero en el caso de Trump, no funciona ni lo uno ni lo otro. Es acertada la apreciación de Aaron David Miller (Fundación Carnegie para la Paz Internacional) cuando señala que “Día D”, en este caso, significa “día de la desesperación” ( https://t.ly/darJJ ).

La persuasión requiere credibilidad. El resto del mundo debe creer que el gobierno tiene objetivos alcanzables y medios para lograrlos. Pero Trump tiene fama –y bien ganada– de mentiroso, así que nadie le cree una palabra. En junio de 2025, dijo que había “eliminado total y completamente” ( https://t.ly/8mxS_ ) la capacidad nuclear de Irán, y en marzo declaró que Estados Unidos había “eliminado literalmente” ( https://t.ly/FyPXi ) a las fuerzas armadas iraníes. Una guerra que se suponía que iba a durar cuatro semanas (tal vez un poco más) ya entró en su séptimo mes. Y todo el mundo (desde los iraníes hasta los canadienses) sabe que cualquier acuerdo que firme Trump será tan sólido como la gelatina.

Se suponía que Bessent era el miembro más creíble del gabinete, pero ahora dilapidó su credibilidad con sus recientes intentos fallidos de influir en los mercados de bonos y divisas. Es casi seguro que su motivo verdadero fue mostrarle a su jefe que está «haciendo algo». Pero, ¿qué sentido tiene hacerle un favor a Trump si al día siguiente se te puede echar en contra como hizo con casi todos sus secuaces anteriores?

Descartada pues la persuasión, la alternativa de Trump es la que prefiere de cualquier modo: intimidación y bravuconadas, pero aquí hay un problema: ni él ni Bessent parecen darse cuenta de que Estados Unidos ya no tiene el poder que antes tuvo sobre el resto del mundo. Trump tampoco comprende cómo están cambiando la naturaleza de la guerra moderna y el papel de Estados Unidos en la economía global. Se quedó en el pasado y no se da cuenta de que la participación de Estados Unidos en el PIB mundial (en términos de paridad de poder adquisitivo) se redujo a la mitad desde el final de la Segunda Guerra Mundial (de más o menos 30 por ciento a poco menos de 15 por ciento en 2025).

Y sobre todo, Estados Unidos perdió el control de herramientas estratégicas clave. Los chips avanzados que se usan en la mayoría de las tecnologías de vanguardia se fabrican en Taiwán; China domina la producción y el procesamiento de imanes y tierras raras. En estos casos, hasta Trump entiende que Estados Unidos ya no juega con las mejores cartas. Puede tratar de cortar los ingresos petroleros de la república islámica atacando a los compradores, pero China adquiere 90 por ciento del petróleo que exporta Irán y conserva el as de triunfo de las tierras raras ( https://t.ly/IZlIM ).

Las respuestas a las agresiones de Trump son reflejo de este contexto económico cada vez más desfavorable.

Viendo cómo a Estados Unidos bajo Trump el poder se le escapa de las manos, el primer ministro canadiense, Mark Carney, decidió que ya era suficiente. Se niega a ceder la soberanía económica de su país al «rey loco» estadunidense: un hombre que ni siquiera puede ganarle a Irán.

Es probable que el resto del mundo esté aprendiendo la misma lección. Nadie tiene por qué tolerar los maltratos de Trump. Nadie tiene por qué capitular ni seguir dependiendo de Estados Unidos.

Un panorama económico mundial cambiante ofrece oportunidades de diversificación en abundancia. Cuanto antes comprendan Bessent y Trump la debilidad de su posición, mejor será para Estados Unidos y para el mundo.

Si China y otros países se resisten a las últimas exigencias de Trump (como parece probable), no se derrumbarán ni sufrirán la clase de costos que Estados Unidos espera infligirles.

La guerra mundial económica anunciada por Bessent terminaría en un atasco muy parecido al del estrecho de Ormuz. Una vez más, Estados Unidos pagará un alto precio, y los costos que imponga a otros dañarán todavía más su reputación y poder blando.

Estados Unidos era en otros tiempos un modelo digno de imitar, defensor de la democracia, de las oportunidades económicas y de otros valores atractivos para muchos países. Ahora es un ejemplo de lo que no hay que hacer: un cuento con moraleja sobre la desigualdad extrema, la erosión de la democracia, la corrupción y la división social. El resto del mundo debe devolver a la cooperación y al Estado de derecho el valor que les corresponde en las escalas nacional e internacional.

Un mundo que se libere del liderazgo estadunidense (al menos por ahora) promete más estabilidad, seguridad y prosperidad para todos.

* Premio Nobel de Economía, ex economista principal del Banco Mundial y ex presidente del consejo de asesores económicos de la presidencia de Estados Unidos, es profesor distinguido en la Universidad de Columbia y autor de The Road to Freedom: Economics and the Good Society (W. W. Norton & Company, Allen Lane, 2024).

Copyright: Project Syndicate, 2026.

La revolución monetaria inconclusa de Keynes




Ilustración: Diego Astarita

La base favorable a los acreedores de las relaciones monetarias y financieras internacionales que ha regido el siglo pasado será reemplazada por un sistema desdolarizado en el que los intereses de los países deudores estén protegidos frente a la capacidad de los acreedores de insistir en que el pago del servicio de la deuda externa debe prevalecer sobre los objetivos nacionales de crecimiento.

Discurso en Vladivostok, 1 de septiembre de 2026.

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La próxima depresión mundial requiere un Nuevo Orden Económico Internacional liderado por Rusia, China e Irán

1. Mis comentarios se centrarán en cómo la actual crisis del petróleo provocará una ola de incumplimientos financieros que dará lugar a una depresión financiera mundial en algún momento de este otoño.

Esta crisis afectará el comercio exterior y la inversión financiera interna, que son el tema central de esta conferencia.

La pregunta es: ¿cómo se resolverá esta crisis? ¿Y cómo la enfrentarán los gobiernos de Rusia, China y sus países asiáticos vecinos? ¿Qué tipo de nuevos acuerdos comerciales y financieros habrá que establecer?

Todos ustedes saben que el bloqueo estadounidense a las exportaciones de petróleo del Golfo Pérsico ha interrumpido el 25% del comercio mundial de petróleo, fertilizantes y también alimentos. Los precios de estos productos básicos se dispararán tanto que muchas industrias que dependen del petróleo tendrán que cerrar, ya que no podrán obtener ganancias con los nuevos y más elevados precios del petróleo.

A nivel nacional, los gobiernos se verán obligados a incurrir en déficits presupuestarios para subsidiar el precio de la electricidad, de modo que sus ciudadanos puedan calentar e iluminar sus hogares y las empresas puedan permanecer abiertas.

Es imposible que muchos países puedan permitirse pagar precios más altos por sus importaciones de petróleo, fertilizantes y alimentos, y al mismo tiempo pagar sus deudas externas que vencen. La mayoría de estas deudas están en dólares.

Muchos países de Asia y del Sur Global se verán obligados a tomar una decisión política: no pueden permitirse subsidiar a su industria y a sus ciudadanos para que puedan pagar este petróleo más caro si también tienen que cumplir con el servicio programado de su deuda externa.

Así que algo tiene que ceder. Los países se enfrentarán a la disyuntiva entre pagar sus deudas denominadas en dólares y proteger sus propias economías comprando los alimentos y el combustible que necesitan, además de brindar apoyo social para ayudar a sus ciudadanos a superar esta crisis.

2. Esta crisis será un catalizador político para poner fin al actual orden monetario mundial centrado en el dólar estadounidense y, con ello, al papel del FMI.

Como principales sobrevivientes de esta crisis, los gobiernos de Rusia y China, naturalmente, asumirán el liderazgo en este nuevo orden.

Contrasta esto con lo que ocurrió en la década de 1980, cuando los incumplimientos de deuda en América Latina comenzaron a extenderse tras el incumplimiento de México con respecto a sus bonos en 1982. Las reducciones de deuda del Plan Brady fueron negociadas por los propios tenedores de bonos privados, en un intento por salvar lo que pudieran.

La crisis de deuda asiática de 1997 condujo a adquisiciones extranjeras y obligó a los países a someterse a las condiciones de los préstamos del FMI, que exigían que los países que pedían prestado tuvieran que neoliberalizar sus políticas económicas. Se produjo una gran transferencia de propiedad a los acreedores internacionales, quienes compraron muchos activos asiáticos e intentaron presionar a Rusia para que vendiera más activos.

3. Entonces, ¿cómo se resolverá la crisis financiera esta vez?

El mundo necesita nuevas reglas para las relaciones monetarias y de balanza de pagos entre los países con superávit y los que tienen déficit, de manera que se deje de obligar a las economías endeudadas a sufrir austeridad crónica y depresión.

El gran problema es cómo manejar el nuevo crédito de los gobiernos, de manera que se evite transferir la propiedad y el control económico a las naciones acreedoras.

La única forma de lograrlo es eliminar el atraso existente de deudas dolarizadas. Si Rusia y China van a proporcionar el crédito para apoyar a sus socios comerciales y de inversión, incluidos los de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, no sería razonable que su apoyo se desviara para pagar a los tenedores de bonos extranjeros por el enorme acervo de préstamos que ha frenado el crecimiento de los países más gravemente afectados por la «guerra del petróleo» de Estados Unidos, que es la raíz de la inestabilidad comercial y financiera internacional actual.

Esto implica no solo la desdolarización de la economía mundial, sino que requiere crear una alternativa a las normas favorables a los acreedores que los diplomáticos estadounidenses establecieron en 1945.

Es obvio que los países tendrán que contraer nuevas deudas para sobrevivir a la crisis del petróleo. Los nuevos acuerdos de Rusia y China en sus relaciones de balanza de pagos con los países de Asia y del Sur Global tendrán que abordar el problema de cómo crear un sistema de crédito internacional que permita a las naciones con superávit comercial e inversionistas, como China y Rusia, lograr beneficios mutuos justos que no impongan una dependencia de la deuda a sus socios comerciales y deudores, tal como lo ha hecho el orden dolarizado de Estados Unidos. 

4. La resolución de este problema marcó el debate de 1944 entre John Maynard Keynes, en nombre del Tesoro británico, y sus homólogos estadounidenses sobre cómo configurar el orden económico de la posguerra, sobre todo entre los países acreedores y deudores. A Gran Bretaña le preocupaba que Estados Unidos registrara un superávit comercial y que Gran Bretaña y otros países europeos registraran déficits.

Gran Bretaña vio que perdería el control de su imperio y de su Sistema de Preferencias Imperiales, que obligaba a la India y a las antiguas colonias a gastar en Gran Bretaña las reservas monetarias que habían acumulado durante la Segunda Guerra Mundial.

Bajo las reglas del libre comercio de Estados Unidos, esos ahorros se gastaban en gran medida en exportaciones estadounidenses o se invertían en Estados Unidos.

A Keynes le preocupaba que un Estados Unidos cada vez más rico acumulara crecientes créditos frente a Gran Bretaña y el resto de Europa. Actuando en nombre del Tesoro británico, propuso una institución que pudiera crear su propio sistema supranacional de contabilidad para intercambios de crédito y deuda entre bancos centrales, mediante un «bancor» fiduciario que sirviera como moneda de cuenta.

El principio básico de ese crédito fiduciario se asemejaba mucho a lo que el FMI creó con sus Derechos Especiales de Giro.

Pero en lugar de simplemente prestárselos a los países deudores para que pagaran a sus acreedores (y así respaldaran sus tipos de cambio) con la condición de que impusieran planes de austeridad autodestructivos, Keynes propuso que el ajuste tomara la forma de una reducción del valor de los derechos financieros de las naciones acreedoras sobre los deudores, lo que haría innecesario dicho pago.

Esta reducción extinguiría la acumulación de ahorros oficiales de la nación acreedora, que tomaba la forma de sus derechos sobre los países miembros más profundamente endeudados, los cuales no podían pagar excepto imponiendo una austeridad económicamente destructiva y privatizando el dominio público mediante su venta a inversionistas de las naciones acreedoras. De no hacerlo, se forzaría una paralización del gasto público y del crédito necesarios para sostener su crecimiento, concentrándolos en las naciones acreedoras —cuyas entradas monetarias tendrían cada vez más probabilidades de utilizarse para inflar burbujas financieras y provocar colapsos.

Este marco busca evitar la acumulación de una nueva deuda que polarice la economía internacional, en lugar de promover beneficios mutuos a partir de la inversión.

El apoyo de Estados Unidos a un FMI exigía que los países deudores pagaran simplemente recortando el gasto público y gravando el trabajo y la industria para bajar los precios hasta un punto que asfixiara al mercado interno y, al hacerlo, «liberara» la producción nacional para exportarla y obtener las divisas necesarias para pagar sus deudas, como si toda la producción fuera «fungible».

Los intereses de los acreedores del sector privado tienen un punto ciego. No reconocen el impacto adverso de la austeridad en la productividad, el desarrollo de la infraestructura pública y la mejora del nivel de vida, así como en las inversiones en educación y salud necesarias para aumentar la productividad laboral.

La austeridad no logra su supuesto objetivo de permitir que los países deudores paguen sus deudas. Los planes de austeridad, tal como los conocemos, los sumergen aún más en la deuda —y esta deuda simplemente financia su dependencia comercial.

Y esta dependencia comercial y de la deuda se ha utilizado como palanca para obligar a los países a malvender su patrimonio público a las naciones acreedoras. El resultado ha sido una vasta apropiación de activos posterior a 1945 que ha polarizado la economía internacional en lugar de ayudar a que «los países en desarrollo se pongan al día».

Estados Unidos ya poseía el 75 % de las reservas mundiales de oro monetario, y aumentaría esta proporción al 80 % para cuando se embarcara en la Guerra de Corea en 1950-1951. Eso lo sumió en un déficit crónico de la balanza de pagos y, finalmente, lo llevó a abandonar el patrón oro en 1971.

Simplemente imprime dólares y les dice a otros países que los inviertan en la compra de bonos y valores del Tesoro de EE. UU. Este reciclaje ha financiado el gasto militar de Estados Unidos durante la Guerra Fría, así como sus déficits comerciales derivados de su desindustrialización desde la década de 1980, a medida que su economía ha buscado privatizar la infraestructura pública y la asignación de dinero y la creación de crédito.

¿CUÁL ES LA BASE MORAL PARA UN NUEVO ORDEN ECONÓMICO FINANCIADO EN GRAN MEDIDA POR CHINA, RUSIA E IRÁN? 

La ayuda mutua. Esto puede lograrse si los acreedores adquieren una participación accionaria en las economías de los países cuya infraestructura pública financiarán a través de programas como la iniciativa china «La Franja y la Ruta».

El objetivo es que los préstamos se destinen a fines productivos, no simplemente para permitir que los países paguen las deudas derivadas del tipo de dependencia comercial y de deuda del pasado que ha caracterizado al orden financiero mundial centrado en EEUU desde 1945.

EN RESUMEN: La base favorable a los acreedores de las relaciones monetarias y financieras internacionales que ha regido el siglo pasado será reemplazada por un sistema desdolarizado en el que los intereses de los países deudores estén protegidos frente a la capacidad de los acreedores de insistir en que el pago del servicio de la deuda externa debe prevalecer sobre los objetivos nacionales de crecimiento.

¿Cuáles son los países más vulnerables? Los países dependientes del petróleo y con déficit alimentario. Asia y el Sur Global.

Tendrán que depender del crédito de Rusia y China, y contraer deudas con Irán que podrían estar garantizadas por China.

Son las únicas naciones dispuestas a participar con capital en proyectos de infraestructura bajo el nuevo sistema, en lugar de la tradicional servidumbre por deudas.

Esta es una perspectiva realista porque el sistema de ayuda para el beneficio mutuo productivo compensará a China y Rusia.

Esto los aislará a ellos y a sus socios comerciales de Occidente. Y, con el tiempo, les permitirá evitar los gastos militares que implica protegerse contra la amenaza de guerra de Estados Unidos y el uso de la única palanca que le queda a Estados Unidos para influir en otros países: su capacidad para generar caos, como lo demuestran los aranceles del «Día de la Liberación» del presidente Trump y su guerra para crear un punto de estrangulamiento en el comercio mundial de petróleo al atacar a Rusia, Venezuela e Irán.