Fidel


"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." ""Creo que mientras más critica exista dentro del socialismo,eso es lo mejor" Fidel Castro Ruz

martes, 6 de enero de 2026

FALTAN TREINTA Y DOS





Morirse es una cosa jodida. No tiene pedagogía ni consuelo. Uno cree que se puede preparar —una frase, una silla, un vaso de agua—, pero la muerte llega siempre como un animal sin nombre: empuja, muerde, desordena. No hay serenidad en eso. O casi nunca. Hay fiereza. Hay ruido. Hay un después que empieza antes de que uno quiera.

Treinta y dos cubanos murieron. No es una cifra: es un peso. Treinta y dos nombres que alguien pronuncia en voz baja, como si al decirlos pudiera devolverlos a la casa. Treinta y dos cuerpos que se enfrentaron a una tecnología hostil, cegadora, ensordecedora. Treinta y dos contra una maquinaria entrenada para no dudar. Decir imperio es una palabra grande, pero la escena es concreta: noche, metal, órdenes breves, una violencia precisa que no se detiene a preguntar a quién alcanza.

Alguien dirá “lamebotas” a ellos, los treinta y dos. Lo dirá desde la comodidad de su odio, que es siempre un sillón mullido. Odiar es fácil: no exige nada. Amar es otra cosa. Amar implica aceptar que el dolor no te vuelva mezquino. Frente a la muerte, uno elige —aunque no lo sepa— entre esas dos fuerzas. Los treinta y dos eligieron el amor. No un amor abstracto, sino uno tosco y cotidiano: la soberanía, la Patria entendida como casa, como gente, como pan compartido.

He leído historias. Las que se pueden leer. Una me dejó quieta: Yunio, sin erre, contado por Claudia Rafaela. Humildad e inteligencia no como consignas, sino como modo de estar en el mundo. Sencillez bordada con palmas y agua de manantial. Esa historia no es excepcional: es la de miles. Por eso duele. Porque no son héroes de mármol: son cualquiera. Son nosotros.

Treinta y dos son, también, los 9 600 000 cubanos del último censo y los miles desperdigados por el mundo. Un cálculo duro. Ahora nos faltan los 32 en casa. Nos faltan ellos. Y lo que nos sobrecoge no es odio: es indignación. No es lo mismo. El odio achica; la indignación obliga a pensar.

Hay quienes celebran. Que se salven —si pueden— de esa alegría. Porque la locura, cuando se vuelve odio, se disfraza de no-diplomacia y se expande. Hay quienes piden invasiones como si las bombas tuvieran criterio moral. No lo tienen. Arrasan. Siempre.

Faltan treinta y dos. Faltan en enero, un mes que ya venía demasiado cargado para el mundo y para nuestros mundos mínimos. El duelo no es privado: es de una Patria, de una nación que aprende —otra vez— que el coraje no hace ruido, y que el honor, palabra vieja y manoseada, sigue siendo una forma de dignidad.

“No hay mayor amor que poner la vida por los amigos” (Juan 15:13). La frase no consuela, pero ordena. Honor y gloria: dos palabras despreciadas por la vulgaridad del odio, pero todavía vivas en quienes saben que amar cuesta. Y que, a veces, cuesta todo.

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