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"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." ""Creo que mientras más critica exista dentro del socialismo,eso es lo mejor" Fidel Castro Ruz
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martes, 16 de agosto de 2022

La última lucha de Lenin revisitada. ( Sobre el Monopolio del Comercio exterior ). Comentario HHC

Por La Tizza,29/09/2021

«Lenin en Smolny», V. Daukshis (1905–1984)

Una de las tareas pendientes que nos queda en La Tizza, se encuentra en el acercamiento crítico a las dinámicas entre narrativa(s) y realidad(es) de una idea que se ha escrito como absoluto en piedra en los últimos años: la polarización del discurso. Esta sentencia, tiende a invisibilizar un grupo de problemas que le son consustanciales: ¿por qué la autorreferencialidad, sea de «izquierdas», «derechas», o de adscripciones a determinados «ismos» va ocupando un lugar central? ¿Será que dicha autorreferencialidad identitaria reproduce el grito liberal abstracto que pone también el «yo soy», el individuo, por encima del colectivo? ¿Cómo se las arreglan quiénes representan, en apariencia, «los polos» para hablar de la misma forma, con las mismas palabras, con similares asideros de exclusión? ¿Cuánta ruptura hay, entre los adscriptos a los «ismos» más diversos, entre «originarios» y «herederos»?

En un intento, todavía débil, de saldar esta tarea, La Tizza recupera fragmentos del libro «La última lucha de Lenin. Discursos y escritos (1922–1923)» publicado en Cuba por la Editorial de Ciencias Sociales en 2011; en particular aquellos relativos a las discusiones sobre el monopolio estatal del comercio exterior.

En una carta del 12 de diciembre de 1922, Lenin, el principal líder de la Revolución de Octubre y del gobierno revolucionario que se estableció tras su triunfo, escribe a León Trotsky: «Escríbame lo más pronto posible si está de acuerdo; batallaré en el pleno por el monopolio. ¿Y usted?». Ello ocurre, como confirmación a esa relación y tensiones a veces olvidada entre los «documentos oficiales» y las prácticas, casi dos años después de aprobarse en el X Congreso del PC(b) (marzo de 1921) la Resolución sobre la unidad del Partido.

Si bien muchos de los textos escritos o dictados por Lenin en sus últimos dos años de vida han sido divulgados con amplitud, la recurrencia –a la altura del 2021– de criterios «ilustrados» y/o comentaristas en diferentes plataformas digitales que simplifican el escenario, complejidad, alianzas, manipulaciones y construcciones con respecto a los primeros años que siguieron a 1917 nos animaron a (re)publicar los fragmentos que ponemos a su disposición.

En los fragmentos que presentamos a partir de hoy, León Trotsky tiene un lugar central, en su condición de ser uno de los dos principales líderes de la Revolución. Para introducir estos textos, nos limitamos a señalar otras cuestiones problemáticas que consideramos de interés en el actual escenario.

  • El ataque en bloque a Trotsky, con el objetivo de legitimar a Stalin por contraposición, tiene los siguientes peligros: despachar de manera simple un proceso complejo que se caracterizó, al menos en sus cinco primeros años, por una democracia profunda al interior del Partido que lideró y hegemonizó el poder revolucionario; atacar los propios cimientos de la actuación de uno de los dirigentes principales de Octubre; y, como serpiente que se muerde la cola, desconocer al propio Lenin de los años posteriores a 1917.
  • Uno de los problemas de la herencia de los «ismos» y, en particular, de esa «herencia» puesta en función de batallas grupales entre «guardianes de la fe» lleva, en casos como este, a guillotinar a Trotsky, como si su lucha contra el estalinismo y la traición al proyecto bolchevique originario estuviera separada de la centralidad del enfrentamiento –internacional– al capitalismo y el imperialismo.
  • Asimismo, presentar al autor de La Revolución traicionada y de los materiales que conformaron En defensa del marxismo sólo en su práctica de resistencia contra el devenir de la URSS con Stalin puede situar como secundario el «pequeño detalle» de que León Trostky fue protagonista en «pensar», pero sobre todo en «hacer» la Revolución de 1917; y esa Revolución fue profundamente anticapitalista y antimperialista.

La defensa del monopolio estatal del comercio exterior (Selección)

Cartas cruzadas (I)

Los fragmentos fueron tomados de «La última lucha de Lenin. Discursos y escritos (1922–1923)». Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2011.

Carta a León Trotsky

Por V. I. Lenin

12 de diciembre de 1922

Camarada Trotsky,

Le envío una carta de Krestinsky.[1] Escríbame lo más pronto posible si está de acuerdo; batallaré en el pleno por el monopolio.

¿Y usted?

Suyo,

Lenin

Posdata: Lo mejor será que responda pronto.

Carta a Lenin

Por León Trotsky

12 de diciembre de 1922

Secreto

Al camarada Lenin

¡V. I.!

El mantenimiento y fortalecimiento del monopolio del comercio exterior es un asunto de absoluta necesidad.[2] Pero en este preciso instante, de hecho, los opositores del comercio exterior no están lanzando un ataque frontal contra él, sino que recurren a complejas maniobras de flanqueo. Por otro lado, sin lugar a dudas es necesario modificar y mejorar los métodos del comercio exterior.

Surge el peligro de que bajo la apariencia de perfeccionar los métodos de implementación del monopolio, pueden ser introducidas medidas que en esencia minen el monopolio.

El camarada Avaniésov me visitó hoy y me informó de las conclusiones básicas de su comisión. Hasta donde le entendí, quiere que el monopolio del comercio se ejecute no directamente por el Comisariado del Pueblo de Comercio Exterior, sino por unidades administrativas grandes (sindicatos, consorcios) bajo el control del comisariado. Krestinsky propone, evidentemente de acuerdo con Stomoniakov, que los grupos económicos más importantes (es decir, una vez más, obviamente los sindicatos y los consorcios y en parte los departamentos) tengan representación permanente en los puntos correspondientes y que estos representantes constituyan secciones dentro de las delegaciones comerciales. Este plan tiene algo en común con el de Avaniésov, con el que, sin embargo, tiene una diferencia fundamental; Krestinsky parte de la base que las delegaciones comerciales sean el órgano comercializador (que compre y venda) directo de la república. Las unidades económicas independientes realizan sus operaciones a través de las secciones de las representaciones comerciales, mientras que dichas secciones se organizan según los grupos económicos correspondientes. Sin embargo, Avaniésov propone desde un principio estas representaciones sindicadas como órganos comerciales fundamentales, reservándole a las representaciones comerciales las funciones de control.

Tal vez la evolución de ambos planes conduzca a lo mismo, pero por el momento posiblemente sea más seguro aceptar representaciones comerciales como base. Por otra parte, puede ser que yo no haya entendido a cabalidad el plan de la comisión de Avaniésov. Él prometió enviar mañana unas propuestas por escrito.

La cuestión más importante, no obstante, ha sido y sigue siendo la regulación de nuestro comercio de exportación de Rusia en relación con toda la labor económica en general. Es necesario que alguien sepa y decida qué se puede importar y qué no, qué es necesario exportar y reservar para nosotros mismos. Aquí no se necesitan regulaciones legislativas llanas, con nomenclaturas rígidas; sino regulaciones prácticas, flexibles y siempre ajustables a las necesidades de la economía tomadas en su conjunto. Evidentemente esto debería ser trabajo de la Comisión Estatal de Planificación, que permanece, a su vez, bajo el rubro de desarrollo de la industria estatal. Pero este es un tema específico sobre el que he escrito en más de una ocasión. La comisión de Avaniésov solo ha confirmado que aún no se ha realizado tal contabilidad de nuestras exportaciones e importaciones.

Trotsky

Carta a M. I. Frumkin y B. S. Stomoniakov

Por V. I. Lenin

12 de diciembre de 1922

Estrictamente secreto

A los camaradas Frumkin y Stomoniakov, copia para Trotsky.

En vista del agravamiento de mi enfermedad, me veo imposibilitado de asistir al pleno.[3] Me doy cuenta perfectamente de hasta qué punto he estado obrando torpemente, y en ocasiones peor que eso, con ustedes; pero en todo caso me es imposible intervenir con siquiera un mínimo de acierto.

Hoy recibí la carta del camarada Trotsky, que adjunto, con la que estoy de acuerdo en lo esencial, a excepción quizás de las últimas líneas sobre la Comisión Estatal de Planificación. Le escribiré a Trotsky sobre mi coincidencia con él y para pedirle que, teniendo en cuenta mi enfermedad, se encargue en el pleno de la defensa de mi posición.

Pienso que la defensa se debe dividir en tres partes:

Primera, una defensa del principio fundamental del monopolio del comercio exterior: el establecimiento total y definitivo (del monopolio).

Segunda, encargar a una comisión especial el examen detallado de aquellos planes prácticos para la realización de dicho monopolio que propone Avaniésov. Cuando menos la mitad de esta comisión deberán constituirla representantes del Comisariado de Comercio Exterior.

Tercera, la cuestión del trabajo de la Comisión Estatal de Planificación debe ser discutida independientemente. Al mismo tiempo, creo que con Trotsky no habrá diferencias si éste se limita a exigir que la labor de la Comisión Estatal de Planificación que permanece bajo el rubro de desarrollo de la industria estatal, responda en todas las áreas a la actividad del Comisariado del Pueblo de Comercio Exterior.

Espero poder escribirles nuevamente hoy o mañana y enviarles mi declaración que respecto de esta cuestión deseo dirigir al pleno del Comité Central. De todos modos, creo que el significado principal de este problema es tan fundamental que en caso que no logre obtener el acuerdo del pleno, estoy obligado a llevarlo ante el congreso. Pero antes de esto, se debe informar sobre el desacuerdo actual a la fracción del PCR al próximo Congreso de Soviets.

Lenin

Dictada a L. F. [Lidia Fotieva]

Carta a León Trotsky

Por V. I. Lenin

13 de diciembre de 1922

Copia a Frumkin y Stomoniakov

Camarada Trotsky,

He recibido sus comentarios sobre la carta de Krestinsky y los planes de Avaniésov.[4] Opino que usted y yo estamos de acuerdo en grado máximo, y creo que la cuestión de la Comisión Estatal de Planificación, tal como se plantea en este caso, excluye (o posterga) cualquier disputa acerca de si dicha Comisión Estatal de Planificación necesita tener derechos administrativos.

En todo caso le rogaría que en el próximo pleno se encargue de defender nuestro punto de vista común sobre la necesidad absoluta de mantener y consolidar el monopolio del comercio exterior. Ya que al respecto, el pleno anterior adoptó una resolución enteramente contraria al monopolio del comercio exterior, y puesto que no se puede ceder en este caso, creo, y lo digo en la carta a Frumkin y Stomoniakov, que si sufrimos una derrota en esta cuestión, deberemos someterla al congreso del Partido. HHC ( negritas nuestras ) Para ello será necesario exponer en breve nuestras diferencias ante el grupo partidista del próximo Congreso de Soviets. Escribiré esa exposición si no me falta tiempo, y me llenaría de gusto si usted hiciera lo mismo. La vacilación sobre este particular nos causa un daño inaudito, y los argumentos en contra se reducen enteramente a las acusaciones de imperfección del aparato.

Pero nuestro aparato se distingue por su imperfección en todas las partes, y renunciar al monopolio por ser imperfecto el aparato significaría tirar de la bañera al niño con el agua sucia.

Lenin

Notas

[1] Lenin, OC, t. 54, p. 365.

N. N. Krestinsky, representante plenipotenciario de la RSFSR ante Alemania, había escrito sobre las perspectivas para mejorar el comercio con Alemania y sobre la necesidad de mantener el monopolio estatal sobre el comercio exterior. Las cartas dirigidas a Trotsky incluidas en este capítulo fueron dadas a la publicidad por primera vez por Trotsky en su «Carta al Buró de la Historia del Partido» de 1927 (…) En la Unión Soviética aparecieron por primera vez en la quinta edición rusa de las obras de Lenin (Disponible también en https://docplayer.es/51012021-Lecciones-de-octubre-1-leon-trotsky.html).

[2] Cotejada contra el original ruso aparecido en Meijer, The Trotsky Papers [Los documentos de Trotsky], t. 2, pp. 778, 780.

[3] Traducida de Meijer, The Trotsky Papers [Los documentos de Trotsky] t. 2, pp. 774, 776. Incluida por Trotsky en su «Carta al Buró de la Historia del Partido» y publicada originalmente en 1928 en Trotsky, The Real Situation in Russia [La verdadera situación en Rusia]. La carta no se encuentra en las Obras Completas de Lenin. Una versión se encuentra disponible también en https://docplayer.es/51012021-Lecciones-de-octubre-1-leon-trotsky.html.

[4] Lenin, OC, t. 54, p. 366.

2da parte

V I Lenin

13 de diciembre de 1922.


Al camarada Stalin, para el pleno del Comité Central.

C

onsidero que lo más importante es analizar la carta del camarada Bujarin.[1] En el primer punto, él afirma que «ni Lenin ni Krasin dicen nada de las incalculables pérdi­das que sufre la economía del país por la ineficiencia del Comisariado del Pueblo de Comercio Exterior para el tra­bajo, ineficiencia que se deriva de los ‘principios’ sobre los que se organiza; no dicen ni una palabra de las pérdidas ocasionadas por el hecho que nosotros mismos no estamos en condiciones (y no lo estaremos durante mucho tiempo, por causas harto comprensibles) de movilizar el fondo mercantil de los campesinos y de emplearlo en el mercado mundial».

Esta afirmación es completamente errónea, ya que Krasin habla claramente en su segundo párrafo de la formación de sociedades mixtas que constituyen, primero, el modo de movi­lizar el fondo mercantil de los campesinos y, segundo, el de obtener, cuando menos, la mitad de las ganancias procedentes de esta movilización para nuestro erario. Por consiguiente, quien pasa por alto la esencia del problema es precisamente Bujarin, que no quiere ver que «la movilización del fondo mercantil de los campesinos» les va a llenar los bolsillos entera y exclusivamente a los nepmen. El problema estriba en si nuestro Comisariado del Pueblo de Comercio Exterior va a trabajar en provecho de los nepmen o de nuestro Estado proletario. Este es un problema tan cardinal que por él se puede y se debe luchar sin duda alguna en el congreso del partido.

El problema de la ineficiencia del CPCE, comparado con este problema primordial, básico y de princi­pio, viene a ser secundario, y dicha ineficiencia no es ni más ni menos que la de todos nuestros comisariados del pueblo, ineficiencia que depende de su estructura social general y cuya solución exigirá de nosotros largos años de ardua labor encaminada a elevar la instrucción y el nivel general.

El segundo punto de las tesis de Bujarin declara que «tales puntos como, por ejemplo, la quinta tesis de Krasin, son totalmente aplicables también a las concesiones en general». Esto es también una falta de lo más escandalosa a la verdad, porque la quinta tesis de Krasin afirma que «en el campo se introducirá artificiosamente el explotador más contumaz, el acaparador, el especulador, el agente del capital extranjero que trafica con el dólar, la libra esterlina y la corona sue­ca». Nada de eso deriva de las concesiones, en las cuales no solo se estipula el territorio, sino también se prevé un permiso especial para comerciar con artículos específicos y, además –esto es lo fundamental–, mantenemos en nuestras manos el comercio de tales o cuales artículos otorgados en concesión. Sin objetar una palabra contra los argumentos de Krasin de que no podremos mantener el libre comercio en el marco que fija la resolución del pleno del 6 de octubre, de que nos arrebata­rán el comercio por la fuerza de la presión, y no solo de los contrabandistas, sino también la de todo el campesinado, sin objetar nada a este argumento económico y de clase fundamental, Bujarin hace a Krasin acusaciones que asombran por lo infundadas.

En el tercer punto de su carta, Bujarin escribe: «el párrafo tres de Krasin». (Enumera por error fortuito el punto tres en lugar del cuatro). «Nuestra frontera se mantiene», y pregunta: «¿Qué significa esto? Esto significa en realidad que no hacemos nada. Exactamente igual que una tienda con un magnífico anuncio publicitario, pero con nada en los estantes (‘sistema Glavzapor’, o sea, ‘El mejor guardián)». Krasin dice con absoluta claridad que nuestra frontera se mantiene no tanto por la protección aduanera o de los guardafronteras como por la existencia del monopolio del comercio exterior. Bujarin no objeta ni puede objetar nada en contra de este hecho claro, real e indiscutible. La expresión «sistema Glavzapor» tiene el carácter de esas expresiones a las que Marx respondía en su tiempo con el término de librecambista vulgaris, porque eso no es más que una frase absolutamente vulgar de librecambista.

Luego en el punto cuarto, Bujarin acusa a Krasin de que aparentemente no ve que debemos ir hacia el perfecciona­miento de nuestra política aduanera, y a la vez me acusa a mí de que, según él, me equivoco al hablar de vigi­lantes para todo el país, cuando en realidad se trata solo de los puntos de importación y exportación. En este caso, las objeciones de Bujarin vuelven a asombrar por la ligereza y marran el tiro, pues Krasin no solo ve la necesidad de perfecciona­r nuestra política aduanera, no solo la reconoce a plenitud, sino que la señala con una exactitud que no admite ni sombra de duda. Esta mejora consiste, primero, en la adopción del sistema de mono­polio del comercio exterior y, segundo, en la formación del sistema de sociedades mixtas.

Bujarin no ve –este es su error más asombroso y, ade­más, uno puramente teórico– que ninguna política aduanera puede ser eficaz en la época del imperialismo donde son monstruosas las diferencias entre los países pobres y los increíblemente ricos. Bujarin alude varias veces a las barreras arancelarias, sin percatarse de que, en las condiciones mencionadas, cual­quiera de los países industriales ricos puede derribar total­mente esas barreras. Con ese objetivo, le basta con instituir una prima de exportación para alentar la exportación a Rusia de mercancías a las que les hemos impuesto una elevada cuota de importación. A todos los países industriales les sobra dinero para ello y, como consecuencia de medidas tales, cualquiera de ellos seguro que puede quebrantar nuestra industria nacional.

Por eso, todos los razonamientos de Bujarin sobre política aduanera significarían en la práctica la renuncia absoluta a proteger la industria rusa y el paso –encubierto con un velo sutilísimo– al sistema de librecambio. Tenemos que combatir eso con todas nuestras fuerzas e incluso en el congreso del partido, puesto que hoy, en la época del imperialismo, no se puede hablar de ninguna política aduanera seria, como no sea la del sistema de monopolio del comercio exterior.

La acusación de Bujarin contra Krasin en el quinto punto de que éste, al parecer no comprende la importancia del aumento de la circulación, la refuta contundentemente lo dicho por Krasin sobre las sociedades mixtas, ya que éstas no persiguen otro objetivo sino el de aumentar la circula­ción, conservando la protección real, y no ficticia, como ocurre con la protección arancelaria, de nuestra industria rusa.

Más adelante, en el punto seis, objetándome a mí, Bujarin da a entender que a él no le importa que el campesino concierte negocios sumamente ventajosos, y que la lucha no se librará entre el campesino y el poder soviético, sino entre éste y el exportador. Eso es, de nuevo, un error craso, porque el exportador, por ejemplo, con las diferencias de precios que yo he señalado (el lino cuesta en Rusia 4 rublos y medio, y en Inglaterra 14) movilizará en torno suyo de la manera más rápida, segura e indudable a todos los campesinos.

De hecho, Bujarin asume la defensa del especulador, del pequeño burgués y de la cúspide del campesinado contra el proletariado industrial que no está absolutamente en con­diciones de reconstruir su industria, de hacer de Rusia un país industrial, a menos que cuente con la protección, no de la política aduanera, sino sola y exclusivamente del monopolio de comercio exterior. En las condiciones de la Rusia actual, cualquier otro proteccio­nismo es totalmente ficticio, no es más que proteccionismo de papel, que en nada beneficia al proletariado. Por eso, desde el punto de vista del proleta­riado y de su industria, esta lucha tiene la mayor importan­cia, es una lucha de principio. El sistema de sociedades mixtas es el único que en realidad puede mejorar la deficiente administración del Comisariado del Pueblo de Comercio Ex­terior, ya que en este sistema trabajan juntos el comerciante extranjero y el mercader ruso. Si ni siquiera en estas condi­ciones sabemos iniciarnos un poco, instruirnos y aprender a fondo, podrá decirse que nuestro pueblo es un pueblo de tontos de remate.

Si seguimos hablando de la «protección aduanera», eso significará que cerraremos los ojos para no ver los peligros señalados por Krasin con plena claridad y que Bujarin no ha logrado refutar en ninguna de sus partes.

Añadiré que la apertura parcial de las fronteras acarrea gravísimos peligros monetarios porque, de hecho, iremos a parar a la situación de Alemania; acarrea gravísimos peli­gros relacionados con la penetración en Rusia, sin la menor posibilidad de control por nuestra parte, de la pequeña burguesía y de toda clase de agentes de los rusos en el extranjero.

El aprovechamiento de las sociedades mixtas para aprender de forma seria
y duradera constituye el único camino hacia el restablecimiento de nuestra industria.

Lenin

Notas

[1] Lenin, OC, t. 45, pp. 350–354. Bujarin había expresado su oposición al monopolio del comercio exterior en una carta al Comité Central, el 15 de octubre de 1922. Krasin, comisario del pueblo de comercio exterior, era uno de los principales aliados de Lenin en la defensa del monopolio.

Comentario HHC:  Como se observa, estas cartas fueron escritas hace 100 años.  En medio de una lucha interna del partido, y la coveniencia en esos momentos de garantizar el monopolio del comercio exterior para el joven estado soviético. Tomando a  Lenin como referente, estaba a favor del monopolio del comercio exterior ya que veia ,entre otros, el peligro,  cuando dice " por ejemplo, con las diferencias de precios que yo he señalado (el lino cuesta en Rusia 4 rublos y medio, y en Inglaterra 14) movilizará en torno suyo de la manera más rápida, segura e indudable a todos los campesinos" . Es decir veia un problema en la separación de los campesinos entorno a la revolución, y como consecuencia una desigualdad potencial acentuada. Notese además, que se interesaba más por la exportación y no tanto la importación, que tambien veia peligros.

Lenin, veia como una solución a las deficiencias ¿ del centralismo?: "El sistema de sociedades mixtas es el único que en realidad puede mejorar la deficiente administración del Comisariado del Pueblo de Comercio Ex­terior". 

La Cuba bloqueada por EEUU necesita de diversificación. EEUU puede perseguir a cientos de empresa estatales, pero no a cientos de miles que pueden  actuar si se liberara la importación con fines comerciales. El Estado no perdería el control, porque regularía lo que se puede y lo que no importar como primera medida. Como segunda, pudiera poner tasas aduanales impositivas a productos según los intereses del país.  Y tercera, via ONAT puede exigirse las declaraciones mensuales y el pago de impuestos correspondientes con fechas limites, a los exportadores y/o importadores privados, y veran si les conviene o no a cada quien, economicamente hablando. 

No se observa, que como condición sine qua non, el Socialismo signifique o necesite el monopolio absoluto del comercio exterior en el periodo de transito, incluso la propiedad social sobre los medios de producción fundamentales, sin una efectiva rendición de cuenta de los , administradores de facto, al pueblo ( los coopropietarios) no es tampoco socialismo, porque se necesita socializar la misma, y la viceministra primera pareciera que estaba, en el mejor de los casos regañando, en vez de aportar mas argumentos , de por qué no. 

La reforma de la empresa estatal socialista, también debe darse en el comercio exterior , debe garantizar el funcionamiento eficiente de lo que demanda el pais en lo fundamental, no la pequeña o mediana empresa, pero hay tantos nichos de mercado de necesidades  que el estado no abarca o no alcanza a cubrirlas al 100 % , que ahi es donde debe darse la oportunidad. 

Pero entiendo que es un tema a debatir, aunque hay dicho mucho en este sentido. Lo que más me preocupa, es que tenemos la tendencia a negar todo en un primer momento, y cuando la vida nos impone condiciones , muchas veces dificiles, entonces se da el paso, que negamos durante mucho tiempo, lo que no refleja aquello que decia Marti, que "gobernar esprever". 


martes, 13 de octubre de 2020

ENTREVISTA A LENIN.

Por HG WELLS 

La finalidad principal de mi viaje a Moscú era ver a Lenin y charlar con él. Una gran curiosidad me empujaba a encontrarle y me hallaba más bien en disposición hostil. Me he encontrado en presencia de una personalidad muy diferente de la que me esperaba.

Los circulares, los amargos opúsculos publicados en Moscú bajo su nombre, que contienen tantas concepciones erróneas sobre la psicología del trabajador occidental y sostienen obstinadamente la absurda tesis de que lo que pasa en Rusia es la revolución social tal como la ha profetizado Marx, dejan apenas entrever la verdadera mentalidad de Lenin tal como pude apreciarla en nuestra entrevista.

Es cierto que se hallan en estas publicaciones algunos rasgos llenos de finura, evidentemente inspirados por él, pero en conjunto se limitan a recoger las ideas y frases estereotipadas del marxismo doctrinario.

Tal vez sea necesario. Tal vez este es el único lenguaje que pueden comprender los comunistas; tal vez la introducción de un nuevo dialecto, despistando a sus adeptos, los desmoralizaría.

El comunismo de izquierda es la espina dorsal de la Rusia de hoy; espina dorsal desgraciadamente desprovista de vértebras flexibles; cosa que no se puede curvar sino con extrema dificultad y solo mediante la adulación y la deferencia…

Moscú, con su bello sol de octubre, entre el vuelo de las hojas amarillentas, nos pareció en su conjunto más alegre y animado que Petrogrado. Hay más vida en las calles, es mayor la actividad comercial, los coches públicos son relativamente numerosos. Los mercados están abiertos. En general, las casas y calles no están en ruinas, como en Petrogrado, aunque se encuentren rastros de combates terribles que ensangrentaron las calles a comienzos de 1918. Una de las cúpulas de ese absurdo arquitéctonico que es la Catedral de San Basilio, a las mismas puertas del Kremlin, reventado por un obús, no ha sido reparada aún. Los tranvías no transportaban viajeros, pero servían al avituallamiento con viveres y combustible. En este sentido, la municipalidad de Petrogrado pretende haber conservado una organización mejor que en Moscú.

Las diez mil cruces de la capital soviética brillan aún al sol. Sobre uno de los pináculos más a la vista del Kremlin, despliegan aún sus alas las águilas imperiales. El gobierno bolchevique, bien sea por falta de tiempo, bien por indiferencia, no las ha abatido.

Las iglesias están abiertas; las genuflexiones, signos de cruz y besos a los iconos se prosiguen con la misma actividad de antaño, y los mendigos bajo los soportales apelan, como antes, a la caridad de los fieles. El famoso santuario milagrosos de la Virgen de Iberia cerca de la Puerta del Redentor es visitado por verdaderas masas. Muchas campesinas, no pudiendo llegar a penetrar en la pequeña capilla, besan, a falta de otra cosa, las piedras del umbral y del camino que allí conduce.

Enfrente, grabada en un panel de yeso adosado a la fachada de una casa se lee la inscripción, hoy famosa, colocada por los primeros revolucionarios de Moscú: “La religión es el opio del pueblo”. El efecto producido por esta inscripción es muy atenuado por el hecho de que en Rusia el pueblo no sabe leer, por regla general. A propósito de esta inscripción tuve una discusión, sin acrimonia, sino más bien divertida, con el señor Vanderlip, financiero americano que se había alojado en la Casa de los huéspedes donde estuvimos albergados durante toda nuestra estancia en Moscú.

Vanderlip hubiera dado mucho por ver borrar esa inscripción. YO sostenía que, al contrario, se la debería conservar a causa del interés histórico que presenta y también porque, según dije yo, la tolerancia religiosa debe extenderse a las convicciones de los ateos tanto como a las otras convicciones. Pero los sentimientos religiosos de mi amigo americano no le permitían adoptar mi punto de vista en este caso…

La casa de los huéspedes que compartíamos Vanderlip y nosotros, con un artista inglés en busca de aventuras y llegado a Moscú, no se sabía del todo como, para ejecutar los bustos de Lenin y de Trotsky, consistía en un vasto inmueble ricamente amueblado, situado en el número 17 de la Sofiskaya Naberezhnaya, inmediatamente frente al gran muro del Kremlin y del bosque de las cúpulas y pequeños campanarios de aquella ciudad imperial dentro de la ciudad misma. Vanderlip no me dio ninguna explicación de su presencia en Rusia. Se ciñó simplemente a decirme una o dos veces, en términos bastante vagos, que su misión era estrictamente financiera y comercial, y no tenía alcance político. 

Era, según me dijeron, portador de cartas de presentación del senador Harding para Lenin. Pero por temperamento, no soy curioso y no me esforcé en comprobar este aserto ni mezclarme en nada de los asuntos del señor Vanderlip. Tampoco le pregunté como era posible entregarse al menor negocio, a la menor operación financiera en un estado comunista, como no fuese con el mismo Gobierno, ni cómo era posible negociar con un Gobierno sin que las negociaciones pasasen a ser negociaciones políticas. Eran misterios demasiado profundos para mí. Por tanto, nosotros comíamos, bebíamos nuestro café y hablábamos en un atmósfera lleno de reserva…

Las operaciones previas de mi encuentro con Lenin fueron fastidiosas y aburridas. Pero todo acaba, y así, un día me puse en camino hacía el Kremlin acompañado de un tal señor Rothstein, bien conocido antes en los centros comunistas de Londres, y de un camarada americano provisto de un aparato fotográfico de dimensiones imponentes, él también personaje oficial, según me dijeron, agregado al ministerio de Asuntos Extránjeros ruso.

El kremlin, si mi memoria me es fiel, abria fácilmente sus puertas a los viajeros en 1914, por lo que se parecía en esto al castillo de Windsor. Se encontraba incluso la corriente de peregrinos y turistas que lo recorrían, bien en parejas, bien en grupos. Pero hoy día el Kremlin está bien cerrado y es de difícil acceso.

Nuestra entrada se complicó con formalidades sin fin. Tuvimos que exhibir varias veces pases y permisos antes de poder franquear el recinto exterior. Fuimos infiltrados a continuación a través de cinco o seis despachos llenos de escribas y centinelas donde nos inspeccionaron todas las costuras del vestido como quien dice antes de dejarnos penetrar en el despacho del jefe. Todas estas precauciones son quizá necesarias a la seguridad de Lenin; pero impiden a Rusia llegar hasta él, y lo que quizás es más importante, si se admite la necesidad de una dictadura efectiva, impiden también que las decisiones del dictador lleguen, tal cual, adonde sería preciso, y en el momento preciso. En efecto, si los hechos y los acontecimientos deben, para llegar hasta él, pasar por un filtro tan lento, los consejos y órdenes que da son sin duda filtrados en sentido inverso y pueden sufrir alteraciones graves durante la operación…

Llegamos al fin al gabinete de Lenin y le encontramos sentado y menudito, ante un enorme escritorio, en una vasta sala muy clara que daba sobre grandes espacios rodeados de cuerpos de edificio del palacio. Su mesa de trabajo me dio la impresión de ser un montón de hojarasca desordenada.


LENIN ENTREVISTADO POR HG WELLS.Otoño 1920

Yo me senté en un sillón al lado de aquel escritorio, y el pequeño hombre ( es tan pequeño que sus pies llegan apenas al suelo cuando se sienta en el borde de su silla) (1) se volvió hacia mí para hablarme, rodeando con su brazo un montón de papeles sobre los que se apoyaba. Se expresaba en excelente inglés. Pero ( cosa que me parece muy característica de la condiciones actuales de Rusia) el señor Rothstein recortó nuestra conversación, que creía necesario esmaltar con sus comentarios, observaciones y explicaciones personales. Mientras tanto, el amerciano maniobraba su aparato, tomando fotografía tras fotografía, con toda la discreción posible y con inaudita perseverancia. La conversación era, de todos modos, lo bastante interesante para prestar atención mucho tiempo a la lata que nos daba el fotográfico con sus cambios de placas y el clic repetido de su obturador…

Al ir a ver a Lenin esperaba tropezarme con las ideas preconcebidas de un marxista doctrinario. NO hubo nada esto. También me habían dicho que Lenin tenía la costumbre de sermonear la gente. Debo decir que en esta ocasión, al menos, se abstuvo. En las descripciones que de él se han hecho, su risa ocupa un gran lugar; seductor al principio, no tarda, se dice, en hacerse cínico. A esto no tengo nada que decir, pues tal risa, en nuestra entrevista, no apareció en absoluto.

Su frente me hace pensar irresistiblemente en la de alguien más que conozco. ¡Donde habré vista una cosa parecida? Me he acordado solo el otro día al ver a Mister Arthur Balfour charlando con sus amigos bajo una luz discreta tamizada por una pantalla. Lenin y Balfour (2) tiene exactamente el mismo cráneo redondeado en cúpula, el mismo cráneo un poco más desarrollado de una lado que del otro.

El rostro de Lenin es moreno. Su fisonomía, agradable y muy cambiante; la sonrisa le da mucha animación. Tiene un hábito debido a probablemente a un defecto visual; guiñar fuertemente un ojo cuando ha acabado de hablar. No se parece mucho a las fotografías que de él se ven, porque es de esas personas cuyos juegos de expresión tiene más importancia que los rasgos del rostro. Al hablarme gesticulaba un poco; sus manos se agitaban sobre los papeles amontonados en su escritorio. Hablaba de prisa, dominando su tema, sin afectación, sin rodeos, sencillamente, así como acostumbran a hablar algunos de nuestros mejores científicos.

Dos temas, a los que llamaré letmotivs, volvían sin cesar sobre el tapete y servían en cierta manera de gozne a nuestra conversación: uno de mí a él: “¿Hacía que destino piensa usted conducir a Rusia?¿Qué clase de Estado trata usted de crear?”. Otro de él a mí: “¿Por qué no estalla la revolución en Inglaterra?¿Por qué no trabajan ustedes en la revolución social?¿Por qué no destruyen ustedes el capitalismo y no establecen también un Estado comunista?”estos leitmotivs, bien entendido, se entremezclaban, reaccionaban uno sobre el otro, se iluminaban el uno al otro. El segundo traía colación el primero: “Pero ustedes que ya tienen su revolución social, ¿qué hacen con ella?¿Consideran ustedes que ha sido un éxito?”. Sobre lo cual, fatalmente, Lenin volvía a su punto de vista: “Para que nuestra revolución dé sus plenos resultados, sería necesario que el mundo occidental hiciese también la revolución, ¿por qué no la hacen?...”.

Antes de 1918 el mundo marxista consideraba la revolución social como un fin en sí misma. Los trabajadores del mundo debían unirse, derribar el capitalismo y vivr para siempre felices. Pero en 1918 los comunistas, con gran sorpresa propia, se vieron dueños de Rusia y puestos repentinamente en situación de dar una forma tangible a su ensueño milenario. Pueden invocar muchas excusas para el retraso en dar al país en que dominan un orden social nuevo y mejor; la prolongación del estado de guerra, el bloqueo, y otras mil cosas aún. Está claro, no obstante, que comienzan a darse cuenta de la falta de preparación absoluta de todo cambio radical implicado en el método del pensamiento marxista. Frente a cien problemas diversos, he señalado ya dos o tres, estos hombres de hoy están en un cruel apuro.

Pero el marxista que más a menudo encontramos, se pone furioso cuando le preguntáis si todo se hace como debiera hacerse y del modo más inteligente posible, en el nuevo régimen. Se parece al ama de casa susceptible que mientras está echando a la calle a la criada se esfuerza en probaros que en la casa reina el mayor orden. Se parece también a las sufragistas, ya olvidadas hoy, que nos prometían el paraíso en la tierra cuando nos hubiéramos desembarazado de la tirania de las leyes fabricadas por el sexo masculino.

Lenin, en cambio, Lenin, cuya franqueza debe dejar a menudo sin aliento a sus discípulos, ha dejado de pretender recientemente que la revolución rusa sea otra cosa que el comienzo de una era de experiencias ilimitadas.

“Los que han emprendió la tarea formidable de vencer al capitalismo deben estar dispuestos a ensayar método tras método hasta que hayan al fin descubierto el que debe guiarlos mejor a sus fines.”.

Nuestra conversación comenzó por una discusión sobre el porvenir de las grandes ciudades bajo el ´régimen comunista. Yo quería saber hasta qué punto concebía Lenin la desaparición gradual, pero rápida, de las ciudades en Rusia. La desolación de Petrogrado me había hecho comprender, mucho mejor que antes de verla, hasta qué punto la configuración y el plan de una ciudad moderna dependen de los almacenes y de los mercados. Abolid el comercio y las nueve décimas partes de los edificios de una ciudad correinte dejan de tener el menor sentido o la menor utilidad.

“Las ciudades se harán mucho más pequeñas”. Reconoce Lenin. “¿También serán enteramente diferentes de lo que son hoy? Digo yo. “Evidentemente, del todo diferentes”.

Le hice observar la enormidad de la tarea que esto implicaba. Esto significaba la muerte de las ciudades actuales y su sustitución. Las iglesias y grandes edificios de Petrogrado seríoan pronto como los de Novgorod la Grande, como los templos de Paestum o de Ankor. El admitió, sin tristeza ninguna, que la mayor parte de las ciudades se disgregarían y acabarían por desaparecer. Me pareció que aquello le alegraba el corazón, encontrar a alguien que comprendiese una de las consecuencias necesarias del colectivismo, consecuencia que muchos, incluso sus discípulos, no pueden concebir.

“Rusia”, me dijo, “tiene la necesidad de ser reconstruida del todo… Rusia necesita hacer algo enteramente nuevo…”. “¿Y la industria?, le pregunte, “¿no será también preciso reconstruirla de arriba abajo también?”. Me preguntó si me daba cuenta de lo que había comenzado a hacerse en este sentido en el país. ¿Acaso no había oído hablar de la electrificación total de Rusia?. Pues Lenin, que como todo buen marxista ortodoxo, se burla y denuncia de buena gana a los utopistas, ha acabado él también por ser víctima de una utopía, la utopía de los electricistas. Apoya con todo su poder un proyecto grandioso que comporta el establecimiento de grandes centrales eléctricas en Rusia, capaces de distribuir a provincias enteras luz, medios de transporte y fuerza motriz para la industria.


EL VII CONGRESO DE LOS SOVIETS APRUEBA EN 1920 EL PLAN DE ELECTRIFICACACIÓN DE LENIN

“A título de experimento”, dijo, “se han electrificado ya dos distritos.”. ¿Puede imaginarse un proyecto más atrevido, en aquel país llano, cubierto de bosques, poblado de campesinos analfabetos, en aquel país sin hulla blanca, sin técnicos, y cuya industria y comercio están en la agonía? Es preciso decir que en Holanda están en curso planes de electrificación del mismo género. Otros han dado y dan lugar a discusiones técnicas y financieras en Inglaterra. En estos países de población densa, de industria desarrollada, se comprende muy bien que este sistema pueda dar excelentes resultados, que pueda ser económico y llamado a rendir inmensos servicios. Pero aplicar este sistema del porvenir a la Rusia del presente, es cosa que pide un gran esfuerzo a la imaginación más resueltamente más creadora.

Me es imposible, en cuento a mí respecta, concebir la realización de nada semejante en este Rusia sombria y inescrutable. Pero el hombrecillo del Kremlin está lleno de confianza. Ve los ferrocarriles, hoy destrozados, sustituidos por un modo de locomoción eléctrico nuevo. Ve nuevos caminos desplegándose en largas cintas a través de todo el país. Ve un industrialismo comunista, enteramente nuevo y más feliz del que conocemos nosotros, instalándose pronto sobre las ruinas del antiguo. Y mientras yo dialogaba con él había casi logrado hacerme compartir su entusiasmo y su confianza con su visión…

“Pero”, le objeté yo, “en la puesta en práctica de vuestros proyectos ¿no le será a usted preciso contar en adelante con los campesinos enraizados en el suelo que les ha sido repartido?”. “Pues no se trata solamente de reconstruir las ciudades. Los últimos vestigios de la antigua organización agrícola y de la organización agrícola presente, deben desaparecer también.”.

“Ni siquiera hoy”, respondió Lenin, “no se debe creer que toda la producción agrícola de Rusia sea debida a los esfuerzos de los campesinos. Tenemos a trechos explotaciones que funcionan según los procedimientos modernos de gran cultivo. En aquellos lugares de condiciones favorables, el Gobierno Soviético pone valor vastos dominios en que los obreros sustituyen a los campesinos. Los resultados que obtenemos dan motivo a las mayores esperanzas. Se pueden desarrollar estas explotaciones. Las extenderemos primero a toda una provincia; después a otra. Los campesinos de las otras provincias, hoy propietarios, egoístas e ignorantes, no sabrán nada, probablemente, de la transformación que está en curso hasta que llegue su turno de expropiación… tal vez sea difícil vencer al campesino ruso en bloque, pero en detalle, la cosa no presentará la menor dificultad.”.

Al hablarme así de los campesinos, Lenin se me acercó en actitud confidencial, como si fuese posible que algún campesino estuviese junto a la puerta para sorprender la conversación… “No es solamente la organización material de una sociedad lo que ha de emprender usted”, le objeté yo, “Es todo un pueblo, al que se precisa dar una mentalidad nueva. Los rusos son por hábito traficantes e individualistas; es su alma misma y sus instintos lo que necesitará reformar enteramente si este mundo nuevo ha de sobrevivir.”. A esto Lenin me preguntó si yo había estudiado la obra de reorganización que los soviets han emprendido para la educación popular. Le hice el elogio de algunas cosas que había visto. Él se inclinó y sonrió complacido. Tiene una confianza ilimitada en todo lo que hace. “Pero esto no son más que cosas en embrión”, le dije. “Entendido. Vuelva usted dentro de diez años a ver lo que habremos realizado, para entonces.” Me respondió.

En Lenin comencé a darme cuenta de que el comunismo podía a pesar de todo, ya despecho del mismo Marx, tomar un poderío constructivo enorme. Después de los fatigosos fanáticos de la lucha de clases que yo había encontrado entre los comunistas, después de aquellos hombres de estériles fórmulas pétreas, después de darme cuenta varias veces su suficiencia uniformada y vacua, común a los discípulos de Marx, aquel hombrecillo extraordinario que reconocía con tanta franqueza la inmensidad y complejidad de su proyecto de comunismo, aquella concentración sencilla y sin afectación de todos los esfuerzos que aporta para hacerla triunfar, tenían, a fe mía, algo de carácter nuevo y refrescante.

Él posee al menos una visión clara del mundo nuevo, estudiado, reconstruido sobre planos inéditos. No le oculté mis impresiones. Por ejemplo, que ellos habían roto el espinazo al tráfico comercial antes de tomar las disposiciones necesarias para establecer un racionamiento. Incluso habían roto la organización cooperativa en vez de desarrollarla y servirse de ella. Y así muchas otras cosas. Esto nos condujo rápidamente a las divergencias esenciales de nuestras concepciones; la diferencia en suma, que existe entre el colectivista y el marxista, a saber: “¿Es necesario llevar a fondo la revolución social?¿Es verdaderamente necesario derribar completamente un sistema social y económico existente antes de que un nuevo sistema pueda comenzar a funcionar?”.

“Por mí”, expliqué yo, “creo que mediante una campaña de educación cívica, campaña sostenida y de gran envergadura, el sistema capitalista actual podría civilizarse y transformarse en un sistema de colectivismo universal.”

Lenin en contra, ha adoptado hace muchos años el dogma marxista de que la lucha de clases es inevitable y que conviene la supresión total del capitalismo como preludio esencial a toda tentativa de reconstrucción; el dogma de la dictadura del proletariado, etc.…

Necesitaba, pues, sostener, y lo sostuvo de nuevo, que el capitalismo moderno es incurablemente rapaz, derrochador, refractario a todo perfeccionamiento. Necesitaba sostener, y lo sostuvo, que el capitalismo moderno continuará explotando la herencia de la humanidad estúpidamente y sin ningún fin determinado; que combatirá e impedirá toda administración de los recursos naturales con vista al interés general, y que periódicamente, inevitablemente, traerá de nuevo la guerra al mundo.

Al pleitear contra estas afirmaciones, yo pleiteaba, es preciso reconocerlo, una causa difícil. Lenin sacó de un cajón de su escritorio el último libro de Chiozza Money titulado El triunfo de la nacionalización. Había leído sin duda la obra con la mayor atención. “Pero ya lo ve usted”, me dijo enseñándome el volumen, “En seguida que comienzan ustedes a tener una buena organización colectiva que podría trabajar para el interés general, los capitalistas la destrozan. Ellos han destruido vuestros astilleros nacionales de construcción naval. No quieren dejaros explotar vuestras minas de carbón económicamente, ni vuestros caminos de hierro ¡Todo esto está aquí!”, dijo golpeando el libro con la mano. Y cuando en otro momento del diálogo, yo quise hacer prevalecer el argumento de que las guerras eran debidas a un imperialismo nacionalista, y no a la organización capitalista de la sociedad, me interrumpió de súbito: “Y entonces, ¿qué piensa usted de este nuevo imperialismo republicano que nos llega hoy de América?”.

A estas palabras, el señor Rothstein quiso interponerse y pronunció en ruso una protesta que Lenin apartó con un gesto. A pesar, pues, de Rothstein, que le rogaba evidentemente que se apartase de la reserva diplomática, Lenin se puso a explicarme los proyectos mediante los cuales América se esforzaba en aquel momento de deslumbrar la imaginación de Moscú. Estos proyectos eran: Ayuda económica a Rusia, Reconocimiento del gobierno bolchevique, una alianza defensiva contra toda agresión del Japón en Siberia, creación de una base naval americana en la costa asiática, concesión a los americanos, a largo plazo (cincuenta o sesenta años), la explotación de los recursos naturales de Kamtchaka y probablemente otras regiones más de Rusia.

“¿Qué significan estos proyectos”, preguntó Lenin, “sino el comienzo de una nueva lucha entre naciones por los mejores trozos del planeta?¿Acaso el imperialismo británico y el imperialismo francés encontrarían de su gusto estos proyectos americanos?”

Al regresar, comimos juntos otra vez en la fonda Vanderlip, el escultor y yo. El viejo criado de la casa nos sirvió, triste y avergonzado de la frugalidad de nuestros víveres, acordándose de los grandes días del pasado. Este valiente servidor se acordaba de los tiempos en que Carusso estaba entre los invitados de la casa, y en un salón del piso alto había cantado en presencia de la más brillante sociedad de Moscú. Me decidí  partir para Petrogrado aquella misma tarde y llegar a Reval con tiempo necesario para tomar el primer vapor para Estocolmo.


Comentario HHC: 1920 primera revolución proclamada socialista en el mundo, me pareció interesante los detalles y opiniones de Lenin. 

(1) La estatura de Lenin era de 165 cm 
 
(2) Arthur James Balfourprimer conde de BalfourKGOMPC (25 de julio de 1848 - 19 de marzo de 1930) fue un político y estadista británico que se convirtió en el trigésimo tercer primer ministro de ese país.