De rolandoastarita en 02/06/2026 |
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"La edificación de la nueva sociedad en el orden económico es también un trayecto hacia lo ignoto". RCR
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Por Rolando Astarita

En una nota que publicó La Nación (8/02/2025), con título “Atraso cambiario: el disco rayado de los economistas”, Javier Milei polemiza con sus colegas (muchos de ellos liberales) que dicen que el peso está sobrevaluado. La nota nos llamó la atención por la manera en que presenta, con palabrería “científica”, argumentos completamente disparatados sobre el tipo de cambio “de equilibrio” y cuestiones anexas. En lo que sigue presentamos las principales cuestiones.
“Teoría” a lo Milei del tipo de cambio
En su nota Milei comienza diciendo que “toda vez que el tipo de cambio real (TCR) empieza a caer… los economistas comienzan a dar alarmas de atraso cambiario sin siquiera considerar el caso de una apreciación del peso”. Es un cargo incomprensible, ya que hablar de la caída del TCR equivale a hablar de la apreciación del peso.
A continuación afirma que “el método que usan [los economistas] tiene una serie de problemas metodológicos graves”. O sea, tendrían problemas de método al cuadrado para determinar el tipo de cambio “de equilibrio”. ¿Y cuál es el más importante? Pues consiste en que “nadie puede determinar el vector de precios de equilibrio general intertemporal de donde se deriva que el tipo de cambio está atrasado, ya que su cálculo implica conocer las preferencias, la tecnología y las dotaciones, tanto de la economía local como de la mundial, y no solo en el presente sino también para el futuro”.
Naturalmente, cualquier persona no interiorizada en lo elemental de las explicaciones del tipo de cambio quedará impresionada con estos “vectores de precios” y sus correspondientes “equilibrios generales intertemporales”. Pero el planteo no tiene pie ni cabeza. Es que cuando los economistas, sean de la corriente que sea, discuten sobre el tipo de cambio y sus valores “de equilibrio”, jamás pretenden, o han pretendido, establecer esos vectores de precios “de equilibrio”. Nótese que determinarlos implicaría, según Milei, conocer “preferencias, tecnologías, dotaciones” de todas las ramas de las economías, no solo nacional sino mundial, para derivar el eventual tipo de cambio de equilibrio. Nadie ha planteado siquiera la posibilidad de semejante derivación. Es que la misma sencillamente no existe. En particular, a ningún referente de la escuela austriaca (que Milei dice seguir) se le ocurrió tal cosa.
Después de todo, y como precisa von Mises, la utilidad en el margen (la base de la teoría subjetiva del valor) que tienen los bienes para quienes los intercambian no puede ser conocida de antemano por el economista. Simplemente, según los austriacos, se expresa en los precios. Lo cual vale también para el tipo de cambio, sea este de contado, o el establecido en los mercados de futuros. Con respecto a estos últimos, los operadores establecen los precios de los contratos de futuros en base a los diferenciales de las tasas de interés, y las previsiones, siempre tentativas, de cómo evolucionará la especulación (planteado por el llamado enfoque de microestructura). Lo central es que a nadie se le ocurre que deba esperar a conocer los vectores de precios, locales y externos, de los que habla Milei.
Indeterminación, paridad de poder adquisitivo y TCR de los países en desarrollo
En relación a lo planteado en el apartado anterior, destacamos que incluso si se pudieran determinar los vectores de precios “de equilibro” de los que habla Milei, no habría manera de determinar el tipo de cambio “de equilibrio”. Es que, siendo q = EP*/P (q: TCR; E: tipo de cambio nominal; P* vector “de equilibrio” de los precios externos; P vector “de equilibrio” de los precios internos), tenemos una ecuación para dos incógnitas, E y q.
Por supuesto, muchos podrán decir que el E “de equilibrio” surge de establecer q = 1; de manera que E = P/P*; en ese caso el tipo de cambio E está a paridad de poder adquisitivo. Pero esta determinación “desde fuera” debe justificarse. ¿Y por qué debería ocurrir que el tipo de cambio “de equilibrio” sea el determinado de esta forma si el desarrollo de las fuerzas productivas (y por lo tanto, de las productividades) difiere fuertemente entre, por ejemplo, los países desarrollados y los países en desarrollo? ¿Qué tipo de “equilibrio cambiario” puede haber en ese caso con un E que establece el TCR = 1?
Tal vez consciente del problema, más abajo Milei sostiene que “en un intento de corregir esta dificultad” [la imposibilidad de conocer los vectores de precios de equilibrio; dificultad que ha inventado el propio Milei] “los economistas suelen recurrir a promedios como si existiera un proceso de reversión a la media, lo cual implicaría que los parámetros profundos no cambian en el tiempo, lo cual es obvio que es falso”.
De nuevo, problemas. Es que muchos economistas (neoclásicos en su mayoría) sostienen que hay un proceso de “reversión a la media” en el tipo de cambio real cuando se trata de la relación entre economías desarrolladas. No cuando se refiere a los tipos de cambio de economías en desarrollo con baja capacidad competitiva en el mercado mundial. En estos casos, el TCR tiende a establecerse en niveles relativamente elevados (por encima del tipo de cambio a paridad de poder de compra). Por caso, ya hace más de 30 años Summers y Heston señalaban que el resultado empírico mejor conocido del Programa de Comparación Internacional (ICP) es la documentación de las diferencias entre el tipo de cambio de un país y su paridad de poder adquisitivo. Escribían: “La versión fuerte de la doctrina de la PPA casselliana sostiene que la tasa de cambio de equilibrio estará determinada por los niveles de precios relativos de los países. La evidencia es inequívoca para cada uno de los estudios que son puntos de referencia del ICP acerca de que esto no se cumple. No solo las tasas de cambio difieren de manera significativa de sus correspondientes paridades de poder de compra, sino que lo hacen de manera sistemática: el nivel nacional de precios de un país, definido como la ratio de su paridad de poder de compra con sus tasas de cambio es una función creciente de su nivel de ingreso o estadio de desarrollo” (Summers y Heston, 1991) “The Penn World Table (Mark 5). An expanded set of international comparation 1950-1998” Quaterly Journal of Economics, vol. 106, pp. 327-368).
Agreguemos que el modelo Balassa Samuelson (estándar en cursos de economía internacional) procuró explicar esta sistematicidad. Por nuestra parte, en Economía política de la dependencia y el subdesarrollo, y antes en Valor, mercado mundial y globalización, presentamos una explicación basada en la teoría del valor trabajo. En este último enfoque la tendencia al tipo de cambio alto en países atrasados tiene como base la baja productividad relativa.
En cualquier caso, el planteo de Milei es doblemente absurdo. Primero, porque los vectores de precios de equilibrio no se pueden determinar en la práctica, y nadie buscó determinar el tipo de cambio de equilibrio a partir de esos soñados vectores. Y segundo, porque aun si eso fuera posible, E y q “de equilibrio” seguirían indeterminados. A no ser que, por decreto, se establezca que el tipo de cambio de equilibrio es el que determina el TCR = 1, sin importar que el mismo conecte países con productividades y niveles de desarrollo similares o extremadamente desiguales. Lo cual estaría en contradicción con lo que ocurre en la realidad, especialmente cuando hablamos de países con bajo desarrollo de las fuerzas productivas.
Bienes transables, no transables, y otro disparate de Milei
Después de haber desbarrancado con la idea de que el tipo de cambio de equilibrio solo se podía deducir de vectores de precios de equilibrio, Milei propone otra extraña forma de determinar un eventual atraso cambiario. Esta vez diferencia entre bienes transables (se exportan o importan) y bienes no transables (típicamente, servicios), y escribe: “Una forma alternativa de enfocar la cuestión del atraso cambiario es en un modelo de bienes transables y no transables. Así el tipo de cambio real estaría dado por el cociente entre el precio de los transables sobre el de los no transables”.
Leo esto y no puedo creer lo que leo. Es un disparate mayúsculo, porque por esa vía no hay manera de llegar al TCR. Para verlo de manera sencilla, supongamos que el precio de T (transable) sea $100 y el precio del NT $50. ¿Qué determinaría el cociente $T/$NT? Respuesta: solo que la relación es 2. ¿Qué tiene que ver esto con el tipo de cambio real? Respuesta: nada que ver. El asunto no mejora si se ponderan la participación de los bienes por sus volúmenes. El fondo del problema permanece: la relación que establece Milei no tiene punto que ver con el tipo de cambio.
No encuentro cómo Milei puede escribir semejante cosa. ¿Qué lo puede haber inducido al dislate? ¿No será alguna lectura apresurada y mal digerida del Balassa – Samuelson? Es que en este modelo los vectores precios nacional y externo incluyen los precios (no teóricos, sino dados) de los bienes T y NT (ponderados por sus participaciones). Sin embargo, el tipo de cambio nominal en este modelo está determinado por la relación entre los precios de los bienes transables de los países que intercambian. No por la relación de precios transables – no transables de un mismo país. Eso último no tiene sentido. Es fácil advertir que nada de esto se aplica al “método metodológicamente correcto” con el que Milei pretende determinar si el tipo de cambio está atrasado.
Una ausencia clave: los balances de cuenta corriente, TCR y las crisis cambiarias
Después de haber mostrado y alardeado de sus conocimientos teóricos sobre determinación de tipo de cambio de equilibrio, Milei hace un repaso de lo que llama “patrón Kirchnerista” y “patrón Cambiemita”. Al hacerlo, pasa por alto una cuestión fundamental en la economía argentina: la alternancia de períodos con TCR bajo, déficits persistentes en la cuenta corriente, necesidades crecientes de financiamiento, estallido de corridas cambiarias, crisis financieras y reversiones a TCR elevado, superávit en cuenta corriente, presiones inflacionarias crecientes, etcétera. Por caso, entre 1997 y 2001 el promedio del índice del TCR fue 75,7. En diciembre 2001 fue 69,2. En esa década de los 1990 la balanza de cuenta corriente fue sistemáticamente deficiente (salvo en el período de la crisis del Tequila). Ese déficit fue financiado por la entrada de capitales (privatizaciones, aumento de la deuda) hasta que, a fines del 2001, con la violenta salida de capitales, cae la convertibilidad (una crisis típica de las llamadas sudden stop).
Se produce entonces el salto devaluatorio y entre 2002 y 2007 el índice del TCR fue, en promedio, 160,2. Son los años de superávit en la cuenta corriente, aumento de reservas, incluso al comienzo del gobierno Kirchner de superávit fiscal. A lo que se agregaron presiones inflacionarias –derivadas del aumento del tipo de cambio. En ese marco, entre 2006 y 2009 el superávit acumulado de la cuenta corriente fue de US$25.243 millones. La balanza de bienes y servicios tuvo un acumulado positivo de US$55.832 millones de dólares entre 2006 y 2009. En paralelo la suba de precios erosiona el TCR. Entre 2008 y 2015 el índice fue, en promedio 116,8. La monetización del déficit fiscal alimenta la inflación, pero este no es el único factor que explica el deterioro del balance externo.
A partir de 2010 la cuenta corriente pasa a ser deficitaria, y hasta el fin del gobierno de Cristina Kirchner se deteriora de manera creciente. Entre 2011 y 2015 el BCRA perdió reservas por US$28.900 millones. Y aumentó el endeudamiento del gobierno. Milei no lo dice, pero el gobierno K intentó frenar la inflación retrasando el tipo de cambio. El índice del TCR fue 85 en diciembre de 2015. Sin aumentos significativos de la productividad y la inversión, ese nivel de TCR era insostenible.
El deterioro se profundizó bajo el gobierno de Macri. En 2017 el déficit de la cuenta corriente llegó a US$31.000 millones. Entre 2016 y 2017 el gobierno de Cambiemos lo financió el déficit alentando la entrada de capitales especulativos –colocaciones de cartera- y carry trade. Un esquema que explotaría inevitablemente. A comienzos de 2018 se desató la salida de capitales. La moneda se devaluó violentamente, y la inflación pegó un salto, provocado centralmente por la suba del tipo de cambio.
¿Y la devaluación del 118% de diciembre 2023?
Este balance está por completo ausente del relato de Milei. ¿Por qué? Respuesta: porque busca ocultar, disimular, la problemática tipo de cambio, acumulación de capital y la inserción de la economía nacional en el mercado mundial. Por eso pasa por alto “su” devaluación. Recordemos: Apenas asumida la presidencia Milei dispone una devaluación del peso de nada menos que el 118%. El índice del TCR sube, en diciembre, a 124,97 (83,19 en noviembre). La inflación se dispara al 20% en diciembre. Los salarios y jubilaciones reales se hundieron. ¿Qué resultado? Pues que hoy, febrero 2025, el índice del TCR es 80,88. Por debajo del nivel previo a la devaluación de diciembre del 2023. Desde mediados de 2024 reapareció el déficit en la cuenta corriente; un promedio de US$ 1200 por mes en el último medio año. Las reservas del BCRA son negativas por unos US$ 5000 millones.
¿Y este balance? ¿Por qué no está en el “disco no rayado” de Milei? Además, ¿en base a qué vectores de precios nacional e internacional Milei decidió en diciembre 2023 una mega devaluación del 118%? ¿Y en base a qué vectores permitió que se apreciara en los 13 meses siguientes? Además, el permanente carry trade (ahora más estimulado por las devaluaciones del 1% mensual), ¿también se guía por los vectores de precios intertemporales? ¿Qué sentido tiene todo esto?
Otro disparate
En otro pasaje en el que arremete contra “los economistas horrorizados con la cuenta corriente” Milei dice que “… Argentina es acreedor neto del mundo, motivo por el cual el país podría vivir con déficit permanente dentro de su restricción presupuestaria intertemporal”.
Empecemos aclarando que la posición neta de inversión internacional de Argentina es de US$ 75.886 millones (2024 III). Es el resultado de restar a los activos que tienen residentes argentinos en el exterior los activos que tienen los extranjeros en Argentina; en 2024 (III) son US$ 454.886 millones menos US$ 379.000 millones, lo que deja el neto mencionado.
Ahora bien, esos activos no están a disposición del BCRA o del Gobierno argentino para cubrir déficits de la cuenta corriente. Nada dice que esos inversores estén dispuestos a financiar ese déficit. Por eso es un disparate decir que Argentina puede vivir con déficit permanente en su cuenta corriente porque el mismo estaría financiado por esos activos. No hay manera de sostener semejante cosa.
Para terminar, obsérvese que en esta nota no he discutido las teorías, mainstream u otras, sobre tipo de cambio (por caso, enfoque monetarista, de cartera y paridad de intereses) o sobre balanza de pagos (los tradicionales enfoques absorción o elasticidad, el enfoque intertemporal). Tampoco mencionamos la crítica a los mismos que se puede derivar de la teoría del valor trabajo, o de la acumulación, de Marx. No las hemos discutido porque es imposible encontrar alguna lógica en los dislates contenidos en la nota de Milei. Una teoría debe tener un mínimo de articulación, de manera que pueda ser sometida a escrutinio, sea en su fundamento empírico o en su lógica. Lo de Milei ni siquiera da esa posibilidad.
Frente a esto, algunos lectores pueden preguntar por qué dedicamos tiempo y espacio a semejante bodrio. Nuestra justificación es que estamos ante alguien (nada menos que el presidente) que finge elevado conocimiento teórico apelando a un palabrerío tan altisonante como carente de sustancia. Amparado, para colmo, en una cada vez más agresiva e insultante fanfarronería. Como suele ocurrir con estos personajes, el objetivo del impostor es inspirar temor reverenciar en todo aquel que no esté entrenado en estos asuntos, de manera de ahogar cuestionamientos ab initio. ¿Quién se atreverá a desafiar la elevada ciencia de los “vectores de precios de equilibrios intertemporales” y sus correspondientes “tipos de cambio de equilibrio”, y semejantes? Con el aditamento de poder ser víctima de una andanada de insultos y descalificaciones. Todo para evitar que se vea que el rey está desnudo… de teorías y argumentos
Como no puede ser de otra manera, por esa vía se alimenta la confusión y el absurdo, y se potencian los impulsos conservadores y oscurantistas de la sociedad. Es necesario desnudar y desarmar este fingimiento en aras del despliegue de la crítica, sin concesiones, y fundada en la ciencia.

De acuerdo al enfoque que ha manejado tradicionalmente la izquierda, la crisis económica y el empeoramiento de las condiciones de vida de las masas deberían generar un campo propicio para las ideas socialistas y la organización de los trabajadores y los oprimidos. Condiciones que, en principio, parecen reunirse en la Argentina: la economía está estancada desde hace más de 10 años; la pobreza llega al 45% de la población; la inflación supera el 110%; los ingresos de los trabajadores y jubilados están en caída libre desde hace tiempo; el descontento con los partidos tradicionales es extendido; la izquierda dirige porciones significativas del movimiento de desocupados; y sus candidatos y propuestas son conocidos por el gran público. En suma, todo indicaría que estaban dadas las condiciones para que en estas elecciones se concretara el, tantas veces anunciado, “giro a la izquierda de las masas peronistas”.
Pero no hubo giro. El peronismo-kirchnerismo perdió 5,7 millones de votos en relación a 2019. Juntos por el Cambio perdió 1,3 millones de votos, también en relación a 2019. De manera que entre JxC y UP perdieron unos 7 millones de votos. Pero la izquierda (FIT-U, Política Obrera, Nuevo MAS) obtuvo apenas unos 590.000 votos. 7,1 millones fueron a la ultraderecha, a Milei. Este se impuso en 16 provincias y fue segundo en otras cuatro.
Al avance de Milei se lo explica mayormente por “el voto bronca”. Pero esto no responde a la cuestión central: ¿por qué el descontento fue a parar a la ultraderecha y no a la izquierda? Es lo que se pregunta Mario Wainfeld en Página 12, (16/08): “Con altos índices de pobreza, sueldos que no alcanzan para llegar a fin de mes, presencia lesiva del Fondo Monetario Internacional (FMI)… cuesta captar por qué no crece la izquierda con representación en el Congreso, en los movimientos sociales y en el espacio público. Tiene referentes conocidos, con presencia de años, militantes piqueteros muy activos, dirigentes sindicales”. De nuevo, ¿por qué el voto que rompió con el peronismo kirchnerista y, en menor medida con JxC, no fue a la izquierda? Es la pregunta que se hacen muchos militantes o simpatizantes de la izquierda. No tengo una respuesta acabada, pero presento algunas cuestiones que adelanté en entradas anteriores.
Alta inflación y la demanda de “orden”
En una entrada con fecha 26/07/2022 (aquí), y a propósito de la aceleración de las devaluaciones y la inflación, escribimos: “La crisis cambiaria y monetaria… profundiza la crisis de la acumulación. En el extremo, la continua pérdida de valor de la moneda hace inviable el funcionamiento del mercado, ya que se vuelve imposible comparar productividades y tiempos de trabajo. Las transacciones se interrumpen y se privilegia el atesoramiento. En respuesta, crece el reclamo de ‘poner orden’ y estabilizar la economía. Por eso una situación de crisis aguda no siempre da lugar a una salida de izquierda (como muchas veces parece pensar la izquierda). Puede imponerse un programa económico de derecha. Por caso, la hiperinflación bajo Alfonsín y la primera parte del gobierno menemista legitimó, ante los ojos de la población, la disciplina monetaria de la Convertibilidad”.
Desde entonces, la inflación y la depreciación del peso continuaron a todo vapor, al punto que hoy, pos-Paso, la economía se dirige hacia una altísima inflación (dos dígitos mensuales) y orilla la hiperinflación. Con el agregado de que las soluciones de izquierda, del tipo control de precios “pero en serio”; “aumentar los salarios e indexarlos para bajar la inflación”; “dejar de pagar las Leliq”, y similares, no son creíbles para la opinión pública. Repetimos: en coyunturas de altísima inflación la sociedad busca salidas, a derecha o izquierda, pero salidas. Y en Argentina apuntó hacia la ultraderecha.
Estatismo keynesiano (bastardo) y “socialismo”
En la nota citada también hicimos referencia a las limitaciones del keynesianismo bastardo, defendido por el kirchnerismo y las diversas variantes del populismo nacionalista. Una cuestión central, ya que el fracaso de los experimentos progre-estatistas-populistas suele tener consecuencias graves y duraderas.
Por eso hace un año escribíamos que “las consecuencias del fracaso de políticas keynesianas populistas finalmente allanan el camino a políticas de ajuste”. Para dar un ejemplo sencillo: es imposible sostener la demanda en base a gasto del Estado financiado con emisión monetaria crónica. Semejante engendro desemboca, inevitablemente, en una crisis. En este respecto, autores poskeynesianos dicen, con razón, que este tipo de populismo económico “comúnmente ha sido legitimado por un cierto tipo de ‘keynesianismo’ que da énfasis exclusivo a la demanda efectiva… y recomienda el uso indiscriminado de política fiscal y déficit fiscal como medios de estabilización cíclica”. Se lo conoce como keynesianismo bastardo porque, de hecho, ni siquiera Keynes abogó por tales políticas. Mucho menos se puede decir que las mismas tengan algo que ver con lo que propone el marxismo (de Marx).
Sin embargo, desde la izquierda que se reivindica marxista con frecuencia se piden mayores dosis del remedio estatista-populista (por ejemplo, alguno acusa al gobierno de Alberto Fernández de haber aplicado un “estatalismo blando”). Para colmo, este discurso se combina con la manía de proponer todo tipo de curanderismo social para acabar con los padecimientos de las masas trabajadoras. Por ejemplo, acabar con el desempleo prohibiendo los despidos; o repartiendo horas de trabajo en un mar de trabajadores precarizados y en negro. Y así podríamos seguir. Es difícil, con semejantes enfoques, responder a las críticas de los economistas burgueses (incluidos los de la ultraderecha).
La crítica a la burocracia y el Estado
Una cuestión que no debería ser descuidada por la izquierda es la crítica a toda forma de control estatal-bonapartista sobre la clase obrera. En relación a este tema, hace ya tiempo recordamos la crítica de Marx y Engels a los intentos de debilitar al movimiento obrero con el control del Estado de las cooperativas de trabajo (aquí). En esa nota escribimos:
“La crítica a toda forma de control del movimiento obrero por el Estado está en la esencia de la tradición revolucionaria del marxismo. El estatismo burgués puesto al servicio de la división, cooptación y corrupción de los trabajadores no tiene un ápice de progresivo. Pero estas prácticas hoy están naturalizadas y son justificadas por gran parte del progresismo bienpensante izquierdista, y un amplio abanico de la izquierda “nacional, antiimperialista y popular”.
“Lo grave es cuando esta corrupción organizada penetra en las filas del movimiento obrero, divide, envenena las relaciones, amedrenta y corrompe. Y desde la izquierda marxista tenemos que admitir que amplios sectores de la clase obrera argentina toleran, por lo menos, esta injerencia sistemática del estatismo burgués burocrático. Para decirlo en las palabras de Marx, aceptar estas prácticas equivale a abandonar el punto de vista de clase”.
Esto se complementa con la crítica marxiana al Estado y a la burocracia estatal. Por caso, Marx en referencia al Estado francés: “Los impuestos son la fuente de vida de la burocracia, del ejército, de los curas y de la corte; en una palabra, de todo el aparato del poder ejecutivo. Un gobierno fuerte e impuestos elevados son cosas idénticas”. Y en otro pasaje:
“Se comprende inmediatamente que en un país como Francia, donde el poder ejecutivo dispone de un ejército de funcionarios de más de medio millón de individuos y tiene por tanto constantemente bajo su dependencia más incondicional a una masa inmensa de intereses y existencias, donde el Estado tiene atada, fiscalizada, regulada, vigilada y tutelada a la sociedad civil, desde sus manifestaciones más amplias de vida hasta sus vibraciones más insignificantes, desde sus modalidades más generales de existencia hasta la existencia privada de los individuos, donde este cuerpo parasitario adquiere, por medio de una centralización extraordinaria, una ubicuidad, una omnisciencia, una capacidad acelerada de movimientos…” (aquí).
La burocracia estatal, con sus privilegios y las múltiples formas de control clientelar de las masas oprimidas desde el aparato del Estado, es una de las fuentes de mayor bronca e irritación popular. Pero estas no encontraron, al menos en alguna medida significativa, un canal de expresión en la izquierda.
La quiebra del ideario socialista
Lo anterior se combina con una dificultad más estructural, que enfrenta la izquierda: la crisis y/o derrumbes de los muchos “socialismos” que hubo a lo largo del siglo XX y hasta el presente (hoy Cuba, Corea del Norte, Venezuela). En una nota de agosto de 2015, y a raíz de los resultados electorales de entonces (los partidos burgueses obtenían el 90% de los votos), escribimos:
“… uno de los problemas graves que enfrentamos los marxistas es que el ideario socialista hoy está quebrado en la conciencia de las masas trabajadoras. (…) Los fracasos de los ‘socialismos reales’, o el actual desastre del ‘socialismo siglo XXI’, no son cuestiones menores. La izquierda no puede desconocerlos. En 1927, o sea, apenas una década después del triunfo de la revolución, Trotsky pronosticó que una vuelta de la URSS al capitalismo provocaría un retroceso “infinito” en la conciencia socialista de la clase obrera mundial. En 2015, … aquel pronóstico de Trotsky tiene validez multiplicada. Por eso, la pregunta que hacían hace poco unos periodistas a representantes de la izquierda en un programa de TV, “¿en qué país se aplicó con éxito lo que ustedes defienden para Argentina?”, es crucial e ineludible.
Sin embargo, las respuestas no terminan de convencer, o barren los problemas debajo de la alfombra. Para ponerlo en términos de preguntas: ¿se puede seguir mirando para otro lado ante lo que sucede en Venezuela o Cuba? ¿Se puede argumentar seriamente que todos los problemas se deben a “la derecha y el imperialismo”.
Mirar de frente las dificultades
Terminábamos la nota de 2015: “El problema hay que ponerlo en la agenda de discusión de la izquierda. Y para eso, el primer paso, es volver al criterio de Engels: mirar las dificultades de frente, sin empañarlas con frases consoladoras”.
Pero esto es lo que no se hace. Se sigue eludiendo el problema. “Ganamos la interna de la izquierda”; “se profundiza la crisis de la burguesía”; “la verdadera correlación de fuerzas la establecemos en las calles” y similares. O el llamado a hacer asambleas, “impulsar la deliberación política”, romper con la burocracia sindical y el peronismo, salir a luchar. Pero esto es lo que no ocurrió hasta ahora, a pesar del agravamiento de la crisis y la pérdida de los salarios y las jubilaciones. Peor todavía, millones votaron a la ultraderecha. La ola derechista no se revierte convocando simplemente a luchar, o a cortar calles. De nuevo, hay que mirar de frente las dificultades.
Individualismo, libertad, ataque ideológico al socialismo
Lo planteado en el apartado anterior apunta a que no hay que minusvalorar el peso ideológico y político del discurso de la ultraderecha. En particular, su exaltación del individualismo, que apunta a quebrar todo sentimiento de solidaridad, de hermandad de clase de los explotados. Este mensaje encuentra oídos receptivos en coyunturas de crisis y en ausencia de programas y perspectivas superadoras por la izquierda. Por eso la derecha busque exacerbar la competencia entre los mismos trabajadores, o entre los que tienen trabajo y los que están desocupados. El comportamiento egoísta es fomentado de todas las formas posibles. Es la esencia de la “batalla cultural” de los Milei y Benegas Lynch.
Esa exaltación del individualismo enlaza con la concepción de libertad de los utilitaristas y de los liberales. Es la libertad del hombre considerado como una mónada, aislado, replegado sobre sí mismo, sumergido en relaciones sociales que no domina (tomamos palabras de Marx). Pero en ese marco no hay verdadera libertad. O, más precisamente, es una libertad condicionada por las relaciones sociales a las que está subordinado el individuo.
Pero esto es pasado alegremente por alto por los liberales. Por eso Milei dice que el obrero, desprovisto de medios de producción, ejerce sin embargo su libertad al optar entre ser explotado o morirse de hambre (véase aquí). Es la libertad convertida en cínica abstracción del sometimiento social que padecen los que solo disponen de su fuerza de trabajo. Es lo opuesto a la concepción de que el desarrollo personal y la libertad solo se pueden realizar en comunidad: “Solamente dentro de la comunidad, con otros, tiene todo individuo los medios necesarios para desarrollar sus dotes en todos los sentidos; solamente dentro de la comunidad es posible por lo tanto la libertad personal” (Marx y Engels, La ideología alemana; énfasis agregado).
Enfatizamos: es esta idea la que los ultraderechistas quieren destruir centralmente, por encima o por debajo de tal o cual medida puntual. Dividir, atomizar, inficionar los espíritus del ideal “me ocupo de lo mío y el resto me importa nada”, como arma de sometimiento y corrosión de la solidaridad entre los explotados. Es la lucha ideológica y política en su forma más descarnada y cínica, apenas disimulada detrás del slogan “la libertad avanza”.
La campaña contra la izquierda y el pensamiento crítico
Miley y los suyos buscan destruir el ideario, crítico y emancipador, de realización de la libertad en una comunidad solidaria. De ahí el desaforado grito de “Zurdos, hijos de puta, tiemblen”, apoyado en las redes por cientos de “libertarios”. Es la convocatoria a instalar un clima de caza de brujas, para eventualmente avanzar en purgas políticas (en universidades; contra partidos de izquierda; contra sindicatos obreros o centros de estudiantes opositores). El reciente ataque de Milei a la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA debe ubicarse en este contexto. Enlacemos esto con un consenso represivo más general: como botón de muestra, citamos el llamado de Espert, (alineado con el «moderado» Rodríguez Larreta) a meterle bala a los piqueteros (aquí).
En el mismo sentido va la afirmación de Milei de que el calentamiento global “es otra de las mentiras del socialismo”. En una entrada anterior, referida a esto, escribimos: “…estamos ante la barbarie discursiva, mantenida a toda costa por encima de los hechos comprobados. Es el oscurantismo propio de regímenes fascistas y totalitarios. Es la anti-ciencia del fanático, al que le basta con vociferar sus teorías paranoico-conspirativas para querer llevarse todo por delante. Es el “asalto a la razón” en toda regla” (aquí,). Pero esto también es ofensiva ideológica y política reaccionaria. ¿Cómo Milei no va a querer destruir el Conicet después de algo así?
La perspectiva en lo inmediato
Al margen de vaivenes coyunturales, todo indica que en los próximos meses se mantendrá el deslizamiento electoral hacia la derecha. Y al empeoramiento continuado de las condiciones de vida de las masas, se le sumarán medidas que buscan barrer toda capacidad de resistencia de los oprimidos y explotados. Se trata de fenómenos sociales que abarcan a millones de personas. Por eso, dada la correlación de fuerzas existente la izquierda hoy no tiene posibilidades de dar vuelta la situación. Pero sí valdría la pena reexaminar muy seriamente las orientaciones y programas políticos que se han defendido. Parece imprescindible frente a esta ola reaccionaria en ascenso.
Para bajar el documento: https://docs.google.com/document/d/12aKvdzkwPJWnovjV9nDDPT2HkejKP5zO9sRmv6yMAOU/edit?usp=sharing