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martes, 2 de junio de 2026

“Fanáticos de la intervención del Estado”

 

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De rolandoastarita en 02/06/2026

“El Estado –es lo opuesto de lo que dice Milei-  … nosotros somos fanáticos de que el Estado tiene que controlar los resortes fundamentales [de la economía]”. Lo declara Juan Carlos Giordano, dirigente de IS y del FIT-U, reporteado recientemente en el programa “Chiche en vivo”. Puede verse en Millones ven con buenos ojos a Myriam Bregman – Giordano -Chiche en vivo | Izquierda Socialista FITU (a partir del minuto 9). El periodista interrumpe “pará, ustedes van por más Estado, a diferencia de Milei”. Giordano precisa que con el kirchnerismo lo del Estado se desvirtuó porque sirvió para reconocer la deuda que dejó el gobierno de Macri y Caputo con el FMI. “Entonces, nacionalizar el comercio exterior y la banca es clave. Eso es otra chorrera igual que la deuda externa donde se va la fuga de capitales. [El comercio exterior] “lo controlan Cargill, las multinacionales yanquis”.  

En oposición a lo que dice Giordano, sostengo que los marxistas no somos “fanáticos de la intervención del Estado”. Es que en tanto la clase obrera no tome el poder, y destruya al Estado, la intervención del Estado en la economía estará al servicio de los intereses del capital. De manera más general, afirmamos que la idea de que la intervención del Estado en la economía nos acerca al socialismo, es equivocada. Esa es la base de la crítica marxista al Estado capitalista. Relacionado a esto, y en oposición a lo que afirma Giordano, es equivocado decir que el Estado burgués “puede controlar los resortes fundamentales” de la economía capitalista. El “resorte fundamental” en la economía capitalista es la explotación de la clase obrera, la generación de plusvalía por el trabajo asalariado y su apropiación por la clase capitalista. Cómo se reparte esta torta al interior de la clase capitalista (los capitales privados, el capitalismo de Estado, la alta burocracia estatal) es una cuestión secundaria. El control del comercio exterior, por caso, puede afectar esa distribución, pero no afecta a la relación esencial.

La tradición socialista

En primer lugar, mencionamos la crítica de Engels al “socialismo estatista alemán” (los socialistas alemanes que pensaban que las estatizaciones realizadas por Bismark iban en sentido socialista):

“Pero ni la transformación en sociedades por acciones ni la transformación en propiedad del Estado suprime la propiedad del capital sobre las fuerzas productivas. En el caso de las sociedades por acciones, la cosa es obvia. Y el Estado moderno, por su parte, no es más que la organización que se da la sociedad burguesa para sostener las condiciones generales externas del modo de producción capitalista contra ataques de los trabajadores o de los capitalistas individuales. El Estado moderno, cualquiera sea su forma, es una máquina esencialmente capitalista, un Estado de los capitalistas: el capitalista total ideal. Cuantas más fuerzas productivas asume en propio, tanto más se hace capitalista total, y tantos más ciudadanos explota. Los obreros siguen siendo asalariados, proletarios. No se supera la relación capitalista, sino que, más bien, se exacerba. Pero en el ápice se produce la mutación. La propiedad estatal de las fuerzas productivas no es la solución del conflicto, pero lleva ya en sí el medio formal, el mecanismo de la solución” (Anti-Dühring, pp. 275-6, México, Grijalbo, 1968; énfasis agregado).

 También Engels, en 1891: “… en tanto las clases propietarias permanezcan al mando, cualquier nacionalización no es una abolición, sino una alteración en la forma de explotación; en las repúblicas de Francia, Suiza y América no menos que en la monárquica y despótica Europa Central y del Este” (carta de Engels a Oppenheim, 24 marzo 1891; énfasis agregado).

En el mismo sentido se pronunciaba la Tercera Internacional, en su período revolucionario: “Reivindicar la socialización o la nacionalización de las más importantes ramas de la industria, como lo hacen los partidos centristas, es embaucar a las masas. Los centristas no sólo inducen a las masas en el error, al tratar de persuadirlas de que la socialización puede arrancar de las manos del capital las principales ramas de la industria sin que la burguesía sea vencida, buscan todavía desviar a los obreros de la lucha vital por sus necesidades inmediatas, haciéndolas esperar un embargo progresivo de las diversas industrias una después de otra, después del cual comenzará la construcción “sistemática” del edificio económico. Vuelven así al programa mínimo de la socialdemocracia, es decir, a la reforma del capitalismo, que es hoy una treta contrarrevolucionaria” (“Tesis sobre táctica”, Tercer Congreso de la Internacional Comunista; énfasis agregado).

Enfatizamos: que la burocracia estatal se apropie de una mayor o menos tajada de plusvalía, vía su control de organismos estatales no modifica un ápice el hecho de que vive de la explotación del trabajo. Esta es una piedra basal de la crítica al Estado burgués.

No engañen al pueblo

Es imperioso que la crítica socialista vaya a fondo y desnude la mentira y el engaño asociados a las banderas del estatismo “progre”. Un caso ejemplar (y de mucha relevancia en Argentina): la creencia de que se puede acabar con la inflación vía el control de precios por parte del Estado. Una amplia franja del progresismo nacional – izquierdista considera que el control de precios es una medida muy avanzada, casi revolucionaria. Pero ese manejo de los precios por el Estado es imposible. En una nota anterior decíamos: “…los movimientos tendenciales de precios no pueden ser fijados a partir de relaciones de poder, político o institucional, ya que están regidos por la ley del valor, la cual es objetiva. Esto significa que los seres humanos no la dominan a voluntad, a pesar de que se trata de un fenómeno social. Más precisamente, en tanto subsista el sistema capitalista – producción para el mercado, acumulación regida por la lógica de la ganancia – no hay posibilidad de que el Estado maneje los precios (aquí, Engels, control de precios). No engañen al pueblo con planteos tan fantasiosos como subjetivistas.

¿Estatismo anti-imperialista?

Uno de los argumentos más difundidos en la izquierda dice que el control por el Estado del comercio exterior, la estatización de los bancos (alternativamente, de los depósitos bancarios) y similares, apuntan a terminar con “la explotación neocolonial” (o semicolonial) de países como Argentina. En el reportaje citado Giordano esgrime este argumento: el comercio exterior “lo controlan las multinacionales yanquis” (como Cargill). El control estatal sería parte del programa de “liberación nacional”.

Hemos criticado esta concepción en notas anteriores; véase, por ejemplo, aquí. Lo central: la relación de explotación no es “imperialismo / Argentina colonial (o semicolonial)”, sino “capital (nacional o extranjero) / clase obrera”. Dicho de otra manera, Cargill no explota “al país”, sino a la clase obrera del país en el que opera. Se apropia de una porción de la plusvalía generada por los trabajadores, de la misma manera que lo hace cualquier otro capital, sea local o extranjero. De la misma manera que, por ejemplo, un banco estadounidense, o suizo, o chino, etcétera, participa de la explotación del trabajo asalariado local, a igual nivel que los bancos argentinos, sean estos de capital privado (como es el Galicia) o estatales (ejemplos Nación, Provincia de Buenos Aires, Banco Ciudad).

Las diferencias son sustanciales

Puntualizo que no se trata de diferencias tácticas, o de superficie, sino sustanciales. Atañen a las concepciones del socialismo que defendemos unos y otros. En respuesta a un partidario del FIT-U, Ariel Petruccelli, le señalé que la crítica al estatismo burocrático (tipo chavismo en Venezuela, Ortega en Nicaragua, castrismo en Cuba) era imprescindible para delimitar campos al interior de lo que en términos genéricos llamamos socialismo (aquí). Algo similar ocurre con el estatismo burgués criollo por el que abogan Giordano, IS y otras fuerzas del FIT-U. La crítica del estatismo burgués (o burocrático) es parte constitutiva del programa y estrategia del marxismo revolucionario. Es lo opuesto a ser “fanáticos de la intervención estatal”. 

sábado, 15 de febrero de 2025

Los dislates de Milei sobre el tipo de cambio

 Por Rolando Astarita

En una nota que publicó La Nación (8/02/2025), con título “Atraso cambiario: el disco rayado de los economistas”, Javier Milei polemiza con sus colegas (muchos de ellos liberales) que dicen que el peso está sobrevaluado. La nota nos llamó la atención por la manera en que presenta, con palabrería “científica”, argumentos completamente disparatados sobre el tipo de cambio “de equilibrio” y cuestiones anexas. En lo que sigue presentamos las principales cuestiones.

“Teoría” a lo Milei del tipo de cambio

En su nota Milei comienza diciendo que “toda vez que el tipo de cambio real (TCR) empieza a caer… los economistas comienzan a dar alarmas de atraso cambiario sin siquiera considerar el caso de una apreciación del peso”. Es un cargo incomprensible, ya que hablar de la caída del TCR equivale a hablar de la apreciación del peso.

A continuación afirma que “el método que usan [los economistas] tiene una serie de problemas metodológicos graves”. O sea, tendrían problemas de método al cuadrado para determinar el tipo de cambio “de equilibrio”. ¿Y cuál es el más importante? Pues consiste en que “nadie puede determinar el vector de precios de equilibrio general intertemporal de donde se deriva que el tipo de cambio está atrasado, ya que su cálculo implica conocer las preferencias, la tecnología y las dotaciones, tanto de la economía local como de la mundial, y no solo en el presente sino también para el futuro”.

Naturalmente, cualquier persona no interiorizada en lo elemental de las explicaciones del tipo de cambio quedará impresionada con estos “vectores de precios” y sus correspondientes “equilibrios generales intertemporales”. Pero el planteo no tiene pie ni cabeza. Es que cuando los economistas, sean de la corriente que sea, discuten sobre el tipo de cambio y sus valores “de equilibrio”, jamás pretenden, o han pretendido, establecer esos vectores de precios “de equilibrio”. Nótese que determinarlos implicaría, según Milei, conocer “preferencias, tecnologías, dotaciones” de todas las ramas de las economías, no solo nacional sino mundial, para derivar el eventual tipo de cambio de equilibrio. Nadie ha planteado siquiera la posibilidad de semejante derivación. Es que la misma sencillamente no existe. En particular, a ningún referente de la escuela austriaca (que Milei dice seguir) se le ocurrió tal cosa.

Después de todo, y como precisa von Mises, la utilidad en el margen (la base de la teoría subjetiva del valor) que tienen los bienes para quienes los intercambian no puede ser conocida de antemano por el economista. Simplemente, según los austriacos, se expresa en los precios. Lo cual vale también para el tipo de cambio, sea este de contado, o el establecido en los mercados de futuros. Con respecto a estos últimos, los operadores establecen los precios de los contratos de futuros en base a los diferenciales de las tasas de interés, y las previsiones, siempre tentativas, de cómo evolucionará la especulación (planteado por el llamado enfoque de microestructura). Lo central es que a nadie se le ocurre que deba esperar a conocer los vectores de precios, locales y externos, de los que habla Milei.  

Indeterminación, paridad de poder adquisitivo y TCR de los países en desarrollo

En relación a lo planteado en el apartado anterior, destacamos que incluso si se pudieran determinar los vectores de precios “de equilibro” de los que habla Milei, no habría manera de determinar el tipo de cambio “de equilibrio”. Es que, siendo q = EP*/P (q: TCR; E: tipo de cambio nominal; P* vector “de equilibrio” de los precios externos; P vector “de equilibrio” de los precios internos), tenemos una ecuación para dos incógnitas, E y q.

Por supuesto, muchos podrán decir que el E “de equilibrio” surge de establecer q = 1; de manera que E = P/P*; en ese caso el tipo de cambio E está a paridad de poder adquisitivo. Pero esta determinación “desde fuera” debe justificarse.  ¿Y por qué debería ocurrir que el tipo de cambio “de equilibrio” sea el determinado de esta forma si el desarrollo de las fuerzas productivas (y por lo tanto, de las productividades) difiere fuertemente entre, por ejemplo, los países desarrollados y los países en desarrollo? ¿Qué tipo de “equilibrio cambiario” puede haber en ese caso con un E que establece el TCR = 1?

Tal vez consciente del problema, más abajo Milei sostiene que “en un intento de corregir esta dificultad” [la imposibilidad de conocer los vectores de precios de equilibrio; dificultad que ha inventado el propio Milei] “los economistas suelen recurrir a promedios como si existiera un proceso de reversión a la media, lo cual implicaría que los parámetros profundos no cambian en el tiempo, lo cual es obvio que es falso”.

De nuevo, problemas. Es que muchos economistas (neoclásicos en su mayoría) sostienen que hay un proceso de “reversión a la media” en el tipo de cambio real cuando se trata de la relación entre economías desarrolladas. No cuando se refiere a los tipos de cambio de economías en desarrollo con baja capacidad competitiva en el mercado mundial. En estos casos, el TCR tiende a establecerse en niveles relativamente elevados (por encima del tipo de cambio a paridad de poder de compra). Por caso, ya hace más de 30 años Summers y Heston señalaban que el resultado empírico mejor conocido del Programa de Comparación Internacional (ICP) es la documentación de las diferencias entre el tipo de cambio de un país y su paridad de poder adquisitivo. Escribían: “La versión fuerte de la doctrina de la PPA casselliana sostiene que la tasa de cambio de equilibrio estará determinada por los niveles de precios relativos de los países. La evidencia es inequívoca para cada uno de los estudios que son puntos de referencia del ICP acerca de que esto no se cumple. No solo las tasas de cambio difieren de manera significativa de sus correspondientes paridades de poder de compra, sino que lo hacen de manera sistemática: el nivel nacional de precios de un país, definido como la ratio de su paridad de poder de compra con sus tasas de cambio es una función creciente de su nivel de ingreso o estadio de desarrollo” (Summers y Heston, 1991) “The Penn World Table (Mark 5). An expanded set of international comparation 1950-1998” Quaterly Journal of Economics, vol. 106, pp. 327-368). 

Agreguemos que el modelo Balassa Samuelson (estándar en cursos de economía internacional) procuró explicar esta sistematicidad. Por nuestra parte, en Economía política de la dependencia y el subdesarrollo, y antes en Valor, mercado mundial y globalización, presentamos una explicación basada en la teoría del valor trabajo. En este último enfoque la tendencia al tipo de cambio alto en países atrasados tiene como base la baja productividad relativa.

En cualquier caso, el planteo de Milei es doblemente absurdo. Primero, porque los vectores de precios de equilibrio no se pueden determinar en la práctica, y nadie buscó determinar el tipo de cambio de equilibrio a partir de esos soñados vectores. Y segundo, porque aun si eso fuera posible, E y q “de equilibrio” seguirían indeterminados. A no ser que, por decreto, se establezca que el tipo de cambio de equilibrio es el que determina el TCR = 1, sin importar que el mismo conecte países con productividades y niveles de desarrollo similares o extremadamente desiguales. Lo cual estaría en contradicción con lo que ocurre en la realidad, especialmente cuando hablamos de países con bajo desarrollo de las fuerzas productivas.

Bienes transables, no transables, y otro disparate de Milei

Después de haber desbarrancado con la idea de que el tipo de cambio de equilibrio solo se podía deducir de vectores de precios de equilibrio, Milei propone otra extraña forma de determinar un eventual atraso cambiario. Esta vez diferencia entre bienes transables (se exportan o importan) y bienes no transables (típicamente, servicios), y escribe: “Una forma alternativa de enfocar la cuestión del atraso cambiario es en un modelo de bienes transables y no transables. Así el tipo de cambio real estaría dado por el cociente entre el precio de los transables sobre el de los no transables”.

Leo esto y no puedo creer lo que leo. Es un disparate mayúsculo, porque por esa vía no hay manera de llegar al TCR. Para verlo de manera sencilla, supongamos que el precio de T (transable) sea $100 y el precio del NT $50. ¿Qué determinaría el cociente $T/$NT? Respuesta: solo que la relación es 2. ¿Qué tiene que ver esto con el tipo de cambio real? Respuesta: nada que ver. El asunto no mejora si se ponderan la participación de los bienes por sus volúmenes. El fondo del problema permanece: la relación que establece Milei no tiene punto que ver con el tipo de cambio.

No encuentro cómo Milei puede escribir semejante cosa. ¿Qué lo puede haber inducido al dislate? ¿No será alguna lectura apresurada y mal digerida del Balassa – Samuelson? Es que en este modelo los vectores precios nacional y externo incluyen los precios (no teóricos, sino dados) de los bienes T y NT (ponderados por sus participaciones). Sin embargo, el tipo de cambio nominal en este modelo está determinado por la relación entre los precios de los bienes transables de los países que intercambian. No por la relación de precios transables – no transables de un mismo país. Eso último no tiene sentido. Es fácil advertir que nada de esto se aplica al “método metodológicamente correcto” con el que Milei pretende determinar si el tipo de cambio está atrasado.

Una ausencia clave: los balances de cuenta corriente, TCR y las crisis cambiarias

  Después de haber mostrado y alardeado de sus conocimientos teóricos sobre determinación de tipo de cambio de equilibrio, Milei hace un repaso de lo que llama “patrón Kirchnerista” y “patrón Cambiemita”. Al hacerlo, pasa por alto una cuestión fundamental en la economía argentina: la alternancia de períodos con TCR bajo, déficits persistentes en la cuenta corriente, necesidades crecientes de financiamiento, estallido de corridas cambiarias, crisis financieras y reversiones a TCR elevado, superávit en cuenta corriente, presiones inflacionarias crecientes, etcétera. Por caso, entre 1997 y 2001 el promedio del índice del TCR fue 75,7. En diciembre 2001 fue 69,2. En esa década de los 1990 la balanza de cuenta corriente fue sistemáticamente deficiente (salvo en el período de la crisis del Tequila). Ese déficit fue financiado por la entrada de capitales (privatizaciones, aumento de la deuda) hasta que, a fines del 2001, con la violenta salida de capitales, cae la convertibilidad (una crisis típica de las llamadas sudden stop).

Se produce entonces el salto devaluatorio y entre 2002 y 2007 el índice del TCR fue, en promedio, 160,2. Son los años de superávit en la cuenta corriente, aumento de reservas, incluso al comienzo del gobierno Kirchner de superávit fiscal. A lo que se agregaron presiones inflacionarias –derivadas del aumento del tipo de cambio. En ese marco, entre 2006 y 2009 el superávit acumulado de la cuenta corriente fue de US$25.243 millones. La balanza de bienes y servicios tuvo un acumulado positivo de US$55.832 millones de dólares entre 2006 y 2009. En paralelo la suba de precios erosiona el TCR. Entre 2008 y 2015 el índice fue, en promedio 116,8. La monetización del déficit fiscal alimenta la inflación, pero este no es el único factor que explica el deterioro del balance externo.  

A partir de 2010 la cuenta corriente pasa a ser deficitaria, y hasta el fin del gobierno de Cristina Kirchner se deteriora de manera creciente. Entre 2011 y 2015 el BCRA perdió reservas por US$28.900 millones. Y aumentó el endeudamiento del gobierno. Milei no lo dice, pero el gobierno K intentó frenar la inflación retrasando el tipo de cambio. El índice del TCR fue 85 en diciembre de 2015. Sin aumentos significativos de la productividad y la inversión, ese nivel de TCR era insostenible.

El deterioro se profundizó bajo el gobierno de Macri. En 2017 el déficit de la cuenta corriente llegó a US$31.000 millones. Entre 2016 y 2017 el gobierno de Cambiemos lo financió el déficit alentando la entrada de capitales especulativos –colocaciones de cartera- y carry trade. Un esquema que explotaría inevitablemente. A comienzos de 2018 se desató la salida de capitales. La moneda se devaluó violentamente, y la inflación pegó un salto, provocado centralmente por la suba del tipo de cambio.

¿Y la devaluación del 118% de diciembre 2023?

Este balance está por completo ausente del relato de Milei. ¿Por qué? Respuesta: porque busca ocultar, disimular, la problemática tipo de cambio, acumulación de capital y la inserción de la economía nacional en el mercado mundial. Por eso pasa por alto “su” devaluación. Recordemos: Apenas asumida la presidencia Milei dispone una devaluación del peso de nada menos que el 118%. El índice del TCR sube, en diciembre, a 124,97 (83,19 en noviembre). La inflación se dispara al 20% en diciembre. Los salarios y jubilaciones reales se hundieron. ¿Qué resultado? Pues que hoy, febrero 2025, el índice del TCR es 80,88. Por debajo del nivel previo a la devaluación de diciembre del 2023. Desde mediados de 2024 reapareció el déficit en la cuenta corriente; un promedio de US$ 1200 por mes en el último medio año. Las reservas del BCRA son negativas por unos US$ 5000 millones.

¿Y este balance? ¿Por qué no está en el “disco no rayado” de Milei? Además, ¿en base a qué vectores de precios nacional e internacional Milei decidió en diciembre 2023 una mega devaluación del 118%? ¿Y en base a qué vectores permitió que se apreciara en los 13 meses siguientes? Además, el permanente carry trade (ahora más estimulado por las devaluaciones del 1% mensual), ¿también se guía por los vectores de precios intertemporales? ¿Qué sentido tiene todo esto?

Otro disparate

 En otro pasaje en el que arremete contra “los economistas horrorizados con la cuenta corriente” Milei dice que “… Argentina es acreedor neto del mundo, motivo por el cual el país podría vivir con déficit permanente dentro de su restricción presupuestaria intertemporal”.

Empecemos aclarando que la posición neta de inversión internacional de Argentina es de US$ 75.886 millones (2024 III). Es el resultado de restar a los activos que tienen residentes argentinos en el exterior los activos que tienen los extranjeros en Argentina; en 2024 (III) son US$ 454.886 millones menos US$ 379.000 millones, lo que deja el neto mencionado.

Ahora bien, esos activos no están a disposición del BCRA o del Gobierno argentino para cubrir déficits de la cuenta corriente. Nada dice que esos inversores estén dispuestos a financiar ese déficit. Por eso es un disparate decir que Argentina puede vivir con déficit permanente en su cuenta corriente porque el mismo estaría financiado por esos activos. No hay manera de sostener semejante cosa.

Para terminar, obsérvese que en esta nota no he discutido las teorías, mainstream u otras, sobre tipo de cambio (por caso, enfoque monetarista, de cartera y paridad de intereses) o sobre balanza de pagos (los tradicionales enfoques absorción o elasticidad, el enfoque intertemporal). Tampoco mencionamos la crítica a los mismos que se puede derivar de la teoría del valor trabajo, o de la acumulación, de Marx. No las hemos discutido porque es imposible encontrar alguna lógica en los dislates contenidos en la nota de Milei. Una teoría debe tener un mínimo de articulación, de manera que pueda ser sometida a escrutinio, sea en su fundamento empírico o en su lógica. Lo de Milei ni siquiera da esa posibilidad.

Frente a esto, algunos lectores pueden preguntar por qué dedicamos tiempo y espacio a semejante bodrio. Nuestra justificación es que estamos ante alguien (nada menos que el presidente) que finge elevado conocimiento teórico apelando a un palabrerío tan altisonante como carente de sustancia. Amparado, para colmo, en una cada vez más agresiva e insultante fanfarronería. Como suele ocurrir con estos personajes, el objetivo del impostor es inspirar temor reverenciar en todo aquel que no esté entrenado en estos asuntos, de manera de ahogar cuestionamientos ab initio. ¿Quién se atreverá a desafiar la elevada ciencia de los “vectores de precios de equilibrios intertemporales” y sus correspondientes “tipos de cambio de equilibrio”, y semejantes? Con el aditamento de poder ser víctima de una andanada de insultos y descalificaciones. Todo para evitar que se vea que el rey está desnudo… de teorías y argumentos

 Como no puede ser de otra manera, por esa vía se alimenta la confusión y el absurdo, y se potencian los impulsos conservadores y oscurantistas de la sociedad. Es necesario desnudar y desarmar este fingimiento en aras del despliegue de la crítica, sin concesiones, y fundada en la ciencia.  

domingo, 21 de abril de 2024

Milei, teoría austriaca y precios de la medicina prepaga


A raíz de la suba de las cuotas de la medicina prepaga, y la intervención del Gobierno para volverlas a diciembre de 2023, varios señalaron la incoherencia entre lo que proclamaba Milei en las elecciones, y lo que hace en la práctica. Como escribe Ernesto Tenembaum, estamos ante una muestra de la tensión entre lo que un político dice cuando es candidato y lo que hace cuando es presidente (en Infobae, 21/04/2024).

Es verdad, en las campañas los políticos del sistema inventan, disimulan y mienten a más no poder. Milei no ha sido una excepción. Durante la campaña jamás dijo que bajaría jubilaciones y salarios; que desfinanciaría a las universidades; o que propondría volver a instalar el impuesto a las ganancias de la cuarta categoría.

Sin embargo, en el caso de los precios (de las prepagas y cualquier otro) estamos ante algo más que la mentira. Ahora se trata de la incapacidad de la teoría austriaca para dar cuenta de las relaciones económicas reales del modo de producción capitalista. Lo dijimos en una nota de mayo de 2022 (aquí) escrita a propósito del debate que Milei mantuvo con Juan Grabois. En ese cruce Milei hizo una fuerte defensa de la teoría austriaca del valor y en particular del principio de imputación.

Recordemos que, según este principio, los precios de los bienes de consumo determinan los precios de los medios de producción, o sea, los precios de los bienes “de orden superior”, así como los precios de los “servicios”, tierra y trabajo. Para verlo con un ejemplo: según los economistas de la corriente austriaca, del precio de una ventana de aluminio se deriva el precio del aluminio, así como los precios de los equipos, máquinas, materia prima (la alúmina en particular) y fuerza laboral con que se produce el aluminio; precios a partir de los cuales habría que seguir remontando “hacia arriba” para determinar el precio de, por ejemplo, la máquina y la fuerza de trabajo que se emplean para obtener la alúmina; y el precio de la máquina y la fuerza de trabajo que se emplean para producir las máquinas que producen la máquina con que se obtiene la alúmina, etc. Todo esto, enfatizo, deducido del precio de la ventana, el bien final. Y este precio del bien final es el resultado de “el acto valorativo original y fundamental [que] atañe exclusivamente a los bienes de consumo; todas las demás cosas son valoradas según contribuyan a la producción de estos” (Menger, Principios de economía política, Madrid, p. 156).

Según Milei (en el debate con Grabois), en los “clásicos” los precios “naturales”, o de equilibrio, son determinados por los costos. En cambio, según la escuela austriaca, son los precios los que determinan los costos “porque en función de lo que vos recibís es lo que podés pagar, de manera que el eje central está en la preferencia, la escasez” textual de Milei). Llevado esto al tema prepagas, los precios de los insumos, y de la fuerza laboral (médicos, enfermeros, personal auxiliar) estarían determinados las valoraciones de utilidad marginal de los consumidores, sus ordenamientos de preferencias y la escasez.

Radicalmente subjetivista e irreal

Uno de los argumentos de los austriacos más citado dice que los precios contienen toda la información necesaria y disponible. Como si el precio de un producto que es nocivo para el medio ambiente, o que genera adicción, pudiera proveer esa información al consumidor (véase aquí para una crítica). Es a todas luces un enfoque irrealista y subjetivista (en el sentido de carente de evidencia empírica). Sin embargo, la teoría del valor de los austriacos, y su tesis de la imputación, son, si se quiere, aún más radicales en términos de subjetivismo y arbitrariedad despojada de realidad.

Lo hemos presentado con alguna extensión en notas anteriores (aquí, aquí): Los propios referentes de la escuela austriaca no pudieron explicar por qué y cómo se determinan por imputación los precios de los medios de producción o de la fuerza de trabajo. La “solución” de Menger –suponer que un determinado factor está ausente- no se sostiene, ya que la pérdida de producto por la ausencia del insumo puede ser mayor que su contribución al producto final. Wieser hizo esta crítica, y presentó otra solución que, él reconoció, solo es aplicable a un caso especialísimo (la misma cantidad de insumos que de productos). Imposible de generalizar a una economía con millones de mercancías que se producen con millones de insumos diversos (materias primas, bienes de capital, trabajos).

Pues bien, este último es el caso de los precios por los servicios de salud y los medicamentos. En términos concretos, ¿cómo se deriva de la utilidad marginal que experimentan los pacientes que concurren a una clínica, el valor de, por ejemplo, el repuesto de un aparato que hace ecografías; o el valor de un insumo que se utiliza para fabricar determinado remedio? No hay manera de hacerlo. Los cálculos tienen que hacerse, finalmente y en la realidad, en términos de costos de producción (y ganancias). Por supuesto, puede ocurrir que llegado al mercado la demanda no valide el precio de producción tentativo y el productor sufra pérdidas. Pero esto no tiene que ver con “imputaciones”, sino con las oscilaciones entre oferta y demanda, responsables de que los precios de mercado oscilen en torno a centros de gravitación, determinados siempre por los costos.

Para terminar, estamos ante una construcción especulativa e insostenible, teórica y empíricamente. No tiene relación con lo que es la práctica más común, y de superficie, de las empresas capitalistas (no hablemos ya de indagar en las relaciones profundas). Por eso, de hecho, los análisis económicos y los debates se deslizan, necesaria e inevitablemente hacia los problemas de costos (los costos laborales en primer lugar) y ganancias. Es lo que ocurre con el debate que se ha suscitado por los aumentos de las cuotas de las prepagas. Aunque, imperturbable, Milei sigue descalificando –“burro”, “ignorante”, “te lavaron la cabeza”- a todo el que no acuerde con las absurdas abstracciones de la teoría austriaca.

viernes, 18 de agosto de 2023

El triunfo electoral de la ultraderecha y la crítica marxista

 Rolando Astarita [Blog]

De acuerdo al enfoque que ha manejado tradicionalmente la izquierda, la crisis económica y el empeoramiento de las condiciones de vida de las masas deberían generar un campo propicio para las ideas socialistas y la organización de los trabajadores y los oprimidos. Condiciones que, en principio, parecen reunirse en la Argentina: la economía está estancada desde hace más de 10 años; la pobreza llega al 45% de la población; la inflación supera el 110%; los ingresos de los trabajadores y jubilados están en caída libre desde hace tiempo; el descontento con los partidos tradicionales es extendido; la izquierda dirige porciones significativas del movimiento de desocupados; y sus candidatos y propuestas son conocidos por el gran público. En suma, todo indicaría que estaban dadas las condiciones para que en estas elecciones se concretara el, tantas veces anunciado, “giro a la izquierda de las masas peronistas”.

Pero no hubo giro. El peronismo-kirchnerismo perdió 5,7 millones de votos en relación a 2019. Juntos por el Cambio perdió 1,3 millones de votos, también en relación a 2019. De manera que entre JxC y UP perdieron unos 7 millones de votos. Pero la izquierda (FIT-U, Política Obrera, Nuevo MAS) obtuvo apenas unos 590.000 votos. 7,1 millones fueron a la ultraderecha, a Milei. Este se impuso en 16 provincias y fue segundo en otras cuatro.

Al avance de Milei se lo explica mayormente por “el voto bronca”. Pero esto no responde a la cuestión central: ¿por qué el descontento fue a parar a la ultraderecha y no a la izquierda? Es lo que se pregunta Mario Wainfeld en Página 12, (16/08): “Con altos índices de pobreza, sueldos que no alcanzan para llegar a fin de mes, presencia lesiva del Fondo Monetario Internacional (FMI)… cuesta captar por qué no crece la izquierda con representación en el Congreso, en los movimientos sociales y en el espacio público. Tiene referentes conocidos, con presencia de años, militantes piqueteros muy activos, dirigentes sindicales”. De nuevo, ¿por qué el voto que rompió con el peronismo kirchnerista y, en menor medida con JxC, no fue a la izquierda? Es la pregunta que se hacen muchos militantes o simpatizantes de la izquierda. No tengo una respuesta acabada, pero presento algunas cuestiones que adelanté en entradas anteriores.

Alta inflación y la demanda de “orden”

En una entrada con fecha 26/07/2022 (aquí), y a propósito de la aceleración de las devaluaciones y la inflación, escribimos: “La crisis cambiaria y monetaria… profundiza la crisis de la acumulación. En el extremo, la continua pérdida de valor de la moneda hace inviable el funcionamiento del mercado, ya que se vuelve imposible comparar productividades y tiempos de trabajo. Las transacciones se interrumpen y se privilegia el atesoramiento. En respuesta, crece el reclamo de ‘poner orden’ y estabilizar la economía. Por eso una situación de crisis aguda no siempre da lugar a una salida de izquierda (como muchas veces parece pensar la izquierda). Puede imponerse un programa económico de derecha. Por caso, la hiperinflación bajo Alfonsín y la primera parte del gobierno menemista legitimó, ante los ojos de la población, la disciplina monetaria de la Convertibilidad”.

Desde entonces, la inflación y la depreciación del peso continuaron a todo vapor, al punto que hoy, pos-Paso, la economía se dirige hacia una altísima inflación (dos dígitos mensuales) y orilla la hiperinflación. Con el agregado de que las soluciones de izquierda, del tipo control de precios “pero en serio”; “aumentar los salarios e indexarlos para bajar la inflación”; “dejar de pagar las Leliq”, y similares, no son creíbles para la opinión pública. Repetimos: en coyunturas de altísima inflación la sociedad busca salidas, a derecha o izquierda, pero salidas. Y en Argentina apuntó hacia la ultraderecha.

Estatismo keynesiano (bastardo) y “socialismo”

En la nota citada también hicimos referencia a las limitaciones del keynesianismo bastardo, defendido por el kirchnerismo y las diversas variantes del populismo nacionalista. Una cuestión central, ya que el fracaso de los experimentos progre-estatistas-populistas suele tener consecuencias graves y duraderas.

Por eso hace un año escribíamos que “las consecuencias del fracaso de políticas keynesianas populistas finalmente allanan el camino a políticas de ajuste”. Para dar un ejemplo sencillo: es imposible sostener la demanda en base a gasto del Estado financiado con emisión monetaria crónica. Semejante engendro desemboca, inevitablemente, en una crisis. En este respecto, autores poskeynesianos dicen, con razón, que este tipo de populismo económico “comúnmente ha sido legitimado por un cierto tipo de ‘keynesianismo’ que da énfasis exclusivo a la demanda efectiva… y recomienda el uso indiscriminado de política fiscal y déficit fiscal como medios de estabilización cíclica”. Se lo conoce como keynesianismo bastardo porque, de hecho, ni siquiera Keynes abogó por tales políticas. Mucho menos se puede decir que las mismas tengan algo que ver con lo que propone el marxismo (de Marx).

Sin embargo, desde la izquierda que se reivindica marxista con frecuencia se piden mayores dosis del remedio estatista-populista (por ejemplo, alguno acusa al gobierno de Alberto Fernández de haber aplicado un “estatalismo blando”). Para colmo, este discurso se combina con la manía de proponer todo tipo de curanderismo social para acabar con los padecimientos de las masas trabajadoras. Por ejemplo, acabar con el desempleo prohibiendo los despidos; o repartiendo horas de trabajo en un mar de trabajadores precarizados y en negro. Y así podríamos seguir. Es difícil, con semejantes enfoques, responder a las críticas de los economistas burgueses (incluidos los de la ultraderecha).

La crítica a la burocracia y el Estado  

Una cuestión que no debería ser descuidada por la izquierda es la crítica a toda forma de control estatal-bonapartista sobre la clase obrera. En relación a este tema, hace ya tiempo recordamos la crítica de Marx y Engels a los intentos de debilitar al movimiento obrero con el control del Estado de las cooperativas de trabajo (aquí). En esa nota escribimos:

“La crítica a toda forma de control del movimiento obrero por el Estado está en la esencia de la tradición revolucionaria del marxismo. El estatismo burgués puesto al servicio de la división, cooptación y corrupción de los trabajadores no tiene un ápice de progresivo. Pero estas prácticas hoy están naturalizadas y son justificadas por gran parte del progresismo bienpensante izquierdista, y un amplio abanico de la izquierda “nacional, antiimperialista y popular”.

“Lo grave es cuando esta corrupción organizada penetra en las filas del movimiento obrero, divide, envenena las relaciones, amedrenta y corrompe. Y desde la izquierda marxista tenemos que admitir que amplios sectores de la clase obrera argentina toleran, por lo menos, esta injerencia sistemática del estatismo burgués burocrático. Para decirlo en las palabras de Marx, aceptar estas prácticas equivale a abandonar el punto de vista de clase”.

Esto se complementa con la crítica marxiana al Estado y a la burocracia estatal. Por caso, Marx en referencia al Estado francés: “Los impuestos son la fuente de vida de la burocracia, del ejército, de los curas y de la corte; en una palabra, de todo el aparato del poder ejecutivo. Un gobierno fuerte e impuestos elevados son cosas idénticas”. Y en otro pasaje:

“Se comprende inmediatamente que en un país como Francia, donde el poder ejecutivo dispone de un ejército de funcionarios de más de medio millón de individuos y tiene por tanto constantemente bajo su dependencia más incondicional a una masa inmensa de intereses y existencias, donde el Estado tiene atada, fiscalizada, regulada, vigilada y tutelada a la sociedad civil, desde sus manifestaciones más amplias de vida hasta sus vibraciones más insignificantes, desde sus modalidades más generales de existencia hasta la existencia privada de los individuos, donde este cuerpo parasitario adquiere, por medio de una centralización extraordinaria, una ubicuidad, una omnisciencia, una capacidad acelerada de movimientos…” (aquí).

La burocracia estatal, con sus privilegios y las múltiples formas de control clientelar de las masas oprimidas desde el aparato del Estado, es una de las fuentes de mayor bronca e irritación popular. Pero estas no encontraron, al menos en alguna medida significativa, un canal de expresión en la izquierda.  

La quiebra del ideario socialista

Lo anterior se combina con una dificultad más estructural, que enfrenta la izquierda: la crisis y/o derrumbes de los muchos “socialismos” que hubo a lo largo del siglo XX y hasta el presente (hoy Cuba, Corea del Norte, Venezuela). En una nota de agosto de 2015, y a raíz de los resultados electorales de entonces (los partidos burgueses obtenían el 90% de los votos), escribimos:

“… uno de los problemas graves que enfrentamos los marxistas es que el ideario socialista hoy está quebrado en la conciencia de las masas trabajadoras. (…) Los fracasos de los ‘socialismos reales’, o el actual desastre del ‘socialismo siglo XXI’, no son cuestiones menores. La izquierda no puede desconocerlos. En 1927, o sea, apenas una década después del triunfo de la revolución, Trotsky pronosticó que una vuelta de la URSS al capitalismo provocaría un retroceso “infinito” en la conciencia socialista de la clase obrera mundial. En 2015, … aquel pronóstico de Trotsky tiene validez multiplicada. Por eso, la pregunta que hacían hace poco unos periodistas a representantes de la izquierda en un programa de TV, “¿en qué país se aplicó con éxito lo que ustedes defienden para Argentina?”, es crucial e ineludible.

Sin embargo, las respuestas no terminan de convencer, o barren los problemas debajo de la alfombra. Para ponerlo en términos de preguntas: ¿se puede seguir mirando para otro lado ante lo que sucede en Venezuela o Cuba? ¿Se puede argumentar seriamente que todos los problemas se deben a “la derecha y el imperialismo”.

Mirar de frente las dificultades

Terminábamos la nota de 2015: “El problema hay que ponerlo en la agenda de discusión de la izquierda. Y para eso, el primer paso, es volver al criterio de Engels: mirar las dificultades de frente, sin empañarlas con frases consoladoras”.

Pero esto es lo que no se hace. Se sigue eludiendo el problema. “Ganamos la interna de la izquierda”; “se profundiza la crisis de la burguesía”; “la verdadera correlación de fuerzas la establecemos en las calles” y similares. O el llamado a hacer asambleas, “impulsar la deliberación política”, romper con la burocracia sindical y el peronismo, salir a luchar. Pero esto es lo que no ocurrió hasta ahora, a pesar del agravamiento de la crisis y la pérdida de los salarios y las jubilaciones. Peor todavía, millones votaron a la ultraderecha. La ola derechista no se revierte convocando simplemente a luchar, o a cortar calles. De nuevo, hay que mirar de frente las dificultades.

Individualismo, libertad, ataque ideológico al socialismo

Lo planteado en el apartado anterior apunta a que no hay que minusvalorar el peso ideológico y político del discurso de la ultraderecha. En particular, su exaltación del individualismo, que apunta a quebrar todo sentimiento de solidaridad, de hermandad de clase de los explotados. Este mensaje encuentra oídos receptivos en coyunturas de crisis y en ausencia de programas y perspectivas superadoras por la izquierda. Por eso la derecha busque exacerbar la competencia entre los mismos trabajadores, o entre los que tienen trabajo y los que están desocupados. El comportamiento egoísta es fomentado de todas las formas posibles. Es la esencia de la “batalla cultural” de los Milei y Benegas Lynch.

Esa exaltación del individualismo enlaza con la concepción de libertad de los utilitaristas y de los liberales. Es la libertad del hombre considerado como una mónada, aislado, replegado sobre sí mismo, sumergido en relaciones sociales que no domina (tomamos palabras de Marx). Pero en ese marco no hay verdadera libertad. O, más precisamente, es una libertad condicionada por las relaciones sociales a las que está subordinado el individuo.

Pero esto es pasado alegremente por alto por los liberales. Por eso Milei dice que el obrero, desprovisto de medios de producción, ejerce sin embargo su libertad al optar entre ser explotado o morirse de hambre (véase aquí). Es la libertad convertida en cínica abstracción del sometimiento social que padecen los que solo disponen de su fuerza de trabajo. Es lo opuesto a la concepción de que el desarrollo personal y la libertad solo se pueden realizar en comunidad: “Solamente dentro de la comunidad, con otros, tiene todo individuo los medios necesarios para desarrollar sus dotes en todos los sentidos; solamente dentro de la comunidad es posible por lo tanto la libertad personal” (Marx y Engels, La ideología alemana; énfasis agregado).

Enfatizamos: es esta idea la que los ultraderechistas quieren destruir centralmente, por encima o por debajo de tal o cual medida puntual. Dividir, atomizar, inficionar los espíritus del ideal “me ocupo de lo mío y el resto me importa nada”, como arma de sometimiento y corrosión de la solidaridad entre los explotados. Es la lucha ideológica y política en su forma más descarnada y cínica, apenas disimulada detrás del slogan “la libertad avanza”.   

La campaña contra la izquierda y el pensamiento crítico

Miley y los suyos buscan destruir el ideario, crítico y emancipador, de realización de la libertad en una comunidad solidaria. De ahí el desaforado grito de “Zurdos, hijos de puta, tiemblen”, apoyado en las redes por cientos de “libertarios”. Es la convocatoria a instalar un clima de caza de brujas, para eventualmente avanzar en purgas políticas (en universidades; contra partidos de izquierda; contra sindicatos obreros o centros de estudiantes opositores). El reciente ataque de Milei a la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA debe ubicarse en este contexto. Enlacemos esto con un consenso represivo más general: como botón de muestra, citamos el llamado de Espert, (alineado con el «moderado» Rodríguez Larreta) a meterle bala a los piqueteros (aquí).

En el mismo sentido va la afirmación de Milei de que el calentamiento global “es otra de las mentiras del socialismo”. En una entrada anterior, referida a esto, escribimos: “…estamos ante la barbarie discursiva, mantenida a toda costa por encima de los hechos comprobados. Es el oscurantismo propio de regímenes fascistas y totalitarios. Es la anti-ciencia del fanático, al que le basta con vociferar sus teorías paranoico-conspirativas para querer llevarse todo por delante. Es el “asalto a la razón” en toda regla” (aquí,). Pero esto también es ofensiva ideológica y política reaccionaria. ¿Cómo Milei no va a querer destruir el Conicet después de algo así?

La perspectiva en lo inmediato

Al margen de vaivenes coyunturales, todo indica que en los próximos meses se mantendrá el deslizamiento electoral hacia la derecha. Y al empeoramiento continuado de las condiciones de vida de las masas, se le sumarán medidas que buscan barrer toda capacidad de resistencia de los oprimidos y explotados. Se trata de fenómenos sociales que abarcan a millones de personas. Por eso, dada la correlación de fuerzas existente la izquierda hoy no tiene posibilidades de dar vuelta la situación. Pero sí valdría la pena reexaminar muy seriamente las orientaciones y programas políticos que se han defendido. Parece imprescindible frente a esta ola reaccionaria en ascenso.

Para bajar el documento: https://docs.google.com/document/d/12aKvdzkwPJWnovjV9nDDPT2HkejKP5zO9sRmv6yMAOU/edit?usp=sharing

viernes, 4 de marzo de 2022

Reflexiones desde un enfoque socialista sobre la invasión rusa. Comentario HHC

Por Rolando Astarita


En esta nota presento algunas reflexiones (que no pretenden ser exhaustivas) sobre la invasión rusa a Ucrania, iniciada el 24 de febrero.

En primer lugar, señalemos el carácter reaccionario y nacional-chovinista de la intervención rusa en Ucrania. Una expresión brutal de ese carácter es la negación, por parte de Putin, del derecho a la existencia independiente de Ucrania. Hasta echó la culpa del asunto a Lenin, quien reconoció el derecho de los ucranianos a la autodeterminación.

Para lo que nos ocupa, es importante señalar que, si bien Lenin no fomentaba la separación de las regiones y pueblos, sí afirmaba que un Estado obrero centralizado debía sostenerse en la libre adhesión de todos aquellos que lo integraran. En una intervención del 6 de diciembre de 1921, decía: “La federación impuesta desde lo alto no será otra cosa que la creación de un aparato burocrático suplementario, completamente impopular a los ojos de las masas, y separado de ellas”. La advertencia era a propósito de las quejas de las repúblicas del Cáucaso (Georgia, Armenia, Azerbaiyán) por los métodos centralistas burocráticos con que se las presionaba. Y de hecho, en 1921 Georgia fue “sovietizada” por la fuerza, como admitiría Trotsky muchos años después. Por eso, y con razón, los georgianos comunistas disidentes criticaban la idea de que una revolución pudiera basarse en la superestructura (la burocracia), sin tener en cuenta el estado de la sociedad, sus aspiraciones, sus necesidades (véase Carrere D’Encausse, 1987).

De manera que históricamente se plantearon dos orientaciones: la de Lenin (pero no siempre aplicada por el líder bolchevique) sobre que el reconocimiento de los derechos nacionales era la única manera de superar efectivamente la conciencia nacional, y avanzar a la unidad. Y el enfoque burocrático administrativo, según el cual esa superación se haría por imposición represiva, “desde arriba”. Indudablemente Putin, y la dirección rusa, continúan esta última línea. Aquí solo importa la decisión de una dirigencia que se ubica por encima de lo que quieren las masas obreras, campesinas y populares, y sofoca cualquier posibilidad de deliberación democrática de los pueblos. Por eso, con desprecio de la historia, de las realidades culturales, de la voluntad de los ucranianos, Moscú reconoce la independencia de dos pequeñas y ficticias “repúblicas” del Donbass (creadas en 2014 en base al apoyo de la misma Rusia) y rechaza el derecho a la existencia de la nación ucraniana. El resultado es la profundización de las divisiones y rencores nacionales, y la exacerbación de los conflictos al interior de las propias masas trabajadoras. El rol criminal de Rusia en Siria, en apoyo al régimen de Al Assad, se repite hoy, y de forma acrecentada.

La entrada de las tropas rusas en Ucrania divide a los pueblos; y entroniza la idea del líder –o del poder ejecutivo, da igual- que decide por encima las masas. Por eso los defensores de regímenes como los de Venezuela, Nicaragua, Cuba, Siria, apoyan a Putin. Es lo opuesto a la idea, consustancial al pensamiento de Marx, de que “la liberación de los trabajadores será obra de los mismos trabajadores”. También es lo opuesto al internacionalismo y la solidaridad entre los pueblos. Para los marxistas, el criterio debería ser que es progresivo todo lo que lleva a reforzar la solidaridad y la colaboración entre las masas trabajadoras, sea cual sea su nacionalidad, y reaccionario todo lo que incite a las divisiones nacionales, étnicas, o de cualquier otro tipo. Pero esto es lo que provoca esta invasión. Con el agregado de la descomposición social –millones de nuevos emigrados buscando un lugar por Europa, a merced de gobiernos y regímenes políticos que les son hostiles.

En segundo lugar, la prepotencia nacionalista “gran rusa” va de la mano de regímenes cada vez más represivos, y de corte bonapartista. La persecución de las disidencias, la prohibición de expresarse, de manifestarse, son las consecuencias naturales del nacionalismo burocrático. No es casual que hoy en Rusia se considere “traición a la patria” oponerse a la guerra. Y peor todavía la represión rusa en Ucrania.

En tercer término, hay que enfatizar el rol criminal de la OTAN, con EEUU a la cabeza. Hicieron todo lo posible para cercar a Rusia y atizar el conflicto. En sus orígenes la OTAN se conformó como una alianza de carácter principalmente ofensivo contra la URSS y el bloque soviético. Con la caída del sistema soviético, en principio, debía desaparecer. Pero la política de EEUU fue extenderla indefinidamente. Así, hasta mediados de los 2000 se unieron a la Alianza Atlántica Lituania, Estonia, Letonia, Polonia, Rumania, Hungría, República Checa, Bulgaria, Eslovaquia y Eslovenia. En 2009 lo hicieron Albania y Croacia; en 2017 la OTAN reconoció como miembros “aspirantes” a Bosnia-Herzegovina y Georgia; en 2019 admitió, también como aspirante, a Macedonia del Norte. Frente a esta amplia coalición, que rodea a Rusia, está la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), integrada por Rusia, Armenia, Bielorrusia, Kazajistán Kirguistán y Tayikistán. Georgia, Azerbaiyán y Uzbekistán, que formaron parte de la alianza, se retiraron. La OTSC es incomparablemente menor que la OTAN. Por caso, el gasto militar del conjunto de los países de la Alianza Atlántica es de unos 1,174 billones de dólares; el gasto militar ruso (dato del gobierno ruso) sería 18 veces menor.

Por lo tanto, Rusia siempre consideró que la ampliación de la OTAN representaba una agresión a su seguridad. En ese respecto es digno de notar que periodistas, analistas y políticos de EEUU (Kissinger entre ellos) se opusieron a la política de cercamiento y hostigamiento hacia Rusia. Pero EEUU y la OTAN, continuaron la extensión de la Alianza.

La tensión creció. En 2008, cuando el gobierno ucraniano envió una carta oficial a la OTAN para la aplicación de un Plan de Membrecía (MAP), Putin advirtió que la entrada de Ucrania representaba una amenaza para su país. Algo similar ocurrió con Georgia. Su gobierno rompió relaciones con Rusia tras la intervención militar de esta, en 2008, en apoyo de la secesión de las provincias Osetia del Sur y Abjasia. Y solicitó la adhesión a la OTAN. Rusia advirtió que su línea roja era el despliegue de sistemas de ataque de Occidente en Ucrania y Georgia. Pero EEUU respondió con el argumento del derecho de Ucrania y Georgia a decidir lo que quisieran hacer. La OTAN, por su parte, prometió que ambos países serían admitidos en algún momento del futuro. Otro episodio de alta tensión se suscitó en junio de 2014, cuando un enviado de Putin sugirió, en entrevista con la prensa, que si Finlandia adhería a la OTAN podía iniciar la Tercera Guerra Mundial. Ese mismo año Rusia intervenía en Crimea e incitaba a los separatistas de Donetsk y Lugansk a declarar la independencia.

Con estos antecedentes, todo indicaba que en la cumbre de la OTAN a realizarse en 2022, Georgia y Ucrania serían admitidas. En diciembre de 2021 Rusia exigió a la OTAN que retirara la promesa de incorporar a Ucrania y Georgia. La OTAN y EEUU se escudaron en el “derecho de cada país a decidir”. Argumento curioso: en 1962 EEUU estuvo al borde de desatar una guerra mundial, y nuclear, porque no admitía la instalación de misiles en Cuba. Lo consideraba una amenaza a su seguridad. ¿Y el derecho a la autodeterminación? Esto para no hablar de la cantidad de intervenciones militares de EEUU, o de tropas armadas por EEUU, en las más diversas ocasiones y países (incluido Cuba). Más la promoción de golpes de Estado, y apoyo a sangrientas dictaduras militares. Esta historia, y la expansión de la OTAN hacia el Este ponen en evidencia que EEUU, y la OTAN, hicieron todo lo posible por llevar al extremo las tensiones con Rusia.

En cuarto término, y vinculado a lo anterior, no basta con decir que la OTAN se expandió hacia el este y cercó a Rusia. Es que ese avance no pudo haber ocurrido sin la aceptación, en algún grado apreciable, de los pueblos de esos países. Los gobiernos que encabezaron y promovieron esos procesos no sufrieron cuestionamientos importantes, y en muchos casos los parlamentos votaron las adhesiones. Incluso en países que tradicionalmente se mantuvieron “neutrales”, como Suecia y Finlandia, las opiniones están divididas (también parecían estarlo en Ucrania). Además, entre los argumentos que esgrimen los partidarios de mantenerse al margen de la OTAN figura, en primer lugar, no enemistarse con Moscú. No se advierte que haya un rechazo en sectores significativos de las poblaciones del centro y este de Europa, o de los países bálticos, a la OTAN en tanto aparato militar del imperialismo y del capital trasnacional.

Por lo tanto hay que mirar de frente y explicar esta falta de reacción de los pueblos contra la OTAN. Una posible respuesta es que estamos ante una consecuencia de la larga historia de intervenciones militares rusas, soviéticas o no soviéticas, en esos países. Por ejemplo, y a raíz de la intervención de Rusia en Georgia, en 2008 el gobierno convocó a un referéndum. El resultado fue que el 72% de los votantes estuvieron a favor de entrar en la OTAN. Parece imposible evitar la conclusión de que consideran a la OTAN una protección frente a la amenaza rusa. Se genera así una espiral de acciones y reacciones que solo puede desembocar en un incremento extremo de las tensiones.

En cualquier caso, la demanda de retirada de la OTAN no parece tener mucha posibilidad de enraizar en esos pueblos, al menos por el momento. Con el agregado de que la no membresía en la OTAN tampoco impide la colaboración y participación en operaciones militares internacionales junto a la Alianza. Es el caso de Suecia, entre otros.

En quinto lugar, y en un plano más especulativo –hoy nadie sabe hasta dónde llegará Putin- adelantamos la hipótesis de que Ucrania puede pasar a ser un país semicolonial con respecto a Rusia (utilizando las conocidas categorías empleadas por Lenin, véase aquí) . Es lo que ocurriría en caso de que se imponga un gobierno títere sustentado en las tropas de invasión y manejado por Moscú. En ese caso Ucrania habría pasado de país dependiente del capitalismo más globalizado a semicolonia rusa. Siempre en la línea del enfoque leninista, en esa eventualidad estaría planteada una lucha por la liberación nacional de Ucrania. Desde el punto de vista militar y geopolítico Rusia anularía toda posibilidad de adhesión de Ucrania a la OTAN. Desde el punto de vista económico, Ucrania sería empujada a una mayor relación comercial con Rusia. Sin embargo, ello no impedirá que, en el mediano plazo, vuelva a hacerse sentir la presión del mercado mundial sobre Ucrania. El poder de Rusia es limitado. A pesar de tener fuertes reservas y baja deuda, su pbi, como se ha señalado por estos días, es aproximadamente igual al de Italia; su pbi per cápita mucho menor; y está lejos de ubicarse a la vanguardia del cambio tecnológico. A largo plazo, no tiene forma de contrarrestar la superioridad económica de EEUU y las potencias europeas; o de China.

Sexto, se plantea la pregunta de si la invasión a Ucrania es el prolegómeno de una Tercera Guerra Mundial. Siguiendo las tesis sobre el imperialismo de Lenin, algunos marxistas consideran que el mundo va en camino al enfrentamiento armado entre las potencias. Es que según Lenin (también Bujarin) era inevitable el estallido de nuevas guerras entre las potencias por el reparto del mundo. Aquellos marxistas que siguen adhiriendo a ese pronóstico dicen que la entrada de Rusia en Ucrania es el prolegómeno de una Tercera Guerra Mundial. Aunque algo similar anunciaron en 2003, cuando EEUU y Gran Bretaña invadieron Irak. También cuando Rusia se quedó con Crimea, en 2014. Sin embargo, la anunciada guerra mundial no ocurrió. Y todo indicaría que ahora el conflicto tampoco escalaría hasta una guerra entre las potencias y de carácter mundial. Es una realidad que los países de la OTAN se abstuvieron de enviar tropas a Ucrania. Como dijo su presidente, “nos dejaron solos”.

Hay que explicar entonces por qué, transcurridas casi ocho décadas desde el final de la Segunda Guerra, no volvieron a ocurrir enfrentamientos de esa envergadura. He tratado la cuestión en Valor, economía mundial y globalización. La idea central –que tomo de Ernest Mandel (1969) y de Arrighi (1978)- es que el entrelazamiento mundial de los capitales pone un techo al desarrollo de los conflictos. Cito un pasaje: “Como ya lo había señalado Mandel, tal vez la transformación más importante en lo que atañe a las relaciones entre las potencias haya sido que en la posguerra la centralización del capital dejo de ser ‘nacional centrada’ y pasó a ser internacional. Fue ese cambio el que indujo a Arrighi, a fines de los setenta, a plantear que la integración económica vía la inversión directa, que se había desarrollado en la posguerra bajo hegemonía de Estados Unidos proporcionaba una base estructural que explicaba la ausencia de guerras inter-imperialistas” (p. 341).

Por ejemplo, el entrelazamiento de capitales de diversas naciones y la formación de la Unión Europea hacen muy improbable una guerra entre países del viejo continente volcados a la defensa de “sus” capitales nacionales. Pero lo mismo ocurre con las potencias no europeas. Las tenencias de activos (títulos de deuda, paquetes accionarios, propiedades inmobiliarias, etcétera) de un país por parte de los residentes de otro país hacen que esos inversores pierdan la identificación exclusiva con “su” Estado nacional. “Esta interpenetración de los capitales brinda entonces una base para comprender por qué los conflictos tienen un techo objetivo en su escalada…” (p. 343).

Con lo dicho no se pretende afirmar que los conflictos geopolíticos entre los Estados –por zonas de influencia, por mejorar las posiciones competitivas de sus capitales, por cuotas de mercado o acceso a las fuentes de materias primas- desaparezcan, sino que los mismos tienen un techo. Hasta cierto punto se localizan y limitan (aunque siempre siga planteada la posibilidad de que uno de esos choques desemboque en un conflicto generalizado).

Esta situación de conflictos en la unidad del sistema capitalista mundial ayudaría a explicar por qué el enfrentamiento con Rusia parece tener límites. Ya en 2014, cuando se aplicaron sanciones económicas a Moscú (por Crimea y su actuación en Donbas), continuaron las inversiones de Alemania y Francia en Rusia. Así, hoy Francia es el principal empleador extranjero en Rusia. Empresas como Total tienen fuertes inversiones en hidrocarburos; también en el sector financiero actúan grupos franceses como Societé General. De la misma manera, en 2014 el capitalismo germano tenía inversiones en Rusia por unos 20.000 millones de euros; y en los años siguientes no disminuyeron significativamente. Alemania y Francia presionaban a países más débiles (caso Grecia) para que hicieran efectivas las sanciones, pero ellas mismas continuaban con sus negocios. Como también se ha señalado repetidas veces por estos días, actualmente Alemania obtiene el 40% de su petróleo y la mitad de su gas natural de Rusia. Por supuesto, las sanciones económicas van a tensionar y tal vez revertir parcialmente esta imbricación de intereses capitalistas. Pero no parece que, en el largo plazo, revierta la tendencia a la mundialización del capital.

Por último, señalo un factor que está ausente en muchos análisis de la izquierda. Me refiero a que la clase obrera no tiene un centro de organización, una Internacional. Es expresión del debilitamiento extremo al que han llegado las corrientes internacionalistas y revolucionarias. No existe, ante esta coyuntura, organización internacional alguna de las masas trabajadoras, que pueda coordinar y orientar una respuesta internacionalista frente a la guerra, el avance de los nacionalismos y del militarismo al servicio de las multinacionales o las burocracias. En la mayoría de los países los trabajadores siguen a líderes y partidos capitalistas y nacionalistas, en algunos casos moderadamente reformistas. Pero la única respuesta progresiva frente a esta situación solo puede darla un programa y una estrategia organizada desde una orientación internacionalista. Es imprescindible tenerlo presente.

Textos citados:

Arrighi, G. (1978): La geometría del imperialismo, México, Siglo XXI.

Carrere D’Encausse, H. (1987): Le Grand Défi. Bocheviks et Nations, 1917-1930, Flammarion.

Mandel. E. (1969): Tratado de economía marxista, México, Era.


Comentario HHC: No estoy de acuerdo con lo que plantea  el autor de corriente Troskista, sobre lo que denomina " regimenes" de Venezuela, Nicaragua y Cuba, que por cierto no es la primera vez que lo hace. 

Curiosamente Cuba se abstuvo en la ONU en la reciente votación de la Asamblea General condenando a Rusia por la guerra a Ucrania ,  y Siria si voto en contra de la misma. La misma Asamblea que le ha pedido a EEUU la eliminación del Bloqueo, por mucho mas voto a favor de Cuba, y  en 26 ocasiones , y ha ignorado el gobierno norteamericano. 

Pero Victoria Nuland Subsecretaria de Estado para Asuntos Políticos de los EEUU " exhorto a Rusia a que escuche la voluntad de la Asamblea General de la ONU".  ¿ Será como mismo ellos lo han hecho estos 26 años ?


Pero el artículo es atendible desde la perspectiva  histórica, al tiempo que me parece correcto lo que plantea de la Internacional, esa que nuestro José Martí alabó a la muerte de Carlos Marx.