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martes, 8 de marzo de 2016

Proyecto Cero, el sistema que provocará que el capitalismo colapse

Por Paul Mason

'Postcapitalismo' (Paidós), el libro que acaba de editar en España Paul Mason, el responsable de economía de Channel 4 News, se ha convertido en el ensayo de moda en el Reino Unido, hasta el punto que 'The Guardian' ha llegado a afirmar que Mason es un digno sucesor de Marx. El texto contiene profundos análisis económicos, pero también una lectura sobre los tiempos que vienen desde una perspectiva que los activistas de la nueva izquierda, esa que ha nacido de las casas okupadas, de Toni Negri y del entorno colaborativo, acogen con entusiasmo.
En el texto, Mason recoge ideas de Adam Smith y de Marx y muestra el mismo entusiasmo que Silicon Valley respecto de la tecnología, ya que está convencido de que las posibilidades de la automatización nos llevarán a una sociedad mejor, muy alejada del neoliberalismo reinante. Insiste además en que el capitalismo colapsará y abrirá las puertas a un mundo poscapitalista mucho más adecuado a las necesidades del ser humano actual.
La transición de un modelo a otro tiene nombre, “Proyecto Cero”, y consiste en lograr los siguientes objetivos: un sistema energético de cero emisiones de carbono, la producción de máquinas, productos y servicios con costes marginales cero y la reducción del tiempo de trabajo necesario hasta aproximarlo también a cero. Y cuenta con una advertencia: ya no que nuestros roles como consumidores, amantes o comunicadores son tan importantes para nosotros como el papel que desempeñamos en nuestro trabajo, este proyecto no puede basarse puramente en la justicia económica y social. El Confidencial conversó con él en Madrid sobre lo que nos espera.
PREGUNTA.- ¿Cree que el capitalismo va a colapsar, como pensaba el marxismo?
RESPUESTA.- Sí, pero no de una manera marxista, o al menos no a la manera del Marx de 'El Capital', sino del de 'Fragments on machines', en el que describía la emergencia de una inteligencia social, el 'general intellect'. Cuando Marx llevó a cabo este experimento en su pensamiento, planteaba un colapso del capitalismo totalmente distinto del señalado en 'El Capital'. Esa forma de abordar el asunto no fue descubierta por mí, sino por Toni Negri, él señaló qué aspecto tendría ahora ese 'general intellect' y su relación con las redes de información.
P.- Los comunistas del siglo XX veían bien el capitalismo oligopolístico, porque entendían que les favorecía: pensaban que una vez concentrada la propiedad en pocas personas, sólo tendrían que hacer que cambiase de manos para realizar el paso de un sistema a otro. En su caso, también coincide con la tendencia de tu época, el predominio de la tecnología y de la automatización, porque piensa que puede ser muy útil para generar otro sistema político.
R.- Lo que causó el colapso de la izquierda después del 89 no fue la caída del comunismo soviético, sino la desaparición de la ruta monopolística en el capitalismo. Estábamos de pronto en una sociedad altamente mercantilizada, nos levantábamos todas las mañanas y teníamos que reinventarnos como empresarios individuales. En ese contexto, la nacionalización no tiene mucho sentido. ¿Cómo vas a nacionalizar Spotify? La raíz del cambio tiene que ser hoy tecnológica, granular, que permita la diversidad a pequeña escala, lo cual significa que la gente interactuará de una manera altamente compleja.
Esto no ha sido entendido del todo: mis ideas se han recibido de una manera muy entusiasta, pero he de pasarme mucho tiempo explicando que esto no es una forma de socialismo bajo el logo de Twitter, sino una manera radicalmente diferente de enfocarlo. Yo quiero que la sociedad se automatice rápidamente porque el neoliberalismo está creando miles de trabajos que no necesitamos. Cuando era joven, el lavado de coches lo realizaba una máquina, y ahora lo hacen cinco inmigrantes con bayetas. Eso es regresivo. Necesitamos que esos trabajos estén automatizados, pero esas personas necesitan una forma de ganarse la vida.
P.- El famoso informe de Oxford que afirma que desaparecerá el 47% de los empleos en un futuro cercano se ha hecho muy popular. Usted no lo ve como algo negativo, al contrario que gran parte de la población.
R.- Desde que estaba escribiendo el libro hasta que fue publicado, en Finlandia han realizado un experimento con la aplicación de la renta básica, también han puesto en marcha un programa similar en Utrecht, en Canadá lo ha planteado Trudeau, Suecia ha recortado la jornada laboral a seis horas, e incluso hay voces muy autorizadas en la derecha de Silicon Valley que abogan por ella. Una renta básica no lo soluciona todo, pero puede ser un subsidio único para encarar la automatización, para lo que será necesario recaudar más impuestos. Será el impuesto que pagamos para permitir que la gente viva. Por supuesto esto no les impedirá trabajar, sino que provocará que tomen decisiones más inteligentes y más importantes sobre su empleo.
Si no tomamos agresivamente el control del mercado laboral, la mayoría de la sociedad desarrollada va a empezar a ver una pelea muy fea por el trabajo, también dentro de las posiciones creativas. De hecho, ya estamos viviendo estas luchas encarnizadas: en Gran Bretaña, el sector periodístico ha pasado en una generación de estar ocupado por personas inteligentes de clase trabajadora a ser copada por los hijos de la élite.
P.- Su propuesta para la transición de un modelo a otro lleva el nombre de Proyecto Cero.
R.- Sí, pero más tomarlo al pie de la letra, tiene que entenderse que ha de ser realizado por la gente. Que haya cero emisiones de carbón, el mínimo trabajo posible y producir cosas de manera muy barata o incluso gratuita, es algo muy sencillo de hacer y difícil de conseguir. Tenemos que empezar con las instituciones y la primera que necesitamos es una que pueda hacer predicciones de la realidad de manera muy precisa y a la que podamos hacer preguntas razonables. La NASA tiene modelos muy detallados de clima, de cada kilómetro de la superficie de la tierra, pero es un modelo muy de apretar el botón del control. Lo que necesitamos no es tan complejo como el problema del clima. Hay superordenadores a los que podríamos pedir previsiones que nos dijeran, por ejemplo, qué pasaría si implantásemos una renta básica de siete mil libras al año, o cuestiones similares, lo cual nos permitiría tener predicciones bastante ajustadas que nos permitirían tomar las mejores decisiones. Estamos en una era en la que los ordenadores pueden calcular a tiempo real cosas que en otros tiempos parecerían extraordinarias. Pero, más allá de las propuestas concretas, estamos hablando de un proceso en el que las propuestas emergerán de un ejercicio participativo, democrático y en red.
P.- Atribuye en el nuevo modelo un papel secundario al estado, al contrario que el socialismo.
R.- Esta transición no puede ser llevada a cabo por el estado, sino que debe venir de abajo, pero hay ciertas cosas que aún tiene sentido que éste haga. A mi abuela le dieron una casa gratis, el coste de la energía era bajo, como el del agua y el del sistema sanitario, pero la comida era cara, las herramientas eran caras, y los elementos típicos de consumo, como la televisión, también lo eran. Si el precio de vivir disminuye porque el estado proporciona vivienda, agua, transporte y educación casi gratis, el resto de bienes se pueden conseguir muy baratos a través de los mecanismos colaborativos mucho más que los de mercado. Así podríamos hacer la transición hacia una economía de estado y postcapitalismo.
P.- ¿Se puede construir un sistema mixto, todavía capitalista, desvinculado del dinero, como propone?
R.- El capitalismo puede sobrevivir, pero sólo si sobrevive a Uber, y no se limita a pasar la aspiradora para recoger los desechos, sino que utiliza la capacidad y el tiempo de la gente pobre. La única manera en que se va a poder llevar a cabo la automatización de una forma no destructiva es desvincular el trabajo de los salarios, y eso significa renta básica. En este sistema seguiría habiendo dinero, pero funcionaría de otra manera, de un modo mixto. En las economías del principio de la era soviética se pasaron mucho tiempo teorizando sobre estos sistemas, hasta el momento en que se decidió que se podía hacer la transición sin el mercado, lo cual supuso que muchos fueran eliminados por Stalin.
La tecnología hace posible un socialismo utópico que existe ya a pequeña escala en pequeñas comunidades en estos pequeños contextos. Pero no sólo se queda aquí, mi marco también proporciona resiliencia a la gente normal. Por ejemplo, el trabajo de Manuel Castells muestra cómo en Cataluña mucha gente común adoptó durante la crisis prácticas económicas asociadas al hippismo radical, como los bancos de tiempo o la okupación, que para el liberalismo son incidentales pero para mí no. Del mismo modo que en el feudalismo los bancos eran algo escondido, no oficial, porque no tenían una posición formal y porque al prestamista se le reprimía, llega un momento que eso cambia radicalmente. Y ahora estamos atravesando una transformación similar a la de hace siglos, producto de las cuales estas cosas aparentemente incidentales generarán un sistema nuevo.
P.- Mientras ese mundo llega, parece que los tiempos no pintan bien. La Unión Europea tiene un estilo concreto de política económica que no parece que vaya a cambiar a pesar de que esté dividiendo la sociedad en dos.
R.- Los tiempos están empeorando. Las economías principales para mantener el capitalismo van a tener que desglobalizarse, y Europa va a ser el lugar en el que más difícil lo tengan. Hay un banco central que ha llegado constantemente tarde y que ha sido ineficaz de una manera continua. Si Europa necesita un estímulo monetario más agresivo, Alemania lo va a volver a impedir, y el problema ya no será para Grecia, sino para Italia y España. No creo que la generación que ahora tiene veinte años merezca tener su futuro destruido por una ideología arcaica y estúpida, y no creo que lo permita.
editor de economía de Channel 4 News. Su libro Postcapitalismo: A guide to our Future, ha sido publicado por Penguin en 2015.
Fuente:
http://www.msn.com/es-es/dinero/economia/proyecto-cero-el-sistema-que-provocar%C3%A1-que-el-capitalismo-colapse/ar-BBq9YpY?ocid=spartandhp

domingo, 28 de febrero de 2016

La automatización podría llevarnos a una sociedad poslaboral, pero no debemos tener miedo

Para beneficiarnos por completo de la revolución de la automatización, necesitamos una renta básica universal, una disminución drástica de la jornada laboral y una redefinición del ser humano sin el trabajo.
Cuando los investigadores Frey y Osborne predijeron en 2013 que el 47 % de los trabajos en EE. UU. serían susceptibles de ser automatizados en 2050, desencadenaron una oleada de tribulaciones distópicas. Así y todo, la palabra que despunta en su estudio es “susceptible”.
La revolución de la automatización es posible, pero sin un cambio radical en las convenciones sociales que subyacen al trabajo, jamás se producirá. La verdadera distopía llegará si, por temer al desempleo masivo y a la desidia psicológica que este pudiera causar, terminamos atrofiando la tercera revolución industrial. En su lugar, acabaríamos creando millones de puestos de trabajo de baja cualificación, que resultan absolutamente innecesarios.
La solución, entonces, radica en empezar a desvincular efectivamente el trabajo de los salarios. Uno puede contemplar los inicios de esta escisión en un vuelo cualquiera de negocios. Los hombres y mujeres que viajan en el avión lo hacen encorvados sobre sus ordenadores portátiles y tabletas, con los codos tan cerca unos de otros que, si se tratara de una fábrica, ya la habrían cerrado por motivos de salud y seguridad.
Sin embargo, de algún modo, se trata de una fábrica y, de hecho, sus ocupantes están trabajando —al menos parte del tiempo—. Saltan de una hoja de cálculo a una película, al correo electrónico o al juego del solitario: ninguno de ellos tiene activado el temporizador —a no ser que integren una de esas profesiones que contabilizan el tiempo, como las derivadas del derecho—. En el extremo más cualificado de la fuerza de trabajo, cada vez se trabaja más por objetivos y menos por horas.
No obstante, para librar debidamente la revolución de la automatización, es probable que necesitemos la combinación de una renta básica universal, retribuida mediante la recaudación de impuestos, y una reducción drástica de la jornada laboral oficial. Por lo general, el norte de Europa está a la vanguardia en esto: Suecia ha reducido ya la jornada a seis horas, mientras queFinlandia experimenta con la idea de una renta básica ciudadana.
La renta básica exhibe oponentes tanto en la derecha como en la izquierda, teniéndola los primeros por una forma de abaratar el bienestar social. Así, su contribución más valiosa habría de venir del subsidio de pago único, el cual favorecería una rápida automatización de la economía.
En caso de que se esta produjera, merecería la pena considerar en detalle el papel que las tecnologías pudieran desempeñar. Actualmente, se destina la mayor parte de los esfuerzos a la robotización, la cual nos ha provisto ya de blancas criaturas antropomórficas capaces de bailar música disco al unísono. Antes bien, el verdadero potencial de la automatización debe radicar en la inteligencia artificial, el aprendizaje automático y los sistemas autoregenerables.
En “The last job on earth” (El último trabajo en la tierra), una trabajadora llamada Alice se frustra enormemente cuando una máquina se niega a dispensarle su medicamento. A medida que la sociedad deviene más automatizada, podríamos alcanzar un estado en el que la epidemiología llegara a emplear sensores a tiempo real con los que evaluar nuestra salud y amonestar al trabajador: tiene usted probabilidades de caer enfermo esta noche, hemos introducido los fármacos apropiados en el aire acondicionado de su casa.
Una sociedad con menos trabajo es solamente una distopía si su sistema social está orientado a distribuir las compensaciones a través del empleo. A principios del siglo XIX, los socialistas utópicos no solo trataron de imaginar una alternativa, sino también de ponerla en funcionamiento mediante comunidades cerradas ligeramente estrafalarias, inspiradas en los escritos del filósofo Charles Fourier.
Fourier predijo célebremente que el trabajo podría convertirse en un elemento lúdico —sus cualidades absorberían las del ocio, el humor e incluso el erotismo—. Podríamos revolotear de un trabajo a otro de distinta índole, olvidándonos solazosamente de su función productiva.
El marxismo se fundó sobre la base del rechazo a esta idea: el socialismo antiutópico se centraba fundamentalmente en reducir el trabajo al mínimo, al tiempo que se incrementaba al máximo el tiempo libre.
Hoy, dado que todas las utopías actuales acerca del trabajo se erigen sobre la posibilidad de su desaparición, lo mejor que uno puede decir en el debate del ocio frente al trabajo es que resulta un tema complejo. Muchos de nosotros trabajamos con un único dispositivo portátil, el cual, más allá de nuestros contactos, correos electrónicos, guiones y demás, contiene sobre todo gran parte de nuestro yo externalizado.
Ya podemos contemplar nuestra propia fragmentación, nuestra conversión en entes “multicanal”, pues las comunicaciones en red invaden espacios como la mesa del comedor o la cama compartida, lo que de otro modo sería una oficina jerarquizada.
El mayor enigma de la sociedad poslaboral es qué ocurrirá con el yo cuando no pueda definirse frente a la identidad corporativa, frente a sus habilidades laborales o su antigüedad profesional. No tardaremos en descubrirlo.
editor de economía de Channel 4 News. Su libro Postcapitalismo: A guide to our Future, ha sido publicado por Penguin en 2015.
Fuente:
http://www.theguardian.com/sustainable-business/2016/feb/17/automation-may-mean-a-post-work-society-but-we-shouldnt-be-afraid
Traducción:
Vicente Abella
Temática: 

lunes, 1 de febrero de 2016

"El capitalismo ha agotado su capacidad de adaptarse". Entrevista

Paul Mason 29/01/2016
 
No se sabe qué fue antes, si el analista, si el agitador o si el profesor de música que llegó a ser Paul Mason cuando se lanzó al ruedo económico, antes, durante y después de la crisis, con un pie en Grecia y otro en España, donde asegura haber percibido ese "nuevo espíritu" que ha fraguado en su nuevo libro: Postcapitalismo: hacia un nuevo futuro (Paidós). Asegura Mason (editor económico del Canal 4 británico y antes de la BBC) que la esencia camaleónica del capitalismo ha llegado a su punto final. En su opinión, la puya al sistema que ha llevado las riendas del mundo en los dos últimos siglos viene de la mano de la revolución tecnológica que lo está cambiando todo: del modo de producir a la manera de trabajar, de crear valor, de colaborar y de pensar en un mundo en red y sin las viejas jerarquías. es el nombre que Paul Mason ha puesto provisionalmente a ese experimento en "fase beta" que puede acabar cuajando en algo radicalmente nuevo. Siempre y cuando la disfunción económica y política no nos lleven a todos a un escenario bastante distinto y tirando a apocalíptico...
La entrevista la realizó Carlos Fresneda
El capitalismo ha mostrado en los dos últimos siglos una gran capacidad de adaptación a los cambios. ¿Qué le hace pensar que esta vez será diferente?
 
El capitalismo es efectivamente un sistema complejo y muy adaptativo, pero creo que ha llegado a los límites de su propia capacidad para adaptarse. El factor que a mi entender lo cambia todo es la tecnología de la información, que altera por completo la noción del trabajo. También está alterando la capacidad del mercado para poner precios correctos a las cosas: los mercados están basados en la gestión de la escasez, mientras que la información es abundante... El tercer factor es el ascenso espontáneo de la producción colaborativa, con bienes, organizaciones y servicios que no responden a los dictados del mercado o la gestión jerárquica. El mayor producto de información en el mundo es la Wikipedia, que está hecho por 27.000 voluntarios gratuitamente y que ha acabado con la industria de las enciclopedias y con un mercado de publicidad de más de 3.000 millones de euros. En el futuro vamos a ver más disrupciones al estilo Wikipedia que al estilo Facebook.

Pero hay gente que piensa que modelos como Uber (contratar coches con chófer vía internet) o Airbnb (para alojamiento entre particulares) son el capitalismo de siempre con un nuevo disfraz. ¿Acaso el sistema no ha cooptado (reclutado, asimilado...) ya a lo nuevo que emerge?
 
El mecanismo de autodefensa del capitalismo es la formación de monopolios, pero no van a durar porque nos estamos acercando al límite. Desde los tiempos de Marx, el capitalismo se ha enfrentado a su propia contradicción: cuanto más automatizas, menos mano de obra necesitas. Si quitas a la gente del proceso de producción, puede ser bueno para el proceso de producción, pero la sociedad va a necesitar dos cosas: a) buscar otro empleo para toda esa mano de obra, y b) crear nuevas necesidades, nuevos productos, nuevas industrias que permitan una adaptación del capitalismo a un nivel más alto. Eso es más o menos lo que ha venido sucediendo desde la revolución industrial. Así surgieron de la noche a la mañana colosos como Victor, la compañía que rompió moldes con las grabaciones acústicas y vendió un cuarto de millón de discos a primeros del siglo XX. Pero en la era la información la ecuación cambia, porque la necesidad de trabajo manual se reduce, y existe una separación creciente entre la propiedad y el control, y no quedan muchos más filones para seguir explotando con la clásica mentalidad capitalista... La tercera revolución industrial irá más allá de las relaciones sociales que crea el capitalismo y acabará cuajando en todo caso en una sociedad de redes. El capitalismo ha agotado su capacidad de adaptarse a los cambios y tiene que dejar paso a otra cosa.

¿Y cómo llamamos a eso nuevo que surge? ¿Llamarlo "postcapitalismo" no es acaso una manera de devaluarlo o de reconocer que aún no tiene forma?
 
Postcapitalismo tiene en cierto sentido una connotación negativa, desde el momento que implica dejar atrás el sistema anterior. La transición será larga, de varias décadas quizás, y lo que venga después está tomando aún forma, así que mejor llamarlo de un modo no concreto. Mi libro no es un plan, en todo caso el proyecto de un plan.

¿El Proyecto Cero?
 
Lo he llamado así con doble intención, porque estamos aún en el punto de partida y en fase experimental. Creo que avanzamos efectivamente hacia eso que Jeremy Rifkin ha llamado una "sociedad de coste marginal cero" que va a crear un nuevo paradigma económico en el que muchas cosas serán gratis o costarán poco. Pienso que otra de las metas tiene que ser la creación de un sistema energético de emisiones cero y basado en las renovables. Y creo por último en la reducción de las jornadas laborales a algo próximo a cero...

Si nos quitan el trabajo las máquinas, ¿qué es lo que hacemos y cómo nos ganamos la vida?
 
La naturaleza del trabajo está experimentando una gran transformación. El trabajo ha dejado de ser ya lo que nos define, como definía al trabajador de la fábrica a principios del siglo XX o al oficinista de los años 50 que juraba fidelidad a su empresa. Se puede ver claramente ese cambio de actitud hacia el trabajo en los millennials [los nacidos desde 1981 al 2004], incluso en situaciones de gran desempleo como la que está viviendo España. La gente de 20 años tiene ahora un espíritu emprendedor que no teníamos en nuestra generación. Son conscientes de que van a vivir peor que sus padres, que no van a tener estabilidad, que se enfrentan a un futuro incierto, pero están experimentando y buscan en todo caso una utopía basada en la identidad y no en el trabajo. Los millennials tienen un fuerte sentido de la individualidad: el sentido de la colectividad lo buscan en las redes. Son como nodos que se apoyan para intentar hacerse más fuertes en medio de una gran incertidumbre.

En su Proyecto Cero usted rompe una lanza por la Renta Básica, considerada aún como un tabú por la mayoría de los partidos políticos...
 
Es curioso porque la idea de "una paga básica incondicional para todos" ha surgido alternativamente tanto de la derecha como de la izquierda en las últimas décadas. Yo propongo la Renta Básica como una solución temporal, que va a ser necesaria para formalizar la separación entre trabajo y salario y para "socializar" los costes de la automatización y compensar la precariedad laboral. Pero la transición de la que yo hablo va a erosionar la economía de mercado, y va a dificultar que se recaude suficiente dinero en impuestos como para pagar la Renta Básica a toda la población. El objetivo será lograr que al final del proceso de automatización, muchas cosas sean o muy baratas o gratis: del agua a la electricidad.
¿Y cuánto tardará en cuajar esa transición?
 
La experiencia del siglo XX me hace sentirme un poco frustrado, la verdad. Hemos pasado décadas poniendo metas y dejándolas pasar. El cambio de modelo energético, por ejemplo, lo hemos aplazado hasta que hemos llegado a esta situación límite que está creando el cambio climático. No puedo decirlo, pero cuando tratamos con grandes sistemas humanos, siempre hay un gran elemento de imprevisibilidad. Estamos ahora en plena experimentación, en fase beta, y es difícil predecir qué saldrá de todo esto.

Usted habla del advenimiento de un "nuevo espíritu" como palanca de esa transición. ¿Dónde está ese "nuevo espíritu"?
 
Pienso que ese nuevo espíritu está ya aquí con nosotros ¿Cómo se puso si no en marcha Wikipedia? De acuerdo con la economía convencional, algo así no debería haber tenido éxito en la economía capitalista. Jimmy Wales [fundador de Wikipedia] no ha actuado como un homo economicus, y ha demostrado, sin embargo, que hay otra manera de crear valor sin buscar a toda costa el beneficio. Yo he palpado este espíritu en Grecia y en España, donde están surgiendo modelos de autogestión e iniciativas de economía social que algún día serán algo más que meras alternativas marginales. Y veo ese nuevo espíritu en las nuevas generaciones, en mi propia ahijada de 12 años que es una nativa digital y podrá usar la tecnología de una manera infinitamente más creativa de lo que yo nunca seré capaz.
Usted habla también del advenimiento del «WikiEstado». ¿Utopía o realidad?
 
Lo tenemos a mano y no podemos desperdiciar esa oportunidad. En la transición que vamos a vivir, el papel de Estado como gesto es fundamental, tanto a nivel local como a nivel nacional. Hay que evitar que la transición caiga en manos de los banqueros y de la elite financiera y económica. Hay que innovar desde las instituciones y desde los ayuntamientos, y creo que en España hay en este sentido una buena oportunidad con el ascenso de partidos como Podemos o Barcelona En Común.

Hemos dejado hasta el final la cuestión política. En países como el Reino Unido el neoliberalismo campa a sus anchas. Tras lo ocurrido en Grecia, se habla también de cómo la izquierda puede ser cooptada por el sistema. ¿Hasta qué punto la sociedad está preparada para un cambio radical?
 
Yo viví desde muy dentro todo lo ocurrido en Grecia, y no aspiro ni mucho menos a asesorar desde aquí a Podemos. Soy de los que piensan que para cambiar las cosas hay que querer ganar, pero entiendo que el país del Opus Dei no se puede hacer «postcapitalista» de la noche a la mañana. Esta transición va a llevar su tiempo y hay que tomar posiciones para los grandes cambios sociales que se avecinan, pero el hambre de poder puede pasar factura.

Usted habla en su libro de dos salidas posibles a esta crisis social que ha venido después de la crisis económica. Una es el agotamiento del actual sistema en 10 o 20 años y la transición. Y el otro es un escenario apocalíptico como el de los años 30. ¿Cuál cree que es más probable?
 
Me preocupa el futuro, tengo que reconocerlo. Y las analogías con los años 30 [del siglo pasado], después del crack del 29, son por desgracia bastante evidentes, como vemos en el ascenso del populismo y del fascismo en algunos países europeos. En el Reino Unido, aunque me pese reconocerlo, teníamos un líder laborista como George Lansbury, pacifista y defensor de la justicia social, con el mismo perfil que Jeremy Corbyn... Las contradicciones objetivas del sistema se pueden exacerbar masivamente. Por un lado tenemos la elite financiera, velando por el orden económico desde lugares como Davos y Jackson Hole, y prometiendo que todo volverá a ir bien. Y por otro lado tenemos los problemas geopolíticos que nuestros líderes no son capaces de resolver, como la situación explosiva de Oriente Medio y el hecho de tener a Rusia y a Estados Unidos bombardeando el mismo país [Siria] y sin comunicación entre ellos. Y entre uno y otro, graves problemas como la crisis de los refugiados y la presión social creciente en Europa. Mi miedo es que la disfunción económica acabe colisionando con la disfunción internacional y geopolítica, y que el caos social ponga en riesgo todo esto que está surgiendo.
editor de economía de Channel 4 News. Su libro Postcapitalismo: A guide to our Future, ha sido publicado por Penguin en 2015.
Fuente:
http://www.elmundo.es/cronica/2016/01/29/56a36cbbe2704e752d8b45e7.html

domingo, 20 de diciembre de 2015

EE UU: El extraño caso de la clase media desaparecida


La imagen mostraba a dos mujeres vestidas de fiesta haciéndose un “selfie” junto a los antidisturbios griegos. En el verano de 2015, esta era una escena común y corriente: partidarios del euro de clase media congregados para salvar a Grecia de la amenaza del Grexit [salida del euro]. Pero cuando describí la escena en una emisión destinada a un público norteamericano, me rebotó una pregunta de los EE.UU.: esto no suena bien, parecen demasiado “finas” para ser clase media.  
Clase media significa en los EE.UU. lo que clase trabajadora en Gran Bretaña. Salvo que, mientras que nadie – ni siquiera en el Partido Laborista de Corbyn – va por ahí diciendo que representa “valores de clase trabajadora”, todos los políticos afirman en Norteamérica representar los valores de esta clase media.
Pero la clase media se está achicando. Un informe de la semana pasada del Centro de Investigación de Pew concluía que, por primera vez desde los años 70, las familias definidas como de “ingresos medios” son en realidad una minoría en los EE.UU., estrujadas por ambos lados por un grupo aquejado por la pobreza por debajo y un grupo enriquecido por encima.  
Los gráficos que muestran este achicamiento se leen como un ejemplo de libro de texto del futuro que predice para el mundo el economista francés Thomas Piketty. En 1971, había 80 millones de hogares en los EE.UU. definidos como de renta media, comparado con 52 millones combinados en los grupos por arriba y por debajo. Ahora, hay 120 millones de familias de clase media, pero 121 millones de familias ricas y pobres, “Un desplazamiento demográfico que podría señalar un momento crítico”, afirma Pew.
Ha habido un gran desplazamiento en quién se hace con la riqueza generada por Norteamérica: “Todo un 49% de la renta agregada norteamericana fue a los hogares de renta alta en 2014, de un 29%, que era lo que había en 1970. La parte correspondiente a los hogares de renta media era del 43% en 2014, lo que baja substancialmente desde un 62% en 1970.”

Se supone que la Norteamérica media, por supuesto, es el cimiento de la democracia norteamericana. La familia joven con niños, con ingresos que van aumentando gradualmente a medida que pasan los años, es el fundamento de la estabilidad y el consenso políticos, y aunque su época por excelencia fueron los años keynesianos entre 1945 y 1973, el sueño, el mito u otra metáfora de relato han sobrevivido. Hasta hoy.

El hecho puro y duro es que la mayoría de los norteamericanos, de acuerdo con Pew, o son ricos o son pobres. Y este comienzo está empezando a tener repercusiones políticas. Sería fácil vincular el surgimiento de la retórica antiinmigración, racista de Donald Trump a un simple momento decisivo de la demografía. Pero las inseguridades con las que juega son reales.
En parte la nueva demografía de los EE.UU. es una historia de éxito: la gente negra y la gente mayor han subido ambas, de acuerdo con Pew, en la escala de renta. El descenso más claro se da entre quienes no recibieron o completaron educación universitaria. Eso significa que la prototípica historia de éxito de los EE.UU. ya no es la de la familia joven, blanca, residente en las afueras de Embrujada [Bewitched, popular serie de television de los 60] y las leyendas de Doris Day. Y el trabajador manual, el agricultor y el vendedor autodidacta – todos arquetipos esenciales – ya no entran tan fácilmente en el relato del éxito.
La economía liberal favorece a los que ya son ricos y a los que tienen muchos activos. Esto significa, en una economía hinchada con los esteroides de la expansion cuantitativa, gente mayor. Mientras tanto, para los jóvenes – ya sean los del precariado o aquellos con bastante suerte como para entrar en la mano de obra estable de la Norteamérica empresarial – la deuda acumulada mientras se consigue el pasaporte esencial para el estatus de renta media – una licenciatura universitaria – funciona como un freno de por vida sobre la riqueza en activos.
Este momento crítico de la demografía crea, en resumen, más problemas para el relato político principal de Norteamérica de los que crea para esas clases medias encogidas. El consenso se está fragmentando. Las redes sociales lanzan a nuestro marco temporal las grabaciones de repetidos tiroteos de la policía contra gente negra o de otras minorías norteamericanas. Lanza a las candilejas a los insensatos asesinos a tiros de múltiples víctimas. Y hace hoy que el odio antimusulmán se convierta en vírico.  
El objetivo de Trump no consiste sólo en amplificar estas inseguridades sino en crear una política del espectáculo y de insensatez en torno a ellos. Los ejecutivos comerciales norteamericanos se desesperan quedamente no sólo por lo abierto del racismo sino también por la irracionalidad subyacente del discurso.

Si hay menos gente trabajando en empleos tecnocráticos, en los que hay que adecuarse a  la lógica, la prudencia y la atención a todas horas todos los días, entonces, más tarde o más temprano, el ácido de la sinrazón comienza a corroer la democracia. Ese es el miedo: que los valores de la ciencia, la lógica y la humanidad se queden atrás a medida que la derecha conservadora que se fragmenta va gritando, cada uno más fuerte que el otro.
Vale la pena explicar la causa de raíz de esa fragilidad, no obstante, porque no resulta evidente por qué razón el declive proporcional de la clase media debería disparar, casualmente, una implosión de la razón tan spectacular como la que se está produciendo en la batalla de las primarias republicanas. Cuando se ahonda en la demografía de la clase media norteamericana, aparece una respuesta plausible: es más etnicamente diversa que nunca, hay menos matrimonios que nunca, está mejor formada que nunca.
Ningún conservadurismo – o cualquier forma de liberalismo – que asuma como única opción una clase media que es blanca, religiosa y sin formación va a estar en sintonía con la realidad, pero esta clase media norteamericana nueva, diversa, más moderna necesita representación como nunca anteriormente. Los ingresos medios del estrato superior, dice el studio de Pew, son siete veces los del estrato medio. En 1983, eran simplemente el doble.
A punto de empezar las primarias, más allá de toda la autoparodia y enloquecimiento, las preguntas más serias para estos 120 millones de hogares serán: quién nos entiende realmente, y quién nos ofrece un camino plausible más allá del estancamiento de los ingresos reales y la inseguridad multigeneracional.

editor de economía de Channel 4 News. Su libro Postcapitalismo: A guide to our Future, ha sido publicado por Penguin en 2015.
Fuente:
The Guardian, 14 de diciembre de 2015
Traducción:
Lucas Antón
Temática: 

sábado, 25 de julio de 2015

Economía del compartir, no del poseer: ¿hemos entrado a la era del postcapitalismo?

“LA INFORMACIÓN ES ABUNDANTE. LOS BIENES DE LA INFORMACIÓN SON REPRODUCIBLES GRATUITAMENTE. UNA VEZ QUE ALGO EXISTE, PUEDE SER COPIADO/PEGADO INFINITAMENTE“

POR: PIJAMASURF ECONOMIA

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Una de las tácticas más aguzadas del capitalismo ha sido la de convencernos de su conveniencia como el mejor de los sistemas económicos disponibles, así como convencernos de que un mundo sin él sería simplemente impensable. Sin embargo, el capitalismo y las doctrinas económicas y políticas derivadas no dependen de la fe, sino de su capacidad de resiliencia frente a nuevos modelos. Pero no hablamos de socialismo o comunismo, palabras que evocan visiones de gulags y Guerra Fría: hablamos de jardines comunitarios, de escuelas gratuitas, de Creative Commons y de la cultura del compartir: hablamos de la utopía desde lo concreto.
El economista Paul Mason ha escrito una provocadora pieza en The Guardian titulada triunfalmente “The end of capitalism has begun” (“El fin del capitalismo ha comenzado“); el texto es interesante no solo desde una perspectiva económica, sino también histórica: el rol de la máquina en la era moderna había sido el de aumentar la producción y reducir la cantidad de trabajo humano en esta, pero en la actual era de la información, el papel de la máquina ha sido el de reducir la frontera entre ocio y trabajo; la automatización en grandes sectores de la industria, por ejemplo, no es viable todavía porque millones de empleos se perderían, pero los jóvenes aceptan salarios ínfimos sin prestación social alguna solamente para pagar el costo de su smartphone. Las contradicciones del actual sistema nunca fueron más claras que después de la crisis financiera de 2008, cuando la brecha entre ricos y pobres se agrandó una vez más: los rescates financieros que hacen colapsar la economía y la “unidad” europea son testigos de ello también. Pero no todo en este panorama es desolador.
Para Mason, los últimos 25 años han sido cruciales para marcar los cambios que permiten identificar “sectores postcapitalistas” de producción que superan las barreras nacionales de la geografía política. La sobredisponibilidad de la información hace difícil que el mercado pueda procesarla; desde el punto de vista económico, Mason nos recuerda que cualquier mercado está basado en la escasez, y la información es abundante. El sistema se defiende formando monopolios a escala global que buscan seguir tratando a la información como propiedad privada, ya sea en la academia o en las industrias privadas. La privatización es la desesperación de un sistema que piensa en “mío” en lugar de “nuestro” frente “a la necesidad más básica de la humanidad, la cual es usar las ideas gratuitamente”.
Un gran ejemplo de esto es Wikipedia: “el mayor producto de información en el mundo”, una plataforma hecha por voluntarios (aunque cada tanto te bombardeen con banners recordándote que los voluntarios también comen), que volvió irrelevante el negocio de las enciclopedias en pocos años, y que le cuesta 3 mil millones de dólares al año a la industria de la publicidad en pérdidas. “Nuevas formas de propiedad, nuevas formas de préstamo, nuevos contratos legales: toda una nueva subcultura de negocios ha emergido en los últimos 10 años, que los medios han etiquetado como ‘la economía del compartir’ (sharing economy)”.
La economía del compartir es una economía de la generosidad: se trata de un cambio en el paradigma corporativo y de negocios que busca repartir más que acaparar, y según Mason, puede convertirse en un verdadero contrapeso al capitalismo salvaje de la pura ganancia “si estos proyectos de micronivel son nutridos, promovidos y protegidos en lo que hacen los gobiernos”.
Pero copiar y pegar un modelo económico no hará que el anterior palidezca y muera tan fácilmente. El mundo sigue funcionando de la misma forma: si necesitas un préstamo probablemente acudas a un banco y no a una cooperativa regional; si quieres estudiar a Shakespeare entrarás en una universidad que certificará tu conocimiento, pero tanto los bancos como las universidades son sistemas de administración de deudas económicas y simbólicas que se saldan únicamente a través del trabajo semiesclavizado. Lo que la era de la información puede enseñarnos en un sentido económico es que las ideas sobre el mundo en serio tienen impacto en las relaciones de la gente: una economía basada en la generosidad en lugar de la precariedad funcionaría como un contrapeso, primero, y luego como una alternativa viable y democrática al capitalismo actual. Como nos recuerda Mason:
La información es abundante. Los bienes de la información son reproducibles gratuitamente. Una vez que algo existe, puede ser copiado/pegado infinitamente. Un track de música o una base de datos gigantesca utilizada para construir un avión tienen costos de producción; pero sus costos de reproducción tienden a cero. Por lo tanto, si el mecanismo normal de precio del capitalismo perdura en el tiempo, su precio tenderá a cero también.