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domingo, 16 de diciembre de 2018

La teoría económica al revés

Por Michael Roberts
16/12/2018
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¿Es la oferta o la demanda lo que mueve a una economía? Tal fue la pregunta formulada por el blogger keynesiano y columnista de Bloomberg Noah Smith. Smith a menudo plantea cuestiones que nos iluminan sobre las diferencias (y similitudes) entre la teoría económica neoclásica y la keynesiana, y, al hacerlo, en que se diferencian la teoría y la política keynesianas de un análisis marxista.
En un artículo reciente, Smith puso en duda la visión neoclásica tradicional del crecimiento económico, a saber, que la expansión del PIB real depende del empleo más la productividad (producción por trabajador). Este punto de vista neoclásico, dice Smith, significa que, aunque las políticas fiscales y monetarias keynesianas pueden sacar a una economía de la recesión, pueden hacer muy poco para aumentar el crecimiento de la productividad a largo plazo. Pero él lo ve de otro modo.

Este 'punto de vista de la oferta' es inadecuado, dice Smith. Impulsar la demanda con medidas de corte keynesiano de dinero barato y gasto público pueden crear las condiciones para aumentar la producción de manera permanente a un nuevo y más alto nivel: “puede que sea el momento de separarse de la ortodoxia económica y considerar las políticas basadas en la demanda para ayudar a impulsar la productividad”. Se trata de un punto de vista desde 'la demanda' para un crecimiento económico a largo plazo.

Smith cita la ley de Verdoorn como relevante para esta tesis: “el economista holandés Petrus Johannes Verdoorn describe una correlación entre la producción y la productividad: cuando el crecimiento es más rápido, la productividad también crece más rápidamente. Se puede ver esta correlación en los datos”. Esto, afirma Smith ,”deja abierta la tentadora posibilidad de que este sucediendo lo contrario: que los altos niveles de demanda agregada también impulsen la productividad”. Por lo tanto, cuando hay un auge de la demanda, esta lleva a más ventas y más producción y anima a las empresas a invertir más y, como resultado, ello conduce a un aumento de la productividad. Por lo tanto la demanda crea su propia oferta - el reverso de la ley de Say, promovida por la economía ricardiana y neoclásica, de que la oferta crea su propia demanda.

Así que ¿ha puesto la economía neoclásica las cosas del revés y todo lo que tenemos que hacer como política económica es mantener “la economía caliente, a través de un continuo estímulo monetario y fiscal”? Bueno, lo primero que hay que decir es que la referencia de Smith a la ley de Verdoorn para apoyar su argumento de que una demanda keynesiana impulsa una mayor productividad es engañosa. En realidad, todo lo que Verdoorn muestra es que “a la larga, un cambio en el volumen de producción, por ejemplo alrededor del 10 por ciento, tiende a estar asociado con un incremento medio de la productividad laboral del 4,5 por ciento”. Esta correlación no prueba nada acerca de la causalidad. Así la producción y crecimiento de la productividad se correlacionan - ¡sorpresa! - pero ¿es la 'demanda', total o el crecimiento de la producción lo que estimula el crecimiento de la productividad? ¿o viceversa?

Smith cita investigaciones que se supone que muestran la conexión causal de la demanda con la oferta, pero cuando se analiza esas investigaciones se encuentra que los autores citados, Iván Kataryniuk y Jaime Martínez-Martín, concluyen: “parte del deterioro de las perspectivas de crecimiento del FT (productividad - MR) en los últimos años se explica por un ciclo económico negativo, pero las debilidades estructurales permanecen detrás de la desaceleración en el crecimiento a medio plazo, especialmente para los países emergentes”. Así que no es la demanda la principal causa del aumento de la productividad a largo plazo .

Desde un punto de vista marxista, lo que falta en este debate, como siempre en las principales disputas entre neoclásicos y keynesianos, es el lucro y la rentabilidad. Claro, es obvio que cuando una economía está en auge y la demanda de bienes es fuerte, las empresas normalmente aumentan la inversión en nuevas tecnologías, así como emplean más trabajadores (pero digo 'normalmente', ya que en esta Larga Depresión, parece que las empresas han mantenido cada vez más efectivo o invertido en activos financieros, es decir, en sus propias acciones, en lugar de en activos productivos).

Una economía en expansión conduce a un círculo virtuoso de crecimiento, inversión e incluso crecimiento de la productividad. Pero ese círculo virtuoso con el tiempo se convierte en un círculo vicioso de caída, colapso de la inversión y de la producción que no puede ser corregida con dinero fácil o estímulos fiscales. ¿Por qué el auge se convierte en depresión? La visión marxista es que no se debe a un cierto choque inexplicable que altera el desarrollo armónico de la economía de mercado (la visión neoclásica) o a algún cambio inexplicable en los 'espíritus animales' de los empresarios para invertir (el punto de vista keynesiano). Se debe a que, en una economía con fines de lucro (es decir, el capitalismo), la rentabilidad y las ganancias caen. Cuando eso sucede, como ocurre a intervalos recurrentes, a continuación, caen la producción, la inversión y la productividad. Hay un ciclo de la rentabilidad.



El punto de vista marxista sostiene que el punto de vista keynesiano pone las cosas al revés. Es la oferta la que tira de la demanda y no viceversa. Pero esto no es lo mismo que la visión neoclásica de que la oferta crea su propia demanda (la ley de Say). Para Marx, la ley de Say era una falacia. En una economía monetaria, siempre existe la posibilidad de una crisis (tanto en el tiempo como en la tendencia) entre la venta por dinero y la compra con dinero. El acaparamiento de dinero puede causar un colapso de las ventas y de las compras. Pero ¿qué es lo que hace que esta posibilidad se convierta en una probabilidad o en realidad? Para Marx, es una caída en la rentabilidad del capital.

En el mundo keynesiano de macro-identidades, el ingreso nacional es igual al gasto nacional. El ingreso nacional se compone de salarios y ganancias y el gasto nacional se compone de consumo e inversión.

IN = GN se puede descomponer en

salarios + beneficios = Consumo + Inversión

Si suponemos que los trabajadores no ahorran, sino que gastan todo su salario, la ecuación se convierte en:

ganancias = inversión

Esta es una ecuación que no revela la dirección causal. La visión keynesiana es que la inversión (demanda) crea beneficios (oferta). Pero la evidencia está en contra de Noah Smith y los keynesianos. El cuerpo de evidencia empírica es que los cambios en la rentabilidad y las ganancias conducen a cambios en la inversión. Y esto es lo que decide cuándo hay bonanzas y crisis cíclicas y también la tendencia de crecimiento a largo plazo de una economía capitalista.

Smith dice que “mucho más investigación es necesaria” para ver si la demanda crea la oferta o viceversa. Pero esa investigación ya existe. Está bien establecido que el 'dinero fácil' (bajas tasas de interés y la 'flexibilidad cuantitativa') no consiguen restaurar el crecimiento de la productividad a largo plazo - como Keynes también concluyó en la década de 1930 y la evidencia de los últimos diez años confirma. La búsqueda de algún 'tipo de tasa de interés natural' que permita el pleno empleo y el crecimiento máximo potencial de la producción es un espejismo.

Y estudios (entre ellos el mío) del efecto ‘multiplicador' (keynesiano) demuestran que el efecto de aumentar el gasto público o de mantener a la economía 'caliente' (Smith) es mucho más débil (e incluso contraproducente) que el impacto de la rentabilidad del capital en el crecimiento y la productividad.



Es evidente que en este Larga Depresión, la histéresis está en funcionamiento, a saber, que el bajo crecimiento de la producción y las ganancias ha empujado de forma tendencialmente decreciente a la inversión y el crecimiento. Pero esto no es resultado de una falta de 'demanda efectiva' per se, sino producto del fracaso de la rentabilidad del capital para volver a los niveles pre-2008 y / o crecer lo suficientemente rápido.

Smith puede sugerir que la teoría neoclásica había puesto las cosas al revés. Pero también lo ha hecho la teoría keynesiana.


Michael Roberts es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajador 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.Fuente:
https://thenextrecession.wordpress.com/2018/12/10/back-to-front/Traducción:G. Buster

viernes, 13 de abril de 2018

Joan Robinson y las ‘políticas de perjuicio al vecino’

La economista keynesiana, de cuya muerte se cumplen 35 años, debió haber ganado el Nobel


A los 35 años de su muerte recordamos una vez más a la discípula predilecta de Keynes, la economista Joan Robinson (JR), que describió las guerras comerciales, como la que se abre ahora entre EE UU y China, como "políticas de perjuicio al vecino". Su obra fue muy reconocida —y discutida— en los ambientes académicos de su tiempo. Keynes decía que "estaba sin duda entre los seis o siete mejores economistas" de Cambridge, un grupo que incluía a Pigou, Sraffa, Richard Kahn, James Meade o Austin Robinson, el marido de Joan, todos ellos miembros del Cambridge Circus, el grupo de la universidad del mismo nombre en el que se debatía permanentemente de asuntos económicos. Cuando a principios de la década de los años 30 publicó una de sus obras más significativas, Joseph Schumpeter declaró: "Joan era uno de nuestros mejores hombres", considerando que tenía "genuina originalidad". Y John Kenneth Galbraith escribió que "pocas veces en la historia económica ha habido ideas recibidas con tanto entusiasmo y con tan poca crítica".

Por todo ello se ha dicho bastantes ocasiones que JR hubiera debido ser elegida Premio Nobel de Economía (hasta 2009 no hubo una mujer entre los galardonados: Elinor Ostrom) y que no lo fue por una discriminación alternativa: o por ser mujer, a pesar de que sí lo obtuvieron muchos de aquellos con los que debatió en igualdad de condiciones (James Meade, Robert Solow, Paul Samuelson,...), o por ser izquierdista (ella se autocalificaba como "una keynesiana de izquierdas por antonomasia"), ya que se manifestó a veces a favor de las políticas económicas de Stalin o de Mao, por sus simpatías por Rosa Luxemburgo o por los intentos de hacer compatibles las teorías de Marx con las de Keynes. Según un periodista que investigó la red de espías soviéticos en Reino Unido, JR fue miembro fundador de la primera célula comunista en Cambridge, un grupo posiblemente organizado por el historiador Maurice Dobb (profesor de Teoría Económica).

Hay en la obra de JR tres grandes etapas que se corresponden más o menos con una década determinada y con un libro. En la primera, la de los años treinta, publicó La economía de la competencia imperfecta, en la que la economista opone una variante a la tradición neoclásica que dividía la economía entre la competencia perfecta y el monopolio absoluto. Para Robinson, la competencia siempre es imperfecta en los mercados reales; es casi imposible encontrar ejemplos de competencia perfecta y existe una fuerte tendencia hacia la monopolización u oligopolización. Una de las fuentes de su trabajo era Piero Sraffa, otro gran heterodoxo de Cambridge ("la fuente del que fluye todo mi trabajo"), que había publicado un artículo sobre "el análisis económico de la tiranía del supuesto de competencia perfecta". Sraffa fue uno de los pocos colegas a los que JR respetó siempre.

Veinte años después de la aparición de La economía de la competencia imperfecta, JR hizo una revisión de sus conclusiones y criticó los fallos del libro, pero en aquellos momentos sus preocupaciones ya eran muy otras. A principios de los años cuarenta publica sus Ensayos de economía marxista, en los que trata de hacer compatibles algunos de los aspectos puramente económicos de Marx ("llevo a Marx en la médula de los huesos") con los modelos keynesianos, e integra en esta labor a un gran economista polaco, Michal Kalecki. Escribe: "Cuando Keynes escribió la Teoría general, lo que según él le diferenciaba de la escuela de la que pugnaba por escapar, era el reconocimiento del problema de la demanda efectiva, ignorado por aquella (...) Este es el punto de despegue de la teoría poskeynesiana. El reconocimiento de la idea de incertidumbre pone en tela de juicio el tradicional concepto de equilibrio (...)".

La tercera etapa intelectual de JR coincide con la publicación de La acumulación del capital, el mismo título de la obra de Rosa Luxemburgo, que había prologado con anterioridad. En éste incorpora tres conceptos para el debate: la función de producción, la medición del capital y la función de la productividad agregada. El punto medular es la medición del capital: explicar su importancia estriba en que para medir la tasa de beneficio es necesario medir el capital heterogéneo y de ahí derivar la magnitud del beneficio por medio de la teoría de la productividad marginal. El capital como unidad independiente de la distribución y los precios.

No hay ruptura epistemológica entre las tres etapas, aunque a veces provoque contradicciones entre ellas. La vida intelectual de JR estuvo sobre todo influida por tres grandes figuras del pensamiento económico, muy dispares entre sí: Marx, Marshall y Keynes. En unos ensayos recopilados en la década de los ochenta, escribe: "Estos tres nombres están asociados con tres actitudes ante el sistema capitalista. Marx representa el socialismo revolucionario, Marshall la defensa desilusionada del capitalismo. Marx desea comprender el sistema para acelerar su destrucción. Marshall acepta sus aspectos agradables para hacerlo aceptable. Keynes busca encontrar lo que está mal con el propósito de diseñar medidas destinadas a salvarse de destruirse a sí mismo".

Robinson, proveniente de la Cambridge británica, se encuentra con la crítica proveniente de algunos keynesianos muy significativos de la Cambridge estadounidense —Modigliani, Samuelson, Solow...—, en cuanto a la naturaleza y medición del capital como factor de producción. A esta polémica se la denominó "la controversia de Cambridge", a la que algunos conceden una gran importancia para el pensamiento económico, y otros la consideran sólo "una tempestad en una tetera". Fuese una cosa u otra, el papel más relevante lo tuvo Joan Robinson que en todo momento dio mucha importancia a las relaciones entre ideología y ciencia económica, llegando a afirmar que, "en ocasiones, la lógica es corrompida por las opiniones"; entonces, la economía se convierte en "una rama de la teología".

viernes, 30 de marzo de 2018

Cuba. Las tensiones entre la teoría, las políticas y la práctica de la reforma.

Por Pedro Monreal , El Estado como tal.

Supongamos que quienes escribimos desde una perspectiva académica, es decir desde el “conocimiento sin poder”, deseáramos influir en las decisiones de política económica y social de Cuba, o sea, en las disposiciones que adoptan los dirigentes políticos y los funcionarios del gobierno cubano. ¿Qué tipo de conocimiento sería efectivo para tal propósito?: ¿La teoría? ¿La evidencia resultante del análisis? ¿La ideología? ¿Acaso alguna combinación de lo anterior?

Digo esto a propósito de un reciente texto del Dr. Carlos García Valdés titulado “Acerca del “tema de los temas”: un reconocimiento, algunas aclaraciones y el efecto bumerang”, publicado en su blog #CubaEconomia, el 28 de marzo de 2018. https://cubaeconomista.blogspot.fr/2018/03/acerca-del-tema-de-los-temas-un.html

No voy a dedicarle tiempo a refutar las falsedades acostumbradas que desliza el Dr. García Valdés respecto a lo que escribo. Tampoco tiene sentido dedicarle tiempo a enmendar las imprecisiones con las que el Dr. García Valdés se empina para construir su crítica.

Lo que he escrito sobre temas de propiedad y empresa está publicado y espero que el lector pueda encontrar elementos que le permitan percatarse de la incongruencia entre lo que he escrito y la visión torcida que el Dr. García Valdés intenta proyectar.

Me concentraré, por tanto, en una idea expresada por el Dr. García Valdés cuya discusión considero que pudiera contribuir positivamente al actual debate sobre la reforma económica y social del país. Se trata del posible aporte del “plano científico”.

Específicamente, me refiero al párrafo final en el cual el doctor relaciona la ciencia con lo que hemos estado llamando el “tema de los temas” (la propiedad). Ha expresado el doctor que “Es precisamente en la confrontación de ideas acerca de cuál deberá ser el tipo y formas de propiedad que presida el movimiento económico hacia el socialismo (o hacia el capitalismo) y se constituya en el garante fundamental del desarrollo económico, social y humano de la mayoría de los cubanos (o de una minoría de estos) donde podemos encontrar, en un plano científico, el problema de los problemas”.

La relación que va desde la teoría hacia la política pública y finalmente hacia la práctica (¿o debería ser al revés)

A riesgo de esquematizar, esa es una relación que conviene presentarla de manera simple, especialmente cuando se trata de hacer una discusión que pudiera ser comprensible en el debate político.

La teoría consiste en las ideas relativas a lo que se desea ver hecho. La política pública es acerca de cómo se intenta alcanzarlo. La práctica consiste en hacerlo en la realidad concreta, allí donde existen las personas que van a tener que vivir con las consecuencias de las ideas.

Por ejemplo, una teoría pudiera definir que la empresa estatal no puede pagar salarios más altos porque el crecimiento de la productividad no lo permite. La política pública derivada de lo anterior implicaría adoptar regulaciones salariales que determinan un nivel salarial promedio –en el sector estatal- muy inferior al costo de la canasta básica familiar. No digo que la política se decida por lo que dice la teoría. También pudiera ser que la teoría simplemente estuviese “justificando” una decisión política. Al final, la práctica consiste en que el trabajador estatal promedio vive continuamente en un nivel de subconsumo.

Consideremos el camino inverso. La práctica consiste en asegurar que el trabajador estatal promedio sea capaz de cubrir –con cierta holgura adicional- sus necesidades básicas. Las políticas públicas se traducen en regulaciones salariales que multiplicasen el actual nivel promedio de salarios estatales. La teoría consiste en encontrar las ideas –racionalmente funcionales- que permitan pagar mejores salarios estatales.

Aunque estemos hablando esencialmente de los mismos dos problemas (salarios y consumo), la diferente direccionalidad de sus conexiones pudiera terminar en resultados muy distintos, tanto en el debate público como en la transformación de la realidad social.

El hecho es que cuando nos desplazamos desde la práctica hacia la teoría, inevitablemente se incrementa la distancia entre un problema concreto y las ideas que sobre este pudieran existir. Las decisiones de políticas públicas son procesos que en general no se adoptan en un contexto donde se “da la cara” a quien debe comunicársele la decisión “de arriba” de que, aunque trabaje aplicadamente, no se le puede pagar el nivel de salario que le permita cubrir sus necesidades. Eso es cosa de la práctica y esta puede ser dramática.

La política pública se prepara en lugares donde no hay que enfrentarse a la cercanía diaria, minuto a minuto, de quienes van a ser afectados por las políticas en cuestión. La teoría se hace usualmente en un contexto todavía más separado de la realidad diaria.

Se conocen los argumentos acerca de que tanto el mundo académico como el de las instituciones políticas y gubernamentales, han desarrollado mecanismos de “proximidad” con la práctica. Ciertamente, funcionan en cierta medida y en determinadas circunstancias, pero ello no logra superar la condición básica de que la teoría, las políticas y la práctica ocurren en esferas específicas y diferenciadas, donde la direccionalidad del enfoque de sus relaciones puede producir resultados muy distintos en el mundo real respecto a lo que fue teorizado.

Pensemos en la empresa estatal en Cuba. Tomemos el caso descrito recientemente por la prensa cubana sobre el sinsentido en que se ha convertido, a nivel concreto, la planificación nacional. Me refiero al artículo de Sayli Sosa Barceló y Katia Siberia “El papel lo aguanta todo… cuando las empresas sobrecumplen”, periódico Invasor, 21 de marzo de 2018, http://www.invasor.cu/es/secciones/economia/el-papel-lo-aguanta-todo-audio-grafico

Obviamente, no es un fenómeno nuevo y es apenas la descripción de un caso del que es plausible pensar que pudiera haber muchos más. Aquí no me interesa discutir las causas raigales del asunto sino la manera disfuncional en la que ha funcionado el eslabonamiento teoría- políticas públicas- práctica. Por supuesto que quienes trabajan “en la base” –en la esfera práctica- conocen perfectamente el problema y se supone que ese conocimiento tendría que haber proporcionado un mecanismo de retroalimentación efectiva para modificar las políticas públicas y las teorías relacionadas.

Pero sabemos que eso no ha sucedido y que la teoría parece discurrir por una plácida disquisición acerca de la propiedad, la supuesta sistematicidad de algo a lo que se le llama planificación, y el asunto de los límites (abstractos) a la concentración de la riqueza.

Las políticas públicas también parecen ir por otra parte, con énfasis en crear estructuras verticales donde las empresas dejan de serlo y donde se presenta como una gran innovación la reducción de indicadores directivos, que los casos descritos por las periodistas evidencian que en la práctica no funcionan bien.

Francamente, frente a la realidad concreta empresarial del país, ¿qué aporta exactamente –en el plano científico- la teorización de la propiedad como un “tema de los temas”?

¿Qué utilidad práctica concreta pudiera tener para los funcionarios del Ministerio de Economía y Planificación, o del Ministerio de Finanzas, a la hora de diseñar y aplicar políticas empresariales, conocer la crítica de Marx y Engels a Proudhon hace más de 170 años?

Reconozco la importancia de la teoría –la enseñé durante años- y no quiero que esa pregunta se interprete como irrespeto a quienes en Cuba se dedican a sistematizar la teoría para la enseñanza, pero, francamente la teoría que necesita la reforma económica en Cuba es la que pueda producir resultados “accionables” y recomendaciones específicas que permitan introducir esas ideas en el proceso de producción de políticas públicas.

¿Nos seguiremos quejando de que la teoría buena (“la nuestra”) ya existe, pero se aplica mal, o es incomprendida, o… etc., etc.?

Creo que en general se acepta que la complejidad de la reforma económica en Cuba se relaciona directamente con su naturaleza eminentemente política. En ese sentido, habría que considerar que parte del significado que tienen las teorías y de las políticas públicas de la reforma procede del “auditorio”.

Es decir, los variados receptores de las medidas de la reforma y de las ideas acompañantes van a darles un significado que no es el resultado del plano científico sino de ideologías, intereses, normas sociales, experiencia vital, “culturas”, y otros factores.

Este no es un asunto menor cuando se trata de utilizar la ciencia para cambiar la realidad. Es un gran reto para quienes intentan actuar políticamente desde el “conocimiento sin poder”.

Sin dudas, es un tema controversial. Opino que el énfasis de quienes toman como punto de partida la teoría y la investigación no debe ser intentar que otros cambien sus puntos de vista de manera tal que se ajusten a la posición teórica que se defiende. No creo que ese sea un enfoque realista.

La cuestión esencial no es que existan dos “comunidades” separadas de académicos y de decisores de políticas. En realidad, es más una cuestión de que en materia de políticas públicas coexisten grupos con distintas condiciones y modos de operación. De una parte, personas que diseminan teorías y resultados de investigación, pero sin poder tomar acciones prácticas en cuanto a políticas públicas y que, por razones entendibles, pueden darse el lujo de sentirse relativamente cómodos con las cosas que dicen porque seguramente no tendrían un impacto concreto.

De otra parte, existen personas que necesitan tomar decisiones (no es una simple opción que tienen), a pesar de no contar con toda la información que necesitan. Tampoco disponen de tiempo para leer textos teóricos, ni necesariamente están en posición de entenderlos.

Nada de esto es nuevo, obviamente. Me refiero a ello porque tal parecería ser que, en Cuba, se tienen expectativas utópicas acerca del papel del plano científico respecto a la formulación y aplicación de políticas públicas que pudieran modificar las formas de propiedad y las relaciones entre ellas.

Es muy probable que nada de lo que vaya a ocurrir en ese terreno sea el resultado de una buena parte de la teorización actual que se hace en el país sobre la propiedad, la cual, en mi modesta opinión y con el mayor respeto, me parece muy etérea (lo que he podido leer).

Los cambios que pudieran producirse en cuanto a la propiedad van a ser el resultado de la dinámica política del país, de una realidad que cada vez se hace más compleja.

En Cuba, como en todas partes, la reforma económica será en buena medida el resultado de un proceso de aprendizaje práctico, que necesitará frecuentes adaptaciones a una realidad cambiante que ninguna teoría es capaz de predecir. Es también lo que entiendo que se ha expresado en el reciente V Pleno del Comité Central del Partido Comunista de Cuba.

La teorización actual sobre el socialismo desempeña más bien otra función en Cuba, en el plano político e ideológico, pero como pauta para la reforma económica, la teorización actual –especialmente la relativa a la propiedad- deja mucho que desear.

Considero que la utilización de la ciencia para cambiar la realidad es más acerca de adaptarse al proceso político que existe realmente y no al que uno le gustaría que existiera. Obviamente esto no significa renunciar a ideologías ni a teorías. Es simplemente que no tiene mucho sentido –ni es políticamente efectivo- que nos cansemos de quejarnos que quienes deciden las políticas públicas no satisfacen nuestras aspiraciones o expectativas. Es más práctico usar un paraguas que quejarse sobre la lluvia.

Para alguien que opere desde la teoría y la investigación, promover y apoyar la reforma económica, cuando esta se produce, y actuar para tratar de modificar el debate político durante la ausencia o desaceleración de la reforma son las dos caras de una moneda. Ambas cosas se ubican esencialmente en el plano político, no en el plano científico.

domingo, 29 de octubre de 2017

El crecimiento económico ya no es suficiente



Image: REUTERS/Claro Cortes IV
Con la colaboración de


Los datos macroeconómicos de las economías avanzadas del mundo pueden ser desconcertantes cuando se los ve de manera aislada. Pero cuando se los analiza en su conjunto, los datos revelan una verdad inquietante: si no se cambia la manera en que se genera y se distribuye la riqueza, las convulsiones políticas que han arrasado al mundo en los últimos años no harán más que agravarse.

Consideremos, por ejemplo, los salarios y el desempleo. En Estados Unidos y muchos países europeos, los salarios promedio se han estancado, a pesar de que la mayoría de las economías se han recuperado de la crisis financiera de 2008 en términos de PIB y crecimiento del empleo.

Es más, las alzas del empleo no han conducido a una desaceleración o reversión de la caída del porcentaje del ingreso nacional total que corresponde a los salarios. Por el contrario, la mayor parte de la riqueza creada desde la crisis de 2008 ha ido a parar a manos de los ricos. Esto podría explicar los bajos niveles de consumo que caracterizan a la mayoría de las economías avanzadas, y el hecho de que una política monetaria extremadamente laxa no pueda producir un repunte de la inflación.

El empleo también parece estar comportándose de maneras anómalas. La creación de empleo, donde la hubo, ha seguido un camino diferente de lo que sugiere la historia. Por ejemplo, la mayor parte del crecimiento del empleo se ha producido en ocupaciones que requieren altas cualificaciones o bajas cualificaciones, cavando un pozo en el medio. Mucha gente que alguna vez conformaba la clase media occidental hoy forma parte de las clases media baja y baja, y lleva una vida más precaria que nunca desde el punto de vista económico.

El crecimiento de la productividad también se ha polarizado. Según la OCDE, en la última década, la productividad de las "empresas frontera" -definidas como el 5% de empresas que lideran el crecimiento de la productividad- creció en más de un tercio, mientras que el resto del sector privado casi no experimentó ningún alza de la productividad. En otras palabras, un número más reducido de empresas han conseguido mayores incrementos de la eficiencia, pero prácticamente esos beneficios no se han propagado en la economía más amplia.

A esta altura debería resultar evidente que muchas de las economías del mundo están atravesando alguna forma de cambio estructural y que el triángulo de distribución "empleos-productividad-ingresos" se ha vuelto sesgado.

A nivel macro, la productividad agregada de Estados Unidos ha aumentado en más del 250% desde principios de los años 1970, mientras que los salarios por hora se han mantenido sin cambios. Esto significa que el crecimiento de la productividad no sólo ha estado circunscripto a un conjunto limitado de empresas sino que la productividad y el ingreso laboral del mercado se han desacoplado. La consecuencia fundamental de esto es que los salarios ya no desempeñan el papel redistributivo crucial que han tenido durante décadas. En otras palabras, los incrementos de la productividad del capital ya no se traducen en mayores ingresos medianos, una ruptura del contrato social en el que descansan las economías liberales.

A esta altura debería resultar evidente que muchas de las economías del mundo están atravesando alguna forma de cambio estructural y que el triángulo de distribución "empleos-productividad-ingresos" se ha vuelto sesgado. Este cambio de paradigma ha llevado a la erosión de la clase media occidental y al ascenso del precariado, una nueva clase socioeconómica que comprende no sólo a quienes no encuentran trabajo, sino también a quienes tienen un empleo informal, ocasional o inestable.

Ahora contamos con abundante evidencia que vincula la percepción de inseguridad económica en Occidente con el sentimiento anti-elite, la radicalización política y los ataques a las minorías. Es imposible explicar el reciente ascenso de la política populista sin considerar los efectos de estas patologías económicas en los trabajadores promedio en Estados Unidos y Europa.

Para entender por qué se produjeron las desviaciones de las trayectorias económicas esperadas, no hace falta mirar más allá del impacto de la tecnología en los empleos. Las tecnologías avanzadas, especialmente la informática y la robótica avanzadas, han permitido que se produjeran alzas de la productividad sin un incremento correspondiente en los salarios. La mayor riqueza generada por una mayor productividad va, en cambio, a manos de los dueños de esas tecnologías.

La automatización de empleos rutinarios bastante sofisticados está impulsando la polarización del mercado laboral. Lo que queda son tareas difíciles de automatizar que exigen pocas capacidades o ninguna, o tareas difíciles de automatizar que requieren capacidades muy altas. Estos últimos empleos son mucho menores en número que los primeros, y están en las empresas frontera que aprovechan los efectos de la tecnología para tener un mejor rendimiento que sus competidores directos y expandirse en nuevos mercados.

Esto nos lleva al interrogante central de nuestra época: ¿cómo pueden los líderes abordar las externalidades producidas por un cambio tecnológico veloz y así garantizar una sustentabilidad económica y política? En otras palabras, ¿cómo podemos construir un nuevo contrato social para la era digital?

Los remedios son más difíciles de conseguir que los diagnósticos. No resulta claro, por ejemplo, si aplicar viejos tratamientos económicos servirá para revertir las tendencias actuales. Querer aplicar "reformas estructurales" y diseñar políticas macroeconómicas limitadas destinadas exclusivamente a aumentar la productividad podría obligar a los trabajadores occidentales a competir con la tecnología a un nivel aún mayor, exacerbando la precariedad. Tal vez nuestros acuerdos económicos actuales puedan producir un crecimiento sólo a nivel agregado y, al mismo tiempo, empeorar la calidad de vida de la mayoría de la gente.

El debate sobre las soluciones acaba de comenzar. Reducir la desigualdad económica requerirá de reformas en el ámbito de la educación y la tributación, con un giro decisivo de la carga impositiva de la mano de obra al capital. Los países occidentales también tendrán que crear nuevos mecanismos redistributivos para complementar el rol menguante de los salarios en sus economías.

Los datos justifican ampliamente este tipo de reformas. Si los líderes occidentales aspiran a contener, y en definitiva sofocar, las convulsiones políticas que sus países están experimentando en este momento, no tienen otra opción que responder diseñando nuevos modelos de crecimiento inclusivo.


domingo, 12 de marzo de 2017

Economistas que experimentan...!y se mojan!


De Marcel Jansen y Pedro Rey Biel (@pedroreybiel

A principios de enero tuvo lugar el encuentro anual de la Asociación Americana de Economía. Durante esta edición, los principales temas de debate fueron las consecuencias de las elecciones presidenciales en Estados Unidos y el crecimiento del sentimiento anti-globalización. Son temas que nos inquietan a todos, y sobre los que los economistas también hemos opinado, con mayor o menor acierto. Sin embargo, hoy queremos hablar de la conferencia plenaria (Richard T. Ely Lecture) ofrecida por Esther Duflo, profesora del MIT y experta en temas de pobreza, para reivindicar el papel activo de los economistas no sólo en recomendar políticas económicas o en predecir sus efectos, sino también en "arremangarse" y "bajar al fango" de esas mismas políticas y preocuparse por los detalles a la hora de aplicarlas. El título de su charla no podía ser mas metafórico: "El Economista como Fontanero". Su portentoso llamamiento es optimista y ambicioso a la vez: el economista puede contribuir a solucionar muchos de los problemas que tenemos como sociedad pero, para ello,...!hay que mojarse! 

Los economistas no tenemos la mejor fama a la hora de recomendar medidas. Aunque gozamos de un cierto respeto académico y al menos tenemos voz en múltiples foros, también se nos critica, en muchos casos con razón, o bien directamente por la simplicidad de los modelos que utilizamos, que obvian múltiples detalles que pueden ser cruciales para que las políticas derivadas de nuestras recomendaciones sean efectivas o, lo que es peor, por la posible carga ideológica que puede estar detrás de simplificar un modelo con unos supuestos y no otros. 

En todo caso, los economistas participamos cada vez más en el diseño de nuevas políticas, regulaciones e incluso mercados. El diseño de nuevos mercados requiere que actuemos como ingenieros, como explicó Alvyn Roth – ganador del premio Nobel de Economía que diseñó el mercado para el intercambio de riñones – en este artículo de 2002. El diseño tiene que considerar todos los detalles y posibles complicaciones, y para ello ser sirve de la teoría económica. Pero no basta con ésta. A menudo hay que complementar la teoría con avanzadas técnicas numéricas para encontrar la mejor solución. Esta necesidad de aplicar distintas técnicas llevó a Abhijit Banerjee – coautor de Duflo en decenas de estudios y del bestseller Poor Economics - a comparar el diseño de políticas con la labor de un artesano. Noble, pero rutinario y más humilde que la labor de los ingenieros. En su ponencia Duflo, de cuya brillante trayectoria hablamos aquí, baja todavía un peldaño más, utilizando la metáfora del fontanero que pone la tubería, diseña los grifos y que aplica parches cuando hay roturas. El motivo es que muchas políticas bien intencionadas fallan en la práctica por detalles que parecen irrelevantes a primera vista. No es suficiente que ayudemos en el diseño. Para que las medidas sean efectivas, debemos también implicarnos en la implementación de sus pequeños detalles, aunque ésto conlleve en ocasiones dejar atrás el cómodo marco de la teoría económica para adentrarnos en un terreno mucho más “fangoso”. 

La ponencia de Duflo resalta la importancia de la experimentación en el diseño de políticas, en su caso para reducir la pobreza. La experimentación no sólo consiste en probar distintas cosas y adaptar el diseño de las medidas cuando no se obtiene los mejores resultados. Un experimento típico en el área de la economía del desarrollo asigna un nuevo programa, por ejemplo una subvención, a un grupo aleatorio de personas mientras que a otro grupo, de idénticas características, no se le da nada. La comparación entre los resultados del grupo intervenido y el que no, permite establecer una relación causal entre dar la subvención y el efecto que provoca, puesto que si hay diferencias en los resultados, tienen que deberse a la única diferencia entre los dos grupos, que es la subvención. Pero no estamos hablando de medidas improvisadas, sino que estos ensayos controlados son guiados por la teoría económica y, en muchos casos, inspirados por la psicología y la economía del comportamiento, para contar con una intuición previa sobre qué funcionará y qué no. A fin de cuentas, los experimentos se hacen con participantes reales que sufren las consecuencias de las medidas tomadas incluso durante la fase de experimentación y que, además, pueden plantearse si es justo haber sido asignado al grupo de tratamiento de control, por razones puramente de aleatoriedad estadística. Por tanto, no sería ni ético ni práctico probar nuevas medidas, aunque sea a pequeña escala, sin la intuición rigurosa que puede aportar la teoría ni sin la evidencia empírica previa, que en muchos casos proviene experimentos controlados más abstractos hechos en un laboratorio. De esta forma, las distintas disciplinas económicas (teoría, análisis empírico, experimentos de laboratorio y de campo) pueden combinarse de forma rigurosa para mejorar las cosas. 

Esta combinación es necesaria porque ni la teoría económica ni la evidencia empírica disponible llega siempre a los detalles concretos que pueden ser claves para el éxito de una medida. Cada contexto tiene su especificidad y entender bien lo que diferencia dos entornos, puede ser crucial para entender por qué una política puede haber funcionado en el pasado en uno, pero quizá no funcione en otro. Por ello es importante que, si queremos seguir haciendo recomendaciones, nos bajemos de la atalaya académica y admitamos con modestia que necesitamos entender mucho mejor las restricciones institucionales y las motivaciones individuales concretas de los sujetos a los que afectan las medidas que proponemos. Duflo ofrece algunos ejemplos de detalles cruciales que pueden determinar que una medida funcione o no ("piping issues"): el nivel de transparencia informativa sobre distintos programas de alimentos o el flujo de fondos entre distintos niveles de la administración en el caso de políticas descentralizadas. Pero también se ocupa de detalles aún más específicos con soluciones sorprendentes, como en el caso famoso del programa de vacunación de niños en India, en el que comprobó que al incluir un pequeño incentivo no monetario para quienes se vacunaran, unas pocas lentejas, aumentaba exponencialmente las tasas de vacunación. El programa de vacunación era exactamente el mismo, se dieran o no las lentejas, pero sólo consiguieron que la gente vacunara a sus hijos cuando lo acompañaban, con un coste mínimo, de unas pocas lentejas. 

Esta especificidad de los experimentos de campo, hace que algunos académicos de prestigio, como el penúltimo premio Nobel de Economía, Angus Deaton, tengan dudas metodológicas sobre su validez externa, véase por ejemplo esta discusión o incluso este debate en video entre ambas posturas. El argumento que subyace su crítica es que si necesitamos probar una medida en diferentes contextos para saber si funcionará o no, entonces es que no entendemos bien la causa por la que funciona, lo que es fundamental para poder avanzar científicamente. Pero precisamente creemos que lo que hace Duflo es ampliar su lupa e intentar entender aún mejor las múltiples causas concretas por las que una medida puede o no ser efectiva. De esta forma, la experimentación puede permitir también recoger nueva evidencia bajos nuevas condiciones, que permita a su vez retroalimentar el enriquecimiento de nuevas teorías. Bajar al fango para arreglar un problema concreto no tiene por qué implicar renunciar a la ciencia. 

Ambas posturas son válidas y necesarias, si son honestas. El economista que pretenda entender las causas generales de los fenómenos, debe ser más cauto a la hora de hacer recomendaciones específicas de política, puesto que el éxito de dichas recomendaciones puede depender de aspectos muy específicos.. El economista "fontanero", mas preocupado por arreglar problemas concretos sobre el terreno, no debe aprovechar su posición para intentar cualquier cosa, sino basarse en la teoría y evidencia disponible existente, para ser más efectivo y, además, no perjudicar a los participantes de sus experimentos con pruebas inútiles.