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"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." ""Creo que mientras más critica exista dentro del socialismo,eso es lo mejor" Fidel Castro Ruz
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domingo, 13 de octubre de 2024

¿Es realmente el capitalismo la causa de la desigualdad global?. Comentario HHC

Por KENNETH ROGOFF


En los últimos años, los observadores occidentales han tratado cada vez más la desigualdad como un problema interno, pero si bien existen sólidos argumentos a favor del fortalecimiento de las redes de seguridad social en los países desarrollados, esta forma de abordar el problema pasa por alto la difícil situación de cientos de millones de personas en todo el mundo que aún viven en la pobreza extrema.

CAMBRIDGE – En 2014, El capital en el siglo XXI, del economista francés Thomas Piketty , se convirtió en una sensación internacional, redefinió el debate sobre la desigualdad y catapultó a su autor al estrellato. Piketty tenía razón al señalar que la defensa política de la redistribución del ingreso se centra casi exclusivamente en preocupaciones internas, pero su argumento central –que el capitalismo conduce inevitablemente a una creciente desigualdad– se desmorona cuando se compara la situación de los agricultores empobrecidos de Vietnam con la relativa comodidad de los ciudadanos franceses de clase media.

En realidad, el ascenso impulsado por el comercio de las economías de Asia y Europa central y oriental durante las últimas cuatro décadas ha llevado a lo que puede ser la reducción más dramática de las disparidades entre países en la historia de la humanidad.

A pesar de ello, los observadores occidentales rara vez se muestran más que superficiales ante el hecho de que aproximadamente el 85% de la población mundial vive en el Sur Global. Mientras filántropos como Bill Gates dedican importantes recursos a mejorar la vida en África, la mayoría de las fundaciones e instituciones siguen centradas en reducir la desigualdad dentro de los países. Aunque ambas causas son admirables, los analistas políticos a menudo pasan por alto el hecho de que, según los estándares globales, la pobreza es prácticamente inexistente en las economías avanzadas.

Por supuesto, los agricultores de la India no tienen influencia en las elecciones estadounidenses o europeas, donde en los últimos años la atención se ha volcado cada vez más hacia el interior. Hoy en día, los candidatos no ganan prometiendo ayudar a África, y mucho menos al sur de Asia o Sudamérica. Este cambio ayuda a explicar por qué la formulación de Piketty de la desigualdad como un problema interno ha tenido una fuerte resonancia entre los progresistas estadounidenses y, indirectamente, en el movimiento Make America Great Again del expresidente Donald Trump.

Pero esta interpretación pasa por alto a los cientos de millones de personas que viven en países en desarrollo vulnerables al clima. Además, a pesar del impacto duradero del colonialismo, los estados de bienestar de Europa y Japón tienen poco interés en pagar reparaciones a las antiguas colonias.

Sin duda, existen razones de peso para fortalecer las redes de seguridad social en los países desarrollados, especialmente en materia de educación y atención de la salud. Sin embargo, desde un punto de vista moral, sigue siendo muy discutible si esto compensa la urgente necesidad de abordar la difícil situación de los 700 millones de personas que viven en extrema pobreza en todo el mundo.

El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional han tomado importantes medidas para ayudar a los países en desarrollo, pero sus recursos y mandatos son limitados y los países ricos tienden a apoyar políticas e iniciativas que se alinean con sus propios intereses.

Un ámbito en el que parece haber un amplio consenso es la necesidad de adoptar medidas para combatir el cambio climático. Teniendo esto en cuenta, hace tiempo que propugno la creación de un Banco Mundial del Carbono que apoye la transición ecológica de los países en desarrollo proporcionándoles asistencia técnica y ofreciendo financiación climática a gran escala, preferentemente mediante subvenciones, no préstamos.

Como sostuve recientemente , la financiación mediante donaciones es especialmente importante en vista de otra manera crucial de reformar el capitalismo global: impedir que los prestamistas privados demanden a los deudores soberanos morosos en los tribunales de los países desarrollados. Para atraer financiación privada, los países en desarrollo tendrían que crear tribunales creíbles y otras instituciones propias. Hasta que lo hagan, será necesario cerrar la brecha de financiación.

En definitiva, para reducir la pobreza mundial se necesita una mayor apertura y menos barreras comerciales. La fragmentación de la economía mundial, alimentada por tensiones geopolíticas y por políticos populistas que presionan para que se impongan restricciones comerciales, plantea una grave amenaza a las perspectivas económicas de los países más pobres del mundo. El riesgo de que la inestabilidad política en esas regiones se extienda a los países más ricos está aumentando a un ritmo alarmante, como ya se refleja en los debates cada vez más tensos en esos países sobre la inmigración.

Las economías desarrolladas tienen tres opciones, ninguna de las cuales se centra exclusivamente en la desigualdad interna. En primer lugar, pueden fortalecer su capacidad para gestionar las presiones migratorias y hacer frente a los regímenes que tratan de desestabilizar el orden global. En segundo lugar, pueden aumentar el apoyo a los países de bajos ingresos, en particular a los que son capaces de evitar una guerra civil. Por último, pueden enviar ciudadanos a ayudar a los países de bajos ingresos. Muchos gobiernos ya han experimentado con programas nacionales que alientan a los recién graduados universitarios a pasar un año enseñando o construyendo viviendas en comunidades desfavorecidas.

Como mínimo, enviar estudiantes occidentales a países en desarrollo –aunque sea por períodos breves– permitiría a los activistas privilegiados de los campus conocer las dificultades económicas que enfrenta gran parte de la población mundial y ver por sí mismos cómo vive la gente en países donde el capitalismo aún no se ha afianzado. Esas experiencias podrían fomentar una conciencia más profunda de los desafíos globales y dar a los jóvenes una comprensión más clara de las crisis que pueden llegar a afectar sus propias vidas.

Esto no quiere decir que la desigualdad dentro de los países no sea un problema grave, pero no es la mayor amenaza a la sostenibilidad y el bienestar humano. La tarea más urgente que enfrentan los líderes occidentales es encontrar la voluntad política para permitir que los países accedan a los mercados globales y lleven a sus ciudadanos al siglo XXI.


KENNETH ROGOFF, profesor de Economía y Políticas Públicas en la Universidad de Harvard y ganador del Premio Deutsche Bank en Economía Financiera en 2011, fue economista jefe del Fondo Monetario Internacional entre 2001 y 2003. Es coautor de This Time is Different: Eight Centuries of Financial Folly (Princeton University Press, 2011) y autor de The Curse of Cash (Princeton University Press, 2016).

Comentario HHC : El autor, por segunda vez, es candidato ( mañana) al Nobel de Economía, y sin embargo, otro que menciona Piketty no lo ha sido ni en sus mayores momentos de influencia, misma que se han encargado de limitarla, después que publicó el libro: ! Viva el Socialismo !

Muy ingenua la solución de " encontrar voluntad politica" en lideres occidentales. 

Si le dan el Nobel a este autor, comentaré algo mas de sus errores en libros, y su acompañamiento como curiosidad, en un libro con una cubana, que ha llegado a ocupar cargos importantes  en los EEUU. 

domingo, 4 de agosto de 2024

Cómo muere la independencia del banco central

Por KENNETH ROGOFF



Desde que los principales bancos centrales del mundo acudieron al rescate de la economía global en 2008, se les han encomendado cada vez más tareas, al tiempo que algunos políticos cuestionan su papel ampliado y otros tratan de socavar su autonomía en la formulación de políticas. Para escapar de este dilema, las autoridades monetarias deben volver a hacer lo que mejor saben hacer.

CAMBRIDGE – Con el ascenso global del populismo y la autocracia, la independencia de los bancos centrales está en peligro, incluso en las economías avanzadas. Desde la crisis financiera de 2008, el público ha llegado a esperar que los bancos centrales asuman responsabilidades que van mucho más allá de su poder y competencia. Al mismo tiempo, los líderes populistas han estado presionando para que haya una supervisión y un control más directos de la política monetaria. Y si bien los bancos centrales han sido atacados durante mucho tiempo por la derecha por expandir sus balances después de la crisis, ahora están siendo atacados por la izquierda por no expandir sus balances lo suficiente.

Se trata de un cambio notable. No hace mucho tiempo, la independencia de los bancos centrales se celebraba como una de las innovaciones políticas más eficaces de las últimas cuatro décadas, debido a la drástica caída de la inflación en todo el mundo. Sin embargo, recientemente un número cada vez mayor de políticos cree que ya es hora de subordinar los bancos centrales a las prerrogativas de los funcionarios electos. A la derecha, el presidente estadounidense Donald Trump y sus asesores critican sistemáticamente a la Reserva Federal de Estados Unidos por mantener las tasas de interés demasiado altas. A la izquierda, el líder laborista británico Jeremy Corbyn ha hecho un famoso llamado a la “ flexibilización cuantitativa del pueblo ” para proporcionar financiamiento del banco central a las iniciativas de inversión del gobierno. La “teoría monetaria moderna” es una idea en la misma línea.

Se pueden mantener debates perfectamente sanos y legítimos sobre la delimitación del papel de los bancos centrales, en particular en lo que respecta a las operaciones de balance a gran escala (como la flexibilización cuantitativa posterior a la crisis) que podrían inmiscuirse en la política fiscal. Sin embargo, si los gobiernos socavan la capacidad de los bancos centrales para fijar tasas de interés que estabilizaran la inflación y el crecimiento, los resultados podrían ser peligrosos y de largo alcance. Si se pierde la credibilidad antiinflacionaria, a los gobiernos puede resultarles muy difícil –si no imposible– volver a meter al genio en la botella.

Para complicar aún más las cosas, los bancos centrales deben encontrar la manera de darle fuerza a la formulación de políticas monetarias normales en el límite inferior cero, dada la inflación y las tasas de interés reales ultrabajas actuales. La dependencia actual de políticas cuasifiscales no sólo es ineficaz; también es peligrosa, porque da peso al argumento de que los ministerios de finanzas deberían tener más control sobre los bancos centrales.

De hecho, el principal desafío que enfrentan los bancos centrales no es que sean demasiado poderosos, sino que algunos los consideran cada vez más relevantes. La inflación ha sido tan baja durante tanto tiempo que muchos han olvidado cómo era antes de que se establecieran bancos centrales independientes para frenar el crecimiento de los precios de dos dígitos. Se ha vuelto cada vez más popular argumentar que la baja inflación es una característica intrínseca de la economía del siglo XXI. Y, sin embargo, el desdén complaciente por los riesgos de inflación futura –y, por lo tanto, por la necesidad de independencia de los bancos centrales– tiene todas las características de la mentalidad de “ esta vez es diferente ” que ha sido una característica recurrente de la historia económica.

BUENAS ACCIONES, CASTIGADAS

No hace falta remontarse mucho en el tiempo para recordar que en 1992 decenas de países sufrieron una inflación elevada (superior al 40%) y que el Reino Unido, los Estados Unidos y el Japón sufrieron una inflación de dos dígitos en los años setenta. La afluencia de importaciones chinas baratas y la llegada de la era informática contribuyeron sin duda a poner fin a esa era de inflación épica, pero todo indica que el aumento de la independencia de los bancos centrales desempeñó un papel esencial.

En Europa, a partir de los años 1980, un país tras otro fue otorgando a sus bancos centrales una autonomía significativamente mayor. Ahora que el Fondo Monetario Internacional pronostica una inflación de apenas el 1,6% en las economías avanzadas este año, muchos han empezado a preguntarse si los bancos centrales son siquiera capaces de generar inflación de nuevo. De hecho, existe la seria duda de si los bancos centrales han ido demasiado lejos, concentrándose demasiado en combatir la inflación y no lo suficiente en desarrollar herramientas adecuadas para combatir la deflación. Volveré a este tema más adelante. El punto principal es que la inflación ha llegado a ser tan baja que, desde un punto de vista político, los bancos centrales corren el riesgo de convertirse en víctimas de su propio éxito.

Además de mantener una inflación baja y estable, la mayoría de los bancos centrales también enfrentan el desafío de asegurar la estabilidad macroeconómica; es ampliamente aceptado que la política monetaria activista ha desempeñado un papel importante en suavizar los ciclos económicos durante la era de posguerra. En el caso de los Estados Unidos, la Reserva Federal ha respondido a las recesiones con fuertes recortes de las tasas de interés de cinco puntos porcentuales o más, en promedio. Sin embargo, como la tasa de política de la Fed está hoy en apenas el 2,5% y el Banco Central Europeo (BCE) y el Banco de Japón (BOJ) ya están en el límite cero, no será posible hacer recortes de esa magnitud cuando llegue la próxima recesión.

¿Qué más pueden hacer los bancos centrales? No tanto como la mayoría de los observadores parecen pensar. El actual debate sobre política monetaria adolece de una confusión agobiante sobre la distinción conceptual entre política monetaria y fiscal. A veces, los bancos centrales han contribuido a exacerbar esta confusión, exagerando y etiquetando erróneamente los “instrumentos alternativos de política monetaria”. Estas medidas no sólo han demostrado ser menos eficaces que las políticas tradicionales de tipos de interés para estimular la producción y la inflación, sino que también han invadido el ámbito de la política fiscal, en el que los bancos centrales son socios menores de los tesoros y los ministerios de finanzas, y están en el centro de los recientes desafíos a la independencia de los bancos centrales.

AGUA PISANDO

Aunque los primeros estudios indicaban que las compras de bonos gubernamentales a largo plazo por parte de los bancos centrales (conocidas como flexibilización cuantitativa [QE]) después de la crisis de 2008 proporcionaron un estímulo significativo al hacer bajar las tasas de interés a largo plazo, desde entonces ha quedado claro que la mayor parte de la acción en las tasas a largo plazo se debió a una caída de tendencia no relacionada . Incluso cuando se ha encontrado algún efecto, podría decirse que se debió a una falsa creencia por parte de los inversores de que los bancos centrales estaban “imprimiendo dinero” y la inflación estaba a la vuelta de la esquina. Esto no volverá a suceder. Hoy, gran parte del optimismo inicial hacia la flexibilización cuantitativa se ha moderado drásticamente (como debería ser). Cuando un banco central compra deuda gubernamental a largo plazo emitiendo reservas bancarias a un día con las mismas tasas de interés que las letras del Tesoro a muy corto plazo, no está “imprimiendo dinero”, sino más bien acortando la estructura de vencimientos de la deuda gubernamental. El problema, con respecto a la independencia del banco central, es que los tesoros y los ministerios de finanzas son perfectamente capaces de hacer esto por sí mismos; de hecho, lo hacen todo el tiempo .

Como la flexibilización cuantitativa en el límite inferior cero es una forma de transformación de los vencimientos, no es particularmente inflacionaria, y muchos de los que creían que lo sería simplemente estaban equivocados. Por supuesto, en los casos en que los bancos centrales compran deuda privada en lugar de deuda pública, los efectos son mayores, porque esto equivale a subsidiar a determinadas entidades del sector privado y crear pasivos actuariales para los contribuyentes. Este tipo de “flexibilización cuantitativa fiscal” sin duda jugó un papel importante durante la respuesta a la crisis financiera, pero en la mayoría de las economías avanzadas, los poderes fiscales de emergencia delegados a los bancos centrales no estaban destinados a un uso rutinario para elegir ganadores y perdedores, lo que en sí mismo puede conducir a una reacción política.

APAGANDO EL FUEGO

Esto nos lleva al tercer desafío principal de los bancos centrales: gestionar las crisis financieras. Hay muchas buenas razones por las que los bancos centrales deberían tener poderes de emergencia para comprar ciertos tipos de deuda privada o garantizar los balances del sector financiero, como hizo la Reserva Federal en el punto álgido de la crisis de 2008. Después de todo, las autoridades monetarias tienen varias ventajas de corto plazo sobre sus contrapartes fiscales.

En primer lugar, en la mayoría de los países los bancos centrales pueden actuar con rapidez y decisión sin necesidad de aprobar leyes. En segundo lugar, como reguladores, ya tienen una relación estrecha con el sector financiero (y un conocimiento profundo de él), lo que les permite actuar con mayor rapidez. Por último, los bancos centrales suelen tener ya a su disposición una considerable experiencia financiera y técnica (aunque esto no es necesariamente una característica estructural).

La mayoría de los observadores externos han elogiado a los principales bancos centrales por su uso de poderes cuasifiscales para manejar las consecuencias iniciales de la crisis de 2008 –y de la crisis de 2012 en el caso del BCE–, pero el éxito de las autoridades monetarias en evitar un colapso generalizado del sector bancario alimentó la expectativa de que guiarían la recuperación a través de un largo período de crecimiento lento, muy típico después de una crisis financiera profunda. Desde entonces, la persistencia de tasas de interés ultrabajas ha introducido severas restricciones. Mientras que las recesiones normales suelen exigir recortes de las tasas de interés de cinco puntos porcentuales, la mayoría de los modelos indican que las crisis financieras sistémicas requieren recortes del doble de esa magnitud.

Por supuesto, hay otras medidas disponibles para apoyar una recuperación post crisis, incluyendo estímulo fiscal y políticas para promover la reducción de la deuda, como las hipotecas de alto riesgo en los Estados Unidos y las deudas de los países periféricos de la eurozona. El estímulo fiscal puede tomar la forma de gasto público financiado con deuda y recortes de impuestos, pero también puede tomar la forma de políticas redistributivas que favorezcan a las personas de bajos ingresos con una alta propensión marginal al consumo. Sin embargo, comparada con la política monetaria normal, la política fiscal es un instrumento poco preciso que siempre conlleva un lastre político. En los Estados Unidos, un gobierno demócrata buscaría el estímulo mediante un aumento masivo del gasto público, mientras que un gobierno republicano lo haría mediante recortes de impuestos.

GIRANDO EN EL MISMO LUGAR

Debido a estas complicaciones, la política fiscal es simplemente menos manejable que las políticas que pueden ofrecer los bancos centrales independientes bien diseñados. Pero eso hace que la incapacidad de los bancos centrales para inyectar estímulo en el límite inferior cero sea un problema aún más acuciante. Peor aún, la mayoría de las ideas para restablecer la eficacia de la política monetaria implican transferir poderes fiscales al banco central, lo que plantea cuestiones de responsabilidad democrática.

Un ejemplo claro es el “ dinero helicóptero ”, en el que el banco central emite moneda (o reservas bancarias) y transfiere los ingresos directamente a los ciudadanos. Es notable la cantidad de comentaristas serios –incluso importantes periódicos financieros– que han respaldado esta idea de una forma u otra. Sin embargo, si bien es posible imaginar escenarios en los que el dinero helicóptero sería bien recibido, los bancos centrales carecen de autoridad para distribuir o redistribuir los ingresos directamente a los ciudadanos comunes. Ese derecho está reservado a las legislaturas y, si los bancos centrales lo violaran, rápidamente serían reabsorbidos por los tesoros.

Además, hay una manera perfectamente válida y legítima de lograr el mismo efecto que el dinero helicóptero: el parlamento emite deuda para financiar transferencias de ingresos y luego hace que el banco central compre la deuda (de hecho, en la medida en que esto equivale a dinero helicóptero, el Banco de Japón lo ha estado haciendo durante años). Pero, una vez más, si el parlamento no puede ponerse de acuerdo sobre la forma o el tamaño de las transferencias, poco puede hacer el banco central al respecto, salvo quejarse. En cualquier caso, el efecto del dinero helicóptero sería nulo a menos que los bancos centrales puedan elevar de manera creíble sus objetivos de inflación, y no está claro que puedan hacerlo.

Otra idea dudosa que cuenta con un apoyo sorprendentemente generalizado es la de que un banco central que se quede estancado en el límite cero compre y luego destruya la deuda gubernamental. Pero esto también, muy probablemente, no lograría nada. Si una esposa le da un préstamo a su marido y luego lo rompe, no hay ningún efecto sobre los activos del hogar. Además, si el banco central destruyera la deuda que le debe el Tesoro, las preocupaciones de los inversores sobre una guerra interna del Gobierno podrían conducir a una mayor inflación. Si el banco central terminara técnicamente “en quiebra”, el Gobierno podría condicionar la recapitalización a una mayor inflación, o podría simplemente reabsorber el banco en el Tesoro.

Si estas propuestas absurdas son las mejores opciones sobre la mesa, es seguro decir que los bancos centrales carecen actualmente de los instrumentos necesarios para combatir la deflación, y mucho menos aumentar la inflación, en caso de una crisis. Esto es un problema por muchas razones. La inflación inesperada proporciona un mecanismo simple y probado en el tiempo para reducir el valor real de las deudas privadas. Si la Fed hubiera podido elevar la inflación a, digamos, 4-5% en los años posteriores a la crisis de 2008, los persistentes problemas de deuda privada habrían sido mucho más manejables.

Tal vez el instrumento menos utilizado en la última crisis financiera haya sido la reducción de la deuda que apunta al núcleo del problema. Lamentablemente, los temores exagerados al riesgo moral hacen que las reducciones de la deuda se bloqueen en el caso de las hipotecas de alto riesgo de Estados Unidos y de la deuda de los países periféricos de Europa. Es de esperar que en el futuro los responsables de las políticas estén mejor preparados para aplicar ideas creativas para mitigar esas preocupaciones (por ejemplo, la distribución de la renta variable en el caso de las reducciones de la deuda hipotecaria y la deuda indexada al PIB en el caso de los países soberanos).

DEUDA Y NEGACIÓN

Un último desafío que enfrentan los bancos centrales es que ya no son necesarios como baluartes contra la tentación de reducir la deuda gubernamental excesiva mediante la inflación. En cierto sentido, esto es un corolario del primer desafío: que la inflación alta desapareció hace tanto tiempo que la gente ha llegado a creer que nunca volverá. Sin embargo, a diferencia de las políticas de estabilización de corto plazo, mantener bajas las expectativas de inflación ante el aumento de la deuda es un proyecto de largo plazo. En realidad, hay dos ideas distintas en juego. La primera es razonable pero discutible; la segunda debería descartarse.

La primera idea es que, debido a la constante disminución de las tasas de interés reales a largo plazo de la deuda gubernamental “segura”, los gobiernos ahora pueden emitir mucha más deuda que antes. Esta afirmación tiene mucho sentido, siempre que se tengan en cuenta matices como la estructura de vencimientos de la deuda (la deuda a corto plazo suele ser más barata que la deuda a largo plazo, pero mucho más vulnerable a los shocks de las tasas de interés reales globales). Y en el caso de Estados Unidos, hay que tener en cuenta la creciente centralidad del dólar en el sistema financiero global. A pesar de la caída de la participación de Estados Unidos en la producción global, el predominio del dólar ha alimentado la demanda global de activos denominados en dólares y reforzado su “privilegio exorbitante”.

Recientemente, el ex economista jefe del FMI Olivier Blanchard apoyó una versión más extrema de la afirmación de que la deuda es completamente benigna . En un interesante y provocador artículo , Blanchard sostiene que la economía estadounidense se encuentra actualmente en un equilibrio ineficiente en el que, por alguna razón (la inversión excesiva es la clásica), las tasas de interés están por debajo de las tasas de crecimiento. Blanchard espera que estas condiciones se mantengan “por mucho tiempo” y concluye que cualquier aumento único de la deuda gubernamental –incluso uno muy grande– no tendrá efecto sobre la relación deuda-ingreso a largo plazo, porque el crecimiento superará el aumento.

En el escenario que describe Blanchard, la deuda pública es gratuita, porque de todos modos hay demasiada inversión en la economía (tanta, de hecho, que ni siquiera hay necesidad de aumentar los impuestos para pagarla). Y esto es doblemente cierto si los fondos se gastan en inversiones de alto rendimiento, como educación e infraestructura (no importa que menos del 4% del gasto público en las economías avanzadas se dedique a la inversión en infraestructura). Más concretamente, si una mayor deuda no ejerce presión adicional sobre la política fiscal, no habrá necesidad de que los bancos centrales la eliminen mediante la inflación y, por lo tanto, no habrá necesidad de independencia de los bancos centrales.

Blanchard puede tener razón, pero varios de sus puntos son discutibles. ¿Está la economía realmente en un equilibrio ineficiente, con tasas de interés que se mantendrán por debajo de la tasa de crecimiento indefinidamente, o se trata simplemente de una situación temporal que podría revertirse con el tiempo? La sugerencia de que el riesgo de una corrida de la deuda no comienza a aumentar cuando la deuda se vuelve muy alta es aún más discutible. Los modelos estándar sugieren lo contrario, y ciertamente no es casualidad que los inversores en tiempos de crisis estén más preocupados por los países con deuda alta que por los países con deuda baja. Como Emmanuel Farhi y Matteo Maggiori de la Universidad de Harvard han demostrado tanto empírica como teóricamente, tampoco se debe subestimar la frecuencia con la que los activos históricamente “seguros” han resultado no ser tan seguros después de todo.

Otra versión del argumento de la deuda benigna es la Teoría Monetaria Moderna (TMM), que, según entiendo, permitiría al gobierno acumular deuda durante más tiempo y a un menor costo al ordenar al banco central que aplique una flexibilización cuantitativa continua, emitiendo reservas bancarias para comprar deuda gubernamental a largo plazo. Los efectos de ese mandato dependerían de si las reservas bancarias devengan tasas de interés de mercado, como sucede ahora, o si no devengan intereses. Como hemos visto, no hay una diferencia significativa entre que el banco central amplíe las reservas para recomprar deuda gubernamental a largo plazo recién emitida y simplemente emita deuda a muy corto plazo en primer lugar. Si las reservas bancarias pagan intereses, el efecto de primer orden de la prescripción de la TMM es acortar la estructura de vencimientos de la deuda gubernamental sin proporcionar herramientas adicionales para que el gobierno incurra en mayores déficits. Pero si las reservas no pagan intereses, cualquier aumento de las tasas de interés provocaría una carrera de los bancos por retirarlas, y la inflación se dispararía.

Como ya se ha señalado, la deuda a corto plazo suele ser la forma más barata de financiar el endeudamiento gubernamental, y se puede argumentar que los ahorros de costos derivados de la emisión de deuda a corto plazo han sido incluso mayores que lo habitual después de la crisis financiera. Pero hay una razón por la que los gobiernos no apuestan todo a que las tasas de interés reales globales nunca volverán a subir: históricamente, las tasas de interés tienen la incómoda costumbre de hacer precisamente eso. La excesiva dependencia de la TMM de la deuda a corto plazo es, por lo tanto, muy riesgosa. Si las tasas de interés reales globales subieran, el gobierno sentiría inmediatamente la presión de aumentar los impuestos y recortar el gasto. Si no reaccionara rápidamente, el aumento repentino de las primas de riesgo exacerbaría el problema.

Es tentador suponer que las tasas de interés globales para los activos seguros no podrían dispararse y que cualquier shock concebible, en todo caso, las haría bajar. Sin embargo, si algo hemos aprendido del pasado es que el shock de mañana puede no parecerse en nada al de ayer. Una cosa es que un administrador de fondos de cobertura apueste fuerte a lo que harán las tasas de interés en los próximos años y luego se retire, y otra muy distinta es que un gobierno juegue a ese juego.

SALVANDO EL BARCO

¿Está la política monetaria destinada a ser irrelevante en una era de tasas de interés bajas? No necesariamente. Como he sostenido en otras ocasiones, con ciertos cambios institucionales, los bancos centrales podrían implementar una política de tasas de interés negativas eficaz . Subrayo “eficaz” porque, si bien algunos bancos centrales ya han adoptado formas muy suaves de esta política, ninguno ha abordado la cuestión más importante: el riesgo de un acaparamiento generalizado de efectivo cuando las tasas se tornan demasiado negativas.

La solución más limpia a este problema es pasarse por completo a la moneda digital, pero por muchas razones, incluidas las preocupaciones por la privacidad, esa no será realmente una opción en el futuro previsible. Otra alternativa es eliminar gradualmente los billetes de gran denominación, lo que incluye claros beneficios en términos de evasión fiscal y prevención del delito. Durante un período de emergencia de tipos de interés negativos, deshacerse de los billetes de gran denominación aumentaría significativamente los costos de la acumulación masiva de efectivo por parte de las empresas financieras, los fondos de pensiones y las compañías de seguros. Si además de eso se imponen cargos administrativos a los redepósitos de efectivo a gran escala en el banco central, debería ser posible tener una política de tipos de interés negativos mucho más eficaz que la que es posible con los acuerdos institucionales actuales.

Otra alternativa es crear un tipo de cambio de paridad móvil entre el dinero electrónico (las reservas bancarias en el banco central) y los billetes de papel. La idea sería avanzar hacia un equilibrio en el que todos los contratos e impuestos estén denominados en moneda electrónica, pero las transacciones puedan seguir realizándose con papel moneda. Cuando el tipo de interés oficial del banco central sea negativo, ya no intercambiará moneda electrónica por billetes de papel a una tasa de uno a uno. En cambio, si el tipo de interés de la moneda electrónica fuera del -5%, el valor del papel moneda entregado en el banco central se depreciaría a una tasa del -5%.

En cuanto a las ganancias bancarias, si se excluye a los pequeños depositantes minoristas y los clientes mayoristas no tienen forma de acumular efectivo sin incurrir en altos costos de almacenamiento e impuestos, los bancos deberían poder trasladar las tasas negativas a los depositantes. Sí, hay una serie de problemas de segundo orden asociados con este enfoque, que abordo en detalle en mi libro de 2016 The Curse of Cash (La maldición del efectivo) , pero la experiencia real con las tasas negativas hasta ahora sugiere que estos problemas no serían un problema.

EL OBJETIVO EQUIVOCADO

Además de una política de tasas negativas, otra idea es dar a las autoridades monetarias más margen para recortar las tasas de interés, es decir, elevando las metas de inflación. Pero este enfoque es menos elegante y probablemente mucho menos eficaz. Para empezar, elevar la meta de inflación del 2% al 4% probablemente otorgue mucho menos margen de maniobra del que se podría pensar. Es casi seguro que los contratos se ajustarían con mayor frecuencia, en cuyo caso los recortes de las tasas de interés tendrían que ser aún mayores para lograr el mismo efecto que antes; incluso en tiempos normales, habría costos de una mayor inflación, debido a la mayor dispersión de los precios relativos.

Otro problema es que cambiar los objetivos establecidos desde hace tiempo podría socavar la credibilidad del banco central. Después de todo, el BCE y el Banco de Japón ni siquiera han podido alcanzar una inflación del 2%, y mucho menos del 4%. E incluso si la inflación llegara al 4%, eso no necesariamente daría suficiente margen de maniobra en caso de una recesión profunda o una crisis financiera.

Una objeción ingenua a las tasas de interés negativas es que son injustas para los ahorristas, pero las tecnologías modernas facilitan la exención de los pequeños depositantes, de modo que sólo un porcentaje muy pequeño se vería afectado. Además, una política de tasas negativas eficaz beneficiaría a los ahorristas con carteras más diversificadas, porque haría subir los precios de las acciones, la vivienda y los activos de larga duración, contrarrestando así la fuerte caída que suele producirse en una recesión profunda o una crisis financiera. También aumentaría las tasas de interés a largo plazo al impulsar la inflación y el crecimiento. Y, lo más importante para la mayoría de los trabajadores y las familias, una política de tasas negativas podría ayudar a restablecer el empleo y el crecimiento del ingreso después de una recesión o una crisis profundas.

Esto no quiere decir que una política de tipos negativos evite la necesidad de otras formas de estímulo –mayor gasto público, recortes de impuestos o ambos– durante las recesiones, pero restablecería parte del equilibrio entre la formulación de políticas monetarias y fiscales, siendo las primeras, en general, mucho más rápidas y fiables. Por último, si una política de tipos negativos suena radical, ni siquiera conviene saber de todas las ideas radicales que llenan las páginas de las principales revistas económicas. Al igual que las recesiones profundas y las crisis financieras, todas entrañarían graves riesgos. Al menos con una política de tipos negativos, habremos resuelto el problema de la impotencia de los bancos centrales en el límite cero, lo que sería de utilidad inmediata para Europa y Japón –y podría ayudar a Estados Unidos en el futuro.

ES HORA DE ACTUAR

Los desafíos que enfrentan los bancos centrales se derivan tanto de su eficacia para reducir la inflación como de su ineficacia para lidiar con el límite inferior cero. Ahora son vulnerables a ataques populistas que amenazan con socavar su independencia. Algunos quieren que los bancos centrales financien aumentos masivos de la deuda gubernamental indefinidamente, mientras que otros, en el caso de Estados Unidos, quieren recortar las tasas de interés cuando la economía ya parece estar en plena marcha. La idea de que la alta inflación en las economías avanzadas es estrictamente un problema del siglo XX es extremadamente dudosa. “Esta vez es diferente”, hasta que deja de serlo.

De hecho, la necesidad de contar con un banco central independiente que esté capacitado para controlar la inflación sigue siendo sólida, respaldada por la experiencia de países donde la independencia del banco central se ha visto comprometida. Si se rescinde la independencia del banco central y se politiza la política monetaria, será sólo cuestión de tiempo antes de que vuelva la inflación alta. Y si eso sucede, puede ser aún más difícil volver a meter al genio de la inflación en la botella.

En los decenios de 1920 y 1930, los gobiernos intentaron restablecer el patrón oro, que había sido abandonado durante la Primera Guerra Mundial. Pronto se dieron cuenta de que, una vez que los inversores presencian la ruptura de un bono, es sumamente difícil recuperar su confianza. El mismo problema enfrentarían los países que destruyeran la independencia del banco central y luego intentaran resucitarla. Como mínimo, se enfrentarían a años de tasas de interés altísimas antes de que se restableciera la confianza pública.

Como lo sabe cualquiera que haya trabajado en un banco central, la independencia operativa rara vez se concede por decreto constitucional; e incluso cuando se concede, la letra de la ley tiene poco significado si no hay apoyo político. En realidad, la independencia del banco central es frágil y debe defenderse todos los días. En estos tiempos difíciles, los banqueros centrales necesitan encontrar nuevos instrumentos para restablecer la eficacia de las políticas normales de tasas de interés.

Para ello, deberían considerar seriamente la posibilidad de sentar las bases de una política de tipos de interés negativos sin restricciones, que sería mucho mejor que actuar como socios menores en la gestión de los vencimientos de la deuda y la formulación de políticas cuasifiscales. Para mantener su relevancia y proteger la política monetaria de los populistas de izquierda y derecha, los banqueros centrales no pueden darse el lujo de dormirse en los laureles. Si no están a la altura de las circunstancias, uno de los acontecimientos macroeconómicos más importantes de la era moderna puede no sobrevivir.

Este comentario es una adaptación de un discurso pronunciado por el autor en la Conferencia Ocasional del Grupo de los Treinta de 2019 .

Kenneth Rogoff, profesor de Economía y Políticas Públicas en la Universidad de Harvard y ganador del Premio Deutsche Bank en Economía Financiera en 2011, fue economista jefe del Fondo Monetario Internacional entre 2001 y 2003. Es coautor de This Time is Different: Eight Centuries of Financial Folly (Princeton University Press, 2011) y autor de The Curse of Cash (Princeton University Press, 2016).

miércoles, 3 de agosto de 2022

La política fiscal tiene que volver a los fundamentos

Aug 1, 2022




CAMBRIDGE – Los grandes aumentos recientes de los tipos de interés anunciados por la Reserva Federal de los Estados Unidos y por el Banco Central Europeo hacen pensar que las autoridades monetarias están decididas a dar un combate vigoroso a la inflación. ¿Qué pasó con los numerosos comentaristas que llevan años diciendo que en el manejo del ciclo económico, la política fiscal (a la que por lo general se considera sinónimo de gasto deficitario) debe tener un papel mucho más activo? Si para responder a cualquier desaceleración rutinaria tiene sentido usar una combinación de política fiscal y monetaria, ¿por qué ahora se deja solos a los bancos centrales en el intento de instrumentar un aterrizaje suave con un máximo de inflación de cuatro décadas?

Antes de la crisis financiera global de 2008, la opinión mayoritaria era que para responder a las variaciones usuales del ciclo económico, la política monetaria tiene que llevar la delantera, y que a la política fiscal le corresponde un papel auxiliar (salvo en caso de guerras o catástrofes naturales como una pandemia). Al producirse una crisis financiera sistémica (seguía el razonamiento), entonces la respuesta inmediata puede ser de la política monetaria, pero la política fiscal debe seguirla de cerca y con el tiempo tomar la delantera. La intensa naturaleza política de las decisiones en materia de tributación y gasto público es un problema que las economías exitosas pueden resolver en una emergencia.

Sin embargo, en el transcurso de la última década creció el apoyo a la idea de que la política fiscal debe tener un papel más dominante en la estabilización macroeconómica incluso en tiempos normales. Este cambio tuvo que ver con el hecho de que los tipos de interés de los bancos centrales chocaron con el límite inferior cero. (Algunos creemos que este argumento pasa por alto opciones relativamente sencillas y eficaces para bajar las tasas más allá del cero, pero no entraré en el tema aquí.) Pero por supuesto, el argumento tiene en cuenta otras cuestiones además del límite de cero.

Es verdad que el «dinero desde el helicóptero» y otros programas de transferencias resultaron muy eficaces durante las primeras fases de la pandemia de COVID‑19 y ayudaron a proteger a las personas y al mismo tiempo reducir los daños económicos a largo plazo. Pero hay un problema: ningún país, menos aún uno grande y con el grado de división política de los Estados Unidos o el Reino Unido, encontró un modo de llevar adelante una política fiscal tecnocrática en forma consistente, porque es imposible separar la política fiscal de la política en general.

Hay infinidad de formas de implementar programas de gasto público, e infinidad de criterios posibles para decidir quién merece ayuda y quién tiene que pagar la factura. El regateo político y las cuestiones de implementación implican que siempre habrá ineficiencias; y estas tienden a ser mayores conforme crece la factura de gasto. Es exactamente lo que sucedió en Estados Unidos a partir de fines de 2020, cuando medidas fiscales con motivación política generaron un estímulo excesivo y tardío.

Es verdad que hubo cierta lógica en mantener una política fiscal y monetaria totalmente expansiva, como una protección contra la posibilidad de que la pandemia empeorara o de que estallara otra crisis (como de hecho ocurrió cuando Rusia invadió Ucrania). Pero llegó la hora de pagar el costo: aumento de las presiones inflacionarias y menor capacidad de responder a los shocks de oferta ocasionados por la guerra. Es evidente que los que sostuvieron que un aumento de la inflación era muy improbable se estaban negando a ver la realidad.

Con alta inflación y una notable desaceleración del crecimiento, ¿qué hay que hacer? En primer lugar, se necesita un aumento de tipos de interés, pero al parecer los bancos centrales y el Fondo Monetario Internacional se tomaron demasiado en serio el ritmo con el que hay que hacerlo. Dista de ser evidente que los beneficios de bajar la inflación hasta la meta, digamos, a fines de 2023, compensen el alto riesgo de provocar otra recesión profunda, en vista de los efectos residuales de la reciente pandemia y de la no tan lejana crisis financiera.

En segundo lugar, el debate sobre política fiscal lleva demasiado tiempo dominado por los cantos de sirena de gurúes que prometen que los tipos de interés reales nunca subirán y que el gasto deficitario saldrá gratis. Esta visión tiene una representación extrema en la «teoría monetaria moderna», pero no es tan diferente de la opinión de algunos economistas ortodoxos que creen que hay margen para aumentar mucho más la deuda pública sin temor a consecuencias negativas.

El modo correcto para que los gobiernos redistribuyan ingresos en forma sostenible, si ese es el objetivo, es subir impuestos a las personas de mayores ingresos y aumentar las transferencias a los segmentos de menores ingresos de la población (y sobre todo a los de ingresos muy bajos). La congresista demócrata estadounidense Alexandria Ocasio‑Cortez no se equivocó cuando asistió a la «gala del Met» 2021 con un llamativo vestido estampado con la inscripción «impuestos a los ricos»; pero tal vez tendría que haber añadido «y a la clase media alta».

Los conservadores tienen que aceptar que cobrar más impuestos a las personas de ingresos altos y medios altos no sólo es justo, sino también necesario para lograr la cohesión social. Es verdad que la eficiencia y el dinamismo de la economía son virtudes fundamentales del sistema estadounidense, y una de las principales razones por las que Occidente todavía es capaz de competir con China y Rusia en áreas clave como la tecnología. Pero una red de seguridad social deficiente y una tasa impositiva inadecuada para las élites económicas implican un riesgo de destruir el modelo estadounidense desde dentro.

La política fiscal tiene que volver a los fundamentos y recalibrarse. El viejo argumento de que la respuesta a cualquier perturbación económica imaginable es dar estímulo fiscal keynesiano en abundancia está en bancarrota. Sin embargo, en la coyuntura actual, el reajuste de la política macroeconómica tiene que ser gradual o habrá riesgo de provocar una recesión profunda.

Traducción: Esteban Flamini


KENNETH ROGOFF, Professor of Economics and Public Policy at Harvard University and recipient of the 2011 Deutsche Bank Prize in Financial Economics, was the chief economist of the International Monetary Fund from 2001 to 2003. He is co-author of This Time is Different: Eight Centuries of Financial Folly (Princeton University Press, 2011) and author of The Curse of Cash (Princeton University Press, 2016).

jueves, 3 de febrero de 2022

La adopción cautelosa de dólares digitales por parte de la Fed

Feb 1, 2022 KENNETH ROGOFF

CAMBRIDGE – Los gobiernos de muchos países, principal mente el de China, siguen experimentando con las monedas digitales de los bancos centrales (CBDC por su sigla en inglés). Money 3.0 está avanzando a toda velocidad y, con su reciente documentación técnica, titulada “El dólar estadounidense en la era de la transformación digital”, la Reserva Federal de Estados Unidos, claramente rezagada, finalmente ha comenzado a intervenir, aunque sólo de manera poco entusiasta. La cautela de la Fed es entendible, ¿pero es excesiva?

La Fed fija una vara extremadamente alta para introducir un dólar digital minorista. Por empezar, nos dicen que la nueva forma de moneda debe brindar beneficios de manera más efectiva que otros métodos, supuestamente en referencia a las stablecoins digitales vinculadas al dólar y a las cuentas bancarias existentes. Por ejemplo, un supuesto beneficio de un dólar digital es ofrecer una “compensación en tiempo real” para pequeños pagos, lo que por supuesto la moneda en papel ya hace, y la Fed planea introducir en breve pagos electrónicos de 24 horas a través de los bancos. La moneda digital también debe proteger la privacidad (las autoridades chinas dicen lo mismo) y no debe facilitar la actividad criminal, lo cual es irónico dada la popularidad del billete de 100 dólares en la economía sumergida global.

Lo más problemático de todo es el requerimiento de la Fed de que los beneficios esperados a partir de introducir un dólar digital superen cualquier riesgo que esto pueda crear. Es un obstáculo muy difícil pero razonable. A pesar de todos los defectos de la infraestructura financiera existente del mundo, su funcionamiento interno se ha mantenido esencialmente intacto durante décadas. Imaginemos un escenario de pesadilla en el que un dólar digital mal diseñado dejara abierta una “puerta trasera” que permitiera que una potencia extranjera hostil cerrara todo el sistema financiero global basado en el dólar de una sola vez.

Dejando de lado los riesgos, no es difícil de entender por qué la Fed se muestra particularmente reticente a cualquier cambio cuántico en el sistema financiero existente. Después de todo, el dominio internacional del dólar le aporta infinidad de beneficios a Estados Unidos. Reduce las tasas de interés que tienen que pagar los ciudadanos y las corporaciones estadounidenses, para no mencionar aquellas para el mayor prestatario del mundo, el gobierno de Estados Unidos –lo que Valéry Giscard d’Estaing, el entonces ministro de Finanzas de Francia, llamaba el “privilegio exorbitante” de Estados Unidos.

El dominio del dólar también les da a las autoridades norteamericanas una influencia sobre la estructura del sistema financiero global, inclusive un acceso privilegiado a información sobre las transacciones mundiales con dólares. Asimismo, le permite a Estados Unidos imponer sanciones financieras significativas. Rusia ha sido objeto de sanciones financieras selectivas desde su anexión de Crimea en 2014, pero la administración del presidente Joe Biden ahora amenaza con medidas mucho más fuertes en caso de una invasión rusa de Ucrania.

Mientras otros bancos centrales lideran la tarea de introducir monedas digitales, algunos temen que la Fed pueda encontrarse en la posición de Eastman Kodak (que alguna vez hizo una fortuna procesando película) cuando llegó la fotografía digital, o de los fabricantes de relojes mecánicos suizos cuando los relojes digitales se volvieron ubicuos.

Pero hay otra razón más sutil para la reticencia de la Fed frente al dólar digital: Estados Unidos sigue siendo fundamentalmente una democracia y una economía de mercado. Si bien el gobierno tiene un poder regulatorio y legal considerable para implementar la adopción de su moneda digital, esto se aplica sólo hasta un punto. No se puede obligar a la población norteamericana a aceptar una transición que no quiere. ¿Recuerdan cuando el Tesoro intentó popularizar los billetes de 2 dólares porque ahorraría dinero en la impresión de billetes de un dólar?

De manera que, cuando Estados Unidos efectivamente intente introducir un dólar digital minorista –cosa que creo que terminará haciendo-, tal vez sólo le dé un mordisco a la manzana. En este momento, el rango de tecnologías y opciones para las CBDC es casi ilimitada. (La Autoridad Monetaria de Singapur recientemente realizó un concurso para diseñar el dólar de Singapur digital y la ronda final –en la cual participé como juez- no tenía menos de 15 entradas diversas)-. Si el gobierno chino decide que eligió la tecnología equivocada para su CBDC, puede decirle a todo el mundo que quiere dar marcha atrás. Pero si el primer intento de la Fed con un dólar digital fracasa, debido a una falta de interés público y a una acometida política, tal vez tenga que esperar décadas antes de intentarlo de nuevo.

Una cuestión visiblemente ausente en la documentación técnica de la Fed es cómo el organismo planea regular las tecnologías financieras descentralizadas de Web 3.0, un dominio donde las autoridades estadounidenses hasta el momento parecen estar perdidas en acción. En particular, los reguladores estadounidenses necesitan con urgencia hacer mucho más para guiar y restringir el crecimiento de las criptomonedas privadas y sus muchos derivados. Como señaló la senadora estadounidense Elizabeth Warren, “las criptomonedas son la nueva banca en las sombras”. La opinión generalizada de que las criptomonedas se utilizan básicamente para inversión y no para transacciones y flujos de capital –una visión a la que suscribe el documento de la Fed- es una mera ilusión, como ha demostrado la investigación reciente.

El presidente de la Fed, Jerome Powell, ha sostenido que introducir una CBDC estadounidense debilitará la demanda de criptomonedas. Ésta es una de las motivaciones de la Fed para producir su documentación técnica. Pero gran parte de la demanda de criptomonedas como Bitcoin proviene de la economía sumergida global, ya sea para compras de drogas ilegales en la Internet oscura, evasión de sanciones por parte de oligarcas rusos, fuga de capitales, lavado de dinero o evasión impositiva.

Es irrefutable la necesidad actual de una regulación estricta del uso de criptomonedas de las economías avanzadas, y de otras CBDC en tanto vayan siendo utilizadas a nivel internacional. La reticencia de la Fed a apresurarse a lanzar un dólar digital es entendible, pero no es una excusa para el ritmo lento de la reforma regulatoria.

KENNETH ROGOFF Professor of Economics and Public Policy at Harvard University and recipient of the 2011 Deutsche Bank Prize in Financial Economics, was the chief economist of the International Monetary Fund from 2001 to 2003. He is co-author of This Time is Different: Eight Centuries of Financial Folly and author of The Curse of Cash.

lunes, 10 de mayo de 2021

Ayudemos al 66 % restante


CAMBRIDGE – Lo destacable del aumento del sentimiento nacionalista en los últimos años en el mundo desarrollado es que se da en un momento en que muchos de los desafíos más apremiantes que enfrentamos —entre ellos, el cambio climático y la pandemia de la COVID-19— son básicamente problemas mundiales que exigen soluciones a escala mundial. Y el enojo que acumulan los ciudadanos de los países donde escasean las vacunas —básicamente, los dos tercios de la humanidad que viven fuera de las economías avanzadas y de China— podría muy pronto volverse en contra de los países más pudientes.

Los ambiciosos planes del presidente estadounidense Joe Biden para solucionar la desigualdad en EE. UU. son bienvenidos, siempre que su gestión logre cubrir los costos a largo plazo con mayores impuestos o más crecimiento... ciertamente, dos grandes interrogantes. También lo es el Instrumento de Recuperación de la UE —un programa más pequeño, pero de todas formas significativo— que busca ayudar a los miembros de la Unión Europea, como Italia y España, que fueron afectados desproporcionadamente por la pandemia.

El 16 % de los habitantes del mundo que viven en economías avanzadas sufrieron mucho la pandemia, pero prevén una recuperación. China, que representa otro 18 % de la población mundial, fue la primera de las principales economías en experimentar un rebote, principalmente gracias a su mejor preparación para las epidemias y mayor capacidad estatal para contener al coronavirus.

¿Pero qué hay de todos los demás? Como lo resaltó el Fondo Monetario Internacional en su Perspectivas de la economía mundial de abril, hay una peligrosa divergencia en el mundo. La espantosa ola de la COVID-19 en la India probablemente sea un anticipo de lo que le espera a gran parte de los países en vías de desarrollo, donde estalló la pobreza. Es poco probable que la mayoría de los países puedan volver a sus niveles de producción previos a la pandemia, al menos hasta fines de 2022.

Hasta ahora la historia del siglo XXI para los países en vías de desarrollo se basaba en alcanzar a los países desarrollados, mucho más de lo que se previó en las décadas de 1980 y 1990. Pero la crisis de la COVID-19 golpeó a los países más pobres justo cuando los más favorecidos se dan cuenta de que, tanto para contener la pandemia como la catástrofe climática en ciernes, dependen en gran medida de los esfuerzos de las economías en vías de desarrollo. Eso sin mencionar la cooperación que probablemente será necesaria para poner freno a los grupos terroristas y estados rebeldes en un mundo indignado por las desigualdades que la pandemia dejó al descubierto.

Para empeorar aún más las cosas, gran parte de los países en vías de desarrollo, entre los que se cuentan los mercados emergentes, comenzaron la pandemia con fuertes aumentos de sus deudas externas. Las tasas de interés oficiales a un día para la política monetaria pueden ser cero o negativas en las economías avanzadas, pero en promedio superan el 4 % en los mercados emergentes y las economías en vías de desarrollo. Y el endeudamiento a largo plazo, el que se necesita para el desarrollo, es mucho más caro. Varios países, entre los que se cuentan Argentina, Zambia y el Líbano, ya incumplieron pagos. Muchos otros podrían seguir ese camino cuando la recuperación desigual impulse al alza las tasas de interés en el mundo.

¿Cómo pueden entonces los países más pobres pagar las vacunas contra la COVID-19 y la asistencia, ni que hablar de la transición a una economía verde? El Banco Mundial y el FMI están sometidos a una enorme presión para encontrar soluciones y respondieron bien, al menos, para explicar el problema; pero estas organizaciones carecen de la estructura financiera necesaria para atender desafíos a esta escala. En el corto plazo, una nueva asignación de derechos especiales de giro (el activo de reserva del FMI) puede ayudar, pero ese instrumento es demasiado tosco y está mal diseñado como para usarlo de manera rutinaria.

Las instituciones de Bretton Woods creadas a fines de la Segunda Guerra Mundial fueron diseñadas para funcionar principalmente como prestamistas, pero así como los países ricos dieron a sus propios ciudadanos transferencias directas durante la pandemia, hay que hacer lo mismo con las economías en vías de desarrollo. El aumento de las deudas solo empeorará las probables cesaciones de pagos después de la pandemia, sobre todo si consideramos las dificultades para determinar la jerarquía de los diversos prestamistas públicos y privados. Con Jeremy Bulow, de la Universidad de Stanford, hace tiempo sostenemos que los subsidios directos son más limpios que los instrumentos de préstamo y, por lo tanto, preferibles a ellos.

¿Qué hacer entonces? En primer lugar, los países ricos deben eliminar el costo de las vacunaciones para las economías en vías de desarrollo, en parte financiando el total de la iniciativa multilateral del Fondo de Acceso Global para Vacunas COVID-19 (COVAX). El costo, de miles de millones de dólares, es mísero comparado con los billones que los países más ricos están gastando para mitigar el impacto de la pandemia en sus propias economías.

Las economías avanzadas no solo deben pagar las vacunas, sino también proporcionar amplios subsidios y asistencia técnica para su entrega. Por muchos motivos, en particular porque habrá otra pandemia, esta es una solución más eficaz que apoderarse de la propiedad intelectual de las empresas que desarrollan vacunas.

Al mismo tiempo, las economías avanzadas que están preparadas para gastar billones de dólares en el desarrollo de energías renovables locales debieran ser capaces de encontrar un par de cientos de miles de millones al año para apoyar esa misma transición en los mercados emergentes. Esa asistencia se podría financiar con impuestos a las emisiones de dióxido de carbono cuya intermediación, idealmente, estaría en manos de un Banco Mundial de Carbono, una nueva institución centrada en la asistencia a los países en vías de desarrollo para la descarbonización.

También es importante que las economías desarrolladas sigan abiertas al comercio mundial, principal factor de reducción de la desigualdad entre países. Los gobiernos debieran abordar la desigualdad a nivel local ampliando las transferencias y la red de seguridad social en vez de erigir barreras comerciales que perjudican a miles de millones de personas en África y Asia. Esa gente también se beneficiaría gracias a una expansión significativa del organismo de asistencia el Banco Mundial, la Asociación Internacional de Fomento.

Tal vez solucionar la desigualdad interna sea el imperativo político del momento, pero abordar las disparidades mucho mayores entre países es la verdadera clave para mantener la estabilidad geopolítica en el siglo XXI.

Traducción al español por Ant-Translation


Kenneth Rogoff, Professor of Economics and Public Policy at Harvard University and recipient of the 2011 Deutsche Bank Prize in Financial Economics, was the chief economist of the International Monetary Fund from 2001 to 2003. He is co-author of This Time is Different: Eight Centuries of Financial Folly and author of The Curse of Cash.

miércoles, 14 de abril de 2021

La frágil hegemonía del dólar


CAMBRIDGE – El poderoso dólar estadounidense sigue siendo el rey de los mercados internacionales. Pero su dominio tal vez sea más frágil de lo que parece, ya que futuras modificaciones al régimen cambiario de China pueden iniciar una transformación significativa del orden monetario internacional.

Por diversas razones, es de prever que algún día las autoridades chinas abandonarán su política actual de mantener el valor del yuan atado a una cesta de monedas y adoptarán en cambio un régimen moderno de metas de inflación, en el que se permita una flotación mucho más libre (en particular respecto del dólar). Cuando eso suceda, la mayor parte de Asia seguirá a China. Y con el tiempo, la importancia internacional del dólar (que hoy actúa como ancla monetaria para alrededor de dos tercios del PIB mundial) podría quedar reducida a la mitad.

Estados Unidos depende en gran medida del lugar especial del dólar (o lo que el entonces ministro de finanzas francés Valéry Giscard d’Estaing denominó «privilegio exorbitante» de Estados Unidos) para financiar una emisión masiva de deuda pública y privada, de modo que el impacto de ese cambio puede ser importante. Y ahora que Estados Unidos dio rienda suelta al déficit para financiar el combate a los estragos económicos de la COVID‑19, la sostenibilidad de su deuda podría quedar en duda.

El argumento tradicional para la flexibilización del yuan es que China es demasiado grande para permitir que su economía baile al compás de la Reserva Federal de los Estados Unidos (más allá de que obtiene cierto grado de aislamiento con el control de capitales). El PIB de China (a precios internacionales) superó al de Estados Unidos en 2014, y la economía china todavía crece más rápido que Estados Unidos y Europa; por eso la idea de flexibilizar el tipo de cambio resulta cada vez más atractiva.

Un argumento más actual es que el papel central del dólar da al gobierno de los Estados Unidos demasiado acceso a datos sobre transacciones internacionales (lo cual también inquieta a Europa). En principio, las transacciones en dólares se podrían liquidar en cualquier lugar del mundo, pero los bancos y cámaras compensadoras estadounidenses tienen una ventaja natural significativa, porque cuentan con el respaldo implícito (o explícito) de la Fed, que puede emitir moneda en forma ilimitada durante una crisis. En comparación, cualquier cámara de compensación fuera de los Estados Unidos está más expuesta a eventuales crisis de confianza, un problema que afectó incluso a la eurozona.

Además, las políticas que inició el expresidente estadounidense Donald Trump para limitar el dominio comercial de China no se terminarán pronto. Es uno de los pocos temas en los que demócratas y republicanos coinciden en líneas generales; y es indudable que la desglobalización del comercio debilita al dólar.

Abandonar la fijación del yuan supone para las autoridades chinas numerosas dificultades, pero como es habitual en ellas, llevan tiempo preparando el terreno en una variedad de frentes. China flexibilizó el acceso de inversores institucionales extranjeros a bonos denominados en yuanes; y en 2016 el Fondo Monetario Internacional añadió el yuan a la cesta de monedas en las que se basa el valor de los derechos especiales de giro (el activo global de reserva del FMI).

Además, el Banco Popular de China está muy adelantado respecto de otros grandes bancos centrales en el desarrollo de una moneda digital. Por ahora es sólo de uso interno, pero en algún momento servirá para facilitar el uso internacional del yuan, sobre todo en países que están gravitando hacia un futuro bloque monetario chino. Esto dará al gobierno chino acceso a datos de las transacciones digitales de los usuarios (como es el caso con el sistema actual respecto de Estados Unidos).

¿Seguirán otros países asiáticos a China? Estados Unidos hará todo lo posible por mantener a otras economías en órbita alrededor del dólar, pero no le resultará fácil. Así como a fines del siglo XIX Estados Unidos eclipsó a Gran Bretaña como principal socio comercial del mundo, hace mucho que China superó a Estados Unidos en ese aspecto.

Japón y la India tal vez se mantengan aparte, pero es probable que en caso de flexibilizarse el yuan le den al menos un peso similar al del dólar en las reservas de divisa extranjera.

El vínculo actual de Asia con el dólar se parece mucho a la situación de Europa en los sesenta y principios de los setenta. Pero ese período terminó con alta inflación y el derrumbe del sistema de fijación cambiaria de la posguerra (Bretton Woods). Entonces la mayor parte de Europa comprendió que el comercio intraeuropeo era más importante que el comercio con Estados Unidos, se formó un bloque basado en el marco alemán, y décadas después este se transformó en la moneda única, el euro.

No quiere decir esto que el yuan chino vaya a ser la moneda mundial de un día para el otro. La transición de una moneda dominante a otra puede llevar mucho tiempo. Por ejemplo, durante el período de entreguerras (1919‑39), la nueva moneda internacional (el dólar) tuvo más o menos la misma importancia en las reservas de los bancos centrales que la libra británica, que había sido la moneda global dominante por más de un siglo después de las Guerras Napoleónicas de principios del siglo XIX.

¿Qué tiene de cuestionable el hecho de que tres monedas mundiales (el euro, el yuan y el dólar) compartan el centro del escenario? Nada, excepto que ni los mercados ni los gobiernos parecen mínimamente preparados para la transición. Es casi seguro que el tipo de interés de la deuda pública estadounidense subirá, aunque el mayor efecto lo sentirán los deudores corporativos, en particular pequeñas y medianas empresas.

Los funcionarios estadounidenses y muchos economistas al parecer siguen convencidos de que el apetito mundial de deuda denominada en dólares es prácticamente insaciable. Pero la posición internacional del dólar puede recibir un duro golpe si China moderniza sus esquemas cambiarios.

Traducción: Esteban Flamini

Kenneth Rogoff, Professor of Economics and Public Policy at Harvard University and recipient of the 2011 Deutsche Bank Prize in Financial Economics, was the chief economist of the International Monetary Fund from 2001 to 2003. He is co-author of This Time is Different: Eight Centuries of Financial Folly and author of The Curse of Cash.