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"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." ""Creo que mientras más critica exista dentro del socialismo,eso es lo mejor" Fidel Castro Ruz
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jueves, 31 de julio de 2025

Hace falta ¿UNA carga?

 firmas llamamiento de intelectuales




Al final de su discurso en el acto conmemorativo del vigésimo aniversario de los hechos del 26 de Julio de 1953, Fidel Castro citó “encendidos versos patrióticos” —y así los llamó— del “Mensaje lírico civil” de Rubén Martínez Villena: “Hace falta una carga para matar bribones, / para acabar la obra de las revoluciones, / para vengar los muertos que padecen ultraje, / para limpiar la costra tenaz del coloniaje, / […] / para no hacer inútil, en humillante suerte, / el esfuerzo y el hambre, y la herida y la muerte; / para que la República se mantenga de sí, / para cumplir el sueño de mármol de Martí; / para que nuestros hijos no mendiguen de hinojos, / la patria que los padres le ganaron de pie”.

La elipsis corresponde a dos versos que podían requerir una explicación fuera de las posibilidades inmediatas del discurso: “para poder un día, con prestigio y razón, / extirpar el Apéndice de la Constitución”. Hablan de la necesidad de derogar la Enmienda Platt, vigente en tiempos del poeta, pero derogada años antes de los sucesos de aquel 26 de Julio y, en consecuencia, del discurso citado, aunque todavía en 1953 la lucha antimperialista era una cuestión de primer orden. Ya zafada Cuba desde 1959 de la dominación estadounidense, antes de terminar el discurso con el grito de “¡Patria o Muerte! ¡Venceremos!”, el Comandante añadió: “Desde aquí te decimos, Rubén: el 26 de Julio fue la carga que tú pedías”.

Entre el discurso de 1973 y los acontecimientos fundacionales en él recordados, había transcurrido mucho menos tiempo que desde el discurso hasta hoy, y en ese trayecto la convocatoria plasmada en el “Mensaje” ha adquirido nuevas connotaciones. La carga que el poeta reclamó sigue siendo una, y a la vez se multiplica.

Así nos corresponde asumirla hoy, en su rotunda totalidad y con tantas cargas puntuales como sean necesarias. Hay muchos peligros contra los cuales lanzarlas, así como logros y aspiraciones que defender con ellas. Algunas cargas, a menudo interconectadas, se repasarán aquí en orden más bien aleatorio, y —llegado el caso— con mirada retroactiva, porque la historia es siempre contemporánea y el pasado subsiste en el presente:

-Contra efectos que en la guerra mediática se anota el imperio, cuando consigue que, de tan omnipresente y arrasador, el bloqueo aplicado desde hade más de seis décadas a Cuba termine siendo invisible, o así se le presente, aunque sea entre pocas personas, lo que no siempre parece ser. Cada vez parecen ser más las explicaciones y denuncias de calamidades que el pueblo cubano sufre, y que se enumeran sin mencionar el bloqueo o aludiendo a él tangencialmente. Ese acto genocida tiene el propósito declarado de causarle al pueblo cubano penurias que lo muevan a rebelarse contra la Revolución que se ha hecho para beneficiarlo. No es fortuito que el gobierno de los Estados Unidos —artífice del bloqueo— y el de Israel sean los principales cómplices y coautores del genocidio del pueblo palestino. Lo comete Israel con el apoyo de la potencia del Norte, y son los únicos gobiernos que votan contra Cuba en la Asamblea General de las Naciones unidas cuando el bloqueo se somete a votación.

-Contra quienes pudieran creer que hay derecho a esperar a que el bloqueo se levante para entonces hacer lo necesario con miras a revertir sus terribles efectos y lograr lo que el pueblo merece para disfrutar una vida vivible. Aun si fuera totalmente involuntaria —lo que no mermaría su culpabilidad—, esa espera apoyaría a los gobernantes estadounidenses. Si ellos alguna vez decidieran levantar el bloqueo, no lo harían precisamente para ayudar a Cuba, sino como un intento hipócrita de crear confusiones y ganar simpatía, y trazar caminos para otras acciones contra Cuba. Sería un gesto comparable con el que su socio israelí podría permitirse si pusiera fin al genocidio de Palestina cuando ya apenas queden integrantes de ese pueblo.

-Contra la corrupción, que puede seguir creciendo como una bomba de tiempo en desmedro de los afanes revolucionarios, y pudiera ser la mayor forma de complicidad con los planes imperialistas anticubanos. Siempre será aconsejable recordar, y aplicarlo cada día, otro discurso pronunciado por Fidel Castro: el del 17 de noviembre de 2005 en el Aula Magna de la Universidad de La Habana.

-Contra los malos hábitos de trabajo y la tentadora tendencia a esperar que el maná caiga del cielo, algo que no parece haber ocurrido nunca y, de ocurrir, daría un maná escasamente nutritivo y, a la larga, muy costoso. Sería letal olvidar que debemos confiar en nuestros propios esfuerzos. Cuando en el mundo la solidaridad es cada vez más arrinconada por las tramas comerciales, no debemos renunciar a nuestros ideales solidarios y su práctica, ni desconocer el peso de tales tramas y los intereses que ellas representan. Carecen de legitimad ética, pero tienen poder en tiempos en que ni la civilización ni menos aún los ideales comunistas se divisan en el horizonte como fuerza bastante para impedir la barbarie.

-Contra el crimen de rechazar la justa equidad confundiéndola con el igualitarismo, aunque este, en el mejor de los casos, no haya pasado en realidad de buenas intenciones y consignas, o de errores. Tampoco las desigualdades nacieron con los “ordenamientos” y las privatizaciones recientes: son anteriores, y tal vez en las actuales circunstancias hasta se hayan “democratizado”, al no basarse en la mala valoración del mérito, en suponer que este legitima desigualdades contrarias a un proyecto que ha tenido su mayor fortaleza en dar vida a ideales de los humildes, con los humildes y para los humildes.

-Contra la creencia de que ser miembro de una familia signada por la heroicidad de uno de sus integrantes, o varios de ellos, y ellas, da validez a conductas inaceptables. Aunque tal suposición no pasara de tolerar que un joven irresponsable se permita indisciplinas y actitudes “secundarias”, con el argumento de que sus mayores se sacrificaron, semejante idea sería harto nociva: puede conducir a realidades como algunas que, más o menos ostensibles hoy, son contrarias a los más elevados ideales asociables con tener familiares heroicos, y a la conducta de sus exponentes más representativos.

-Contra falsos conceptos de democracia anclados en actitudes y criterios populistas que acaban promoviendo la vulgaridad y la grosería. Así, en vez de asumir la necesidad de conducir la sociedad por los caminos de una cultura de veras fértil y enaltecedora, se abrazan las peores expresiones anticulturales.

-Contra todo tipo de abuso de poder, aunque no sea más, ni menos, que arrogarse derechos que podrían pasar por menudos pero apuntan a tomarse atribuciones contrarias a la justa equidad y al cultivo de la disciplina social. Tales atribuciones “autorizan” a violar normas del comportamiento colectivo.

-Contra la tendencia a no prestar cuidadosa atención al sentir popular. Si bien este no se debe tomar necesariamente como una pauta infalible para valorar actitudes y aplicar justicia, pues no estará ajena por decreto a la subjetividad excesiva o al efecto de propagandas indeseables, enemigas incluso, el sentir popular puede advertir sobre peligros varios, o ayudar a detectarlos. Sería funesto estimar, por ejemplo, que es necesariamente fruto de aquellas propagandas el justo reclamo de poner límites razonables a la construcción de hoteles que visiblemente desbordan la demanda, mientras hay notables déficits en la vivienda, no solo cuantitativos, sino asimismo en su calidad, con derrumbes que cuestan vidas. Tampoco se deben satanizar de antemano las opiniones que, vertidas por un pueblo hecho a resistir y a darle su apoyo al proyecto revolucionario en medio de muy complejas circunstancias, apunten a descontento o desaprobación con respecto a dirigentes y funcionarios que se mantienen en sus cargos pese a la valoración negativa o las aprensiones expresadas por voces del pueblo.

-Contra el peligro de usar la historia como fuente de consignas, y no como la raíz que nos sustenta y no por gusto nuestros enemigos procuran suplantar por narrativas falaces. También en el terreno de la historia la crítica se debe ejercer con pleno sentido de responsabilidad, y con la soltura necesaria, para que nadie se sienta con derecho a decir que se ha visto obligado a expresarse en medios que no representan el pulso revolucionario y emancipador de la nación.

-Contra la pérdida del vínculo natural entre dirigentes y el pueblo del cual ellos deben saberse parte, y serlo. Tal desvinculación, basada en modos de vida y concepciones derivadas de ellos, puede conducir a expresiones de insensibilidad ajenas a los ideales defendidos el 26 de Julio de 1953 como herencia del legado precursor —sintetizado por el ejemplo de José Martí en su centenario—, y en la lucha revolucionaria siguiente.

-Contra la posibilidad de que, al calor de influencias neoliberales y otras expresiones del pragmatismo capitalista, prosperen en el país los modelos del Plan Bolonia que cunden en países donde los programas educaciones —o más bien de instrucción— buscan formar empresarios al servicio del mercado y, por tanto, opuestos a la ética de signo socialista.

-Contra otro peligro que se inserta en algunos de los ya mencionados: olvidar las lecciones y el ejemplo de nuestros fundadores, desde Carlos Manuel de Céspedes y los demás de su entorno inmediato, pasando por los que rodearon a José Martí y continuadores como Julio Antonio Mella, Antonio Guiteras y el propio Martínez Villena, hasta llegar a Fidel Castro y sus compañeros, nacidos incluso fuera de Cuba, como Ernesto Che Guevara.

-Contra el menosprecio de la política comunicacional, para cuya consumación no bastan regulaciones como las leyes pensadas para defender el ejercicio de la comunicación social y la necesaria transparencia informativa.

-Contra el peligro de que, en busca de caminos prácticos para resolver problemas concretos, la propiedad privada y la dolarización “parcial” se desboquen cada vez más por rumbos no afines a los ideales que nos corresponde seguir defendiendo, y se agrave con ello la situación, ya difícil, del pueblo.

-Contra el facilismo o la invidencia que sería ignorar los vericuetos del desmontaje del socialismo en la URSS, tragedia que ha propiciado parafrasear el célebre minicuento de Augusto Monterroso y decir: “Cuando el socialismo se desmerengó, los oligarcas ya estaban allí”.

-Contra la posibilidad de acostumbrarnos a que periódicamente sea cada vez más rutinario hablar de errores y desviaciones, y de lo que debemos erradicar y no seguir cometiéndolo —como la improvisación y el descontrol—, en vez de tener motivos para enumerar aciertos y logros válidos que abonen la felicidad del pueblo.

-Contra el peligro de que el 26 de Julio como Día de la Rebeldía Nacional se vea limitado a los sucesos de 1953 y a otros de carácter armado que les dieron continuidad hasta la victoria de 1959. Sus lecciones de rebeldía deben servirnos para enfrentar política y moralmente cuanta deformación se oponga a la naturaleza del proyecto revolucionario; para acometer cuanto cambio sea de veras necesario en el afán de mantener vivo y fértil ese proyecto, lo que supone tomar el camino correcto, el más acertado posible para impedir que se incurra en cadenas de errores y deformaciones.

Solamente luchando de veras —con inteligencia y honradez— contra los peligros mencionados, y contra cuantos otros aparezcan, honraremos a quienes antes del 26 de Julio de 1953, en la epopeya de aquellos días, y en años posteriores se han esforzado de veras y hasta han dado su vida por el bienestar de la patria, o aún puedan darla. Será así como estaremos siendo plenamente fieles al poeta que reclamó una carga para exterminar bribones y completar la obra siempre abierta y en perfeccionamiento de las revoluciones, y al combatiente revolucionario que abrazó ese reclamo y lo puso en práctica.
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Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

domingo, 23 de marzo de 2025

Ahondar en un discurso de Fidel Castro

Por: Luis Toledo Sande   


Fidel durante su histórico discurso ante los jóvenes de la Universidad de La Habana, el 17 de
noviembre de 2005. Foto: Archivo.

Al margen de la riqueza de un texto, estrecheces al leerlo y difundirlo pueden empobrecer su interpretación. Parece ocurrir con el discurso pronunciado por Fidel Castro en el Aula Magna de la Universidad de La Habana el 17 de noviembre de 2005, del cual suelen citarse solamente las líneas que afirman que Cuba y su Revolución podrían autodestruirse, “y sería culpa nuestra”. Son líneas importantes, sin duda; pero no están sostenidas en el aire.

Con el presente artículo no se pretende esbozar siquiera la lectura que el discurso merece —y no pocas personas habrán hecho de él— por ser su autor quien es y estar el texto pleno de significación e implicaciones a lo largo de unas sesenta cuartillas bien nutridas. Se aspira no más aquí a llamar la atención sobre la necesidad de no quedarse en las líneas aludidas, sobre las cuales volveremos.

En la edición consultada el contador de la computadora señala que esas líneas las preceden 88 864 caracteres sin espacio entre ellos, y les siguen otros 72 747, lo cual equivale a 18 290 y 15 389 palabras, respectivamente. Eso indica un relativo equilibrio, asociable al lugar central que ocupan en la meditación del autor.

Otro elemento en que procede reparar es la reiteración del pronombre nosotros. Una pesquisa cuidadosa podría mostrar sus usos, entre el plural de modestia o de sesgo editorial, y la personificación de un sujeto colectivo y heterogéneo. Se vincula con una afirmación bastante anterior del propio Líder: “Hemos hecho una Revolución más grande que nosotros mismos”.

Vale añadir otra precisión obvia: como del lema de José Martí “con todos, y para el bien de todos” quedaban excluidos quienes no cabían ni querían estar en esa totalidad, del nosotros del Comandante se excluyen o autoexcluyen, o merecen ser excluidos, quienes no contribuyan ni quieran contribuir a la Revolución, aunque pudiera parecer que sí.

Muchos recordarán la conversación con jóvenes estudiantes en la que El Líder mencionó el entonces inminente aniversario 60 de su ingreso en la Universidad de La Habana, y del inicio de su visible entrega a la lucha revolucionaria. De aquel diálogo surgió la iniciativa estudiantil de honrar la conmemoración que se acercaba.

No necesitaba el Comandante más honores que los ya encarnados en su vida, pero el político de formación guerrillera era experto en aprovechar revolucionariamente lo que le propiciara trasmitir ideas. Podía ser la inauguración de un pequeño edificio de viviendas o un conspicuo centro de investigaciones científicas, la prédica sobre hábitos para aliviar el consumo de energía eléctrica en los hogares, el recibimiento de una figura relevante, un foro internacional dentro o fuera de Cuba, o un congreso de los Pioneros.

Sus sesenta años de trayectoria política ya identificada con su sello ofrecían motivo y escenario para el despliegue ideológico, máxime tratándose de la salvación colectiva ante peligros de tormentas o indicios de ellas. Por el alcance de la misión revolucionaria del Comandante, sus auditorios siempre desbordaban límites.

Dirigirse especialmente a un público juvenil era además una vía para abonar lo que debía ser, y él aspiraba a que fuera, el futuro de la patria. Hacerlo, por añadidura, desde el Aula Magna de la Universidad de La Habana le imprimía al mensaje un sesgo de solemnidad que el guerrillero poco dado a formalismos, pero maestro en el arte de la tribuna, sabría honrar.

Tenía de su lado los logros de una Revolución que había puesto a Cuba en el mapa mundial, no solo en el físico, sino sobre todo en el de la dignidad. Y se extendió en ejemplos de esos logros, alcanzados contra la hostilidad imperialista. Enraizado en esa historia, el país había sobrevivido a lo que el propio Comandante llamó el desmerengamiento de la URSS y del campo socialista europeo, y daba los pasos imprescindibles a su alcance, o más, para vencer las condiciones de lo que el mismo Líder denominó período especial.

Pero los peligros para Cuba no habían desaparecido. Un país no puede vivir aislado del mundo, aunque no viniera, como viene Cuba, de la dependencia colonial y neocolonial, con las punzantes desventajas que semejante realidad acarrea. Y el imperialismo, en particular su base estadounidense, vivía la euforia de un pretenso pensamiento único y de una supuesta posmodernidad que condenaba a los países de la llamada periferia a someterse a los designios de las naciones más poderosas: en primer lugar, de los Estados Unidos. Esa potencia capitalizaba la Academia trasladada a sus universidades desde Europa, y no faltó el patético remedo hegeliano que postulase el fin de la historia.

Según el discurso se acerca a las líneas aludidas, el Comandante concentra su argumentación en los peligros con los que la Revolución tendría que seguir lidiando, y que arreciaban. No serían solamente el de “creer que alguien sabía cómo se construía el socialismo”. Con eso en mente sostiene dirigiéndose en especial a la juventud del país, no solo la reunida en el Aula Magna: “Hoy tenemos ideas, a mi juicio, bastante claras, de cómo se debe construir el socialismo, pero necesitamos muchas ideas bien claras y muchas preguntas dirigidas a ustedes, que son los responsables, acerca de cómo se puede preservar o se preservará en el futuro el socialismo”.

No cabe menospreciar el poder de un enemigo sin escrúpulos que dispone de grandes recursos económicos, políticos, mediáticos, militares y tecnológicos en su afán de aplastar a la Revolución Cubana. Para Cuba se agravan los escollos materiales en un contexto donde sabe que, en caso de una eventual agresión militar contra ella, no debe esperar apoyo foráneo, aunque haya pueblos y movimientos dispuestos a dárselo. Si tal agresión se produce, el pueblo cubano deberá reeditar el heroísmo de Girón.

En ese punto el Comandante expresa: “Les sobran a ellos todos los tanques, y a nosotros no nos sobra ninguno, ¡ninguno! Toda su tecnología se derrumba, es hielo al mediodía en medio de un parque caluroso. Y otra vez, como cuando teníamos siete fusilitos y pocas balas. Hoy tenemos mucho más que siete fusiles, tenemos todo un pueblo que ha aprendido a manejar las armas; todo un pueblo que, a pesar de nuestros errores, posee tal nivel de cultura, conocimiento y conciencia que jamás permitiría que este país vuelva a ser una colonia de ellos”.

Es entonces cuando, aunque ha reconocido los grandes peligros externos que acechan a Cuba, pensará sobre todo en nuestros errores, consumados o potenciales: “Este país puede autodestruirse por sí mismo; esta Revolución puede destruirse, los que no pueden destruirla hoy son ellos; nosotros sí, nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra”. Desafiando el peligro, enumera pruebas de la creatividad resistente del pueblo cubano, y no solo se dirige al auditorio que tiene delante.

Los destinatarios que menciona en el encabezamiento son los “queridos estudiantes y profesores de las universidades de toda Cuba” y los “queridos compañeros dirigentes y demás invitados que han compartido con nosotros tantos años de lucha”, y en el cuerpo del discurso les habla también expresamente “a todos los líderes de la juventud, a todos los líderes de las organizaciones de masas, a todos los líderes del movimiento obrero, de los Comités de Defensa de la Revolución, de las mujeres, de los campesinos, de los combatientes de la Revolución, organizados en todas partes, luchadores durante años que en número de cientos de miles han cumplido gloriosas misiones internacionalistas”.

En la lista, que alcanzará de hecho al pueblo en su conjunto, sigue ponderando el desarrollo científico del país, y la participación de jóvenes en las distintas esferas de la vida nacional, así como los afanes internacionalistas. Alude al trabajo en general hecho por la juventud o con ella, y en particular al movimiento de trabajadores sociales. En ese frente —que hace años parece ni mencionarse, sino haberse desechado al modo del decir popular sobre la bañera con el agua sucia y el niño dentro— cifraba esperanzas fundamentales: “¿Y qué podrá derivarse del trabajo de esos jóvenes? Que vamos a poner fin a muchos vicios de ese tipo: mucho robo, muchos desvíos y muchas fuentes de suministro de dinero de los nuevos ricos”.

A eso añade: “¿Pensará alguien que vamos a confiscar el dinero? No, el dinero es sagrado; todo el que tiene su dinero en un banco, es intocable”. Para precisar: “Vean algo nuevo, se va a batir una abundante serie de vicios, robos, desvíos, uno por uno, a todos ellos, en un orden que nadie sabe. ¿Lo sospechan?, ¡es muy bueno!” A partir de ahí enrumba la explicación que sustenta su advertencia de que este país y su Revolución podrían destruirse desde dentro. ¿No podía estar pensando también en la amarga experiencia del desmontaje de la URSS y el campo socialista?

Lo hasta aquí apuntado no pasa de una mera invitación a no quedarnos con las líneas más salientes y citadas de un discurso que impugna errores, actos de desidia e ineficiencia, y de corrupción: “Hemos hecho cosas de esas, cosas que harían hablar a las piedras”, dice. Pero no promueve resignación ni autocomplacencia, sino la búsqueda de rectificación y saneamiento. Así continúa señalando errores que entonces eran y hoy siguen siendo costosos, por lo material y por sus nefastos efectos contra la ética.

Para ese balance de hechos y reclamos empleó el discurso, donde se refirió a la obra colectiva encarnada en su vida: “Es muy justo luchar por eso, y por eso debemos emplear todas nuestras energías, todos nuestros esfuerzos, todo nuestro tiempo para poder decir en la voz de millones o de cientos o de miles de millones: ¡Vale la pena haber nacido! ¡Vale la pena haber vivido!”

Que hayamos hecho una Revolución más grande que nosotros mismos implica también, en acto de lealtad a su ejemplo, el deber de cuidarla hasta de nosotros mismos cuando sea menester. Ese nosotros mismos abarca distintos grados de responsabilidad, desde quien ocupa un humilde puesto de trabajo hasta quien debe desempeñar altos cargos de dirección en los diferentes niveles, desde el barrio hasta el conjunto y la cima del país.

Es vital recordar que —como demandaba el mayor maestro del Comandante, José Martí— “todo hombre está obligado a honrar con su conducta privada, tanto como con la pública, a su patria”. Lo sostuvo en su circular “A los cubanos de Nueva York”, fechada 23 de junio de 1885. Ese mandato moral lo asumía Martí como expresión natural, orgánica, del patriotismo revolucionario.

Sean cuales sean las circunstancias que se supongan propiciadas o instadas por la vida, quienes no hayan abandonado los ideales de construir una sociedad justa, definida como socialismo, deben recordar la precisión con que, justamente ante jóvenes —en el Tercer Congreso de Juventudes Comunistas de Rusia—, Lenin definió la moral socialista: “lo que sirve para destruir la antigua sociedad explotadora y para agrupar a todos los trabajadores alrededor del proletariado, creador de la nueva sociedad comunista”.

Son verdades que no se debe esperar que complazcan a quienes, a la sombra de cambios anunciados como parte de la solución, no de los problemas, vivan ya como burgueses o aspiren a serlo. Ni a quienes estén dispuestos a protegerlos.

(Tomado de Cubaperiodistas)


Comentario de Luis Marcelo Yera 

Me alegro mucho que el autor del artículo retome este crucial discurso de Fidel, de tan actual vigencia. Cuanto me hubiera gustado tener la posibilidad de enviarle al gran líder los resultados de mi tesis doctoral, donde se demuestra que las interrogantes insatisfechas sobre lo qué es el socialismo, tienen su origen en leyes concretas de la concepción materialista y dialéctica de la historia que no fueron tenidas en cuenta por la llamada economía política del socialismo generada en la URSS, alterándolo todo. ¿Qué pensaría Fidel al acceder al aparato teórico conceptual atemporal del marxismo para desentrañar esta incógnita tremenda que nos acompaña?

martes, 26 de noviembre de 2024

Percepciones sobre la corrupción

Por  Luis Toledo Sande Cubaperiodistas



En todas partes la corrupción puede tener un cómplice orgánico: las ambiciones humanas. Pero suponer que nada puede hacerse para impedirla propiciará que sea cada vez más próspera y sustentable. Aquí se expondrán, más o menos a boleo, algunos elementos del tema, no como fruto de una investigación, sino de la observación y el sentido común. ¿Cabrá esperar por una investigación hecha con todo el rigor y todos los cuidados posibles para atajar un mal que se expande como la gangrena?

En Cuba la corrupción ha tenido apoyos que podrán ser universales, pero en ella han tenido rostros y vericuetos vernáculos. Quizás el primero de todos anidó en la esperanza de que un modelo sociopolítico justiciero y de voluntad ética trajera consigo sus propios mecanismos de inmunización contra lo indeseable.

De ahí a creer que la creación del hombre nuevo podía ser cuestión de poco tiempo, no había mucha distancia. Sumar a todo eso la conjetura de que reconocer la corrupción y denunciarla para poder combatirla proporciona armas al enemigo, le presta de hecho a este un arma todavía más poderosa que la revelación del mal: su propagación.

Semejantes mistificaciones podían acarrear otras, y una de ellas consistiría en decretar que la corrupción en Cuba era incomparable con la de los países capitalistas. Ese hecho es cierto, pero tal juicio eludía (elude) una realidad: por menuda que en Cuba fuera o se estimase la corrupción, resultaba (resulta) incompatible con el modelo de sociedad exigido por una Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes.

Asumir que la corrupción podía mantenerse solamente al nivel de los tobillos sin acercarse al corazón y mucho menos a la cabeza, valía para considerarla tolerable, y un “argumento” al uso proponía que “no era el momento de combatirla”. Cualesquiera que fuesen sus asideros, esa idea propiciaba demoras costosas, máxime con una propiedad social sin experiencia ni medios suficientes para impedir que se expandiera la nociva falacia según la cual lo de todos no es de nadie.

Eso, y no hacer todo lo necesario con el fin de erradicar la corrupción —mediante la educación, el convencimiento político, la brega ideológica y, llegado el momento, la represión policial y jurídica— se aliaría factualmente con las famosas tesis “científicas” sobre la inviabilidad de la propiedad social.

En muchas partes esas tesis han abierto puertas a las privatizaciones neoliberales, que no forzosamente han garantizado mayor producción ni, mucho menos, una distribución equitativa de lo producido, ni menos corrupción, sino más. Pero el término privatizar, que en Cuba llegó a considerarse una mala palabra, ha desembocado en un funcionamiento cotidiano con muchas menos talanqueras que las debidas, y con resultados visibles. Algunas máximas de origen religioso podrían ahorrarnos explicaciones sobre cómo actuar: entre Santa y Santo, pared de canto, y a Dios rogando y con el mazo dando.

Ciertas aristas de complicidad con la corrupción se afincarían en la idea de que personas que mucho habían arriesgado al servicio de la Revolución no se permitirían manchar su expediente con actitudes contrarias a la Revolución misma. Y de ahí cabía trasladar esa ilusión al ámbito familiar correspondiente. Si alguien expresaba rechazo a ventajas materiales disfrutadas por familiares de personas que habían sido o eran verdaderos héroes, le salían al paso voces que le decían: “Mucho se sacrificaron, y merecen darles una mejor vida a quienes dependen de ellos”. Tales puntos de vista, o de invidencia, llevarían a confundir el igualitarismo y la justa equidad.

Que enemigos de la Revolución Cubana hayan agitado hipócritamente contra ella la crítica del nepotismo, no resta ni un ápice de realidad al hecho de que las veleidades de ese mal la dañan tanto o más que cualquier acusación falsa. El vocablo nepotismo, que viene de cierta picaresca anticlerical, en italiano, lanzada contra cardenales y otras jerarquías religiosas, puede traducirse como sobrinismo: chistes homófobos abundan sobre falsos sobrinos (varones) de sacerdotes y otros varones responsabilizados con la moralidad y, en el ámbito eclesial, con el celibato.

Pero el nepotismo no se limita a la relación entre supuestos o reales tíos y sobrinos. Se aplica asimismo a otros parentescos y a las relaciones de pareja, y se vincula con el amiguismo y con el llamado sociolismo, nombre de elocuente ironía. Para otorgar ventajas por tales caminos es necesario tener el poder que lo permita, ya sea político o administrativo, o económico, variante que está creciendo, con distintas fuentes —no todas legales, ni éticas— en una parte numéricamente apreciable de la sociedad cubana.

Hace más de seis años, sin ouijas ni bolas de cristal, y sin dotes adivinatorias que no tiene ni pretende tener, el autor de este artículo escribió, entre otros relativos al tema, “¿Bombas de tiempo millonarias en Cuba?”. Se basó en la observación somera de modificaciones legales o ilegales desatadas en la sociedad cubana, y hubo quienes se alarmaron y hasta le recomendaron —al autor, no a la sociedad— que asistiera a consulta de siquiatría.

Hoy aquel artículo palidece ante el crecimiento de las bombas, y podría acusarse al autor de tibio, o de haber intentado descubrir lo obvio. Si todavía entonces el discurso político podía permitirse dictaminar que la corrupción y las desigualdades eran indeseables, pero mínimas, ya se han descubierto casos concretos que muestran las potencialidades del peligro.

No toda la responsabilidad se le puede echar encima al pueblo, que podrá hacer mucho, pero no cuanto el país necesita. Las instituciones deben cumplir su papel contra las deformaciones, y cortar por lo sano los males que corroan (o corroen ya) a la nación. La sociedad peligra si dichas instituciones no cumplen su cometido, que no se limita o no debe limitarse precisamente a cuestiones de papel, que “todo lo aguanta”.

Cuando el 17 de noviembre de 2005 Fidel Castro, El Líder de la Revolución, declaró: “Este país puede autodestruirse por sí mismo; esta Revolución puede destruirse, los que no pueden destruirla hoy son ellos; nosotros sí, nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra”, ¿estaría identificando ese nosotros con el pueblo en general?

Quien siempre dio pruebas fehacientes no solo de trabajar para el pueblo y contar con él, sino de confiar en él, vale estimar que con aquella declaración no estaría poniendo en igual grado de responsabilidad a todo el pueblo. Antes podía pensar en quienes cuentan con recursos, poder incluido, para provocar una implosión que en otros lugares ya había demolido proyectos que eran o se suponían socialistas, e irreversibles, una implosión que el Comandante bautizó con un nombre eficaz: desmerengamiento.

Aun si el país y todos sus organismos con sus recursos y medios de dirección fueran conscientes de tal peligro, y tomaran todas las medidas necesarias para evitarlo, el peligro podría consumarse, pero quedarían en pie las lecciones y la fuerza emanadas de los esfuerzos hechos para impedirlo. De no intentarlo a fondo, el peligro se consumaría irreparablemente, porque son muchas las fuerzas interesadas en que se produzca, y cundiría el mal ejemplo.

La comunicación social —que no es un regalo ni un lujo, sino un derecho del pueblo y un deber de quienes tienen la misión de conducirlo e informarlo— no parece que haya logrado rebasar todos los obstáculos prácticos y de pensamiento que le han impedido alcanzar un desarrollo pleno. Esos obstáculos, entre los cuales los de pensamiento pueden tener un peso particular, han abonado un vicio que le conviene a la corrupción y se ha llamado con nombres como síndrome del silencio y secretismo.

Quizás no sea un dato menor el hecho de que las leyes que deben regir la Comunicación Social y el derecho de la ciudadanía a la Transparencia sean sobremanera jóvenes, muy recientes aún. Por lo pronto, no parece que hayan logrado abrirse el debido camino, mientras que está por ver que algún ejecutivo de la prensa o de las instituciones que la orientan haya sido sancionado por practicar o imponer ocultamientos y, en cambio, quizás sea fácil hallar algunos que hayan sido sancionados por intentar revertirlos.

Cuando alguien publica algún artículo sobre estos temas, topa a menudo con personas para quienes se trata de una batalla perdida, y estiman que ningún cambio sustancial se debe esperar en esa esfera. La lentitud o la insuficiencia de la información sobre casos de corrupción y otras violaciones de las leyes, y de la ética revolucionaria, sirven de asidero para tan nociva desesperanza.

Con ella asoma una inquietud, calzada por datos y nombres que —por efecto de insuficiencias no atribuibles precisamente a las leyes aprobadas, sino a las prácticas que han antecedido, acompañado y seguido a su aprobación— no se esclarecen. La aludida inquietud incluye también algo así como hasta dónde puede llegar la investigación si se tira verdaderamente de la punta más visible.

Por fundada que fuera, esa preocupación no es más importante que la urgencia de erradicar los males que dañen al país. Hay un discurso del que puede asimismo decirse algo que vale también para el ya mencionado del Comandante: no parece citarse todo lo que se debe. El otro aludido lo pronunció el general de Ejército Raúl Castro () el 21 de diciembre de 2011 en el Tercer Pleno del Comité Central del Partido.

Con claridad sostuvo que en Cuba la corrupción “es equivalente a la contrarrevolución”, y en términos que recuerdan lo declarado por el Comandante, convocó al gobierno a actuar de modo implacable contra esa lacra que puede “llevarnos a la autodestrucción”. Es natural que reprobara “la pasividad con que actúan algunos dirigentes y la falta de funcionamiento integral de no pocas organizaciones partidistas”. Ese llamado hace pensar en otro del propio dirigente en un discurso que el articulista no ha podido localizar, pero en el cual el orador dijo algo que no ha de olvidarse: es necesario luchar contra la corrupción, “caiga quien caiga”.

Si ahora esa lucha urge librarla en medio de las penurias generadas principalmente por el bloqueo —crimen que intenta asfixiar a Cuba, y al que ella no debe permitirse hacerle ninguna concesión, sino desarrollarse pese a todo—, es previsible que la lucha ha de ser todavía más fuerte cuando el país, con bloqueo o sin él, alcance la prosperidad que necesita y merece. La corrupción puede crecer también, si no más, en medio de la bonanza económica y de diversos modos de propiedad. Lo evidencia el mundo.

Lo que peligra no son individuos aislados, sean cuales sean sus jerarquías, sus méritos y sus defectos, sus lealtades y sus actos de traición: peligra Cuba, topónimo que resume los caminos de una patria fraguada en más de un siglo de lucha. Al temor de que al tirar de la hebra de la corrupción aparezca demasiado hilo podrido, opóngase la certeza de que es preferible que solo queden el núcleo de la bobina y un pedazo de hilo sano, antes que una madeja letal que acabe por enredarlo todo.

Imagen de portada: Ares.

viernes, 15 de marzo de 2024

Corrupción / corrosión

Por Luis Toledo Sande Cuba periodista


Aunque los estragos de la corrupción puedan contabilizarse en términos económicos, no será en esa esfera donde más daño hagan. Lacra de lesa ética, la primera víctima de la corrupción es la confianza. En un grupo, un robo suscita que se diga: “Todos quedamos en evidencia”, y aún después de saberse quién es el ladrón, puede quedar en el aire una duda terrible: “¿Será el único?”

Es un lugar común afirmar que quien entra a robar en una casa habitada lo hace dispuesto a matar —léase: asesinar—, si se siente descubierto. En general, un corrupto es un asesino que empieza por acuchillar el sentimiento de confianza de los otros seres humanos. Si así ocurre por muy pocas que sean las víctimas de sus actos, ¿qué decir cuando ellas son la totalidad de un pueblo o —para no pecar de exageración ni de ingenuidad— la mayor parte de él, puesto que obviamente hay quienes se benefician del robo? Y la desconfianza aumenta si las fechorías del corrupto demoran en conocerse o no se castigan cumplidamente.

“¿Quiénes lo habrán acompañado, o apañado, en sus desmanes?”, es una pregunta que remite a otra: “¿Dónde estaban y qué hacían las personas que debían impedir que delinquiera?” Sin sucumbir a especulaciones irresponsables, lo seguro es que el corrupto o los corruptos no habitaban un mundo aparte ni actuaban en soledad, aunque así pudiera parecerlo por sus condiciones de vida.

Es difícil olvidar los años en que, cuando alguien intentaba combatir, o simplemente denunciar, los que se consideraban actos de corrupción menor —de esa que “no pasa de los tobillos”, aunque la gangrena puede extenderse desde ellos hasta la cabeza—, se le repetía que no era el momento. Se argumentaba que había urgencias mayores (sin soslayar la idea tácita de que se debía permitir que la gente se buscara la vida). O, ¡fantasma terrible y hasta justificado, pero ante el cual no cabe la parálisis!, se aducía que el enemigo podía aprovecharse de la realidad y de la correspondiente denuncia.

No hay propaganda enemiga que sea más nociva y hasta letal que las deformaciones propias, aunque se consideren menudas. El mismo criminal bloqueo que busca estrangular a Cuba para devolverla al yugo imperialista, encuentra apoyo objetivo en esas deformaciones, insuficiencias o errores, como proceda o se las quiera llamar.

Quien escoge el camino de la corrupción —dígase más claramente: del robo y otros entuertos o crímenes que a menudo se ha preferido solapar con eufemismos—, está en el camino de los antisociales. Simule lo que simule y ocupe la posición que ocupe, de hecho vive rebelado contra la sociedad que se ha intentado construir sobre bases éticas y justicieras. Aunque, démosle el privilegio de la duda, no tenga conciencia de serlo, es cómplice de los más encarnizados enemigos de la nación: en el fondo, es uno de ellos.

El líder histórico y permanente, El Líder, de la Revolución, no un teoricista o perestroiko de pacotilla, fue especialmente lúcido, ¡y miren que lo era en cada momento!, al advertir que nuestros enemigos externos —el poderoso imperialismo estadounidense y sus aliados, cómplices y lacayos— no podrían destruirnos. Está claro que, incluso apreciando el valor de la participación masiva en la defensa del país, no sería sensato suponer que la aludida eventualidad de su destrucción estará al alcance de todo el pueblo por igual. Hay grados de responsabilidad, o de culpabilidad.

La moral colectiva es un pilar imprescindible para la fuerza ética —la fuerza— de la nación; pero hay quienes por sus funciones, por su autoridad, por su lugar en la estructura social y jerárquica del país, acumulan recursos que pueden servir para destruirlo. En una declaración reciente, nutrida de las enseñanzas del Comandante, el primer secretario del Comité Central del Partido y presidente de la República sostuvo refiriéndose a un caso de corrupción que se investiga: “mientras más elevado sea el nivel de confianza depositada en un cuadro, mayor será el rigor e intransigencia con que se actúe ante hechos de esta naturaleza”.

Sin que nos dejemos morder por la desconfianza irracional, y menos aún por estados de opinión y campañas que pueden tener origen y fines variopintos, pero coinciden en hacer daño, no debemos cerrar los ojos a la evidencia de que la corrupción puede rebasar el ámbito de los funcionarios de nivel medio. Tanto puede rebasarlo, que es capaz de acercarse, no ya a las rodillas o a los hombros de la nación, sino a su cabeza.

Todo control será poco para impedir la calamidad a la que puede llegarse por ese camino. El control debe ser un instrumento para cultivar la ética, y para descubrir la corrupción —los corruptos— en fases iniciales, no cuando el mal se encuentre ya en estadios graves y sea capaz de propiciar metástasis, si es que no está en camino de ella.

En los mecanismos de control se debe mantener a raya los excesos de la subjetividad, pero es imprescindible estar atentos a la sensibilidad del pueblo, más sabio que muchos sabios individuales, e insustituible por instituciones, estructuras y autoridades, aunque ellas sean todo lo importantes que sean. Tener el oído pegado a la tierra es también eso.

Una cosa es defender y aplicar medidas que no son precisamente propias del afán socialista, pero contextualmente resulten necesarias para salvarlo, o así se cree, y otra distinta convertirse en entusiasta promotor de males como lo que voces del pueblo, acaso no pocas, estimaron que era el desmadre de las privatizaciones. Tal entusiasmo ¿será siempre casual?, ¿se debe dar por ingenuo y sano?, ¿vale descartar de antemano que tenga conexiones de las que siga siendo necesario vindicar a Cuba?

Sostener tranquilamente, y hasta con fervor, que las privatizaciones son parte de la solución y no del problema, puede favorecer más el paso al problema que a la solución. Si encima de eso el funcionario o dirigente se apea, entre sonrisas, con que “estamos aprendiendo sobre la marcha”, el pueblo tiene derecho a considerar que tras décadas de experimentos y tanteos resulta insoslayable haber aprendido o ser capaces de prever lo fundamental: qué les conviene a los afanes de justicia social, y que los mengua.

A eso se refirió hace pocos meses el autor de este artículo en otro publicado en Cubaperiodistas con el título de “El raro encanto del equilibrio”, y en estos días supone que no es necesario insistir en el punto. Pero se pregunta si, en caso de no haberse descubierto a estas alturas lo que ya se da como un caso de corrupción, el frenesí privatizador se habría mantenido tal cual y con los desbordamientos que el pueblo viene denunciando, y sufriendo.

Lo que está en juego, en peligro, es mucho más que un plan de medidas por las que se ha apostado como se ha hecho, pero que requieren control. Ante la realidad que aúlla, urge poner todos los sentidos —todos, que tal vez no terminen en el sexto de ellos— en impedir que nos desmigajen la nación, y se dé al traste con los ideales de equidad que le han valido al experimento cubano el apoyo del pueblo. O de esa mayoría que tanto esfuerzo y tantos sacrificios, penurias incluidas, ha protagonizado en las aspiraciones de una transformación que le asegure mejorías cotidianas, vida vivible, sin renunciar a la esperanza martiana, heredada por el Comandante Fidel Castro, de alcanzar toda la justicia.

Foto de portada: Annick Vanderschelden / Tomada de Getty images

Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

domingo, 28 de enero de 2024

El sobrenatural José Martí

 Luis Toledo Sande Cubaperiodista


Cuando para algunos parecía que el marxismo era hasta cuestión de moda, y que su triunfo estaba al doblar la esquina, era frecuente oír o leer ciertos modos de aquilatar realidades. Con esas miras se citaba el testimonio trasmitido por Julio Antonio Mella en 1926 en sus “Glosas al pensamiento de José Martí” (de fácil lectura en distintas ediciones de obras del autor y del volumen colectivo Siete enfoques marxistas sobre José Martí), al sostener que el Maestro “comprendió bien el papel de la República cuando dijo a uno de sus camaradas de lucha —[Carlos] Baliño— que era entonces socialista y que murió militando magníficamente en el Partido Comunista: “¿La Revolución? La Revolución no es la que vamos a iniciar en las maniguas, sino la que vamos a desarrollar en la República”.

Eran años en que también abundaba la afirmación de que el proyecto revolucionario de Martí era tan acertado que había merecido la aprobación de Baliño. Pero más atinado habría sido afirmar que el marxista en formación que era el honrado Baliño —a quien Martí estimó como “redondo de mente y de razón” (I, 298)—1 tuvo la lucidez de entender que debía sumarse al proyecto del Maestro y formar parte del Partido Revolucionario Cubano. Con eso no se mengua a Baliño: solamente se recuerda su condición de seguidor de Martí, como en 1925 lo fue de Mella, a quien acompañó en la fundación del primer partido marxista cubano, lo que también habla de grandeza.

En cuanto a la confesión de la cual solía hacerse depender la diferencia que Martí veía entre la necesaria independencia y la justicia social que Cuba también necesitaba, no procede restar ni un ápice de importancia al testimonio de Baliño recordado por Mella. Pero sería más contundente comprobar la mencionada distinción en la palabra del propio Martí, cuya visión —que de modo sistemático vinculaba lo local y lo universal— tampoco en ese tema se limitó a Cuba.

A propósito del crecimiento del Partido Revolucionario Cubano —que él había fundado el año anterior, y lo encabezaba—, el 14 de enero de 1893 publicó en Patria el artículo “Cuatro clubs nuevos”, donde afirmó: “Independencia es una cosa, y revolución otra”, juicio que ilustró con este ejemplo: “La independencia de los Estados Unidos vino con Washington; y la revolución cuando Lincoln” (II, 196).

No es ahora del caso abundar en ese proceso, pero al menos apúntese que con Abraham Lincoln se asocia la solución de un problema que se mantuvo desde George Washington y manchó la Constitución nacida de la independencia de las otrora Trece Colonias: la esclavitud. El discurso que Martí pronunció el 19 de diciembre de 1889, conocido con el título “Madre América”, evidencia que su pensamiento emancipador no lo satisfacía la solución vinculada con el quehacer de Lincoln, que consideraba grande, pero incompleta.

A Cuba y la independencia que a ella le urgía alcanzar las tenía presentes siempre, y con una perspectiva que, lejos de cerrarse en su tierra, se extendía a la tierra toda. Lo declaró en Versos sencillos, poemario publicado en 1891: “Con los pobres de la tierra/ Quiero yo mi suerte echar”, y tituló precisamente “Los pobres de la tierra” un medular artículo publicado en Patria el 24 de octubre de 1894 (III, 304-305).

Pese a lo mucho que habría costado y seguiría costando la lucha por la liberación nacional, en ese texto sostuvo categóricamente: “En un día solo no se hacen repúblicas; ni ha de lograr Cuba, con las simples batallas de la independencia, la victoria a que, en sus continuas renovaciones, y lucha perpetua entre el desinterés y la codicia y entre la libertad y la soberbia, no ha llegado aún, en la faz toda del mundo, el género humano”.

Aunque mucho faltaba por hacer en pos de la independencia de Cuba, la gran importancia de esa meta no hacía de ella el propósito mayor o final de Martí. En Patria del 14 de marzo de 1893, soñando ya con la emancipación de Cuba y de Puerto Rico, vaticinó que en ambas volvería a haber “hombres que mueran puramente, sin mancha de interés, en la defensa del derecho de los demás hombres” (II, 255).

Sobre el tema abundan en su obra textos que citar para no tener que basarse en otros autores, y mucho menos en testimonios orales. La selección de los ejemplos vistos al inicio podría considerarse tendenciosa ideológicamente. Pero es posible que haga ya no poco tiempo que a Baliño no se le recuerde tanto como merece, o que, por lo pronto, no se acuda a su palabra y a sus actos como se hacía en aquellos momentos aludidos.

Frente a ese hecho hay otro de signo diferente. Ya va para unos años que, al hablar de la singularidad de Martí y su capacidad de imantación, se busca el aval de José Lezama Lima, poeta exuberante y grandioso cuya palabra ciertamente merece que se repare en ella, y se le disfrute. Según lo transcrito acerca de un encuentro suyo con público, cuando alguien de los presentes le pidió que hablara acerca de Martí, respondió: “Ese es un tema que se nos escapa entre las manos como un pez aceitado: Martí es un misterio que nos acompaña”.

La imagen fue un acierto de Lezama, pero quedarse en su definición priva del gusto de apreciar que mucho antes de que él llamara así a Martí, ya en su obra citada Mella lo había asociado con el misterio, aunque hoy ese otro acierto parece citarse menos que el del autor de La cantidad hechizada. En ello no solo cabe considerar el encanto poético de este último, sino una dosis de desquite frente a los años en que su obra sufrió interdicción. Pero lo más importante podría hallarse en la coincidencia de dos figuras tan diversas como Mella y Lezama al identificar a Martí con lo que, por lo pronto poéticamente, podríamos llamar su desbordamiento sobrenatural.

En las citadas Glosas de 1926 donde recogió el testimonio de Baliño ya visto, Mella mencionó “el misterio del programa ultra-democrático del Partido Revolucionario, el milagro —así parece hoy— de la cooperación estrecha entre el elemento proletario de los talleres de la Florida y la burguesía nacional”. Y casi en las primeras líneas del mismo texto ya el militante comunista había sobrepasado esa observación, al confesar lo que sentía ante Martí: “Bien lejos de todo patriotismo, cuando hablo de José Martí, siento la misma emoción, el mismo temor, que se siente ante las cosas sobrenaturales. Bien lejos de todo patriotismo, digo, porque es la misma emoción que siento ante otras grandes figuras de otros pueblos”.

No se trata de sustituir pendularmente unas citas por otras, y a unos autores por otros, sino de asumir la herencia cultural de la manera más abarcadora posible, lo que refuerza su valor y su consistencia como alimento de los actos de entendimiento y transformación de la realidad. Es algo que procede hacer con la certeza de que lo que se cita o no se cita, y el modo como se hace lo uno o lo otro, no solo obedece a preferencias personales, sino también a tendencias y oscilaciones de épocas.

Hacer depender de un testimonio de Baliño recordado por Mella el alcance del pensamiento de Martí puede empobrecer —por lo real, posible o presuntamente tendencioso de la fuente— el entendimiento que ese alcance merece. De modo similar, reducir el vínculo de Martí con el misterio al estremecimiento expresado por Lezama Lima en un texto que tiene todas las trazas de reflejar su pensamiento y su palabra, aunque sea la versión, hecha por otras manos, de una intervención oral suya, podría generar, si no desconfianza, sí la idea —prejuiciada, pero no desdeñable— de que tal emoción era privativa de un poeta barroco y religioso.

Tal reduccionismo rueda por tierra al conocer cómo veía a Martí un combatiente revolucionario, marxista, aunque, por lo que podría tener de esquemática, esta clasificación no haga justicia a la compleja riqueza de la realidad. Ni a los vínculos generacionales que con el ejemplo de Mella tuvo un Lezama que recordaba con orgullo su propia participación en la manifestación estudiantil del 30 de septiembre de 1930, en la que Rafael Trejo, un joven de la estirpe de Mella, fue mortalmente herido por la represión policial.

Que tanto Mella como Lezama tuvieran de Martí la visión que los honró a ellos mismos, habla de la extraordinaria grandeza del compatriota de talla universal a quien ambos admiraron, y que no cabía en congregaciones. Pero los dos autores mencionados no han sido ni serán los únicos en apreciar esa grandeza y sus resplandores asociables con el misterio.

Roberto Fernández Retamar, quien conoció a Ezequiel Martínez Estrada no solamente a partir de su colosal obra escrita, que él estudió, sino en fuertes vínculos profesionales y de amistad, le gustaba recordar —se lo oyó más de una vez en diálogos con él quien escribe estas notas— algo que el sabio argentino, también estudioso de Martí, confesaba: luego de pensar en Martí y su singularidad, de meditar sobre su poder de irradiación espiritual, su extraordinaria estatura intelectual, humana, no se sentía seguro de que el autor de Versos libres no fuera un dios.

La coincidencia de tres pensadores diversos como Mella, Lezama y Martínez Estrada al identificar a Martí con lo que, resumiendo, podríamos llamar, más que sobrenatural o misterioso, sagrado, sugiere rozar al menos algunas tendencias opuestas. De un lado tendríamos la posición que, más que atea, podríamos calificar de ateocrática, y que tanto daño ha hecho a fuerzas de izquierdas que han reducido sectariamente la interpretación científica del mundo y la historia al ateísmo, asumido en extremos empobrecedores como la chatura espiritual.

Curiosamente, cuando esa confusión se desvanecía, o perdía credibilidad y partidarios, del bando opuesto a las luchas revolucionarias surgió la negación de lo sagrado. Sin ahondar mucho en el tema, esa fue una de las “aportaciones” de la llamada posmodernidad, uno de los malabarismos cognitivos o verbales azuzados desde universidades de los Estados Unidos. Sí, la nación que Martí llamó “la Roma americana” (III, 142), y a la cual actualmente Europa se somete de modo cada vez más peligroso y patético.

Al tiempo que devaluaban lo sagrado, los nuevos cánones propalados en especial desde instituciones estadounidenses proponían que la historia no pasaba de ser un relato, mero simulacro, sucesión de máscaras. De ahí a la pésima caricatura hegeliana según la cual la historia no habría terminado en tiempos del gran filósofo alemán, sino con la implantación de un pretenso “pensamiento único” —el imperialista, huelga decir—, no habría ni siquiera un paso. No recuerda ahora quien esto escribe el nombre del economista estadounidense que hace unas décadas dictaminó que la guerra entre ricos y pobres había terminado, porque “la habían perdido los pobres”.

No es una simple maniobra verbal, y mucho menos un acto inocente, la ofensiva ideológica que hoy, con más fuerza aún, intenta mantener uncida y opiada a la humanidad, con negocios de farándula y fútbol, entre otras maniobras. Consciente o inconscientemente, los promotores de tal ofensiva tienen ante sí un hecho: no es la historia, sino su hegemonía imperialista, la que está abocada a su final, aunque todavía no se pueda calcular el tiempo que le queda al imperio para disfrutar los dividendos acumulados durante siglos. Ni el daño que con sus estertores aún puede seguir haciéndole al mundo en los extremos de un desequilibrio que Martí quiso impedir a tiempo.

Privarnos de lo sagrado y de la voluntad de transformar el mundo nos dejaría sin el legado de héroes como el propio Martí, quien no se resignó a dictámenes positivistas y pragmáticos sobre lo posible. Lejos de esa actitud, echó su suerte con los pobres de la tierra en la lucha que asumía con el ideal que le expuso a su colaborador Juan Gualberto Gómez cuando, en enero de 1895, autoridades estadounidenses habían hecho naufragar —en el puerto floridano de Fernandina— el factor sorpresa con que él había concebido el inicio de la contienda independentista y antimperialista.

Pese al revés que aquel golpe significaba, Martí no vaciló en seguir dando los pasos necesarios y desatar en Cuba la guerra que sabía necesaria para mantener viva la posibilidad de independizarla del colonialismo español y de la ofensiva imperialista estadounidense. A Juan Gualberto, su ejemplar enlace con las fuerzas mambisas en la Isla, le escribió en medio de la angustia: “Conquistaremos toda la justicia” (IV, 46).

Esa aspiración puede parecer una convocatoria mística o un reclamo sobrenatural en medio del marasmo y el desconcierto fabricados en el mundo por los medios imperiales de la actualidad. Pero es la mayor fuerza real a la que pueden abrazarse quienes aspiren a sacar a la especie humana del sometimiento y el peligro de extinción a que intentan condenarla las fuerzas aún dominantes —¡y de qué terrible modo!— en el planeta.

Frente al gran desafío sigue en pie la mezcla de realismo y espiritualidad de quien, en 1887, expresó esta convicción: “Ya no cabe en los templos, ni en estos ni en aquellos, el hombre crecido”, y en el poema IV de Versos sencillos, libro impreso en 1891, escribió: “¡Díganle al obispo ciego,/ Al viejo obispo de España/ Que venga, que venga luego,/ A mi templo, a la montaña!”.

Quien habría de caer entre montañas en la lucha armada por la independencia de su patria —meta que él asumía con horizontes de humanidad— fue una fuerza revolucionaria unificadora, y en la estrofa final de ese poemario expresó: “¡Verso, nos hablan de un Dios/ Adonde van los difuntos:/ Verso, o nos condenan juntos,/ 0 nos salvamos los dos!”.

No es cuestión de identificar a Martí con lo sobrenatural entendido como fuerza divina, pero sí con esa concentración telúrica que llega a lo extraordinario, a lo grandioso, a lo que está por encima de lo natural como norma o medida común. No es fortuito el afán de fuerzas opuestas a él que han intentado falsificarlo, neutralizarlo, infamarlo incluso. Pero sigue en pie el ejemplo del combatiente revolucionario que en el poema XXVI de Versos sencillos escribió: “Cuando al peso de la cruz/ El hombre morir resuelve,/ Sale a hacer bien, lo hace, y vuelve/ Como de un baño de luz”.

El 25 de marzo de 1895, en su recorrido por tierras caribeñas hacia Cuba para incorporarse a la guerra en cuya preparación él había sido decisivo, y en la que cayó combatiendo menos de dos meses después, reclamó: “Ahora hay que dar respeto y sentido humano y amable, al sacrificio”.

Al decir de Cintio Vitier, “los marxistas y los cristianos —católicos y protestantes— no podemos estar de acuerdo totalmente con Martí en materia religiosa: los marxistas, porque Martí no fue ateo ni materialista; los cristianos, porque no creyó en la revelación única de Dios a través de sus profetas y de su Hijo encarnado, con todas las consecuencias que esto supone” (Anuario del Centro de Estudios Martianos, No. 11, 1988, p. 235).

Pero vale apuntar que el héroe de Dos Ríos asumió el legado ético asociado a Cristo, y lo sintetizó en esta definición: “Cristiano, pura y simplemente cristiano.—Observancia rígida de la moral,—mejoramiento mío, ansia por el mejoramiento de todos, vida por el bien, mi sangre por la sangre de los demás”. Eso remite a la carta conocida como su testamento literario, donde se lee: “En la cruz murió el hombre en un día: pero se ha de aprender a morir en la cruz todos los días”.

Solo agreguemos que no expresaba con ello el irresponsable afán suicida que algunos han querido atribuirle. Era vital, y amaba la vida. Su primer juramento revolucionario se lo hizo en la niñez, y lo recordó años después en otro poema de Versos sencillos, el XXX: “Lavar con su vida” —con toda su vida, no solo con su sangre, como a veces se ha mal citado— el crimen de la esclavitud, que ya entonces no era la de antiguo cuño, sino la que se extendía, en nuevas circunstancias, como “la gran pena del mundo”.

Nota

1 Las citas de José Martí provienen de sus Obras completas editadas en La Habana entre 1963 y 1966, con reimpresiones. El número romano indica los tomos; el arábigo, las páginas.