Fidel


"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." ""Creo que mientras más critica exista dentro del socialismo,eso es lo mejor" Fidel Castro Ruz

jueves, 11 de junio de 2026

La Seguridad Social se enfrenta a una crisis política.

Estados Unidos puede permitirse seguir pagando las prestaciones completas. ¿Pero lo haremos?
Foto de archivo de un hombre triste sentado a la mesa en la cocina.

El martes, los administradores del Seguro Social publicaron su último informe sobre las finanzas del sistema. Las cifras no variaron mucho: a menos que se tomen medidas, el programa de Seguro de Vejez, Supervivencia e Incapacidad (OASDI, por sus siglas en inglés), nombre oficial del Seguro Social, no podrá pagar la totalidad de las prestaciones a partir de 2032 o 2034, según algunos problemas técnicos. Esto no está lejos: si los administradores tienen razón, la perspectiva de una crisis del Seguro Social se cernirá sobre la próxima administración presidencial.

Es importante comprender, sin embargo, la naturaleza de la crisis que se avecina. No será una crisis económica. Ni siquiera será una crisis fiscal grave. Independientemente de lo que haya oído, la Seguridad Social no corre peligro de quiebra.

En cambio, nos enfrentamos a una posible crisis política. El Congreso y la Casa Blanca podrían tomar medidas fácilmente para mantener el sistema de pensiones estadounidense. Pero dada la situación política actual, no hay garantía de que lo hagan.

Existe un malentendido generalizado sobre el funcionamiento de la Seguridad Social. Si bien se diseñó para parecerse a un fondo de pensiones, no lo es. Un fondo de pensiones paga prestaciones con cargo a un patrimonio acumulado a lo largo del tiempo. En cambio, la Seguridad Social funciona como un programa de transferencias gubernamentales, similar a los cupones de alimentos o Medicaid.

Ahora bien, a diferencia de los cupones de alimentos —pero al igual que el fondo fiduciario para carreteras—, la Seguridad Social está financiada, al menos en teoría, por un impuesto específico, el impuesto sobre la nómina, que se destina a ese programa. Digo «al menos en teoría» porque, desde un punto de vista económico, asignar el impuesto sobre la nómina a la Seguridad Social es simplemente una convención contable. Lo que importa para la economía estadounidense es el equilibrio general entre el gasto y los ingresos públicos, no la diferencia entre un tipo de gasto y una fuente de ingresos. Por lo tanto, no tiene ninguna relevancia económica intrínseca el hecho de que para 2034 la recaudación del impuesto sobre la nómina sea insuficiente para cubrir las prestaciones prometidas.

Sin embargo, existe un problema legislativo. Mientras la Administración del Seguro Social pueda pagar las prestaciones con los impuestos sobre la nómina y su reserva de efectivo, no es necesario que el Congreso vote anualmente para autorizarlas; simplemente se seguirán pagando hasta nuevo aviso. No obstante, una vez que esos recursos resulten insuficientes, las prestaciones disminuirán —un 17%, según los administradores— a menos que el Congreso apruebe una nueva ley que refuerce las finanzas del Seguro Social.

Sin embargo, la actual administración y el Partido Republicano son tan extremistas que existe un riesgo real de que la Seguridad Social sea utilizada como rehén para lograr sus objetivos. Si esto ocurriera, quienes la utilizan como rehén alegarán que fortalecer la Seguridad Social es inasequible. Como era de esperar, Mike Johnson, el adulador presidente de la Cámara de Representantes, declaró el lunes que los programas de prestaciones sociales como la Seguridad Social "deben ajustarse y corregirse", y que los republicanos presentarán un plan al respecto el próximo año.

Pero esto es una estratagema, porque si bien el costo de mantener las prestaciones de la Seguridad Social al nivel prometido no es insignificante, de hecho es asequible. Según el informe de los administradores, el saldo actuarial del OASDI hasta 2050 —la cantidad de fondos adicionales que necesitaría para seguir pagando las prestaciones completas durante los próximos 25 años— es el 1,06 por ciento del PIB. Para poner esa cifra en perspectiva, la administración Trump propone aumentar el gasto militar el próximo año en 420 mil millones de dólares , equivalente a aproximadamente el 1,4 por ciento del PIB, sin ninguna discusión sobre si eso es asequible.

¿Pero cómo llegamos al punto en que será necesario complementar la Seguridad Social? La respuesta principal es que tenemos una población que envejece, con una proporción cada vez mayor de jubilados que reciben prestaciones en comparación con los trabajadores que cotizan al sistema:

Las políticas antiinmigratorias de Trump están empeorando este problema. Según el informe de los administradores, una menor inmigración agravará el déficit financiero de la Seguridad Social, ya que muchos inmigrantes son adultos en edad laboral que cotizarán al sistema durante décadas antes de recibir prestaciones. De hecho, este problema podría ser mucho mayor de lo que reconoce el informe: su supuesto base es que tendremos una inmigración neta de casi 1,2 millones de personas al año, e incluso el escenario más pesimista prevé 750 000 al año. Mientras tanto, la inmigración neta real ya se ha reducido muy por debajo de esa cifra, e incluso podría ser negativa.

Además, la Seguridad Social se ve perjudicada financieramente por la creciente desigualdad de ingresos en Estados Unidos. Los impuestos sobre la nómina se aplican únicamente a los salarios de hasta 184.500 dólares y no gravan las rentas del capital. A medida que la distribución de la renta se desplaza cada vez más del trabajo al capital, y se vuelve más desigual entre los asalariados, los ingresos procedentes del impuesto sobre la nómina de la Seguridad Social han disminuido como porcentaje de la renta nacional. Entre 1990 y 2024, descendieron del 5,02 % al 4,46 % de la renta nacional bruta.

Lo cual me lleva a la pregunta que, en estos tiempos, nos hacemos sobre todo: ¿Cómo podría verse afectada la Seguridad Social por la llegada de la IA?

En resumen: si, como muchos tememos, la IA acelera el aumento de la desigualdad de ingresos, reducirá aún más los ingresos por impuestos sobre la nómina que actualmente financian la Seguridad Social y pondrá aún más en peligro sus finanzas.

Por otro lado, si la IA, como prometen sus defensores, impulsa un crecimiento económico más rápido, aumentará la base impositiva potencial que podría y debería utilizarse para financiar la Seguridad Social y otros programas de protección social. Pero para aprovechar esa base impositiva más amplia, tendremos que tomarnos en serio la tributación de la riqueza y las rentas del capital.

¿Está en crisis la Seguridad Social? Sí, pero solo por la forma en que está estructurada su financiación actualmente: una estructura que ya no funciona bien debido a la profunda desigualdad que existe en nuestra sociedad y economía. Además, las políticas migratorias de Trump están agravando aún más su ya precaria situación financiera.

Así que no crean en las mentiras de los republicanos sobre la necesidad de recortar las prestaciones de la Seguridad Social. Para preservar la Seguridad Social, basta con la voluntad política de aumentar los impuestos a los ricos y una política migratoria sensata.

CODA MUSICAL

En realidad, 67 según la ley actual.

Estados Unidos anuncia medida coercitiva contra la Unión Cuba-Petróleo. Comentario HHC

 En este artículo: Bloqueo, Cuba, Economía, Estados Unidos, Gobierno, Política, Relaciones Cuba Estados Unidos, Sociedad, Unión Cuba-Petróleo (Cupet)

 




Imagen referencial. Foto: Unión Cuba Petróleo (Cupet)

El gobierno de Estados Unidos anunció este jueves una nueva medida coercitiva contra la Unión Cuba- Petróleo (Cupet), en el marco de su política de asfixia económica contra Cuba. La empresa cubana fue incluida hoy en la lista unilateral de la OFAC (Oficina de Control de Activos Extranjeros de EE.UU.) del Departamento del Tesoro, en virtud de la Orden Ejecutiva 14404 del presidente Donald Trump.

El secretario de Estado Marco Rubio compartió el comunicado y declaró que “las élites comunistas cubanas han instrumentalizado la energía como herramienta de control social y lucro cleptocrático”.

Y acusó sin presentar pruebas que “durante décadas, el gobierno ha robado y acaparado el combustible disponible, utilizándolo para el avión privado de los Castro, las fuerzas de seguridad empleadas para reprimir al pueblo cubano, para mantener iluminados hoteles turísticos vacíos y para transportar personas en autobuses para protestas falsas y maniobras políticas; todo esto mientras el pueblo cubano sufría apagones y esperaba semanas para llenar el tanque de sus autos”:

“El presidente Trump desea un nuevo futuro para el pueblo cubano con mayor libertad y oportunidades económicas y políticas. Hasta entonces, continuaremos atacando la capacidad del gobierno para utilizar su comercio de energía para promover su agenda corrupta y reprimir violentamente al pueblo cubano”.

Las sanciones contra CUPET  tienen un efecto directo en la vida cotidiana de los cubanos.

La falta de combustible afecta el transporte público, la generación eléctrica, la producción de alimentos y la distribución de bienes esenciales. Cada nueva sanción es un golpe más al esfuerzo del país por recuperarse de la crisis económica agravada por el propio bloqueo.

(Tomado de La Jornada)

Comentario HHC: No se que esperamos para acusar a EEUU por crimenes de lesa humanidad en las instancias que correspondan.

¿Hacer cosas nuevas con mentes viejas?


Se ha propiciado, ya sea por desconocimiento, intereses creados, miopía política, atrincheramiento ideológico, apego a la zona de confort y los cargos, que las debilidades se hagan mayores y seamos más vulnerables frente a los que esperan por la “fruta madura”.




En estos primeros seis meses del año, todo se ha puesto un poco más difícil para nuestro país y el mundo está en ascuas con ese conflicto provocado por el régimen de Trump que ha “logrado” que se mantenga bloqueado el estrecho de Ormuz, por donde antes de la guerra circulaba buena parte del petróleo mundial.

Estados Unidos, al parecer, ha perdido la capacidad de influir sobre el otro “régimen”, el de Israel, para que siga sus orientaciones. Mientras, “la vieja Europa” sigue sin saber cómo lidiar con este conflicto y con el de Ucrania.

Estos seis meses han sido pródigos en noticias sobre Cuba, casi todas malas. Desde la amenaza permanente de una acción armada —para unos posible y para otros no— defendida por un grupo de malos cubanos, hasta nuevos empujones que tienen por objetivo lograr que el “gobierno cubano se caiga solo” y que el “estado fallido”, por fin, falle.

RelacionesCuba-EEUU

Quizás me equivoco, pero tengo la impresión de que muy pocas economías/países han soportado tanta presión durante tanto tiempo.

Imagino siempre un país del Caribe, de esos mismos que durante décadas se beneficiaron de la solidaridad de Cuba y que ahora casi nos han borrado de sus mapas de la región.

Si cualquiera de esos pequeños países fuera incluido en la lista famosa de países “patrocinadores del terrorismo” y por ello privado de hacer operaciones financieras con bancos extranjeros… Si, además, se le prohibieran los suministros de petróleo; se quedara prácticamente sin compañías marítimas para realizar su comercio; se amenazara a las compañías extranjeras que tienen negocios en ese país con sanciones, incluso a las personas que trabajan en ellas y también a sus familiares. Si a su vez, las líneas aéreas internacionales recortan/suspenden sus servicios y compañías que ofrecen los servicios de pago internacionales también de un día para otro paralizan esos servicios… ¿Cómo sobreviviría uno de esos países del Caribe nuestro si tuviera que enfrentar una situación así?

¿Y qué pasaría si, a pesar de toda esa presión, Cuba logra al menos “vadear” la situación?

No creo que pueda haber peor derrota política para el régimen de Trump, incluyendo la que todos los días sufre en Irán, que el hecho de que Cuba siga resistiendo. Y es por esa razón que cada día me convenzo más de que el gobierno de Estados Unidos hará todo y algo más para que algo así no ocurra.

Es junio, estamos a siete meses de la última sesión de 2025 de la Asamblea Nacional del Poder Popular, donde se anunciaron medidas, planes y metas, muchas de ellas contenidas en el Programa de Gobierno.

Quizás dentro de un mes, en la primera sesión del 2026 de la Asamblea, tengamos información relevante sobre cómo va esta economía nuestra. De todas formas, hay asuntos que son palpables con solo asomarse a la calle.

1. Los servicios básicos que son decisivos para la población, agua, energía, gas (de balita) y transporte, mantienen una tendencia al deterioro sostenido, lo que ha hecho aún más inmanejable la vida cotidiana, ha estimulado el crecimiento de la pobreza y ha hecho más evidente aún la desigualdad.

La poca disponibilidad de energía —a pesar del esfuerzo en renovables— es uno de los factores que influyen en esa gran falla, junto con la decadencia tecnológica acumulada en el sistema electroenergético nacional. El deterioro, al parecer, sigue una progresión geométrica y la capacidad de manejarlo se mueve dentro de una aritmética.

Las personas entonces recurren a soluciones individuales, sean estas admitidas o no por la ley. La gente se incomoda, incluso aquellos que “entienden” lo que nos sucede.

¿Cuánta inversión hace falta para restablecer al menos el 60-70 % de esos servicios que el gobierno debería garantizar? ¿Cuánto personal calificado se necesitaría? ¿Tendremos en nuestro país empresas privadas nacionales que en alianza con los gobiernos territoriales puedan asumir/paliar en alguna medida estos déficits? ¿Tendremos gobiernos territoriales capaces de generar proyectos/negocios de este tipo? ¿Tendremos un gobierno central capaz de estimularlo, con políticas concretas más allá de las consignas de siempre?

2. El decrecimiento económico, medido en términos de PIB, seguirá caracterizando el comportamiento de nuestra economía. El verdadero impacto de ese decrecimiento está en la drástica reducción de la complementariedad de los sistemas productivos, tanto industrial como agropecuario.

Entre ambos protagonizan la falla histórica de nuestro modelo de subdesarrollo y han sido también una de las razones principales de nuestra alta propensión a importar. Ha faltado y falta una política industrial que impulse una verdadera transformación productiva, que sea suficientemente inclusiva para considerar a todos los actores e incentivar a los que mejor contribuyan.

Resulta además que una economía que necesita más inversión, más empresas y más empleos, que se encuentra sitiada de la peor manera posible, enfrenta la paradoja de tener centenares de propuestas de nuevas empresas detenidas, en espera de la aprobación de esas propuestas por los gobiernos locales.

Esos mismos gobiernos que no pueden, a pesar de sus esfuerzos, atender y solucionar temas tan cruciales como la recogida de desechos sólidos en las ciudades. Ese proceso que alguna vez fue casi transparente y que permitía aprobar todas las semanas más de cien nuevas empresas, se ha convertido en algo tortuoso y desincentivador.

Obviamente, ese decrecimiento económico que impacta la oferta es el sustento real de la creciente desigualdad y de la incapacidad del gobierno para adoptar políticas que contribuyan a su reducción y tiene como correlato el reforzamiento de una filosofía de instituciones extractivistas que buscan sacar más de donde cada vez hay menos en un intento de cumplir un pacto social que, a fuerza de perder su base de sustentación, deberá ser rediseñado.

Ahí está lo que ocurre en nuestros hospitales y en nuestras escuelas, que en su momento fueron la llave de la transformación social y el mejoramiento humano que la Revolución consiguió en apenas una década. Sin buena educación y buena salud, podemos despedirnos del desarrollo, de la prosperidad y del socialismo.

3. El fracaso de una política monetaria que no ha podido detener la devaluación del peso cubano y tampoco ha podido detener el rol del mercado informal en ese mercado. Recomendaciones sobre qué hacer y qué no hacer no han faltado: desde aquella que proponía la formalización de ese mercado informal a través de casas de cambio con agentes privados bajo supervisión del Banco Central de Cuba hasta la unificación de las tasas, pasando por la diversificación de entidades financieras, mucho más necesarias ahora que otros medios de pago deciden, gracias a la política de Trump, no seguir operando en el país (Visa/Mastercard).

Habría que sumar a ello la llamada bancarización, que más bien se ha convertido en la desbancarización; esa que condena a miles de personas diariamente a permanecer en colas infinitas sin tener la seguridad de poder utilizar su dinero y se ha convertido en un incentivo negativo para que las personas naturales y los comercios utilicen las “facilidades en línea” que existen hoy.

Cuando se anunció esta medida, se reconoció que no existían todas las condiciones, ni tecnológicas, ni organizativas para hacerlo; entonces se argumentó con un gerundio: “Se irán creando”. Hoy parece que alcanzar el propósito está más lejos que en los inicios.

La suma algebraica de todo esto no deja un saldo positivo. Se ha propiciado, ya sea por desconocimiento, intereses creados, miopía política, atrincheramiento ideológico, apego a la zona de confort y los cargos, por burocratización, que las debilidades se hagan mayores y seamos más vulnerables a todas esas medidas genocidas que Trump y Rubio han puesto en marcha para esperar por la “fruta madura”.

Esa suma algebraica también nos dice que el país necesita un cambio en el contenido y en las formas de hacer gobierno, no solo una reestructuración del aparato del Estado y una reducción de las organizaciones que lo conforman.

Hoy circula la noticia de un Proyecto de Ley de la Administración Central del Estado que, entre otras cosas, contempla la reducción y unificación de ministerios, algo sin dudas necesario, aunque de nuevo el momento escogido para hacerlo, si se hace este año, no parece ser el más adecuado. Porque estamos en guerra, sitiados, porque hasta nuestros “amigos”, con excepción de México, se han vuelto excesivamente cautos en su manera de expresar su apoyo y porque un cambio de esa trascendencia requeriría de concentrar mucho esfuerzo y tiempo en el mismo, cuando la sobrevivencia está en juego.

Siempre me ha parecido que las estructuras deben responder a las estrategias; y la estrategia es lo que no acabo de identificar. No obstante, lo decisivo de esa restructuración, cuando se haga, no es cuántos ministerios desaparecen, sino cómo hacer desaparecer todo el lastre que caracteriza la gestión de gobierno a todos los niveles. Hacer cosas nuevas con mentes viejas no es algo que parezca posible.