Por Joseph E. Stiglitz, Nobel Economía
29/04/2026
Es cierto, como dijo una vez Alexander Pope, que errar es humano. Pero, si bien todos somos falibles, algunos seres humanos son más propensos al error que otros. Esa es una justificación de la democracia -someter las decisiones que afectan a un gran número de personas a procesos deliberativos que incluyen controles y contrapesos-. La historia de los regímenes políticos autoritarios y absolutistas está plagada de figuras cuyos errores resultaron calamitosos no solo para ellos mismos, sino también para las sociedades que gobernaban.
No hay decisión más importante que declararle la guerra a otro país. Sin embargo, Estados Unidos ha hecho precisamente eso sin ni siquiera tener en cuenta su propio sistema de controles y contrapesos ni el proceso de deliberación razonada. Al igual que los reyes de antaño, el presidente estadounidense, Donald Trump, un hombre mentiroso e impulsivo, no está sujeto a ningún control por parte del poder legislativo y está rodeado de psicópatas que solo le dicen lo que quiere oír. El resultado desastroso hoy es evidente: Estados Unidos se ve envuelto una vez más en una guerra en Oriente Medio que ya ha costado miles de vidas -en su mayoría civiles- y en la que, con toda seguridad, ha cometido múltiples crímenes de guerra.
Nadie sabe cuánto durará la guerra con Irán, cuántos crímenes de guerra más se cometerán ni cuántos inocentes más perderán la vida. Pero, al parecer, los estadounidenses están tan acostumbrados a las violaciones de los derechos humanos y del estado de derecho por parte de Trump, y tan abrumados por el constante aluvión de noticias de última hora, que apenas han logrado organizar alguna protesta. Incluso en nuestras universidades, que suelen ser focos de protesta y disidencia, reina el miedo. Como ocurre bajo todos los regímenes represivos, la amenaza de consecuencias económicas o, peor aún, de perder el visado o enfrentarse a la expulsión del país o a una investigación penal, está logrando el efecto deseado.
Como economista, a menudo me preguntan qué implicancias tendrá para la economía estadounidense y la economía global la guerra que Trump ha elegido librar contra Irán. La respuesta breve es que, cuanto más dure, mayor será el daño. Pero incluso si la guerra termina rápidamente, los efectos perdurarán. Al fin y al cabo, las cadenas de suministro críticas ya se han visto interrumpidas y las instalaciones de producción de petróleo y gas han sido destruidas. La mayoría de las estimaciones sugieren que las reparaciones llevarán años.
Asimismo, no solo se ha puesto en peligro el suministro de petróleo y gas. A diferencia de los embargos petroleros de la década de 1970, también se ha visto amenazada la producción de fertilizantes de la que dependen los sistemas alimentarios globales. Esta crisis llega, además, poco después de otras grandes perturbaciones económicas globales -desde la pandemia del COVID-19 y la invasión de Ucrania por parte de Rusia hasta la guerra arancelaria global de Trump y la destrucción del sistema de comercio internacional basado en reglas-, todas las cuales han contribuido al aumento de la inflación y a una crisis de asequibilidad cada vez mayor.
Antes de que Trump regresara a la Casa Blanca, la inflación seguía una tendencia a la baja, aunque todavía muy por encima de la ansiada meta del 2% de los bancos centrales. Sin embargo, los aranceles frenaron notablemente esta tendencia, y la inflación ha vuelto a dispararse a nivel global. Dado que muchos países, entre ellos Estados Unidos, ya se enfrentan a una crisis de poder adquisitivo que las políticas estadounidenses han agravado, el riesgo ahora es que los bancos centrales de todo el mundo suban las tasas de interés o, como mínimo, frenen el ritmo al que las venían bajando.
Esto, a su vez, agravará la crisis de asequibilidad -ya que comprar una vivienda o pagar una tarjeta de crédito será más difícil- y ralentizará una economía estadounidense ya sacudida por el trauma de las políticas comerciales, de inmigración y fiscales erráticas de Trump. Si no fuera por el gasto desmedido en centros de datos de IA -que sustentan cerca de un tercio del crecimiento de Estados Unidos-, la economía estadounidense estaría verdaderamente anémica. Y con los recortes fiscales regresivos de Trump para multimillonarios y corporaciones ya en vigor, Estados Unidos tiene menos margen fiscal para amortiguar las perturbaciones que él ha causado y las que pueda traer consigo la IA -desde la pérdida de puestos de trabajo hasta el colapso de la burbuja tecnológica.
La afirmación de Trump de que Estados Unidos se beneficiará como exportador neto de petróleo es un disparate. Es cierto, Exxon se beneficiará, pero los consumidores estadounidenses pagan precios que se fijan a nivel global -y que han subido sustancialmente-. En estas condiciones, Estados Unidos obviamente debería imponer un impuesto a las ganancias extraordinarias. Pero eso no sucederá bajo una administración tan capturada por la industria de los combustibles fósiles.
Los antiguos aliados de Estados Unidos en Europa también se ven afectados por el aumento de los precios de la energía y la escasez de suministro provocados por Trump. Si los responsables de las políticas europeos vinculan los precios de la electricidad a los del gas (como hicieron al principio de la guerra de Ucrania), podrían empeorar aún más la situación. Pero si Europa adopta una estrategia para recuperar su soberanía reduciendo su dependencia de la tecnología y la defensa estadounidenses, podría fortalecer su posición tanto ahora como a largo plazo.
Independientemente de cuánto duren la guerra y las condiciones actuales de estanflación, las consecuencias a largo plazo de este episodio serán profundas. Cabe esperar que el mundo reconozca que la “variabilidad” de la energía solar y eólica es mucho más manejable que la continua dependencia de los combustibles fósiles, que están sujetos a los caprichos de figuras autoritarias erráticas como Trump y el presidente ruso, Vladimir Putin. Si la guerra de Trump acelera la transición verde a nivel global, tendrá un importante aspecto positivo.
En cualquier caso, se ha añadido otro clavo más al ataúd del mundo pacífico y sin fronteras que nuestros antepasados intentaron construir tras la Segunda Guerra Mundial. Bajo el mandato de Trump, el país que sentó las bases de ese mundo hoy lo está desmantelando. Entre la nueva guerra fría con China y la aparente falta de resiliencia de las cadenas de suministro globales, hay pocos motivos para el optimismo. Y con la democracia en Estados Unidos en un estado tan debilitado, los errores humanos y sus consecuencias se acumulan a pasos acelerados.
El autor es Premio Nobel de Economía, fue economista jefe del Banco Mundial y presidente del Consejo de Asesores Económicos del Presidente de Estados Unidos, y es profesor de la Universidad de Columbia y autor, más recientemente, de The Road to Freedom: Economics and the Good Society (W. W. Norton & Company, Allen Lane, 2024).
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