Fidel


"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." ""Creo que mientras más critica exista dentro del socialismo,eso es lo mejor" Fidel Castro Ruz

domingo, 2 de diciembre de 2018

¿Por qué crece la economía pero no los salarios? El caso de Estados Unidos

Por Jay Shambaugh, Ryan Nunn
trad. Teresa Woods

La mayoría de los estadounidenses se benefician del crecimiento económico a través de los salarios que reciben por su trabajo y no de los ingresos por inversiones u otros instrumentos financieros. Desafortunadamente, a muchos de estos trabajadores no les ha ido especialmente bien durante las últimas décadas. Desde principios de la década de 1970, el salario por hora ajustado a la inflación del trabajador medio tan solo ha aumentado un 0,2% por año. En otras palabras, aunque la economía crece, la principal forma en que la mayoría de las personas se beneficia de ello, no.

Comprender cómo y por qué se produce este estancamiento no es solo una cuestión académica. Repensar las políticas públicas estadounidenses para que más personas se beneficien del crecimiento económico es fundamental. En un reciente informe del Proyecto Hamilton dentro del Instituto Brookings, llamamos la atención sobre los que, consideramos, algunos de los cambios más importantes durante las últimas décadas. También destacamos lo que pensamos que se necesita para que el trabajador medio logre una mejora salarial.

Para que los salarios crezcan de forma sostenida, la productividad de los trabajadores debe aumentar. Esto significa que los trabajadores siempre deben producir más por hora, lo cual logran muchas veces gracias a nuevas tecnologías y capital. Asimismo, los trabajadores deben recibir una parte coherente de ese aumento de productividad, no ver cómo se reduce su participación en los ingresos. Por último, para que el trabajador promedio experimente un aumento, es importante que las ganancias de los trabajadores se repartan por toda la estructura salarial. Si los salarios suben, pero solo para los trabajadores mejor remunerados, el trabajador medio no verá ningún beneficio. Dos de estas condiciones no se han cumplido, lo que explica que la productividad aumente a la vez que el salario medio se estanca.
Trabajadores con menos poder de negociación

Si se compara con las últimas décadas, llama la atención que la participación del factor trabajo en los ingresos no se mantiene: ha pasado de casi un 65% a mediados de la década de 1970 a menos de un 57% en 2017. Aunque parte de esta caída se debe a las limitaciones de los propios indicadores, una gran parte se podría explicar por el avance tecnológico y los cambios en el mercado, algo que no siempre ha beneficiado a los trabajadores. Es más, incluso cuando la participación del trabajo en los ingresos se ha reducido, la desigualdad salarial no ha hecho más que aumentar. Desde finales de la década de 1970, los trabajadores que se encuentran en la parte superior de la estructura salarial han acumulado subidas y beneficios; los de la mitad inferior y media, o han perdido salario o se ha estancado.

Atribuir una responsabilidad (relativa) a la política y la economía de la desigualdad y la caída del factor trabajo es todo un desafío. Por un lado, el comercio internacional y el progreso tecnológico han presionado a la baja los salarios del personal menos cualificado. Un ejemplo: a medida que las importaciones de países con menos costes salariales conquistaban la manufactura estadounidense, la pérdida de puestos de trabajo fue notoria en no pocas áreas. En paralelo, la industria estadounidense ha aprendido a producir más con menos trabajadores. Tanto un cambio como el otro se han traducido en nuevos productos y precios más bajos, beneficios para toda la sociedad pero que también han supuesto la deslocalización de empresas y la caída de los salarios de los trabajadores menos cualificados.

También sabemos que a los trabajadores más formados les ha ido mejor. Los salarios de las personas con titulación universitaria aumentaron un 168% en comparación con el 134% de los trabajadores con estudios secundarios. Nadie duda que una buena educación ha ayudado a mejorar el salario de muchos trabajadores, pero la realidad es que la mayoría de los estadounidenses no ha completado un título superior.

La política interior también ha influido, sobre todo las decisiones que han afectado al poder de negociación de los trabajadores. Por ejemplo, la reducción del salario mínimo ajustado por inflación, junto con la caída de la afiliación sindical, han supuesto peores sueldos para muchos trabajadores en la parte inferior y media de la estructura salarial del país.

Los salarios siguen sin crecer

El estancamiento salarial de los últimos 40 años también está relacionado con algunos acontecimientos y dinámicas que pueden haber reprimido el crecimiento de la productividad, el cual se ha frenado desde 1973 con la excepción de un incremento entre 1995 y 2004. Algunas de las tendencias más inquietantes se pueden agrupar libremente dentro del epígrafe de "caída del dinamismo". Hoy es mucho menos probable que un trabajador cambie de estado para trabajar (menos del 2% en comparación con el 3% de hace 40 años). También es menos probable que cambien de trabajo. La posibilidad de encontrar trabajos y ciudades en las que mejorar se ha reducido.

El dinamismo de las empresas también ha caído. A finales de la década de 1970, el 14% de las empresas tenían menos de un año de vida. Los datos más recientes muestran que ahora solo es el 8%. Dado que las empresas emergentes y en expansión siempre han sido un motor de crecimiento salarial, un panorama de compañías cada vez más "ancianas" también puede contribuir a los salarios pobres de los trabajadores.

Desde la crisis financiera mundial, el crecimiento de los salarios (sin ajustar a la inflación) también es lento. Puede ser el resultado de una baja inflación (el crecimiento de los salarios reales en los últimos años ha superado las tasas de las décadas de 1980, 1990 y 2000, pero aún es bajo) y también puede ser la resaca de una recesión severa. La inactividad del mercado de trabajo es una de las causas de la caída salarial al inicio de cualquier recuperación y aún puede tener algún impacto más: a más trabajadores en busca de empleo, menos capacidad de estos para exigir un sueldo alto. La reincorporación de trabajadores desempleados y la llegada de nuevos profesionales también pueden implicar un crecimiento salario más lento: sus salarios suelen ser más bajos que los de las personas que ya están en el mercado. Sin embargo, un crecimiento especialmente lento de la productividad durante la última década junto a las fuerzas a largo plazo mencionadas antes también son clave para explicar el lento crecimiento de los salarios.

Se han necesitado muchos factores -algunos como resultado de decisiones políticas deliberadas, algunos de dinámicas económicas generales- para producir décadas de estancamiento salarial para el trabajador medio. Del mismo modo, se necesitarán muchas reformas graduales y nuevas políticas para restablecer las condiciones que puedan sostener un crecimiento robusto y amplio, que llegue a todo el mundo, de los salarios. No existe ninguna panacea para el aumento salarial, pero muchas políticas ayudarían: aumentar el salario mínimo, aumentar el poder de negociación de los trabajadores (incluso mediante la reducción de contratos con cláusulas que prohíben la competencia entre empresas), asegurar una demanda laboral adecuada a través de una política fiscal o monetaria más flexible, aumentar el dinamismo mediante políticas favorables a la movilidad y el espíritu emprendedor y mejorar en general las políticas educativas y sobre productividad. Dadas las tendencias de larga data y las limitadas mejoras de los niveles de vida de muchos trabajadores, tomar medidas para aumentar el crecimiento salarial es una de las necesidades más importantes a las que se enfrentan los líderes políticos.

Jay Shambaugh es el director del Proyecto Hamilton y socio de Estudios Económicos del Instituto Brookings. También es profesor de Economía y Asuntos Internacionales de la Escuela de Asuntos Internacionales Elliott de la Universidad George Washington (EE. UU.).

Ryan Nunn es investigador de Estudios Económicos y director de políticas del Proyecto Hamilton.

¿Financiarización o rentabilidad?

Michael Roberts 02/12/2018

La financiarización, como el neoliberalismo, es la palabra de moda entre los los economistas heterodoxos y de izquierdas. Domina las conferencias académicas de izquierda y círcula como el tema que supuestamente explica las crisis, así como una de las causas del aumento de la desigualdad en las economías capitalistas modernas, sobre todo en los últimos 40 años. La última manifestación de esta hipótesis de la financiarización ese de Gracie Blakeley, una economista de izquierda británica, que parece ser una estrella emergente en el Reino Unido. En un artículo reciente, presenta todos los argumentos de la escuela de la financiarización.

Pero, ¿qué significa el término 'financiarización' y que valor añade a nuestra comprensión de las contradicciones del capitalismo moderno? y ¿nos orienta políticamente para cambiar las cosas? No lo creo. Esto se debe a que o bien el término se utiliza tan ampliamente que proporciona muy poca información adicional; o se concreta de manera tal que es tanto teórica como empíricamente equivocado.

La definición amplia principalmente citada por la escuela de la financiarización la ofreció por primera vez Gerald Epstein. La definición de Epstein es que “financiarización significa el creciente papel de los intereses financieros, de los mercados financieros, de los agentes financieros y las instituciones financieras en el funcionamiento de las economías nacionales e internacionales.” Como se puede ver, no va más allá de lo obvio que podemos ver en la desarrollo del capitalismo moderno y maduro del siglo XX.

Pero como Epstein dice: “algunos autores utilizan el término 'financiarización' en el sentido de la ascendencia de la 'importancia de los accionistas' como modo de gestión corporativa; algunos lo utilizan para referirse al creciente dominio de los sistemas financieros del mercado de capitales sobre los sistemas financieros basados en la banca; algunos siguen el ejemplo de Hilferding y usan el término 'financiarización' para referirse al creciente poder político y económico de un sector determinado de clase: la clase rentista. Para otros, la financiarización representa la explosión de las operaciones financieras con una miríada de nuevos instrumentos financieros; Por último, para Krippner ( que utilizó por primera vez el término - MR ), el término se refiere a un 'patrón de acumulación en el que la producción de beneficios se produce cada vez más a través de los canales financieros en lugar de a través del comercio y la producción de mercancías'” .

El contenido de la financiarización en estos términos nos lleva mucho más allá, especialmente el enfoque Krippner. La definición de Krippner nos lleva más allá de la teoría de la acumulación de Marx y a un nuevo territorio donde el beneficio puede provenir de fuentes ajenas a la explotación del trabajo. Las finanzas son el nuevo explotador y dominante, no el capital como tal. Por lo tanto las finanzas son ahora el verdadero enemigo, no el capitalismo como tal. Y la inestabilidad y el carácter especulativo del capital financiero es la causa real de las crisis en el capitalismo, no una caída en la rentabilidad de la producción de las mercancías y servicios, como la ley de la rentabilidad de Marx sostiene.

Como Stavros Mavroudeas escribe en su nuevo y excelente papel, la ‘hipótesis de la financiarización' afirma que “el capital dinero se convierte en totalmente independiente de capital productivo (ya que puede explotar directamente la mano de obra a través de la usura) y reorganiza a las otras fracciones del capital en función de sus prerrogativas.” Y si “las ganancias financieras no son una subdivisión de la plusvalía ... la teoría de la plusvalía es, al menos, marginal. En consecuencia, la rentabilidad (la principal specificae differentiae del análisis económico marxista vis-à-vis la teoría económica neoclásica y keynesiana) pierde su centralidad y el interés se autonomiza de ella (es decir, de las ganancias - MR) “.

Como dice Mavroudeas, la financiarización es realmente un tema poskeynesiano “basado en una teoría de las clases heredadas de Keynes, que dicotomiza a los capitalistas en dos clases distintas: industriales y financieros.” Los post-keynesianos son supuestamente seguidores 'radicales' de Keynes de la tradición de marxistas-keynesianos como Joan Robinson y Michel Kalecki, que rechazan la teoría del valor de Marx basada en la explotación del trabajo y la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. En su lugar, sostienen una teoría de la distribución: las crisis son bien el resultado de salarios demasiado bajos (determinada por los salarios) o de beneficios demasiado bajos (determinada por los beneficios). Las crisis en el periodo neoliberal desde la década de 1980 son 'por los salarios'. El aumento (¿’excesivo'?) de la deuda era un mecanismo de compensación por los salarios bajos, pero acabó causando y exacerbando una crisis financiera. La rentabilidad no tuvo nada que ver con ello.

Como explica Mavroudeas, la hipótesis es la siguiente: “El advenimiento del neoliberalismo en la década de 1980 transformó radicalmente el capitalismo. La liberalización, y la liberalización financiera particularmente, condujeron a la financiarización (en la medida en que las finanzas fueron a la vez desreguladas y globalizadas). Esto provocó un enorme aumento del apalancamiento financiero y de los beneficios financieros, pero a expensas de una inestabilidad creciente. Esto dio lugar a la crisis de 2008, que fue puramente financiera“.

La vinculación de la deuda a la teoría de la distribución post-keynesiana de la crisis se deriva de las teorías de Hyman Minsky, un economista keynesiano radical de la década de 1980, de que el sector financiero es inherentemente inestable porque “el sistema financiero necesario para la vitalidad y vigor del capitalismo, que traduce los espíritus animales empresariales en inversión para la demanda efectiva, contiene el potencial de una expansión fuera de control, impulsada por un boom de inversiones”. El discípulo moderno de Minsky, Steve Keen, lo resume así: “el capitalismo es inherentemente defectuoso, siendo propenso a auges, crisis y depresiones. Esta inestabilidad, en mi opinión, se debe a las características que el sistema financiero debe poseer si ha de ser coherente plenamente con el capitalismo“. Blakeley también sigue de cerca el análisis de Minsky-Kalecki y lo ofrece como una mejora o una revisión moderna de Marx.

Muchos en la escuela financiarización llegan a argumentar que la 'financiarización' ha creado una nueva fuente de beneficios (la explotación secundaria) que no proviene de la explotación de la mano de obra, sino de sacarles dinero a los trabajadores y a los capitalistas productivos a través de comisiones financieras, tasas e intereses ('usura'). He sostenido en muchos artículos que esta no fue la opinión de Marx.

Los autores post-keynesianos y los partidarios de la financiarización como JW Mason se refieren a la obra de economistas convencionales como Mian y Siaf para apoyar la idea de que las crisis capitalistas modernas son el resultado del aumento de la desigualdad, la deuda excesiva de los hogares que conduce a la inestabilidad financiera y no tienen nada que ver con la capacidad de realizar ganancias en la inversión productiva. Mian y Sufi han publicado un libro, llamado La Casa de la Deuda, descrito por el defensor 'oficial' de las políticas keynesianas, Larry Summers, como ¡el mejor libro de este siglo! En él, los autores sostienen que “Las recesiones no son inevitables, no son actos misteriosos de la naturaleza que tenemos que aceptar. Las recesiones son producto de un sistema financiero que fomenta la deuda excesiva de los hogares”.

Para mí, la financiarización es una hipótesis que sólo se fija en los fenómenos superficiales de la crisis financiera y concluye que la Gran Recesión fue el resultado de la imprudencia financiera de los bancos no regulados o de un 'pánico financiero'. Marx reconoció el papel del crédito y la especulación financiera. Pero para él, la inversión financiera fue un factor opuesto a la tendencia decreciente de la tasa de ganancia en la acumulación capitalista. El crédito es necesario para lubricar las ruedas del comercio capitalista, pero cuando los rendimientos de la explotación del trabajo comienzan a caer, el crédito se convierte en deuda que no se puede pagar o mantener. Esto es lo que la escuela financiarización no puede explicar: ¿por qué y cuándo el crédito se convierte en deuda excesiva?

La UNCTAD es una agencia de investigación de la ONU especializada en las tendencias comerciales y de inversión. Publicó un informe sobre la evolución de la inversión productiva en activos financieros. Fue escrito por los principales economistas poskeynesianos. Se concluye que las empresas utilizan más sus ganancias para comprar acciones o pagar dividendos a los accionistas y por lo tanto hay menos disponible para la inversión productiva. Pero, de nuevo, esto no nos explica por qué empezó a suceder a partir de la década de 1980.

En el último número de la Real World Economics Review, una revista en internet de análisis post-keynesiana y de la escuela de la 'financiarización', John Bolder considera la conexión entre los 'usos productivos y financieros del crédito': “hasta la década de 1980, el crédito se utiliza sobre todo para financiar la producción de bienes y servicios. El crecimiento del crédito entre 1945-80 estaba estrechamente vinculada con el crecimiento de los ingresos. Los ingresos que se generaron fueron utilizados para amortizar y, finalmente extinguir la deuda. Esto representó un uso saludable de la deuda; que aumentó los ingresos y supuso una fragilidad financiera insignificante”. Pero a partir de la década de 1980, “la creación de crédito se desplazó hacia las transacciones basadas en activos (por ejemplo, bienes raíces, bonos de renta variable, etc.). Esta transición también fue alimentada por los las tasas de interés récord (dos dígitos) en la década de 1980 y los relativamente bajos rendimientos ajustados al riesgo sobre el capital productivo”.

La 'financiarización' podría ser la palabra para describir este desarrollo. Pero tengase en cuenta que Bolder reconoce que fue la caída de la rentabilidad ( 'bajos rendimientos ajustados al riesgo en capital productivo') en la inversión productiva y el aumento de los costes de los intereses lo que condujo al cambio a lo que Marx llamaría “inversión en capital ficticio”. Pero esto no significa que el capital financiero es ahora el factor decisivo en las crisis o las depresiones. Tampoco significa que la Gran Recesión fuera sólo una crisis financiera o un 'momento Minsky' (para referirse a la tesis de Hyman Minsky de que las crisis son el resultado solo de la 'inestabilidad financiera'). Las crisis siempre aparecen como pánicos monetarios o colapsos financieros, porque el capitalismo es una economía monetaria. Pero eso es sólo un síntoma de la causa subyacente de la crisis, a saber, ¡el hecho de no ganar suficiente dinero!

Guglielmo Carchedi, en su excelente, pero a menudo ignorado Detrás de la crisis afirma: “El punto esencial es que las crisis financieras son causadas por la reducción de la base productiva de la economía. De este modo se llega a un punto en el que tiene que haber una deflación repentina y masiva en los sectores financieros y especulativos. A pesar de que parece que la crisis se ha generado en estos sectores, la causa última reside en la esfera productiva y la caída de la tasa consiguiente de beneficio en este ámbito “.

A pesar de las afirmaciones de la escuela de la financiarización, la evidencia empírica no la sostiene. Por ejemplo, Mian y Sufi calculan que la Gran Recesión fue causada por un colapso inmediato en el consumo. Esta es la visión tradicional keynesiana. Pero la gran recesión y la posterior débil recuperación no fue el resultado de la contracción del consumo, sino de la caída de la inversión (ver mi nota).


Recientemente, Ben Bernanke, ex jefe de la Reserva Federal de Estados Unidos durante el gran auge del crédito de la década de 2000, ha reavivado su versión de la 'financiarización' como causa de las crisis. Para él, las crisis son el resultado del 'pánico financiero' - es decir, la gente simplemente pierde la cabeza y el pánico las hace vender y amortizar sus créditos de una forma completamente impredecible (“A pesar de que el pánico no era ciertamente un evento exógeno, el momento y la magnitud eran en gran medida impredecibles, el resultado de diversos factores estructurales y psicológicos”). En su nueva versión, Bernanke considera empíricamente la relación entre las “variables financieras”, como el coste del crédito y la “actividad económica real”. Su conclusión es que “la parte empírica de este trabajo ha demostrado que el pánico financiero de 2007 a 2009, incluyendo las ventas masivas de la financiación mayorista y la retirada de crédito titulizado, fueron altamente perjudicial para la economía real y fue probablemente la razón principal de que la recesión fuese tan inusualmente profunda”.

Pero cuando nos fijamos en las pruebas presentadas, Bernanke tiene que admitir que “los factores del balance contable (es decir, los cambios en la deuda, etc.) no pronostican la evolución económica bien en mi modelo”. En otras palabras, sus conclusiones no están apoyadas por sus propios resultados empíricos. “Puede ser que tanto los balances de los hogares como los bancarios evolucionan demasiado lentamente y (relativamente) sin problemas para que sus efectos puedan ser recogidos en el tipo de análisis que se presenta en este documento.”

Y sin embargo, hay un montón de pruebas a favor de la visión marxista de que la causa es un colapso de la rentabilidad y las ganancias en los sectores productivos, que son la base necesaria para una caída de la economía 'real'. Todas las grandes crisis en el capitalismo se produjeron después de una caída de la rentabilidad (sobre todo en los sectores productivos) y tras una caída de las ganancias (beneficios industriales en los años 1870 y 1930 y de las ganancias financieras en un primer momento en la Gran Recesión). Los salarios no se derrumbaron en ninguna de estas depresiones hasta después de que comenzaran.

En un capítulo de nuestro nuevo libro, El mundo en crisis, G. Carchedi proporciona pruebas empíricas convincentes a favor de la ley de la rentabilidad de Marx que muestra la relación entre los sectores financieros y productivos en las crisis capitalistas. Desde la década de 1980, los estrategas del capital trataron de revertir la baja rentabilidad existente. La rentabilidad aumentó en parte a través de una serie de grandes depresiones (1980, 1982, 1991, 2001, etc). Pero también se recuperó (algo) a través de las denominadas medidas neoliberales como las privatizaciones, poniendo fin a los derechos sindicales, reducción del gasto público y de las pensiones, etc.

Pero también había otro contratendencia: la transferencia de capital hacia los sectores financieros improductivos. “Frente a la caída de la rentabilidad en la esfera productiva, el capital se trasladó de los sectores de baja rentabilidad en los sectores productivos a los de alta rentabilidad en los sectores financieros (es decir, improductivos). Pero las ganancias de estos sectores son ficticias; sólo existen en los libros de contabilidad. Se convierten en beneficios reales sólo cuando son cobrados. Cuando esto sucede, los beneficios disponibles para los sectores productivos se reducen. Cuanto más tratan los capitales de obtener tasas de ganancia más altas desplazándose a los sectores no productivos, mayores son las dificultades de los sectores productivos. Este movimiento de contratendencia- el desplazamiento del capital a los sectores financieros y especulativos y las tasas de ganancia más altas en esos sectores puede no contener la tendencia, es decir, la caída de la tasa de ganancia en los sectores productivos”.

Los beneficios financieros han supuesto una parte creciente de los beneficios reales a lo largo de toda la fase posterior a la Segunda Guerra Mundial. “El crecimiento de las ganancias ficticias provoca un crecimiento explosivo de la deuda global a través de la emisión de instrumentos de deuda (por ejemplo, bonos) y de más instrumentos de deuda apoyados en los anteriores. El resultado es una montaña de deudas interconectada. ... Pero la deuda implica su pago. Cuando esto no puede suceder, sobrevienen las crisis financieras. Este enorme crecimiento de la deuda en sus diferentes formas es el sustrato de la burbuja especulativa y de las crisis financieras, incluida la próxima. Así que esta contratendencia también puede superar la tendencia general sólo temporalmente. El crecimiento de la tasa de ganancia debido a las ganancias ficticias alcanza su propio límite: las crisis financieras recurrentes, y las crisis que catalizan en los sectores productivos”.

Lo que Carchedi encuentra es que “Las crisis financieras se deben a la imposibilidad de pagar las deudas, y surgen cuando el porcentaje de crecimiento está cayendo tanto para los beneficios reales como los financieros”. De hecho, en 2000 y 2008, las ganancias financieras cayeron más que los beneficios reales por primera vez.


Carchedi concluye que “Se sostiene que si las crisis financieras preceden a las crisis económicas, la primera determinar a esta última, y viceversa. Pero este no es el tema. La pregunta es si las crisis financieras son precedidas por una disminución en la producción de valor y plusvalía ... El deterioro del sector productivo en los años previos a la crisis es, pues, la causa común de ambas crisis financieras y no financieras. Si tienen una causa común, es indiferente que una preceda a la otro o viceversa. El tema es que el (deterioro de los) sectores productivos determina (las crisis en el) sector financiero”.

Al rechazar la ley del valor de Marx y la ley de la rentabilidad, la escuela poskeynesiana de la 'financiarización' opta por la idea de que es la distribución entre beneficios y salarios, el aumento de la desigualdad y de la deuda; y, sobre todo, la inestabilidad inherente a las finanzas lo que causa la crisis. En realidad, es irónico que estos seguidores radicales de Keynes miren hacia el dominio de las finanzas como la nueva forma (o etapa) de la acumulación capitalista, porque Keynes pensó que el capitalismo acabaría por convertirse en una sociedad del ocio con la 'eutanasia del rentista', es decir, porque el financiero desaparecería. Fue Marx el que predijo el auge de las finanzas junto con el aumento de la centralización y concentración del capital.

El rechazo de los cambios en los beneficios y la rentabilidad como causa de las crisis en una economía con fines de lucro sólo puede ser ideológico. Sin duda, lleva a unas prescripciones de política económica que se sitúan muy por debajo de la sustitución del modo de producción capitalista. Si se cree que el capital financiero es el problema y no el capitalismo, las soluciones propuestas no serán suficientes.

En el libro de Epstein, se ofrecen varias recomendaciones de política económica para tratar el mal de la “financiarización excesiva”. Grabel (capítulo 15) quiere “impuestos sobre las transacciones de activos y divisas nacionales - los llamados impuestos Keynes y Tobin - regular los flujos de capital (la llamada normativa chilena), restricciones sobre el cambio de divisas, y las transferencias electrónicas y compras y ventas automáticas por los algoritmos, que son sistemas de alerta temprana, combinados con políticas temporales para frenar las entradas y / o salidas de capital excesivos”. Pollin cree que “gravar los excesos de la financiarización y canalizar los ingresos adecuadamente, permite que los gobiernos puedan ayudar a restablecer los servicios públicos y las inversiones que, por lo demás, están entre los primeros y más severas víctimas de la financiarización”. Esto no es más radical que las prescripciones de política de Joseph Stiglitz, premio Nobel de economía 'progresista' que dijo: “no soy de izquierdas, soy un economista centrista”.

Lo más importante, si la 'financiarización no es la causa, tales reformas fiscales no funcionan para poner fin a la creciente desigualdad o las crisis regulares y recurrentes en las economías. La escuela de la financiarización tiene que recordar lo que uno de sus iconos, Joan Robinson, dijo una vez: “Cualquier gobierno que tenga tanto el poder como la voluntad de solucionar los principales defectos del sistema capitalista tendría la voluntad y el poder de abolirlo por completo”.


es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajador 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.Fuente:

https://thenextrecession.wordpress.com/2018/11/27/financialisation-or-profitability/Traducción:G. Buster

Brechas de productividad: qué son y cómo afectan a los salarios

trad. Teresa Woods



El paisaje corporativo se ha vuelto cada vez más desigual, con el éxito de las empresas más productivas y las menos productivas que fallan al mantener el ritmo. Esto importa no solo para el crecimiento económico, sino también para la desigualdad: nuestra investigación demuestra que, mientras aumenta la distancia que las separa en términos de productividad, las empresas también se están volviendo más desiguales en la cantidad que pagan a sus empleados.

Otras investigaciones han documentado que la brecha salarial entre empresas está contribuyendo a una creciente desigualdad de sueldos, pero nuestro trabajo hace dos aportaciones adicionales. Primero, empleamos nuevos datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) que son representativos de la población de negocios al completo en 16 países. En segundo lugar, hemos podido vincularlos a la productividad de las empresas y varias medidas de las políticas del mercado laboral.
Las firmas más productivas se adelantan

Dado el número de empresas en Silicon Valley (EEUU), podría resultar tentador creer que son las empresas tecnológicas las más avanzadas en términos de productividad, quedándose rezagadas empresas en sectores más tradicionales. En una nueva investigación, demostramos que la brecha de productividad está aumentando tanto dentro de los países como dentro de los distintos sectores del mismo país. De hecho, ha aumentado la brecha entre las empresas que ocupan el 10% más alto y el 10% más bajo en términos de productividad entre 2011 y 2012. 

Los datos también demuestran que, al principio de la década de 2000, esta brecha fue impulsada principalmente por las empresas de peor rendimiento que no podían mantener el ritmo de las empresas medias. Desde mediados de la década de 2000 – y especialmente en el sector de servicios – también ha sido cada vez más frecuente el caso de empresas de mayor rendimiento que están dejando atrás a las empresas medias.

La brecha de productividad está impulsando una brecha salarial

En el epílogo de su libro de 2003, Wage Dispersion, el premio Nobel Dale Mortensen argumentó que las diferencias de productividad podrían provocar una dispersión salarial: "¿Por qué se les paga de forma distinta a trabajadores similares? ¿Por qué pagan más algunos trabajos que otros? He apuntado a que la dispersión salarial de este tipo refleja diferencias en la productividad de los empleadores".

Cuando más productividad significa sueldos más altos, las crecientes brechas de productividad entre empresas pueden traducirse en brechas salariales. En efecto, eso es exactamente lo que nos indican los datos.

Mientras se han ido distanciando las empresas en términos de productividad, también se han vuelto más desiguales en la manera en la que remuneran a sus trabajadores como una segunda gran divergencia. De nuevo, no solo son empresas de Silicon Valley las que pagan más que los restaurantes de comida rápida. La brecha salarial entre las empresas que ofrecen los sueldos más altos y bajos ha aumentado en más de un 12% entre 2001 y 2012. Encontramos que la desigualdad salarial ha aumentado más en la mayoría de los sectores en los que más han aumentado las diferencias de productividad. No importa únicamente el sector en el que uno trabaje y también influye para qué empresa.

Nuestros cálculos sugieren que la creciente brecha de productividad entre empresas podría explicar casi la mitad del aumento de la desigualdad salarial entre empresas del mismo sector. Parte de esto podría estar impulsado por mayores inversiones por parte de empresas altamente productivas. Pero incluso cuando dimos cuenta de la inversión, la productividad aún representó la sexta parte del aumento de la dispersión salarial. Como escribió este año Nicholas Bloom en HBR, "el motor que realmente está alimentando la desigualdad salarial es la desigualdad a nivel de empresa". 
El papel del comercio y de la TI

Como contó a HBR el economista del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, EE. UU.), David Autor, a finales de 2015 tras preguntarle por las causas de la desigualdad, "hay muchas piezas en movimiento aquí. Una ha sido, claramente, la tecnología. Otra segunda [pieza] ha sido el comercio internacional. También creo que el declive de la sindicalización ha influido mucho".

Nuestros datos confirman estas sugerencias. Primero, los sectores que han hecho un uso más amplio de las tecnologías de información han experimentado un crecimiento más fuerte en la dispersión salarial, lo que sugiere que las tecnologías de la información brindan ventajas a algunas empresas mientras que otras no logran aprovechar toda su potencial. En segundo lugar, los sectores más expuestos al comercio internacional también han experimentado una mayor divergencia salarial. De hecho, en sectores con más tecnología de la información y más comercio, las crecientes brechas de productividad se han traducido en brechas salariales aún mayores que en industrias menos expuestas a la TI y al comercio.
¿Y los mercados laborales?

En Capital in the Twenty-First Century, Thomas Piketty escribió que para estudiar la desigualdad salarial, "hemos de introducir otros factores, como las instituciones y reglas que gobiernan la operación del mercado laboral en cada sociedad". Si la divergencia de productividad está vinculada con la divergencia salarial, ¿es posible que este vínculo se vea afectado por la manera en la que se organizan los mercados laborales? 

Nuestra investigación estudió las políticas e instituciones del mercado laboral que podrían afectar la desigualdad salarial: el sueldo mínimo, las legislaciones de protección del empleo, la sindicalización y el grado de coordinación del proceso de negociación de sueldos (el grado al cual los sueldos son negociados a nivel de empresa o de manera centralizada a través de grandes sindicatos). Encontramos que todas estas políticas tienen la consecuencia intencionada de reducir la desigualdad.

Pero, al cambiar la facilidad con la que las empresas pueden contratar o despedir trabajadores, estas políticas afectan a cómo fluye la mano de obra hacia las mejores empresas. Esto, a su vez, afecta el vínculo entre las brechas de productividad y salarial. Por ejemplo, los aumentos del sueldo mínimo refuerzan la correlación entre las brechas salariales y de productividad con el paso del tiempo. Por otra parte, un proceso de negociación más centralizado – por ejemplo, a través del uso de acuerdos colectivos – tiende a romper el vínculo entre las brechas de productividad y salarial.

La teoría económica predice que los países que intenten proteger a los trabajadores y empresas bajo duras condiciones económicas deberían experimentar menos desigualdad, tanto en términos de sueldos como de productividad empresarial. Esto beneficia a los trabajadores, al estar más protegidos sus trabajos y sueldos. Pero lograr menos dispersiones salarial y de productividad a través de las regulaciones puede dañar inadvertidamente la productividad general de la economía al dificultar que los recursos fluyan de empresas menos productivas a empresas más productivas.

Por tanto, políticas que resultan beneficiosas a corto plazo pueden tener un impacto perjudicial a largo plazo. Las políticas que limitan la reubicación de recursos de empresas de productividad inferior a empresas más productivas pueden generar un crecimiento de productividad agregado más lento. Esto también puede tener implicaciones adversas para los propios trabajadores, al atraparlos inadvertidamente en empresas de baja remuneración en lugar de proporcionarles la oportunidad de ganar sueldos más altos en empresas más productivas.

Este es el dilema que han de resolver los responsables políticos: las brechas de productividad generan desigualdad. Las políticas públicas pueden y deben ayudar. Pero al intentar proteger a los trabajadores, las políticas pueden hacer peligrar el futuro crecimiento de productividad y las perspectivas de los trabajadores junto con él. 

Chiara Criscuolo es economista radicada en París (Francia) de la OECD.

Patrick Blanchenay es profesor adjunto del Departamento de Economía de la Universidad de Toronto (Canadá). Sus investigaciones se centran en los patrones de productividad y el impacto de las instituciones.

Giuseppe Berlingieri es profesor adjunto de economía de la Escuela de Negocios ESSEC, además del director de Ciencia, Tecnología e Innovación de la OECD. Es investigador del Centro para el Rendimiento Económico (CEP) de la Escuela de Economía de Londres (LSE, Reino Unido) y del Centro de Investigación THEMA de la Universidad de Cergy-Pontoise (Francia).

La megacumbre de líderes del mundo reúne a los poderosos pero no a los mejores

Representan el 85% del PBI del planeta. Sólo participan 3 de los 10 más destacados en desarrollo humano




Están presentes absolutamente todos máximos representantes de los diez países más poderosos del mundo, en términos de su aporte al PBI mundial (Julieta Ferrario)

Están presentes absolutamente todos máximos representantes de los diez países más poderosos del mundo, si por poder se entiende su Producto Bruto Interno: desde Donald Trump y Xi Jinping como mandatarios del número uno y dos del ránking, hasta Michel Temer y Justin Trudeau por Brasil y Canadá que ocupan el noveno y décimo lugar respectivamente, pasando por Shinzo Abe de Japón, Angela Merkel de Alemania, Theresa May del Reino Unido, Emmanuel Macron de Francia, Narendra Modi de India, y Giuseppe Conte de Italia, que respectivamente figuran en los puestos tres al ocho.

Y también participan los mandatarios de la mayoría de los siguientes 10 países que siguen en el ránking de potencias productivas. Está Moon Jae In de Corea del Sur que ostenta el undécimo lugar y Recep Erdogan de Turquía que figura en el puesto diecinueve.

Sólo dos de los diecinueve países miembros del G20 (el vigésimo es la Unión Europea) no forman parte del lote de las 20 principales potencias. Uno es la Argentina, que acaricia el ingreso a ese club desde la posición 21 en nivel del PBI, pero en términos del índice de desarrollo humano se ubica mucho más lejos, está en el puesto 47. El otro es Sudáfrica, que está lejos de acceder al top 20 ya que ocupa el escalón treinta y cuatro.

La Argentina acaricia el ingreso al Club del G20 en términos de PBI desde la posición 21, pero en términos del índice de desarrollo humano se ubica mucho más lejos, está en la 47

Pero así como no hay duda de que nuclea a las principales potencias, el G20 no puede arrogarse el privilegio de reunir a los mejores, si por mejores se entiende a los países de mayor bienestar y no a los que producen más.

De las varias maneras de medir el bienestar de un país, la más común y utilizada es el índice de Desarrollo Humano que elabora anualmente el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, y que además de tomar en cuenta el Producto Bruto per cápita (no el Producto Bruto global) considera el nivel de educación y de salud de los países.

Según el último ránking, siete de los diez mejores países no integran formalmente el G20. No está ni el primero ni el segundo, Noruega y Suiza, y tampoco Irlanda, Islandia, Suecia, Singapur y Holanda, que ocupan respectivamente los puestos 4,6,7,8 y 10. Casi todos están representados indirectamente como miembros de la Unión Europea, que es el vigésimo socio del G20.

Siete de los 10 mejores países no integran formalmente el G20. No está ni el primero ni el segundo, Noruega y Suiza, y tampoco Irlanda, Islandia, Suecia, Singapur y Holanda, que ocupan respectivamente los puestos 4,6,7,8 y décimo

Esta cumbre del G20 se desarrolla bajo el título "Un Futuro Equitativo y Sustentable". ¿No sería razonable, lógica y elemental, que para tomar decisiones sobre esos temas participen las potencias pero también los mejores?

Considerando que, al menos formalmente, la problemática de la equidad forma parte de la agenda, la formación de los mejores podría realizarse en base a un indicador de Desarrollo Humano algo más sofisticado, que además del Producto Bruto per cápita, la educación y la salud, incluye en la fórmula de medición la variable desigualdad.

La formación de los mejores podría realizarse en base a un indicador de Desarrollo Humano algo más sofisticado, que además del Producto Bruto per cápita, la educación y la salud, incluye en la fórmula de medición la variable desigualdad

En el top 10 de los países como mayor Indice de Desarrollo Humano corregido por desigualdad, también hay 7 que no están presentes en Buenos Aires en forma directa: Noruega, Holanda, Suiza, Dinamarca, Suecia, Irlanda y Finlandia.

El capitalismo y sus defectos

Desde hace muchos años el mundo está en una etapa donde el capitalismo no parece tener modelo alternativo, y da la impresión de que eso va a prolongarse por mucho tiempo más.

Pero el dominio casi absoluto de ese sistema y la falta de utopía alternativa no hace más que resaltar las enormes diferencias de los capitalismos realmente existentes, con combinaciones tan disímiles como la variante no democrática y de omnipresencia estatal china, las rémoras de los Estados de Bienestar europeos, el libremercadismo cada vez más excluyente de Estados Unidos, y el modelo nórdico o escandinavo, que a juzgar por el ranking de los mejores es el que más resultados está dando y el menos presente en Buenos Aires.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Ganadores y perdedores de la guerra comercial en el mundo


El tercer trimestre de 2018 ha sido el primero de la guerra comercial iniciada por EE UUcon la imposición de aranceles a las exportaciones de acero y aluminio a la UE, China y algunos países asiáticos y americanos. Esos recargos fueron respondidos por la UE y China con la imposición de recargos adicionales a las ventas de bienes de EE UU y posteriormente algunos países, como Canadá o México, quedaron exonerados de esos aranceles tras renegociar el tratado de libre comercio que le unía con EE UU. En ese contexto, ¿quién ha salido beneficiado y perjudicado de la guerra comercial?


La comparación de los datos mensuales de la Organización Mundial de Comercio, a los que ha tenido acceso Cinco Días, muestran resultados muy dispares. Rusia es la gran vencedora entre las grandes potencias exportadoras al acumular un crecimiento anual de las exportaciones del 30,4% entre julio y septiembre hasta rozar los 96.000 millones de euros, lo que seguramente le valdrá para recuperar las posiciones pérdidas desde 2016 como consecuencia de la depreciación del rublo y del petróleo, una de sus principales fuentes de ingresos. La segunda nación más beneficiada es Reino Unido, con un tercer trimestre en el que las exportaciones crecieron un 12,5% hasta los 108.000 millones de euros.

La eliminación de aranceles impulsó los intercambios entre EE UU, Canadá y México

Aunque las ventas de bienes no han caído entre ninguna de las grandes naciones exportadoras en el mundo, sí que se ha producido una desaceleración muy severa en tres de las cuatro mayores economías de la zona euro: Francia, España e Italia. Las exportaciones en el país galo crecieron un 3,8% entre julio y septiembre cuando doce meses antes lo hicieron a un ritmo del 10,4%. Ese mismo deterioro se puede constatar en el caso de España, con un avance del 2,3% entre julio y septiembre de 2018 frente al 10,5% del mismo período de 2017, y en el de Italia, con un crecimiento del 1,9% frente al 11,7% del tercer trimestre de 2017. En el caso de la zona euro, a los aranceles se ha unido un contexto económico perjudicial, con un euro apreciado frente al dólar, lo que encarece las ventas fuera de la zona euro, y un barril de petróleo instalado en los 80 dólares, lo que penaliza a la mayoría de países que importan su energía. También ha tenido impacto la debilidad de la demanda en los países europeos, ya que el comercio intracomunitario se lleva más de la mitad de los intercambio comerciales.

China no sufre y disparó su cuota hasta el 15,2% de las exportaciones mundiales

En la lista de ganadores también aparecen EE UU, Canadá y México. Los tres firmaron en verano una renovación del tratado de libre comercio que les vincula, por la que quedó eliminada la imposición de cualquier arancel. Las exportaciones de México y Canadá crecieron en el entorno del 12% entre julio y septiembre, mientras que las de EE UU, también muy ligadas a ambos países, subieron un 8,1%. El análisis de los datos muestra, sin embargo, alguna sorpresa. Pese a la progresiva imposición de aranceles a las exportaciones chinas a EE UU, que ya afectan a ventas por valor de 200.000 millones de dólares, las ventas de bienes de China a otros países, lejos de caer, han subido. En concreto crecieron un 11,6% hasta los 571.000 millones de euros, lo que arroja una cuota de mercado del 15% y abre la brecha con respecto a EE UU, que acumula un peso del 9,2% en el mismo período.

Cuando la fantasía choca con la realidad

El déficit comercial es una causa secundaria de la caída de la producción industrial, al revés de lo que cree Trump



Seguidores de Trump en Melbourne, Florida, el martes pasado. AP

Aceptémoslo: el “Hagamos Estados Unidos grande otra vez” fue un eslogan político brillante. ¿Por qué? Porque podía significar cosas diferentes para personas diferentes. Para muchos seguidores de Donald Trump, era básicamente la promesa de volver a los buenos tiempos del racismo y el sexismo puros y duros. Y Trump está cumpliendo esa promesa.

Pero al menos para algunos votantes de Trump, era una promesa de restablecer el tipo de economía que teníamos hace 40 o 50 años, una economía que todavía ofrecía muchos trabajos viriles en fabricación y minería. Por desgracia para los que confiaron en don Arte del Acuerdo, Trump nunca tuvo ni idea de cómo cumplir esa promesa. E incluso si hubiese sabido algo sobre cómo hacer política, no podría haber cambiado la trayectoria a largo plazo de nuestra economía, la cual se aleja sin tregua de la fabricación física de cosas y avanza hacia la prestación de servicios.

Como consecuencia de ello, Trump, a quien por encima de todo le preocupa la imagen, acapara ahora titulares que ponen en ridículo su postureo en campaña, titulares sobre el cierre de fábricas de coches y la pérdida de empleo. Ahora bien, los automóviles son un caso especial; el empleo en la fabricación sigue aumentando en general, aunque no especialmente rápido. Pero en lo que se refiere a sus grandes promesas, lo que está pasando es un vergonzoso fiasco.

¿Por qué era absurda la idea de la recuperación de la industria? Por supuesto, hablar de lo que Trump no sabe es una tarea ingente, ya que su ignorancia es profunda. Pero parece que no ha entendido bien tres cosas concretas sobre la fabricación. En primer lugar, cree que los déficits comerciales son la razón por la que abandonamos la fabricación. Pero no lo son. Para ser justos, esos déficits han desempeñado un papel en la reducción del empleo en la industria. Si pudiésemos eliminar el actual desequilibrio comercial, tendríamos alrededor de un 20% más de trabajadores en el sector que ahora. Pero eso solo revertiría una pequeña parte del descenso de la fabricación, que ha pasado de representar más de un 25% de la mano de obra en 1970 a menos del 10% hoy.

De hecho, incluso en países que registran superávits comerciales enormes, como Alemania, se ha producido un importante descenso de la industria en el empleo total. Y el comercio no es toda la historia. Lo que está pasando es que, a medida que crece el gasto general, una parte cada vez mayor se dedica a los servicios, no a los bienes. El consumo de productos manufacturados sigue aumentando, pero el progreso tecnológico nos permite producir esos productos con cada vez menos trabajadores; por eso la economía se desplaza hacia los servicios.

Por cierto, por si quieren saber qué significa “servicios”: de los cuatro sectores ocupacionales en los que el Departamento de Trabajo prevé que se creará más empleo a lo largo de la próxima década, tres son de algún tipo de asistencia (el cuarto es el sector alimentario). Y si no pueden imaginarse hasta qué punto se puede construir una economía próspera basándose en los servicios, tengan en cuenta que la asistencia sanitaria es una importante fuente de empleos de clase media y que podría crear todavía más con las políticas adecuadas. Así y todo, aunque los déficits comerciales sean una causa claramente secundaria del descenso de la fabricación, ¿no puede Trump ayudar un poco poniéndose duro con los extranjeros? Eso nos lleva a su segunda falacia: no, las prácticas comerciales extranjeras injustas no causan los déficits.

El hecho es que, aunque los aranceles pueden afectar al comercio en sectores concretos, el balance comercial general refleja sobre todo los tipos de cambio, los cuales, a su vez, derivan principalmente de los flujos de capital: el dólar es fuerte porque los extranjeros quieren comprar activos estadounidenses. Y las políticas de Trump —recortes fiscales para las multinacionales, grandes déficits que impulsan al alza los tipos de interés— están haciendo que el dólar sea aún más fuerte. Por último, la furiosa reacción de Trump ante los cierres de fábricas de coches nos recuerda su tercera gran equivocación política: cree que se puede dirigir la economía gritando a la gente.

¿Por qué está equivocado? No es solo que las empresas hayan aprendido a no tener en cuenta sus amenazas. Lo más importante es que la economía es demasiado grande para hacer política señalando a empresas individuales y despotricando. ¿Hasta qué punto es grande? Cada mes se pone en la calle a alrededor de 1,7 millones de trabajadores. Así que ni siquiera un presidente que pasase menos tiempo jugando al golf podría amenazar a suficientes empresarios como para tener una incidencia significativa en el mercado laboral. O, por decirlo de otra forma, dirigir EE UU no es como dirigir una empresa familiar. Se tiene que hacer fijando unas políticas generales y ciñéndose a ellas, y no intimidando a algunas personas cuando aparece un titular negativo. Por eso la promesa de Trump de recuperar la fabricación estaba condenada al fracaso.

¿Por qué la hizo en un principio? Por si sirve de algo, sospecho que en este caso Trump realmente no intentaba engañar a los votantes. Yo creo que creía sinceramente que podía hacer que la fabricación industrial, la minería del carbón y demás se recuperasen espectacularmente, y que otros fracasaron solo porque no fueron lo bastante duros. Puede que se pregunten de dónde sacaba esa confianza, teniendo en cuenta lo poco que sabe sobre economía. La respuesta, probablemente, es el efecto Dunning-Kruger: las personas ineptas confían a menudo en su capacidad, porque son demasiado ineptas para saber lo mal que lo están haciendo. Pero la verdadera pregunta no es si Trump se dará cuenta alguna vez de que no sabe cómo “hacer EE UU grande otra vez”. Es si sus seguidores se darán cuenta y cuándo. Supongo que conoceremos la respuesta en los próximos meses.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2018. Traducción News Clips

Conferencia de la CTC en La Habana insiste en el papel de los trabajadores en la planificación de la economía

Por: Thalia Fuentes Puebla

Conferencia Provincial de la CTC en La Habana. Foto: Thalía Fuentes/Cubadebate.
Los delegados a la Conferencia Provincial de la Central de Trabajadores de Cuba en La Habana se refirieron a la importancia de la participación de los trabajadores e innovadores en la elaboración del plan de la economía en cada uno de los centros laborales.
En la cita se destacó el papel que hoy tienen los obreros para solucionar los problemas económicos del país, mediante el aumento de la cantidad y calidad de la producción; y en este sentido, la importancia de cada uno de los sindicatos participe en la toma de decisiones de conjunto a la administración.
Asimismo, llamaron la atención sobre los incumplimientos en los planes de ventas y utilidades de un número de empresas, y como los dirigentes sindicales deben de velar por que no se pague sin respaldo productivo, o sea priorizar la gestión de inventarios y aportes al presupuesto.
Por su parte, Ulises Guilarte de Nacimiento, secretario general de la CTC habló sobre los retos que tiene los trabajadores en la conceptualización del modelo económico del país.
“En La Habana se concentra el 25 por ciento de los afiliados del país y están los principales y más importantes centros de investigación, universidades, instituciones médicas de carácter nacional y una alta presencia de industrias con alto impacto en la economía”, comentó el dirigente sindical.
Hizo referencia también, a cómo el funcionamiento de la organización no es un fin en sí mismo, sino una vía para representar los derechos de los trabajadores, que, debido a nuestro sistema socialista, son copropietarios de los medios de producción.
También llamó la atención a la importancia de exigir los derechos planteados en el Código del Trabajo y el convenio colectivo de trabajo, que asegura los espacios para plantear las inquietudes. “Hay que legitimar la gama de espacio que tenemos ganados por derecho”, exhortó Guilarte.
A decir del Secretario General: “El 11% de los afiliados no creen en el papel del sindicato en la toma de decisiones del país y en la representación de los trabajadores. El resto lo califica como un instrumento capaz de canalizar las opiniones de los trabajadores en el escenario del país, pero la mayoría quieren un sindicato con voz propia y con mayor inserción en la política del país”.
Habló también de la voluntad política del país de continuar desarrollando las formas de gestión no estatal, aseguró que el sindicato apoya esta decisión.
Al respecto, Luis Manuel Castanedo, secretario de la CTC en la provincia, propuso en la cita acordar la realización de un posterior encuentro entre todas las cooperativas de La Habana, para el intercambio de experiencias positivas como las que ha tenido AUTOCHAPT, y trasmitir como el sindicato puede contribuir al logro de la eficiencia productiva.
Esta cita da fin a las conferencias provinciales que se han realizado en todo el país de cara al proceso orgánico del XXI Congreso de la CTC, a realizarse en abril del 2019 para analizar el funcionamiento interno de la organización mediante de todos los planteamientos que han hecho los trabajadores desde la base.
Conferencia Provincial de la CTC en La Habana. Foto: Thalía Fuentes/Cubadebate.

Joseph Stiglitz: “El poder del mercado es abuso de poder”

Por Álvaro Guzmán Bastida, Ignasi Gozalo Salellas y Héctor Muniente Sariñena,


El mundo parece decidido a dejar a Joseph Stiglitz en fuera de juego.

Después de asesorar al gobierno de Bill Clinton y liderar el Banco Mundial a mediados y finales de los años noventa, y de ganar un Premio Nobel en 2001, el economista de la Universidad de Columbia pasó a ser uno de los críticos más agudos tanto del abandono de la clase trabajadora por parte del Partido Demócrata como -de manera clave- de las desigualdades y desequilibrios de poder originados por la globalización en los países del Sur. En estas apareció Donald Trump. Y Stiglitz volvió a estar a la altura de las circunstancias, profundizando y ensanchando si cabe el nivel de su crítica. ¿Cómo es posible que el mismo sistema contra el que había arremetido por dejar de lado a los pobres de África y los campesinos de América Latina alumbrara una monstruosidad política que decía hablar en nombre de los "olvidados" de Estados Unidos? ¿Podía ser América la perdedora de un sistema que creó y se esforzó en imponer? Stiglitz, que ha actualizado su libro más influyente, El Malestar de la globalización para abordar tamañas novedades, recibe a CTXT en su oficina del norte de Manhattan para departir sobre la guerra comercial con China, la insuficiencia de un análisis geopolítico de la globalización que deje de lado cuestiones de clase y la urgencia de la protección social como antídoto al ascenso de reaccionarios y neoproteccionistas.

-La última vez que hablamos, en la primavera de 2016, tenía mucho que decir sobre la crisis de la desigualdad en Estados Unidos, las fallas de la recuperación tras la crisis económica. Sin duda, el gran acontecimiento tras aquella conversación fue el ascenso político de Donald Trump. ¿Cree que este tiene una explicación económica? ¿Cuál es, por así decirlo, el sustrato material en el que echó raíces Trump?

Cualquier cosa tan compleja como Trump no puede explicarse sólo a través de la economía. Pero sí creo que hay un factor económico subyacente, y es la realidad de la que ya hablaba entonces y que ha empeorado desde entonces: a grandes sectores de la sociedad estadounidense, en especial de los hombres estadounidenses, no les ha ido bien últimamente. Por ejemplo, los ingresos medios de los trabajadores hombres a tiempo completo -y quienes trabajan a tiempo completo tienen suerte hoy en día- son más bajos hoy que hace cuarenta y dos años. Los salarios reales de la gente de abajo están al mismo nivel que hace sesenta años. Son estadísticas demoledoras, que reflejan medio siglo de estancamiento para sectores muy amplios del país, mientras que a unos pocos de arriba les ha ido muy, pero que muy bien. Antes prácticamente todos los jóvenes podían esperar vivir mejor que sus padres. Hoy sólo la mitad de los jóvenes puede hacerlo. De modo que, para la mayoría de los estadounidenses, la noción de progreso se ha esfumado.

Los niveles de salud, de esperanza de vida, de EEUU están decayendo. Y entre los hombres blancos que no tienen estudios universitarios, el declive es aún más abrupto. Gran parte de esto se debe a lo que Anne Case y Angus Deaton llaman "muertes por desesperación": suicidios, sobredosis de drogas, alcoholismo. Estos son síntomas extremos de una enfermedad social, y por debajo de todo esto subyace el proceso de desindustrialización que ha dejado abandonado a gran parte de Estados Unidos. 

El momento decisivo de esta historia quizá fuera la última crisis financiera, porque supuso el golpe definitivo a la industria. La gente perdió su casa, su empleo. Perdió la esperanza. Y, al mismo tiempo que sucedía esto, el Estado gastó cientos de miles de millones de dólares en rescatar a los banqueros que habían causado el problema. Era inevitable que surgiera el mantra de "el partido está amañado". Y lo hizo por la izquierda -con el movimiento Occupy Wall Street- y por la derecha, con Trump.

-Resulta curioso que triunfe un mensaje que presenta a EEUU como el perdedor de la globalización. Como usted mismo señala, Estados Unidos sigue siendo el poder hegemónico mundial, tiene una supremacía militar a escala global sin precedentes y es el único país con poder de veto en el Fondo Monetario Internacional. ¿De verdad es el perdedor de la globalización?

No. Eso es lo que dice Trump, pero Trump es famoso por su enorme ignorancia y no entiende absolutamente nada, exceptuando su intuición sobre los lamentos subyacentes, y cómo jugar con las ansiedades de la gente. De modo que decir "los tratados comerciales son injustos" forma parte de ese echar la culpa a los otros. Yo he visto cómo se negociaban todos esos acuerdos y una cosa está clarísima: los Estados Unidos dictan en esencia los términos de esos acuerdos. Son tratados diseñados por EEUU.

-También conecta el ascenso de Trump con una suerte de retroceso global en la influencia de EEUU, medida con parámetros tan dispares como el poder blando o el equilibrio de poderes económicos. ¿Es Trump un síntoma del declive imperial estadounidense?

Es posible ver la coyuntura actual como nuestro "momento Tucídides", aquel en el que Persia entró en declive en relación con Grecia en un momento de gran agitación global, de conflicto. Y hay síntomas de eso que estaban presentes ya con Obama. Sin ir más lejos, el Acuerdo Transpacífico (TPP, en sus siglas en inglés), un tratado comercial urdido para contener el poder de China estuvo francamente mal diseñado. No era un buen acuerdo comercial, ni siquiera desde le punto de vista de EEUU.

La geoeconomía y la geopolítica nos dicen que China ha pasado de ser un país muy pequeño a tener poder adquisitivo que ya es -en términos reales- mayor que el de Estados Unidos. Pero incluso medido en los parámetros de tipo de cambio habituales, en treinta años su economía será mucho más grande que la de EEUU. De pronto, la gente se despierta ante una realidad nueva: desde la caída del Muro de Berlín hasta la caída de Lehman Brothers, dominamos el mundo. Y ahora el modelo estadounidense no tiene el brillo ni el dominio que tuvo durante ese largo periodo.

-Gran parte de su análisis de la globalización hasta la elección de Trump se centraba en los efectos negativos de esta, en especial en el Sur del planeta y en los países en desarrollo. Y en esto irrumpe Trump quien, según usted "lanza una granada de mano al sistema económico global". Habrá algunos -incluso entre quienes leen y admiran su trabajo- que digan, "¿y qué tiene eso de malo? Que se hunda un sistema que ha creado tantas injusticias" ¿Qué se les escapa a quienes piensan así?

La llegada de Trump ha hecho a mucha gente repensar cuidadosamente qué tiene de bueno y de malo la globalización. Cuando uno ve en peligro un sistema, empieza a valorarlo. Setecientos cuarenta millones de chinos han salido de la pobreza, el movimiento más grande de gente que abandona la pobreza en un periodo tan corto de tiempo probablemente de la historia de la humanidad. Y la globalización ha jugado un papel muy importante en ese proceso. El crecimiento de la clase media en África, India, China... Ahí también ha tenido mucho que ver la globalización. De acuerdo con algunos parámetros, la desigualdad a nivel global ha descendido. Y ahí, de nuevo, la globalización ha jugado un papel importante, pese a que la desigualdad haya aumentado mucho en EEUU o en Europa. 

Pero por encima de eso, la manera de pensar en ello es la siguiente: no concebimos la posibilidad de gobernar nuestras economías nacionales sin un Estado de derecho. Si vamos a comerciar, necesitamos reglas. La alternativa a un sistema basado en reglas es la ley de la jungla. Dicho esto, en nuestras democracias, siempre luchamos por conseguir las leyes adecuadas. El feudalismo era un Estado de derecho, pero no era un Estado de derecho demasiado bueno, sino que otorgaba todo el poder a unas pocas personas que tenían una enorme capacidad para abusar de él. Lo mismo sucede en el sector financiero, donde reina el abuso de poder, o con el poder de mercado, que es abuso de poder. Conocemos cómo se redactan leyes que dan ventaja a la minoría a expensas de la mayoría, pero en nuestras democracias, luchamos para tener marcos legales que protegen a los débiles frente a los fuertes y por tener un estado de derecho justo. Y eso es lo que estoy empeñado en lograr a escala global.

-¿Quiere decir que la manera en la que Trump, y tantos otros a izquierda y derecha, observan la globalización, enfrentando a unos países con otros, es miope? ¿Propone un análisis más 'de clase' para entender la globalización? 

En primer lugar, digo, sí, es un análisis más 'de clase'. Se le puede llamar de clase o de intereses corporativos contra intereses de los trabajadores, pero va muy en esa línea. Es esa la división que viene operando a nivel global. Pero también digo que la idea de Trump de que el mundo es, en definitiva, un juego de suma cero es fundamentalmente errónea. Si gestionamos la globalización de la manera adecuada, es un juego de suma positiva. Si China crece comprará más bienes nuestros y nos irá mejor al poder comprar más bienes suyos, así que seremos más prósperos tanto ellos como nosotros.

-En su crítica a los cuarenta años de globalización y el malestar que genera, ahora desde una perspectiva diferente, escribe sobre cómo la noción hegemónica de 'libre comercio' impulsada por derecha e izquierda en todo el mundo es en realidad confusa. Habla, en su lugar, del 'comercio dirigido'. ¿Dirigido por quién? ¿Para lograr qué? 

La manera en la que intento resumirlo es la siguiente: si realmente tuviéramos libre comercio, sería muy sencillo. Se eliminan todas las barreras al comercio, los aranceles, los subsidios. Si se tratara de eso, los acuerdos serían muy cortos. En las recientes negociaciones para revisar el NAFTA, se eliminó directamente la expresión "libre comercio". Al menos en eso Trump ha sido honesto: este asunto tiene que ver con todo menos con el libre comercio. Por fin reconocen que estamos ante un comercio dirigido para favorecer ciertos intereses particulares. 

Ni siquiera está claro que los trabajadores del automóvil vayan a salir beneficiados. Los costes de las empresas automovilísticas van a aumentar. Y esos aumentos en costes van a verse reflejados en los precios, por lo que la demanda de coches estadounidenses descenderá, al ser estos menos competitivos así que no está claro quién saldrá ganando con todo esto. Tampoco lo está en el asunto de los aranceles sobre el acero: los consumidores de acero van a empobrecerse, y hay muchos más trabajadores que utilizan el acero que aquellos que lo producen, así que los trabajadores en su conjunto van a empobrecerse.

-Detengámonos por un segundo en esa gente que dice que ha sufrido los daños de la globalización en sus carnes. ¿Cree que Trump cumplirá lo que prometió a esa gente?

No, no. En absoluto. Van a empobrecerse y ya estamos empezando a verlo. Su reforma fiscal va a aumentar los impuestos para la mayoría de gente del segundo, tercer y cuarto quintil cuando se termine de implementar; es decir, para la clase media. Otros trece millones de estadounidenses van a quedarse sin sanidad por culpa de esta reforma fiscal, en un país en el que la esperanza de vida ya está en declive. El déficit comercial está alcanzando nuevas cotas, en parte por culpa de las políticas macroeconómicas que Trump está implementando. 

Ahora bien, la parte positiva de todo eso es que estimula la economía, al menos a corto plazo. No es sostenible, pero se ha estimulado la economía, y el desempleo ha bajado. Y quizá, llegados a cierto punto, eso haga que suban los salarios un poco. Es algo que empezamos a ver, pero resulta notable lo mal que están las cosas en lo relativo a los salarios. Y eso se debe a que, incluso con el estímulo que se ha generado, ¿quiénes son los ganadores de la reforma fiscal? Los promotores inmobiliarios. ¿Y quiénes son los grandes perdedores? La educación y los gobiernos locales.

-Pero usted también ha dicho que el proyecto de reindustrializar EEUU o cualquier otro país del centro desarrollado de Occidente es algo anacrónico.

Exacto. La productividad en la industria ha superado en tanto a los niveles de demanda que el empleo en manufactura a nivel global está descendiendo. Somos víctimas de nuestro propio éxito. Hace sólo 75 o 100 años, era necesaria el 70% de la población para producir la comida necesaria para alimentarnos. Hoy, basta con el 2 o el 3%. Nadie diría: "Para que la economía avance, el 70% de la población debería volver a las granjas". No podemos hacer eso, ni debemos, y yo veo la manufactura de la misma manera. El desempleo en EEUU se reduce hasta el 8 o 9% y puede que aumente algo el nivel de producción industrial, pero la harán los robots. No va a crecer el empleo en ese sector. Esa es la realidad económica, y me gustaría que nos centrásemos en crear una economía para el siglo veintiuno, y no remontarnos a otro momento histórico y empeñarnos en hacer algo que no es posible.

-Ha mencionado un par de veces a China, así como los efectos que podría tener un aumento del comercio con una China cada vez más poderosa. China es también la mayor tenedora de la deuda estadounidense. ¿Nos aproximamos a una guerra comercial global con China? 

Sí, desgraciadamente. Yo fui muy ingenuo al pensar, como tantos, "¿cómo van a dejar que suceda algo así las grandes empresas, que son las que gobiernan EEUU desde hace mucho tiempo?" Esas empresas se cuentan entre las perdedoras de todo esto. Pero en los tiempos que corren hay que dejar a un lado todas las teorías políticas y sí, Trump, parece decidido a llevarnos inexorablemente a una guerra comercial. Y la manera en la que lo está haciendo me lleva a pensar que durará mucho tiempo. Lo digo por lo siguiente: hace demandas a las que China no puede acceder. 

Históricamente, EEUU ha pedido a China que abra sus mercados de seguros y financieros, y es algo que China podría llegar a aceptar. Hay mucho que negociar, pero se puede transigir y llegar a acuerdos. Pero hoy EEUU exige a China que renuncie a sus objetivos de convertirse en un país avanzado para 2025. Ningún país aceptaría esa demanda.

-¿Cuáles serían las consecuencias de una guerra comercial entre EEUU.y China?

Somos países enormemente interdependientes. El motivo por el que compramos tanta ropa y otros artículos de China es porque resulta mucho más barato. Lo que sucederá es que compraremos productos textiles de otros países, no que los fabriquemos en EEUU. Puede que tengamos robots fabricando productos textiles, pero no demasiados. Simplemente, se los compraremos a Bangladesh, Sri Lanka o Vietnam. Esto no va a resultarles de ayuda a los trabajadores estadounidenses. Simplemente, nuestros consumidores pagarán más caro, de manera que no tendremos más empleo, sino más gastos. Hasta un 10 o 20%.

-Ha dicho antes algo sobre que no esperaba que esto sucediera porque las grandes empresas no lo querrían, y estas tienen un poder desmedido en EEUU. Es cierto que Trump no era el candidato favorito de Wall Street o Silicon Valley, pero resulta difícil imaginárselo gobernando contra la gente que financia a su partido. ¿Estamos ante una ruptura dentro de la clase dominante de EEUU.?

Bueno, hay un par de aspectos interesantes en este asunto. Las grandes corporaciones estadounidenses han estado bastante más calladas en torno a esto de lo que me hubiera podido imaginar. Y hay dos hipótesis sobre el por qué: una es que le tienen miedo a Trump, a sus tuits. La otra es que, durante veinte años, han visto a China como una mina de oro. Podían producir allí pagando salarios bajos, sin tener que atenerse a ningún estándar medioambiental y con competencia muy limitada. Eso ha cambiado. Los controles medioambientales han aumentado, los sueldos han subido, y la competencia dentro de China se ha acrecentado, de modo que ya no están ante la mina de oro de antaño.

Pero sí que hay una división, una ruptura, en el seno del Partido Republicano. Es algo que vemos de manera más vociferante en lo que atañe a los hermanos Koch, los multimillonarios donantes del Tea Party. Son grandes adalides de salir del acuerdo climático de París, de deshacerse de todo tipo de regulaciones, pero también son decididamente internacionalistas.

-¿Cree que Trump está abriendo una camino político nuevo en lo relativo al sistema global? ¿O vivimos un impás entre los últimos cuarenta años de globalización y una nueva etapa?

No. Creo que Trump representa una versión inequívocamente estadounidense de lo que es una tendencia global de nativismo envuelto en sí mismo, antiinmigrante y escéptico para con la globalización, pero nadie quiere vivir sin su iPhone, no pagar un 50% más por su ropa. Así que no creo que nos repleguemos de la globalización tal y como la conocemos. Sin embargo, está claro que ya hemos obtenido la mayoría de los beneficios de la integración global y los próximos pasos muy probablemente no sean tan fructíferos, sino que pueden resultar los más duros. 

-Este giro neoproteccionista, desde Trump al 'Brexit', tiene su faceta comercial, pero también cuenta con un componente de gran hostilidad a la inmigración, que se propone criminalizar y limitar. ¿Qué consecuencias económicas tendrán esas políticas? 

De una manera u otra, esas políticas suponen una vuelta a algo que fue central en el Partido Republicano durante mucho tiempo: el aislacionismo, el hacer que América se repliegue sobre sí misma. Pero estamos hablando del periodo anterior a las dos guerras mundiales, antes de que EEUU se conviertiera en el poder global que es hoy en día. EEUU ha jugado un papel clave en el intento de coordinar la globalización, de apoyar un sistema basado en las reglas del juego, por mucho que yo no esté de acuerdo con las reglas que se ha tratado de imponer al resto. Y, si, en lugar de hacer eso, EEUU se vuelve una potencia aislacionista y enemiga del derecho internacional, eso tendrá consecuencias profundas para el avance del Estado de derecho a nivel mundial. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, para bien o para mal, estuvimos en el centro de todo. Y ahora, con Trump, parece que nos retiramos.

-Tras escuchar su análisis sobre cómo las grandes empresas se benefician de la globalización a expensas de los trabajadores, o de cómo los hermanos Koch son partidarios del internacionalismo, algunos podrían verse tentados por propuestas que pasen por un programa progresista que incluya ciertos elementos proteccionistas. Entiendo que usted está en contra de esta vía progresista-proteccionista. ¿Por qué? 

Lo que necesitamos es protección social sin proteccionismo. Me importan la protección social y mantener una economía dinámica, que se reenfoque hacia sectores más dinámicos. Y eso requiere políticas de empleo activas, políticas industriales y protección social. Los países no pueden quedarse a merced del capital que entra y sale de la noche al día. Cuando decía que las reglas del juego las han diseñado las corporaciones, ese es un buen ejemplo. Creo que debemos gestionar la globalización, incluidos sus riesgos, lo cual implica reconocer que no todo el mundo se va a beneficiar de ella. Debemos asegurarnos de que la manera en que la gestionamos beneficia a la mayoría. 

-¿Cómo se derrota, pues, no sólo a Trump sino al 'trumpismo'? ¿Qué hacer? 

Para mí, la respuesta es la agenda progresista socialdemócrata. La gente no va a tener confianza si lo que le decimos es: "No se preocupe por el comercio; protegeremos su puesto de trabajo". Eso ya no resulta creíble. Quizá lo hubiera sido hace cuarenta años; hoy ya no. En cambio, si lo que se presenta es un marco económico de lo que llamamos estado de bienestar y se plantea que, pese a la globalización, pese a los cambios tecnológicos, tendrás que trabajar pero a cambio te garantizamos un alto grado de protección, la gente será mucho más receptiva. Y creo que otra clave pasa por aumentar el grado de apertura y transparencia democrática en nuestros gobiernos, porque demasiados de estos acuerdos se gestan en secreto y sin una discusión pública adecuada.

Lo fundamental es que la gente entienda que el Estado se preocupa por ella y está comprometido con asegurarse de que todo el mundo en nuestro país pueda alcanzar un nivel de vida de clase media, siempre que estén dispuestos a trabajar, y que a cambio les garantizaremos un empleo, una capacitación, les garantizaremos las oportunidades. La protección social le da a la gente la confianza necesaria para estar abierto no solo a la globalización, sino también a los retos que se vienen con los cambios tecnológicos del futuro.