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"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." ""Creo que mientras más critica exista dentro del socialismo,eso es lo mejor" Fidel Castro Ruz

viernes, 2 de enero de 2026

Realizará Cuba proceso de descentralización administrativa. Comentario HHC



Por Fidel Rendón Matienzo

02 Enero 2026

La Habana, 2 ene (ACN) Un proceso de extraordinario alcance administrativo, económico y social desarrollará Cuba durante el primer trimestre del 2026, consistente en la gradual descentralización de competencias y transferencia de recursos hacia los municipios y excepcionalmente a la provincia, por los organismos de la Administración Central del Estado y demás órganos e instituciones estatales nacionales.

Detalles de sus objetivos, principios y reglas están contenidos en el Decreto 140/2025, del Consejo de Ministros, el cual entrará en vigor a los 90 días de haberse publicado en la Gaceta Oficial Extraordinaria número 99 del 29 de diciembre del año recién terminado.

El proceso se rige por lo establecido en la Constitución de la República de Cuba, las leyes, en esa y otras disposiciones normativas, y consiste en la transferencia de funciones, atribuciones, actividades, responsabilidades, estructuras y recursos, del sistema de entidades atendidas por los organismos y órganos, hacia el municipio y excepcionalmente a la provincia.

De acuerdo con uno de sus artículos el objetivo esencial de la medida es implementar la autonomía municipal mediante la distribución de competencias entre los distintos niveles de gobierno, que contribuya a un desarrollo integral, armónico y sostenible del país.

La misma debe ser necesariamente acompañada de las estructuras, trabajadores y los recursos financieros y materiales directamente vinculados con las actividades y los servicios transferidos, que aseguren su continuidad y eficiencia.

Son principios del proceso la gradualidad pues se realiza por etapas, de forma progresiva, conforme a criterios que permitan una adecuada y clara asignación de competencias y transferencias de recursos hacia los territorios, y la flexibilidad y heterogeneidad, al permitir adaptaciones y ajustes, según las características de cada uno de ellos y en aras de una gestión pública eficiente, inclusiva y alineada con las necesidades de la población local.

También se tiene en cuenta la subsidiaridad, basada en que las decisiones que se adopten en el nivel local, más cercano al ciudadano, son aquellas que no pueden tomarse en el nivel central, reconociendo la capacidad y el derecho de los órganos locales administrativos del Poder Popular para cumplir sus responsabilidades.

Otros principios recogidos en el decreto son el de equidad y desarrollo humano integral, dado que la descentralización debe tener en cuenta su impacto en el bienestar general y calidad de vida de las personas, a partir del crecimiento económico y la participación de los ciudadanos en la gestión de gobierno.

El proceso es de carácter definitivo y vinculante pues una vez concluido resulta irrevocable, no puede estar sujeto a cambios posteriores y constituye una obligación efectiva para los órganos y organismos competentes, señala la disposición.

De acuerdo con la normativa se excluyen del proceso de descentralización los sectores o actividades siguientes:

a) Defensa y seguridad nacional;

b) relaciones exteriores;

c) políticas monetaria, cambiaria, financiera, tributaria y bancaria;

d) infraestructura pública de alcance e interés nacional;

e) ordenamiento territorial y urbanismo;

f) aviación y marina mercante;

g) telecomunicaciones y espectro radioeléctrico;

h) agua;

i) recursos naturales no renovables;

j) refinación de hidrocarburos;

k) biodiversidad;

l) patrimonio genético; y

m) otros que se determinen por el Consejo de Ministros.

Una comisión temporal nacional, de carácter gubernamental y presidida por un vice primer minitro, será la encargada de dirigir, impulsar y controlar el desarrollo del proceso de descentralización, precisa el propio decreto.

Comentario HHC: Un gran paso de avance, pero se queda por debajo de lo que hizo Fidel con empresas estratégicas en la década del 90. 

Limitantes del Decreto 140/2025 sobre Descentralización en Cuba

Aunque el decreto representa un avance en la estructura administrativa cubana, presenta limitaciones significativas que podrían condicionar su implementación efectiva:

1. Limitaciones Estructurales y de Diseño Exclusiones explícitas (Art. 9)

Se excluyen sectores estratégicos:

Política económica nacional (monetaria, fiscal, bancaria)

Infraestructura de alcance nacional

Recursos naturales no renovables

Defensa y relaciones exteriores

→ Los municipios no tendrán control sobre áreas clave del desarrollo económico.
 
Carácter gradual y discrecional

No hay cronograma concreto ni metas cuantificables.

La “gradualidad” puede usarse para retrasar transferencias reales.

La selección de competencias a descentralizar queda en manos del Consejo de Ministros, sin mecanismos de exigibilidad local.

2. Limitaciones Financieras y de Recursos

Falta de claridad en la financiación

Aunque se habla de transferir recursos, no se especifica:

Porcentajes del presupuesto nacional.

Mecanismos de financiación autónoma (tributación local).

Fondos de compensación para municipios con menos capacidades.

Riesgo: Los municipios asumen competencias sin recursos suficientes.

Dependencia del nivel central. Los recursos materiales y técnicos siguen siendo asignados por la administración central.

Esto podría perpetuar una descentralización administrativa, no política ni fiscal.

3. Limitaciones Institucionales y de Capacidad
✅ Capacidad técnica desigual

Municipios con menor desarrollo institucional pueden quedar en desventaja.

La formación de capacidades (Cap. IV) es genérica, sin especificar programas concretos ni plazos.

✅ Estructuras paralelas

La Comisión Temporal Nacional añade una capa burocrática. Puede generar duplicidades con estructuras existentes del Poder Popular.

4. Limitaciones Políticas y de Gobernanza
✅ Falta de autonomía real

Las decisiones clave (qué descentralizar, cuándo, cómo) las toma el Consejo de Ministros.

No se establecen mecanismos de participación ciudadana vinculante en el proceso.

✅ Centralismo persistente

El decreto mantiene la potestad central para:

Determinar excepciones.

Supervisar y evaluar el proceso.

Revocar o modificar competencias transferidas (aunque se hable de “carácter definitivo”).

✅ Ausencia de rendición de cuentas local

No se crean mecanismos de transparencia y control ciudadano a nivel municipal.

Los órganos locales rinden cuentas ante instancias superiores, no ante la población.

5. Limitaciones Contextuales

✅ Entorno económico restrictivo

En un contexto de escasez de recursos, la descentralización puede quedar en papel. La capacidad de generar ingresos propios a nivel local es mínima en la economía cubana actual.

✅ Cultura institucional centralizada

Décadas de gestión vertical pueden dificultar la adaptación de funcionarios y estructuras.

Resistencia al cambio desde el aparato estatal central.

6. Limitaciones en la Implementación

✅ Plazos ajustados y poco realistas: 90 días para reordenamiento estructural es insuficiente para un cambio de esta magnitud.

Riesgo de implementación formal pero no sustantiva.

✅ Falta de indicadores de evaluación

No se establecen métricas para medir el éxito del proceso.Sin evaluación independiente, el monitoreo queda en manos del propio gobierno.

✅ Conclusión sobre Limitantes

El decreto avanza en el discurso descentralizador, pero:

Mantiene un núcleo centralizado en áreas estratégicas.

No resuelve la autonomía fiscal local.

Carece de mecanismos de participación y control ciudadano.

Depende de la voluntad política y capacidad técnica del nivel central para su éxito.

La descentralización que propone es administrativa y controlada, no política ni financiera. Su impacto real dependerá de cómo se implemente en un contexto de recursos limitados y estructuras rígidas.


Lo mas importante es que se empezó un proceso descentralizador.

jueves, 1 de enero de 2026

Un mundo desconocido nacerá cuando termine la guerra en Ucrania

Los analistas no logran comprender que la guerra en Ucrania es simplemente el catalizador de una transformación mucho más profunda, el fin irreversible de cinco siglos de dominación occidental.


Pepe Escobar, La Haine

Este es un momento histórico que podría definir el destino de la humanidad. Lo que acaba de suceder no es simplemente una negociación entre Trump y Zelenski, ni siquiera una partida de ajedrez entre Washington y Moscú. Es el acto final de un orden mundial que agoniza.

¿Puede Trump cumplir su promesa de terminar esta guerra o se está dirigiendo hacia la trampa geopolítica más elaborada de la era moderna? El gran tablero, La herencia envenenada de Mackinder.

Para entender la complejidad abismal de lo que está sucediendo, debemos remontarnos a las raíces profundas de esta confrontación. Halford Mackinder, el visionario geógrafo británico, lo vio venir hace más de un siglo. Quien controle el 'Heartland' (tierras del centro) euroasiático controlará el mundo.

Lo que el Imperio Británico entendía instintivamente, los estrategas estadounidenses lo convirtieron en doctrina después de 1945. La OTAN no fue creada para defender Europa del comunismo soviético. Esa fue solo la narrativa de portada.

La OTAN fue diseñada como el mecanismo de control perpetuo del 'Heartland', la herramienta para impedir que cualquier potencia euroasiática, fuera Alemania, Rusia o China, pudiera consolidar un espacio económico integrado que desafiara la supremacía angloamericana.

Durante décadas esta estrategia funcionó a la perfección. La Unión Soviética se desintegró. Alemania se mantuvo como un vasallo próspero, pero subordinado y China parecía destinada a convertirse en la fábrica del mundo occidental.

Pero aquí viene el primer gran error de cálculo de las élites atlantistas. Subestimaron la paciencia estratégica rusa y la visión a largo plazo China. El momento Mackinder llegó en febrero de 2022, cuando el presidente Putin lanzó la operación militar especial, no para conquistar Ucrania, como repiten mecánicamente los medios occidentales, sino para impedir que el 'Heartland' fuera completamente cercado por las bases de la OTAN.

Crimea, Donbas, las regiones de Zaporiyia y Jersón no son territorios ocupados. Son las llaves geopolíticas que mantienen abierto el corredor entre Rusia y el mundo multipolar que emerge en el sur global. Putin dicta el ritmo, pero aquí viene la parte más fascinante de esta historia, algo que ningún analista occidental logra comprender.

Desde mi conversación la semana pasada con fuentes de alto nivel en el aparato de inteligencia ruso, una cosa queda absolutamente clara. La administración Putin no quiere un acuerdo. Quiere una victoria total que redefina permanentemente el equilibrio de poder mundial y tiene todas las cartas para lograrlo.

Veamos los hechos fríos. Mientras Zelenski ruega por más armas y Trump promete paz instantánea, Rusia ha demostrado una superioridad tecnológica que ha dejado atónitos a los expertos militares de todo el planeta. El misil hipersónico Oreshnik (que ahora empieza a desplegarse en Rusia y Bielorrusia) no es solo un arma. Es un mensaje. La era de la invulnerabilidad estadounidense ha terminado para siempre.

Cuando el presidente ruso recibió durante 5 horas a Jared Kushner y Steve Witkoff en el Kremlin, no fue para escuchar propuestas de paz, fue para observar como el imperio más poderoso de la historia le rogaba que aceptara una salida digna a un conflicto que Rusia está ganando sistemáticamente.

La diplomacia rusa filtró que Putin podría estar interesado en un acuerdo, pero cualquier analista serio sabe que esto es pura cortesía protocolar, porque la realidad sobre el terreno es inapelable.

Rusia controla casi el 20% del territorio ucraniano, ha desmilitarizado las fuerzas armadas de Kiev, ha destruido la infraestructura energética del país y ha demostrado que la OTAN es incapaz de fabricar municiones suficientes para sostener una guerra de desgaste prolongada. ¿Por qué habría Putin de negociar desde una posición de fortaleza absoluta?

Las motivaciones secretas, el juego dentro del juego

Aquí es donde la historia se vuelve verdaderamente maquiavélica y lo que muy pocos entienden es que estamos presenciando no una, sino tres guerras simultáneas.

La primera guerra es la que todos ven, Rusia versus Ucrania, pero esta es solo la superficie mediática, el teatro de operaciones visible. En realidad, Kiev dejó de ser un actor independiente el momento en que su ejército fue integrado a la estructura de comando de la OTAN. Los generales ucranianos reciben órdenes directas del Pentágono. La inteligencia ucraniana opera bajo la supervisión de la CIA y las decisiones estratégicas se toman en Washington, no en Kiev.

Zelenski, en el mejor de los casos, es el rostro público de una operación que trasciende completamente las fronteras ucranianas. Esto explica por qué cada contraofensiva ucraniana sigue exactamente los manuales de guerra de la OTAN.

¿Por qué las tácticas empleadas son idénticas a las que EEUU implementó en Irak y Afganistán (donde además fue derrotado)? ¿Y por qué el fracaso de estas operaciones ha sido tan estrepitoso? Los generales estadounidenses están aplicando doctrinas militares diseñadas para enfrentar insurgencias del tercer mundo contra el segundo ejército más poderoso del planeta. Es como intentar cazar un oso siberiano con una honda.

La segunda guerra, mucho más importante, es EEUU versus Europa. Y aquí viene uno de los aspectos más siniestros de toda esta operación. Biden y Trump han logrado lo que generaciones de estrategas estadounidenses soñaron desde el plan Marshall: la desindustrialización completa de Alemania y la subordinación total de Europa occidental.

El sabotaje de los gasoductos Norstream no fue un acto de guerra contra Rusia, fue la decapitación energética de la economía alemana. Piensen en la geometría del poder. Alemania era la economía más competitiva de Europa, precisamente porque combinaba tecnología avanzada con energía barata rusa. Esa combinación representaba una amenaza existencial para la supremacía industrial estadounidense.

Hoy las industrias germanas migran hacia EEUU buscando energía barata, exactamente como planearon los arquitectos del 'Project for the New American Century' hace dos décadas. BASF, el gigante químicos alemán, ha transferido masivamente sus operaciones a China y EEUU. Volkswagen cierra plantas en Alemania por primera vez en su historia,

Pero, la tercera guerra es la que definirá el futuro de la humanidad, la lucha entre el orden unipolar moribundo y el mundo multipolar que emerge.

Y en esta batalla, Putin y Xi Jing Ping han jugado una partida magistral que podría enseñarse en academias militares durante siglos. El genio de la estrategia ruso-china radica en su perfecta sincronización temporal. Mientras Rusia absorbe la energía militar occidental en Europa del Este, China completa silenciosamente la construcción de la infraestructura económica del siglo XXI.

No es coincidencia que la ruta de la seda haya alcanzado masa crítica precisamente durante los años de máxima tensión en Ucrania. Mientras Occidente se obsesionaba con contener militarmente a Rusia, Beijing construyó silenciosamente la infraestructura del nuevo orden mundial.

La ruta de la seda no es un proyecto de desarrollo, es el sistema nervioso de la economía postoccidental. Cada puerto construido en Sri Lanka, cada ferrocarril tendido en África, cada gasoducto instalado en Asia Central es una arteria del nuevo sistema circulatorio global que avanza y sobrepasa completamente a las instituciones occidentales.

Cuando Irán, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos se unieron a BRICS Plus, no solo se incorporaron a un club económico: firmaron el certificado de desaparición del petrodólar. Piensen en la geometría del poder energético. Los tres mayores productores de petróleo de Oriente Medio ahora comercian directamente en yuanes, rublos y rupias.

El sistema que Henry Kissinger construyó en 1973, petróleo solo en dólares a cambio de protección militar estadounidense, se está desintegrando en tiempo real. Pero aquí viene el detalle que mantiene despiertos a los estrategas en Fort Langley: China no necesitó disparar un solo tiro para lograr esta revolución geoeconómica. Utilizó simplemente la lógica aplastante del beneficio mutuo.

¿Por qué Arabia Saudí seguiría subsidiando el déficit comercial estadounidense cuando puede vender su petróleo directamente a China, su mayor cliente, sin intermediarios financieros occidentales?

Trump entiende esto mejor que nadie. Por eso su obsesión no es realmente Ucrania, es China. Por eso amenaza con aranceles del 100% y controles de exportación masiva, porque sabe que cada día que pasa el poder estadounidense sigue sufriendo una erosión irreversible.

Pero aquí viene la paradoja suprema de la estrategia trumpiana. Mientras más presiona a China comercialmente, más acelera la integración entre China y Rusia. Cada sanción occidental empuja a Moscú y Beijing hacia una alianza más profunda. Cada amenaza comercial fortalece los mecanismos de pago alternativos. Cada escalada militar justifica la expansión de BRICS Plus.

Los estrategas chinos han entendido perfectamente el dilema estadounidense. EEUU no puede permitirse una guerra directa con Rusia porque implicaría un riesgo nuclear inaceptable. No puede ganar una guerra comercial prolongada con China porque la economía china es ya demasiado grande y no puede mantener la lealtad europea indefinidamente porque los costos energéticos están destruyendo la competitividad europea.

Entonces, China hace lo más inteligente posible: espera. Cada mes que pasa, la economía china crece más que la estadounidense. Cada trimestre que transcurre, más países se integran a las instituciones financieras chinas.

Cada año que avanza la ventaja tecnológica occidental se reduce. Xi Ji Ping ha calculado que el tiempo está del lado de Beijing y hasta ahora sus cálculos han sido impecables.

El drama personal de Trump es que llegó al poder prometiendo 'Make America Great Again', pero heredó un imperio en declive terminal cuya ventana de oportunidad para revertir esa decadencia se cerró hace una década.

La supremacía estadounidense dependía de tres pilares: superioridad tecnológica, control de las rutas comerciales globales y hegemonía del dólar. Los tres pilares están siendo erosionados simultáneamente. Los campos de batalla decisivos están más allá de las trincheras. La guerra en Ucrania se está decidiendo en cuatro frentes que van mucho más allá del campo de batalla tradicional.

El frente militar ya está definido. Rusia ha establecido una superioridad aérea casi total. Sus capacidades de guerra electrónica han cegado los sistemas NATO y la superioridad artillera y misilística rusa es de 10 a 1 en la mayoría de sectores. Las contraofensivas ucranianas han fracasado estrepitosamente y las líneas del frente se han estabilizado esencialmente donde Putin las quiere.

El frente energético ha sido devastador para Europa. Sin gas ruso barato, la economía alemana entra en recesión técnica. La industria química europea colapsa y los ciudadanos europeos pagan facturas energéticas tres veces más altas que antes de la guerra. Rusia, mientras tanto, ha reorientado sus exportaciones hacia Asia y mantiene ingresos energéticos estables.

El frente financiero está siendo el más revolucionario. El sistema Swift ya no es indispensable. Rusia, China, Irán, India y Brasil comercian cada vez más en monedas nacionales. El yuan ha ganado espacio como moneda de reserva y el oro ruso se negocia libremente en los mercados asiáticos.

La militarización del dólar se ha convertido en la principal motivación para la desdolarizacion global, pero el frente más importante es el diplomático, donde se está librando la verdadera batalla por el alma del sistema internacional.

El 87% de la población mundial, todo el sur global, o apoya a Rusia o mantiene neutralidad. Esto no es casualidad. Para la mayoría de la humanidad, Rusia no es el agresor, sino el país que finalmente se atrevió a desafiar el orden imperial occidental.

El momento Trump entre la realidad y la fantasía

Y aquí llegamos al corazón del dilema trumpiano que podría definir no solo su presidencia, sino el lugar de EEUU en la historia. Trump llegó al poder con una narrativa seductora. Él es el negociador supremo, el hombre que puede resolver en 24 horas lo que las burocracias de Washington no han podido arreglar en décadas. Su base electoral lo adora precisamente por esto, por su capacidad aparente de cortar el nudo gordiano con pragmatismo empresarial, pero la realidad geopolítica es infinitamente más compleja que cualquier negocio inmobiliario en Manhattan.

Putin no es un gerente que busca maximizar ganancias trimestrales. Es el líder de una civilización milenaria que ha decidido que el momento histórico ha llegado para revertir 30 años de humillación postsoviética. Y aquí es crucial entender la dimensión nuclear de esta confrontación, algo que los medios occidentales deliberadamente minimizan.

La doctrina militar rusa actualizada por Putin en 2024 establece claramente que cualquier ataque a infraestructura nuclear estratégica rusa será considerado "casus belli" para respuesta nuclear. Los bombardeos ucranianos a bases de bombarderos estratégicos rusos no son ataques tácticos; son, según la doctrina rusa, preludio de guerra nuclear.

Putin está enviando mensajes perfectamente calibrados. El misil Oreshnik no se desplegó para destruir objetivos militares ucranianos. Para eso, Rusia tiene armamento convencional de sobra. Se desplegó para demostrar a Washington que la era de la invulnerabilidad del territorio continental estadounidense ha terminado para siempre. Un solo misil Oreshnik con cabezas nucleares puede destruir cualquier ciudad estadounidense en 15 minutos sin posibilidad de intercepción.

Esta es la carta suprema en la baraja de Putin, la capacidad de elevar cualquier conflicto local al nivel nuclear en cuestión de minutos. Y es precisamente esta capacidad la que hace imposible para EEUU escalar militarmente sin aceptar riesgos existenciales inaceptables para cualquier líder racional.

El presidente ruso ha calculado que EEUU, por poderoso que sea, no está dispuesto a arriesgar la destrucción de Nueva York o Washington por mantener el control de Donetsk y hasta ahora sus cálculos han sido impecables. Cada línea roja estadounidense ha sido cruzada sistemáticamente sin consecuencias notables.

Cuando Trump se sentó frente a Zelenski en Mar-a-Lago, no estaba negociando simplemente el futuro de Ucrania. Esta decidiendo si EEUU acepta la transición hacia un mundo multipolar o si duplica la apuesta imperial con todos los riesgos que eso conlleva.

Porque veamos las opciones realistas que tiene Trump sobre la mesa. Puede obligar a Kiev a aceptar la pérdida territorial y la neutralidad permanente, lo cual sería visto como una humillación histórica por el establishment de Washington. O puede escalar la confrontación proporcionando armas aún más letales a Ucrania, lo cual podría precipitar exactamente el conflicto nuclear que dice querer evitar.

La gran imagen, el nacimiento del mundo multipolar

Lo que la mayoría de los analistas occidentales no logra comprender es que la guerra en Ucrania es simplemente el catalizador de una transformación mucho más profunda, el fin irreversible de cinco siglos de dominación occidental.

Desde 1492, Europa primero y EEUU después han dominado el sistema mundial a través de una combinación de superioridad tecnológica, control de las rutas comerciales y cuando fue necesario, violencia masiva. Ese ciclo histórico está llegando a su fin, no por colapso interno, sino por el surgimiento de alternativas viables. China ya es la economía más grande del mundo. En términos de paridad de poder adquisitivo, India será la tercera economía mundial en la próxima década.

El continente africano está experimentando un renacimiento impresionante. América Latina se libera gradualmente de la tutela de Washington y Rusia ha demostrado que puede resistir y prosperar bajo el máximo de sanciones occidentales.

Este no es el mundo que planearon las élites de Washington, Londres o Bruselas. Es el mundo que emerge cuando el 87% de la humanidad decide que ya no aceptará ser dominado por el 13% que controla las instituciones occidentales.

La paradoja suprema es que Putin puede haber hecho el mayor favor histórico a China sin proponérselo. Mientras Rusia mantiene ocupadas las energías militares y diplomáticas de Occidente en Europa del Este, China consolida silenciosamente su posición como la nueva superpotencia económica mundial.

Para cuando termine la guerra en Ucrania, Beijing habrá completado la transición hacia una economía basada en el consumo interno y la innovación tecnológica, siendo mucho menos vulnerable a las presiones occidentales. El dilema final, la hora de la verdad. Y aquí llegamos a la pregunta que mantiene despiertos por las noches a los estrategas en el Pentágono:

¿Puede EEUU aceptar la transición hacia un orden mundial multipolar o intentará preservar su hegemonía a cualquier precio? La respuesta de Trump a esta pregunta determinará si presenciamos una transición histórica relativamente pacífica o si la humanidad se desliza hacia un conflicto que podría ser el último que libraremos. Putin lo entiende perfectamente, por eso no tiene prisa.

Cada día que pasa, las correlaciones de fuerzas globales se mueven a favor de Rusia y sus aliados. Cada vez que se prolonga la guerra, Europa se debilita más y China se fortalece más.

Cada año que transcurre más países del sur global se integran a las estructuras económicas y financieras alternativas. El presidente ruso ha calculado que el tiempo está de su lado y hasta ahora sus cálculos han sido impecables.

¿Por qué habría de regalar en una mesa de negociaciones lo que puede ganar con paciencia estratégica? Mientras escribo estas líneas desde este café donde Oriente y Occidente se encuentran eternamente, una cosa queda absolutamente clara. El orden mundial que conocemos está muriendo. Lo que emerja de sus cenizas dependerá de si los líderes occidentales tienen la sabiduría de reconocer lo inevitable o la Ubris de resistir lo irresistible.

El encuentro de Trump y Zelenski no fue una negociación sobre Ucrania, será un momento de verdad sobre el futuro de la civilización occidental. Y Putin desde su despacho en el Kremlin observa y espera. Sabe que el tiempo, la historia y la geografía están de su lado.

Porque hay algo que los analistas occidentales sistemáticamente se niegan a reconocer. Rusia ya ganó esta guerra, no militarmente, aunque controle el 20% del territorio ucraniano y haya desmilitarizado el ejército de Kiev, no económicamente, aunque haya resistido el paquete de sanciones más severas de la historia y mantenga un crecimiento económico positivo.

Rusia ganó esta guerra geopolíticamente al demostrar que el orden unipolar estadounidense es vulnerable, desafiable y mortal. Cada día que esta guerra continúa, más países del sur global observan y toman nota.

Es posible resistir al imperio. Es posible sobrevivir al aislamiento occidental. Es posible construir alternativas viables al sistema dominado por Washington.

El mensaje que resuena desde Lagos hasta Jakarta, desde Sao Paulo hasta Mumbai es revolucionario. El emperador está desnudo. EEUU puede destruir países, pero ya no puede controlar el sistema mundial. Puede imponer sanciones, pero ya no se puede determinar quién comercia con quién.

La pregunta que queda flotando en el aire frío de este final de diciembre es definitiva. Cuando todo termine, ¿Como será el mundo que hasta ayer conocimos?

Balance del Blog " Cuba y la Economía " 2025

Por Humberto Herrera Carlés

Unas breves palabras iniciales.

Finalizó el 2025, lleno de mas desafios que el año anterior para la Patria. El 2026 será decisivo para la historia de nuestro pais. O se hace lo que hay que hacer dentro de las posibilidades que tenemos a lo interior, o nos dejaremos vencer a la larga por el Bloqueo de EEUU en todos los ambitos de nuestro desempeño, y esto último es impensable. 

El 2026, en el Centenario del Natalicio del Comandante en Jefe, tenemos esa motivación, y como el Moncada, y recordemos a Fidel cuando expresó: "parecía que el Apostol se iba morir en el año de su Centenario, tanta era la afrenta ", por lo que en el año 100 de FIDEL CASTRO RUZ,  nuestro Moncada es tener resultados concretos en el bienestar del pueblo cubano, y para ello hay que quitar a todos los cuadros que no tienen resultados, por muy revolucionarios que sean. Hay que cambiar los métodos y estilos, que no han dado resultados pero se persiste en ese empeño, el Partido no puede dirigir la economía, esa no es su función y ya fue planteado por Fidel en el I Congreso del PCC en 1975.  Hay que mirar mas a lo interno, con nuestras potencialidades no aprovechadas que son bastantes, eliminar obstaculos que la burocracia impone, y para ello hay que simplificar la misma, hay que rejuvenecer los mandos a todos los niveles, prepararlos para el relevo gerenacional que ya está en marcha. Hay que actuar con prisa y sin pausa.

Hay que tomar decisiones y rectificar sobre la marcha lo que no se comporte como queremos, nada nunca ha sido perfecto, ni lo será, pero no olvidemos que la práctica es el criterio de la verdad. La empresa estatal tiene que funcionar con el dinamismo y potestades de una empresa Mipymes, pero llevamos años para aprobar una ley de empresa, y la seguimos posponiendo todos los años.  Volvamos a leer los discursos e ideas de Fidel en la década del 90, cuando empezó el 1er Periodo Especial, y actuó con el pragmatismo que requería el momento. Hagamos lo mismo en las nuevas condiciones. La disyuntiva de Patria o Muerte, sigue presente.

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Continúo agradeciendo a lectores, autores, seguidores, visitantes,  a los que opinan, comparten, en fin a todos los que durante este año (10), han hecho posible la continuidad de este Blog.

Las diez entradas mas visitadas en el año 2025, de mas a menos son:

1- Sobre el ajuste de precios de las telecomunicaciones: reflexiones y propuestas. Por Joel Ernesto Marill Domenech


2- RESOLUCION 148/2023 DE FINANZAS Y PRECIOS. Comentario crítico. Por Joaquin Benavides Rodriguez.


3- PRESENCIA DE HUMBERTO PEREZ GONZALEZ. Por Humberto Pérez Gonzalez


4- Alejandro Gil y sus 2 389 dias de impunidad. Por Humberto Herrera Carlés


5- La crisis económica en Cuba, sus causas y la migración.Por Ricardo Torres


6- La ilusión del mercado: ineficiencia cambiaria, manipulación de expectativas y la fragilidad del tipo de cambio informal en Cuba. Por Liu Mok


7- Exportaciones estadounidenses a Cuba por 586,5 millones de dólares en 2024: 433,7 millones de dólares en productos básicos y alimenticios, 64,7 millones de dólares en vehículos y 67,1 millones de dólares en donaciones.


8- La reforma de la empresa estatal en Cuba, componente principal de la restructuración de la economía. Comentario HHC. Por Luis Gutiérrez Urdaneta y Julio Carranza Valdés


9- Dolarización parcial de la economía cubana: apuntes para el debate.Por Joel Ernesto Marill Domenech


10- Cuba, tierras "en descanso", el caso de los "huevitos" y una cita de Federico Engels . Por Manuel David Orrio del Rosario


Se comparte el link de cada una de las entradas para si se quiere visitarse por primera vez  u otra vez.

Algunas Estadísticas del Blog.



Audiencia por Navegadores

Google sigue siendo el de mayor uso para acceder al blog.

Como se observa, en la siguiente tabla, este año, es el que menos entradas o post he publicado, con 738 , sin embargo, es el de mayor número de visitantes ha recibido, con 1.26 millones. 

Como curiosidad la mayor cantidad de post que he realizado en un día son 11, cuando la Covid, ya no tengo ese ritmo.

De los 15 809 post en estos  once años , 10 874 fueron dedicados al tema Cuba, es decir el 68.8 % del total.



Por meses en el 2025


Por paises, hay una veintena  entre los principales que nos visitan, lidereados por EEUU, Cuba y Francia hasta llegar a 20.






Y después hay un acápite de Otros, que solo se informan que son aproximadamente 751 000 visitas , lo que implican muchos mas países. 

Organizado por las iniciales de los autores, el siguiente listado, solo es de los que tienen mas de diez publicaciones, ya que se hizo muy grande el mismo cuando incluí a todos, y quedó ahora en 75. Tiene el sezgo personal nuestro, que no quiere decir que sean los mas importantes, ni lo único a tener en cuenta, pero en el hay  Doctores en Ciencias, Nobeles de Economia, destacados economistas, sociologos, periodistas del tema, etc. que abarcan  4 407 trabajos, y estan etiquetados al lado derecho del Blog por Temas y autores.


Agrego lo que siempre digo, que todos tenemos derecho a expresar una idea, y estoy dispuesto a publicarla  dentro del perfil del Blog que es bastante amplio , y me pueden escribir a hhcarles@gmail.com.

 Está también las opiniones del Blog, que tuve que limitarlas algo,  a los que tuvieran correo creo de gmail, porque aunque no modero, habían muchas opiniones de choteo, burlas, etc que los autores no merecian, y no se cuantos estan inscritos en ello hoy en dia, y hay menos opiniones. Reconozco al lector Antonio por sus valiosas opiniones y constancia.

En esta labor altruista, sigo solo, y además trabajo para obtener el sustento para vivir. Mi compañera  de vida Ivon Guerra Hernández , que me hace la vida mas llevadera y plena, inauguró un Blog en el Centenario de FIDEL, por la "Asociación de Cubanos Residentes en México : " FIDEL INVICTO Y ETERNO, y los invito a que lo visiten en el siguiente link https://fidelinvictoyeterno.blogspot.com/

!!! Nos vemos en este 2026 y a todos gracias totales !!!


miércoles, 31 de diciembre de 2025

Atentado con 91 drones de Ucrania contra Putin pudo ocasionar una guerra nuclear



Alfredo Jalife-Rahme


El connotado experto militar Alexey Leonkov (AL) comentó que “el ataque con 91 drones contra la residencia presidencial fue una provocación extremadamente peligrosa (Ucrania ataca con 91 drones la residencia de Putin; Trump se indigna; https://bit.ly/4pU9FYE)” que “no podría haberse llevado a cabo sin la participación de los halcones europeos” porque “Zelensky no se habría atrevido a planear o llevar a cabo una operación de este tipo por su cuenta (https://bit.ly/4jkb9sR)”.

Según AL, “se requirió una planificación minuciosa y el momento elegido mientras Zelensky se encontraba en EU para mantener conversaciones con Trump, se diseñó para proporcionarle una coartada ( sic), que ahora está utilizando, alegando que Ucrania no tuvo nada que ver con ello”. Agregó que “la provocación no fue simplemente un ataque contra el presidente sino contra un centro de control de armas nucleares (¡mega-uf!) , ya que cada una de estas residencias contiene nodos de comunicación a través de los cuales el jefe de Estado puede dar la orden de utilizar las fuerzas nucleares del país”.

A juicio de AL,“el objetivo era provocar un conflicto entre EU y Rusia” cuyo cálculo fue: “en el peor de los casos, provocar un conflicto mundial; como mínimo, interrumpir el proceso de negociación entre EU y Rusia. Y está claro que los halcones europeos sólo favorecen este escenario, en particular Gran Bretaña (GB)”.

AL recordó que el pasado 18 de diciembre, Zelensky espetó que “los políticos cambian; alguien vive, alguien muere (https://bit.ly/4sphp6M)”. ¡Anda muy necrófilo Zelensky! Llama la atención la pléyade de analistas que señalan a GB de incitar el ominoso ataque: desde el ex analista de la CIA, Larry Johnson (https://bit.ly/4jkjCvT), hasta Gillian Schutte (https://bit.ly/4jkQ3ub).

Por cierto, Zelensky visitó al premier canadiense, Mark Carney (MC), también de nacionalidad británica, antes de ver a Trump y un día después llegó su correligionario Netanyahu a encontrarse con ¡el presidente de EU! ¡MC es uno de los peores enemigos de Trump y Putin (https://bit.ly/4qoJzNa)!

La reacción de Dmitry Medvedev, vicepresidente del Consejo de Seguridad ruso, fue feroz: “El apestoso bastardo de Kiev está intentando frustrar la resolución del conflicto.Quiere la guerra. Pues bien, al menos ahora tendrá que permanecer escondido el resto de su miserable vida (https://bit.ly/4jgISmS)”.

Vale la pena evocar la tradición ucrania de que “el cielo se abre” en Navidad cuando se pueden pedir deseos, lo cual celebró el ilegal presidente, el comediante jázaro (Khazar; https://bit.ly/3QqemJr) Zelensky, quien espetó el 24 de diciembre: “Hoy todos compartimos un mismo sueño. Y hacemos un deseo ( sic) para todos nosotros: ‘Que perezca’ (‘May he perish’), podría pensar cada uno para sí mismo”.

Fuentes occidentales y ucranias ( The Hill/ Euronews/ Kyiv Independent/NDTV) lo interpretan como un deseo velado de muerte (¡ sic!) para Putin. Kyiv Independent lo explayó obscenamente: “Que perezca”, Zelensky expresa el deseo ( sic) de los ucranios en su discurso de Nochebuena (https://bit.ly/3N9RzmZ)”.

El fariseísmo apocalíptico y escatológico de Zelensky es infinito: vinculado a la secta talmúdica Chabad Lubavitch, pertenece a una religión microminoritaria (https://bit.ly/4pdRpIz), en un país de la perseguida mayoría aplastante de cristianos ortodoxos eslavos.

En verano de 1914, el archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero al trono del imperio austro-húngaro, asesinado en Sarajevo con su esposa Sofía por el nacionalista serbio de 19 años Gavrilo Princip, detonó la Primera Guerra Mundial. Más de un siglo después, el primer israelí Benjamín Mileikowsky, alias Netanyahu, especialista en genocidios, con la anuencia de su gran aliado EU, se ha consagrado a practicar la decapitación masiva de los líderes jerárquicos, comandantes y científicos en Medio Oriente, en particular en la zona de influencia iraní: Siria/Irak/Líbano/Yemen/Gaza/Irán.

¿Entramos a la fase de magnicidios susceptibles de provocar una guerra nuclear: síndrome Sarajevo global y/o síndrome Netanyahu?

!! Viva el pueblo de Cuba en el "Año del Centenario del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz" !!




lunes, 29 de diciembre de 2025

Palabras ¿aclaratorias? de Roberto Caballero Grande ( Cuadrando la Caja sobre la producción de Alimentos)


Yo me había mantenido al margen de todo el debate, porque a diferencia de los que reaccionan con groserías y ofensas, respeto el criterio de todo el mundo, aunque no los entienda o no coincida con ellos. Pero por ser un error tan reiterativo considero necesario hacer unas aclaraciones:

-No pertenezco al Ministerio de Agricultura ni a ninguna entidad estatal desde hace más de 20 años. Tampoco creo que estas entidades oficiales coincidan con los criterios que emití.

-Ejercí el sacrosanto derecho a emitir mi opinión, tal y como es reclamo reiterado de todos y por tanto puede ser discutible en todo su contenido y estoy abierto a ello de manera etica y respetuosa.

-NUNCA dije que había que quitar al pueblo el arroz y la papa, sino que una dieta sana y balanceada no debe estar desequilibrada hacia uno o dos productos.

-Como muchos dicen en sus comentarios hay una falta enorme de los insumos requeridos para producir, pero eso se viene diciendo desde hace muchos años, sin que aparezca solución, ni comida en el plato. Entonces resulta sabio poner énfasis en cultivos más adaptados a nuestras condiciones y por ende menos exigentes de esos insumos, que nada indica van a aparecer en el corto ni en el mediano plazo.

-Como la atención siempre se ha puesto en lograr la cantidad de arroz necesaria, se ha descuidado a los restantes cultivos, y nos quedamos sin el uno ni el otro. Si dejamos de empeñarnos en los grandes volúmenes de arroz (que al menos a mi me deben muchas libras por la libreta) y garantizamos las otras alternativas, podríamos tener arroz y también los otros compensando volúmenes.

-Sobre la papa prefiero no abundar, pues creo que más del 50% del país apenas comió papá, incluso en los años de mayor producción. Pues casi todo se concentraba en La Habana y alguna capital provincial.

-Para los que les preocupa que me boten o destituyan, tranquilos que yo estoy botado desde los primeros días de este siglo por decir lo que pienso. Desde entonces y antes de eso mi único objetivo en la vida ha sido contribuir a que Cuba logre lo que dijo Marti, "que con su producción pueda suplir su consumo". Y para eso evidentemente hay que hacer cambios muy fuertes en la producción de alimentos, pues con lo que se ha hecho y hace hasta hoy, no se ha llegado a ningún lado que no sea escasez extrema e inflación.

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Ahora les quiero compartir por qué en una agricultura sostenible SI se pueden producir papa y arroz en Cuba.

Arroz. Esta tecnología la aplicamos en la Cooperativa “Gilberto León” de San Antonio de los Baños (donde me jubile en 2007), en la finca al frente de la cual estaba, el desafortunadamente ya fallecido, José García Borrego. Se basó en una tecnología de la zona asiática llamada SICA.

La fertilización del cultivo se sostuvo principalmente por la rotación del suelo con plantas fijadoras de nitrógeno, por lo que requiere de muy poco fertilizantes.
La siembra es por trasplante con un más bajo consumo de semillas por unidad de área y realizando el trasplante con una postura más joven que ahija más, incrementando rendimientos.

Demanda mucho menos agua que la siembra por semilla, ahorrando energía o combustible.

El control de plagas y malezas se realizó pastoreando patos en la plantación, evitando demanda de plaguicidas y herbicidas importados.

Pero, siempre hay un PERO:

Esta tecnología exige una nivelación casi perfecta del suelo. Cosa bastante difícil de lograr en los grandes campos de un complejo agroindustrial.

Tampoco me imagino como manejar “un ejército” de patos que harían falta para controlar la hierba y las plagas.

Solo nos quedaría la rotación de cultivos y el empleo de medios biológicos naturales de producción local, difícil de aplicar con avión.

Con todo y esto se necesitaría un nivel superior de insumos importados que los requeridos en las fincas campesinas,

La totalidad de esta tecnología solo es aplicable en plantaciones pequeñas y medianas, pues en los grandes complejos agroindustriales se pueden aplicar algunos de estos manejos, pero seguirán demandando de los siempre faltantes insumos. Y el éxodo de la población rural hacia la ciudad y el exterior, y aún mayor la carencia de suficiente fuerza de trabajo, hace imposible disponer de la cantidad de fincas requeridas para suplir todo el arroz que en los años 80 consumíamos percápita. O sea volveríamos a caer en la trampa de que para disponer de esa cantidad deseada de arroz habría que disponer de esas divisas que no hemos tenido, ni parece que vamos a tener, para completar importando.

Todo esto lo digo desde mi experiencia personal, aprendido con la práctica y con mi amigo Borrego. No soy experto en arroz, así que esta idea puede y debe ser redondeada y ajustada tanto por la ciencia cubana, como por cada agricultor cuando la vaya a hacer en su finca.

Todo esto comprenderán que no lo podía explicar en el programa, y quizás por ello debí eludir el tema por evitar una malinterpretación como sucedió.

Dejaré el tema de la papa, para que expliquen cómo hacerlo de manera sostenible los colegas de la Estación de Pastos y Forrajes Indio Hatuey de Matanzas, y los numerosos agricultores que ya lo han practicado exitosamente en varias provincias de Cuba. Pero también en este caso el peso fundamental ha de recaer sobre pequeñas y medianas fincas, con el requerido apoyo local de servicios técnicos y medios biológicos.

La rusofobia europea y el rechazo de Europa a la paz

 Un fracaso de dos siglos


Por Jeffrey D. Sachs, The Unz Review

Europa ha rechazado repetidamente la paz con Rusia cuando existía la posibilidad de una solución negociada, y esos rechazos han resultado profundamente contraproducentes. Desde el siglo XIX hasta la actualidad, las preocupaciones de seguridad de Rusia se han tratado no como intereses legítimos que debían negociarse dentro de un orden europeo más amplio, sino como transgresiones morales que debían resistirse, contenerse o ignorarse. Este patrón se ha mantenido en regímenes rusos radicalmente diferentes —zarista, soviético y postsoviético—, lo que sugiere que el problema no reside principalmente en la ideología rusa, sino en la persistente negativa de Europa a reconocer a Rusia como un actor de seguridad legítimo e igualitario.

Mi argumento no es que Rusia haya sido completamente benigna o confiable. Más bien, es que Europa ha aplicado sistemáticamente un doble rasero en la interpretación de la seguridad. Europa considera su propio uso de la fuerza, la construcción de alianzas y la influencia imperial o posimperial como normales y legítimos, mientras que interpreta un comportamiento ruso comparable —especialmente cerca de sus fronteras— como inherentemente desestabilizador e inválido. Esta asimetría ha reducido el espacio diplomático, deslegitimado el compromiso y aumentado la probabilidad de guerra. Asimismo, este ciclo contraproducente sigue siendo la característica definitoria de las relaciones entre Europa y Rusia en el siglo XXI.

Un fracaso recurrente a lo largo de esta historia ha sido la incapacidad —o negativa— de Europa para distinguir entre la agresión rusa y su comportamiento de búsqueda de seguridad. En múltiples períodos, las acciones interpretadas en Europa como evidencia del expansionismo inherente de Rusia fueron, desde la perspectiva de Moscú, intentos de reducir la vulnerabilidad en un entorno percibido como cada vez más hostil. Mientras tanto, Europa interpretó sistemáticamente su propia construcción de alianzas, despliegues militares y expansión institucional como benignas y defensivas, incluso cuando estas medidas redujeron directamente la profundidad estratégica rusa. Esta asimetría yace en el núcleo del dilema de seguridad que ha escalado repetidamente hasta convertirse en conflicto: la defensa de un bando se considera legítima, mientras que el temor del otro se desestima como paranoia o mala fe.

La rusofobia occidental no debe entenderse principalmente como hostilidad emocional hacia los rusos o la cultura rusa. En cambio, opera como un prejuicio estructural arraigado en el pensamiento europeo sobre seguridad: la suposición de que Rusia es la excepción a las reglas diplomáticas habituales. Mientras que se presume que otras grandes potencias tienen intereses de seguridad legítimos que deben ser equilibrados y considerados, los intereses de Rusia se presumen ilegítimos salvo que se demuestre lo contrario. Esta suposición sobrevive a los cambios de régimen, ideología y liderazgo. Transforma los desacuerdos políticos en absolutos morales y convierte el compromiso en sospechoso. En consecuencia, la rusofobia funciona menos como un sentimiento que como una distorsión sistémica, una distorsión que socava repetidamente la propia seguridad de Europa.

Rastreo este patrón a lo largo de cuatro arcos históricos principales. Primero, examino el siglo XIX, comenzando con el papel central de Rusia en el Concierto Europeo después de 1815 y su posterior transformación en la amenaza designada para Europa. La Guerra de Crimea emerge como el trauma fundacional de la rusofobia moderna: una guerra por decisión propia, emprendida por Gran Bretaña y Francia a pesar de la disponibilidad de acuerdos diplomáticos, impulsada por la hostilidad moralizada y la ansiedad imperial de Occidente, más que por una necesidad ineludible. El memorándum de Pogodin de 1853 sobre la doble moral de Occidente, con la famosa nota marginal del zar Nicolás I: «Esta es la cuestión principal», sirve no solo como anécdota, sino como una clave analítica para la doble moral de Europa y los comprensibles temores y resentimientos de Rusia.

En segundo lugar, me centro en los períodos revolucionarios y de entreguerras, cuando Europa y Estados Unidos pasaron de la rivalidad con Rusia a la intervención directa en los asuntos internos de Rusia. Examino en detalle las intervenciones militares occidentales durante la Guerra Civil Rusa, la negativa a integrar a la Unión Soviética en un sistema duradero de seguridad colectiva en las décadas de 1920 y 1930, y el catastrófico fracaso de la alianza contra el fascismo, basándome especialmente en el trabajo de archivo de Michael Jabara Carley. El resultado no fue la contención del poder soviético, sino el colapso de la seguridad europea y la devastación del propio continente durante la Segunda Guerra Mundial.

En tercer lugar, los inicios de la Guerra Fría presentaron lo que debería haber sido un momento correctivo decisivo; sin embargo, Europa volvió a rechazar la paz cuando esta pudo haberse asegurado. Aunque la conferencia de Potsdam alcanzó un acuerdo sobre la desmilitarización alemana, Occidente posteriormente se retractó. Siete años después, Occidente rechazó de forma similar la Nota de Stalin, que ofrecía la reunificación alemana con base en la neutralidad. El rechazo de la reunificación por parte del canciller Adenauer —a pesar de la clara evidencia de que la oferta de Stalin era genuina— consolidó la división de Alemania en la posguerra, afianzó la confrontación del bloque y sumió a Europa en décadas de militarización.

Finalmente, analizo la era posterior a la Guerra Fría, cuando Europa tuvo su oportunidad más clara de escapar de este ciclo destructivo. La visión de Gorbachov de un "Hogar Común Europeo" y la Carta de París articularon un orden de seguridad basado en la inclusión y la indivisibilidad. En cambio, Europa optó por la expansión de la OTAN, la asimetría institucional y una arquitectura de seguridad construida en torno a Rusia, en lugar de con ella. Esta elección no fue accidental. Reflejó una gran estrategia angloamericana —articulada de forma más explícita por Zbigniew Brzezinski— que consideraba a Eurasia el escenario central de la competencia global y a Rusia una potencia a la que se debía impedir la consolidación de su seguridad o influencia.

Las consecuencias de este prolongado desdén por las preocupaciones de seguridad rusas son ahora visibles con brutal claridad. La guerra en Ucrania, el colapso del control de armas nucleares, las crisis energéticas e industriales de Europa, la nueva carrera armamentística europea, la fragmentación política de la UE y la pérdida de autonomía estratégica de Europa no son aberraciones. Son el coste acumulado de dos siglos de negativa europea a tomar en serio las preocupaciones de seguridad de Rusia.

Mi conclusión es que la paz con Rusia no requiere una confianza ingenua. Requiere reconocer que no se puede construir una seguridad europea duradera negando la legitimidad de los intereses de seguridad rusos. Mientras Europa no abandone este reflejo, seguirá atrapada en un ciclo de rechazo a la paz cuando esté disponible, pagando un precio cada vez mayor por ello.

Los orígenes de la rusofobia estructural

El fracaso recurrente de Europa en construir la paz con Rusia no es principalmente producto de Putin, el comunismo ni siquiera de la ideología del siglo XX. Es mucho más antiguo y estructural. En repetidas ocasiones, Europa ha tratado las preocupaciones de seguridad de Rusia no como intereses legítimos sujetos a negociación, sino como transgresiones morales. En este sentido, la historia comienza con la transformación de Rusia en el siglo XIX, de cogarante del equilibrio europeo a la amenaza designada para el continente.

Tras la derrota de Napoleón en 1815, Rusia dejó de ser periférica para Europa; era central. Rusia cargó con una parte decisiva de la carga en la derrota de Napoleón, y el zar fue uno de los principales artífices del acuerdo posnapoleónico. El Concierto Europeo se construyó sobre una proposición implícita: la paz exige que las grandes potencias se acepten mutuamente como partes interesadas legítimas y gestionen las crisis mediante consultas, en lugar de recurrir a la demonología moralizada. Sin embargo, en una generación, una contrapropuesta cobró fuerza en la cultura política británica y francesa: que Rusia no era una gran potencia al uso, sino un peligro para la civilización, cuyas demandas, incluso locales y defensivas, debían considerarse inherentemente expansionistas y, por lo tanto, inaceptables.

Ese cambio se capta con extraordinaria claridad en un documento destacado por Orlando Figes en The Crimean War: A History (2010) como escrito en el punto de inflexión entre la diplomacia y la guerra: el memorando de Mijaíl Pogodin al zar Nicolás I en 1853. Pogodin enumera episodios de coerción occidental y violencia imperial (conquistas lejanas y guerras de elección) y los contrasta con la indignación de Europa ante las acciones rusas en regiones adyacentes:

Francia arrebata Argelia a Turquía, y casi todos los años Inglaterra se anexiona otro principado indio: nada de esto altera el equilibrio de poder; pero cuando Rusia ocupa Moldavia y Valaquia, aunque sea temporalmente, sí lo altera. Francia ocupa Roma y permanece allí varios años en tiempos de paz: eso no es nada; pero Rusia solo piensa en ocupar Constantinopla, y la paz de Europa se ve amenazada. Los ingleses declaran la guerra a los chinos, quienes, al parecer, los han ofendido: nadie tiene derecho a intervenir; pero Rusia está obligada a pedir permiso a Europa si se pelea con su vecino. Inglaterra amenaza a Grecia con apoyar las falsas reivindicaciones de un judío miserable y quema su flota: eso es una acción legal; pero Rusia exige un tratado para proteger a millones de cristianos, y se considera que eso fortalece su posición en Oriente a expensas del equilibrio de poder.

Pogodin concluye: “No podemos esperar nada de Occidente excepto odio ciego y malicia”, a lo que Nicolás escribió en el margen: “Éste es el punto central”.

El intercambio entre Pogodin y Nicholas es importante porque enmarca la patología recurrente que reaparece en cada episodio importante posterior. Europa insistía una y otra vez en la legitimidad universal de sus propias reivindicaciones de seguridad, mientras que trataba las de Rusia como falsas o sospechosas. Esta postura genera un tipo particular de inestabilidad: hace que el compromiso sea políticamente ilegítimo en las capitales occidentales, provocando el colapso de la diplomacia no porque un acuerdo sea imposible, sino porque reconocer los intereses de Rusia se considera un error moral.

La Guerra de Crimea es la primera manifestación decisiva de esta dinámica. Si bien la crisis inmediata implicó el declive del Imperio Otomano y las disputas sobre lugares religiosos, la cuestión de fondo fue si se permitiría a Rusia asegurar una posición reconocida en la región del Mar Negro y los Balcanes sin ser tratada como un depredador. Las reconstrucciones diplomáticas modernas enfatizan que la crisis de Crimea se diferenció de las anteriores "crisis orientales" porque los hábitos de cooperación del Concierto ya se estaban erosionando, y la opinión pública británica se había inclinado hacia una postura antirrusa extrema que reducía el margen de maniobra para un acuerdo.

Lo que hace que el episodio sea tan revelador es que existía la posibilidad de una salida negociada. La Nota de Viena pretendía reconciliar las preocupaciones rusas con la soberanía otomana y preservar la paz. Sin embargo, fracasó en medio de la desconfianza y los incentivos políticos para la escalada. A esto le siguió la Guerra de Crimea. No era "necesaria" en un sentido estratégico estricto; se hizo probable porque el compromiso británico-francés con Rusia se había vuelto políticamente tóxico. Las consecuencias fueron contraproducentes para Europa: bajas masivas, falta de una arquitectura de seguridad duradera y el afianzamiento de un reflejo ideológico que consideraba a Rusia la excepción a las negociaciones habituales entre grandes potencias. En otras palabras, Europa no logró la seguridad rechazando las preocupaciones de seguridad de Rusia. Más bien, creó un ciclo más largo de hostilidad que dificultó la gestión de las crisis posteriores.

La campaña militar de Occidente contra el bolchevismo

Este ciclo continuó hasta la ruptura revolucionaria de 1917. Cuando cambió el tipo de régimen de Rusia, Occidente no pasó de la rivalidad a la neutralidad, sino que se inclinó hacia la intervención activa, tratando como intolerable la existencia de un Estado ruso soberano fuera de la tutela occidental.

La Revolución Bolchevique y la posterior Guerra Civil dieron lugar a un complejo conflicto que involucró a rojos, blancos, movimientos nacionalistas y ejércitos extranjeros. Fundamentalmente, las potencias occidentales no se limitaron a observar el resultado. Intervinieron militarmente en Rusia en vastas zonas —el norte de Rusia, los accesos al Báltico, el mar Negro, Siberia y el Lejano Oriente— bajo justificaciones que rápidamente pasaron de la logística bélica al cambio de régimen.

Se puede reconocer la justificación oficial estándar para la intervención inicial: el temor a que los suministros bélicos cayeran en manos alemanas tras la salida de Rusia de la Primera Guerra Mundial y el deseo de reabrir un Frente Oriental. Sin embargo, tras la rendición de Alemania en noviembre de 1918, la intervención no cesó; se transformó. Esta transformación explica la profunda importancia del episodio: revela la disposición, incluso en medio de la devastación de la Primera Guerra Mundial, a usar la fuerza para moldear el futuro político interno de Rusia.

La obra de David Foglesong, La guerra secreta de Estados Unidos contra el bolchevismo (1995), publicada por UNC Press y que sigue siendo la referencia académica de referencia sobre la política estadounidense, capta esto con precisión. Foglesong enmarca la intervención estadounidense no como un confuso espectáculo secundario, sino como un esfuerzo sostenido para impedir que el bolchevismo consolidara el poder. La historia narrativa reciente de alta calidad ha vuelto a visibilizar este episodio; en particular, A Nasty Little War (2024), de Anna Reid, describe la intervención occidental como un esfuerzo mal ejecutado, pero deliberado, para revertir la Revolución Bolchevique de 1917.

El alcance geográfico en sí mismo es ilustrativo, pues desmiente las posteriores afirmaciones occidentales de que los temores rusos eran pura paranoia. Las fuerzas aliadas desembarcaron en Arkhangelsk y Múrmansk para operar en el norte de Rusia; en Siberia, entraron por Vladivostok y a lo largo de los corredores ferroviarios; las fuerzas japonesas se desplegaron masivamente en el Lejano Oriente; y en el sur, se realizaron desembarcos y operaciones en torno a Odesa y Sebastopol. Incluso un breve resumen de las fechas y los escenarios de la intervención —desde noviembre de 1917 hasta principios de la década de 1920— demuestra la persistencia de la presencia extranjera y la vastedad de su alcance.

Esto no fue un mero "consejo" ni una presencia simbólica. Las fuerzas occidentales abastecieron, armaron y, en algunos casos, supervisaron eficazmente las formaciones blancas. Las potencias intervinientes se vieron envueltas en la crudeza moral y política de la política blanca, incluyendo programas reaccionarios y atrocidades violentas. Esta realidad hace que el episodio sea particularmente corrosivo para las narrativas morales occidentales: Occidente no se opuso simplemente al bolchevismo; a menudo lo hizo aliándose con fuerzas cuya brutalidad y objetivos bélicos no encajaban con las posteriores reivindicaciones occidentales de legitimidad liberal.

Desde la perspectiva de Moscú, esta intervención confirmó la advertencia lanzada por Pogodin décadas antes: Europa y Estados Unidos estaban dispuestos a usar la fuerza para determinar si Rusia podría existir como potencia autónoma. Este episodio se convirtió en un elemento fundamental de la memoria soviética, reforzando la convicción de que las potencias occidentales habían intentado estrangular la revolución en su cuna. Demostró que la retórica moral occidental sobre la paz y el orden podía coexistir armoniosamente con las campañas coercitivas cuando la soberanía rusa estaba en juego.

La intervención también tuvo una consecuencia decisiva de segundo orden. Al entrar en la guerra civil rusa, Occidente, sin darse cuenta, fortaleció la legitimidad bolchevique a nivel nacional. La presencia de ejércitos extranjeros y fuerzas blancas con apoyo extranjero permitió a los bolcheviques afirmar que defendían la independencia rusa contra el cerco imperial. Los relatos históricos destacan constantemente la eficacia con la que los bolcheviques explotaron la presencia aliada para fines de propaganda y legitimidad. En otras palabras, el intento de "romper" el bolchevismo contribuyó a consolidar el mismo régimen que pretendía destruir.

Esta dinámica revela el ciclo preciso de la historia: la rusofobia resulta estratégicamente contraproducente para Europa. Impulsa a las potencias occidentales a adoptar políticas coercitivas que no resuelven el problema, sino que lo agravan. Genera agravios y temores de seguridad en Rusia que los líderes occidentales posteriores desestimarán como paranoia irracional. Además, reduce el espacio diplomático futuro al enseñar a Rusia —independientemente de su régimen— que las promesas occidentales de solución pueden ser poco sinceras.

A principios de la década de 1920, con la retirada de las fuerzas extranjeras y la consolidación del Estado soviético, Europa ya había tomado dos decisiones cruciales que resonarían durante el siglo siguiente. En primer lugar, había contribuido a fomentar una cultura política que transformó disputas manejables —como la crisis de Crimea— en guerras importantes al negarse a tratar los intereses rusos como legítimos. En segundo lugar, demostró mediante la intervención militar su disposición a usar la fuerza no solo para contrarrestar la expansión rusa, sino también para moldear la soberanía rusa y los resultados del régimen. Estas decisiones no estabilizaron a Europa; más bien, sembraron las semillas de catástrofes posteriores: el colapso de la seguridad colectiva en el período de entreguerras, la militarización permanente de la Guerra Fría y el retorno del orden posterior a la Guerra Fría a la escalada fronteriza.

La seguridad colectiva y la opción contra Rusia

A mediados de la década de 1920, Europa se enfrentó a una Rusia que había sobrevivido a todos los intentos —revoluciones, guerras civiles, hambrunas e intervenciones militares extranjeras directas— por destruirla. El Estado soviético que emergió era pobre, traumatizado y profundamente desconfiado, pero también inequívocamente soberano. Precisamente en ese momento, Europa se enfrentó a una disyuntiva que se repetiría una y otra vez: tratar a esta Rusia como un actor legítimo de seguridad cuyos intereses debían integrarse en el orden europeo, o como un forastero permanente cuyas preocupaciones podían ignorarse, postergarse o ignorarse. Europa optó por esto último, y el coste resultó enorme.

El legado de las intervenciones aliadas durante la Guerra Civil Rusa dejó una profunda huella en toda la diplomacia posterior. Desde la perspectiva de Moscú, Europa no solo había discrepado de la ideología bolchevique, sino que había intentado decidir el futuro político interno de Rusia por la fuerza. Esta experiencia fue profundamente trascendental. Moldeó las suposiciones soviéticas sobre las intenciones occidentales y generó un profundo escepticismo hacia las garantías occidentales. En lugar de reconocer esta historia y buscar la reconciliación, la diplomacia europea a menudo se comportó como si la desconfianza soviética fuera irracional, un patrón que persistiría durante la Guerra Fría y más allá.

A lo largo de la década de 1920, Europa osciló entre el compromiso táctico y la exclusión estratégica. Tratados como el de Rapallo (1922) demostraron que Alemania, en sí misma un paria tras Versalles, podía interactuar pragmáticamente con la Rusia soviética. Sin embargo, para Gran Bretaña y Francia, la interacción con Moscú siguió siendo provisional e instrumental. La URSS fue tolerada cuando servía a los intereses británicos y franceses y marginada cuando no lo hacía. No se hizo ningún esfuerzo serio por integrar a Rusia en una arquitectura de seguridad europea duradera como un igual.

Esta ambivalencia se intensificó hasta convertirse en algo mucho más peligroso y autodestructivo en la década de 1930. Si bien el ascenso de Hitler representó una amenaza existencial para Europa, las principales potencias del continente trataron repetidamente al bolchevismo como el mayor peligro. Esto no fue meramente retórico; influyó en decisiones políticas concretas: alianzas abandonadas, garantías postergadas y disuasión debilitada.

Es fundamental subrayar que esto no fue un mero fracaso angloamericano, ni una historia en la que Europa se dejó llevar pasivamente por corrientes ideológicas. Los gobiernos europeos ejercieron su capacidad de acción, y lo hicieron de forma decisiva y desastrosa. Francia, Gran Bretaña y Polonia tomaron repetidamente decisiones estratégicas que excluyeron a la Unión Soviética de los acuerdos de seguridad europeos, incluso cuando la participación soviética habría reforzado la disuasión contra la Alemania de Hitler. Los líderes franceses prefirieron un sistema de garantías bilaterales en Europa del Este que preservara la influencia francesa pero evitara la integración de seguridad con Moscú. Polonia, con el respaldo tácito de Londres y París, negó derechos de tránsito a las fuerzas soviéticas incluso para defender Checoslovaquia, priorizando su temor a la presencia soviética sobre el peligro inminente de una agresión alemana. Estas no fueron decisiones menores. Reflejaron la preferencia europea por gestionar el revisionismo hitleriano en lugar de incorporar el poder soviético, y por arriesgarse a la expansión nazi en lugar de legitimar a Rusia como socio en materia de seguridad. En este sentido, Europa no solo fracasó en construir una seguridad colectiva con Rusia; optó activamente por una lógica de seguridad alternativa que la excluía y, en última instancia, se derrumbó bajo sus propias contradicciones.

En este punto, el trabajo de archivo de Michael Jabara Carley resulta decisivo. Su erudición demuestra que la Unión Soviética, en particular bajo el mando del Comisario de Asuntos Exteriores Maxim Litvinov, realizó esfuerzos sostenidos, explícitos y bien documentados para construir un sistema de seguridad colectiva contra la Alemania nazi. No se trataba de gestos vagos. Incluían propuestas de tratados de asistencia mutua, coordinación militar y garantías explícitas para estados como Checoslovaquia. Carley demuestra que la entrada de la Unión Soviética en la Sociedad de Naciones en 1934 estuvo acompañada de auténticos intentos rusos de poner en práctica la disuasión colectiva, no simplemente de buscar legitimidad.

Sin embargo, estos esfuerzos chocaron con una jerarquía ideológica occidental en la que el anticomunismo prevalecía sobre el antifascismo. En Londres y París, las élites políticas temían que una alianza con Moscú legitimara el bolchevismo a nivel nacional e internacional. Como documenta Carley, los responsables políticos británicos y franceses se preocuparon repetidamente menos por las amenazas de Hitler que por las consecuencias políticas de la cooperación con la URSS. La Unión Soviética fue tratada no como un socio necesario frente a una amenaza común, sino como un lastre cuya inclusión contaminaría la política europea.

Esta jerarquía tuvo profundas consecuencias estratégicas. La política de apaciguamiento hacia Alemania no fue simplemente una interpretación errónea de Hitler; fue producto de una visión del mundo que consideraba el revisionismo nazi como algo potencialmente controlable, mientras que el poder soviético era inherentemente subversivo. La negativa de Polonia a permitir el tránsito de las tropas soviéticas para defender Checoslovaquia —mantenida con el apoyo tácito de Occidente— es emblemática. Los Estados europeos prefirieron el riesgo de una agresión alemana a la certeza de la intervención soviética, incluso cuando esta era explícitamente defensiva.

La culminación de este fracaso llegó en 1939. Las negociaciones anglo-francesas con la Unión Soviética en Moscú no fueron saboteadas por la duplicidad soviética, contrariamente a la mitología posterior. Fracasaron porque Gran Bretaña y Francia no estaban dispuestas a asumir compromisos vinculantes ni a reconocer a la URSS como socio militar en igualdad de condiciones. La reconstrucción de Carley muestra que las delegaciones occidentales a Moscú llegaron sin autoridad negociadora, sin urgencia y sin el respaldo político para concluir una alianza real. Cuando los soviéticos plantearon repetidamente la pregunta esencial de cualquier alianza —¿Están preparados para actuar?—, la respuesta, en la práctica, fue no.

El Pacto Mólotov-Ribbentrop que siguió se ha utilizado desde entonces como justificación retroactiva de la desconfianza occidental. La obra de Carley invierte esa lógica. El pacto no fue la causa del fracaso de Europa; fue la consecuencia. Surgió tras años de negativa de Occidente a construir una seguridad colectiva con Rusia. Fue una decisión brutal, cínica y trágica, pero tomada en un contexto en el que Gran Bretaña, Francia y Polonia ya habían rechazado la paz con Rusia en la única forma que podría haber detenido a Hitler.

El resultado fue catastrófico. Europa pagó el precio no solo con sangre y destrucción, sino también con la pérdida de autonomía. La guerra que Europa no logró evitar destruyó su poder, agotó a sus sociedades y redujo al continente al principal campo de batalla de la rivalidad entre superpotencias. Una vez más, rechazar la paz con Rusia no generó seguridad; provocó una guerra mucho peor en condiciones mucho peores.

Se podría haber esperado que la magnitud de este desastre hubiera obligado a repensar el enfoque de Europa hacia Rusia después de 1945. No fue así.

De Potsdam a la OTAN: La arquitectura de la exclusión

Los años inmediatamente posteriores a la guerra se caracterizaron por una rápida transición de la alianza a la confrontación. Incluso antes de la rendición alemana, Churchill, sorprendentemente, instruyó a los estrategas de guerra británicos para que consideraran un conflicto inmediato con la Unión Soviética. La «Operación Impensable», redactada en 1945, preveía el uso del poder angloamericano —e incluso unidades alemanas rearmadas— para imponer la voluntad occidental a Rusia en 1945 o poco después. Si bien el plan se consideró militarmente irreal y finalmente se archivó, su mera existencia revela cuán arraigada estaba la suposición de que el poder ruso era ilegítimo y debía ser restringido por la fuerza si era necesario.

La diplomacia occidental con la Unión Soviética fracasó de forma similar. Europa debería haber reconocido que la Unión Soviética había soportado el peso de la derrota de Hitler —sufriendo 27 millones de bajas— y que las preocupaciones de seguridad de Rusia respecto al rearme alemán eran totalmente reales. Europa debería haber asimilado la lección de que una paz duradera requería la aceptación explícita de las principales preocupaciones de seguridad de Rusia, sobre todo la prevención de una Alemania remilitarizada que pudiera volver a amenazar las llanuras orientales de Europa.

En términos diplomáticos formales, esa lección se aceptó inicialmente. En Yalta y, de forma más decisiva, en Potsdam en el verano de 1945, los aliados victoriosos alcanzaron un consenso claro sobre los principios básicos que regirían la Alemania de posguerra: desmilitarización, desnazificación, democratización, descartelización y reparaciones. Alemania debía ser tratada como una sola unidad económica; sus fuerzas armadas debían ser desmanteladas; y su futura orientación política debía determinarse sin rearme ni compromisos de alianza.

Para la Unión Soviética, estos principios no eran abstractos, sino existenciales. Alemania había invadido Rusia dos veces en treinta años, causando una devastación sin precedentes en la historia europea. Las pérdidas soviéticas en la Segunda Guerra Mundial dieron a Moscú una perspectiva de seguridad que no puede entenderse sin reconocer ese trauma. La neutralidad y la desmilitarización permanente de Alemania no eran moneda de cambio; eran las condiciones mínimas para un orden estable de posguerra desde la perspectiva soviética.

En la Conferencia de Potsdam de julio de 1945, estas preocupaciones se reconocieron formalmente. Los Aliados acordaron que no se permitiría a Alemania recuperar su poderío militar. El lenguaje de la conferencia fue explícito: se impediría que Alemania volviera a amenazar a sus vecinos o la paz mundial. La Unión Soviética aceptó la división temporal de Alemania en zonas de ocupación precisamente porque esta división se enmarcaba como una necesidad administrativa, no como un acuerdo geopolítico permanente.

Sin embargo, casi de inmediato, las potencias occidentales comenzaron a reinterpretar —y luego a desmantelar discretamente— estos compromisos. El cambio se produjo porque las prioridades estratégicas de Estados Unidos y Gran Bretaña cambiaron. Como demuestra Melvyn Leffler en A Preponderance of Power (1992), los planificadores estadounidenses rápidamente llegaron a considerar la recuperación económica alemana y su alineamiento político con Occidente como más importantes que mantener una Alemania desmilitarizada aceptable para Moscú. La Unión Soviética, otrora un aliado indispensable, se redefinió como un adversario potencial cuya influencia en Europa debía ser contenida.

Esta reorientación precedió a cualquier crisis militar formal de la Guerra Fría. Mucho antes del Bloqueo de Berlín, la política occidental comenzó a consolidar económica y políticamente las zonas occidentales. La creación de la Bizona en 1947, seguida de la Trizona, contradijo directamente el principio de Potsdam de que Alemania sería tratada como una sola unidad económica. La introducción de una moneda separada en las zonas occidentales en 1948 no fue un ajuste técnico; fue un acto político decisivo que hizo que la división alemana fuera funcionalmente irreversible. Desde la perspectiva de Moscú, estas medidas constituyeron revisiones unilaterales del acuerdo de posguerra.

La respuesta soviética —el bloqueo de Berlín— se ha descrito a menudo como la salva inicial de la agresión de la Guerra Fría. Sin embargo, en contexto, parece menos un intento de apoderarse de Berlín Occidental que un esfuerzo coercitivo para forzar el retorno a un gobierno cuatripartito e impedir la consolidación de un Estado independiente de Alemania Occidental. Independientemente de si se juzga el bloqueo con acierto, su lógica se basaba en el temor de que Occidente estuviera desmantelando el marco de Potsdam sin negociación. Si bien el puente aéreo resolvió la crisis inmediata, no abordó el problema subyacente: el abandono de una Alemania unificada y desmilitarizada.

La ruptura decisiva se produjo con el estallido de la Guerra de Corea en 1950. En Washington, el conflicto no se interpretó como una guerra regional con causas específicas, sino como evidencia de una ofensiva comunista global monolítica. Esta interpretación reduccionista tuvo profundas consecuencias para Europa. Proporcionó la sólida justificación política para el rearme de Alemania Occidental, algo que se había descartado explícitamente tan solo unos años antes. La lógica se formuló entonces en términos claros: sin la participación militar alemana, Europa Occidental no podía defenderse.

Este momento marcó un hito. La remilitarización de Alemania Occidental no fue forzada por la acción soviética en Europa; fue una decisión estratégica de Estados Unidos y sus aliados en respuesta al marco globalizado de la Guerra Fría que Estados Unidos había construido. Gran Bretaña y Francia, a pesar de sus profundas inquietudes históricas sobre el poder alemán, se sometieron a la presión estadounidense. Cuando la propuesta Comunidad Europea de Defensa —un medio para controlar el rearme alemán— se derrumbó, la solución adoptada fue aún más trascendental: la adhesión de Alemania Occidental a la OTAN en 1955.

Desde la perspectiva soviética, esto representó el colapso definitivo del Acuerdo de Potsdam. Alemania ya no era neutral. Ya no estaba desmilitarizada. Ahora estaba integrada en una alianza militar explícitamente orientada contra la URSS. Este era precisamente el resultado que los líderes soviéticos habían buscado evitar desde 1945, y que el Acuerdo de Potsdam se había diseñado para prevenir.

Es fundamental subrayar la secuencia, ya que a menudo se malinterpreta o se invierte. La división y remilitarización de Alemania no fueron resultado de las acciones rusas. Para cuando Stalin presentó su oferta de reunificación alemana basada en la neutralidad en 1952, las potencias occidentales ya habían encaminado a Alemania hacia la integración en alianzas y el rearme. La Nota de Stalin no fue un intento de descarrilar a una Alemania neutral; fue un intento serio, documentado y finalmente rechazado de revertir un proceso ya en marcha.

Desde esta perspectiva, el acuerdo inicial de la Guerra Fría no parece una respuesta inevitable a la intransigencia soviética, sino otro ejemplo en el que Europa y Estados Unidos optaron por subordinar las preocupaciones de seguridad rusas a la arquitectura de la alianza de la OTAN. La neutralidad alemana no fue rechazada por ser inviable, sino porque contradecía una visión estratégica occidental que priorizaba la cohesión del bloque y el liderazgo estadounidense por encima de un orden de seguridad europeo inclusivo.

Los costos de esta decisión fueron inmensos y duraderos. La división de Alemania se convirtió en la falla central de la Guerra Fría. Europa quedó permanentemente militarizada y se desplegaron armas nucleares por todo el continente. La seguridad europea se externalizó a Washington, con toda la dependencia y la pérdida de autonomía estratégica que ello conllevaba. Además, la convicción soviética de que Occidente reinterpretaría los acuerdos cuando le conviniera se reforzó una vez más.

Este contexto es indispensable para comprender la Nota de Stalin de 1952. No fue un golpe de suerte ni una maniobra cínica ajena a la historia anterior. Fue una respuesta urgente a un acuerdo de posguerra que ya se había roto: otro intento, como tantos otros antes y después, de asegurar la paz mediante la neutralidad, solo para ver cómo Occidente rechazaba esa oferta. 1952: El rechazo a la reunificación alemana

Merece la pena examinar la Nota de Stalin con mayor detalle. El llamamiento de Stalin a una Alemania reunificada y neutral no fue ambiguo, tentativo ni insincero. Como demostró de forma concluyente Rolf Steininger en La cuestión alemana: La nota de Stalin de 1952 y el problema de la reunificación (1990), Stalin propuso la reunificación alemana bajo condiciones de neutralidad permanente, elecciones libres, la retirada de las fuerzas de ocupación y un tratado de paz garantizado por las grandes potencias. No se trataba de un gesto propagandístico; era una oferta estratégica basada en un genuino temor soviético al rearme alemán y la expansión de la OTAN.

La investigación de archivo de Steininger es devastadora para la narrativa occidental estándar. Particularmente decisivo es el memorando secreto de 1955 de Sir Ivone Kirkpatrick, en el que informa sobre la admisión del embajador alemán de que el canciller Adenauer sabía que la Nota de Stalin era auténtica. Adenauer la rechazó de todas formas. No temía la mala fe soviética, sino la democracia alemana. Le preocupaba que un futuro gobierno alemán optara por la neutralidad y la reconciliación con Moscú, socavando así la integración de Alemania Occidental en el bloque occidental.

En esencia, Occidente rechazó la paz y la reunificación no porque fueran imposibles, sino porque resultaban políticamente inconvenientes para el sistema de alianzas occidental. Dado que la neutralidad amenazaba la arquitectura emergente de la OTAN, hubo que descartarla como una "trampa".

Las élites europeas no solo se vieron obligadas a alinearse con el Atlántico, sino que lo aceptaron activamente. El rechazo del canciller Adenauer a la neutralidad alemana no fue un acto aislado de deferencia hacia Washington, sino que reflejó un consenso más amplio entre las élites de Europa Occidental, que preferían la tutela estadounidense a la autonomía estratégica y una Europa unificada. La neutralidad amenazaba no solo la arquitectura de la OTAN, sino también el orden político de posguerra, en el que estas élites obtenían seguridad, legitimidad y reconstrucción económica a través del liderazgo estadounidense. Una Alemania neutral habría requerido que los estados europeos negociaran directamente con Moscú en igualdad de condiciones, en lugar de operar dentro de un marco liderado por Estados Unidos que los aislara de dicha interacción. En este sentido, el rechazo europeo a la neutralidad también fue un rechazo a la responsabilidad: el atlantismo ofrecía seguridad sin las cargas de la coexistencia diplomática con Rusia, incluso al precio de la división permanente de Europa y la militarización del continente.

En marzo de 1954, la Unión Soviética solicitó unirse a la OTAN, argumentando que esta se convertiría en una institución para la seguridad colectiva europea. Estados Unidos y sus aliados rechazaron de inmediato la solicitud, argumentando que diluiría la alianza e impediría la adhesión de Alemania a la OTAN. Estados Unidos y sus aliados, incluida la propia Alemania Occidental, rechazaron una vez más la idea de una Alemania neutral y desmilitarizada y un sistema de seguridad europeo basado en la seguridad colectiva, en lugar de bloques militares.

El Tratado de Estado Austriaco de 1955 expuso aún más el cinismo de esta lógica. Austria aceptó la neutralidad, las tropas soviéticas se retiraron y el país se estabilizó y prosperó. Las fichas de dominó geopolíticas previstas no cayeron. El modelo austriaco demuestra que lo logrado allí podría haberse logrado en Alemania, poniendo fin a la Guerra Fría décadas antes. La distinción entre Austria y Alemania no residía en la viabilidad, sino en la preferencia estratégica. Europa aceptó la neutralidad en Austria, donde no amenazaba el orden hegemónico liderado por Estados Unidos, pero la rechazó en Alemania, donde sí lo hacía.

Las consecuencias de estas decisiones fueron inmensas y duraderas. Alemania permaneció dividida durante casi cuatro décadas. El continente se militarizó a lo largo de una falla geológica que lo atravesaba por el centro, y se desplegaron armas nucleares en suelo europeo. La seguridad europea pasó a depender del poder y las prioridades estratégicas estadounidenses, convirtiendo al continente, una vez más, en el principal escenario de confrontación entre grandes potencias.

Para 1955, el patrón estaba firmemente establecido. Europa solo aceptaría la paz con Rusia si esta se alineaba perfectamente con la arquitectura estratégica occidental liderada por Estados Unidos. Cuando la paz exigía una auténtica concesión a los intereses de seguridad rusos (neutralidad alemana, no alineamiento, desmilitarización o garantías compartidas), esta era sistemáticamente rechazada. Las consecuencias de esta negativa se manifestarían durante las décadas siguientes. La negativa de 30 años a las preocupaciones de seguridad rusas Si alguna vez hubo un momento en que Europa pudo romper decisivamente con su larga tradición de rechazar la paz con Rusia, fue el final de la Guerra Fría. A diferencia de 1815, 1919 o 1945, este no fue un momento impuesto solo por la derrota militar; fue un momento moldeado por la elección. La Unión Soviética no se derrumbó en una lluvia de fuego de artillería; se retiró y se desarmó unilateralmente. Bajo Mijaíl Gorbachov, la Unión Soviética renunció a la fuerza como principio organizador del orden europeo. Tanto la Unión Soviética como posteriormente Rusia bajo Boris Yeltsin aceptaron la pérdida del control militar sobre Europa Central y Oriental y propusieron un nuevo marco de seguridad basado en la inclusión en lugar de bloques competitivos. Lo que siguió no fue un fracaso de la imaginación rusa, sino un fracaso de Europa y del sistema atlántico liderado por Estados Unidos a la hora de tomar en serio esa oferta. El concepto de Mijaíl Gorbachov de un "Hogar Común Europeo" no era una mera floritura retórica. Era una doctrina estratégica basada en el reconocimiento de que las armas nucleares habían vuelto suicida la política tradicional de equilibrio de poder. Gorbachov imaginó una Europa en la que la seguridad era indivisible, donde ningún Estado la mejorara a expensas de otro, y donde las estructuras de alianza de la Guerra Fría cederían gradualmente a un marco paneuropeo. Su discurso de 1989 ante el Consejo de Europa en Estrasburgo explicitó esta visión, haciendo hincapié en la cooperación, las garantías de seguridad mutua y el abandono del uso de la fuerza como instrumento político. La Carta de París para una Nueva Europa, firmada en noviembre de 1990, codificó estos principios, comprometiendo a Europa con la democracia, los derechos humanos y una nueva era de seguridad cooperativa.

En esta coyuntura, Europa se enfrentaba a una disyuntiva fundamental. Podría haber tomado en serio estos compromisos y construido una arquitectura de seguridad centrada en la OSCE, en la que Rusia fuera un participante en igualdad de condiciones: un garante de la paz en lugar de un objeto de contención. Como alternativa, podría haber preservado la jerarquía institucional de la Guerra Fría, al tiempo que abrazaba retóricamente los ideales de la posguerra. Europa optó por esto último.

La OTAN no se disolvió, ni se transformó en un foro político, ni se subordinó a una institución de seguridad paneuropea. Al contrario, se expandió. La justificación pública fue defensiva: la ampliación de la OTAN estabilizaría Europa del Este, consolidaría la democracia y evitaría un vacío de seguridad. Sin embargo, esta explicación ignoraba un hecho crucial que Rusia articuló repetidamente y que los responsables políticos occidentales reconocieron en privado: la expansión de la OTAN afectaba directamente las principales preocupaciones de seguridad de Rusia, no de forma abstracta, sino geográfica, histórica y psicológica.

La controversia sobre las garantías ofrecidas por Estados Unidos y Alemania durante las negociaciones de la reunificación alemana ilustra el problema de fondo. Los líderes occidentales insistieron posteriormente en que no se habían hecho promesas legalmente vinculantes respecto a la expansión de la OTAN, ya que no se había codificado ningún acuerdo por escrito. Sin embargo, la diplomacia opera no solo mediante tratados firmados, sino también mediante expectativas, entendimientos y buena fe. Documentos desclasificados y relatos contemporáneos confirman que a los líderes soviéticos se les dijo repetidamente que la OTAN no se extendería más allá de Alemania hacia el este. Estas garantías moldearon la aquiescencia soviética a la reunificación alemana, una concesión de enorme importancia estratégica. Cuando la OTAN se expandió a pesar de todo, inicialmente a instancias de Estados Unidos, Rusia lo percibió no como un ajuste legal técnico, sino como una profunda traición al acuerdo que había facilitado la reunificación alemana.

Con el tiempo, los gobiernos europeos internalizaron cada vez más la expansión de la OTAN como un proyecto europeo, no meramente estadounidense. La reunificación alemana dentro de la OTAN se convirtió en un modelo, en lugar de la excepción. La ampliación de la UE y la de la OTAN se produjeron en paralelo, reforzándose mutuamente y desplazando acuerdos de seguridad alternativos como la neutralidad o la no alineación. Incluso Alemania, con su tradición de Ostpolitik y sus vínculos económicos cada vez más profundos con Rusia, subordinó progresivamente sus políticas de conciliación a la lógica de las alianzas. Los líderes europeos enmarcaron la expansión como un imperativo moral más que como una opción estratégica, aislándola así del escrutinio y tornando ilegítimas las objeciones rusas. Con ello, Europa cedió gran parte de su capacidad para actuar como un actor de seguridad independiente, vinculando su destino cada vez más estrechamente a una estrategia atlántica que priorizaba la expansión sobre la estabilidad.

Aquí es donde el fracaso de Europa se hace más evidente. En lugar de reconocer que la expansión de la OTAN contradecía la lógica de seguridad indivisible articulada en la Carta de París, los líderes europeos trataron las objeciones rusas como ilegítimas, como residuos de nostalgia imperial en lugar de expresiones de genuina ansiedad por la seguridad. Se invitó a Rusia a consultar, pero no a decidir. El Acta Fundacional OTAN-Rusia de 1997 institucionalizó esta asimetría: diálogo sin veto ruso, asociación sin paridad rusa. La arquitectura de la seguridad europea se estaba construyendo en torno a Rusia, y a pesar de Rusia, no con Rusia.

La advertencia de George Kennan en 1997 de que la expansión de la OTAN sería un "error fatal" captó el riesgo estratégico con notable claridad. Kennan no argumentó que Rusia fuera virtuosa; argumentó que humillar y marginar a una gran potencia en un momento de debilidad generaría resentimiento, revanchismo y militarización. Su advertencia fue descartada como realismo obsoleto, pero la historia posterior ha reivindicado su lógica casi punto por punto.

El fundamento ideológico de este rechazo se encuentra explícitamente en los escritos de Zbigniew Brzezinski. En El Gran Tablero de Ajedrez (1997) y en su ensayo para Asuntos Exteriores, “Una Geoestrategia para Eurasia” (1997), Brzezinski articuló una visión de la primacía estadounidense basada en el control sobre Eurasia. Argumentó que Eurasia era el “supercontinente axial” y que el dominio global de Estados Unidos dependía de impedir el surgimiento de cualquier potencia capaz de dominarla. En este marco, Ucrania no era simplemente un estado soberano con su propia trayectoria; era un pivote geopolítico. “Sin Ucrania”, escribió Brzezinski, “Rusia deja de ser un imperio”.

Esto no fue un comentario académico aparte; fue una declaración programática de la gran estrategia imperial estadounidense. En tal visión del mundo, las preocupaciones de seguridad de Rusia no son intereses legítimos que deban ser atendidos en nombre de la paz; son obstáculos que deben superarse en nombre de la primacía estadounidense. Europa, profundamente arraigada en el sistema atlántico y dependiente de las garantías de seguridad estadounidenses, internalizó esta lógica, a menudo sin reconocer todas sus implicaciones. El resultado fue una política de seguridad europea que priorizó sistemáticamente la expansión de las alianzas sobre la estabilidad, y las señales morales sobre un asentamiento duradero.

Las consecuencias se hicieron evidentes en 2008. En la Cumbre de la OTAN en Bucarest, la alianza declaró que Ucrania y Georgia "se convertirían en miembros de la OTAN". Esta declaración no estuvo acompañada de un cronograma claro, pero su significado político fue inequívoco. Cruzó lo que funcionarios rusos de todo el espectro político habían descrito durante mucho tiempo como una línea roja. Que esto se entendiera de antemano es indiscutible. William Burns, entonces embajador de Estados Unidos en Moscú, informó en un cable titulado "NYET SIGNIFICA NYET" que la membresía de Ucrania en la OTAN se percibía en Rusia como una amenaza existencial, que unía a liberales, nacionalistas y partidarios de la línea dura por igual. La advertencia fue explícita. Fue ignorada.

Desde la perspectiva rusa, el patrón era ahora inconfundible. Europa y Estados Unidos invocaban el lenguaje de las normas y la soberanía cuando les convenía, pero desestimaban las principales preocupaciones de seguridad de Rusia por ilegítimas. La lección que Rusia extrajo fue la misma que había aprendido tras la Guerra de Crimea, tras las intervenciones aliadas, tras el fracaso de la seguridad colectiva y tras el rechazo de la Nota de Stalin: la paz solo se ofrecería en condiciones que preservaran el dominio estratégico occidental.

La crisis que estalló en Ucrania en 2014 no fue, por lo tanto, una aberración, sino la culminación. El levantamiento de Maidán, el colapso del gobierno de Yanukovych, la anexión de Crimea por parte de Rusia y la guerra en el Donbás se desarrollaron en un contexto de seguridad ya al límite de sus posibilidades. Estados Unidos alentó activamente el golpe que derrocó a Yanukovych, incluso conspirando en secreto sobre la composición del nuevo gobierno. Cuando la región del Donbás estalló en oposición al golpe de Maidán, Europa respondió con sanciones y condena diplomática, presentando el conflicto como una simple comedia moral. Sin embargo, incluso en esta etapa, era posible una solución negociada. Los acuerdos de Minsk, en particular Minsk II de 2015, proporcionaron un marco para la desescalada del conflicto, la autonomía del Donbás y la reintegración de Ucrania y Rusia en un orden económico europeo ampliado.

Minsk II representó un reconocimiento, aunque reticente, de que la paz requería compromiso y que la estabilidad de Ucrania dependía de abordar tanto las divisiones internas como las preocupaciones de seguridad externa. Lo que finalmente destruyó Minsk II fue la resistencia occidental. Cuando los líderes occidentales sugirieron posteriormente que Minsk II había funcionado principalmente para "ganar tiempo" para que Ucrania se fortaleciera militarmente, el daño estratégico fue grave. Desde la perspectiva de Moscú, esto confirmó la sospecha de que la diplomacia occidental era cínica e instrumental, más que sincera; que los acuerdos no estaban destinados a implementarse, sino solo a dar la impresión.

Para 2021, la arquitectura de seguridad europea se había vuelto insostenible. Rusia presentó propuestas preliminares que exigían negociaciones sobre la expansión de la OTAN, el despliegue de misiles y los ejercicios militares, precisamente los problemas sobre los que había advertido durante décadas. Estados Unidos y la OTAN rechazaron de plano estas propuestas. La expansión de la OTAN se declaró innegociable. Una vez más, Europa y Estados Unidos se negaron a abordar las principales preocupaciones de seguridad de Rusia como temas legítimos de negociación. La guerra estalló.

Cuando las fuerzas rusas entraron en Ucrania en febrero de 2022, Europa calificó la invasión como "no provocada". Si bien esta absurda descripción puede servir como narrativa propagandística, oscurece por completo la historia. La acción rusa no surgió de la nada. Surgió de una orden de seguridad que se había negado sistemáticamente a integrar las preocupaciones de Rusia y de un proceso diplomático que había descartado la negociación precisamente en los asuntos que más le importaban.

Aun así, la paz no era imposible. En marzo y abril de 2022, Rusia y Ucrania entablaron negociaciones en Estambul que dieron como resultado un borrador detallado del marco. Ucrania propuso una neutralidad permanente con garantías de seguridad internacional; Rusia aceptó el principio. El marco abordaba limitaciones de fuerza, garantías y un proceso más largo para las cuestiones territoriales. No se trataba de documentos imaginarios. Eran borradores serios que reflejaban las realidades del campo de batalla y las limitaciones estructurales de la geografía.

Sin embargo, las conversaciones de Estambul fracasaron cuando Estados Unidos y el Reino Unido intervinieron y le prohibieron a Ucrania firmar. Como explicó posteriormente Boris Johnson, lo que estaba en juego era nada menos que la hegemonía occidental. El fracaso del Proceso de Estambul demuestra concretamente que la paz en Ucrania fue posible poco después del inicio de la operación militar especial rusa. El acuerdo se redactó y estuvo a punto de completarse, solo para ser abandonado a instancias de Estados Unidos y el Reino Unido.

Para 2025, la cruda ironía se hizo evidente. El mismo marco de Estambul resurgió como punto de referencia en renovados esfuerzos diplomáticos. Tras un inmenso derramamiento de sangre, la diplomacia volvió a un acuerdo plausible. Este es un patrón habitual en las guerras marcadas por dilemas de seguridad: los acuerdos tempranos que se rechazan por prematuros luego reaparecen como trágicas necesidades. Sin embargo, incluso ahora, Europa se resiste a una paz negociada.

Para Europa, los costos de esta prolongada negativa a tomar en serio las preocupaciones de seguridad de Rusia son ahora inevitables y enormes. Europa ha soportado graves pérdidas económicas debido a la interrupción del suministro de energía y las presiones de la desindustrialización. Se ha comprometido con un rearme a largo plazo con profundas consecuencias fiscales, sociales y políticas. La cohesión política dentro de las sociedades europeas se encuentra gravemente deteriorada por la presión de la inflación, las presiones migratorias, la fatiga bélica y las opiniones divergentes entre los gobiernos europeos. La autonomía estratégica de Europa ha disminuido a medida que Europa se convierte de nuevo en el principal escenario de confrontación entre grandes potencias, en lugar de un polo independiente.

Quizás lo más peligroso es que el riesgo nuclear ha vuelto al centro de los cálculos de seguridad europeos. Por primera vez desde la Guerra Fría, la opinión pública europea vuelve a vivir bajo la sombra de una posible escalada entre potencias nucleares. Esto no se debe únicamente a un fracaso moral. Es consecuencia de la negativa estructural de Occidente, que se remonta a la época de Pogodin, a reconocer que la paz en Europa no se puede construir negando las preocupaciones de seguridad de Rusia. La paz solo se puede construir negociando con ellas.

La tragedia de la negación europea de las preocupaciones de seguridad de Rusia es que se retroalimenta. Cuando las preocupaciones de seguridad rusas se descartan como ilegítimas, los líderes rusos tienen menos incentivos para recurrir a la diplomacia y más para cambiar la realidad sobre el terreno. Los responsables políticos europeos interpretan entonces estas acciones como una confirmación de sus sospechas originales, en lugar de como el resultado absolutamente predecible de un dilema de seguridad que ellos mismos crearon y luego negaron. Con el tiempo, esta dinámica reduce el espacio diplomático hasta que la guerra parece para muchos no una opción, sino una inevitabilidad. Sin embargo, la inevitabilidad es artificial. Surge no de una hostilidad inmutable, sino de la persistente negativa europea a reconocer que una paz duradera requiere reconocer los temores de la otra parte como reales, incluso cuando estos temores resultan inconvenientes.

La tragedia es que Europa ha pagado una y otra vez un alto precio por esta negativa. Lo pagó en la Guerra de Crimea y sus secuelas, en las catástrofes de la primera mitad del siglo XX y en las décadas de división de la Guerra Fría. Y lo está pagando de nuevo ahora. La rusofobia no ha hecho a Europa más segura. La ha empobrecido, dividido, militarizado y dependiente del poder externo.

La ironía añadida es que, si bien esta rusofobia estructural no ha debilitado a Rusia a largo plazo, sí ha debilitado repetidamente a Europa. Al negarse a tratar a Rusia como un actor de seguridad normal, Europa ha contribuido a generar la misma inestabilidad que teme, a la vez que incurre en costos crecientes en sangre, recursos, autonomía y cohesión. Cada ciclo termina de la misma manera: un reconocimiento tardío de que la paz requiere negociación después de que ya se ha causado un daño inmenso. La lección que Europa aún no ha asimilado es que reconocer las preocupaciones de seguridad de Rusia no es una concesión al poder, sino un prerrequisito para prevenir sus usos destructivos.

La lección, escrita con sangre a lo largo de dos siglos, no es que se deba confiar plenamente en Rusia ni en ningún otro país. Es que Rusia y sus intereses de seguridad deben tomarse en serio. Europa ha rechazado repetidamente la paz con Rusia, no porque no estuviera disponible, sino porque reconocer las preocupaciones de seguridad de Rusia se consideró erróneamente ilegítimo. Mientras Europa no abandone ese reflejo, seguirá atrapada en un ciclo de confrontación contraproducente: rechazará la paz cuando sea posible y asumirá las consecuencias mucho después.