Pablo Rodríguez es Jefe del Departamento de Etnología del Instituto Cubano de Antropología, y entre sus numerosas publicaciones se destacan los libros Los marginales de Alturas del Mirador. Un estudio de caso, y como coautor de la monografía Las relaciones raciales en Cuba. Estudios contemporáneos.
En esta ocasión comparte algunas de sus consideraciones sobre la cultura del trabajo en Cuba, y su repercusión en sectores estatales y de la vida cotidiana.
Daniel Álvarez Durán (D.A.D.): A menudo se comenta que a través del trabajo apenas se puede mantener a la familia y menos aún pensar en tener un proyecto de vida a corto plazo. En Cuba se vive el día a día. ¿Qué opinión le merecen estos comentarios?
Pablo Rodríguez (P.R.): Vivimos en una sociedad que ha perdido la medida en muchas cosas, y encontrarla va a ser uno de los retos más grandes que tiene por delante. Una de las expresiones está en esa frase cuyo profundo significado no ha sido abordado. Eso es una realidad.
En nuestras circunstancias, la vida cotidiana no tiene que ver, o tiene que ver muy poco, con el trabajo de las gentes. Y el trabajo es lo que los antropólogos llaman un hecho social total. Desde él se estructura la vida de las personas, una gran parte de las subjetividades, los proyectos de vida y una porción sustancial de todo el entramado social. Una sociedad en la que el trabajo se enfrenta a relaciones de cambio muy desventajosas, en la que este pierde valor y significados en la vida cotidiana de las personas, está viviendo una profunda crisis material y espiritual. Eso está en la esencia misma de esa frase que hemos escuchado y sentido durante tanto tiempo.
¿Cómo la gente ha ido lidiando con esta realidad? Primero, escalonando, restringiendo su consumo. Esto encierra un panorama en el que es posible registrar múltiples estrategias. La base de muchas de ellas es jerarquizar el consumo en función de la capacidad de acceso. Así se va reduciendo el acceso a cosas elementales en función de los ingresos, incluso llegan a desarrollar dinámicas de consumo selectivo y escalonado, en ocasiones preservando determinados productos para los más vulnerables y necesitados. Todo eso incorpora conflictos y tensiones a la vida y las relaciones familiares que no siempre tienen soluciones deseadas. Así, ese hecho, expresado de forma tan simple, ha ido favoreciendo la creación de un escenario en el que el aumento del valor simbólico y real del mundo de las cosas, en ocasiones las más elementales e imprescindibles, contribuye a disminuir, a devaluar, proporcionalmente el mundo de los hombres.
El otro momento, visto en un plano muy general, del modo en que la gente ha lidiado con estas realidades, se puede resumir en lo que he dado en llamar cultura del rebusque, que se ha expandido en nuestro modo de vida. En gran medida, esta incluye una multitud de tácticas basadas, en esencia, en el aprovechamiento de la oportunidad de tiempo, lugar y conocimiento del terreno, para sacar ventaja y obtener ingresos alternativos. Muchas de estas prácticas, que fueron en algún momento coyunturales y de sobrevivencia, por lo prolongado de la crisis, se fueron normalizando como modo de hacer y actuar.
D.A.D.: ¿En qué circunstancias el sujeto cotidiano, trabajador, comienza a aceptar como naturales las contradicciones devenidas de su salario? ¿Cómo opera, en términos generales, la mentalidad de la resistencia?
P.R.: Aunque esto tiene sus antecedentes en todo el proceso histórico de la Revolución, podemos partir de la década de los 80, una etapa de relativo bienestar, debido a las condiciones de intercambio con la Unión Soviética, el sobreprecio del azúcar y otras facilidades. Ello permitió consolidar un sistema de redistribución más o menos equitativo, pero en el fondo todo aquello era en cierto sentido artificial.
Esa relativa abundancia sirvió para consolidar, a nivel de las estructuras y las representaciones sociales, un modelo de distribución dentro del cual se inscribe la cuestión del salario. Un modelo de distribución va más allá del salario porque incluye desde la configuración de los sistemas administrativos hasta la forma de estructurarse el poder, y el modo en que se configuran las representaciones del país en su conjunto. Pero todo eso se vino abajo con la crisis de los 90.
Como mecanismo de distribución, el salario en general se trataba de hacer corresponder con la fórmula socialista “de cada cual según su capacidad; a cada cual según su trabajo”. En esto radica uno de los problemas fundamentales de todos los proyectos socialistas que la humanidad ha experimentado. La cuestión está en quién y cómo determina lo que debe recibir cada cual según su trabajo. En la práctica, ello termina en manos de tecnócratas y burócratas que, a partir del conocimiento acunado la tratan de aplicar, en el mejor de los casos con buenas intenciones, pero termina siendo una consigna vacía que reproduce, a la larga, formas de enajenación.
La única solución para resolver esta contradicción del salario es dándole participación directa en la ganancia y las condiciones de producción a los colectivos laborales. O sea, creando las condiciones, de derecho, para que el que pone en funcionamiento los medios de producción participe de al menos una parte de la ganancia y tenga poder de decisión sobre lo que produce y sus formas de realización. En las condiciones de Cuba, esto permitiría, sin renunciar a la propiedad social, equilibrar el sistema, gestar criterios nuevos de justicia social y recuperar el valor del trabajo. Se trata de que, además del salario —que en fin de cuentas entra en los costos de producción—, el trabajador recibiría una parte de los resultados de la producción una vez realizada, que es fin último de la misma. Los ingresos se pondrían en función de la eficiencia económica alcanzada y los resultados de producción y la vida de las gentes y sus proyectos se acercarían más a estas condiciones. Ello necesariamente tendría implicaciones hasta en el orden social y político de la sociedad.
Es una vía conflictiva y compleja, donde los menos eficientes irán quedando en el camino; donde determinados espacios de poder necesariamente se tendrán que redistribuir, pero no veo otro camino para alcanzar el equilibrio y conservar el socialismo.
Hay un dato estadístico: en Cuba la población gasta hasta 70% de los ingresos en alimentos. Hay una vieja ley del siglo xix que se conoce como Ley de Engels, que establece la relación entre gasto de la población en alimentos y otros gastos como uno de los elementos para medir índice de pobreza. Esa cifra de 70% no existía en Cuba ni en el año 1953. Los grupos más vulnerables gastaban 56% en alimentos, según las encuestas de la época. No obstante, eso da la medida de hasta qué punto es tensa la relación trabajo-salario, y de sus consecuencias en la desvalorización del trabajo.
Una sociedad donde el trabajo se desvaloriza, se está autodestruyendo, y es un gran riesgo. Se ha dicho que el salario no se puede subir si no hay producción, pero si no lo subimos tampoco aumenta la producción; estamos en una paradoja. Hay que salir de esta aparente paradoja: que los que producen obtengan una parte de la ganancia, si no el ciclo seguirá repitiéndose.
Es una medida que implica desplazar parte del poder hacia las bases, una medida que genera otra forma de distribución, desigual en algunos aspectos y que puede provocar otras inequidades. Esta es la vía que veo posible y que permitiría ir saliendo desde un proyecto socialista. El socialismo no es un problema ético o político, independientemente de la importancia de los factores políticos; es, sobre todo, un fenómeno de relaciones de producción. Si no se pretende que la acumulación privada barra con lo que se ha hecho de socialismo, hay que hacer protagonista realmente al colectivo laboral, poner a funcionar a las empresas como tales; o sea, que puedan decidir sobre su presupuesto, sobre las producciones e inversiones. Habría que abandonar el modelo actual tan costoso, donde todas las decisiones se toman a años luz de distancia de donde se están desarrollando los acontecimientos. El responsable de este fenómeno debe ser el colectivo de trabajo porque de ello depende su vida y su bienestar. Mientras eso no suceda, vamos a seguir teniendo una clase obrera dormida.
Habrá sectores que no podrán resistir y a esos habrá que ayudarlos. Hay que hacer una revolución dentro de la Revolución, que rompa con el actual modelo administrativo.
Es una realidad en la que la gente lleva treinta años viviendo. Este tiempo abarca ya una generación. Aquello que se hizo como estrategia de vida para la sobrevivencia, en el momento, se convierte en pauta cultural. Es lo que yo llamo cultura del rebusque, con una complejidad humana y social muy grande. Ello ha contribuido también a normalizar la situación, junto a una serie de elementos de enajenación que se inscriben en las conductas y van haciendo llevaderas las cosas, pero que complejizan los procesos de organización de la producción.
D.A.D.: ¿Cómo se comprende que un trabajador o un grupo de ellos produzca más que otros y, sin embargo, ambos reciban ingresos similares (lo que usted ha llamado una “igualdad sustancialmente desigual”)?
P.R.: Esto apunta más a la estructuración del sistema y a la concepción de la igualdad como elemento funcional de este. Nuestros sociólogos lo han visto como distribución de recursos, dentro de las políticas sociales. Pero este elemento de distribución olvida un hecho básico: antes de distribuir hay que producir. El sistema económico se convierte así en infuncional; si se distribuye a partir de criterios aparentemente iguales, pero no se tiene en cuenta las condiciones desiguales de apropiación , entonces se somete a los que más producen a condiciones de igualdad con los que menos producen. Eso crea una especie de desestímulo o espiral hacia abajo en la producción. Si tú eres eficiente y yo soy ineficiente, pero yo tengo acceso a lo mismo que tú con menos esfuerzo, a la larga estaré contribuyendo a generalizar la ley del menor esfuerzo, y eso se reflejará en todo el sistema social, en la abulia generalizada que se ve, en la indiferencia, la desconexión, en la realidad cotidiana de la producción. Es parte de esa lógica porque se somete a condiciones iguales a elementos desiguales.
Todo ello sin contar el hecho de que las subvenciones a productos básicos y el derecho a disfrutar de bienes universales como la educación y la salud, los disfrutan por igual los que nada aportan, una especie de subvención de la vagancia que en nada estimula al trabajador.
O sea, la distribución igualitaria de determinados bienes, algunos de los cuales son incuestionables por lo que aportan en dignidad humana y creación de capacidades y potencialidades, tiene por base una apropiación desigual de los recursos que se distribuyen. Si a esto se suma que las condiciones de ingresos derivados del trabajo se estandarizan y no reflejan de ningún modo esas desigualdades de aporte, es posible comprender cómo el sistema no estimula a los más eficientes, sino que los somete a una igualdad injusta en las condiciones del ser humano actual.
En una economía social se produce un proceso mediante el cual aquellos sectores, ramas y empresas de alta rentabilidad y consecuentemente que más plusvalía aportan a la comunidad compensan el gasto de los menos productivos. Se produce así un equilibrio o equidad sustentada sobre bases de una desigual apropiación. Ello, cuando se extiende y generaliza —y no cuando se produce por excepción o coyuntura—, puede conducir a que la economía se mueva por una especie de ley de la guerrilla en la que la capacidad de movimientos la determinan los más lentos.
¿Qué hace la gente? Desconectarse, o proyecta su esfuerzo hacia otros elementos que a veces son disfuncionales a lo que se aspira con los sistemas productivos. Por ejemplo: el portero del hotel que mira su trabajo como un negocio privado. Eso explica la frase que alguien me dijo en una entrevista: “A mí me pagan por trabajar o yo pago por trabajar”, aludiendo a lo que debía entregar de la propina para su distribución entre los trabajadores que no recibían propinas y para las donaciones a los hospitales de niños con cáncer. Cuando él sumaba todo eso, era mucho más que lo que le pagaban como salario. O como el barman que pagaba al funcionario del hotel para que por la noche fregara, como si fuera su negocio.
Entonces es una igualdad que se ha construido sobre la base de la voluntad política, pero que en el fondo es desigual. No se ha asumido la desigualdad como un elemento natural de las propias condiciones de producción. La utopía de la igualdad puede terminar deformando la realidad. Para mantener esta igualdad aparente se aplican mecanismos y políticas que se tornan profundamente injustas e incluso explotadoras, o al menos bastante inequitativas.
De esta lógica surgen las agencias empleadoras, en medio de una situación también deformada como es la doble moneda, con dos tasas de cambio distintas. Una tasa de cambio para las relaciones económicas con el Estado y otra con las personas. Eso se convierte en un mecanismo de captación de una cantidad inmensa de plusvalía. En estas condiciones de relaciones deformadas, atípicas, estas agencias se convierten en representantes de los trabajadores y cobran en divisas directamente al empresario extranjero y pagan en una relación 1x1 en pesos cubanos (CUP). Ese trabajador sale al mercado segmentado y paga 24 CUP por 1 CUC. Esa relación completamente deformada se convierte en un mecanismo de explotación de los trabajadores. Esa misma lógica se aplica a las contrataciones de personal de salud en el extranjero —no sé si será la misma en el escenario de la nueva Ley de Inversión Extranjera. Voy a ilustrar con un ejemplo.
En los hoteles de propiedad extranjera, los empleadores desembolsan en moneda convertible el salario de los empleados a la agencia empleadora y esta le paga al trabajador en pesos cubanos. Así, los 600 dólares que el capitalista paga a un trabajador se convierten en unos 450 pesos —que al cambio de 24x1 son unos 18,75 pesos convertibles—, más 10 CUC que recibe por concepto de compensación de gastos destinados al aseo personal, lo que suma unos 28,75 CUC. Si esta cantidad se resta a los 600 que recibió la oficina empleadora y se deduce 15% a la diferencia por concepto de ganancia de esta oficina y gastos de operaciones, se obtiene que la comunidad recibe, aproximadamente, 485,56 CUC por cada trabajador, que al año suman unos 5 826,75 CUC. Solo por el mecanismo virtual de las dos tasas de cambio.
La cifra anterior (5 826,75 CUC) es 3,48 veces más alta que el gasto per cápita del Estado en 2006[1] en educación (478,42), salud pública (322,89), defensa y orden interior (171,10), seguridad social (317,64), vivienda y servicios comunales (131,06), cultura y arte (79,63), ciencia y técnica (26,60), deportes (37,81) y asistencia social (108,02). Tal aporte es en moneda libremente convertible. Si se convierte esta cifra a pesos cubanos (multiplicándola por 24), la proporción se eleva a 83,58 veces. Si se extiende la relación a los aproximadamente 260 trabajadores del hotel, se obtiene una cantidad que cubriría esos bienes para 905 personas en moneda convertible o 21 731 en moneda nacional.
Tal cifra no es despreciable. Cubriría los gastos per cápita de los 10 725 jubilados, los 5 354 estudiantes y las 3 304 personas que, según el censo de 2002, no hacen nada en el municipio de La Habana Vieja, o 72,5% de la población menor de 14 años y mayor de 60 del propio municipio, o una pensión media de 191,83 pesos cubanos para 15 795 jubilados durante todo un año.
Son dos tasas de cambio, pero el trabajador en su vida cotidiana se enfrenta a una sola, la de 25x1. Esto encierra en sí mismo grandes contradicciones para él como sujeto, que se incrementan cuando debe enfrentarse a un mercado segmentado, en el que muchos productos de la red de divisas están sobrevaluados por un impuesto de circulación que llega a ser de 270%.
D.A.D.: En Cuba existen aproximadamente 3 519 empresas estatales, una parte de las cuales, según declaraciones recientes del gobierno cubano, aún son irrentables; es decir, gastan más de lo que ingresan y aportan menos al presupuesto nacional. ¿Cuáles han sido los mecanismos y las lógicas de una economía social para equilibrar, hasta el momento, esta anomia económica?
P.R.: Al querer mantener determinados elementos de igualdad y no tener de dónde sacar, llega el momento que te conviertes en una especie de especulador global, lo que luego se manifestará en la actitud de las personas. A mí un vendedor de cebollas me dio una excelente lección de economía: yo le dije: “¡8 pesos por una cebolla! Eso es muy caro”. A lo que él me contestó: “¿Pero cuánto yo pago por un jabón?”. Lo que quiere decir que en la economía y en la sociedad todo está vinculado, interrelacionado. Aparentemente los mercados están segmentados, pero solo en apariencia porque el sujeto es el mismo que actúa en ambos y va a determinar que un segmento se mire en el otro.
Para buscar recursos que hagan sostenible lo alcanzado, que además es motivo de legitimidad política, se ha tenido que acudir a las superganancias en al menos un segmento del mercado. Sobre todo en el que opera con divisas. Mucho de lo que en él se vende está gravado con un alto impuesto de circulación entre 240 y 270%. Los productos reyes en estas tiendas son el jabón, el aceite y el pollo. Son de sobrevivencia y están cargados además con 240%. Esa noción de la ganancia de monopolio se ha expandido a muchos en el sector del comercio privado. Un negocio que no deje 100% de ganancia es un mal negocio. Es lo que subyace en la frase del vendedor de cebollas. Frente a esto está el trabajador, el que tiene que salir a obtener lo que necesita después de haber entregado horas de su vida en la producción. Puedes comprender cuantas implicaciones ello tiene para su vida y su cultura del hacer.
Por ejemplo, el trabajador del turismo, que ya entregó a la bolsa empleadora 450 CUC y al que le pagaron 400 CUP, pero además le dieron 10 CUC para su aseo personal y algo que le tocó de la propina indirecta, cuando sale al mercado paga 240% de impuesto por el aceite que consume. O sea, le está devolviendo al Estado nuevamente 240% por cada producto que compra. Ahora bien, esto es para el que recibe divisas. Para el que no, es peor todavía, porque para acceder al aceite tiene que dividir por 25 el valor de la moneda de su remuneración y luego pagar 240% más. Así, la doble moneda que apareció como necesidad para un Estado con una economía en crisis, se ha convertido en un mecanismo de succionar plusvalía y es lo que probablemente lo ha mantenido en estos años. Si esta realidad no es transformada podría resultar en un modelo explotador.
Los costos de reproducción de la fuerza de trabajo aquí son muy bajos, la inversión en fuerza de trabajo es mínima. Ello puede llegar a tener consecuencias muy serias.
Por ejemplo, un día me encontré en la basura un folleto con el balance económico del hotel Chateau Miramar. Me puse a registrarlo porque a veces uno no cuenta con esa información, y descubrí que cuando se multiplica 24 pesos por 1 CUC, lo que gastaba el hotel en el almuerzo de los trabajadores era dos veces lo que pagaba en salario. Porque el almuerzo lo paga en divisas y el salario en moneda nacional —estoy hablando de un hotel con administración cubana. Y después lo vemos reflejado en la ley: los 15 CUC para almuerzo que reciben muchos trabajadores después que se cerraron los comedores de centros de trabajo, es a veces más de lo que gana el trabajador por concepto de salario. Esto da la medida de hasta qué punto el costo de reproducción de la fuerza de trabajo es bajo.
Ante esta realidad, no se puede olvidar que esta es una ecuación de dos términos. Si se piensa y actúa en uno solo de los términos el desequilibrio puede ser grande y costoso. El trabajo es parte fundamental de esa ecuación. Incluso, cada dólar con que se importa el producto que después se vende tiene un contenido en trabajo. Es resultado de una cierta cantidad de trabajo social. El arroz que se subvenciona, es el resultado del trabajo de las personas. Esos ocho mil millones que entran por los médicos, es resultado del trabajo de los médicos. Entonces cuando se establece esa ecuación de costos, pero no se pone también la otra mercancía básica que es la fuerza de trabajo, lo que se crea es un mecanismo de deformación que a la larga resulta antisistémico.
D.A.D.: Cuba vive una crisis estructural sostenida por más de dos décadas, para ser conservadores, y uno de los elementos claves que la ha propiciado son las relaciones específicas y naturalizadas con la “propiedad social sobre los medios fundamentales de producción”. ¿Dónde se encuentra el nudo de este algoritmo?
P.R.: Mira, no creo que el elemento clave de la crisis sea la propiedad social. Por esa vía la solución sería la propiedad privada y la vuelta al capitalismo. Hay en el socialismo una proyección ética y humana que vale la pena seguir intentando. En que disfrutemos de una libertad que emane de las condiciones de producción y reproducción de la propia vida.
Todo el mundo habla de la propiedad social como una especie de mito. El socialismo pretende estructurarse sobre la base de la propiedad social, pero lo que se ha experimentado no sobrepasa la propiedad del Estado. El Estado es el sujeto de la propiedad, de la apropiación y la distribución. Esto da lugar a la estructuración de un grupo de personas, bastante reducido, hacia el cual fluyen todos esos recursos y que deciden su redistribución. Ello tiene sus implicaciones humanas.
La concentración y centralización de funciones limita las capacidades y posibilidades de decisión, y con ello la gente pierde responsabilidad por lo que hace. Genera un inmovilismo que se detiene a esperar lo que le dictan de arriba. Las instituciones sufren una especie de corrupción cuando centran su accionar en responder a las exigencias y demandas de arriba, y llegan a funcionar más para sí mismas que para el servicio público para el que fueron diseñadas. El monopolio de los recursos, su concentración en unas pocas manos con capacidad casi absoluta de disponer de los mismos, conlleva la monopolización de la verdad y lo simbólico. Concentra también la información y la capacidad de enjuiciamiento. Llega el momento en que los que se sitúan en esas posiciones devienen una especie de intocables. Así, es posible entender la deificación y el culto a la personalidad más como un resultado de las circunstancias que de la actitud o las predisposiciones personales de los líderes.
La verdadera socialización solo podría entenderse como socialización de las condiciones inmediatas. Se ha convertido en un mito ideológico, porque el obrero participa, pero en la agenda que pone el Estado, con las condiciones del Estado, y como resultado el obrero no obtiene nada directamente, sino indirectamente lo que le llega por las políticas sociales universales. Desde aquí se pueden explicar algunas de las contradicciones del sujeto cubano. Si la socialización no se aproxima a las condiciones de vida y trabajo de las gentes y su entorno de producción y de vida, el socialismo seguirá siendo una utopía. Ello pasa por que los resultados de la socialización sea una parte sentida, tocada de lo mío y lo nuestro. Ello debe ser tenido como un derecho con capacidad de ser reclamado y no una dádiva o un premio que se otorga por los que mandan.
En los Lineamientos[2] muchas de estas cosas no se avizoran. Quizás con la intención de poner orden, enfatizan más en la autoridad del mando y los organizadores de la producción. A la larga, ello puede generar un empoderamiento aún mayor de la burocracia y los tecnócratas. Ello conduce a desplazar al sujeto popular como autor y actor principal de las transformaciones.
[2]. Partido Comunista de Cuba, Lineamientos de la política económica y social del Partido y la Revolución, Resolución del VI Congreso del PCC, junio de 2011, disponible en www.congresopcc.cip.