Fidel


"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." ""Creo que mientras más critica exista dentro del socialismo,eso es lo mejor" Fidel Castro Ruz

domingo, 20 de septiembre de 2015

El Portavoz de Empresa de turismo Priceline Group se interesa por abrir operaciones en Cuba




Priceline Group Inc estudia formas de aumentar sus operaciones a Cuba a la luz de las nuevas reglas que Estados Unidos anunció el viernes
para aliviar las restricciones comerciales y de inversión con la isla.

Priceline Group, la empresa de viajes por internet más rentable del mundo, está evaluando las regulaciones que permiten a las empresas estadounidenses establecer cuentas bancarias y sucursales en Cuba, dijo el domingo a Reuters su vicepresidenta de Comunicaciones Globales, Leslie Cafferty.

“Estamos explorando todas esas nuevas opciones y esperamos tener las operaciones funcionando en el corto plazo”, dijo.

La empresa ya ha tomado medidas para expandir sus negocios a Cuba. Su filial Kayak, un “metabuscador” que hace comparaciones entre cientos de webs y cadenas hoteleras en internet, muestra actualmente a sus clientes hoteles y vuelos para Cuba.

Cafferty dijo que si bien los anuncios del viernes “no cambian mucho” -en parte porque los ciudadanos estadounidenses siguen sin poder hacer viajes de turismo a la isla-, sí podrían allanar la vía para que los estadounidenses reserven viajes directamente en la mayor filial del grupo, Booking.com.

Las medidas tienen lugar en momentos en que Washington y La Habana llevan adelante un acercamiento tras más de medio siglo de hostilidades..

Ambos países restauraron lazos diplomáticos y el mes pasado reabrieron sus embajadas.

(Reporte de Jeffrey Dastin en Nueva York, Editado en español por Janisse Huambachano)

Fraudes, tontos y mercados financieros

Por  Robert J.Shiller, Nobel de Economía

NEW HAVEN – Adam Smith escribió su célebre frase sobre la “mano invisible”, misma que conduce a que la búsqueda del logro del interés propio de las personas dentro de mercados libres y competitivos lleve a que la sociedad avance en su conjunto. Y, Smith estaba en lo correcto: los mercados libres han generado prosperidad sin precedentes, para las personas y las sociedades, por igual. Sin embargo, debido a que podemos ser manipulados o engañados e incluso pasivamente tentados, los mercados libres también nos persuaden a comprar cosas que no son buenas, ni para nosotros, ni para la sociedad.

Esta última observación representa una importante adenda a la visión legada por Smith. Y, es una que George Akerlof y mi persona exploramos en nuestro libro: Phishing for Phools: The Economics of Manipulation and Deception.

La mayoría de nosotros hemos sido víctimas del “phishing”, conocido también como “suplantación de identidad”: hemos recibido llamadas telefónicas y correos electrónicos no deseados que se diseñaron para estafarnos. Un “phool”, es decir un “tonto”, es cualquier persona que no entiende plenamente la ubicuidad del phishing. Un phool ve ejemplos aislados de phishing, pero no aprecia el grado de profesionalismo dedicado a esta actividad, ni hasta qué punto dicha profesionalidad afecta la vida de las personas. Lamentablemente, muchos de nosotros nos hemos comportado como phools – incluidos Akerlof y mi persona, y es por esta razón que escribimos este libro.

El phishing rutinario puede afectar a cualquier mercado, pero nuestras observaciones más importantes están dedicadas a los mercados financieros – ya era hora de estudiar este tema, dado que desde el año 2009 existe un auge masivo en los mercados de acciones y bienes raíces, y desde el mes pasado hay turbulencia en los mercados mundiales de activos.

Tal como señala la lección aprendida por una gran cantidad de optimistas tras que sufrieron perjuicios, los precios de los activos son muy volátiles y ello involucra un mar de phishes. Los prestatarios son seducidos y se los lleva a embarcarse en préstamos hipotecarios inadecuados; las empresas son despojadas de sus activos; los contadores inducen al error a los inversores; los asesores financieros diseminan narrativas sobre riquezas inexistentes a los cuatro vientos; y, los medios de comunicación promocionan aseveraciones extravagantes.

Sin embargo, los perdedores en las recesiones no son sólo aquellos que fueron engatusados. Se produce una cadena de pérdidas adicionales cuando se compraron dichos activos inflados con dineros prestados. En ese caso, las quiebras y el miedo a la quiebra generan una epidemia de nuevas quiebras, lo que a su vez refuerza el miedo. A continuación, el crédito se agota y la economía colapsa. Este círculo vicioso descendente que afecta a la confianza empresarial incluye habitualmente phishes que se descubren solamente después de que finaliza el período de exuberancia irracional– un ejemplo de esto es lo ocurrido con las víctimas del esquema Ponzi de Bernard Madoff.

Las epidemias, tanto en la economía como en la medicina, exigen una respuesta inmediata y drástica. La respuesta que dieron las autoridades a la Gran Crisis del año 1929 fue pequeña y lenta, y la economía mundial entró en una “Edad Oscura" que se prolongó a través de la Gran Depresión de la década de 1930 y la Segunda Guerra Mundial. La crisis financiera del período 2007-2009 presagiaba un resultado similar; sin embargo, esta vez los gobiernos y los bancos centrales de todo el mundo intervinieron con prontitud, de manera coordinada y, acertadamente, con un volumen alto de estímulo. La recuperación ha sido débil; pero, estamos muy lejos de ingresar a una nueva Edad Oscura.

Por esto deberíamos estar agradecidos. No obstante, algunos ahora argumentan que las autoridades fiscales y monetarias no deberían haber respondido tan rápidamente o con tanta fuerza cuando la crisis 2007-2009 entró en erupción. Ellos creen que la causa principal de la crisis fue lo que los economistas denominan como el riesgo moral: debido a que los tomadores de riesgos preveían la intervención de las autoridades para protegerlos en caso de que sus apuestas financieras salieran mal, ellos tomaron aún mayores riesgos. 

Por el contrario, nuestro punto de vista (respaldado por una gran cantidad de datos) es que los precios en rápido aumento, por lo general, reflejan la exuberancia irracional, con la ayuda y complicidad de los phishes. Quienes se comportaron con exuberancia irracional no estaban pensando en las ganancias que acumularían si las autoridades intervenían para mantener la economía y el flujo de crédito (o, en casos extremos, si realizan acciones para rescatar a su banco o empresa). A tales posibilidades se las consideraba como marginales dentro de la euforia que antecedió a la crisis de 2007-2009: aquellos que vendían a precios inflados obtenían ganancias; y, los compradores “sabían” que estaban haciendo lo correcto – incluso cuando no estaban haciendo lo correcto.

La renuencia en cuanto a reconocer la necesidad de una intervención inmediata durante una crisis financiera se basa en una escuela de economía que no tiene en cuenta la exuberancia irracional que yo he explorado en otros lugares. Dicha escuela ignora el marketing agresivo y otras realidades que afectan a los mercados de la era digital, que son aspectos que se examinan en el libro Phishing for Phools. Pero, se debe tener en cuenta que la adhesión a un enfoque que pasa por alto dichos aspectos es similar a que se proceda a la supresión de los departamentos de bomberos, con el argumento de que dicha supresión conduciría a que las personas sean más cuidadosas – y por lo tanto, los incendios dejasen de ocurrir.

Hace muchos años nos dimos cuenta, para gran pesar del mundo, lo que sucede cuando se permite que una epidemia financiera continúe su curso. Nuestro análisis indica que no sólo hay fuerzas endémicas y naturales que hacen que el sistema financiero se convierta en altamente volátil; sino que, también, se hace necesaria una intervención rápida y eficaz cuando se está frente a un colapso financiero. Tenemos que dar rienda suelta a las autoridades fiscales y monetarias para que tomen medidas agresivas cuando una turbulencia financiera se convierte en una crisis financiera. Una Edad Oscura más, es una Edad Oscura demás.

Traducido del inglés por Rocío L. Barrientos.


Read more at https://www.project-syndicate.org/commentary/government-intervention-financial-crises-by-robert-j--shiller-2015-09/spanish#BAudvs1DQyVdlbmk.99

RELATOS ECONÓMICOS COMPARTIDOS

Por Claudio Katz

En los primeros meses del año los principales candidatos compartieron el imaginario económico de tranquilidad y compitieron por la efectividad de frases huecas. Macri ponderó la “confianza” para garantizar el crecimiento, Scioli exaltó la “esperanza” para lograr el desarrollo y Massa ensalzó el “justo medio” para atraer inversiones. Nadie expuso ideas y todos apostaron a la distracción. Scioli para aprovechar la primavera de consumo y Macri o Massa para ocultar lo que preparan.

Pero la expectativa de llegar a octubre con las variables bajo control se está disipando. El anclaje del dólar con alta inflación y déficit fiscal ya no alcanza para disimular las turbulencias de la economía. La devaluación se vislumbra en la cotización del blue y salta a la vista la fragilidad oficial para enfrentar la presión cambiaria. Mientras recorta las ventas de divisas para el ahorro y pisa los pagos de las importaciones, el Banco Central pierde 100 millones de dólares por día.

El punto crítico de los próximos dos meses son las reservas disponibles. Si se descuentan los pagos y compromisos queda muy poco. En este escenario Scioli, Macri y Massa han comenzado a exhibir a sus economistas. Las explicaciones no pueden esperar hasta diciembre.

OCULTAMIENTOS CONJUNTOS

El oficialismo atribuye la escasez de divisas al torbellino externo. Afirma que se “cayó el mundo” y Argentina recibe los coletazos de esa demolición. Pero el mismo diagnóstico es repetido desde hace siete años para explicar adversidades de distinta índole. El estancamiento de la producción, la caída de las inversiones, el desbalance energético o la persistencia de la pobreza son achacados a una crisis externa, que ensombrece el maravilloso desempeño del modelo.

¿Pero cuál es el vínculo entre la falta de divisas y el temblor mundial? Desde el 2008 existe una crisis global que no alteró la apreciación de las exportaciones del país. En los últimos años Argentina obtuvo ingresos externos por sumas que superaron en cinco veces el promedio de los 90 y en diez veces la media de los 80.

Este ventajoso escenario comenzó a modificarse recientemente y ya se avizoran serios problemas. El índice Bloomberg de precios de las materias primas registra una caída del 40% en comparación al 2011. Tocó el piso más bajo desde el 2002.

Pero esta fuerte disminución no modifica aún el panorama. La tonelada de soja que valía 500 dólares en la primera mitad del 2014 se cotiza actualmente en 320. Ese precio se ubica muy por encima de la cotización vigente en los últimas dos décadas. La probable reversión del superciclo de apreciación de las commodities es una amenaza que todavía no afecta a la soja. El punto crítico de la coyuntura externa se verifica en otro terreno: el realineamiento general de los tipos de cambios.

La catarata de devaluaciones de Brasil se extendió al grueso de las monedas latinoamericanas y ha sido coronada con la depreciación del yuan chino. Esas alteraciones socavan la paridad del peso. El sombrío diagnóstico que el oficialismo expone desde el 2008 empieza a verificarse en el 2015.

El país cuenta con pocos instrumentos defensivos para afrontar la nueva tormenta. No tiene suficientes dólares en cartera, a pesar de la excepcional captación de divisas de la última década. Esos fondos salieron de nuestras fronteras con la misma rapidez que ingresaron. Los exportadores expatriaron dinero, las empresas transnacionales remitieron utilidades y el gobierno realizó monumentales pagos de la deuda externa.

Esa hemorragia de divisas superó el drenaje consumado durante el menemismo. La emigración de efectivo nutrió las fortunas de los capitalistas argentinos en el exterior, que algunos estiman en 205.000 millones de dólares y otros en 379.000 o 440.000 millones. La sangría oficial no fue menor. Según los datos que orgullosamente difunde el oficialismo los pagos de la deuda sumaron en la última década 173.000 millones de dólares.

El misterio actual de la falta de divisas se devela fácilmente observando esos guarismos. Las arcas del Banco Central fueron pulverizadas por la salida de fondos que perpetraron los grupos dominantes y por la política oficial de “pagador serial”.

Ese vaciamiento se consumó a la vista de todos los funcionarios. El gobierno incluso premió a los sustractores de divisas con ofertas de blanqueo impositivo para que reingresen lo transferido. Ese perdón se prorroga periódicamente sin ningún resultado.

Scioli y CFK silencian el traspié y publicitan el des-endeudamiento conseguido mediante el puntilloso cumplimiento con los acreedores. Nunca explican la ventaja de una operación que genera tantas carencias de dólares.

Es cierto que la deuda inicialmente se redujo en moneda dura y en relación al PBI. Pero esa cancelación dilapidó reservas y no se tradujo en mayor autonomía financiera. La escasez de dólares obligó a revertir la pretensión de achicar pasivos y la deuda pública volvió a subir del 39,2% del PBI (2008) al 43% (2014).

En los últimos meses la carencia de divisas indujo a buscar billetes norteamericanos a cualquier precio. Algunos analistas calculan que la actual colocación de bonos a altísimas tasas duplicaría el pasivo en siete años. Los títulos emitidos con seguros de cambio impondrán gravosos pagos.

Macri y Massa cuestionan la falta de dólares que Scioli intenta disimular. Atribuyen ese bache a las restricciones vigentes en el mercado cambiario. Pero el denigrado “cepo” no es una rareza local. Es un instrumento de control utilizado en muchos lugares y circunstancias.

Como el país no fabrica dólares necesita administrar su distribución, para asegurar el funcionamiento de la economía. El kirchnerismo introdujo esa supervisión para contener la salida de dólares y debió mantenerlo para evitar el colapso de las reservas.

La derecha promete eliminar esa restricción en forma inmediata a través de una mágica “confianza”. Afirma que su arribo a la presidencia suscitará una explosión de entusiasmo que se traducirá en una lluvia de divisas. Pero todos los candidatos a la presidencia han repetido siempre el mismo mensaje. Omiten que las garantías ofrecidas por un mandatario del capital a sus colegas constituyen tan sólo un elemento, de las múltiples condiciones que determinan la afluencia de fondos.

Los economistas de Macri convocan a imitar la seducción de inversores que realizaron los gobiernos neoliberales de otros países. Pero los capitales que ingresaron a esas administraciones generaron más adversidades que beneficios. Encarecieron las exportaciones, abarataron las importaciones, acentuaron la desindustrialización y facilitaron bicicletas financieras de todo tipo.

Basta observar las consecuencias de ese proceso en la actual fase de salida de capitales. Los fondos ahora emigran desde América Latina y otras regiones económicas intermedias hacia los centros del capitalismo. La apreciación del dólar y el agotamiento de un ciclo de especulación con títulos, inmuebles y materias primas impulsan ese movimiento. El retorno de divisas al mercado estadounidense deteriora los espejismos de la apertura financiera que enaltecen los derechistas.

Hay muchos diagnósticos sobre la carencia de dólares en Argentina, pero lo sucedido salta a la vista. Las divisas ausentes han sido transferidas a los acreedores y a los depósitos de los acaudalados locales fuera del país.

Si se quiere revertir ese vaciamiento hay que revisar los pagos externos e investigar la deuda, mientras se exige el reingreso de los fondos expatriados. Quiénes colocaron sus fortunas en el exterior hacen negocios y tienen activos en Argentina. Si no se adoptan medidas contra estos sectores, el costo de recolectar los dólares recaerá sobre los trabajadores.

¿DEVALUACIONES BENIGNAS?

Los dos mecanismos regresivos que tradicionalmente utiliza la clase dominante para obtener divisas adicionales ya están activados. La devaluación y el endeudamiento son igualmente propiciadas por Scioli, Macri y Massa.

Se presenta la aplicación de ambas medidas como un devenir inexorable y sólo se discute la forma de atemperar las consecuencias de esas disposiciones. Como se ha naturalizado la desvalorización del peso, el debate gira en torno a la instrumentación contundente o gradual de esa depreciación.

Hay teorías que resaltan el carácter benigno de una fuerte devaluación acompañada de cronogramas escalonados de endeudamiento. Otros promueven financiar con mayor crédito externo un proceso devaluatorio más pautado. El oficialismo tiende a transformar esta contraposición en una disputa entre “dos modelos” y el macrismo lo presenta como un ejemplo del contraste entre “el cambio y la continuidad”.

Ciertos economistas de Scioli atribuyen todos los males de un shock devaluatorio al macrismo, para demostrar las virtudes de tomar deuda en mayor escala (Bein). En cambio los voceros de Macri realzan las ventajas de sincerar la desvalorización del dólar ya consumada en el mercado paralelo (Melconian).

Pero nadie puede anticipar el momento y el alcance de la alteración cambiaria. La convertibilidad colapsó sin aviso previo y Kicillof sorprendió con su devaluación del 2013-14. Hay muchos cálculos sobre el debut de la nueva cotización del dólar, pero pocas estimaciones sobre la forma en que concluiría ese ajuste.

El mensaje tranquilizador que propagan los economistas del trío presidenciable resalta que “esta vez” la devaluación será manejable. Afirman que inducirá un gran “retorno del dinero de los argentinos” y esperan que esa oferta calme el mercado.

Pero olvidan que la misma previsión falló con el blanqueo. Sólo puede anticiparse que los capitalistas locales ingresarán divisas, si la magnitud de la devaluación satisface sus expectativas de lucro. No aceptarán cambiar los dólares a 9 pesos y está por verse cual será el techo de esa cotización.

Para incentivar el ofrecimiento de billetes verdes ya circulan varias iniciativas. Algunos asesores de Scioli proponen consolidar los impagos que acumula el estado, mediante la emisión de un bono específico de alta remuneración (Blejer). De esta forma se facilitaría el libre despegue de las nuevas operaciones cambiarias.

Otra variante es el desdoblamiento del tipo de cambio, con una tasa alta para el turismo y las finanzas y otra baja para el comercio (González Fraga). Es probable la introducción de alguna segmentación de esta índole, si encuentran la forma de evitar las operaciones fraudulentas en el comercio exterior que acechan a ese mecanismo.

La principal preocupación del establishment no es el porcentaje sino el “éxito” de la devaluación. Consideran que ese logro se alcanza, cuando la desvalorización del peso no se traslada en la misma proporción a los precios internos. En ese caso la diferencia es capturada por los exportadores y los banqueros.

Por eso los voceros del poder demandan que no se repita lo ocurrido hace dos años, cuando la devaluación fue íntegramente licuada por la inflación. El mismo recuerdo de operación fallida legó el “Rodrigazo” de 1975.

El principal ejemplo de una “devaluación exitosa” fue el desmoronamiento de la convertibilidad. El elevado desempleo y la depresión económica del 2001-02 neutralizaron el traslado del desplome cambiario a los precios internos. Espert, Broda y los cavernícolas de FIEL son los promotores actuales de una cirugía equivalente.

Auspician un tsunami de agresiones con despidos de empleados públicos y grandes amputaciones de la industria recompuesta en los últimos años. Pero semejante shock supone una guerra social que es desaconsejada por los hombres de negocios. Todos recuerdan la rebelión popular del 2001.

Ese temor induce a la clase dominante a bendecir propuestas gradualistas de devaluación para achicar salarios sin demolerlos. Este ajuste acotado es propiciado por los principales candidatos a suceder a CFK. Su implementación exige un recorte concertado de los ingresos populares, mediante la intermediación de la burocracia sindical en la desactivación de las protestas.

Los presidenciables ya negocian con los jerarcas afines de la CGT la aceptación de una pérdida inicial de salarios, en los meses posteriores a la devaluación. Luego acordarían un Pacto Social para establecer techos en las paritarias del 2016. El principal argumento de campaña que exhibe Scioli ante el empresariado es la conocida capacidad del justicialismo para manejar esos contubernios.

Es evidente que la devaluación impactará con mayor fuerza en los precios de los alimentos y agravará los padecimientos de los pobres e indigentes. El porcentaje de ese universo es desconocido luego de la destrucción del INDEC. No se sabe si involucra al 22%, 25% o 29% de la población. Cristina terminará su mandato ocultando ese dato o convalidando cifras ridículas, que realzan la superioridad de las prestaciones sociales de Argentina en comparación a Alemania.

Como la devaluación ampliará el porcentual de familias que no cubren sus necesidades básicas, todos prometen preservar los planes asistenciales. Estos programas se han transformado en un dato perdurable, pero afrontan dificultades de financiamiento.

El kirchnerismo ha consolidado el impuesto a las ganancias que tributan los trabajadores de mayores ingresos para solventar ese bache. Se pretende atenuar las penurias de los precarizados con aportes de los trabajadores formales. Los economistas de la oposición prometen modificaciones, pero no ofrecen alternativas serias y en los hechos avalan la preservación de ese tributo.

BUITRES O BUITRES

Los voceros del sciolismo-kirchnerismo presentan el endeudamiento como un mal menor, frente al shock regresivo que atribuyen al PRO. Omiten recordar como la atadura crediticia asfixió una y otra vez a la economía argentina y ocultan que en este terreno también prevalecerá el pragmatismo. Todos se adaptarán a las circunstancias del momento, seleccionado el combo de endeudamiento y devaluación que imponga la coyuntura.

Si falla la generalizada predilección por el sendero gradual recurrirán a alguna variante de la ortodoxia. Los ministros posibles del trío presidencial tienen experiencia en la gestión del ajuste. Bein fue funcionario de la Alianza, Melconian trabajó con Menem y Lavagna fue un hombre de Duhalde-Kirchner. Manejan propuestas semejantes, intercambiables y complementarias.

Todos priorizan un rápido arreglo con los buitres para reiniciar el endeudamiento en gran escala. Aprovechan el clima de arreglo con Singer y Griesa que actualmente propicia el kirchnerismo con un sutil cambio de terminología. Ya se habla más de “hold outs” o “fondos de inversión” que de los buitres, mientras se entierra el contrapunto de la patria con los especuladores.

La publicidad oficial realza las nuevas regulaciones que adoptaron las Naciones Unidas para acotar las demandas futuras de los buitres. Esa resolución promueve el tratamiento de los quebrantos financieros estatales con normas semejantes al sector privado. Se busca asegurar los acuerdos alcanzados por los deudores con la mayoría de los acreedores.

Kicillof presenta esa decisión como un logro internacional mayúsculo del kirchnerismo. Pero evita señalar que carece de efectos vinculantes y retroactivos sobre el conflicto en curso en los tribunales de Nueva York. Tampoco registra la inoperancia de esa legislación frente al ahorcamiento de Grecia. La resolución no auxilia a los países sofocados por buitres de gran porte como Alemania.

La inutilidad inmediata de estas normas es muy conocida por los emisarios de Scioli y Macri, que ya negocian un arreglo bilateral con los especuladores. Todos saben que rige una tregua hasta la asunción del próximo gobierno. También descuentan que la disputa se desenvolverá en los mismos términos que comenzó.

Los consejeros del trío que compite por instalarse en la Casa Rosada están buscando la forma de derogar las leyes cerrojo, que disponen marginar de toda negociación a quiénes no intercambiaron viejos títulos del pasivo por nuevas emisiones. Todos sugieren, además, la anulación de la reciente ley de pago soberano, que induce a los tenedores de bonos a cobrar sus dividendos en Buenos Aires.

Como nadie aceptó ese cambio de jurisdicción, las condiciones anteriores serían restauradas con la misma velocidad que fueron modificadas. Las convocatorias a crear un clima de concordia en el próximo Parlamento apuntan a facilitar esos trámites.

A cambio de estas concesiones los economistas de Scioli, Macri y Massa esperan lograr algún alivio en las formas de pago. Apuestan a una quita o a mayores plazos de cancelación de los bonos que recibirán los premiados por la estafa.

Hasta ahora no hay señales de la próxima movida de los buitres. Su pedido de embargar activos del Banco Central fue rechazado por los tribunales neoyorkinos. Pero siempre cabe la posibilidad de un nuevo endurecimiento. Conviene recordar que también Kicillof imaginaba un tránsito sereno hacia el re-endeudamiento, luego de acordar con el CIADI, el Club de Paris y REPSOL. Los buitres juegan a varias puntas porque su especialidad es la extorsión.

TARIFAZOS CON FALACIAS

Los teóricos locales del endeudamiento benigno también silencian el multimillonario costo del arreglo con los buitres. Sólo afirman que la digestión de ese trago amargo es la condición para acceder al crédito barato que necesita el país.

Algunos prometen conseguir 50.000 millones de dólares en poco tiempo, pero omiten comentar las cláusulas de restricción fiscal que acompañarán a esos préstamos. El re-endeudamiento no será gratis. Probablemente exigirá la restauración de la auditoria que realiza el FMI sobre el grueso de los deudores. Blejer conoce en detalle las exigencias de los futuros prestamistas.

Los auspiciantes del endeudamiento tampoco aclaran el destino del dinero. Despliegan pomposos discursos sobre el “desarrollo” y la “infraestructura”, pero ocultan que los créditos inmediatos servirán para solventar el gasto corriente. El principal objetivo de los próximos préstamos será engrosar las reservas para financiar el ajuste.

Como los banqueros conocen ese propósito seguramente exigirán un ajuste fiscal para asegurarse los futuros cobros. El alcance del agujero que acumulan las cuentas públicas es un dato tan enmascarado como las reservas, la tasa de inflación o el número de pobres.

Algunas estimaciones ubican ese déficit en 6-7% del PBI, es decir el porcentaje que rodeó a todas las grandes crisis de Argentina. Se sabe que ese desbalance comenzó en el 2008 y que el rojo del 2015 duplica al vigente en el ejercicio anterior. El desfasaje se financia hasta ahora con emisión, deuda y la caja del ANSES.

Ciertos admiradores de la heterodoxia keynesiana estiman que ese desequilibrio no es preocupante. Suponen que permite aceitar la economía y contrarrestar las falencias del sector privado. Pero olvidan que ese auxilio opera en un régimen capitalista regido por el principio del beneficio. En este sistema las ventajas que aporta el gasto público se transforman en obstáculos cuando falla el financiamiento. Y justamente ese límite afronta actualmente Argentina.

Ninguno de los presidenciables propone remediar el desbalance fiscal con impuestos progresivos. Al contrario, todos se aprestan a solicitar el sostén de los banqueros para recomponer los negocios. Ese camino obliga a aplicar los recortes fiscales que demandan los financistas.

La restricción del gasto que se avecina no sólo conduce a congelar sueldos e ingresos al empleo público. También implica efectivizar el aumento de tarifas que el kirchnerismo ensayó y demoró en reiteradas oportunidades. Todos se aprestan a volver a la sintonía fina que dejó pendiente el gobierno. Retomarán las falacias que repiten los medios de comunicación, al contraponer a los usuarios favorecidos de Buenos Aires con los ciudadanos del Interior, que soportan mayores tarifas. Con el hábito de nivelar para abajo no se les ocurre resolver esa inequidad abaratando las facturas de los afectados.

El mismo razonamiento tramposo será utilizado para justificar los incrementos de la electricidad y el gas. En este caso utilizarán como pantalla los privilegios de algunos usuarios de clase media-alta. El encarecimiento del transporte masivo sería implementado sólo con excepciones a los perceptores de planes sociales, como si el viaje cotidiano de un asalariado a su lugar de trabajo fuera un gasto suntuario.

EL ESPEJO BRASILEÑO

La degradación de la economía brasileña ofrece un retrato de lo que podría ocurrir en Argentina, si el próximo gobierno ingresa en el túnel de la devaluación y el endeudamiento.

Ese anticipo se perfila no sólo en el plano económico. La elección presidencial fue ganada en Brasil por una candidata que cuestionó los modelos regresivos y prometió evitar el ajuste. Pero los mercados le fijaron otra agenda que Dilma aceptó de inmediato. Desconoció sus anuncios de continuidad progresista y designó a un ministro de economía ultra-liberal (Joaquim Levy). También incorporó al gabinete a una representante de los hacendados, explícitamente hostil a la reforma agraria (Katia Abreu).

La elección de ese equipo reafirma la mutación conservadora del PT, al cabo de una década de alianzas con las oligarquías provinciales (“coroneles”) y los partidos del gran capital (“pemedebismo”). Las denuncias de corrupción que agobian a la cúpula del lulismo son consecuencia directa de esos estrechos lazos con el mundo de los negocios.

Dilma aceptó las presiones del establishment sin desactivar las exigencias de mayor ajuste. Los envalentonados derechistas continúan propiciando su destitución y la mandataria perdió legitimidad popular. Los trabajadores no encuentran motivos para sostener en las calles, a un gobierno que atropella sus conquistas y reniega de las políticas sociales.

Como el ajuste en marcha no satisface a los banqueros, las agencias de riesgo resolvieron reducir la calificación del pasivo brasileño. Los acreedores responden con virulencia ante un desbalance fiscal más reducido que el déficit argentino.

Al igual que el trío presidenciable de nuestro país, Dilma descarta una recaudación de fondos entre los poderosos. Un puñado de millonarios (0,05% de la población) acapara el 14% de la renta y el 22% de la riqueza. Como en Argentina han transferido gran parte de ese dinero a los paraísos fiscales. Allí resguardan sumas equivalentes al 28% del PBI.

La receta ortodoxa que aplica Dilma genera el conocido círculo vicioso de altas tasas de interés que incrementan la recesión y obligan a mayor endeudamiento. La economía brasileña afrontará una brusca contracción este año y nadie espera una recuperación en el 2016. También el consumo se ha desplomado al compás de la interminable secuencia de devaluaciones.

Scioli, Macri y Massa eluden cualquier comentario sobre la delicada situación que atraviesa el principal socio y mercado de Argentina. Todos intentan despegarse de ese escenario, como si ocurriera en un lejano rincón del planeta. No saben cómo manejar su elogiosa valoración de la dupla Lula-Dilma.

Los economistas del PRO siempre resaltaron la amigable relación el PT con los banqueros internacionales. El kirchnerismo ensalzó a ese gobierno como un ejemplo de políticas inclusivas. Ahora todos callan o sugieren que Argentina no repetirá el sendero de su vecino, ocultando que la devaluación y el endeudamiento conducen a esa reproducción.

Los padecimientos de Brasil confirman la inconveniencia de reiniciar la atadura al crédito externo. Argentina es una presa apetecida por los financistas que acumulan capitales excedentes provenientes de los mercados ya exprimidos.

La presentación benévola de esos préstamos como “una oportunidad para el crecimiento” enmascara las devastadoras consecuencias del endeudamiento. Las cesaciones de pago que recientemente afrontaron Grecia y Puerto Rico aportan contundentes recordatorios del peligro. Si Argentina vuelve a digerir la píldora financiera repetirá los ahogos del pasado.

LOS BACHES ESTRUCTURALES

Las presiones del establishment por devaluar y tomar deuda no obedecen sólo a urgencias financieras. Por primera vez en muchos años Argentina afronta serias carencias de dólares comerciales. El superávit generado por las exportaciones decayó abruptamente en el último ejercicio y el achique se acentuaría este año.
Las devaluaciones de Brasil y China anticipan un agravamiento del problema. Algunos analistas incluso consideran que el país soportará el primer déficit comercial desde el fin de la convertibilidad.

Ese desbalance obedece a trastornos en tres planos: la dependencia de la soja, el agujero energético y el estancamiento de la industria. Son falencias que reavivan las pesadillas de retroceso estructural en comparación a las economías comparables.

Las nefastas consecuencias de la sojización del agro comienzan a salir a flote. La declinante producción de trigo ha encareciendo la canasta alimentaria y el stock ganadero ha quedado congelado al cabo de una gran liquidación de animales. Argentina ya no es el granero del mundo, ni tampoco juega en la primera línea de la exportación cárnica.

Los problemas de los cultivos regionales son mucho más graves y no se reducen a la “pérdida de competitividad” que subraya el empresariado provincial. El trasfondo de las adversidades ha sido la expansión del mono-cultivo sojero a costa de la agricultura diversificada. La norma capitalista indujo a concentrar todas las inversiones en un producto de alta rentabilidad inmediata, con devastadoras consecuencias de mediano plazo.

Basta observar lo ocurrido en las recientes inundaciones de la provincia de Buenos Aires, para notar como la expansión de la soja acentuó los desbordes de los ríos. No sólo el cambio climático, la insuficiencia de obras y la construcción de barrios privados sobre los humedales agravaron el desastre. También los canales clandestinos que abren los productores de soja para proteger sus cosechas acentuaron el vendaval.

Muchos especialistas estiman, además, que la siembra directa trastorna los ciclos de absorción del líquido excedente. El agro-capitalismo sojero inunda a varias provincias con mayor intensidad que las tormentas estacionales.

La única solución que avizoran Scioli, Macri y Massa para este deterioro del agro es la reducción de impuestos. No establecen ninguna distinción significativa entre grandes y pequeños productores. Sólo prometen la inmediata disminución de las retenciones extra-sojeras y el paulatino achique del gravamen al principal producto exportable. Nunca aclaran como esperan compensar el des-financiamiento del estado que generaría esos recortes.

El lobby agro-exportador atenúa su tradicional demanda de mega-devaluación a cambio de una disminución de impuestos. Ya incentiva una demora en la próxima siembra para hacer valer sus exigencias. El trío presidenciable es mucho más permeable a esos reclamos que el kirchnerismo y descarta de plano contrarrestar esas presiones con mayor regulación oficial de la actividad agraria. Rechaza el monopolio estatal del comercio exterior, que Argentina necesita para canalizar la renta hacia inversiones prioritarias.

El desbalance energético entraña un desequilibrio de mayor gravedad. Ha restaurado las importaciones de combustible que el país había superado hace mucho tiempo. La nueva carencia -que el gobierno denomina “restricción energética”- no obedece al “intenso crecimiento” de la última década. Ningún ciclo de recuperación anterior derivó en semejante insuficiencia de petróleo.

Ese faltante es consecuencia de la depredación perpetrada por REPSOL y otras compañías. Extrajeron el crudo ya localizado sin implementar inversiones compensatorias de exploración. La re-estatización de YPF sobrevino cuando ese despojo amenazó la provisión básica de energía.

Pero en lugar de extender la estatización a todo el sistema petrolero y anular la legislación privatista que enriquece a las compañías, el kirchnerismo extendió a esa actividad las normas neoliberales vigentes en la minería a cielo abierto. Bajo el comando de la nueva YPF se generalizan los contratos inaugurados con Chervrón. Se garantiza la libre disponibilidad del crudo y los derechos a girar dividendos, junto a la eliminación de los precios máximos y los límites a las regalías. Scioli, Macri y Massa propician acentuar un rumbo que regala la renta petrolera en vez de recuperarla.

Todos auspician, además, el continuado encarecimiento interno de la energía, a contramano del abaratamiento que impera en el exterior. Con incrementos del 40% durante el 2015 (y 60% en los últimos 12 meses), el precio del combustible se ha convertido en un motor de la inflación. Las remarcaciones que ejecuta una empresa del estado contradicen la publicidad de los “precios cuidados” y vulneran las normas de la ley de abastecimiento. Paradójicamente la nacionalización de YPF obstruye el desarrollo encareciendo un insumo clave.

Las adversidades energéticas podrían acentuarse si se desvanecen las expectativas creadas en torno al yacimiento de Vaca Muerta. La extracción de crudo con los métodos del shale resulta impracticable con los actuales precios internacionales de 40-50 dólares el barril. Seguramente el trío presidenciable utilizará esa imposibilidad, para otorgar mayores concesiones a los compañías que extraen petróleo con formas convencionales.

Finalmente los desequilibrios actuales en la industria resucitan problemas de larga data. Por enésima vez un ciclo de crecimiento fabril queda sofocado por el desbalance comercial, que afecta a una actividad dependiente de los insumos importados. La economía ya no tiene los dólares requeridos para adquirir las piezas que demanda la producción.

Esta carencia frena la actividad industrial desde hace décadas. Reapareció luego de la prosperidad del 2003-08 por la preservación de la estructura vulnerable, concentrada y extranjerizada del sector. Este cuello de botella es particularmente visible en la rama electrónica y automotriz.

El modelo industrial está guiando por principios de rentabilidad de corto plazo que multiplican las adversidades estructurales. Esta contradicción salta a la vista en el segmento automotor. Mientras que el volumen de vehículos fabricados ha batido récords, se acrecientan las quejas de los empresarios por los enormes costos del transporte interno. Como se priorizó la producción de autos individuales en desmedro de las inversiones ferroviarias, el flete abonado desde las provincias a los puertos supera en muchos casos lo pagado por el envío marítimo posterior.

Scioli, Macri y Massa compiten con promesas de subsidios a los grupos industriales, que están reorganizando sus cúpulas para afinar presiones sobre el próximo equipo económico. Esos lobbies demandan devaluaciones para los bienes exportados y tipos de cambio preferenciales para las piezas importadas. Con lenguaje tecnocrático y demagogia productivista ocultan que esos subsidios se financiarán con el ajuste a los ingresos populares.

BALANCE DEL MODELO

La economía del ciclo K concluye en un escenario inverso al imperante al inicio de ese período. Ya no queda nada del superávit fiscal, los excedentes comerciales, la baja inflación y el dólar devaluado de los años 2002-03. En la actualidad predomina un marco opuesto de estancamiento productivo, retracción de la inversión, déficit fiscal y presiones cambiarias.

Scioli, Macri y Massa postulan programas semejantes, a partir de balances diferentes de la etapa concluida. El candidato del gobierno reitera todas las muletillas de la “década ganada”, sin registrar que generaliza lo ocurrido durante la prosperidad del 2003-2007. Sólo en esos años la economía repuntó junto a la recomposición de la rentabilidad, la valorización internacional de las agro-exportaciones, el desahogo inmediato de pagos de la deuda y el fomento estatal de la demanda.

Pero en los años 2007-2012 irrumpieron todos los desequilibrios actuales al compás del rebrote inflacionario. Posteriormente comenzó la turbulencia cambiaria y la economía se frenó, en medio de políticas defensivas destinadas a tapar agujeros.

Macri estima que se cierra una “década desperdiciada” por el estatismo, el populismo y las desmesuras. Sólo olvida mencionar que cuando gobernaron los neoliberales perpetraron el mismo derroche del gasto público. Los ejemplos latinoamericanos que presenta como modelos a seguir están corroídos por la vulnerabilidad financiera y la primarización exportadora.

Massa sostiene que finaliza una “década frustrada”. Repite el libreto de los economistas que desertaron del kirchnerismo. Considera que los éxitos de la primera etapa quedaron anulados por la mala praxis posterior. Todo anduvo fenómeno hasta que los ex-oficialistas se fueron.

Pero los problemas del esquema K no obedecen sólo a desaciertos de política económica. Al igual que en la convertibilidad hay que observar el trasfondo de las tensiones. El esquema de Cavallo no falló por el 1 a 1. Quedó pulverizado por las contradicciones que introdujeron la apertura comercial, las privatizaciones y la flexibilidad laboral.

Una explicación más consistente de lo ocurrido bajo el kirchnerismo exige notar las consecuencias de una “década repetida” por la continuidad de desequilibrios estructurales del capitalismo dependiente. El modelo mantuvo una política impositiva regresiva, descapitalizó al país con los pagos de la deuda externa, afianzó la primarización sojera, acentuó el extractivismo minero-petrolero y perpetuó la estructura industrial concentrada. Además, recreó un sistema financiero pro-consumo y anti-inversión sin modificar los pilares de la desigualdad.

Un proyecto productivo con mejoras sociales requiere transitar el camino que comenzará a forjarse en la resistencia al ajuste. En esa acción emergerán nuevas ideas para gestar una economía al servicio de las mayorías populares.
14-9-2015

RESUMEN

Las tensiones de la economía argentina imposibilitan la evasión que intentaron los principales candidatos. Hay una gran carencia de divisas que no obedece a la crisis mundial, sino a fugas de capital y pagos de la deuda. La devaluación gradual o contundente es falsamente presentada como un hecho inexorable. Sería complementada con un nocivo re-endeudamiento y la capitulación ante los buitres. Ese giro implicaría mayores tarifas y recortes del gasto social.

Conviene observar en Brasil las consecuencias de transitar el camino del ajuste. Hay un deterioro estructural por la dependencia de la soja, la regresión energética y el atascamiento industrial. En lugar de una década ganada, desperdiciada o frustrada ha prevalecido un decenio repetido por la continuidad de los desequilibrios que afectan al capitalismo dependiente.

BIBLIOGRAFÍA

-Amico, Fabian. “Crecimiento, distribución y restricción externa en Argentina”, Circus, Revista Argentina de Economía, 2013.
-Arcary, Valerio. As cinco crises do PT. http://www.pagina13.org.br/pt/cinco-crises-pt-artigo-de-valerio-arcary-e-o-comentario-pagina-13
-Asiaín, A. “Trayectoria del tipo de cambio y los salarios: un análisis para la economía Argentina, Desarrollo Económico, Vol. 51. 204, 2012.
-Basualdo, Eduardo. Estudios de historia económica argentina. Desde mediados del siglo XX a la actualidad. Buenos Aires, Siglo XXI, 2006.
-Cabot, Diego; Olivera, Francisco. Los platos rotos, Sudamericana, Buenos Aires 2015
-Crespo Eduardo Ilusión del superávit.www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-280014-2015-08-24.html
-Cufré David. La deuda, http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-280972-2015-09-05.html
-Damill, Mario; Frenkel Roberto. La economía bajo los Kirchner: una historia de dos lustros, ¿Década ganada? Evaluando el legado del kirchnerismo, Buenos Aires, 2014;
-Espert José Luis. La única opción es el ajuste, http://www.lanacion.com.ar/1824506-la-unica-opcion-es-el-ajuste
-Gaggero, Alejandro; Schorr, Martín; Wainer, Andrés Restricción eterna Fututo Anterior, 2014, Buenos Aires.
-González Fraga, Javier, Más confianza, no más ajuste, http://www.lanacion.com.ar/1812424-mas-confianza-no-mas-ajuste
-Guimarães,Samuel Pinheiro. La ofensiva conservadora y las crisis, /www.nodal.am/2015/08/brasil-la-ofensiva-conservadora-y-la-crisis-por-samuel-pinheiro-guimaraes/
-Katz Claudio “La economía desde la izquierda. Una mirada desde Argentina”. Cuadernos de Economía Crítica, SAEC, Buenos Aires, octubre 2014.
-Levy Yeyati Eduardo El dilema argentino de ser tigre o canguro, /www.lanacion.com.ar/1728949-el-dilema-argentino-de-ser-tigre-o-canguro Economía.
-Llach, Juan J; Lagos, Martín En el país de las desmesuras, Buenos Aires, El Ateneo, 2015.
-Lucita Eduardo, Economía y política en la transición 2015, www.lafogatadigital.org/14arg/arg11/arg.5.31.htm
-Marchini Jorge, Lecciones para Argentina, http://tiempo.infonews.com/nota/181892/lecciones-para-la-argentina
-Mercatante, Esteban, Lamentos por la “oportunidad perdida” www.laizquierdadiario.com/spip.php?page=movil-nota&id_article=21205
-Piva, Adrián. Economía y política en la Argentina kirchnerista Batalla de Ideas, Buenos Aires, 2015.
-Porta, F, Fernández Bugna C. “El crecimiento reciente de la industria argentina. Nuevo régimen sin cambio estructural”, Realidad Económica n 233, 2008.
-Sica Dante, La herencia y la encrucijada del próximo gobierno. Economía www.lanacion.com.ar/1807520-la-herencia-y-la-encrucijada-del-proximo-gobierno

Los colosos que ahogan a China

La reforma de las empresas estatales es un reto clave al que se enfrentan los líderes del país asiático




Un edificio de la petrolera pública china Sinopec, la empresa del país con más ingresos /ANDY WONG (AP)

Si en algo están de acuerdo economistas, empresarios y políticos de dentro y fuera de China es en la necesidad de reformar las empresas estatales. En la historia reciente del país, varios líderes chinos han mostrado su voluntad de hacerlo: unos han promovido cambios significativos, otros no se han atrevido y otros se han quedado a medio camino. Ahora es el turno de Xi Jinping, durante cuyo mandato está demostrando tener suficiente mano dura para enfrentarse a cualquier aspecto que pueda poner en riesgo la continuidad del Partido Comunista, desde la corrupción a la disidencia. La posibilidad de un frenazo económico que pueda debilitar su poder le urge a aplicar esta misma política con las empresas estatales, una vez diagnosticado que son una de las causas de la enfermedad que padece la economía china, aunque el tratamiento sea doloroso.

Estas grandes compañías son todo un obstáculo para los que consideran, como el Partido Comunista proclamó hace dos años, que las fuerzas del mercado deben desempeñar un papel primordial en la economía. En China hay unas 155.000, abarcan sectores como la banca, energía o telecomunicaciones, gestionan activos por valor de 14,5 billones de euros y emplean a 37 millones de personas. Herencia de la economía planificada que estableció Mao Zedong, son el brazo que le permite al Partido conservar su poder en industrias estratégicas.

El problema es que no son eficientes y lastran el desarrollo del sector privado. Sus directivos son cargos políticos que toman decisiones acorde con los intereses del Partido y no por criterios económicos. Se desenvuelven en un régimen de casi monopolio gracias a leyes que favorecen su dominio, gozan de subvenciones y se quedan con gran parte del pastel del crédito. Ante el convencimiento de que son demasiado grandes para caer y que el Estado intervendrá en caso de dificultades, muchos de los recursos invertidos en ellas caen en saco roto.


“Estas empresas han sido una parte indispensable de la exitosa historia de crecimiento de China, pero ahora sufren problemas de baja productividad, falta de innovación, poca competitividad en el exterior y corrupción. La reforma es necesaria”, asegura Xiao Geng, profesor de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Hong Kong. El avance del proceso de reforma está siendo tan lento que resulta insignificante. Según un informe de la Cámara de Comercio Europea en China, solamente las compañías farmacéuticas aseguran haber notado una mejora en los últimos dos años en este ámbito. Globalmente, “no se ha observado un cambio real y el dominio de las empresas estatales no se ha reducido”.

Proyecto de reforma

Las autoridades chinas presentaron hace pocos días su propuesta de reforma. El proyecto se basa en su privatización parcial, la profesionalización de su gestión y fusiones. Las compañías se dividirán en dos tipos, unas con fines comerciales y otras con fines sociales. En todos los casos, advierte esta declaración, “se reforzará y mejorará el liderazgo del Partido” sobre estas empresas.

La propuesta ha sido recibida con escepticismo. “Es decepcionante. La entrada de capital privado no es nada nuevo: más del 80% de las empresas estatales están ya parcialmente privatizadas y este factor en sí mismo no ha ayudado mucho a mejorar su rendimiento. La esperanza es que el Gobierno se aleje de la gestión del día a día, pero las autoridades chinas aún parecen reacias a dar un paso atrás”, asegura Capital Economics en una nota a clientes.

No es un cambio fácil. El statu quo funciona para unos pocos que se han enriquecido y han gozado de numerosos privilegios durante las últimas décadas. Estas familias y sus patrones políticos han acumulado mucho poder y forman un frente contra el cual Xi Jinping no parece dispuesto a enfrentarse. “Es un documento de consenso que intenta reflejar los distintos puntos de vista que existen en el seno del Partido Comunista y la sociedad china. No es un plan ideal, pero soy optimista en que podamos ver una mayor competencia, más responsabilidad y una mejor provisión de bienes públicos en el futuro”, explica Xiao.

Otro de los problemas de una reforma drástica y privatizaciones a gran escala es su posible impacto en el mercado de trabajo. Cuando el exprimer ministro Zhu Rongji emprendió a finales de los noventa del siglo pasado la última gran oleada de privatizaciones, unas 60.000 compañías cerraron y 40 millones de trabajadores fueron despedidos. Las magnitudes serían ahora menores, pero China no quiere sobresaltos en los niveles de empleo —garante de la estabilidad social— y menos en un momento en que su economía sigue desacelerándose. Pese a la fuerte oposición interna, Zhu logró imponer sus tesis y dirigió al país.

Un heterogéneo grupo de compañías con privilegios

Las mayores empresas estatales chinas son solo un centenar, administradas por la Comisión para la Supervisión de Activos Estatales (SASAC). Entre ellas están las grandes petroleras, eléctricas, compañías de telecomunicaciones, grandes constructoras, aerolíneas o bancos, sectores considerados estratégicos para el Gobierno. Sin embargo, hay muchas otras compañías estatales (unas 80.000, según estimaciones oficiales) que se consideran empresas de tamaño medio y operan en industrias no tan determinantes como la restauración, la hostelería o las ventas minoristas. En su mayoría son propiedad de las administraciones locales. Ser más pequeñas, sin embargo, no significa que pierdan privilegios. Tienen garantizadas mejores condiciones de financiación, subvenciones y menos presión para cumplir con las normas. Los analistas consideran que su privatización sería un paso crucial para la economía porque son compañías con una productividad aún baja.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Libro "Cooperativas y Socialismo. Una mirada desde Cuba" Parte 2 Las cooperativas y los pensadores socialistas TEMA 3 Cooperativismo y autogestión en las visiones de Marx, Engels y Lenin

Por Humberto Miranda Lorenzo

Existe en la literatura cierto consenso en cuanto a la tendencia a la cooperación o asociación autogestiva en asentamientos humanos. Iñaki Gil de San Vicente habla, por ejemplo, del antiguo Egipto, de los fenicios, de Roma y de cómo han existido manifestaciones de asociaciones cooperativas desde aquel entonces.1* En Europa, a mediados del siglo xix, surge la cooperativa de Los Pioneros de Rochdale,** con sus “siete principios”. A esta le acompañaron los intentos de Saint Simons, Owen y Fourrier por organizar una utopía de un alto componente autogestionario. 

La dinámica de fines del siglo xviii y todo el siglo xix en Europa hicieron pensar a Marx y a Engels en las potencialidades del cooperativismo y de la autogestión. Ellos apreciaron el potencial de la cooperación en la lucha contra el capitalismo. Sin embargo, siempre alertaron, por una parte, sobre la importancia del cooperativismo y de la autogestión en la producción más que en el consumo, y, por otra, sobre los peligros de la influencia del sistema de propiedad y producción capitalista en los experimentos autogestionarios. 

En sus trabajos Marx y Engels no pudieron más que apuntar sus reflexiones en el sentido de que la sociedad poscapitalista tendría una fuerte tendencia a la autogestión económica y política, hacia el autogobierno. La idea sobre la extinción del estado no solo está fundamentada en la lógica de la lucha de clases, sino también, en esa tendencia autogestiva que se apreciaba ya en aquel entonces con extraordinaria fuerza. “Producir sin patrones” continúa estando entre los sueños de emancipación humana. Era lo que Engels definía como el tránsito del control sobre las personas a la administración de las cosas. 

1* Las notas de referencia aparecen al final del tema. 

** En 1844, 28 tejedores de un barrio pobre de Manchester, Inglaterra, que estaban en paro, crearon una cooperativa de cuya práctica se generaron los “siete principios” que organizarían una vertiente del cooperativismo “light”, apolítico, no antisistémico; que hoy perdura con gran fuerza. 

Lenin, por su parte, prestó singular atención a las cooperativas como gérmenes de socialismo. Especialmente indicaba que una vez que el estado fuese socialista, la asociación de la producción en cooperativas sería algo evidente y alejaría la ironía con que se solía mirar hacia ese tipo de experiencia. Si toda la producción estuviese organizada en cooperativas, afirmaba, «ya estaríamos con ambos pies en el suelo socialista».2 

Sin embargo, la Nueva Política Económica (NEP, siglas en inglés)* quedó inconclusa, Lenin falleció tempranamente para la Revolución bolchevique. La coyuntura histórica subsiguiente, la dirección de Stalin y la burocratización de la sociedad condujeron a la URSS por senderos bastante lejanos a la autogestión. 

La revolución húngara de 1919 fue aplastada. Y el debate que generó sobre la asociación libre de productores fue silenciado o, en el mejor de los casos, pospuesto. Se impuso un modo de hacer el socialismo que hizo imposible cualquier transición por la vía de la autogestión. 

Pero, al decir de Lenin, “los hechos son obstinados”. El último de-cenio de luchas en América Latina ha vuelto a poner sobre la mesa de debate a la autogestión. Las Comunidades Eclesiales de Base en Brasil hasta cierto punto se han organizado de manera autogestiva. El Partido de los Trabajadores (PT) de Brasil y el Frente Amplio uruguayo, en sus gobiernos locales,** han puesto en práctica modos autogestionarios de trabajo, especialmente con el presupuesto participativo que muestran grandes avances a escala local.3 Las tomas de fábricas y las agrupaciones de trabajadores (ocupados y desocupados) en Argentina han dejado interesantes experiencias, y acusan cierto regreso a la concepción de Marx en cuanto a la organización y profundización de la autogestión. 
* La NEP trató de ser una reforma de flexibilización económica en las duras condiciones del Comunismo de Guerra imperante en la Rusia Soviética de fines de la segunda década del siglo xx. Planteaba una apertura a relaciones de mercado capitalista para sacar a Rusia del aislamiento económico y el atraso en que se encontraba. 

** Por ejemplo, el PT en la alcaldía de Porto Alegre y el Frente Amplio en la de Montevideo han aplicado el presupuesto participativo, es decir, la administración de las alcaldías por los ciudadanos de forma directa a partir, principalmente, de la participación en las decisiones que afectan aspectos esenciales de la vida de las personas. 

En Venezuela, el proceso de la revolución bolivariana ha recibido apoyo por medio de las cooperativas y otras asociaciones autogestionarias. La idea del desarrollo local endógeno no es nueva, pero en la Venezuela de Hugo Chávez se ha revitalizado y cobra nuevos contenidos, más avanzados, más radicales, más anticapitalistas. La concepción chavista del socialismo del siglo xxi, tiene un fuerte componente autogestionario, y está contribuyendo de forma significativa al debate sobre la construcción de poder desde abajo por vía autogestiva.* 

Aunque con un carácter heterogéneo e irregular, hoy en la región se puede observar un amplio movimiento de variadas experiencias auto-gestionarias. Se destaca una nueva manera de enfocar la autogestión como estrategia de autogobierno popular en ciernes. Desde una visión crítica y renovadora, se está retomando la vertiente más radical de la experiencia autogestionaria, y se está construyendo una alternativa política y socioeconómica (también mediante la autogestión). 

Autogestión y cooperativas 

Históricamente vista, la autogestión ha sido una respuesta del mundo del trabajo ante el capital. Una respuesta tendiente a propiciar una organización de la producción y de la vida de las personas más allá de los marcos de la relación patrón – trabajador que resulta del sistema de explotación, dominación y enajenación en los que la sociedad capitalista condiciona las relaciones humanas. 

Desde que la sociedad humana se organizó acorde con la lógica del capital la lucha ha sido en busca del fin de la alienación, una lucha por la emancipación humana que se ha convertido en una lucha por la sobrevivencia, por la vida contra lo que Franz Hinkelammert llama la tendencia a la depauperación del ser humano bajo el capitalismo.4 La autogestión, desde esta perspectiva, va indisociablemente unida a una mejora cualitativa de las condiciones de vida de nuestra especie, de reducción de sus sufrimientos y de aumento de sus goces. La cooperación, la ayuda mutua, la autoadministración de los productores asociados, etc., no responden, siempre desde esta perspectiva, a una pulsión idealista y abstractamente ética, sino a una muy consciente necesidad y deseo de aumentar los goces colectivos y reducir los colectivos sufrimientos.5 

* Ver además la Ley de los Consejos Comunales aprobada (aunque no del todo operante) en Venezuela, después de un largo y amplio proceso de discusión. www.asambleanacional.gov.ve 

La autogestión, especialmente a partir del siglo xix, ha estado vin-culada a la organización en cooperativas, ya fuesen productivas o de consumo. Y, aunque no debe reducirse la autogestión al cooperativismo (y viceversa), es indispensable analizarlas en su relación histórica. 

Dicho esto, es necesario tomar nota de la diferencia entre cooperativa de producción y autogestión. Si bien es cierto que existe una estrecha relación entre ambos términos, es necesario hacer la diferencia en un sentido muy importante. Cuando se habla de “coo-perativa”, se hace referencia a un tipo específico de propiedad sobre los medios de producción, incluso una manera específica de producir (cooperativas de producción) o obtener bienes (cooperativas de consumo). La “autogestión” es un concepto que abarca una actitud y actuación individual o grupal de modo autónomo ante la vida, no solo dentro de los límites del proceso productivo. 

En el imaginario más común la autogestión se asocia a procesos de producción cooperativa. Sin negar la rica experiencia aportada por el movimiento cooperativo a lo largo de su historia, esta identificación reduce un paradigma de corte emancipatorio integral a los marcos económicos. Así reducida, no tendría mucho sentido esbozar la autogestión como posible práctica alternativa que subvierte los pilares de la civilidad capitalista. Este es uno de los grandes problemas teóricos que emergen en la discusión sobre los proyectos autogestio-narios. De ahí la necesidad de extender los límites de la autogestión a otras dimensiones de las prácticas asociativas que tienen como propósito crear una cultura autogestionaria. 

Por ejemplo, uno de los más importantes trabajos sobre la autogestión, el de Roberto Massari, restringe la autogestión al marco de la producción cuando se refiere a esta en términos de: «[…] un modelo de construcción del socialismo, en el cual las palancas principales del poder y los centros de decisión y control sobre los mecanismos productivos residirán en las manos de los productores directos, de los trabajadores democráticamente organizados».6 

Por otro lado, Adriano Brivio en su definición le da un carácter más general al término, lo “des-economiza” cuando señala que: 

[…] es un proceso mediante el cual se desarrolla la capacidad individual o de un grupo para identificar los intereses o necesidades básicas que le son propios y que a través de una organización permita defenderlos expresándolos con efectividad en la práctica cotidiana, basándose en una conducción autónoma y en una coordinación con los intereses y acciones de otros grupos, este concepto por su puesto que lleva implícito el de planificación, democracia participativa y desarrollo sustentable.7 

Aquí se propone la autogestión como un proceso de combinación de factores económicos, políticos, psicológicos, afectivos, volitivos; todo un proceso de interacción social – humana. Mediante él, las personas toman debida rienda de sus vidas, “asaltan” el proceso de toma de decisiones, con un debido balance de lo individual y lo colectivo. 

De lo que se trata es de entender la autogestión como una actitud ante la vida, como un modo de convivencia social. Si no se supera la trampa de la economía, y continuamos reduciendo las formas de dominación a la explotación económica, las otras seguirán su curso. Se hace necesario en los análisis ir “más allá” de la producción, de la separación entre economía y política que se ha propiciado en el capitalismo. 

Esta división está a su vez en la base de la distorsión de los criterios de Marx sobre la economía como el factor de última instancia, lo cual ha propiciado también la visión de la sociedad comunista como el manantial inagotable de la producción a causa del desarrollo incontenible de las “fuerzas productivas”; reducidas estas a aspectos tecnológicos. De hecho, los modelos de Schweickart, Ollman, Roemer y otros,8 parten del axioma de que el socialismo deberá ser más eficiente que el capitalismo, o sea, más “económico”. Esto es una trampa teórica. Seguir los derroteros del “progreso”, el “desarrollo”, el “crecimien-to económico”, etc., es seguir el patrón de crecimiento del capital, es no salir jamás de las redes del mercado capitalista, del aumento de la tasa de beneficios, del mito de Sísifo.* Siguiendo esos derroteros economicistas, la roca que arrastramos cuesta arriba al final nos cae encima de nuevo. 

Por el contrario, por autogestión se puede entender una orientación de la actividad humana que tiene lugar en y a través de la interacción entre (y dentro) de colectividades humanas, especialmente en el entorno de la lucha de clases. Ella tiene como objetivo principal que las personas y grupos humanos dirijan por sí mismos sus destinos. 

Esta orientación de la actividad humana supone independencia y autonomía en la organización de la producción y la proyección política de los sujetos y grupos sociales más o menos radicalmente en contra del sistema capitalista. Supone también un determinado grado de participación colectiva, activa y consciente en el proceso de toma de decisiones a distintos niveles. 

En términos de deber ser, la autogestión, esta cualidad y proceso inherente de las personas, estaría caracterizada por tres principales rasgos: 

1. Participación activa, consciente y libre en todos y cada uno de los procesos en los que se involucren las personas. 

2. Participación activa, consciente y libre en la toma de decisiones de todos y cada uno de los procesos que afectan la vida de quienes participan. 

3. Autonomía en el ejercicio de la participación y la toma de decisiones, autonomía entendida como proceso de empoderamiento del individuo en y a través de la interacción con colectivos humanos en cualquier esfera de la vida, autonomía entendida, igualmente, como responsabilidad individual ante la colectividad humana con la que (y a través de la cual) se interactúa. 

La cooperación y la solidaridad en la historia humana 

Engels, en carta a Lavrov de 1875,9 desmontaba el mito mediante el cual los seres humanos tienen una tendencia intrínseca a la lucha, al aniquilamiento, a la explotación de unos por otros. Por el contrario, Engels se empeñó en demostrar que las personas desde tiempos remotos han tendido a la colectividad, a la protección y la ayuda mutua.10 De hecho, desde la antigüedad, en áreas como Egipto, Babilonia, etc., ya existen rastros de asociaciones cooperativas y autogestivas. Al menos existen registros de una tendencia en ese sentido, como lo demuestra Iñaki Gil en sus escritos:

* Referencia al personaje mitológico que fue castigado a subir una pesada roca hasta la entrada del hoyo al que fue confinado, pero cada vez que alcanzaba su meta, la piedra volvía a caer y su castigo era eterno. 


Centrándonos más en el cooperativismo, una de las formas de la cooperación, quienes han buceado en el pasado hablan de que ya en el siglo -xv los egipcios disponían de asociaciones cooperativas para la administración económica; también hablan de que los fenicios desarrollaron una especie de cooperativas de seguros mercantiles y navieros en el siglo -xv. Sí se puede hablar de “proto-cooperativas” de ahorro y crédito durante la dinastía Chou en la China del siglo -xiii. Pero es en la Babilonia del -550 en donde descubrimos cooperativas que se asemejan mucho a las actuales, cooperativas de intercambio y mercantilización de productos agrícolas —undestabing—, pero también eran sociedades de créditos blandos para los pobres que, además, les defendían contra las exigencias de los prestamistas.11 

Durante toda la Edad Media, hubo organizaciones autogestivas y no debe subestimarse el rol que ellas tuvieron en aquel entonces, particularmente por la influencia que luego han ejercido en todo el movimiento anarquista y cooperativista en general. 

Con la consolidación del capitalismo industrial, hubo un consi-derable desarrollo de la organización en cooperativas en Inglaterra. Pero no es hasta febrero de 1819, que tras once días de huelga, los obreros del tabaco ingleses organizan la producción por sí mis-mos. Este acontecimiento, pudiera decirse, marca un punto de viraje en el movimiento cooperativo. Por primera vez, concientemente, los trabajadores toman las fábricas y comienzan a producir sin amos. 

El movimiento cooperativo moderno se puede afirmar que se ini-cia como tal y de manera sistemática con Robert Owen, máximo exponente en Gran Bretaña de un socialismo que rechaza la lucha de clases y que propugna la reforma económica mediante, entre otras cosas, el cooperativismo de producción y consumo y mediante bolsas de trabajo. Owen había comenzado a trabajar como hilador a los nueve años, y a los veinte ya era director de una fábrica textil en Manchester. Adquirió acciones en una textilera en Escocia (New Lanark) donde puso en práctica sus ideas acerca del rol de las condiciones externas en la conducta de las personas. 

En 1824, Owen logró reunir 50 000 libras esterlinas y compró 8 000 ha de campos y talleres para crear una comunidad autogestionaria de producción cooperativa. Los primeros miembros de New Harmony llegaron al año siguiente, y la armonía desapareció desde el primer segundo de experiencia colectiva. Según Emile Armand, «la producción cooperativa resultó un fracaso; las relaciones interpersonales entre los 900 miembros degeneraron en fracciones radicalmente opuestas; los trabajos comunales internos, desde la cocina hasta los aseos, originaban múltiples disputas; el autoritarismo personalista de Owen echaba leña a los fuegos de las disputas, y solo se salvó el sistema educativo».12 Para 1827, se había cerrado este experimento. Owen se desentendió de la experiencia y la fragmentación hizo el resto. 

Sin embargo, el fracaso de New Harmony no anuló el impacto de las ideas de Owen. En 1824 se había creado la London Cooperative Society; en 1827 la Brighton Cooperative Society; en 1829 una cooperativa especialmente dedicada a la difusión teórica y propagandís-tica del “owenismo” con el periódico British Cooperator. Entre 1830 y 1832 las cooperativas en Inglaterra ascienden de 300 a 500. 

En 1832, Owen crea la “Bolsa nacional de cambio equitativo del trabajo” que emite “billetes de trabajo” que se suponía expresaban el tiempo invertido en la fabricación más el costo de las materias y máquinas empleadas, sin tener en cuenta las relaciones de trabajo establecidas durante el proceso productivo. Este proyecto alternativo funcionó durante los primeros meses, mientras los artesanos y algunos pequeños industriales aceptaron su equivalencia supuesta. La euforia apareció entre los reformadores sociales que creían haber encontrado la fórmula mágica para instaurar pacíficamente el socialismo cooperativista oweniano. 

Por otro lado, la violencia de la burguesía había amilanado al naciente movimiento, 9 ahorcamientos y 457 deportaciones, según cita Iñaki Gil en su libro, habían frenado el ímpetu de las luchas obreras y campesinas, por lo que el owenismo apareció durante este período como la alternativa pacifista y realista de cambio gradual mediante un cooperativismo capaz de transformar desde dentro al capitalismo. Pero estos sueños se esfumaron a los pocos meses de aparecer el “billete de trabajo”. La burguesía aplicó el axioma de “golpéalo mientras esté abajo” (hit them while they are down) destrozando el movimiento, que con solo 6 deportaciones —los “mártires de Tolpuddle”, según la prensa owenista— se paralizó totalmente en 1834.13 

Una de las lecciones importantes de este experimento, en términos de cambio antisistema, radica en la insuficiencia de redistribuir la riqueza de forma justa manteniendo la base del modelo producti-vo del capital. La evidencia histórica, incluido este experimento pro-movido por Owen, apunta al colapso. La producción capitalista es incompatible con la justicia distributiva, al menos en la manera en que esta ha sido concebida y puesta en práctica en el último siglo. 

Ello no significa que no se puedan utilizar salidas antisistemas dentro del mismo. De hecho, es necesario explorar en esa dirección también. Sin embargo, va quedando claro que cualquier alternativa debe apuntar al corazón mismo de la sociedad del capital, es decir, a superar el sistema de relaciones y prácticas, de patrones de inte-racción social establecidos en la producción. 

Por aquel entonces ya el debate en torno al cooperativismo, el sindicalismo y el socialismo era enconado entre dos tendencias que hoy se mantienen, la oweniana (o interclasista*) y una más radical y clasista. En el primer tercio del siglo xix había emergido la corriente de los “economistas utópicos”, considerados en buena medida los “padres teóricos del marxismo”. Este socialismo utópico podría decirse que era más radical y coherente que el de Owen y la línea del cooperativismo ligada a sus ideas, porque sí denunciaba el capitalismo. 

* El término hace referencia a una especie de “convivencia pacífica” entre las clases, una mixture lejos de conflictos y choques. Obviamente, la vertiente “clasista” toma nota de los antagonismos reales entre clases explotadoras y explotadas. 

William Thompson, quien fuera uno de sus principales exponentes del socialismo utópico, insistió en la necesidad de que los sindicatos crearan cooperativas decididamente orientadas a la expansión de un sistema completo de vida comunista en la que los trabajadores sean “copropietarios, coproductores y cohabitantes”. Thompson, publicó en 1830 las Directrices prácticas para el establecimiento de comunidades, en las que afirma: 

"La sociedad, tal como está organizada actualmente, sufre ante todo escasez e inestabilidad en el empleo de las clases trabajadoras. ¿Cuál es la primera causa de este subempleo? Es la carencia de ventas y de mercados. No se logra vender los productos fabricados y entonces se malvenden a un precio in-ferior al coste de producción; por ello, los fabricantes no pue-den ofrecer empleo permanente y remunerado. El único recurso evidente es un mercado seguro para la mayoría de los productos indispensables. El sistema de trabajo cooperativo ofrece la solución. En lugar de buscar en vano mercados exteriores en el mundo entero, donde se encuentran sobrecargados o inunda-dos por la incesante competencia de productores hambrientos, realicemos la asociación voluntaria de las clases trabajadoras. Estas son suficientemente numerosas como para asegurar un mercado directo y mutuo de los bienes más indispensables en materia de alimentos, vestidos, mobiliario y alojamiento".14 

Charles Fourier, por su parte, imaginó una sociedad compuesta por cooperativas federadas que, según Iñaki Gil, «[…] él detalló minuciosamente, con precisión milimétrica, pero que en ningún momento detuvieron el empeoramiento de las condiciones de vida y trabajo de las clases oprimidas […]».15 Su sistema estaba basado en un principio universal de la armonía, desplegada en cuatro áreas: el universo material, la vida orgánica, la vida animal y la sociedad humana. Para Fourier, esta armonía solo puede prosperar cuando «las limitaciones que la conducta social convencional pone a la satisfacción plena del deseo, hayan sido abolidas, permitiendo una vida libre y completa».16 

El estado armonioso ideal se alcanzaría por la división de la so-ciedad en comunidades o “falanges” cooperativas, cada una compuesta por unas 1 600 personas que vivirían en el “falansterio”, un enorme edificio comunal situado en el centro de una gran área agrícola. Se establecerían normas detalladas para regular la vida de cada individuo de la falange. La asignación del trabajo se basaría en el talento. La propiedad privada no se aboliría, pero al mezclar al rico y al pobre, las diferencias visibles entre ellos desaparecerían. Los falansterios de Fourier no constituyeron una experiencia viable ni perdurable, pero su inspiración y su aliento fueron una fuente invaluable para la conformación del marxismo. 

En 1844, aparece uno de los grandes hitos del cooperativismo a lo largo de la historia, Los Pioneros de Rochdale. Fue en ella donde se establecieron los famosos “siete principios de Rochdale”* que vertebrarían desde entonces el espíritu de un cooperativismo interclasista y apolítico. 

Estos principios han articulado desde entonces una vertiente muy fuerte del cooperativismo que tiende a mantenerse en las reglas de juego del sistema. Su mayor exponente actualmente lo constituye el caso de la Corporación o Grupo Mondragón; el cual está tan inmerso en la lógica del mercado que ya invierten, a régimen de transnacional, en países como Marruecos y en regiones al sur de la propia España. 

Cuando ocurre la depresión de 1846-48, el cooperativismo europeo/occidental era mayoritariamente de consumo, manteniendo un espíritu de alternativa al capitalismo dentro de su legalidad, no antisistémica. Y una vez iniciada la recuperación económica, el grueso de ese cooperativismo se aisló aún más del nuevo movimiento obrero radical. El grueso del movimiento cooperativo emergió de la crisis con los objetivos de alcanzar mejores precios de consumo así como la máxima rentabilidad bancaria de sus crecientes resultados; buscando un eclecticismo ideológico que le permitiera sobrevivir al margen del sistema sin necesidad de luchar contra él para cambiarlo. 

Esta versión “light” o interclasista del cooperativismo se convirtió en uno de los pilares del reformismo laborista que surgió posteriormente. Ese movimiento cooperativo se desentendía de la reivindi-cación radical —marxista y anarquista— de la necesidad de lograr la propiedad colectiva de los medios de producción. Su centro de atención estaba en la ampliación del consumo de bienes, la mejora salarial y la cooperación interna.* Por tanto, este cooperativismo “light” a la larga no tendía al compromiso antisistema, sino que más bien a la coexistencia con y dentro del mismo. 


* Estos fueron tratados en el Tema 1. 

La influencia de la vertiente “Rochdale” del cooperativismo se hizo tan fuerte que, pese a que en esa misma época la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT)** defendía en sus congresos de Lausana (1864) y Ginebra (1866) la creación de cooperativas de producción antes que de consumo, fueron las ideas del cooperativismo reformista las que se extendieron a Latinoamérica. De hecho, según Gil: «En 1873 se crea una cooperativa en Puerto Rico. En 1875 el coope-rativismo se empieza a establecer en Montevideo, Uruguay, según los siete principios de Rochdale, y es aceptado por la burguesía como sistema integrador y desactivador de la áspera lucha de cla-ses, sobre todo tras la dura huelga de 500 trabajadores de fideerías en 1884. En 1897 se crea una cooperativa agrícola en Avellaneda, Argentina».17 

Marx y Engels sobre las cooperativas de su época 

Marx explica claramente su posición respecto al movimiento cooperativo de su época en una resolución adoptada durante el primer Congreso de la Asociación Internacional del Trabajo en Ginebra en septiembre de 1866. Aunque no asistió al Congreso, estas resoluciones fueron redactadas por él. El punto a) de la resolución plantea: 

"Reconocemos el movimiento cooperativo como una de las fuerzas transformadoras de la sociedad presente, fundada en el antagonismo de las clases. Su gran mérito es el de mostrar en la práctica que el sistema actual de subordinación del trabajo al capital, despótico y empobrecedor, puede ser suplantado por el sistema republicano de la asociación de productores libres e iguales". 

Sin embargo, en el punto b) precisa muy claramente que el movimiento cooperativo por sí mismo, no será el fin del sistema: 

* Referido a la cooperación solo entre miembros de la cooperativa o con cooperativas afines. 

** La AIT surge al calor de las luchas obreras en la segunda mitad del siglo xix. Marx tuvo un rol importante en su creación y desenvolvimiento. Feneció, como otras organizaciones similares, entre la fragmentación y la presión del capital. 

Para convertir la producción social en un gran y armonioso sistema de trabajo cooperativo, los cambios generales son indispensables. Estos cambios nunca se obtendrán sin el empleo de las fuerzas organizadas de la sociedad. Así pues, el poder del Estado, arrancado de las manos de los capitalistas y de los propietarios de la tierra debe ser organizado por los mismos productores.18 

Anteriormente en su discurso inaugural de la Asociación Internacional de Trabajadores, en 1864, Marx señalaba: 

"Pero quedaba en reserva una victoria aún mayor de la economía política del trabajo sobre la economía política de la propiedad. Nos referimos al movimiento cooperativista, especialmente en las factorías en régimen de cooperativas, establecidas sin ayuda alguna, por los esfuerzos de unos cuantos valientes. Nunca se exagerará bastante el valor de estos grandes experimentos sociales. Con hechos, no con palabras ellos han demostrado que la producción a gran escala y de acuerdo con los requerimientos de la ciencia moderna es posible sin la existencia de una clase de patronos que contrate a una clase de trabajadores; que para dar fruto no es necesario que los medios de producción estén monopolizados como me-dios de dominación y extorsión del hombre trabajador; y que, al igual que el trabajo de los esclavos y de los siervos, el trabajo asalariado no es sino una forma transitoria e inferior, destinada a desaparecer frente al trabajo asociado realizado con mano decidida, mente despierta y corazón alegre [...] Al mismo tiempo, la experiencia del período [...] ha demostrado sin lugar a dudas que el trabajo cooperativo, por excelente que sea en teoría y por muy útil que sea en la práctica, si no va más allá del estrecho círculo de los esfuerzos ocasionales de unos trabajadores a título individual, jamás será capaz de detener el crecimiento en progresión geométrica del monopolio, de liberar a las masas ni de aliviar siquiera mínimamente la carga de sus miserias. Para salvar a las masas obreras, el trabajo cooperativo tendría que desarrollarse a escala nacional y, consiguientemente, debe-ría ser fomentado con medios de la misma naturaleza. Sin embargo, los señores de la tierra y los señores del capital usarán siempre sus privilegios políticos para la defensa y perpetuación de sus monopolios económicos. Por eso, lejos de promoverla, seguirán poniendo todos los obstáculos posibles en el camino de la emancipación del trabajo [...]19 

Así, al mismo tiempo que alababa ese «trabajo asociado realizado con mano decidida, mente despierta y corazón alegre», Marx señalaba los grandes impedimentos que limitaban el despliegue del cooperativismo en las condiciones de dominio del capital. De ahí que la revolución política, la conquista del poder político de los trabajadores deviniera una condición fundamental para la emancipación del trabajo. 

Marx, quien fue un defensor del cooperativismo, hizo el énfasis sobre las cooperativas de producción y no de consumo. Según él, el cooperativismo de consumo solo afecta al reparto, a la esfera de la circulación, y únicamente puede mitigar en parte la injusticia pero no combatir la explotación en su misma raíz. Por lo contrario, las cooperativas de producción ayudan a minar, siempre que vayan dentro de un programa general de transformación revolucionaria, la lógica del capitalismo, su proceso de explotación y de extracción de plusvalor como requisitos previos insalvables para el mantenimiento de la producción misma. Este argumento es central y estratégico en toda la concepción marxista al demostrar el rol del cooperativismo dentro del proceso global que va desde el apoyo mutuo precapitalista a la autogestión socialista como paso previo al modo de producción comunista. 

Esta insistencia de Marx en la importancia de transformar la pro-ducción y no solo la distribución no es casual sino plenamente cohe-rente con la tesis estratégica de que solo mediante la «expropiación de los expropiadores» se culmina el proceso de desalienación huma-na; según plantea en el sexto capítulo inédito del primer tomo de El capital. Esta expropiación tiene lugar también en el proceso de producción, en las relaciones que se establecen entre los trabajadores y este. De hecho, Marx afirma: 

"En este proceso los caracteres sociales del trabajo aparecen, ante los obreros, como si estuvieran capitalizados frente a ellos: en la maquinaria, por ejemplo, los productos visibles del trabajo aparecen como dominadores del trabajo. Naturalmente, sucede lo mismo con las fuerzas de la naturaleza y de la ciencia (ese producto del desarrollo histórico general en su quintaesencia abstracta), las cuales hacen frente, al obrero, como potencias del capital, desligándose efectivamente de la habilidad y del saber del obrero individual. Aunque sean, en su origen, producto del trabajo, aparecen como incorpora-das al capital, apenas el obrero entra en el proceso de trabajo. El capitalista que emplea una máquina no tiene necesidad de comprenderla; sin embargo, la ciencia realizada en la má-quina, aparece como capital frente a los obreros. De hecho, todas esas aplicaciones —fundadas sobre el trabajo asociado— de la ciencia, de las fuerzas de la naturaleza y de los produc-tos del trabajo en serie, aparecen únicamente como medios de explotación del trabajo y de la apropiación de plustrabajo, y, por tanto, como fuerzas, en sí, que pertenecen al capital. Naturalmente, el capital utiliza todos esos medios con el único fin de explotar trabajo, pero, para hacerlo, debe aplicarlos a la producción. Así, el desarrollo de las fuerzas productivas sociales del trabajo y las condiciones de ese desarrollo aparecen como obra del capital, y el obrero se encuentra, frente a todo ello, en una relación no solo pasiva, sino antagónica".20 

Además, la “expropiación de los expropiadores”, o sea, la supe-ración histórica de la propiedad privada de los medios de produc-ción y de todas sus consecuencias, desde la mercantilización hasta el dinero (no solo dentro del lugar de trabajo), culmina a su vez en el proceso revolucionario que asciende desde las cooperativas obre-ras y populares hasta el comunismo, pasando por el control obrero, la ocupación de fábricas, los consejos y soviets, la autogestión social generalizada, etc. Desde esta perspectiva, se comprende mejor la dialéctica de factores económicos, sociales, políticos, culturales, filosóficos y ético-morales que define el proyecto marxista. 

Dada la importancia que le daba Marx a la desenajenación del trabajo, él criticaba fuertemente a las cooperativas donde el poder de la toma de decisiones, de la gestión, no era equitativo para todos los trabajadores (como en las cooperativas que seguían el principio de Rochdale de un “hombre un voto”) sino que de acuerdo con las acciones de sus empresas que ellos tuvieran. De hecho, se puede coincidir perfectamente con Texier en que: 

[…] a pesar de todas las reservas o añadidos necesarios, Marx hace en definitiva un juicio muy positivo sobre las fábricas cooperativas. El razonamiento se articula en la caracterización de las sociedades por acciones desde un doble punto de vista: De una parte, tiene la particularidad de que el capital no es privado sino “social”: es una socialización que opera en el marco del sistema capitalista sin abolirlo; es pues una socialización contradictoria, pero que prepara directamente la socialización auténtica del modo de producción de los productores asocia-dos. Y esto tanto más cuanto estas sociedades por acciones son también caracterizadas por la desunión de la propiedad y de las funciones de dirección.21 

Si algo trataba Marx de dejar claro era su oposición al desarrollo de un accionariado asalariado en las empresas. Para él, las sociedades por acciones son una forma capitalista de socialización del ahorro que puede modificar la propiedad privada capitalista, pero no cambia el sistema. Serían las cooperativas obreras de producción las que, incluso a nivel de gestión de la empresa, pudieran conducir a la transformación socialista de la sociedad ya que acaba con el poder del patrón a nivel de todo el sistema.* Marx puso bajo cuestionamiento a las sociedades por acciones y las cooperativas obreras en el capítulo del tomo III de El capital, consagrado al rol del crédito en el desarrollo del capital. 

Es cierto que Marx habla en el mismo capítulo de las sociedades por acciones y de las cooperativas obreras. Pero el choque de frente entre las dos no se encuentra en Marx. Ello se realza con la única responsabilidad científica de Jean Lojkine.22 Si queremos hacernos una idea sobre lo que Marx pensaba de esta asimilación de las cooperativas de producción a las sociedades por acciones, es necesario leer la resolución —redactada por él— del primer Congreso de la Asociación Internacional de Trabajadores, cuyo punto e) sobre el trabajo cooperativo plantea: «con el fin de impedir que las sociedades cooperativas degeneren en sociedades ordinarias burguesas (sociedades por acciones), todo obrero empleado debe necesariamente recibir el mismo salario, asociado o no. Como compromiso pura-mente temporal, admitimos un beneficio mínimo a los socios».23 

* Este análisis está presente en el trabajo de Texier citado anteriormente. 

Aunque por otras razones, Marx también se opuso resueltamente a las cooperativas sostenidas por Lassalle (básicamente de créditos) por-que ellas habían de estar financiadas y controladas por el Estado. Para Marx, con esas cooperativas de ahorro y crédito la clase obrera habría vendido su alma —es decir su autonomía— por un plato de lentejas. Él consideraba a las cajas de ahorro como «[…] la cadena de oro en la que el gobierno tiene en sus manos a gran parte de los obreros».24 

Por otro lado, para Marx la cooperativa obrera (de producción) es una forma colectiva de apropiación privada. Es decir, ella anula el poder de los patrones en una empresa, pero ello no implica necesariamente la abolición del capitalismo. Para ello, las cooperativas de producción deben dejar de funcionar de forma aislada y pasar a funcionar de forma coordinada. 

La necesidad de que las cooperativas se integren en un sistema nacional y sean guiadas por un plan es planteada por Marx en La guerra civil en Francia; en la cual la cuestión del rol de las cooperativas en el comunismo es un pasaje esencial. El concepto de comunismo avanzado por Marx reemprende los términos que había utilizado en uno de los capítulos finales del tomo I de El capital: en los dos casos, está presente la cuestión de la expropiación de los expropiadores, pero también una definición de la propiedad comunista que hace intervenir el concepto de propiedad individual: «Quería hacer (la Comuna de París) de la propiedad individual una realidad, transformando los medios de producción, la tierra y el capital, hoy esencialmente medios de servidumbre y de explotación del trabajo, en simples instrumentos de un trabajo libre y asociado».25 Después de criticar a los “reformadores burgueses” que frente a las dificultades del capitalismo «se convierten en los apóstoles inoportunos y ruidosos de la producción cooperativa»,* Marx precisa así su posición: 

"Pero si la producción cooperativa no debe quedar en un señuelo y en una trampa; debe eliminar el sistema capitalista, si la unión de las asociaciones cooperativas deben regular la producción nacional según un plan común, tomándola así bajo su propia dirección y poniendo fin a la anarquía constante y a las convulsiones periódicas que son el destino ineluctable de la producción capitalista ¿qué sería esto, señores, sino el comunismo, el muy “posible” comunismo?"26 

* Marx califica el socialismo proudhoniano de socialismo burgués y de pequeño burgués. Burgués, porque lo que propone realizar ya existe, la ilusión de ello al menos. Pequeño-burgués, porque Proudhon es la encarnación de la contradicción entre el capital y el trabajo, y su socialismo es esencialmente de origen campesino y artesanal. 

Vale la pena, asimismo, detenerse en el aspecto en el que Engels reflexiona sobre la obra de la Comuna de París en su prefacio de 1891. Menciona, en primer lugar, que el 16 de abril de 1871: «[...] la Comuna ordena un censo de las fábricas paradas por los fabri-cantes y la elaboración de planes para dar la gestión de estas empresas a los obreros que trabajan en ellas hasta que se unifiquen en asociaciones cooperativas, organizadas, asimismo en una sola gran federación».*27 

Es importante notar el uso que hace Engels del término “asociación” en sus críticas a los proudhonianos y blanquistas a raíz de la Comuna de París. Después de El manifiesto, Marx y Engels designan la sociedad comunista como “la asociación” (el término “comunista”, como aclara Texier,28 estaba reservado a la designación de las formas de apropiación común precapitalistas) y es también, en cierta forma, como Marx designa el comunismo en El capital».29 

En ese mismo prefacio de 1891 a La guerra civil en Francia, Engels señala que —contrario a lo planteado por Proudhon— las grandes empresas habrían dejado de ser una excepción para la asociación de los trabajadores: 

[...] el decreto más importante de la Comuna, instituía una organización de la gran industria y de la manufactura, que debían, no solamente sostenerse sobre la asociación de los trabajadores en cada fábrica, sino que también debían reunir todas esas asociaciones en una gran federación; en breve, una organización que, como Marx dijo muy acertadamente en La guerra civil en Francia, debía conducir finalmente al comunismo, es decir exactamente a lo opuesto de la doctrina de Proudhon.30 

Lo planteado por Marx y por Engels son dos versiones ligeramente distintas de un mismo pensamiento. Para ellos, las cooperativas abandonadas a su aislamiento son un señuelo; mientras que cuando son reagrupadas en el seno de una federación, devienen al comunismo y pueden afrontar las tareas de la planificación sin las que no hay comunismo. 

* Aquí sería necesario tratar la cuestión de que el socialismo y el comunismo no existen sin planificación y que ello supone la apropiación social de las relaciones mercantiles. 

Las cooperativas y el concepto marxista de la propiedad social 

Debe abundarse sobre la necesaria transformación de la “propiedad” o “apropiación” o control público (donde el Estado se apropia de los medios de producción y de cambio en el nombre de toda la sociedad), en propiedad social auténtica que solo puede poner fin a la separación de los productores con respecto a sus medios de producción. Jaques Texier, en su análisis sobre democracia, socialismo y autogestión, enfatiza que solo esta apropiación social auténtica autoriza hablar del comunismo como una libre asociación de productores. Esta libre asociación tiene su punto de partida en la apropiación de la fábrica por los trabajadores, quienes administran en lo sucesivo su fábrica en lugar de los patronos. 

Las cooperativas ofrecen el primer ejemplo de cómo podría ser esta participación directa en la gestión de su fábrica; sin la cual no hay apropiación social por los trabajadores. Por tanto, podría decirse que las cooperativas sin planificación no son todavía el socialismo; pero, recíprocamente, sin la gestión directa de la empresa por sus propios trabajadores la apropiación pública no conduce a la asociación de los productores y se tiene, entonces, una «transición bloqueada».31 

Se puede también partir de la idea expresada por Marx en La guerra civil en Francia, según la cual el comunismo, expropiando a los expropiadores restablece la propiedad individual de los trabajadores, no sobre instrumentos de producciones dominables individualmente, pero sí sobre los medios de producción social que no pueden ser puestos en marcha más que por el “trabajador colectivo”, esto es, el conjunto de hombres y mujeres que de manera colectiva produ-cen y controlan la producción, sin sentido de “posesión”. 

Esta cuestión ya estaba reflejada en el capítulo del tomo I de El capital sobre «La tendencia histórica de la acumulación capitalis-ta». Los términos deben ser traídos de nuevo porque el texto no ha sido siempre considerado con atención: 

Pero la producción capitalista engendra a su alrededor, con la ineluctabilidad de un proceso natural, su propia negación. Es la negación de la negación. Ésta no restablece la propiedad privada, pero, era el motivo, la propiedad individual fundada sobre las conquistas de la era capitalista: sobre la cooperación y la posesión común de la tierra y de los medios de producción producidos por el trabajo propiamente dicho.32 

Resulta difícil hacerse una idea precisa de esta propiedad individual que no es una propiedad privada. Marx sugiere pensar en lo que caracterizaba las formas de propiedad anteriores a la propiedad privada burguesa. Esta en efecto es de una gran simplicidad, al menos en principio. Se es propietario o no. Las formas precapitalistas conocían formas de apropiación mucho más complejas, en las cuales los sistemas de derechos se entrecruzaban. Marx recurre a los términos de “propietario” y “poseedor” para describirles. Por ejemplo, respecto a la tierra, el siervo “posee” su parcela que cultiva de manera autónoma; el señor será su “propietario” y le sería necesario el recurso a la coacción extraeconómica para obligar al campesino a entregar un sobretrabajo al señor.33 

Para el comunismo es a la inversa: en una organización producti-va, el productor asociado es propietario individual o colectivo (para el caso de una cooperativa, por ejemplo) y él posee sus medios de producción en común con todos los demás trabajadores de esa orga-nización y/o con los demás miembros de la sociedad. La posesión nos remite habitualmente a la libre disposición, al uso de un bien; y ello no se corresponde necesariamente con la propiedad legal de ese bien. En cuanto a la propiedad, sería necesario precisar con quién el trabajador es copropietario de la empresa. ¿Con otros traba-jadores de la empresa, o con el conjunto de los ciudadanos? O bien la relación de propiedad es todavía más compleja. 

Por otro lado, para captar bien la posición de Marx sobre las cooperativas obreras, se debe retornar sobre el capítulo III de El capital, dedicado al rol del crédito en la producción capitalista, publicado por Engels en 1894. Este permite comprender por qué puede decirse que la fábrica cooperativa funciona en cierto modo como una fábrica capitalista, donde los obreros se explotan a sí mismos y, además, cómo es que Marx ve, al mismo tiempo, la capacidad antisistema de la propiedad cooperativa. 

Es importante también señalar la idea presente en La guerra civil en Francia,34 entre las notas más tardías en las que Marx responde a los ataques de Bakunin en relación con el hecho de que los obreros de una fábrica cooperativa eligen a sus directores. Marx defiende la práctica de elegir a nuestros representantes no solo en el parlamento sino también en los “negocios”: 

En lugar de decidir una vez todos a cuál de los tres o seis miembros de la clase dirigente que han de “representar” y pisotear al pueblo en el parlamento, el sufragio universal debe servir al pueblo constituido en comunas, como el sufragio individual sirve a cualquier otro empleador en la búsqueda de obreros y de personal de dirección para su negocio. Es un hecho bien conocido que las sociedades, como los individuos, en materia de auténticos negocios saben generalmente situar a cada cual en su lugar y, si comenten algún error, saben rectificarlo inmediatamente.35 

Esto mismo puede verse en las notas que él redactó al final de 1874 y principio de 1875, para refutar las críticas anarquistas de Bakunin donde este recurre al argumento clásico contra la dele-gación de poder. Para responderle, Marx se apoya directamente en la experiencia de las fábricas cooperativas: 

Con la propiedad colectiva, desaparece la pretendida voluntad del pueblo para dar lugar a la voluntad real de la cooperativa. […] 

Si el señor Bakunin conociera solo la posición de un gerente en una fábrica cooperativa obrera, todos sus señoriales sueños se irían al diablo. Si hubiera tenido la ocasión de preguntarse: ¿qué forma pueden tomar las funciones de administración sobre la base de este Estado obrero, ya que a él le place llamarle así?36 

Por tanto, en esas cooperativas obreras, la contradicción entre el capital y el trabajo ha sido suprimida, incluso si los trabajadores no son desde el principio más que su propio capitalista pues utilizan los medios de producción para valorar su propio trabajo mediante el mercado. Ellas nos muestran cómo, en un cierto grado de desarrollo de las fuerzas productivas materiales y de las formas socia-les correspondientes de producción, un nuevo modo de producción puede surgir y desarrollarse de manera natural a partir de un modo de producción dado.37 

Las cooperativas, entre la absorción capitalista y la prefiguración comunista 

Aquí es necesario retornar al discurso de Marx de 1864 citado al inicio, en el cual señalaba que «los señores de la tierra y los señores del capital» harían todo lo necesario «para la defensa y perpetuación de sus monopolios económicos». Y eso han hecho. La realidad es que las cooperativas han sido absorbidas por un sistema capaz de generar constantes “contraalternativas” a las alternativas que surgen en su contra. La experiencia histórica evidencia que el sistema es capaz de devorar lo que se le oponga, ya sea haciéndolo un producto del mercado, o sea, subsunción cultural, o a cañonazos. 

Marx y Engels debieron también establecer una ardua polémica con toda la ola reformista que invadió Europa a fines del siglo xix. Los defensores del camino de Rochdale comenzaban a ser mayori-tarios, esta vez encarnados en la “contrarrevolución marginalista” del último tercio del siglo xix de la que más tarde renacería el actual neoliberalismo. Ese movimiento reformista era a la vez defensor a ultranza de la “economía social” en la que se establecía una com-pleja alianza interclasista mediante la acción de colectivos de ayuda, de cooperativismo integrador, etc. León Walras fue su principal pro-motor y, a partir de su influencia se fomentó un movimiento real-mente regresivo que derivó en la creación en 1895 de la Asociación Cooperativa Internacional, cuyas bases programáticas eran las de Rochdale, pero esta vez con un carácter nada ingenuo. 

Semejante evolución se inscribía en el aumento de las contradic-ciones internas en la socialdemocracia por las presiones y problemas surgidos por el tránsito de la fase colonial del capitalismo a su fase imperialista. El debate sobre el cooperativismo no podía aislarse de ese cambio objetivo y subjetivo, como se comprobó más tarde en el Congreso de la AIT en Hannover de 1899 en el que se formaron dos tesis opuestas sobre el tema en cuestión, una la de los seguidores de Marx y Engels, y otra pequeño-burguesa y apoliticista de los seguidores de Krüger y Schulze-Delitzsch.* 

* En los trabajos de Iñaki Gil y de Emile Armand hay todo un acopio de datos ilustrativos de la polémica de ambas tendencias. 

Marx, al tiempo que tomaba parte activa en este debate, también comenzaba a tomar nota de los desarrollos de las comunidades campesinas en Rusia y de su posible devenir en términos antisistemas. Una preocupación básica fue la de contextualizar los límites objetivos y subjetivos a partir de los cuales sería posible o no saltar de la comuna campesina y de la propiedad colectiva de la tierra a la democracia socialista y a la propiedad social de las fuerzas productivas. Es decir, descubrir en la evolución social un punto crítico de no retorno a partir del cual esa comunidad campesina no podría ya eludir los terribles costos y sacrificios de la fase histórica capitalista y daría un salto a relaciones superiores. 

El carácter agrario y semifeudal de las relaciones de producción en Rusia no le era ajeno a Marx, pero a su vez, podía apreciar en la “obs-hina”* y en otras formas de asociación particularmente agrarias una vía de salida del sistema. En la presentación de la segunda edición rusa de El manifiesto comunista, Marx afirmaba junto con Engels: 

El manifiesto comunista anuncia la inevitable cercanía de la disolución de la propiedad burguesa moderna. En Rusia, sin em-bargo, nos encontramos con que el timo capitalista del rápido florecimiento, y la recientemente desarrollada propiedad burguesa de la tierra se enfrenta con la propiedad comunal campe-sina de la mayor parte de las tierras. Esto plantea la pregunta: ¿Puede la obshina rusa, forma, aunque muy erosionada, de la primitiva propiedad comunal de la tierra, pasar directamente a la forma superior, comunista, de propiedad comunal? ¿O bien debe pasar primero por el mismo proceso de disolución que caracteriza el desarrollo histórico de Occidente? Hoy existe una sola respuesta. Si la revolución rusa se convierte en una señal para la revolución proletaria en Occidente, de tal modo que una complemente a la otra, entonces la propiedad campesina común de la tierra podrá servir como punto de partida para un desarrollo comunista.38 

* La obshina fue un tipo de asociación en el campo ruso que partía de formas colectivas de producción y distribución, en las cuales Marx veía gérmenes de un modo de producción superior al del capitalismo. La revolución rusa de 1917 comenzó por el sector urbano e industrial y adoptó los soviets como forma de organización, dejando la experiencia de la obshina en la opacidad. 

Lenin y las cooperativas 

Por su parte Lenin, quien conocía muy bien la sociedad rusa de fines del siglo xix y principios del xx, reconoció, al igual que Marx, la importancia del análisis de las relaciones en el agro ruso y del rol de las colectividades campesinas. Además, Lenin insistía con mucha fuerza en el rol activo y dinámico que la autogestión tendría en el sector de la clase obrera. 

En 1901, adquirió bastante fuerza en Moscú, Odessa, Minsk y otras ciudades industriales la “Asociación de ayuda mutua de los obreros de la industria mecánica”, que seguía las tesis de Zubatov según las cuales el movimiento obrero debía organizarse económicamen-te, participando en la administración de la empresa pero siempre al margen de toda pretensión política y socialista, participación que sin embargo terminaba dependiendo del Estado zarista. Las izquierdas denominaron a este programa “socialismo policíaco”. Según apunta Iñaki Gil: 

La agudización de la lucha de clases destrozó el movimiento para finales de 1903. Pero también dentro de los bolcheviques existía una tendencia que sostenía que el socialismo triunfaría solo cuando, además de otros dos requisitos como la automati-zación y el desarrollo previo de la conciencia proletaria, el coo-perativismo llegase a dominar y dirigir el desarrollo industrial. Sin esas tres condiciones no podía esperarse la consecución del socialismo.39 

La revolución rusa de 1905 significó un movimiento radical en cuanto a las concepciones sobre la necesidad del tránsito hacia una sociedad no capitalista, y el cooperativismo y la autogestión no estu-vieron al margen de tal proceso de radicalización. La revolución rusa de nuevo trajo el problema de la necesidad de que las cooperativas “cruzaran la línea” y se radicalizaran. El cooperativismo solo podía ser entendido como uno de los momentos del proceso autogestionario colectivo de la fuerza de trabajo social en su lucha emancipadora y desalienadora. Esta constatación fue avalada por el debate sobre las formas masivas de huelga, desde la Huelga General hasta el sin-dicalismo revolucionario, pasando por las relaciones entre el partido y el espontaneísmo de masas. Las ideas de Rosa Luxemburgo al res-pecto y la generalización de los debates en la Segunda Internacional y en el ámbito anarquista planteaban la revolución socialista como un proceso que inevitablemente pasaría por las experiencias consejistas, sovietistas y de poder obrero y popular.40 

En el Congreso Socialista Internacional de Copenhague de 1910, en el cual Lenin participó activamente, debatió con mucha fuerza el tema del cooperativismo. Las tendencias reformistas habían estado imponiéndose desde finales del siglo xix y principios del xx. Sin embargo, a contrapelo de lo que el movimiento reformista pretendió imponer, el Congreso había realizado planteamientos programáticos que implicaban una radicalización. Era cada vez más evidente que se aproximaba el momento de “llegar a las líneas”, de cruzarlas. 

Lenin en aquel momento definía las dos líneas o estrategias distintas de acción: 

Una, la línea de lucha de clase del proletariado, el reconocimiento del valor que tienen las cooperativas como un instrumento de esta lucha, como uno de sus medios auxiliares, y la definición de las condiciones en las cuales las cooperativas desempeñarían realmente ese papel, en lugar de ser simples empresas comerciales. La otra línea es la pequeño-burguesa, que oscurece el problema del papel de las cooperativas en la lucha de clase del proletariado, les otorga un significado que va más allá de esta lucha (es decir, confunde las opiniones proletarias y las de los patronos sobre las cooperativas) y define sus objetivos con frases generales que también pueden ser aceptables para el reformador burgués, ese ideólogo de los grandes y pequeños patronos progresistas.41 

Lenin retomaba la línea de Marx en cuanto al rol de las cooperativas de consumo y la importancia de estimular la creación de cooperativas de producción de manera que se pudieran atacar las bases del sistema capitalista. Esta última tesis sobre la integración de las cooperativas de producción en las de consumo tiene una importancia trascendental desde la perspectiva marxista. Ella atañe al núcleo del problema, a saber, el cooperativismo como uno de los instrumentos decisivos de la producción socialista y por tanto, uno de los instrumentos decisivos para lograr la extinción histórica de la ley del valor – trabajo. El secreto del problema radica en que las cooperativas deben tener capacidad de autogestionar el proceso entero de producción, circulación y venta, y reparto e inversión desde los criterios cooperativistas y de ayuda mutua de los beneficios obtenidos. O sea, romper de raíz la lógica de la acumulación privada capitalista. 

La gran revolución de 1917 les permitió a los revolucionarios rusos poner en práctica muchas de las ideas que habían estado a debate sobre las cooperativas, tanto en el sector industrial, obrero, como en el campo. No obstante la dinámica asumida por el proceso y lo precipitado de todos los acontecimientos, Lenin siempre aconsejó paciencia y prudencia a la hora de ensayar procesos cooperativos en el campo. 

La prudencia hacia el campesinado se asentaba en una muy deci-dida iniciativa de fortalecer el poder de los soviets con conquistas revolucionarias cualitativas como las que aparecen en el “Proyecto de reglamento del control obrero” redactado por Lenin el mis-mo día que su declaración anterior: «Queda establecido el control obrero sobre la producción, conservación y compraventa de todos los productos y materias primas en todas las empresas industriales, comerciales, bancarias, agrícolas, etc., que cuenten con cinco obre-ros y empleados (en conjunto), por lo menos, o cuyo giro anual no sea inferior a 10 000 rublos».42 La extensión del control obrero a las empresas agrícolas iba destinado a asegurar que en un contexto tan cargado de prejuicios, dependencias y miedos, impuestos por la explotación, pudiera existir un clima de autoconfianza de los campesinos pobres y trabajadores agrarios. 

En las complejas condiciones en las que tenía lugar la revolución, los sectores con menor grado de conciencia, más alienados, no respondían solo a motivaciones ideológicas, religiosas, a costumbres, raíces culturales y tradiciones ancestrales. Estaban actuando en el entorno de las condiciones materiales de su existencia, en estrecho vínculo con toda una serie de prejuicios reaccionarios y subjetivos en apariencia separados totalmente de la miseria material objetiva. Una de las finalidades y a la vez virtudes del cooperativismo, de los comités, de los soviets era precisamente, de un lado, la de poner sobre sus pies esta situación invertida, demostrando en la prácti-ca diaria a las masas trabajadoras que disponían de instrumentos concretos para emanciparse a sí mismas. De otro lado, ello permitía simultáneamente demostrar que por debajo de tanta aparente diferencia y dentro de tanta complejidad, existía una explotación última de su fuerza de trabajo, de su género y de su nacionalidad que solo podía resolverse mediante la revolución socialista. 

En este sentido, en el III Congreso de las Cooperativas Obreras, Lenin señalaba: 

Todos convenimos en que las cooperativas son una conquista del socialismo. Por eso cuesta tanto lograr las conquistas socialistas. Por eso es tan difícil triunfar. El capitalismo dividió intencionadamente a los sectores de la población. Esta división tiene que desaparecer definitiva e irrevocablemente, y toda la sociedad ha de convertirse en una sola cooperativa de trabaja-dores.43 

Era, en sus propias palabras, el “problema más vital del momento”, el tránsito de las cooperativas de corte burgués a una asociación comunis-ta de producción y consumo que agruparía a toda la población.44 

En medio del desafío que constituía la NEP, Lenin estimulaba por todos los medios posibles el rol de las cooperativas y las experiencias autogestionarias. De hecho, constantemente llamaba a los funcionarios del Partido a apoyar tales empeños. «Y en este momento, el ascenso y la restauración de la economía nacional en el Esta-do obrero y campesino dependen más que nada del mejoramiento de la vida y de la hacienda de los campesinos [...] Las autoridades soviéticas deben controlar la actividad de las cooperativas, para que no haya fraudes, ocultación al Estado ni abusos. En ningún caso deberán poner trabas a las cooperativas, sino ayudarlas por todos los medios y colaborar con ellas».45 Lo que hoy se traduciría en acceso a tecnologías de avanzada que permitan una interacción constante en tiempo real de los actores inmersos en los procesos autogestivos, dinamizar esa interacción, y un control social que oriente dichos procesos más allá de los estrechos horizontes del capitalismo. 

En 1922, Lenin insiste en “Tesis sobre el Banco Cooperativo” en la «participación en el Banco de los más destacados cooperativistas comunistas de la agricultura para controlar y apresurar el traba-jo; estímulo del Banco del Estado al Banco Cooperativo en forma de reducción del interés».46 La urgencia de Lenin nace de la inmensa complejidad de los problemas a los que se enfrenta el poder de lossoviets, y, en especial, del peso, influencia y poder creciente que va tomando la burocracia incrustada en el aparato administrativo. 

Ya en medio de su agonía, Lenin, alrededor de marzo de 1923 termina de escribir uno de sus últimos trabajos, al que tituló precisamente “Sobre las Cooperativas”. Un trabajo bastante extenso en el que delineaba de manera programática las visiones sobre la sociedad socialista en la perspectiva autogestionaria: 

"Hablando con propiedad, nos queda por hacer una cosa “nada más”: elevar a nuestra población a tal grado de “civilización” que comprenda todas las ventajas de la participación de cada cual en las cooperativas y organizar esta participación. Ahora bien, cuando los medios de producción pertenecen a la socie-dad, cuando es un hecho el triunfo de clase del proletariado sobre la burguesía, el régimen de los cooperativistas cultos es el socialismo.47 

Lenin falleció poco tiempo después. La historia posterior es bastante conocida. La práctica socialista en la URSS derivó a un sistema en el que la autogestión no tuvo el más mínimo espacio. La cooperativización forzosa trajo más problemas de los que resolvió. La estatización de la economía y el congelamiento del debate público y teórico impidieron la circulación de ideas distintas a las que Sta-lin presentó como el único socialismo. No es de extrañar entonces la reacción visceral a la propuesta autogestionaria que se gestó en Yugoslavia después de la II Guerra Mundial, con una URSS rectora del paradigma socialista y Stalin a la cabeza. 

Consideraciones finales 

La posición de Marx sobre las potencialidades de las cooperativas para la superación del capitalismo no es una mera conclusión académica. Además de lo ya planteado, se sabe con qué admiración se refirió a la propensión asociativa de los trabajadores franceses e ingleses, al destacar la nueva ética y la espiritualidad que se construía en esas relaciones. Se puede apreciar que para Marx el cooperativismo tiene un valor incalculable y una amplísima esfera de aplicación. Si bien nunca afirmó que fuera este el único camino, ni el más habilitado para el derrumbe del capitalismo, Marx sí tomó nota de la nueva fase en la que entraba la sociedad del capital, una fase en la que comenzaban a producirse procesos de organización que pudieran derivar en el cambio radical de las relaciones que sostienen dicho modo de producción. 

No obstante, Marx criticaba profundamente al espontaneísmo y el reformismo acompañantes del movimiento cooperativo y autogestionario en general, pues la influencia y el atractivo de la propuesta “rochdeliana” ameritaban una aproximación crítica y nada ingenua al asunto. 

Por otro lado, ante las enormes dificultades históricas que se alzaban para su realización práctica, la teoría marxista posterior dejó en la opacidad el contenido del término “asociación de trabajadores libres”. En otras palabras, ¿cómo acceder a esa socialidad liberada en términos concretos? 

Esta imprecisión, junto con la impronta del modelo estatista hipertrofiado que legó la experiencia del socialismo real —y la consecuente descalificación a priori de los intentos autogestionarios que pugnaban por convertirse en alternativas anticapitalistas— derivó en menosprecio de las posibilidades políticas del movimiento cooperativo durante varias décadas. 

Además, la historia de las experiencias de construcción socialistas ha propiciado el entendimiento de la transformación socialista como un proceso que comienza “desde arriba”, por la superestructura, por medio de la toma del poder y la posterior transformación de la base económica. Se ha supuesto, desde el principio, que no puede ser a la inversa. Pero, ¿dejó Marx cerrado el camino de los cambios al socialismo dentro del sistema?, ¿qué rol tendría la autogestión para el cambio social? Por otro lado, ¿han resuelto los diversos proyectos de socialismo el tema del poder real de los trabajadores, del socialismo en la economía, del trabajo más allá del empleo? 

La limitación (aceptable en Marx, pero inentendible hoy) es la confusión de la agrupación en cooperativas con la autogestión. Ello limita a la autogestión, la deja atrapada en la burbuja de la economía y al cabo la vuelve “inofensiva” al capital, como ha podido apreciarse en numerosos experimentos de este tipo. 

Evidentemente, la existencia de cooperativas no implica que ocu-rra la autogestión, que se esté construyendo el socialismo. Pero si el capitalismo es un modo de producción basado en la propiedad privada sobre los medios de producción, entonces aquellas formas que produzcan y reproduzcan la vida de manera colectiva, son necesarias y válidas para ese tránsito civilizatorio. 

La “otra historia” fue la de la concentración de la propiedad en manos de un Estado que no ejerció el poder de los trabajadores y campesinos, sino de sus instituciones y dirigentes. Un Estado con cada vez más mediaciones y distancia de la sociedad cuyos intereses debía representar. 

Sin embargo, tanto Marx y Engels como Lenin, al referirse a la superación de la producción con arreglo a las leyes del capital y a las estructuras políticas derivadas de esa superación, tuvieron como referente al autogobierno en todas las esferas de la vida social (eco-nómica, política, etc.). ¿Cómo si no explicar la idea de la “extinción del Estado”? La única manera posible de lograrlo es mediante el establecimiento en la economía y la política de formas conducentes al autogobierno de la sociedad. 

Sin dudas, Marx, Engels y Lenin eran partidarios de un proceso de cooperativización y radicalización del cooperativismo que con-dujera hacia una sociedad autogestionaria. La idea era desbordar el régimen de la producción capitalista por medio de su socializa-ción. Las formas autogestionarias, como las cooperativas, son nece-sarias para avanzar en esa socialización. De esta manera, el análisis de experiencias autogestionarias que tuvieron lugar el siglo pasado (con particular relevancia la de Yugoslavia) y las que aún están presentes, se hace más necesario en la actualidad. 

Referencias bibliográficas 

1 Cfr. Iñaki Gil: “Cooperativismo obrero, consejismo y autogestión socialista. Algunas lecciones para Euskal Herria”. www.rebelion.org. 6-08-2002, Sección Libros Libres, PDF. 

2 Vladímir I. Lenin: Sobre la cooperación. Últimos artículos y cartas. Ed. Progreso, Moscú, 1981, p. 33. 

3 Ver Graciela Aristondo: “Cooperativismo, autoayuda y autogestión: una alternativa uruguaya para la vivienda de interés social”. Scripta Nova, Revista Electrónica de Geografía y Ciencias Sociales, Universidad de Barcelona, vol. VII, No. 146(099), 1 de agosto de 2003, y “Mecanismos para lograr el empoderamiento y autogestión de las organizaciones de base y sus implicaciones en la modalidad de coejecución. Un intento de alterar las relaciones de poder”. En www.impactalliance.org, 5-06-2002. 

4 Cfr. Franz J. Hinkelammert: El Mapa del Emperador (determinismo, caos, sujeto). DEI, San José, Costa Rica, 1996. 

5 Iñaki Gil: ob. cit., p. 7. 

6 Roberto Massari: Teorías de la autogestión, Zero Zyx, Madrid, 1995, p. 12. 

7 Adriano Brivio: “La autogestión comunitaria”. www.gestiopolis.com. Marzo, 2004. 

8 Cfr. Bertel Ollman (ed.): Market socialism. The debate among socialists. Routledge, New York, 1998; John Roemer: A Future for Social-ism. Cambridge University Press, 1993 y David Schweickart: Beyond Capitalism. Cambridge University Press, 2001. 

9 Carlos Marx y Federico Engels: Obras Escogidas. 3 t., t. II, Ed. Progreso, Moscú, 1982, p. 188. 

10 Federico Engels: Obras Escogidas. 3 t., t. II, Ed. Progreso, Moscú, 1982, p. 273. 

11 Iñaki Gil: ob. cit., p. 8. 

12 Emile Armand: Historia de las experiencias de vida en común sin Estado ni autoridad. Hacer, Madrid, 1982, p. 54. 

13 Iñaki Gil: ob. cit., p. 9. 

14 Emile Armand: ob. cit., p. 60. 

15 Iñaki Gil: ob. cit., p. 10. 

16 Charles Fourier: Teoría de los cuatro movimientos y de los destinos generales. Pasado y Presente, Madrid, 1975, p. 64. 

17 Iñaki Gil: ob. cit., p. 11. 

18 Carlos Marx: ob. cit., p. 1469. 

19 Carlos Marx y Federico Engels: Obras Escogidas, 3 t., t. III, Ed. Progreso, Moscú, 1975, pp. 79 y 80. 

20 Carlos Marx: El capital. Sexto Capítulo (inédito). Hilo Rojo, Madrid, 1997, p. 12. 

21 Jacques Texier: “Democracia, socialismo y autogestión”. La Pensée, No. 321, enero/marzo, 2000, p. 32. 

22 Cfr. Jean Lojkine: “Nuevas luchas de clase, nuevos movimientos socia-les y alternativas al capitalismo”. En Actuel Marx, No. 26. 

23 Carlos Marx: Obras Economía I. Ed. Pléyade, Madrid, 1965, pp. 1469-1470. 

24 Ídem. 

25 Carlos Marx: La guerra civil en Francia. Ed. Paydós, Madrid, 1972, p. 266. 

26 Ibídem, p. 246. 

27 Ibídem, p. 206. 

28 Cfr. Jaques Texier: ob. cit. 

29 Ídem. 

30 Ídem. 

31 Ibídem, p. 29. 

32 Carlos Marx: El capital. t. I, Ed. de Ciencias Sociales, La Habana,1975, 
pp. 856-57. 

33 Cfr. Ibídem, t. III, capítulo XLVII “Génesis de la renta de bienes raíces capitalista”. Párrafo II “La renta del trabajo”, Ed. de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, pp. 170-174. 

34 Carlos Marx: La guerra civil en Francia. Ed. Paidós, Madrid, 1972, pp. 60-64. 

35 _________: El capital, Ed. de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, p. 243. 

36 Carlos Marx, Federico Engels y Vladímir I. Lenin: Sobre el anarquismo y el anarco-sindicalismo. Moscú, Ed. Progreso, 1978, pp. 165-167. 

37 Carlos Marx: El capital. t. III, Ed. de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, pp. 105-106. 

38 Carlos Marx y Federico Engels: ob. cit., t. II (1975), p. 128. 

39 Iñaki Gil en Cfr. Colectivo de Autores: Autonomía y organización. De-bate Libertario, Madrid 1977, p. 18. 

40 Cfr. Rosa Luxemburgo: “Sindicatos, cooperativas y democracia políti-ca”. www.engels.org. 

41 Vladímir I. Lenin: Socialismo y cooperativismo. Compilación de escri-tos, Ediciones Cooperativistas, Euskadi, 1972, p. 114. 

42 Ibídem, p. 176. 

43 Ibídem, p. 199. 

44 Cfr. ob. cit. “Medidas para la transición del sistema cooperativo bur-gués de abastecimiento y distribución al sistema comunista proleta-rio”. 

45 Vladímir I. Lenin: Sobre la cooperación. Últimos artículos y cartas. Ed. Progreso, Moscú, 1981, p. 76. 

46 Ibídem, p. 99. 

47 Ibídem, p. 134.