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"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." ""Creo que mientras más critica exista dentro del socialismo,eso es lo mejor" Fidel Castro Ruz

viernes, 23 de octubre de 2026

Resumen de "Miradas a la Economía Cubana: El laberinto de la policrisis"


Por Humberto Herrera Carles  

Introducción General

El libro "Miradas a la Economía Cubana: El laberinto de la policrisis", compilado por Ileana Díaz Fernández y Juan A. Tr
iana Barros, es una obra colectiva que reúne a veinte autores de diversas disciplinas para analizar la compleja y multifacética crisis que atraviesa Cuba. El concepto central que articula la obra es el de
"policrisis", un término que describe una situación en la que múltiples crisis sistémicas (económicas, energéticas, alimentarias, sanitarias, sociales y migratorias) no ocurren de forma aislada o secuencial, sino de manera sincronizada, recursiva y acumulativa. El efecto conjunto de estas crisis interconectadas supera con creces la suma de sus partes, creando un laberinto de causas y efectos que se retroalimentan.

El prólogo, a cargo de Julio A. Carranza Valdés, y la introducción de Silvia Odriozola, establecen el tono y el propósito del libro: ofrecer un diagnóstico riguroso, multidisciplinario y accesible sobre la realidad cubana, situando a la población y su vida cotidiana en el centro del análisis. Se argumenta que la crisis actual es el resultado de la confluencia de shocks externos (como el recrudecimiento del bloqueo estadounidense y la pandemia de COVID-19), brechas estructurales de larga data (ineficiencias del modelo económico, dependencia de importaciones, baja diversificación productiva) y errores de política interna. El libro se estructura en dos bloques: el primero se enfoca en las cuatro crisis nucleares que impactan directamente el bienestar de la población (alimentaria, energética, sanitaria y migratoria), y el segundo examina los mecanismos estructurales (financieros, institucionales, productivos) que explican por qué estas crisis se sostienen y retroalimentan entre sí.

Capítulo 1: El Concepto de Policrisis y su Aplicación al Caso Cubano

Mayra Paula Espina Prieto, en el capítulo "Policrisis a la cubana. Entre la realidad y el concepto", sienta las bases teóricas de la obra. Explora la genealogía del concepto de "crisis" desde la medicina y la tragedia griega hasta su uso en las ciencias sociales por pensadores como Marx, Gramsci y Habermas. Posteriormente, introduce el término "policrisis", surgido del pensamiento de la complejidad (Edgar Morin) y popularizado por el Foro Económico Mundial, para describir la situación global actual.

Espina argumenta que la situación cubana encaja perfectamente en esta categoría. No se trata solo de una crisis económica, sino de una crisis de naturaleza sistémica donde lo económico, lo social, lo sanitario, lo energético y lo político se entrelazan. La autora identifica una "matriz de causalidad recursiva" en la que, por ejemplo, la crisis energética provoca apagones que afectan la producción de alimentos y la conservación de medicamentos, lo que a su vez deteriora la salud de la población y alimenta el descontento social y la migración. La autora critica la narrativa oficial que atribuye la crisis principalmente a factores externos (el bloqueo), señalando que, si bien es un factor determinante, las políticas internas y las fallas estructurales del modelo también han jugado un papel crucial. Concluye que superar la policrisis requiere un cambio de paradigma en el pensamiento y la acción política, con soluciones integrales y multidimensionales que aborden las causas raíz y no solo los síntomas.

Capítulo 2: La Crisis Alimentaria como Expresión Cotidiana de la Policrisis

Anicia García Álvarez analiza en profundidad la crisis alimentaria, presentándola como una de las manifestaciones más tangibles y dolorosas de la policrisis. El capítulo se aleja de las explicaciones simplistas y examina el problema desde la perspectiva de los sistemas alimentarios, que abarcan la producción, transformación, distribución y consumo.

García documenta un deterioro sostenido en la disponibilidad y el acceso a los alimentos. La producción nacional ha caído drásticamente desde 2018, y aunque las importaciones de alimentos han aumentado en términos de valor, los volúmenes físicos no han podido compensar la caída de la producción doméstica debido al aumento de los precios internacionales. El resultado es un consumo aparente de alimentos que se aleja cada vez más de las recomendaciones nutricionales de las autoridades de salud cubanas. Un aspecto central del análisis es el costo de la canasta básica de alimentos (CBA), que se ha multiplicado de forma exponencial en los últimos años, volviéndose inaccesible para amplios sectores de la población que dependen de salarios estatales o pensiones. La autora demuestra cómo el ingreso promedio de un trabajador estatal o de un pensionado es insuficiente para adquirir una canasta básica, lo que genera inseguridad alimentaria y estrategias de supervivencia que incluyen la reducción de la calidad y cantidad de las comidas, el endeudamiento y la dependencia de remesas. La crisis alimentaria, por tanto, no es solo un problema de producción, sino también de acceso económico, y está íntimamente ligada a la crisis de ingresos y a la inflación.

Capítulo 3: El Colapso del Sistema de Salud Pública

Luisa Íñiguez Rojas examina la crisis en el sistema de salud, uno de los pilares históricos del modelo social cubano. El capítulo utiliza el concepto de "capacidad resolutiva", que se refiere a la habilidad del sistema sanitario y de la propia población para responder a los problemas de salud. Íñiguez documenta un deterioro dramático en todos los indicadores clave.

La disponibilidad de recursos humanos se ha contraído severamente debido a la emigración de profesionales y a la migración hacia otros sectores con mejores salarios, lo que ha provocado una reducción de más de la mitad de los médicos de familia en la comunidad. La actividad asistencial ha disminuido: las consultas por habitante han caído, las cirugías se han reducido en más del 40% en comparación con 2019, y las listas de espera quirúrgica se han disparado. La escasez de medicamentos e insumos es crítica, afectando la atención de enfermedades crónicas y agudas. Esto ha llevado a un aumento de los gastos de bolsillo de las familias, que deben recurrir al mercado informal o a la importación personal para obtener medicamentos.

Como consecuencia, los indicadores de salud de la población han retrocedido a niveles de décadas pasadas. La tasa de mortalidad infantil, que se mantenía por debajo de 5 por 1000 nacidos vivos, se elevó a 9,9 en 2025, un nivel no visto desde 1994. La mortalidad materna también se ha incrementado. La crisis sanitaria se configura así en la intersección entre la retracción institucional de los servicios y las restricciones de las familias para acceder a ellos, amplificando sus efectos mutuamente.

Capítulo 4: La Crisis Eléctrica: Un Laberinto de Dependencia y Obsolescencia

Lídice Vaillant Roca y Juan A. Triana Barros analizan la crisis del Sistema Electroenergético Nacional (SEN), un sector que es a la vez causa y consecuencia de la policrisis. El capítulo traza la evolución del SEN desde sus inicios, marcada por una alta dependencia de combustibles fósiles importados y una infraestructura que se ha vuelto obsoleta.

Los autores describen cómo la crisis actual se ha gestado por una combinación de factores: la falta de mantenimiento e inversión en las termoeléctricas durante décadas, la reducción drástica de las importaciones de combustible (agravada por el recrudecimiento del bloqueo estadounidense) y la desarticulación de la generación a partir de biomasa cañera. Esto ha llevado a un estado de colapso parcial, con apagones que superan las 20 horas diarias en muchas provincias.

El capítulo también examina la Estrategia Nacional de Transición Energética, que busca transformar la matriz energética hacia las fuentes renovables, con la energía solar fotovoltaica como principal apuesta. Sin embargo, se señala una paradoja: la instalación de paneles solares ha crecido a un ritmo notable, pero al mismo tiempo, el bloqueo ha estrangulado el acceso a los combustibles fósiles que se necesitan como respaldo para estabilizar la red. La energía solar es intermitente y no puede sostener la demanda nocturna. Los autores concluyen que la crisis eléctrica no se resolverá solo con la instalación de renovables, sino que requiere una combinación de inversiones en mantenimiento de la base térmica, diversificación de fuentes (solar, eólica, biomasa), sistemas de almacenamiento y una gestión más eficiente, todo ello en un contexto de enormes restricciones financieras y geopolíticas.

Capítulo 5: La Crisis Migratoria y la Dinámica Demográfica

Antonio Aja Díaz y María O. Rodríguez Soriano abordan la crisis migratoria, contextualizándola dentro de la dinámica demográfica de Cuba, marcada por un acelerado envejecimiento poblacional y una baja fecundidad. Los autores argumentan que la migración, aunque es una constante histórica en Cuba, se ha convertido en los últimos años en una estrategia de supervivencia y una válvula de escape ante la falta de oportunidades y la incertidumbre generada por la policrisis.

El capítulo presenta cifras contundentes: entre 2021 y 2024, Cuba ha perdido más de 1,4 millones de habitantes, y el saldo migratorio externo ha alcanzado niveles récord. La emigración se caracteriza por ser selectiva, afectando principalmente a la población en edades productivas y reproductivas (20-44 años), lo que acentúa el envejecimiento y la pérdida de capital humano. Estados Unidos sigue siendo el principal destino, pero las rutas y los flujos se han diversificado. Los autores señalan que la migración no es solo una consecuencia de la crisis, sino que también la retroalimenta: la pérdida de población reduce la capacidad productiva del país, desestructura familias y redes de cuidado, y desincentiva la inversión. La crisis migratoria, por tanto, es un síntoma y a la vez un multiplicador de las demás crisis que conforman la policrisis cubana.

Capítulos 6-13: Los Mecanismos Estructurales de la Policrisis

La segunda parte del libro examina los engranajes que hacen que la policrisis se perpetúe. El sistema financiero, como lo analizan Carlos Lage Codorníu y Karina Cruz Simón (Capítulo 6), actúa como un amplificador de la crisis. Un sistema bancario débil, sin un mandato claro para su banco central, con escasa intermediación financiera y desconectado de los mercados internacionales, limita la capacidad de movilizar recursos, asignar capital y transmitir la política económica. Esta fragilidad financiera restringe el financiamiento a los sectores productivos, agravando las crisis alimentaria, energética y sanitaria.

El turismo, examinado por Miguel Alejandro Figueras y Niurka Cruz (Capítulo 7), sector estratégico para la obtención de divisas, se encuentra en una situación crítica. A pesar de su potencial, factores como la caída de la conectividad aérea internacional, la crisis energética que afecta los servicios básicos y una gestión centralizada y poco flexible han llevado al sector a un declive profundo, limitando su capacidad para generar los ingresos externos que el país necesita con urgencia.

María del Carmen Zabala y Silvia Odriozola (Capítulo 8) ponen el foco en las personas, analizando las dimensiones sociales de la crisis. Examinan cómo la crisis energética, alimentaria y sanitaria impacta de manera diferenciada a los grupos poblacionales, profundizando desigualdades preexistentes y creando nuevas. Se evidencia un incremento de la pobreza y la vulnerabilidad, así como el desarrollo de estrategias de afrontamiento individuales y familiares (como la migración, el trabajo informal o la dependencia de remesas) que, si bien mitigan el impacto, también refuerzan las brechas sociales.

El libro cierra con un análisis de los factores institucionales y productivos. Juan Publio Triana Cordoví y Jorge Alejandro González Quintana (Capítulo 9) aplican la economía institucional para argumentar que la baja capacidad institucional y la falta de coherencia en las reformas han sido un obstáculo fundamental para superar la crisis. Carlos Enrique González García y Joel Ernesto Marrill Domenech (Capítulo 10) realizan un balance crítico de la reforma monetaria y cambiaria de 2021, concluyendo que sus objetivos no se cumplieron y que, por el contrario, profundizó los desequilibrios macroeconómicos. Ricardo González Águila (Capítulo 11) analiza la crisis exportadora, argumentando que no se debe solo a la falta de producción, sino a un sistema de precios y un tipo de cambio que desincentivan la exportación. Humberto Blanco Rosales (Capítulo 12) examina el tejido empresarial, señalando que tanto la empresa estatal como las nuevas formas de gestión (mipymes, cooperativas) operan en un entorno que limita su competitividad y contribuye a la policrisis. Finalmente, Ileana Díaz Fernández (Capítulo 13) analiza el papel de la ciencia, la tecnología y la innovación, concluyendo que, a pesar del potencial científico del país, el sistema está centralizado y orientado a la alta tecnología (biotecnología), desatendiendo las necesidades de innovación incremental en sectores clave como la agricultura y la energía, que son fundamentales para resolver los problemas más acuciantes de la población.

Conclusión General

En su conjunto, "Miradas a la Economía Cubana: El laberinto de la policrisis" ofrece un diagnóstico devastador pero profundamente lúcido de la realidad cubana. Los autores, desde diversas perspectivas, coinciden en que la crisis actual es de naturaleza sistémica y que las soluciones parciales o sectoriales están condenadas al fracaso. El laberinto de la policrisis requiere un enfoque integral que aborde simultáneamente la estabilización macroeconómica, la transformación productiva, la reforma institucional y la reconstrucción del pacto social. El libro es una herramienta indispensable para comprender la profundidad y complejidad de los desafíos que enfrenta Cuba en su camino hacia un futuro sostenible y próspero.

Los invito a descargarlo  en la web del CEEC  https:/ceec.uh.cu, o si gustan me escriben al correo  hhcarles@gmail.com y se los envio.  

Un análisis del sector agrícola no azucarero de Cuba (1959-1990)


La disolución de la Unión Soviética en 1991 y el inicio del "Período Especial" 1 en Cuba provocaron la interrupción del suministro de insumos importados esenciales y el colapso de la producción agrícola.

En Cuba, el período comprendido entre 1959 y 1990 estuvo marcado por una profunda transformación del sector agrícola, impulsada por los principios del nuevo estado socialista con un fuerte apoyo de la Unión Soviética y el Consejo de Asistencia Económica Mutua (CMEA).

El objetivo de los planes agrícolas era lograr la soberanía alimentaria, aumentar la producción para el consumo interno y, en algunos casos, exportar ciertos productos con una fuerte demanda, en particular los cítricos.

Fondo

Tras 1959, el gobierno cubano heredó un sector agrícola dominado por la caña de azúcar y un sector de producción de alimentos de propiedad privada que operaba con tecnología limitada.

Entre las primeras medidas adoptadas por el gobierno revolucionario se encontraba la nacionalización de la tierra, seguida de la creación de grandes empresas agrícolas estatales y cooperativas, en el marco de la implementación del modelo de planificación centralizada socialista. Simultáneamente, el gobierno impulsó la mecanización, la electrificación rural y el uso de tecnologías agrícolas avanzadas.

Sin embargo, el punto clave es que el pienso y la nueva maquinaria utilizada en el desarrollo de las poblaciones de ganado vacuno, porcino y avícola, así como en la producción de huevos, se importaron de países que entonces eran socialistas pero que ahora funcionan como economías de mercado.

Aunque los planificadores se esforzaron por utilizar subproductos de producción nacional, la realidad es que el sector agrícola, en particular la producción ganadera intensiva, no podría funcionar sin insumos importados, especialmente piensos para animales (piensos concentrados).

Agricultura no azucarera (cultivos de raíces, hortalizas, cereales y frutas )

Lo cierto es que el gobierno hizo un esfuerzo enorme por diversificar la producción agrícola más allá de la caña de azúcar. Sin embargo, este esfuerzo fue financiado en gran medida por países socialistas, que proporcionaron a Cuba recursos prácticamente ilimitados para la producción agrícola.  

En el caso de los tubérculos y otros cultivos básicos, como la papa, la yuca, el taro, el boniato y el plátano, el gobierno invirtió intensamente en su cultivo para satisfacer la demanda interna. La producción de papa, por ejemplo, aumentó drásticamente como resultado de la mecanización, el uso de fertilizantes y un conjunto de herramientas tecnológicas que el gobierno puso a disposición exclusivamente de las empresas estatales.

En el caso de hortalizas como tomates, cebollas, pimientos, pepinos y judías, el gobierno amplió la producción, principalmente aumentando la superficie cultivada, en lugar de incrementar la productividad por hectárea, al tiempo que importaba semillas de alta calidad para muchos cultivos. 

La fruta, en particular los cítricos (naranjas y pomelos), recibió una enorme inversión del gobierno, convirtiéndose en la segunda categoría de exportación más importante después del azúcar, y se destinó principalmente a los mercados de la Unión Soviética y Europa del Este, mientras que los mangos, las guayabas y los aguacates se cultivaron para el consumo interno.

En el caso de los cereales, el Estado intentó aumentar la producción de arroz y maíz, aunque nunca se logró la autosuficiencia total y el país siguió dependiendo de las importaciones, sobre todo de arroz. Las semillas de alta calidad para muchos cultivos también dependían de las importaciones. 

Solo algunos de los insumos necesarios para estos cultivos estaban disponibles a nivel nacional. Dos recursos locales importantes eran la tierra y el agua; el bagazo de caña de azúcar (un subproducto de la producción de azúcar) se utilizaba como fuente de energía y, en menor medida, para mejorar los suelos.

No obstante, también se requerían insumos importados para la producción de caña de azúcar. La mayor parte de la maquinaria agrícola (tractores y cosechadoras), así como los fertilizantes nitrogenados, fosfóricos y potásicos y los pesticidas, provenían principalmente de la Unión Soviética y otros países del CMEA. 

El siguiente gráfico muestra el número de tractores importados anualmente de la Unión Soviética y el consiguiente crecimiento anual del número de tractores en la flota nacional de Cuba.

Gráfico que muestra la evolución del parque de tractores en Cuba entre 1960 y 1990. El número aumenta de 9.000 tractores en 1960 a 70.000 en 1990. El crecimiento más pronunciado se produce entre 1965 y 1980. La cifra alcanza los 69.000 en 1985 y los 70.000 en 1990. Fuente: FAOSTAT (FAO).

Ganadería

En la ganadería, el gobierno cubano se centró en ampliar el tamaño del hato nacional. Dio prioridad al aumento del número de cabezas de ganado, al tiempo que desarrollaba hatos de doble propósito (carne y leche) y razas capaces de adaptarse a las condiciones tropicales.

El mejoramiento genético fue un componente central de esta estrategia. El gobierno implementó ambiciosos programas de cría, recurriendo extensamente a la inseminación artificial y a ejemplares reproductores de razas lecheras, como la Holstein y la Pardo Suizo, y de razas de carne, como la Cebú, la Santa Gertrudis y la Charolais. Gran parte de este ganado reproductor fue importado o resultó de cruces iniciales con material genético extranjero. El desarrollo de la raza cubana Siboney —un cruce entre Holstein y Cebú— representó un logro significativo durante este período.

El gobierno también invirtió fuertemente en la infraestructura necesaria relacionada, construyendo grandes explotaciones lecheras tecnológicamente avanzadas e instalaciones para el engorde de ganado.

Desarrollo de piensos y ganado

La alimentación del ganado dependía de una combinación de forraje nacional e importado. La principal fuente nacional de alimento era el pastoreo de ganado en pastos naturales y cultivados, incluyendo el pasto pangola. El forraje y el ensilaje también desempeñaban un papel importante como complemento de la dieta del ganado basada en pastos. La melaza de caña de azúcar, un subproducto de la industria azucarera, disponible en abundancia, se utilizaba ampliamente como suplemento energético en la alimentación de ganado vacuno, porcino y avícola, a menudo en combinación con urea para aumentar su contenido proteico .

A pesar del uso de recursos nacionales, la producción ganadera seguía dependiendo en gran medida de las importaciones. Para lograr un crecimiento rápido y altos niveles de productividad, especialmente en el engorde intensivo de ganado vacuno y la producción lechera, el gobierno tuvo que importar piensos concentrados y suplementos proteicos, como harina de soja, harina de pescado y cereales como el maíz y la cebada.

Estos insumos importados fueron particularmente importantes para mantener la productividad de las razas de alto rendimiento y alcanzar los niveles de producción previstos. El apoyo gubernamental a estos esfuerzos incluyó medicamentos veterinarios y otros insumos para la salud animal, que en su mayoría también se obtuvieron en el extranjero.

Avicultura

La producción avícola también se benefició de una inversión sustancial, que comenzó en los primeros años posteriores a 1959. Se construyeron numerosas granjas avícolas industriales a gran escala, que incorporaban instalaciones altamente mecanizadas y automatizadas.

Al igual que en otros sectores de la ganadería, la estrategia de desarrollo hizo hincapié en la producción intensiva. Por lo tanto, priorizó las razas de pollos de engorde de rápido crecimiento y los sistemas de alimentación industrial controlados.

Nuevamente, este modelo dependía en gran medida de las importaciones. Tanto los pollos de engorde como las gallinas ponedoras se criaban mediante sistemas industriales que requerían piensos concentrados y equilibrados. Cuba producía solo una pequeña proporción de los ingredientes principales necesarios para la fabricación de estos piensos. En consecuencia, era necesario obtener en el extranjero cantidades sustanciales de granos para la alimentación animal, como maíz, sorgo y cebada.

Las fuentes de proteínas, en particular la harina de soja y la harina de pescado, también debían importarse. Los micronutrientes necesarios para la producción avícola industrial —incluidas vitaminas, minerales y aminoácidos— también se obtenían del extranjero.

La dependencia de las importaciones se extendió más allá del alimento para animales. Las razas de pollos de engorde y gallinas ponedoras de alto rendimiento también se importaban, ya fuera como pollitos de un día o como huevos fértiles.

La infraestructura necesaria para mantener este modelo de producción intensiva —que incluye gallineros, sistemas de agua potable, comederos, incubadoras y equipos relacionados— también dependía en gran medida de recursos importados.

La producción de huevos siguió esencialmente el mismo modelo de producción que la producción de carne de ave, incluyendo su dependencia de piensos, material genético, tecnología y equipos importados.

Gráfico que muestra la evolución de la producción de huevos en Cuba entre 1960 y 1990.

En todo el país se construyeron grandes granjas avícolas dedicadas a la producción de huevos, que albergaban millones de gallinas ponedoras en sistemas de jaulas, a menudo automatizados. Como resultado, los huevos se convirtieron en un alimento básico asequible en la dieta cubana y se distribuyeron ampliamente a través del sistema de racionamiento de alimentos.

Sin embargo, al igual que en la producción de pollos de engorde, la producción intensiva de huevos dependía por completo de piensos concentrados y equilibrados para mantener altas tasas de puesta y una calidad constante. Estos piensos contenían esencialmente los mismos ingredientes que se utilizaban en la producción de pollos de engorde: cereales, harina de soja, harina de pescado, vitaminas y minerales, ninguno de los cuales Cuba podía producir en cantidades suficientes para satisfacer las necesidades de la industria avícola que había desarrollado. 

La producción aumentó año tras año.

Gráfico que muestra la tendencia de la producción de carne de ave en Cuba entre 1960 y 1990. La producción aumentó de 10 000 toneladas en 1960 a 132 000 toneladas en 1990. El crecimiento más significativo se produjo entre 1965 y 1975, pasando de 25 000 a 105 000 toneladas. Entre 1980 y 1990, el crecimiento continuó de forma constante, alcanzando las 115 000 y las 132 000 toneladas. Fuente: FAOSTAT (FAO).

Cerdo

En Cuba, al cerdo se le ha considerado a menudo el "mamífero nacional". Durante muchos años, la carne de cerdo desempeñó un papel importante en el equilibrio entre el consumo de proteína animal y vegetal, proveniente de las legumbres y los cultivos básicos de la dieta cubana. Sin embargo, hoy en día la producción porcina ha caído a niveles extremadamente bajos.

En los últimos años se han elaborado planes de desarrollo para aumentar la producción de carne de cerdo, con la esperanza de lograr resultados tangibles que conviertan nuevamente a la carne de cerdo en una importante fuente de proteína animal para la población cubana.

Gráfico que muestra la tendencia de la producción de carne de cerdo en Cuba entre 1960 y 1990. La producción aumentó de 25 000 toneladas en 1960 a 115 000 toneladas en 1990. El mayor incremento se produjo entre 1970 y 1975, pasando de 40 000 a 72 000 toneladas. El gráfico identifica 1985 como el año de mayor producción, con 111 000 toneladas. Fuente: FAOSTAT (FAO).

Se establecieron grandes explotaciones porcinas intensivas y complejos industriales de producción porcina, empleando métodos de cría y engorde altamente intensivos, al igual que en otros tipos de ganado. Asimismo, se realizaron esfuerzos para mejorar la genética mediante la importación de razas de alta productividad, como Yorkshire, Landrace y Duroc. Se introdujeron programas de cruzamiento para aumentar el rendimiento de la producción.

Aunque los cerdos tienen dietas relativamente flexibles y pueden consumir subproductos agrícolas y alimentarios, incluidos desperdicios de alimentos y tubérculos, la producción industrial de carne de cerdo que desarrolló el gobierno no utilizó ese alimento fácilmente disponible. En cambio, dependió en gran medida de un pienso balanceado elaborado a partir de cereales, como el maíz y la cebada, y fuentes de proteínas, como la harina de soja y la harina de pescado, la mayoría de los cuales eran ingredientes que debían obtenerse en el extranjero.

Gráfico que muestra la evolución de las importaciones de piensos en Cuba entre 1960 y 1990. Las importaciones aumentaron de 120 000 toneladas en 1960 a 1 080 000 toneladas en 1990. El crecimiento más notable se produjo entre 1970 y 1975, pasando de 430 000 a 700 000 toneladas. El gráfico muestra un crecimiento continuo y sostenido durante todo el periodo analizado. Fuente: FAOSTAT (FAO).

De hecho, se utilizaban melaza y diversos subproductos de la industria azucarera, junto con, en menor medida, tubérculos cultivados localmente y otros alimentos básicos para complementar estas dietas. Sin embargo, estos recursos locales no podían sustituir los piensos concentrados necesarios para un rápido aumento de peso y la producción eficiente de razas mejoradas.

Conclusión

Entre 1959 y 1990, Cuba logró incrementos significativos en la producción de productos agrícolas no azucareros y fuentes de proteína animal —incluyendo carne de res, aves de corral, cerdo y huevos— aprovechando subproductos nacionales como la melaza de caña de azúcar. Sin embargo, el ambicioso programa de desarrollo y mantenimiento de la producción ganadera intensiva, así como los altos niveles de productividad agrícola, dependieron fundamentalmente de importaciones a gran escala de los siguientes productos:

  • Cereales (maíz, sorgo y cebada).
  • Fuentes de proteínas (harina de soja y harina de pescado).
  • Fertilizantes y pesticidas.
  • Maquinaria y tecnología agrícola.
  • Recursos genéticos animales (razas de alto rendimiento) y medicamentos veterinarios sofisticados.

Esta dependencia se volvió crítica tras la disolución de la Unión Soviética en 1991 y el inicio del «Período Especial», cuando la interrupción de las importaciones provocó un colapso en la producción agrícola. La producción ganadera intensiva se vio particularmente afectada, ya que se basaba en un modelo que no podía sostenerse sin el apoyo externo de los países que comenzaron a operar con economías de mercado.

Debido a que Cuba no había desarrollado una base de producción nacional adecuada para ciertos productos e insumos agrícolas esenciales para alimentar a la población, y debido a que posteriormente carecía de los recursos financieros necesarios en divisas fuertes para hacerlo, hasta la fecha, ni el gobierno ni los productores privados han podido restablecer esos niveles de producción.

Tabla comparativa de la producción agrícola y ganadera de Cuba entre 1975-1985 y 2024. La producción ganadera y el uso de maquinaria disminuyeron drásticamente para 2024 (la carne de ave representó el 2,0 % y la de cerdo el 8,3 % de los niveles de 1985), mientras que la producción de tubérculos y hortalizas creció más del 100 % desde 1975. El gráfico refleja un fuerte descenso en los sectores ganadero y de mecanización, en contraste con el aumento de la producción agrícola. Fuente: FAOSTAT (FAO).

En algunas categorías de producción, Cuba está obteniendo resultados muy por debajo de los niveles alcanzados durante los primeros treinta años del modelo de desarrollo socialista subvencionado.

La tabla anterior resume esta tendencia. Con excepción de los tubérculos y las hortalizas, los niveles de producción actuales son inferiores a los registrados en 1975, 1980 y 1985.

[1] El Período Especial fue la grave crisis económica que Cuba experimentó tras el colapso de la Unión Soviética y el bloque socialista a partir de 1989-1991. Su nombre formal, dado por Fidel Castro, fue el “Período Especial en Tiempo de Paz” , que refleja las medidas de emergencia originalmente contempladas para condiciones similares al aislamiento económico en tiempos de guerra.

[2] Los rumiantes, como el ganado vacuno, pueden utilizar la urea de forma diferente a los humanos y otros animales no rumiantes: los microorganismos del rumen pueden convertir su nitrógeno en proteína microbiana, que el animal puede utilizar posteriormente.