sábado, 18 de febrero de 2017

El silencio de los halcones

Los republicanos toleran las incompetencias y traiciones de Trump con tal de impulsar sus impopulares dogmas


La historia hasta ahora: un dictador extranjero intervino a favor de un candidato presidencial estadounidense, y el candidato ganó. Colaboradores cercanos al nuevo presidente mantuvieron contacto con los agentes secretos del dictador durante la campaña, y su asesor de seguridad nacional se ha visto obligado a dimitir por unas llamadas telefónicas inapropiadas al embajador de ese país, pero solo después de que la prensa informase de ello. El presidente se enteró de sus tejemanejes antes, pero no tomó ninguna medida.

Por otro lado, el presidente parece extrañamente solícito con los intereses del dictador, y abundan los rumores sobre sus conexiones económicas personales con el país en cuestión. ¿Hay algo de cierto en esos rumores? Nadie lo sabe, en parte porque el presidente se niega a publicar sus declaraciones de impuestos.

Quizá no haya nada de malo en ello, y todo sea perfectamente inocente. Pero si no es inocente, es de hecho muy malo. ¿Qué creen entonces los republicanos del Congreso, que tienen la capacidad para investigar la situación, que debería hacerse?

Nada.

Paul Ryan, presidente de la Cámara de Representantes, afirma que las conversaciones de Michael Flynn con el embajador ruso fueron "completamente apropiadas".

Devin Nunes, presidente del Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes, rechazaba airadamente las peticiones de que se elija a una comisión que investigue los contactos durante la campaña electoral: "No va a haber absolutamente ninguna".

Jason Chaffetz, presidente de la comisión de vigilancia de la Cámara de Representantes –que persiguió incansablemente a Hillary Clinton por el atentado de Bengasi– declaraba que "la situación se ha solucionado por sí sola".

Hace nada, los republicanos se afanaban en perseguir un posible escándalo, dándoselas de ultrapatriotas. Hoy se muestran indiferentes ante una verdadera subversión y ante la posibilidad real de que nos estén gobernando personas que siguen instrucciones de Moscú. ¿Por qué?

Bueno, el senador Rand Paul lo ha explicado todo: "Nunca empezaremos siquiera a hacer lo que tenemos que hacer, como revocar el Obamacare, si nos pasamos el tiempo haciendo que los republicanos se investiguen unos a otros". ¿Alguien cree que no hablaba en nombre de todo el partido?

El tema es que no podemos entender el lío en el que estamos sin apreciar no solo la posible corrupción del presidente, sino también la inconfundible corrupción de su partido. Un partido tan obsesionado con reducir los impuestos a los ricos, con liberalizar a contaminadores y bancos y desmantelar programas sociales que aceptar la subversión extranjera les parece, por lo visto, un pequeño precio.

Digámoslo así: he estado viendo comparaciones entre la información que va apareciendo sobre la conexión Trump-Putin y la del asunto Watergate, que derrocó a un presidente anterior. Pero mientras que el posible escándalo es aquí mucho peor que el Watergate –Richard Nixon era siniestro y daba miedo, pero nadie imaginaba que pudiera estar recibiendo instrucciones de una potencia extranjera– es muy difícil imaginar hoy a los republicanos defendiendo la Constitución como lo hicieron sus predecesores.

No es solo que hoy en día haya más enanos morales en el Congreso, aunque también. El Watergate tuvo lugar antes de que los republicanos emprendiesen su larga marcha hacia la derecha política, por lo que el Congreso estaba mucho menos polarizado que hoy. Los partidos coincidían en general en las ideas económicas básicas, y existía entre ellos una importante coincidencia ideológica; esto significaba que a los republicanos no les preocupaba tanto el que obligar a un presidente anárquico a rendir cuentas descarrilase su programa de línea dura.

La polarización del electorado debilita también la función del Congreso como control del presidente: la mayoría de los republicanos representan a distritos seguros, en los que su principal temor son los rivales por la derecha. Y la base republicana se ha vuelto de repente notablemente prorrusa. Tiene gracia cómo funciona eso.

Entonces, ¿cómo acaba esta crisis?

No es una crisis constitucional... aún. Pero Donald Trump se enfrenta a una clara crisis de legitimidad. Su victoria con derrota en el voto popular ya fue sospechosa debido a la intervención del FBI a su favor en el último minuto. Ahora sabemos que el FBI, incluso mientras creaba una falsa apariencia de escándalo en torno a la otra candidata, ocultaba pruebas que insinuaban la existencia de relaciones alarmantemente estrechas entre miembros de la campaña de Trump y Rusia. Y nada de lo que Trump ha hecho desde la toma de posesión acalla los temores de que sea de hecho una marioneta de Putin.

¿Cómo puede un dirigente sometido a esas dudas enviar soldados estadounidenses a la muerte? ¿Cómo puede concedérsele el derecho a modelar el Tribunal Supremo durante una generación?

De nuevo, una investigación profunda, no partidista y sin restricciones podría aclarar el ambiente. Pero los republicanos del Congreso, que tienen capacidad para poner en marcha dicha investigación, se oponen firmemente a ella.

La cosa es que un puñado de legisladores republicanos dispuestos a hacer causa común con los demócratas para exigir la verdad podría poner fin a la pesadilla. Y tal vez queden en el Partido Republicano suficientes personas con conciencia.

Pero probablemente no. Y ese es un problema que da todavía más miedo que el eje Trump-Putin.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía.
© The New York Times Company, 2017.
Traducción de News Clips.

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