miércoles, 16 de mayo de 2018

El aguafiestas de Tréveris vuelve a hacer de las suyas: no le hagan ese “demasiado honor y demasiado escarnio”.


¨De tal modo, eventos sorprendentemente similares, ocurriendo, sin embargo, en diferentes situaciones históricas, llevaron a resultados completamente diferentes.¨ Carlos Marx.

¨Demasiado honor¨ a la vez que ¨demasiado escarnio¨ - (algunas traducciones del alemán vierten ¨demasiada humillación¨) son palabras de Marx respondiendo, allá por los meses finales de 1877, a una temprana interpretación, forzada e incorrecta, de sus aportes que, para sorpresa nuestra, todavía encontramos por allí, nada menos que en académicos, unos para condenar al socialismo y otros hasta para justificar ¨filosóficamente¨ con Marx, que Cuba debe transitar por el capitalismo si alguna vez alberga la esperanza de continuar su proyecto.

En el debate económico en curso existe una corriente auto afiliada a la concepción socialdemócrata, e incluso otros que no adhieren al comunismo, que coinciden con la política cubana expuesta en los Lineamientos de la política económica y social del Partido y la Revolución acerca de la necesidad de diversificar las formas de propiedad y gestión de la economía en Cuba, y, a la vez, garantizar la estrategia socialista del proyecto cubano. Pero se nota en esa coincidencia la impulsión de acudir a las analogías, a mirar demasiado estrechamente hacia otras experiencias y trasladarla a situaciones forzosamente diferentes. La analogía, sin embargo, debe detenerse en el límite impuesto por el riesgo de extrapolar la evaluación de unas circunstancias específicas e intransferibles, a otras. En este caso la mirada se vuelve con insistencia hacia los derroteros de la China y de Vietnam, pues se tratan de proyectos que, al no abandonar su voluntad socialista, plantean el problema teórico - (y al respecto, las prácticas necesarias) – en la época del dominio absoluto del capitalismo, de intentar resolver para el bien del proyecto, las tensiones conflictivas que se producen entre el interés individual, al que indudablemente hace efectiva sinergia la propiedad y la gestión privadas, en relación con los objetivos y aspiraciones del proyecto socialista y comunista. Esos pensadores comprenden bien el conflicto. Advierten y subrayan que, incluso aunque la empresa privada hipotéticamente maximice su responsabilidad social y sea capaz de trascender en diverso grado los intereses particulares, sectoriales o grupales, su signo definidor es el logro de la rentabilidad y la acumulación. Con la esperanza de minimizar y controlar las consecuencias de ese conflicto, que no se ha logrado en ninguna experiencia real, principalmente los especialistas en economía proponen un amplio surtido de recetas salvadoras: controles fiscales, coinversión y cogestión entre el estado y el sector privado, regulación estatal, etc. Sin embargo los hechos tozudos demuestran que ninguno de esos mecanismos ha podido resolver los terribles problemas, - por sólo mirar al Sur, de nuestro continente. En otros lares, Vietnam, por ejemplo, pese a su elogiado desarrollo económico, muestra en algunos aspectos, indicadores que ceden a otros importantes indicadores cubanos. No se trata, pues, sólo de crecimiento económico.

La impulsión cognitiva de acudir a las analogías conlleva a mirar hacia otras experiencias y trasladarla a situaciones forzosamente diferentes. La analogía, sin embargo, debe detenerse en el límite impuesto por el riesgo de extrapolar la evaluación de unas circunstancias específicas, e intransferibles, a otras.

En este caso la mirada se vuelve con insistencia hacia los derroteros de la China y de Vietnam, pues se tratan de proyectos que, por no abandonar su voluntad socialista, provoca que los estudiosos traten de definir desde la teoría - (y al respecto proponer prácticas) - cómo dar respuesta, en la época del dominio absoluto del capitalismo, a las tensiones conflictivas que se producen entre el interés individual, al que indudablemente hace efectiva sinergia la propiedad y la gestión privadas, en relación con los objetivos y aspiraciones del proyecto socialista y comunista.

Esos pensadores comprenden bien el conflicto. Advierten y subrayan que, incluso aunque la empresa privada hipotéticamente maximice su responsabilidad social y sea capaz de trascender en diverso grado los intereses particulares, su signo definidor es el logro de la rentabilidad y la acumulación.

Con la esperanza de minimizar y controlar las consecuencias de ese conflicto, que no se ha controlado en ninguna experiencia real, los especialistas proponen un amplio surtido de recetas salvadoras: controles fiscales, coinversión y cogestión entre el estado y el sector privado, regulación estatal, etc. Sin embargo los hechos tozudos demuestran que ninguno de esos mecanismos ha podido resolver los terribles problemas, - por sólo mirar al Sur, de nuestro continente. En otros lares, Vietnam, por ejemplo, pese a su elogiado desarrollo económico, muestra en algunos aspectos, indicadores que ceden a otros importantes indicadores cubanos.

Ahora mismo Argentina se aboca a otra profunda crisis, apenas retornó el frenético recorte macrista de prestaciones sociales y las privatizaciones del neoliberalismo, y ello, sólo al muy poco tiempo de que se comenzó a minar los modestos avances del intento anterior por lograr un ¨capitalismo nacional¨, de un rostro más humano, menos salvaje. Y su gobierno acude, nada menos que a quien ayudará a profundizar la crisis, pidiendo desesperadamente los empréstitos y las ¨ayudas¨ del FMI. (No ha mucho, alguien aconsejaba a Cuba, urdido con sesudas razones, entrar en ese organismo.)

Pero lo que interesa destacar en las notas que siguen, es una arista del tema que no podía dejar de abordar una corriente del pensamiento económico e intelectual que desea curarse en salud y librarse del reproche de limitar su análisis a las angostas fronteras de su disciplina. Ahora también insisten en fundamentar filosóficamente sus posturas, aduciendo que el proyecto socialista cubano, - que, por cierto, parece el único con el cual no se reconcilia económica ni culturalmente el Capital, - es, ya, inviable, imposible de llevar adelante. Por ello, además de recetas y procedimientos económicos que de todas maneras necesitan de una comprobación fáctica aun indemostrada sobre todo al sur del Río Bravo, acuden a argumentos más ¨profundos¨, y si es posible, notemos, de alguna envergadura ¨filosófica¨.

Dos ejemplos recientes respecto a los cuales no nos interesan por el momento sus autores, sino las ideas. Así, ya aventurándose en el terreno filosófico, se ha decretado, sin apelación y terminantemente, que Cuba ¨…en ningún caso (…) clasificaría en la situación que el pensamiento marxista clásico definía como condiciones para el socialismo (sociedades desarrolladas y sistema internacional)¨. Es decir, paladinamente dicho con un pretendido argumento “marxista”: ya Cuba no puede seguir su ruta hacia el socialismo porque al fin y al cabo el marxismo clásico postuló que sólo desde el pivote de un “desarrollo” económico previo (“sociedades desarrolladas”), se podría tratar de construir el socialismo. Pero se debe advertir que la corriente que decreta esa fatal imposibilidad, manifiesta, también, que sus tesis están dirigidas a conservar la condición socialista del sistema. Surge una pregunta: ¿Cómo preservar lo que ya se considera imposible, incluso, de lograr? Aquí se viola, alegremente, uno de los principios lógicos del viejo Parménides, el de no contradicción (nada puede ser y no ser al mismo tiempo).

Cuando ya cerraba estas notas, leo lo siguiente en las redes. Un comentarista (otro académico), después de una fatalista relación de condiciones objetivas que deben conducirnos al realismo de aceptar que la gestión privada es mucho más eficiente en todo, sin ninguna otra consideración al respecto, indica lo que le resulta más relevante, y volvemos a darnos de bruces con un ¨marxismo¨ que no se puede saber si nace de la ignorancia o de la conveniencia, aunque parece mucho más debido a lo primero. Debemos advertir que no se trata de un diletante de las redes, sino de un académico de varios títulos y periplos universitarios, tanto como el autor de la idea anterior. Respeto la ortografía del original y el estilo algo desgarbado del académico, quizás porque se trata de un comentario escrito con la premura de exponer su tesis. Y el subrayado en negrita es del autor de estas notas, para destacar la idea que coincide con la que más arriba comentamos. Leamos su tesis:

¨Pero ese llamado al realismo no es lo mas relevante sino otra idea fundamental en Marx que la fundamenta en toda su obra (no soy marxista pues no estoy convencido en la idea de la desaparicion de las clases y el estado, entre otras objeciones, que exprese en Cuba, antes de viajar al exterior, pero creo que es uno de los mas grandes pensadores universales que tiene su lugar en la biblioteca de cada persona culta) es la referida al agotamiento del capitalismo como pre-condicion para el comunismo. Notese que Marx no predica la llegada de una nueva formacion economico social en el fracaso de la anterior sino en el agotamiento de las posibilidades de desarrollo de las fuerzas productivas dentro de ese orden social. Es dentro del anterior orden social donde se agotan los marcos para la expansion de las fuerzas productivas, y donde se desarrollan las condiciones materiales para la maduracion de nuevas relaciones sociales de produccion.¨

El autor del párrafo anterior parece que estudia a Marx, según confiesa que es la fuente de la cita en inglés en que apoya su argumento anterior, en el New York Time. Es conveniente estudiar a Marx en sus fuentes originales y luego contrastar los resultados de las investigaciones de los varios autores que tiene a mano en los años recientes, por ejemplo, Néstor Kohan, o el muy importante Francisco Fernández Buey, o si no se tiene tiempo de sobra, al menos leer EL MARXISMO SIN ISMOS DE FRANCISCO FERNÁNDEZ BUEY, un Copyleft 2013, disponible en formato digital en las redes. Hay múltiples vías hoy para no cometer anacronismos en el estudio de Marx. O simplemente se puede comenzar leyendo dos textos de Marx que citaré al final.

Pero dejemos a un lado la curiosa incoherencia de ambos casos, quizás un desliz del subconsciente que explica la contradicción en que incurren sus autores cuando uno afirma que desea garantizar la continuación del socialismo cubano a la vez que decreta su imposibilidad; y en el segundo caso otra contradicción entre quien dice no ser comunista porque no apoya un criterio teórico marxista que no comparte, para a continuación utilizar otro presunto criterio marxista en que apoyar su tesis.

De todas maneras lo importante es advertir que estamos en presencia de un anacronismo argumental que se comete, o interesadamente, o por desinformación. Se tratan ambos de académicos que, o se han formado con una ruidosa laguna en sus conocimientos del marxismo, o por esas mismas lagunas se explica el uso de una tesis ya superada por la exégesis de Marx ampliamente desarrollada en nuestros días: uno es un economicista de ribetes neoliberales, y el otro, digamos, que es un intelectual confeso socialdemócrata. Ambos en el lugar de Marx, nos actualizan a Engels, y en el lugar de Lenin, a Plejanov (*). Pero vamos a indicarlo, sucintamente, con la esperanza de que nuestros lectores no se dejen embaucar y acudan a los textos que vamos a sugerir.

Pues hace ya algún tiempo, ríos de tinta y bits informáticos por medio, que se ha refutado en toda la línea aquella deformación manualezca del marxismo que aherrojaba el decursar histórico a transitar por rígidas etapas, peldaño a peldaño, de una formación económico social a otra, y que postulaba, así, un determinismo histórico fatalista que exigía pasar por una previa etapa de desarrollo capitalista como umbral y condición inevitable para un tránsito hacia el socialismo.

El llamado marxismo clásico, si nos atenemos al marxiano, no al que deformó posteriormente los aportes del aguafiestas de Tréveris, dejó bien atrás ese encorsetamiento y acartonamiento de la historia. Plejanov, a quien Lenin respetaba porque había sido quien le abrió la puerta a muchos temas filosóficos pero dejó muy atrás desde 1914, y el último Engels, pese a toda su enorme significación en otros muchos temas, insistieron en esa interpretación del necesario agotamiento de una etapa como condición de la existencia posible de la otra. Pero Marx no.

Fue una interpretación deformante de su teoría que ya Marx refutó desde los primeros vagidos de su aparición. Lo que luego daría lugar al anquilosamiento dogmático del llamado ¨etapismo¨ lo refutó Marx en toda la línea y como siempre hizo desde el criterio del estudio de los datos reales que tenía a mano.

Estudió el idioma ruso para informarse de primera mano acerca de la comuna campesina del país de los zares, y, además, acopió, estudió e incorporó a su obra cumbre, el resultado del análisis de una enorme información de realidades socio-económicas que no pertenecían a la Europa Occidental. De esa manera pudo poner en su lugar esas interpretaciones que, según aclara refutándola, estarían destinadas, como después sucedió, a:

¨…convertir mi esbozo histórico sobre los orígenes del capitalismo en la Europa occidental, en una teoría filosófico—histórica sobre la trayectoria general a que se hallan sometidos fatalmente todos los pueblos, cualesquiera que sean las circunstancias históricas que en ella concurran, para plasmarse por fin en aquella formación económica que, a la par que el mayor impulso de las fuerzas productivas, del trabajo social, asegura el desarrollo del hombre en todos y cada uno de sus aspectos. (Esto es hacerme demasiado honor y, al mismo tiempo, demasiado escarnio.)¨ (Subrayado nuestro.)

(Para estudiar en toda su amplitud qué implicaciones tiene esa afirmación de Marx, de finales de 1977, es útil, entre otros autores igualmente esclarecedores, acudir al estudio detallado que de este tema hace Néstor Kohan en Marx en su (tercer) mundo, en especial el capítulo homónimo. Además, la edición cubana contiene varios anexos, uno de ellos titulado La ruptura con el eurocentrismo. Carta a la redacción de Anales de la Patria., del cual se toma la cita anterior.)

La otra fuente que evidencia sin duda alguna esa aclaración marxiana, - luego interesadamente desconocida por el “marxismo clásico”-, es la célebre respuesta (de 1881, a pocos años de su muerte) a una pregunta de la rusa Vera Zasulich con respecto al debate de los revolucionarios rusos sobre el destino de la comunidad rural de aquel país. Con tanto ahínco esclarecedor le interesaba zanjar la cuestión a Marx, que el borrador de su carta ocupa, si mal no recuerdo, como 30 cuartillas, pese a que ya su enfermedad le impedía trabajar con la intensidad que le era proverbial. Al final la resumió en una sola cuartilla.

Pero no es el caso exponer aquí lo que debe estudiarse directamente para no sucumbir a los cantos de sirena ni ser víctima de la ignorancia. Baste decir que Marx, en palabras de Néstor Kohan, abordó ¨la multiplicidad plurilineal de vías alternativas (no necesariamente sucesivas) para el desarrollo histórico.¨ Lo otro es la hojarasca que todavía se trae a cuento para pontificar la muerte del socialismo, actualizando una pátina deformante de la que ya se ha librado al marxismo de Marx, un corsé de su pensamiento que se comenzó a fraguar incluso durante su propia vida, y que le llevó a decir, entre bromas y veras, "Si esto es marxismo, yo no soy marxista", si esa sería la interpretación de sus aportes. Tenemos que negarnos a seguir un viaje a la semilla infértil, en círculo hacia esa otra fatalidad de nuevo cuño, que apunta a sembrar la idea de la imposibilidad del socialismo, basándose, entre otros argumentos también muy discutibles, en una deformación ya más que superada, del marxismo de Marx.

El socialismo existirá sólo como un proceso de la lucha que sea capaz de imponerse al fatalismo y la renuncia. No habrá condiciones objetivas fatales y previas que el hombre no pueda proponerse modificar: es el mensaje que recogemos de ese Marx que nos continúa hablando, renacido, en su Bicentenario(**).

(*) “…hasta el final de sus días Plejanov se (aferró) religiosamente —como también lo hiciera Kautsky— a un determinismo histórico lindante con el fatalismo, del cual dedujo la imposibilidad de forzar, negar o violar “las férreas leyes de la historia”. En Marx en su (Tercer) mundo. Néstor Kohan. Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, 2003.

(**) Immanuel Wallerstein: “Hay una vieja historia acerca de Marx: se le arroja por la puerta principal y vuelve a colarse por la ventana trasera. Eso es lo que ha sucedido una vez más. Marx es relevante porque tenemos que lidiar con cuestiones sobre las que todavía tiene mucho que decir y porque lo que dijo es diferente de lo que la mayoría de otros autores han argumentado sobre el capitalismo.
Muchos columnistas y académicos, no solo yo, encuentran a Marx extremadamente útil y hoy atraviesa por una nueva fase de popularidad, a pesar de lo que se predijo en 1989.”

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