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"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." Fidel Castro Ruz

miércoles, 17 de octubre de 2018

Los fenicios del Caribe

Cada vez más cubanos viajan al exterior para traer mercancías a la Isla, a contrapelo de todo.

 



La “comenda” fue una modalidad de comercio de la Venecia medieval que logró hacer de ella una ciudad comercial y rica, y facilitó la movilidad social de una parte de la su población en una época en la cual todavía existía el prejuicio de que los seres humanos nacían “desiguales” por naturaleza misma: aristócratas unos, siervos, plebeyos, comerciantes, etcétera. Fue una época aún muy lejana de la Revolución Industrial inglesa y de la consolidación del capitalismo, una época donde el capital comercial era predominante y donde la alianza entre los comerciantes y el poder político era “funcional” a ambos.

En esa modalidad de comercio, la comenda, la forma de organización era muy simple pero muy efectiva. Un sujeto, prácticamente con nada nada más que sus ganas de tomar riesgo y con muchas aspiraciones de ascender en la pirámide social de la época se aliaba con otro, con capital suficiente, para desarrollar su “negocio comercial”. El primero viajaba y se exponía a las vicisitudes del comercio de aquella época, que incluía muchas veces hasta el riesgo de su vida. El segundo, adelantaba el capital y asumía el riesgo financiero y recibía una parte sustancial de las ganancias que el negocio generaba.

Durante al menos dos siglos el sistema funcionó perfectamente, excelente a los intereses individuales de los comerciantes y también a los de las clases altas de la ciudad. Permitía al que hacía la labor, obtener unos ingresos que a la vez lo sacaban del estrato social donde estaba, y consolidaba el poder económico del financista. Encima, esta modalidad contribuía, vía impuestos, a la riqueza de la ciudad.

Durante un tiempo Venecia no solo fue el centro del comercio de Europa, sino también el lugar a donde llegaban los adelantos tecnológicos de ambos mundos: el asiático y el europeo.

El comercio cumple, entre otras funciones, esa de difundir la tecnología y permite, si se hace bien, apropiarse de ella. Primero a través de la imitación y luego gracias a la innovación. Pero la etapa de luna de miel entre las clases pudientes y la comenda llego a su fin, cuando aquellas clases pudientes vieron amenazado su propio poder por la riqueza acumulada por las personas que participaban en ese tipo de arreglo comercial.

Entonces, surgió una nueva institución, el llamado “serrato”, que limitó y prácticamente hizo desaparecer aquella forma moderna y ágil de comercio. Con el serrato llegó también el declive de Venecia, perdió su posición de vanguardia dentro de las ciudades europeas, no pudo incorporarse a tiempo a la transformación capitalista y terminó siendo una especie de “ciudad para turistas”, tal cual es hoy. Como hecho socioeconómico, la comenda es mucho más complejo que este relato simplificador.

La comenda me vino a la mente después de leer varias noticias acerca de los cubanos viajeros. Para mí es una gran felicidad que muchos cubanos hoy puedan viajar, que lo hagan sin pedirle permiso a su jefe, sin tener que justificar porqué viajan. En realidad quisiera que fueran el doble de los que lo hacen hoy, pues eso significaría que muchos cubanos tienen suficientes ingresos para darse una vueltecita por ahí. Es cierto que otros muchos no lo tienen, pero la culpa no es de esos que sí viajan.

Que lo puedan hacer con sus hijos o con sus esposas, o con ambos, es parte de un cambio que todos ya hemos incorporado como natural pero que costó años poder alcanzar.

Las razones por la que los cubanos viajan son muchas. Desde los que intentan alcanzar la condición de residencia a o ciudadanía en algún otro país y con ello lograr beneficios económicos y también de otro tipo, hasta los que lo hacen por la simple razón de la curiosidad: para ver qué hay del otro lado, para “testear” cuáles son sus posibilidades. En el medio hay una inmensa gama de otras razones. Una de ellas, quizás de las más importantes, es la del comercio.

Se reproducen abajo algunas de las noticias sobre este asunto:

Cifras oficiales muestran que en 2017 más de 71,700 cubanos viajaron a Panamá con visa de turistas, la mayoría de ellos fue a comprar a la zona franca.

“Hay más de 15.000 cubanos que vienen a la ZLC para comprar y enviar su mercadería a su país”.

El pasado mes de enero el gerente de la conocida Zona Libre de Colón, Manuel Grimaldo, detalló el impacto económico que generan los ciudadanos de la Isla que viajan hasta territorio panameño con fines comerciales. Las compras de cubanos en este enclave comercial ascendían a 100 millones de dólares.

Los cubanos ahora se encuentran entre las principales fuentes de visitantes no guyaneses a esta nación del tamaño del estado de Idaho que tiene poco turismo: “Ningún otro grupo compra como los cubanos en Guyana. El comprador típico se queda de cuatro a seis días y gasta entre $2,000 y $3,000 en una visita, incluyendo compras, alojamiento, comida y otros conceptos básicos.


En el primer semestre de este año unos 65 000 “turistas cubanos” han viajado a México.

Muchos de los que van México o Panamá están motivados por el deseo de obtener un visado norteamericano, gracias al plan Rubio-Trump que impide conseguirlo en Cuba. El Consulado norteamericano en la Habana emitía miles de visas anuales. Podemos descontar a estos cubanos (muchos de los cuales venden sus libras, como en la comenda para poder financiar el boleto para obtener sus visas).

Concentremos la atención en las cifras de compra: en Panamá más de 100 millones, en Guyana unos 80 millones, no conocemos las de México, pero podemos estimarlas parecidas a las de Panamá, tampoco conocemos las de República Dominicana y las de Rusia. No sabemos las de Estados Unidos. Digamos que en total son entre 250 millones y 300 millones en mercancías compradas en el extranjero, de forma minorista y vendidas en Cuba, también de forma minorista, aun cuando las restricciones aduaneras cubanas son bastante restrictivas.

A esa cantidad de dinero habría que sumar los costos del ticket de avión y el visado, dineros que van a parar a las arcas de otros países. Gastos que después se prorratean en los precios de todos los bienes importados. Dineros que salen de Cuba cuando una buena parte de ellos podría quedarse en el país.

También hay que distinguir dos tipos de compras: aquellas que tienen como finalidad el comercio puro y duro y persiguen una ganancia comercial y aquellas otras que tienen como finalidad proveerse de materias primas y algunos equipos para llevar adelante un negocios (aires acondicionados, refrigeradores, ventiladores, lavadoras, fregadoras de plato, insumos, etcétera.) Además está todo aquello que permite el desabastecimiento de los mercados estatales y que encuentra un resquicio por donde filtrársele a las regulaciones de aduanales. En general las compras van desde piedras de fosforera y pasta de diente e íntimas hasta televisores de última generación.

Desde la perspectiva puramente comercial, quien hace la operación recibe una utilidad, a veces de hasta el 100 por ciento de lo comprado. Quien compra satisface una necesidad y se ahorra una parte del ingreso que debería de gastar en una tienda estatal donde el mismo producto tiene un impuesto a la venta de 280 por ciento.

Nuevamente, desde la microeconomía, ambos ganan. El vendedor que aprovecha una falla del mercado interno (que tiene causas más profundas) y el consumidor que se ahorra una parte importante de sus ingresos y mejora sustancialmente la calidad del bien que va a consumir en comparación con el que le ofertan las tiendas estatales.

Es cierto que es un mercado totalmente atípico, que funciona con muchas fallas, desde información incompleta, hasta situaciones monopólicas, pasando por la incertidumbre de la intermitencia de la oferta, que muchas veces provoca tomar decisiones de compra poco racionales.

Desde la perspectiva más general, habría que decir que si bien la “mano invisible” del mercado facilita la satisfacción de ambos intereses, el del comprador y el del vendedor, no permite maximizar el bien común, y desde la perspectiva de la economía en su conjunto se producen pérdidas a escala general.

Vayamos a las causas. Las más superficiales de todas: el desabastecimiento de los llamados mercados estatales en CUC, la mala calidad de los bienes que se ofertan, el precio excesivo de la mayoría de ellos, la subordinación del consumidor al proveedor debido en lo fundamental a la falta de competencia por existir un gran monopolio en el comercio en CUC. Estas no son fallas de mercado, sino de la empresa estatal monopolista encargada de comercializar esos bienes.

(Por cierto, a nosotros, al pueblo, dueño de esas empresas, jamás se nos ha informado cuánto venden, cuánto gastan, quiénes son los principales proveedores y menos aún cómo se hacen esos contratos de suministro. Algo paradójico. Quizás la nueva Constitución pueda ayudar a solucionar esa “pequeña” contradicción.)

Si rascamos un poquito la superficie, entonces encontramos otras causas quizás más decisivas: la debilidad del sistema productivo cubano para proveer de bienes al mercado nacional (eso de importar chancletas plásticas o botas de trabajo casi que lo dice todo); la falta de correspondencia entre lo que se planifica y lo que se logra producir; la poca autonomía y capacidad operativa y financiera de la empresa estatal que no le permite aprovechar las oportunidades que una enorme demanda insatisfecha genera; la debilidad de las producciones locales para suplir con bienes propios de calidad sus mercados (qué decir de las toneladas de puré de tomate importado versus las tonelada de tomate echado a perder año tras año, esperando por los grandes proyectos de pequeñas industrias locales); la falta de un tejido de pequeña y mediana empresa no estatal que puede asumir algunos de esos riesgos descargando al Estado de semejantes gastos. Estas son algunas de esas causas, pero hay más.

¿Qué pudiera hacerse de corto plazo? Digamos que las personas que trabajan en la “comenda”, estos cubano-fenicios, pudieran acceder a esos mismos productos en Cuba, a precios parecidos a los que obtienen en los países donde invierten esos milloncitos.

Supongamos que, por ejemplo, se habilitan algunos de esos grandes almacenes, se abre el suministro al por mayor a grandes empresa proveedoras a las cuales se le cobra un impuesto sobre las ventas mayoristas. Si fueran 300 millones y se cobrara un impuesto del 5 por ciento, entonces el Estado cubano ganaría unos 15 milloncitos solo por dejarlos vender en frontera, más el alquiler de los almacenes, más el gasto en salarios a sus empleados, más electricidad, agua, y otros. A todo ello habría que agregar el dinero que se ahorra el país por concepto de visas y de tickets de avión. Y también el beneficio de disminuir el enorme trabajo que tienen hoy la aduanas del país y sin lugar a dudas la reducción de esos “trámites grises” que dan lugar a tanta corrupción.

Supongamos que a esos cubanos “viajantes” se les formaliza, se les ofrecen algunos incentivos como poder comprar en Cuba lo que quieren vender en Cuba, con la misma calidad que los productos que adquieren fuera de Cuba y a precios competitivos; o tener espacios de venta dentro de las propias tiendas estatales -ya hay ejemplos como Spart y Agua y Jabón, cierto que no son cubanas, sino de algún empresario privado extranjero ¡mira tú!-; arrendarles locales para que inviertan en sus propias tiendas (igual que se hizo con algunas cooperativas en el sector gastronómico). Cierto que tendría que haber un “contrato claro y transparente” entre el Estado y estos cubanos-fenicios y determinadas seguridades por ambos lados.

Llegar a la raíz es otro asunto de más largo plazo, de mayor complejidad. Mientras nuestro sistema productivo no logre producir una buena parte de lo que hoy se importa -la verdadera razón de todo- seguiremos perdiendo ingresos en dólares.

También se corre el riesgo del efecto demostración y de que pronto descubramos que gestionar el comercio minorista y al detalle por empresas estatales no solo es ineficiente -algo que los hechos se han ocupado de demostrar- sino inconveniente. De ser así y siendo consecuente con esa realidad, entonces podría ocurrir la pérdida de empleos y otras cosas para los que hoy se ocupan de estos asuntos.

Recuerdo que el sector de comercio y gastronomía es un sector que emplea a muchas personas. Recuerdo también que lo que ese sector recauda es importante para el Estado. Habría que hacer la cuenta “T” (debe y haber). Habría que sacar los costos de oportunidad (hoy muy difíciles pues no están disponibles públicamente los datos necesarios para ello) y asumir los riesgos de semejante transformación.

Hace muy poco el presidente Díaz-Canel le señalaba al sector industrial cubano cuánta oportunidad desperdiciada hay en el turismo, cuánto se importa para poner en funcionamiento una habitación en un hotel cuatro o cinco estrella. Pues bien, el comercio minorista es otra gran oportunidad desperdiciada.

No la emprendamos contra los fenicios, sino contra las causas que provocan las fallas del mercado y del Estado; esas que hacen florecer un tipo de comercio que se extiende y sobrevive gracias a esas grandes distorsiones.

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