Fidel


"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." Fidel Castro Ruz

lunes, 20 de agosto de 2018

Mahi-mahi, turismo y territorio


– ¿Y qQué pescado tienen?
– Mahi- mahi. Es importado, señor.
El mahi- mahi no es más que el Dorado, así es como se conoce en Cuba, y se puede pescar en nuestras aguas adyacentes con cierta regularidad. Ese pez, sin duda muy bueno, viene de muy lejos en esta ocasión, viaja demasiado para llegar al Caribe, entrar por algún puerto, se mueve de ese puerto hasta algún almacén y desde ese almacén hasta la cocina de un hotel enclavado en algún lugar de la Isla. No obstante, allí estaba el Mahi-mahi importado. Y no es malo que esté (eso contribuye a la variedad), lo malo es que fuera el único pescado que el hotel podía ofrecer ese día.
Llama la atención, porque el hotel está situado en el sur de nuestra isla grande, en una zona famosa por la abundancia de peces de plataforma, algunos de ellos de exquisita carne (pargos, pejeperros, meros en sus diferentes variantes, rabirubias, biajaibas, etcétera). A menos de 200 metros la plataforma desparece y entonces están los peces de mares profundos, los pelágicos (el Mahi- mahi es uno de ellos). Es además una zona donde existen varios pueblos costeros, cuyos habitantes se han ganado la vida desde siempre con la pesca. Allí hoy el trabajo no abunda, la emigración es un flagelo y la delgadez de los ingresos personales hace que la vida “no sea fácil”.
Hubo un tiempo en que tuvimos una industria pesquera que exhibía una flota de plataforma y también una flota del alto. Hubo un tiempo en que la captura de especies de plataforma (peces de escama) tenía algunos destinos específicos, donde hospitales y hoteles estaban nominalizados. Hace mucho tiempo que no es exactamente así.
“De cajita, señor”, fue la respuesta cuando inquirimos por jugos naturales. ¡Estábamos en plena época de mangos!, en un territorio que en su tiempo, hace ya más de cincuenta años, cuando cada quince días visitaba el pequeño pueblo donde mi hermana alfabetizaba, arboledas de marañones y decenas y centenares de árboles de mango cubrían una buena parte de esas tierras. Hoy esas arboledas han sido sustituidas por selvas de marabú que ayudan a incorporar nitrógeno a la tierra y evitan su erosión, pero que no producen frutos.
Creo que para los trabajadores de ese hotel, todos muy amables, todos muy buenos, es tremendamente penoso no poder ofrecer al turista productos de su región, jugos naturales de sus propias matas de mango y pescado de ese mar tan rico en peces de plataforma. Me vino a la mente lo que el Presidente actual le dijera a las autoridades de Holguín cundo visitara el proyecto de desarrollo turístico de Antillas. Si mal no recuerdo les sugirió que debían pensar en cómo el territorio se incorporaría a ese desarrollo, qué tendrían que hacer para que los turistas fueran a Antillas, disfrutaran del pueblo y el pueblo pudiera disfrutar y beneficiarse de forma directa de ese desarrollo, más allá de ser un “proveedor natural de fuerza de trabajo”.
En algún momento los que dirigen los diferentes sectores de nuestra economía deberían hacerse la misma pregunta, pero al revés: ¿Cómo sus grandes programas incorporan a los territorios de formas efectiva, más allá de considerarlos una fuente de fuerza de trabajo? Y en algún momento, quizás después de que la Reforma Constitucional sea discutida y aprobada, los dirigentes de los territorios (gobernadores e intendentes) deberán preocuparse por saber bien al detalle y explicarles a sus habitantes cuáles son los derrames de esos grandes programas en la tierra que habitan.
Me pregunté entonces cómo este hotel, rodeado de pueblos costeros, no podía ofrecer en sus restaurantes pescado fresco, con cierta abundancia y total regularidad, cómo era posible que no tuviera una pecera de agua de mar con las variedades que el turista podría degustar. Estoy convencido de que desde el director del hotel hasta el más sencillo de los trabajadores piensa igual que yo, y que todos disfrutarían de poder hacerlo, pero lamentablemente no está en sus manos lograrlo.
Ellos dependen de otros decisores a otros niveles, quizás de alguna oficina en La Habana desde donde le envían la mayoría de los productos que deben cocinar y desde donde apenas se entiende qué es el territorio donde está enclavado el hotel.
Con apenas un contrato con un par de botes de pescadores de la zona, el hotel podría ofrecer todos los días pescado fresco, sin dañar el equilibrio y el medio ambiente y sin tener que erogar dinero importando Mahi- Mahi. Con apenas un contrato con criadores de la zona, pudieran ofertar carne de cerdo (criado de forma natural), huevos y gallinas de patio, y podría entonces sumar a las maravillas de su trato y del mar, alimentos típicos de la zona. Podrían ofertar malanga, uno de los productos por los cuales todo ese territorio es famoso. Podrían sumar esa “marca de origen” a lo especial del hotel, así el hotel podría integrarse al territorio y no ser una especie de enclave. Pero esa decisión escapa a las posibilidades del director del hotel.
Sería una forma de aumentar el efecto multiplicador del turismo donde esos programas están enclavados y de mejorar la integración de ambos: el territorio y el desarrollo turístico. Sería también una manera de integrar “cadenas productivas” a escala local. Es cierto que es a escala micro, pero los habitantes de esos territorios viven a esa escala.
Estoy seguro de que hasta el más simple de los trabajadores del hotel –y lógicamente su director– han pensado más de una vez en esas potencialidades. Pero sus facultades son mínimas, su “libertad” para elegir mejores opciones apenas existe. Es probable que su hotel no sea una empresa, sino una UEB de alguna empresa del grupo hotelero.
Su hotel, un hotel muy especial, pequeño, alejado de casi todo, que ofrece además un producto turístico muy específico, es tratado igual que todos los otros hoteles de la cadena. De los almacenes de la cadena va al hotel lo que los almacenes de la cadena logren comprar, una buena parte importando productos que pudieran producirse en el país e incluso en el territorio.
Siempre me viene a la mente la Isla de la Juventud, antes Isla de Pinos, un lugar con potencialidades turísticas increíbles: más de 35 playas con valor turístico, agua de beber por manantiales, dos aeropuertos (el de Gerona y el del Colony, si aún existe) una riqueza pesquera indiscutible, un río navegable en más de 300 metros desde su desembocadura, y tan poco tenido en cuenta para los programas de desarrollo turístico del país, sólo o casi solamente proveedor de fuerza de trabajo para los hoteles de Cayo Largo del Sur, donde el agua de beber se lleva desde la isla grande hasta los hoteles, teniendo la Isla la posibilidad de un pequeño proyecto local para embotellar agua y proveer de ese recurso no solo a Cayo Largo del Sur, sino también a Gran Caimán. El pozo está ahí, el agua también. Jesús Montané Oropesa, en su momento albergó ese sueño, sin embargo, el proyecto, aún no sé porque razón, no existe o al menos yo no lo conozco, o quizás haya que tener la anuencia del MINAL para producir el agua. O la ciudad de Santa Fé, (La Fé) allí mismo, con su río de manantiales de aguas medicinales y que en su tiempo fuera un lugar donde turistas de Norteamérica llegaban para curar sus dolencias. ¿Cuánta riqueza mal aprovechada? ¿Cuántos ingresos dejados de percibir? ¡Cuánta subordinación territorial a intereses sectoriales que desconocen las potencialidades e intereses de los municipios!
Algún día, espero, estas cuestiones pueden ser cambiadas, y los territorios sentirán que tienen derecho no solo a preguntar, sino a exigir y que además cuentan con el respaldo legal para hacerlo, pues el proyecto de nueva Constitución así lo determina.
No es un problema sencillo ese de la inserción en las economías territoriales de los grandes programas nacionales y viceversa, el de la inserción de los territorios en los grandes programas nacionales. Múltiples factores objetivos y subjetivos deberán ser atendidos y resueltos para lograrlo. Desde la manera de pensar y actuar de los actores locales, exigiendo y haciendo cumplir los derechos que la nueva Constitución les conferirá, hasta la manera de pensar y concebir de los que tienen a su cargo esos grandes programas nacionales.
¿Qué por ciento de la demanda de productos y servicios de este proyecto se pueden cubrir con producciones y recursos locales? ¿Cuánto potencia este programa o proyecto la producción territorial?  ¿Cuál es el por ciento de los ingresos de este programa-proyecto que se queda en el territorio? ¿Cuáles son las demandas en infraestructura que pueden ser resueltas desde el municipio? ¿Cuáles deben ser los destinos de los ingresos percibidos por el municipio gracias a este programa-proyecto? Preguntas como estas deberán estar presentes en cada una de las discusiones cuando las autoridades territoriales sean convocadas a participar en esos programas y proyectos desde su concepción inicial.
Es toda una gran tarea de aprendizaje mutuo, desde uno y otro lado, y es muy necesaria.

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