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"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." ""Creo que mientras más critica exista dentro del socialismo,eso es lo mejor" Fidel Castro Ruz

miércoles, 25 de abril de 2018

Relevancia de las mipymes para el tejido empresarial cubano


Revista Temas

Por Isis Mañalich Gálvez 
Luis Marcelo Yera 

Investigadores. Instituto Nacional de Investigaciones Económicas (INIE). 

Desde finales de la década de los 60 cuando se observaba un decrecimiento en las economías industriales, países como Alemania Occidental y Japón, considerados exitosos y cuyas economías no se habían estancado, habían apostado a las pequeñas empresas existentes en estos y les brindaban apoyo gubernamental. Esta acción llamó la atención de otras naciones como Gran Bretaña, que comenzó a considerar clave al pequeño sector empresarial para el crecimiento económico. Así, el informe emitido en 1971 por el Comité Bolton de Investigación en ese país capitalizó el tema y propuso una definición de pequeña empresa, con posterioridad aceptada  internacionalmente (Clarke y Monkhouse, 1994: 297). Por antítesis, serviría para definir también la gran empresa. Se sugirió el siguiente enunciado de pequeña empresa: 

1. Dispone de una parte reducida del mercado y  su actividad no influye en la demanda total del país. 

2. Es dirigida por sus propietarios, y generalmente no contrata directivos profesionales. 

3. Es independiente en cuanto a la adopción de decisiones en relación con otras empresas, es decir, está libre de control externo. (Informe Bolton citado en Udima). 

Con el llamado Informe Bolton, Gran Bretaña  inauguró el reconocimiento a la importancia que habían tenido las pequeñas empresas en aquellas economías industriales con crecimientos sustanciales y sostenidos. 

Más adelante se aceptó que las pequeñas empresas eran discriminadas por las instituciones financieras del sector público,1 lo cual frenaba el crecimiento económico del país. No es hasta 1989 que las pequeñas empresas en Gran Bretaña pasan a ser la principal fuente de aumento del empleo. 

Asimismo, en diversas naciones las mipymes explican, en lo fundamental, el crecimiento económico de muchos de sus sectores. Hoy en día, la pequeña empresa es reconocida no solo como innovadora y suministradora de empleos, sino como «una unión vital en la cadena de suministros de empresas mayores» (Clarke y Monkhouse, 1994: 297). Esto último lo ejemplifica el connotado economista surcoreano Ha-Joon Chang en una entrevista para una publicación digital chilena: 

Lo que hace diferente a Chile de esos países [se refiere a los industrializados] no es solo la cantidad de doctorados sino que Estados Unidos tiene a la Boeing y Alemania a la Volkswagen; y cada una de esas empresas está ligada a una red de firmas medianas y de proveedores pequeños. (Guzmán, 2016). 

De ello se deriva la importancia que reviste para los países el apoyo gubernamental a esas organizaciones menores. 

Después de una época de resistencia ideológica hacia el asunto, Cuba aceptó finalmente el concepto de mipyme en el campo de la propiedad privada, así como su derecho a ser reconocida como persona jurídica (PCC, 2016: 10), aunque está por desarrollar la debida institucionalidad para su inserción en el modelo económico en construcción, incluyendo su vínculo con las grandes empresas del Estado. 

De todas maneras, en paralelo se acordó acotar algunos aspectos vinculados a dicha modalidad de apropiación. En el VII Congreso del PCC se convino que no se permitirá la concentración de la propiedad y la riqueza en la actividad no estatal, a la vez que se mantendrá la selección centralizada de los bienes y servicios suministrables por cualquier tipo de actor (7, 11). 

En la sesión extraordinaria de la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP), celebrada a fines de mayo de 2017, Marino Murillo Jorge, miembro del Buró Político del Partido y jefe de la Comisión Permanente de Implementación y Desarrollo, expresó que «tenemos que precisar qué entenderemos por concentración de la riqueza», refiriéndose a continuación sobre la necesidad de conformar una adecuada política tributaria que nos permita una apropiada redistribución de los ingresos (Rodríguez et al., 2017: 3). 

La actividad económica no estatal continúa siendo un desafío teórico insuficientemente debatido en los países que se plantean la construcción del socialismo, máxime cuando aún permanece sin decantar el arquetipo de la empresa estatal socialista y, en el mundo, centros de poder y sectores académicos relanzan la filosofía del «espíritu empresarial», principalmente dirigida a fomentar la creación de nuevas empresas por jóvenes emprendedores privados. 

A los efectos de este estudio, se ha considerado que las fuentes de las futuras mipymes cubanas son el llamado trabajo por cuenta propia y las cooperativas aprobadas para nuevos sectores y actividades —ambas esferas por ampliarse, sin dudas—, de acuerdo con la práctica mundial, que excluye de estas los negocios agropecuarios y aquellos que son controlados externamente por otras empresas. 

En Cuba está por precisar la existencia de empresas estatales (EE) que constituyan una sola unidad productiva autónoma. En 2015, de las más de dos mil EE cubanas, 80% pertenecía a grupos empresariales, mientras que el 20% restante estaba en vías de formar parte de ellos o tenía una situación indeterminada en cuanto a su aislamiento y posible composición por más de una unidad productiva (Marcelo Yera, 2016). 

Tamaño de las empresas y su contexto teórico

Los debates en cuanto a la dimensión de la empresa vienen dados, en lo fundamental, por las diferencias establecidas en el propio concepto. El punto de partida radica en que la teoría económica define la empresa por su output, mientras la economía de la empresa por el input y su asignación (Galindo, 2005: 10). O sea, que difiere sustancialmente el tamaño de la empresa cuando se define a partir de lo que utiliza el proceso productivo, y cuando se hace según lo que se obtiene.

Cuando la empresa está sobredimensionada, parte de la capacidad productiva está subutilizada, y soporta entonces costes superiores a los que realmente necesita para su nivel de producción; de ahí la importancia de seleccionar un tamaño óptimo. Sin embargo, debe dejarse un margen para un posible incremento de la producción, por lo que se estima que 80% de utilización de la capacidad puede ser una cifra de referencia (BBVA, 2012).

Las dimensiones de las empresas están condicionadas también a un óptimo tecnológico y/o comercial, adaptado al entorno macroeconómico e institucional de las economías donde ellas se establezcan.

Para que un criterio de medida sea efectivo debe responder a tres cuestiones fundamentales relacionadas con: el tamaño de la empresa y la típica de su sector económico, la influencia de la tecnología en las cifras de sus procesos productivos y su grado de diversificación en ramas de naturaleza técnica. Los criterios más utilizados son: ventas o cifras de negocios, fondos propios (capital más reservas), activos totales netos, número de empleados, inversiones o inmovilizado total neto, valor añadido, volumen de producción, cash flow [flujo de caja], recursos ajenos o depósitos de terceros (pasivo de la entidad financiera) y exportaciones e importaciones (Bueno citado en Nieto et al., 2015).

Eduardo Bueno comenta la existencia de diversas propuestas en relación con la necesidad de utilizar o combinar más de un criterio para explicar el tamaño de las empresas y sobre esa base, la dimensión empresarial puede variar según el criterio elegido. De ahí la razón de la polémica científica sobre su tamaño óptimo.

En las últimas décadas, la teoría relacionada con la organización industrial se ha dedicado a determinar los factores que establecen el tamaño de las empresas. Ha fundamentado el análisis a partir de la Ley de efectos proporcionales o Ley de Gibrat,2 la cual se basa en que el crecimiento de aquellas es independiente de su tamaño.

Resulta de particular importancia para los países clasificar las empresas por su tamaño, debido a que sobre esa base pueden enfocarse apropiadamente las políticas públicas y garantizar los recursos de ese indicador.

En la teoría económica existen tres enfoques que explican el tamaño óptimo de las empresas:

     Tecnológico: Punto de vista sustentado por la idea de que la empresa es solo una función de producción, y determina su tamaño por la eficiencia técnica. El tipo de costos de la empresa junto a la existencia de economías de escala establece el tamaño óptimo que la empresa puede alcanzar, pues el nivel de producto que minimice el costo promedio será la escala mínima eficiente.

     Organizacional: Enfoque que define la empresa no como una función de producción, sino como una organización social, y establece su tamaño según la eficiencia de los costos de transacción. El tamaño óptimo resulta cuando se iguala el margen de los costos del manejo administrativo con los del uso del sistema de precios (Garrouste y Saussier citado en Nieto et al., 2015: 6). En este caso la capacidad gerencial es un insumo determinante en el tamaño de la empresa.

     Institucional: Determina el tamaño por el aspecto regulatorio y el acceso a recursos financieros. En el primer caso, hay evidencias (Banco Mundial citado en Nieto et al., 2015: 7-11) de que la regulación excesiva dificulta la creación y el desempeño de las pequeñas y medianas empresas y, sobre el aspecto financiero se plantea que las de menor tamaño presentan problemas al acceder a mercados financieros amplios (Kumar et al., 1999 citado en Nieto et al., 2015).


Una vez enunciado el contexto teórico de referencia sobre el tamaño de las empresas, resulta necesario señalar el entorno en el cual estas se desenvuelven.

Ese entorno se identifica por gran incertidumbre, alta volatilidad de los precios y poco crecimiento económico en muchos países, a raíz de la desaceleración del incremento de la economía china a partir de 2011, lo que provocó la caída de los precios de las materas primas (BID, 2015: 14) . En este escenario, otra característica importante es la contracción del ciclo de vida del producto, lo que induce a la empresa a dar una pronta respuesta a la cambiante demanda del mercado, para lo cual es clave el progreso tecnológico, sustentado por el avance y la difusión de las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC).

Las condiciones creadas por las TIC han permitido e inducido una amplia segmentación de mercados para responder a la diversidad de la demanda con toda la gama de posibilidades de innovación especializada (Pérez, 2009: 111-23). Esto significa que el mercado de cada producto se fragmenta en nichos de especialidad, que se hacen cada vez más numerosos, lo que facilita su inserción en las cadenas globales de valor.

Al observarse cambios en el entorno de las empresas, en cuanto al mercado, tipo de competidores, tecnología y necesidades de los clientes, entre otros, estas están obligadas a ser más dinámicas, con la consecuente necesidad de pasar a producciones más flexibles y competitivas (Hidalgo, 1999: 54). Así, las oportunidades están abiertas para las mipymes; su flexibilidad y adaptabilidad beneficia la cercanía productor-cliente, mientras que Internet permite acceder a consumidores lejanos. Esto significa que la alta tecnología dejó de ser solo privilegio de la gran empresa y que el espacio para las mipymes es cada vez mayor (Pérez, 2009; 2016).

En el escenario internacional empresarial, estos mismos cambios brindan a las mipymes nuevas posibilidades de existencia y desarrollo, una esperanza de vida mayor, sustentada por la difusión de las TIC y la segmentación de los mercados, que les posibilita responder a las cambiantes demandas como proveedoras y contratistas de las grandes empresas. Internet permite acceder también a las redes formadas alrededor de estas últimas, y brindan garantía de mercados y de suministros, reducción de costos de transacción, posibilidades de intercambio de tecnología, cooperación en mejoras, etcétera.

El enfoque de innovación ha cambiado desde 1980, año en que se transita del estático, en el cual la tecnología fungía como determinante, al dinámico, donde la organización y las formas de hacer y pensar, marcan el salto en cuanto a nuevos productos y procesos. En este sentido, cobra gran importancia la alianza entre empresas, ya que con ello pueden compartir los riesgos de la innovación, uno de los aspectos que limitan su aplicación.

El desarrollo de estrategias asociativas y la construcción de redes empresariales entre las mipymes, tiene un carácter sustancial. Las experiencias exitosas han demostrado la importancia de impulsar iniciativas de articulación, tanto productiva como comercial, entre firmas, y verificado el impacto positivo de estas sobre el tejido empresarial, en términos de mejoramiento de la base tecnológica, de calidad de los recursos humanos involucrados y del entorno de negocios.

En ese ámbito han surgido pequeñas empresas intensivas en conocimiento, que presentan características muy diferentes a las mipymes tradicionales, y con otro tipo de requerimientos, por lo que las políticas de apoyo también deben ser diferenciadas. Las tradicionales son empresas con niveles tecnológicos diversos, cuyo éxito depende del modelo de negocios, de las mejoras continuas y de la calidad de sus relaciones con proveedores, clientes y competidores; mientras que el de las intensivas en conocimiento depende de la innovación constante, la permanente elevación de sus capacidades y la calidad de sus redes, nacionales y globales, de interacción, cooperación e información.

No existe evidencia empírica sobre resultados crecientes en cuanto a la creación de outputs de innovación, según el tamaño de la empresa. Sin embargo, en materia innovadora se ha podido constatar el buen desempeño de las mipymes frente a las grandes:

     Contribuyen a la innovación tanto como las empresas grandes, aun cuando estas últimas invierten más en investigación y desarrollo (I+D).
     La tasa de innovación es superior.
     Generan más innovaciones por dólar invertido en I+D.
     Su destreza para innovar les permite compensar las desventajas de escala respecto a las grandes empresas (Audretsch y Acs, 1988: 678-90).

Las mipymes y su tipificación internacional

Estas empresas se caracterizan y diferencian según su dimensión, desempeño y sistema regulatorio.

No existe un consenso en cuanto a qué criterio utilizar para definir los límites de dimensión de las mipymes; se utiliza el número de empleados, volumen o valor de ventas, nivel de activos, y muchos otros.

Asimismo, son varios los indicadores usados para cuantificar su desempeño, como la proporción de estas en el conjunto del tejido empresarial, el porcentaje de empleos generados, así como el peso económico.

Un aspecto muy sensible que tener en cuenta es el sistema regulatorio, por su significativo efecto en el funcionamiento de las empresas. Es imprescindible contar con una normativa específica para las mipymes, donde se regulen no solo sus tramos o umbrales, y los criterios que utilizar para ello, sino el apoyo que requieren desde el punto de vista de créditos y préstamos; garantías y mercados; compras públicas; innovación y desarrollo tecnológico, así como tributación.

La pequeña y mediana empresa era un mercado considerado demasiado difícil en materia de prestación de servicios bancarios; sin embargo, en la actualidad se ha convertido en un objetivo estratégico para bancos de todo el mundo. Parece que esas entidades por fin han entendido las necesidades y preferencias particulares de las mipymes, y formulan enfoques adaptados especialmente para eliminar las dificultades históricas de un nivel elevado de riesgo crediticio y altos costos.

Ya se ha mencionado que no existe una regla única para definir los umbrales de tamaño de las empresas. Las variables empleadas con mayor frecuencia en América Latina son el número de trabajadores, el volumen de ventas y el monto de activos. Como puede deducirse, el soporte estadístico de dichas variables es relativamente sencillo. Por su parte, la apertura de una clasificación especial por sectores productivos es aún poco utilizada en la región; solo México, Costa Rica, Argentina y Brasil la emplean.

A su vez, las naciones de la Unión Europea aplican una definición estandarizada para la clasificación de mipymes. Desde 2003, los criterios empleados son el número de trabajadores, las ventas y el balance general anual. Los dos primeros conforman las variables más utilizadas universalmente, aunque el número de empleados, como magnitud de dimensión empresarial, presenta dificultades como:

     La estacionalidad, los trabajos de jornadas parciales, la prestación de servicios sin contrato por parte de inmigrantes indocumentados o el trabajo en horas no retribuidas, desvirtúan la estadística.

     La alta productividad y el constante progreso tecnológico provocan gran inestabilidad en la cantidad de empleados.
     Las diferencias en costos laborales entre países hacen que la dimensión, medida por esta variante, no permita hacer comparaciones entre unos y otros.

En un estudio (Mañalich et al., 2016) entre los distintos países o regiones, se ha podido observar las diferencias en los tramos de tamaño. Para las microempresas, por lo general oscila entre 1 y 10 empleados, aunque Uruguay y Nicaragua consideran el límite en 4 y 5, respectivamente, mientras que el umbral máximo en Brasil es de 19 trabajadores.

En las pequeñas empresas, el tramo es más heterogéneo, pues parte del techo de las microempresas, y su terminación oscila entre 25, 30, 35, 50, 60, y hasta 99 empleados, en Brasil.

De igual forma ocurre para las medianas que se mueven desde el máximo de las pequeñas hasta 100, 200, 250, 300, y hasta 499 trabajadores, también en Brasil.

Las divergencias existentes entre los países en relación con los límites de las diferentes dimensiones empresariales trae consigo el inconveniente de que no consideran la heterogeneidad de sus economías. Ante este problema, el trabajo elaborado para CEPAL por Álvarez y Durán (2009) propone una definición en la que se clasifica a los países según el tamaño de su economía, relacionando su Producto Interno Bruto y su Población Económicamente Activa, con las cifras mundiales correspondientes. Mediante esta metodología redefinieron la dimensión empresarial, por rangos de ocupados, para la UE y países seleccionados de América Latina y, a partir del resultado alcanzado, propusieron la siguiente clasificación (Tabla 1).

Tabla 1. Propuesta de dimensión empresarial, con cálculo de umbrales

Empresas\Economías
Pequeñas
Medianas
Grandes

Micro
1-10
1-10
1-10

Pequeñas
11-35
11-50
11-75

Medianas
36-100
51-150
76-250

Indicador tamaño
menor
entre
mayor

que 0,25
0,25 y 1
que 1









Fuente: Álvarez y Durán (2009).

Los autores insisten en aclarar que la nueva definición de dimensión empresarial propuesta constituye una primera aproximación; si bien sirve para homogenizar y equiparar los datos con vistas a las comparaciones, está sujeta a futuras mejoras.

Cuba y la problemática de la tipificación de sus mipymes

Al menos hasta finales de los años 80, las grandes empresas industriales del Estado cubano eran ampliamente predominantes. En 1988 solo 13% de ellas tenía menos de 250 ocupados, y cubre prácticamente todos los segmentos internacionalmente aceptados para las mipymes (Torras, 1991: 16).

Hoy, los imperativos económicos han llevado a la necesidad de introducirlas en el ámbito empresarial cubano, lo que implica plantearse el problema de definir cada una de sus dimensiones. Al respecto, se ha propuesto utilizar la metodología recogida en Álvarez y Durán (2009), basada, como se dijo, en el tamaño de las economías de los países.

En primer lugar se consideró la economía cubana como pequeña, al resultar su indicador de tamaño menor a 0,25. Ello remite a los correspondientes tramos de ocupados de sus micro, pequeñas y medianas empresas. Las grandes se identificarían a partir del límite superior de las medianas. Por regla general, las empresas estatales se ubicarían en ese último tramo.

Por ahora, no se enmarcaron los tramos por sectores económicos, aunque para trabajos posteriores los autores del presente artículo consideran que debieran distinguirse seis: industrial, agropecuario, de construcción, comercio, servicios, y las TIC. Aunque estas últimas integran las actividades de servicio, merecen ser diferenciadas, máxime cuando en ellas pueden obtenerse utilidades significativas sin necesidad de emplear un elevado número de trabajadores, y podrían dar cabida a los micronegocios unipersonales.

La no incorporación en el análisis de las mipymes agropecuarias, a fin de hacerlo coherente con las estadísticas internacionales que las excluyen, tiene una fundamentación. Carlos Fernández et al. (2000) plantean diferencias entre ellas y las del resto de los sectores. Lo anteriormente expuesto corrobora la necesidad de clasificarlas con una metodología especial, pues tienen sus propias características y se encuentran rezagadas con respecto a la industria y otros sectores económicos (Mañalich et al., 2016). Es un asunto pendiente en la agricultura cubana.

Tabla 2. Propuesta de tramos de tamaño para Cuba bajo el criterio de número de empleados.
Tramos
Empleados
Micro
1-10
Pequeñas
11-35
Medianas
36-50
Grandes
más de 100

Fuente: Elaboración propia con metodología de Álvarez y Durán (2009).

En 2015 había en Cuba 59 599 mipymes en la crucial esfera manufacturera, con 73 112 empleados, considerando las actividades por cuenta propia y las cooperativas en nuevos sectores y actividades (MTSS, 2015; ONEI, 2015):

     Están autorizadas 201 actividades por cuenta propia, de ellas, 30 (14,9%) son manufactureras, en general rudimentarias. Ello implica unas 59 550 mipymes de este tipo que emplean a más de 74 000 trabajadores.

     Para cooperativas no agropecuarias hay 34 actividades autorizadas, de ellas, 16 (47%) son manufactureras que requieren un relativo bajo nivel tecnológico. Existen 49 con un estimado de 650 empleados.

En una comparación entre Cuba y países seleccionados, en cuanto a indicadores de desempeño: peso de mipymes en el total del tejido empresarial, en %; su porcentaje de empleos sobre el total; y número, en miles de unidades, se pudo constatar que aunque en el primer indicador es similar al de la mayoría de estas naciones (alrededor de 99%), el porcentaje de empleos es muy bajo (10,4%) en relación con el peso observado en el resto de los países (por lo general más de 40%) y 81,7% en España. El número de empresas y negocios (382,5 M), se muestra reducido también, teniendo en cuenta el pequeño porcentaje de empleo que asimilan (Mañalich et al., 2016).

Consideraciones finales: más allá de la tipificación de las mipymes cubanas

En el transcurso de este estudio se detectaron algunas inconsistencias en el caso cubano, incluso de connotación estadística. En particular, se ha revelado que actividades no autorizadas subyacen dentro de otras. Por ejemplo, en el trabajo por cuenta propia aparecen permitidas las cafeterías, que se reportan como un servicio, sin embargo, las microindustrias de helados y de dulces aún no lo están.

La estadística también debe posibilitar realizar análisis más certeros sobre las mipymes cubanas, medir su desempeño real, a fin de conocer su estado y evolución en el tiempo.

Un caso interesante es el del Fondo Cubano de Bienes Culturales, organización estatal que incluye diversas actividades ajenas a esta propiedad, como la fabricación de muebles, calzado y ropa, que no aparecen identificadas como mipymes, aunque, por otro lado, son las únicas de la gestión no estatal que tienen acceso al comercio exterior a través de la entidad que las agrupa.

Por otra parte, existen tributos que limitan el crecimiento de las mipymes y del empleo ligado a ellas. Según la legislación vigente (LST 113/2012), se exime del pago de impuestos por la utilización de la fuerza de trabajo de hasta cinco trabajadores contratados. A partir de esa cifra, hay una carga tributaria creciente por tramos de empleo, lo cual influye negativamente en el crecimiento interno de las mipymes. Parecería que la política está dirigida a privilegiar las microempresas.
 
A su vez, existen unidades empresariales de base (UEB) dentro de las empresas de los grupos estatales, muchas de las cuales podrían ser consideradas mipymes. Ello debe ser motivo de reflexión, pues la experiencia internacional ilustra que las unidades productivas dentro de los grupos empresariales tienden a ser grandes. Esto podría llevar a perfilar mejor los llamados medios fundamentales de producción, si se fusionan UEB y/o se trasladan estas a otras formas de gestión.

Asimismo, hay unidades presupuestadas que podrían pasar, gradualmente, a mipymes; por ejemplo, editoriales, publicaciones, cines, entre otros.

Finalmente, no resulta ocioso destacar que en el Plan Nacional de Desarrollo Económico y Social hasta 2030 (PCC, 2016) se identifican sectores económicos estratégicos y se plantea el fomento de actividades productivas, comerciales y de servicios basadas en empresas de mediana y pequeña escalas, con vistas a lograr los encadenamientos productivos necesarios en la economía, en particular, en producciones de alimentos, construcción, productos artesanales y servicios, lo cual representa también un gran reto.

Notas

1.  Según expresó el Comité de Revisión de la Financiación de la Pequeña Empresa (Clarke y Monkhouse, 1994: 293).

2.  Esta tesis sobre el crecimiento empresarial fue formulada en 1931 por Robert Gibrat, y expresaba que es un proceso estocástico originado por la acción de innumerables o insignificantes factores aleatorios que actúan proporcionalmente sobre el tamaño de las empresas, con independencia de la dimensión que estas tengan. (Para ampliar, véase La gran enciclopedia de Economía..., 2009).

Referencias

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