Fidel


"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." ""Creo que mientras más critica exista dentro del socialismo,eso es lo mejor" Fidel Castro Ruz

domingo, 18 de diciembre de 2016

Libro " La Gran Brecha" Nobel de Economía Joseph Stiglitz. Parte XIX

Por Joseph Stiglizt

OCTAVA PARTE

PONER A ESTADOS UNIDOS A TRABAJAR DE NUEVO

Este libro empezó con una breve sección sobre la génesis de la Gran Recesión que se centraba en los vínculos entre esa recesión y la desigualdad, y en cómo esta fue a la vez consecuencia y causa de la misma. Cerraré el libro volviendo sobre esos temas.


Al concluir el año 2009 quedó claro que habíamos salvado a los bancos y que el país se había librado de otra Gran Depresión. No obstante, a esas alturas yo también tenía claro que no habíamos situado a la economía en la trayectoria que conduce a una recuperación rápida. Como señalé en la presentación del preludio, y sobre todo en «Cómo salir de la crisis financiera», necesitábamos estímulos potentes, bien diseñados, de grandes dimensiones y a largo plazo; nos hacía falta un rescate, sí, pero uno que indujera a los bancos a hacer préstamos a las pequeñas y medianas empresas. Las reformas regulatorias apropiadas nos ayudarían a lograrlo y a reducir el margen para que los bancos se dedicasen a especular y manipular los mercados. Necesitábamos una política de vivienda que ayudase a los millones de estadounidenses que estaban perdiendo sus casas. No hicimos ninguna de tales cosas. Si bien habíamos rescatado a los bancos, no habíamos impedido que millones y millones de estadounidenses perdieran sus empleos. La administración de Obama y la Reserva Federal tenían mayor confianza que yo, al parecer, en que estábamos a punto de pasar página. A mediados de 2011 empezó a dejarse sentir la desilusión. Estaba claro que necesitábamos algo más para poner a trabajar de nuevo a un número mayor de estadounidenses. Escribí «Cómo volver a poner a trabajar a Estados Unidos» para Politico con la intención de ofrecer un plan alternativo.


Corría el año 2013, y la economía seguía débil. Estaba fraguándose un nuevo debate nacional. ¿Existía una nueva normalidad? ¿Deberíamos aceptar un nuevo nivel de desempleo, más elevado? Yo seguía creyendo que la principal razón de la debilidad de nuestra economía era la falta de demanda, y una de las principales razones subyacentes era nuestro nivel de desigualdad, que se había agravado todavía más desde el comienzo de la recesión. En «La desigualdad está retrasando la recuperación» vuelvo a explicar, de forma bastante pormenorizada, por qué la desigualdad era tan mala para la economía, qué podíamos hacer para reducirla y cómo, en consecuencia, podríamos lograr no sólo un mejor rendimiento sino también menos desigualdad.


A medida que se constataba que la recuperación seguía siendo anémica comenzaron a suscitarse dudas sobre si el diagnóstico original de los problemas de la economía había sido correcto: ¿tenía la economía algún problema más fundamental? En el momento de la crisis, el diagnóstico habitual había sido que los bancos se habían dedicado a hacer préstamos temerarios, por lo que estaban en bancarrota, y sin un sistema bancario en condiciones la economía no puede funcionar. El dinero suministrado por los bancos era como la sangre para el cuerpo. Por eso, se argumentaba, era fundamental salvar a los bancos. No era porque adorásemos a los bancos y a los banqueros, sino porque no podíamos prescindir de ellos. La receta Obama-Bush se desprendía de este diagnóstico: metamos a los bancos en la UVI, hagámosles una transfusión masiva de dinero (o, dicho de manera más precisa, una infusión), y dentro de un año o dos todo habrá regresado a la normalidad. En el ínterin a la economía le haría falta un empujón a corto plazo —un estímulo—, pero puesto que el estímulo no era más que una medida temporal que sólo iba a hacer falta durante el tiempo en que los bancos tardaran en recuperarse, no había que ser demasiado tiquismiquis con los detalles. Y así fue cómo lo que finalmente tuvimos fue un estímulo demasiado pequeño, demasiado breve y no muy bien diseñado.


(Por supuesto, como expliqué en Caída libre y en partes anteriores de este libro, se podría haber salvado a los bancos sin salvar a los banqueros ni a los accionistas ni a los poseedores de bonos. La ironía de todo ello es que lo que hicimos fue innecesariamente oneroso para el contribuyente y menos eficaz de lo que podía o debía de haber sido).


Dos años después del colapso de Lehman Brothers los bancos, a grandes rasgos, gozaban de nuevo de buena salud. El nivel de préstamos a pequeñas y medianas empresas seguía siendo notablemente inferior al que había existido antes de la crisis, pero eso se debía en parte a que habíamos centrado nuestros esfuerzos de rescate en los grandes bancos, permitiendo así que cientos de bancos pequeños, locales y regionales —que se dedican de manera desproporcionada a realizar dichos préstamos— cerrasen. Aun así, la economía estadounidense no iba bien, sobre todo si uno se fijaba en el ciudadano medio. Es más, en el momento de enviar este libro a la imprenta, unos ocho años después del estallido de la burbuja y del comienzo de la Gran Recesión, y casi siete años desde el colapso de Lehman Brothers, los ingresos medios siguen estando por debajo del nivel alcanzado hace un cuarto de siglo.


Escribí «El libro del empleo» para explicar lo que estaba sucediendo. La inspiración fundamental procede de la historia, de fijarme en la Gran Depresión y de constatar el paralelismo entre lo que sucedió entonces y lo que está sucediendo ahora. Los incrementos de productividad en la agricultura contribuyeron a un espectacular descenso en los ingresos agrícolas de más del 50 por ciento. Los agricultores no podían permitirse comprar bienes manufacturados en las ciudades, por lo que allí los ingresos también descendieron. Y los agricultores con ingresos descendentes estaban atrapados en sus granjas: no podían mudarse a otros lugares. Dato interesante: quienes estaban en la ciudad y no podían obtener empleo se vieron forzados a regresar a las granjas, y debido a la mecanización de las zonas agrícolas más prósperas, se vieron obligados a emigrar a algunas de las zonas más pobres.


Lo que hacía falta era una transformación estructural de la economía, que la hiciera pasar de la agricultura a la industria; pero los mercados no se ocupan muy bien por sí solos de llevar a cabo esa clase de transiciones. La gente cuyas viviendas habían perdido casi todo su valor ni siquiera tenía dinero como para marcharse a las ciudades. Hacía falta asistencia gubernamental, y finalmente esta llegó gracias a la Segunda Guerra Mundial: hacía falta trasladar a gente a las ciudades para fabricar armamento y otras cosas necesarias para ganar la guerra. Y luego, tras la guerra, proporcionamos a todos aquellos que combatieron —lo que en la práctica quería decir a casi todos los varones jóvenes— enseñanza universitaria gratuita, preparándolos para la «nueva economía» que en aquel entonces estaba surgiendo.


El artículo sostiene que bajo el malestar económico contemporáneo hay acontecimientos similares: un aumento de la productividad en la industria que ha superado al crecimiento de la demanda, de manera que el empleo global en la industria está disminuyendo; cambios en las ventajas comparativas y la globalización —impulsados por nosotros— que implican que Estados Unidos obtendrá una proporción más reducida de este empleo menguante. Igual que la gente de entonces, hemos sido víctimas de nuestro propio éxito. Y de nuevo al igual que entonces, ante semejantes transformaciones estructurales, por sí solos los mercados no dan buenos resultados. Sin embargo, ahora las cosas están todavía peor: los nuevos sectores que deberían estar creciendo son sectores de servicios como la atención sanitaria y la enseñanza, en los que el papel del Estado es fundamental. Pero el Estado, en lugar de dar un paso al frente para contribuir a esta transformación, se está echando atrás.


Si este análisis es correcto, entonces se avecina un panorama desolador. Y en el tiempo transcurrido desde que escribí este artículo, esos pronósticos se han cumplido en no poca medida. Se ha producido un comportamiento mediocre de la economía estadounidense a pesar de la existencia de fuerzas que cabría esperar que hubieran conducido a una poderosa recuperación: un sector de alta tecnología que es la envidia del resto del mundo y un boom en gas pizarra y petróleo han hecho bajar de nuevo el precio de la gasolina a niveles históricos. Pese a que mientras este libro está en prensa parece que el crecimiento económico esté regresando por fin —ocho años después de que comenzara la recesión en 2007—, ese crecimiento apenas es lo bastante robusto como para crear empleo para quienes ingresan por primera vez en la población activa. El nivel de desempleo se ha reducido, pero sobre todo porque la participación en la población activa ha bajado a unos niveles que no se habían visto en casi cuatro décadas: millones de estadounidenses han renunciado a encontrar un empleo.


Ahora bien, como he explicado aquí y en otras partes, este estancamiento a largo plazo (o como a veces se denomina, secular) en el que parece estar sumido Estados Unidos no es tanto una consecuencia de las leyes subyacentes de la economía como de nuestras políticas: la negativa del Estado a facilitar la transformación estructural y su negativa a hacer nada respecto a nuestro creciente nivel de desigualdad.

Los artículos finales de esta parte del libro están consagrados a reflexionar un poco más sobre las implicaciones del cambio tecnológico y los enigmas que por lo visto suscita. Los primeros los escribí antes del advenimiento de la Gran Recesión, pero cuando para mí ya estaba muy claro que algo no iba bien en el funcionamiento de nuestra economía. En «Escasez en una era de abundancia», me pregunté cómo podía ser que en esta era de la abundancia, con todos los avances tecnológicos de los que no paramos de alardear, haya al mismo tiempo tanta gente en Estados Unidos y en otros lugares que lo está pasando cada vez peor. La respuesta, en parte, era el incremento de la desigualdad: los frutos del progreso estaban repartidos tan poco equitativamente que en Estados Unidos la realidad era que la situación de las clases medias estaba empeorando.


A nivel global, seguía habiendo dos problemas añadidos. Algunas de las políticas estadounidenses estaban ayudando a los ricos del país más rico del mundo a expensas de los más pobres de los países más pobres: las subvenciones para nuestros agricultores podrían haberse empleado muchísimo mejor —invirtiendo en infraestructura, tecnología o enseñanza—, pero se las dimos a agricultores acaudalados, lo que hizo bajar los precios a escala global y empobreció más a los agricultores pobres de los países en vías de desarrollo.


Además, algunas de nuestras políticas de «bienestar corporativo» estaban enriqueciendo a nuestras compañías petrolíferas y mineras a expensas de las generaciones futuras. Estábamos subvencionando a esos contaminadores, que estaban agravando el cambio climático, una vez más con dinero que podría haberse invertido muchísimo mejor de otras maneras. Peor aún, se estaba distorsionando la innovación. Nuestras innovaciones estaban excesivamente orientadas a ahorrar trabajo —en un mundo en el que había una sobreabundancia de trabajadores en relación con los empleos disponibles— y demasiado poco a preservar el medio ambiente.


A largo plazo, el éxito a la hora de mejorar nuestro nivel de vida dependerá del crecimiento, del tipo adecuado de crecimiento, lo que significa una prosperidad compartida que proteja el medio ambiente. En «Para crecer, gire a la izquierda», explico cómo se puede obtener esa clase de crecimiento, por qué el funcionamiento sin trabas del mercado no creará esa clase de crecimiento por sí solo, y qué puede hacer el Estado. Lo que la crisis puso de manifiesto, por el contrario, es que los mercados ni siquiera son eficientes o estables. Incluso cuando los tipos de interés estaban muy bajos, el dinero —y las innovaciones— no se orientaron hacia la creación de empleos bien remunerados ni al aumento de la productividad en los sectores clave de la economía. Se orientaron hacia la construcción de viviendas de pacotilla en pleno desierto de Nevada, y también hacia la especulación. La innovación se orientaba hacia el diseño de nuevos productos financieros que aumentaban los riesgos en lugar de gestionarlos mejor. El artículo ofrecía el esbozo de un programa de crecimiento exhaustivo, mucho más prometedor que la inestabilidad y el estancamiento que hemos experimentado en décadas recientes.

En «El enigma de la innovación» pregunto: «¿Cómo puede ser que pretendamos ser una economía de la innovación y, sin embargo, esa innovación no aparezca en los datos macroeconómicos, por ejemplo en el PIB per cápita?». Sugiero que en parte se debe a que nuestras estadísticas de PIB no muestran realmente lo que está sucediendo en nuestra economía (ese fue el tema principal de la Comisión sobre la Medición del Desarrollo Económico y del Progreso Social, que yo presidí).[84] No obstante, también se debe en parte a que ha habido bastante ruido mediático en torno a la innovación. Enfocar la publicidad de manera más eficiente, como hacen Google y Facebook, es importante, pero ¿cabe comparar de algún modo estas innovaciones con el desarrollo de la electricidad, el ordenador, el láser o el transistor?


La otra cara de la innovación, sin embargo, es real: si la productividad aumenta más rápidamente que la demanda, se producirá una disminución de los ingresos y del empleo. Eso es lo que sucedió durante la Gran Depresión. Antes hacía falta alrededor de un 70 por ciento de la población activa para producir los alimentos que necesitamos para sobrevivir. Ahora menos del 3 por ciento puede producir más de lo que puede consumir incluso una sociedad obesa. Aquellos que pierdan sus empleos no van a encontrar empleo automáticamente en otra parte. Los tecnooptimistas citan el caso del automóvil: se perdieron empleos en la fabricación de látigos de carruaje, pero se crearon muchísimos más en la reparación y la fabricación de coches. Ahora bien, esto no tiene nada de inevitable. Y no se crearán nuevos empleos si la demanda agregada es débil, como sucede ahora.

CÓMO VOLVER A PONER A TRABAJAR A ESTADOS UNIDOS[50*]


La atención del país está —o debería estar— centrada en el empleo. Unos veinticinco millones de jóvenes estadounidenses que quisieran tener un empleo a tiempo completo no lo encuentran. Ese nivel de paro juvenil supera en más del doble la ya inaceptable media nacional. Estados Unidos siempre se ha considerado a sí mismo como la tierra de las oportunidades, pero ¿dónde están las oportunidades para nuestra juventud, que se enfrenta a perspectivas tan lúgubres? Históricamente, quienes perdían su empleo obtenían otro rápidamente, pero un sector cada vez más numeroso de los parados —que supera ahora el 40 por ciento— lleva más de seis meses sin trabajar.


El jueves el presidente Barack Obama pronunciará un discurso en el que delineará su visión de lo que se puede hacer. Otros deberían estar haciendo lo mismo.

En el país hay un pesimismo creciente. La retórica nos hará bien. Pero ¿realmente hay algo que se pueda hacer, dadas los amenazantes deuda y déficit del país?


La respuesta de la ciencia económica es: podemos hacer mucho para crear empleo y fomentar el crecimiento.


Existen políticas capaces de lograrlo, y además reducir la tasa de deuda pública en relación con el PIB a medio y largo plazo. Incluso hay cosas que, aunque sean menos eficaces a la hora de crear empleo, también podrían proteger el déficit a corto plazo.


Ahora bien, que la política nos permita hacer lo que podemos y debemos hacer ya es otro asunto.


El pesimismo es comprensible. La política monetaria, uno de los principales instrumentos de gestión de la macroeconomía, no ha sido eficaz, y es probable que siga sin serlo. Creer que podría sacarnos del lío que ha contribuido a armar sería engañarse. Por nuestro propio bien, tenemos que reconocerlo.


Entretanto, el voluminoso déficit y la deuda pública excluyen, en apariencia, el recurso a la política fiscal. O eso se nos dice. Y no hay consenso alguno en torno a qué política fiscal podría dar resultado.


¿Estamos condenados a un prolongado periodo de «malestar económico» a la japonesa hasta que el excesivo coeficiente de deuda y la capacidad real se reajusten? La respuesta, he sugerido yo, es un «no» rotundo. Dicho con más exactitud: no se trata de un desenlace inevitable.


En primer lugar, hemos de acabar con dos mitos. Uno es que la reducción del déficit saneará a la economía. No se crea empleo y crecimiento despidiendo a trabajadores y recortando el gasto público. La razón por la que las empresas con acceso a capital no están invirtiendo y contratando es que hay insuficiente demanda de sus productos. Debilitar la demanda —eso es lo que significa la austeridad— no hace sino desalentar la inversión y la contratación.


Como ha subrayado Paul Krugman, no existe ningún «hada de la confianza» que inspire mágicamente a los inversores en cuanto ven reducirse el déficit. Ese experimento lo hemos intentado una y otra vez. El presidente Herbert Hoover convirtió el crac de la bolsa en la Gran Depresión aplicando la fórmula de la austeridad. Yo pude comprobar de primera mano cómo la austeridad impuesta por el Fondo Monetario Internacional a los países de Asia oriental convirtió las desaceleraciones en recesiones y las recesiones en depresiones.


No logro entender por qué, colocado ante pruebas tan abrumadoras, ningún país se impondría a sí mismo algo semejante. Incluso el Fondo Monetario Internacional reconoce ahora que el apoyo fiscal es necesario.


El segundo mito es que el estímulo no funcionó. La supuesta prueba que corrobora esa afirmación es sencilla: el desempleo culminó al alcanzar el 10 por ciento, y sigue siendo superior al 9 por ciento. (Mediciones más precisas consideran mucho más elevada esa cifra). La administración había anunciado, sin embargo, que con el estímulo sólo llegaría al 8 por ciento.

La administración cometió un único gran error, que yo señalé en mi libro Caída libre: subestimó enormemente la gravedad de la crisis que había heredado.


Sin el estímulo, no obstante, el desempleo habría culminado en torno al 12 por ciento. No cabe duda de que el paquete de estímulo se podría haber diseñado mejor. Ahora bien, sí se redujo el desempleo significativamente con relación al que se habría producido en caso contrario. El estímulo dio resultado. Sencillamente no fue de unas dimensiones lo bastante importantes, y no duró lo suficiente: la administración no sólo subestimó la tenacidad de la crisis, sino también su profundidad.


Pensando en el déficit, tendríamos que remontarnos a diez años atrás, cuando el país tenía un superávit tan grande (2 por ciento del PIB) que al presidente de la Reserva Federal le preocupaba que pronto fuéramos a saldar la deuda nacional completa, lo que dificultaría dirigir la política monetaria. Saber cómo pasamos de aquella situación a esta nos ayuda a analizar pormenorizadamente cómo resolver el problema del déficit.


Ha habido cuatro cambios principales: en primer lugar, bajadas de impuestos por encima de las posibilidades del país. En segundo lugar, dos guerras costosas y unos gastos militares desorbitados, que han contribuido a nuestra deuda en 2,5 billones de dólares. En tercer lugar, Medicare Part D y la disposición que prohíbe al Estado, el mayor comprador de fármacos, negociar con las farmacéuticas, con un coste de cientos de miles de millones durante diez años. En cuarto lugar, la recesión.


Revertir estas cuatro políticas conduciría rápidamente al país a la senda de la responsabilidad fiscal. Lo más importante, sin embargo, es volver a poner a Estados Unidos a trabajar: unos ingresos mayores significan ingresos fiscales más elevados.


Pero ¿cómo volver a poner a Estados Unidos a trabajar? La mejor forma es aprovechar esta ocasión —con unos tipos de interés asombrosamente bajos a largo plazo— para realizar las inversiones a largo plazo en infraestructuras, tecnología y educación que el país necesita tan desesperadamente.


Deberíamos centrar nuestra atención en inversiones con un alto margen de rentabilidad y que a la vez sean intensivas en trabajo. Estas inversiones complementan la inversión privada: aumentan el rendimiento privado y, por tanto, tiran simultáneamente del sector privado.


Ayudar a los estados a pagar por la educación también permitiría salvar rápidamente miles de puestos de trabajo. En un país rico que reconoce la importancia de la educación, no tiene ningún sentido estar despidiendo profesores, y menos cuando la competencia global es tan feroz. A los países dotados de una fuerza de trabajo mejor formada les irá mejor. Es más, la enseñanza y la formación laboral son fundamentales para reestructurar nuestra economía de cara al siglo XXI.


La ventaja que tiene haber invertido insuficientemente en el sector público durante tanto tiempo es que es posible que tengamos muchas oportunidades de realizar inversiones de gran rentabilidad. El incremento de la producción a corto plazo puede generar ingresos fiscales de sobra para pagar los bajos intereses de la deuda. La consecuencia será que nuestra deuda se reducirá, nuestro PIB aumentará y la tasa de deuda pública en relación con el PIB mejorará.


Ningún analista se fijaría sólo en la deuda de una empresa: escrutaría ambas caras de los balances, los activos y los pasivos. Yo estoy exhortando a que hagamos lo mismo en el caso del Gobierno de Estados Unidos y superemos nuestro fetichismo de la deuda.


Si no somos capaces de hacerlo, existe otro modo, aunque menos potente, de crear empleo. Hace mucho tiempo que los economistas han constatado que aumentar simultáneamente el gasto público y los impuestos de manera equilibrada incrementa el PIB. La proporción en la que aumenta el PIB por cada dólar de aumento en los impuestos y el gasto público se denomina el «multiplicador de presupuesto equilibrado».


Con unos incrementos fiscales bien diseñados —concentrados en los estadounidenses de ingresos más elevados, en las grandes empresas que no están invirtiendo en Estados Unidos o en cerrar las lagunas fiscales—, además de programas de gasto público inteligente que estén centrados en la inversión, el multiplicador se situaría entre 2 y 3.

Eso supone pedirle al 1 por ciento superior del país, que en la actualidad acapara casi el 25 por ciento de todos los ingresos de Estados Unidos, que pague unos pocos impuestos más, o simplemente la parte que en justicia les corresponde. Invertir el dinero así recaudado podría tener un efecto significativo sobre la producción y el empleo. Y puesto que la economía crecería más en el futuro, la tasa de deuda pública en relación con el PIB volvería a bajar.


Si se midiera correctamente la producción, algunos impuestos realmente podrían mejorar la eficiencia de la economía y la calidad de vida, y tendrían una repercusión aún mayor sobre el rendimiento económico nacional. Yo presidí una Comisión Internacional sobre la Medición del Desarrollo Económico y del Progreso Social que descubrió grandes defectos en nuestro sistema de medida actual.


En la ciencia económica existe un principio básico: es mejor gravar las cosas malas que generan externalidades negativas que gravar las cosas buenas. Esto implica que deberíamos gravar la contaminación o las transacciones financieras desestabilizadoras. También existen otras formas de recaudar ingresos, por ejemplo, subastar mejor los recursos naturales del país.


Si, por algún motivo, se excluyeran tales mejoras en la recaudación —y no existe ninguna buena razón económica por la que debieran ser excluidas—, sigue habiendo margen de maniobra. El Gobierno podría cambiar el diseño de los programas fiscales y de gasto público, incluso dentro del actual marco presupuestario.


Aumentar los impuestos de las clases altas, por ejemplo, y bajárselas a las inferiores, conducirá a un mayor gasto en consumo. Subir los impuestos a las grandes empresas que no invierten en Estados Unidos y bajárselos a las que sí lo hacen alentaría mayores inversiones. El multiplicador —la proporción en la que aumenta el PIB por dólar invertido— por los gastos incurridos en guerras en el extranjero, por ejemplo, es muy inferior al multiplicador por gastos en educación, así que transferir dinero de una actividad a la otra estimula la economía.


Hay cosas que podemos hacer para ir más allá del presupuesto. El Gobierno debería tener cierta influencia sobre los bancos, y más aún dada la enorme deuda que tienen con nosotros por haberlos rescatado. El palo y la zanahoria podrían inducir a realizar más préstamos a las pequeñas y medianas empresas, y a reestructurar más hipotecas. Es inexcusable que hayamos hecho tan poco para ayudar a los propietarios de viviendas, y mientras continúen produciéndose ejecuciones hipotecarias al veloz ritmo actual, el mercado inmobiliario seguirá siendo débil.


Las prácticas anticompetitivas con tarjetas de crédito de los bancos también representan en lo fundamental un impuesto a todas las transacciones, pero se trata de un impuesto cuyos ingresos van a parar a las arcas del banco, sin servir a ninguna finalidad de interés público, como pudiera ser la reducción de la deuda pública. También sería una bendición para muchas empresas pequeñas que se obligara a cumplir más estrictamente la legislación antitrust a los bancos.


En resumidas cuentas, no nos hemos quedado sin munición. El aprieto en el que nos encontramos no es un problema de teoría económica. La teoría y la experiencia ponen de manifiesto que nuestro arsenal sigue siendo poderoso. Por supuesto, el déficit y la deuda limitan aquello que podemos hacer. Ahora bien, incluso dentro de estos límites, podemos crear empleo y expandir la economía a la vez que reducimos la tasa de deuda pública en relación con el PIB.


Que decidamos dar o no los pasos que tenemos que dar para restablecer la prosperidad de nuestra economía es simplemente una cuestión política.


LA DESIGUALDAD ESTÁ RETRASANDO LA RECUPERACIÓN[51*]

La reelección del presidente Obama fue como un test de Rorschach: estuvo sujeta a múltiples interpretaciones. En estos comicios, cada uno de los bandos debatió cuestiones que a mí me preocupan profundamente: el largo malestar en el que parece estar instalándose la economía, y la brecha cada vez mayor entre el 1 por ciento y el resto; una desigualdad no sólo de resultados sino también de oportunidades. Para mí, estos problemas representan las dos caras de una misma moneda: ahora que la desigualdad se halla en el nivel más alto desde la Gran Depresión, será difícil que a corto plazo se produzca una recuperación sólida, y el sueño americano —una buena vida a cambio de trabajar duro— se está extinguiendo poco a poco.


Los políticos suelen hablar del aumento de la desigualdad y de la lentitud de la recuperación como si se tratara de fenómenos separados, cuando en realidad están estrechamente relacionados. La desigualdad sofoca, contiene y reprime nuestro crecimiento. Cuando hasta la revista The Economist, defensora del mercado libre, argumenta —como hizo en un artículo especial del mes de octubre— que la magnitud y la naturaleza de la desigualdad que hay en el país representan una seria amenaza para Estados Unidos, deberíamos tener claro que algo ha ido terriblemente mal. Y no obstante, tras cuatro décadas de desigualdad en aumento y la mayor desaceleración económica desde el crac de 1929, no hemos hecho nada al respecto.


Hay cuatro grandes razones por las que la desigualdad está asfixiando la recuperación. La más inmediata es que nuestra clase media es demasiado débil para sustentar el gasto en consumo que históricamente ha impulsado nuestro crecimiento económico. Mientras el 1 por ciento de la gente que más dinero gana se llevó a casa el 93 por ciento del aumento de los ingresos en 2010, los hogares del sector intermedio —que tienen más probabilidades de gastar sus ingresos en lugar de ahorrarlos y que en cierto sentido son los verdaderos creadores de empleo— tienen unos ingresos por hogar más reducidos, ajustados a la inflación, de los que tenían en 1996. El crecimiento que se produjo en la década anterior a la crisis fue insostenible, ya que dependía de que el 80 por ciento de la parte inferior de la pirámide social consumiera en torno a un 110 por ciento de sus ingresos.


En segundo lugar, el encogimiento de la clase media que viene produciéndose desde la década de 1970, fenómeno que sólo se vio brevemente interrumpido durante la década de 1990, implica que esta sea incapaz de invertir en su futuro para formarse a sí misma y a su descendencia, así como de abrir nuevas empresas o mejorar las que ya existen.


En tercer lugar, la debilidad de la clase media pesa sobre la recaudación fiscal, en particular porque quienes están en la cima de la pirámide social son sumamente hábiles a la hora de evitar pagar impuestos y lograr que Washington les otorgue rebajas fiscales. El reciente y modesto acuerdo para restablecer los tipos marginales superiores del impuesto sobre la renta de la era Clinton para individuos que ganen más de 400 000 dólares y hogares que ganen más de 450 000 no hizo nada para cambiar esto. Las ganancias de la especulación en Wall Street se gravan con unos tipos mucho más bajos que otras formas de ingreso. Una recaudación fiscal baja significa que el Gobierno no puede realizar las inversiones decisivas en infraestructura, educación, investigación y sanidad para restablecer la pujanza económica a largo plazo.


En cuarto lugar, la desigualdad está ligada a ciclos de prosperidad y depresión más frecuentes y más severos, que hacen que nuestra economía sea más volátil y vulnerable. Si bien la desigualdad no fue la causante directa de la crisis, no fue ninguna casualidad que la década de 1920 —la última vez que la desigualdad de ingresos y de riqueza en Estados Unidos fue tan elevada— desembocase en el crac y la crisis de 1929. El Fondo Monetario Internacional ha tomado nota de la relación sistémica entre inestabilidad económica y desigualdad económica, pero los líderes estadounidenses no han aprendido la lección.


Nuestra desigualdad desbocada —tan opuesta a nuestro ideal meritocrático de Estados Unidos como un lugar donde cualquiera que trabaje duro y tenga talento puede «triunfar»— significa que es probable que quienes sean hijos de padres con pocos recursos nunca hagan realidad sus expectativas. Los niños de países ricos como Canadá, Francia, Alemania y Suecia tienen más probabilidades de que les vaya mejor en la vida que a sus padres que los niños estadounidenses. Más de una quinta parte de nuestros niños viven en la pobreza, lo que nos convierte en la segunda peor de todas las economías avanzadas, y nos sitúa por detrás de países como Bulgaria, Letonia y Grecia.


Nuestra sociedad está despilfarrando su recurso más valioso: nuestra juventud. El sueño de una vida mejor, que atrajo a los inmigrantes a nuestras costas, está siendo destruido por una brecha de ingresos y riqueza cada vez mayor. Tocqueville, que en la década de 1830 consideró que el impulso igualitario constituía la esencia del carácter estadounidense, debe de estar revolviéndose en la tumba.


Aun en el caso de que pudiéramos darle la espalda al imperativo económico de solucionar nuestro problema de desigualdad, el daño que está haciendo a nuestro tejido social y a nuestra vida política debería ser motivo de inquietud. La desigualdad económica conduce a la desigualdad política y a un proceso de toma de decisiones disfuncional.


Pese al compromiso declarado del señor Obama de ayudar a todos los estadounidenses, la recesión y los persistentes efectos de la forma en que se gestionó han agravado muchísimo la situación. A la vez que en 2009 entregábamos a los bancos el dinero de los rescates a espuertas, ese mismo mes de octubre el paro se disparó hasta alcanzar el 10 por ciento. La tasa actual (7,8 por ciento) parece mejor en parte porque hay muchísima gente que ha abandonado la búsqueda de trabajo, que nunca ha entrado a formar parte de la población activa o que ha aceptado empleos a tiempo parcial porque nadie les ofrecía trabajo a tiempo completo.


Un alto nivel de paro, por supuesto, presiona a la baja sobre los salarios. Ajustados a la inflación, los salarios reales se han estancado o han caído; en 2011, los ingresos de un trabajador varón típico (32 896 dólares) eran más bajos que en 1968 (33 880 dólares). A su vez, una menor recaudación fiscal ha obligado a realizar recortes en los servicios estatales y municipales, que son tan fundamentales para quienes ocupan el espectro inferior e intermedio de la escala social.


El activo más importante de la mayoría de estadounidenses es su hogar, y a medida que los precios de la vivienda caían en picado, también lo hizo la fortuna de los hogares, sobre todo teniendo en cuenta que tanta gente se había endeudado tanto para pagar sus hipotecas. Eso deja a grandes cantidades de personas con un valor negativo neto, y la fortuna media familiar descendió en casi un 40 por ciento, desde 126 400 dólares en 2007 a 77 300 en 2010, y sólo se ha recuperado ligeramente. Desde la Gran Recesión, la mayor parte del aumento de la riqueza del país ha ido a parar a la crème de la crème.


Entretanto, mientras los ingresos se estancaban o descendían, el precio de la enseñanza se disparaba. Actualmente en Estados Unidos la forma principal de acceder a la enseñanza —que es la única forma segura de ascender socialmente— es el endeudamiento. En 2010, la deuda estudiantil, que ahora es de un billón de dólares, superó por primera vez a la deuda de las tarjetas de crédito.


La deuda estudiantil casi nunca puede ser liquidada, ni siquiera en caso de bancarrota. Un progenitor que avale una deuda no necesariamente puede conseguir liquidar la deuda aun en el caso de que haya muerto su vástago. La deuda ni siquiera se puede liquidar si la universidad —que es una organización con ánimo de lucro y propiedad de financieros explotadores— ofrece una enseñanza inadecuada, engatusa al alumno con promesas falsas y es incapaz de conseguirle un empleo aceptable.


En lugar de entregar grandes cantidades de dinero a los bancos, podríamos haber intentado reconstruir la economía de abajo arriba. Podríamos haber permitido a propietarios de viviendas con el agua al cuello —los que deben más dinero de sus hipotecas de lo que valen esas viviendas— hacer borrón y cuenta nueva, reestructurando las hipotecas a cambio de entregar a los bancos una parte de las ganancias en caso de que los precios de las viviendas vuelvan a subir.


Podríamos haber reconocido que cuando los jóvenes están en paro sus habilidades se atrofian. Podríamos habernos asegurado de que todos los jóvenes estuvieran estudiando, cursando un programa de formación o empleados. En su lugar, permitimos que el paro juvenil llegara al doble de la media nacional. Los hijos de los ricos pueden permanecer en la universidad o hacer estudios de posgrado sin acumular deudas enormes, así como aceptar periodos de prácticas sin cobrar para engordar sus currículos. Quienes pertenecen a las clases medias o bajas no pueden hacer lo mismo. Estamos sembrando las semillas de una desigualdad cada vez mayor en los años inmediatamente venideros.


Por supuesto, la administración de Obama no es la única culpable. Las inmensas rebajas fiscales del presidente George W. Bush en 2001 y 2003 y sus guerras multibillonarias en Irak y Afganistán vaciaron la hucha a la vez que exacerbaban la gran brecha. El recién hallado compromiso de su partido con la disciplina fiscal —en forma de una insistencia sobre los impuestos bajos para los ricos a la vez que recortaba los servicios para los pobres— es el colmo de la hipocresía.


Se ofrecen toda clase de excusas para la desigualdad. Hay quien dice que está más allá de nuestro control y apunta hacia fuerzas de mercado como la globalización, la liberalización del comercio, la revolución tecnológica o el «auge de los demás». Otros afirman que hacer cualquier cosa al respecto empeoraría las cosas para todos, ya que asfixiaría nuestra ya achacosa maquinaria económica. Se trata de falsedades interesadas e ignorantes.


Las fuerzas de mercado no existen en el vacío; somos nosotros quienes las conformamos. Otros países, como Brasil (que está creciendo a un ritmo trepidante), las han conformado de formas que han reducido la desigualdad a la vez que creaban más oportunidades y un crecimiento mayor. Países muchísimo más pobres que el nuestro han decidido que todos los jóvenes deberían tener acceso a alimentación, educación y atención sanitaria para poder hacer realidad sus aspiraciones.


En Estados Unidos el marco legal y el modo en que lo aplicamos han proporcionado mayor margen para abusos por parte del sector financiero, para indemnizaciones perversas para los grandes ejecutivos, así como para la capacidad de los grandes monopolios de aprovecharse injustamente de la concentración de su poder.


Sí, el mercado valora algunos conocimientos más intensamente que otros, y a quienes posean esos conocimientos les irá bien. Sí, la globalización y los avances tecnológicos han llevado a la pérdida de buenos empleos en la industria, y es muy poco probable que regresen jamás. El empleo global en la industria se está contrayendo simplemente como consecuencia de unos enormes aumentos de productividad, y es probable que a Estados Unidos le toque una cantidad cada vez más reducida del número cada vez más reducido de nuevos empleos. Si conseguimos «salvar» esos empleos puede que sólo sea convirtiendo empleos mejor pagados en empleos peor pagados, cosa que difícilmente puede considerarse como una estrategia a largo plazo.


La globalización, y el modo desequilibrado en que se ha llevado a cabo, ha privado a los trabajadores de poder de negociación: las empresas pueden amenazar con trasladarse a otra parte, sobre todo ahora, cuando la legislación fiscal trata de manera tan favorable esas inversiones en ultramar. A su vez, esto ha debilitado a los sindicatos, y aunque en ocasiones estos hayan sido fuentes de rigidez, los países que respondieron de manera más eficaz a la crisis financiera global, como Alemania o Suecia, poseen sindicatos fuertes y poderosos sistemas de protección social.


Ahora que empieza el segundo mandato del señor Obama, todos hemos de afrontar el hecho de que nuestro país no puede recuperarse rápidamente y de forma significativa sin políticas que aborden directamente la cuestión de la desigualdad. Lo que hace falta es una respuesta global que tendría que incluir, cuando menos, inversiones significativas en enseñanza, un sistema fiscal más progresivo y un impuesto sobre la especulación financiera.


La buena noticia es que nuestra forma de pensar ha sido redefinida: antes solíamos preguntar cuánto crecimiento estaríamos dispuestos a sacrificar a cambio de un poco más de igualdad y de mayores oportunidades. Ahora nos damos cuenta de que estamos pagando un alto precio por nuestra desigualdad y que aliviarla y fomentar el crecimiento son dos metas estrechamente relacionadas y complementarias. Es asunto de todos —incluidos nuestros líderes— armarse de valor y previsión para curar por fin esta angustiosa enfermedad.

EL LIBRO DEL EMPLEO[52*]

Han pasado ya casi cinco años desde que estalló la burbuja inmobiliaria, al comienzo de la recesión. En Estados Unidos hay 6,6 millones de empleos menos de los que había hace cuatro años. Unos 23 millones de estadounidenses que querrían trabajar a tiempo completo no logran encontrar empleo. Casi la mitad de los que no tienen empleo son parados de larga duración. Los salarios están bajando: en la actualidad los ingresos reales de un hogar estadounidense medio están por debajo del nivel que tenían en 1997.


Ya en 2008 sabíamos que la crisis era grave. Y creíamos saber quiénes eran los «malos de la película»: los grandes bancos, que mediante préstamos cínicos y especulaciones insensatas habían conducido a Estados Unidos al borde de la ruina. Las administraciones de Bush y Obama justificaron un rescate con el argumento de que la economía sólo podría recuperarse si dábamos a los bancos dinero sin límites y sin condiciones. Así lo hicimos, no porque amásemos a los bancos sino porque (así se nos dijo) no podíamos prescindir de los préstamos que ellos hacían posibles. Mucha gente, sobre todo del sector financiero, alegó que actuar de forma enérgica, resuelta y generosa para salvar no sólo a los bancos sino también a los banqueros, a sus accionistas y a sus acreedores devolvería a la economía al estado en el que se encontraba antes de la crisis. Entretanto, un estímulo a corto plazo, de dimensiones moderadas, bastaría para sacar de apuros a la economía hasta que los bancos recobraran la salud.


Los bancos obtuvieron su rescate. Parte del dinero lo transformaron en bonificaciones. Utilizaron poco para hacer préstamos. Y en realidad la economía no se recuperó: la producción apenas es mayor ahora de lo que era antes de la crisis y la situación del empleo es desgarradora. El diagnóstico del estado en el que nos encontrábamos y las recetas que se dedujeron de él fueron incorrectos. Para empezar, fue una equivocación pensar que con tal de que se les tratara con suficiente manga ancha, los banqueros se enmendarían. De hecho, se nos dijo: «No impongamos condiciones a los bancos para exigirles que reestructuren las hipotecas o que se comporten con mayor honradez en el caso de ejecuciones hipotecarias. No les obliguemos a utilizar dinero para realizar préstamos. Esas condiciones no harían más que alarmar a los mercados, tan delicados». Finalmente, los directores de los bancos se dedicaron a cuidar de sí mismos y a hacer aquello a lo que estaban acostumbrados.


Incluso cuando hayamos reparado del todo el sistema bancario, seguiremos teniendo graves problemas, porque ya los teníamos antes. La presunta era dorada de 2007 estaba lejos ya de ser un paraíso. Sí, había muchas cosas de las que Estados Unidos podía sentirse orgulloso. Las empresas del sector de las tecnologías de la información estaban a la cabeza de una revolución. No obstante, los ingresos de la mayoría de trabajadores estadounidenses aún no habían regresado a los niveles previos a la recesión anterior. El nivel de vida de nuestro país sólo se sostenía gracias a una deuda cada vez mayor, tan grande que la tasa de ahorro estadounidense había descendido hasta prácticamente cero. Y en realidad «cero» no cuenta la historia completa. Dado que los ricos habían logrado ahorrar una parte significativa de sus ingresos colocándolos en la columna de los positivos, una tasa media de prácticamente cero quiere decir que todos los demás deben estar en números rojos. (Esa es la realidad: en el periodo inmediatamente anterior a la recesión, de acuerdo con las investigaciones realizadas por mi colega de la Universidad de Columbia, Bruce Greenwald, el 80 por ciento más pobre de la población estadounidense había estado gastando en torno al 110 por ciento de sus ingresos). Lo que posibilitó ese nivel de endeudamiento fue la burbuja inmobiliaria, que Alan Greenspan y Ben Bernanke, presidentes de la Reserva Federal, contribuyeron a diseñar gracias a los bajos tipos de interés y la ausencia de regulación, sin utilizar siquiera las herramientas regulatorias que tenían a su disposición. Como sabemos ahora, eso permitió a los bancos ofrecer préstamos y a las familias obtenerlos sobre la base de unos activos cuyo valor estaba parcialmente determinado por los efectos de una ilusión colectiva.


El hecho es que en los años previos a la crisis actual la economía se encontraba en un estado de debilidad fundamental como consecuencia de la burbuja —que hacía las veces de soporte vital— y del consumo insostenible al que esta había dado pie. De no haber sido tanto por una cosa como por la otra, el nivel de desempleo habría sido elevado. Era absurdo pensar que arreglar el sistema bancario podría haber devuelto la salud a la economía por sí solo. Devolver a la economía a «donde estaba» no hace nada en lo concerniente a abordar los problemas subyacentes.


El trauma que estamos viviendo ahora mismo recuerda al trauma que experimentamos hace ochenta años, durante la crisis de 1929, y ha sido provocado por un conjunto de circunstancias análogas. Entonces, como ahora, la quiebra del sistema bancario fue, en parte, consecuencia de otros problemas más profundos. Aun en el caso de que respondamos correctamente al trauma —los fracasos del sector financiero— será precisa una década o más para lograr una recuperación completa. En las mejores condiciones, tendremos que soportar una Larga Recesión. Si respondemos de forma incorrecta, como hemos estado haciendo, la Larga Recesión durará aún más, y el paralelismo con la crisis de 1929 adquirirá dimensiones nuevas y trágicas.


Hasta ahora, la crisis de 1929 fue la última vez en la historia de Estados Unidos en que el paro superó el 8 por ciento cuatro años después del comienzo de la recesión. Y nunca en los últimos sesenta años se había dado el caso de que el rendimiento económico fuera apenas un poco mayor, cuatro años después de una recesión, de lo que había sido antes del comienzo de la misma. El porcentaje de la población civil con trabajo se ha reducido el doble que en cualquier desaceleración económica posterior a la Segunda Guerra Mundial. No es de extrañar que los economistas hayan empezado a reflexionar sobre las similitudes y las diferencias entre nuestra Larga Depresión y la crisis de 1929. Desprender de ello las lecciones apropiadas no es fácil.


Mucha gente ha sostenido que la crisis de 1929 fue causada ante todo por la excesiva restricción de la oferta de dinero por parte de la Reserva Federal. Ben Bernanke, un estudioso de la crisis de 1929, ha declarado públicamente que esa fue la lección que extrajo él y el motivo por el que abrió los grifos monetarios. Los abrió mucho. A partir de 2008, el balance de la Reserva Federal se duplicó y más adelante llegó a triplicar su nivel anterior. En la actualidad está en 2,8 billones de dólares. Si bien la Reserva Federal, al hacer esto, puede haber rescatado a los bancos, no logró salvar la economía.


La realidad no sólo ha desacreditado a la Reserva Federal, sino que también ha suscitado dudas sobre una de las interpretaciones convencionales de la crisis de 1929. Se ha esgrimido el argumento de que fue la Reserva Federal quien provocó la crisis al restringir el acceso al dinero, y que si en aquel entonces la Reserva Federal hubiera incrementado la oferta de dinero —en otras palabras, si hubiera hecho lo que la Reserva Federal ha hecho ahora— es probable que se hubiera evitado una crisis a gran escala. En economía es difícil poner a prueba las hipótesis con experimentos controlados como los que pueden llevarse a cabo en las ciencias exactas. Sin embargo, la incapacidad de la expansión monetaria para contrarrestar la recesión actual debería acabar de una vez por todas con la idea de que durante la década de 1930 el principal culpable fue la política monetaria. El problema actual, como sucedía entonces, está en otra parte. El problema actual es la llamada economía real. Es un problema que echa raíces en la clase de empleos que tenemos, en la clase de empleos que necesitamos, y que también echa raíces en la clase de trabajadores que queremos y la clase de trabajadores con los que no sabemos qué hacer. La economía real lleva décadas en un estado de transición desgarrador, y nunca se han afrontado los trastornos que padece. A la Larga Recesión le subyace una crisis de la economía real, al igual que sucedió durante la crisis de 1929.


Durante los últimos años, Bruce Greenwald y yo nos hemos dedicado a investigar una teoría alternativa de la crisis de 1929, así como un análisis alternativo de lo que aqueja a la economía en la actualidad. Esta explicación considera la crisis financiera de la década de 1930 como consecuencia no tanto de una implosión financiera como de la debilidad subyacente de la economía. La quiebra del sistema bancario no llegó a su culminación hasta 1933, mucho después de que empezara la crisis y de que hubieran empezado a dispararse los niveles de desempleo. En 1931 el paro ya estaba situado en torno al 16 por ciento, y alcanzó el 23 por ciento en 1932. Por todas partes surgían barrios de chabolas (las «Hoovervilles»). La causa subyacente era un cambio estructural en la economía real: el descenso generalizado de los precios agrícolas y de los ingresos procedentes de la agricultura, provocado por lo que normalmente se considera como algo «bueno»: una mayor productividad.


Al comenzar la crisis de 1929, más de una quinta parte de todos los estadounidenses trabajaba en la agricultura. Entre 1929 y 1932, los ingresos de estas personas se vieron reducidos a razón de entre una y dos terceras partes, lo que agravó los problemas a los que llevaban años enfrentándose. La agricultura había sido víctima de su propio éxito. En 1900 hacía falta una gran proporción de población estadounidense para producir alimentos suficientes para el país en conjunto. A continuación se produjo una revolución en la agricultura que se fue acelerando a lo largo del siglo: mejores semillas, mejores fertilizantes, mejores prácticas de cultivo, así como la mecanización generalizada. En la actualidad, el 2 por ciento de los estadounidenses producen más alimentos de los que somos capaces de consumir.


Lo que acarreó aquella transición, sin embargo, fue la destrucción de puestos de trabajo y formas de ganarse la vida en las granjas. A causa de la aceleración de la productividad, la producción aumentaba más rápidamente que la demanda y los precios cayeron de forma brusca. Fue esto, más que cualquier otra cosa, lo que desembocó en una rápida disminución de los ingresos. En aquel entonces los agricultores (como los trabajadores ahora) se endeudaron mucho para sustentar sus niveles de vida y la producción. Dado que ni los agricultores ni los banqueros fueron capaces de prever hasta qué punto iban a caer los precios, la consecuencia inmediata fue una crisis crediticia. Los agricultores sencillamente no podían devolver el dinero que debían, y el sector financiero se vio arrastrado al vórtice por el descenso de los ingresos en la agricultura.


Las ciudades no se libraron, todo lo contrario. A medida que descendían los ingresos rurales, los agricultores tenían cada vez menos dinero para comprar los bienes que producían las fábricas. Los industriales tuvieron que despedir a obreros, lo que redujo más todavía la demanda de productos agrícolas e hizo descender los precios todavía más. Al poco tiempo, el círculo vicioso había afectado a toda la economía nacional.


El valor de los activos (como las viviendas) suele reducirse cuando disminuyen los ingresos. Los agricultores quedaron atrapados en su sector en declive y en sus municipios empobrecidos. La disminución de los ingresos y de la riqueza dificultó más la emigración a las ciudades; el elevado índice de desempleo urbano redujo el atractivo de emigrar. Pese al enorme descenso de los ingresos agrícolas, en conjunto y a lo largo de la década de 1930, hubo poca emigración. Entretanto, los agricultores seguían produciendo, y a veces trabajando todavía más duro para tratar de compensar la disminución de los precios. Individualmente, eso tenía sentido, pero colectivamente no, pues cualquier aumento de la producción seguía haciendo bajar los precios. Debido a la magnitud del declive de los ingresos agrícolas, no es de extrañar que ni el mismísimo New Deal fuera capaz de sacar al país de la crisis: los programas eran demasiado modestos, y muchos de ellos fueron abandonados enseguida. En el año 1937 Franklin D. Roosevelt, cediendo ante los «halcones del déficit», recortó los esfuerzos para estimular la economía, lo que fue un error desastroso. Entretanto, los estados y municipios en apuros tuvieron que empezar a despedir a sus empleados, igual que ahora. Sin duda, la crisis bancaria complicó todos esos problemas, y amplió y ahondó la desaceleración. Ahora bien, cualquier análisis de un trastorno financiero tiene que empezar por aquello que provocó la reacción en cadena.


Es posible que la Ley de Ajuste Agrícola, la ley agraria de Roosevelt, que pretendía hacer aumentar los precios reduciendo la producción, aliviara un tanto la situación, al menos de forma tangencial. Pero Estados Unidos no empezó a salir de la crisis hasta que el gasto público se disparó en previsión de la guerra mundial. Es importante captar esta sencilla verdad: fue el gasto público —un estímulo keynesiano, no corrección alguna de la política monetaria ni resurrección alguna del sistema bancario— lo que propició la recuperación. Por supuesto, las perspectivas a largo plazo para la economía habrían sido aún mejores si una parte mayor del dinero se hubiera invertido en enseñanza, tecnología e infraestructura en vez de en munición, pero aun así, la intensidad del gasto público compensó de sobra la debilidad de la inversión privada.

De forma involuntaria, el gasto público resolvió el problema subyacente de la economía: remató una transformación estructural necesaria, llevando de forma decisiva a Estados Unidos, y en particular al sur del país, de la agricultura a la industria. Los estadounidenses tienden a ser muy reacios a expresiones como «política industrial», pero la inversión bélica fue exactamente eso: una política que cambió de forma permanente la naturaleza de la economía. La creación masiva de empleo en el sector urbano —en la industria— consiguió que la gente abandonara el campo. La oferta y la demanda de alimentos volvieron a equilibrarse, y los precios agrícolas empezaron a subir. Los nuevos inmigrantes que llegaban a las ciudades recibieron formación para adaptarse a la vida urbana y las labores industriales, y tras la guerra la Ley de Derechos de los Soldados aseguró que los veteranos que regresaban del frente estuvieran preparados para prosperar en una sociedad industrial moderna. En el ínterin, prácticamente desparecieron las inmensas reservas de trabajadores atrapados en las granjas. El proceso había sido muy largo y muy doloroso, pero la fuente de la congoja económica se había esfumado.


Los paralelismos existentes entre la historia de la crisis de 1929 y nuestra Larga Recesión son muy grandes. En aquel entonces estábamos pasando de la agricultura a la industria; ahora estamos pasando de la industria a una economía de servicios. La disminución del empleo en la industria ha sido espectacular, desde aproximadamente un tercio de la población trabajadora hace sesenta años a menos de una décima parte de ella en la actualidad. El ritmo se ha acelerado notablemente en el transcurso de la última década. Esa disminución tiene dos explicaciones. Una es una mayor productividad, es decir, la misma dinámica que revolucionó la agricultura y obligó a la mayoría de agricultores estadounidenses a buscar trabajo en otra parte. La otra es la globalización, que ha trasladado millones de puestos de trabajo al extranjero, a países con salarios reducidos o a aquellos países que han estado invirtiendo más en infraestructura o tecnología. (Como señaló Greenwald, el grueso de la pérdida de empleo que se produjo durante la década de 1990 tenía que ver con los aumentos de productividad, no con la globalización). Sea cual sea la causa concreta, el resultado inevitable es exactamente el mismo que hace ochenta años: una disminución de los ingresos y del empleo. Los millones de extrabajadores industriales sin empleo que antes trabajaban en ciudades como Youngstown, Birmingham, Gary y Detroit son los equivalentes contemporáneos de los agricultores condenados a desaparecer durante la crisis de 1929.


Las consecuencias desde el punto de vista del consumo y de la salud fundamental de la economía —por no hablar de los espantosos costes humanos— son evidentes, pese a que hayamos podido darles la espalda durante algún tiempo. Las burbujas inmobiliarias y de los mercados de préstamos lograron disimular el problema durante algún tiempo creando una demanda artificial que a su vez generó empleos en el sector financiero, así como en la construcción y otros sectores. La burbuja incluso llegó a hacer olvidar a los trabajadores que sus ingresos estaban disminuyendo. Paladearon la posibilidad de una riqueza que superase todas sus fantasías a medida que el valor de sus viviendas se disparaba y el valor de sus pensiones, invertidas en bolsa, parecía estar haciendo otro tanto. Pero los empleos eran temporales, y se alimentaban de humo.


Los economistas pertenecientes a la corriente dominante aducen que en una desaceleración el verdadero coco no es la disminución de los salarios sino su rigidez. ¡Con tal de que los salarios fuesen más flexibles (es decir, más bajos), las desaceleraciones se corregirían por sí solas! Ahora bien, eso no fue cierto durante la crisis de 1929 y tampoco lo es ahora. Al contrario, unos salarios e ingresos más bajos no harían sino reducir la demanda y debilitar aún más la economía.


De los cuatro pilares fundamentales del sector servicios —las finanzas, el sector inmobiliario, la atención sanitaria y la enseñanza— los dos primeros estaban sobredimensionados antes de que estallara la crisis actual. Tradicionalmente los otros dos, la atención sanitaria y la enseñanza, han recibido importantes subvenciones públicas. Sin embargo, la austeridad gubernamental a todos los niveles —es decir, los recortes presupuestarios adoptados frente a la recesión— han golpeado a la enseñanza con especial dureza, como han diezmado en conjunto al sector público. Durante los últimos cuatro años, a imitación de lo que sucedió durante la crisis de 1929, han desaparecido casi 700 000 empleos estatales y municipales. Al igual que en 1937, hoy en día los «halcones del déficit» reclaman presupuestos equilibrados y cada vez más recortes. En lugar de impulsar una transición estructural inevitable —en lugar de invertir en el capital humano apropiado, así como en la tecnología y en la infraestructura que acabarán llevándonos a donde necesitamos estar— el Estado se echa atrás. Las estrategias actuales sólo pueden acabar de una manera: asegurarán que la Larga Recesión sea más larga y más profunda de lo que tendría que ser.


De esta breve historia se pueden extraer dos conclusiones. La primera es que la economía no va a recuperarse por sí sola, al menos no dentro de un plazo que tenga relevancia alguna para las personas corrientes. Sí, se acabará encontrando a gente que habite todas esas viviendas embargadas, o acabarán siendo derribadas. En algún momento los precios se estabilizarán o incluso empezarán a subir. Los estadounidenses también se adaptarán a un nivel de vida más bajo, y no sólo se adaptarán a vivir dentro de sus posibilidades, sino también a hacerlo por debajo de sus posibilidades a la vez que se afanan en amortizar una montaña de deuda. Sin embargo, los daños serán enormes. La noción que Estados Unidos tiene de sí mismo como tierra de las oportunidades está ya muy deteriorada. Los jóvenes parados se sienten marginados y desafectos. Será cada vez más difícil conseguir que una proporción importante de ellos emprenda alguna trayectoria de vida productiva. Como consecuencia de lo que está sucediendo en la actualidad tendrán cicatrices de por vida. Si uno atraviesa en coche las cuencas fluviales industrial del Medio Oeste, los pueblecitos de las Grandes Llanuras o los centros industriales del sur lo que contemplará es un cuadro de decadencia irreversible.


La política monetaria no va a sacarnos de este embrollo. Aunque sea con retraso, eso es lo que ha venido a reconocer Ben Bernanke. La Reserva Federal desempeñó un importante papel a la hora de crear las condiciones actuales —estimulando la burbuja que dio pie a un consumo insostenible— pero ahora es muy poco lo que puede hacer para mitigar las consecuencias. Puedo entender que quienes formen parte de ella experimenten cierta sensación de culpa, pero cualquiera que piense que la política monetaria va a resucitar la economía se va a sentir dolorosamente decepcionado. Esa idea no es más que una maniobra de distracción, y además una maniobra de distracción peligrosa.


Lo que tenemos que hacer es embarcarnos en un programa de inversiones masivas —como hicimos, poco menos que de forma accidental, hace ochenta años— que aumente nuestra productividad en los años venideros y que también haga aumentar el empleo aquí y ahora. Esas inversiones públicas, y la restauración resultante del PIB, incrementarán la rentabilidad de las inversiones privadas. Las inversiones públicas podrían orientarse a mejorar la calidad de vida y la productividad real, en contraste con las inversiones del sector privado en innovaciones financieras, que resultaron ser algo así como armas financieras de destrucción masiva.


¿Seremos capaces de hacer esto en ausencia de una movilización de cara a una guerra mundial? Puede que no. La buena noticia (hasta cierto punto) es que Estados Unidos ha estado invirtiendo menos de lo que debería en infraestructura, tecnología y enseñanza durante décadas, por lo que la rentabilidad de las inversiones añadidas será elevada en un momento en que los costes de capital se encuentran en unos mínimos históricos sin precedentes. Si tomamos prestado hoy para financiar inversiones altamente rentables, nuestra tasa de deuda pública en relación con el PIB mejorará notablemente. Si al mismo tiempo subiéramos nuestros impuestos —por ejemplo, al 1 por ciento superior de todas las familias, medido en términos de ingresos— la sostenibilidad de nuestra deuda mejoraría aún más.


Por sí solo, el sector privado no puede llevar a cabo transformaciones estructurales de la magnitud necesaria y no lo hará ni aun en el caso de que la Reserva Federal mantuviese los tipos de interés a cero durante años. La única forma en que eso sucederá será mediante un estímulo gubernamental destinado no a conservar la vieja economía sino enfocado, por el contrario, a crear una economía nueva. Tenemos que efectuar una transición para pasar de la industria a los servicios que quiere la gente, hacia actividades productivas que aumenten los niveles de vida, no que aumenten los riesgos y la desigualdad. Con ese fin, son muchas las inversiones de alta rentabilidad que podríamos realizar. La enseñanza es uno de los sectores fundamentales en los que podríamos invertir: la población bien formada es uno de los motores básicos del crecimiento económico. Para la investigación elemental hace falta apoyo público. En décadas anteriores la inversión estatal —por ejemplo, para desarrollar Internet y la biotecnología— ayudó a impulsar el crecimiento económico. Sin invertir en investigación elemental, ¿qué será lo que impulse el próximo salto cualitativo de innovación? Entretanto, no cabe duda de que a los estados les vendría bien ayuda federal para cerrar déficits presupuestarios. Al ritmo actual de consumo de recursos el crecimiento económico a largo plazo es imposible, así que financiar la investigación, la formación de técnicos y las iniciativas destinadas a obtener una producción energética más limpia y más eficiente no sólo nos ayudará a salir de la recesión, sino también a construir una economía cuya salud durará décadas. Por último, nuestra decadente infraestructura, desde las carreteras y las vías férreas a los diques y las centrales energéticas, es un objetivo primordial de inversión rentable.


La segunda conclusión es esta: si esperamos mantener una mínima apariencia de «normalidad», hemos de arreglar el sistema financiero. Como ya he señalado, puede que la implosión del sector financiero no haya sido la causa de la actual crisis, pero la ha agravado, y representa un obstáculo para la recuperación a largo plazo. Las pequeñas y medianas empresas, sobre todo las nuevas, son una fuente desproporcionadamente importante de creación de empleo en cualquier economía, y han sido golpeadas con especial dureza. Lo que hace falta es sacar a los bancos del peligroso negocio de la especulación y hacer que vuelvan a dedicarse al aburrido negocio de hacer préstamos. Ahora bien, no hemos arreglado el sistema financiero; más bien hemos entregado dinero a los bancos a espuertas, sin restricciones y sin condiciones, y sin una concepción de la clase de sistema bancario que queremos y necesitamos tener. En resumidas cuentas, hemos confundido los medios y los fines. Se supone que un sistema bancario está para servir a la sociedad, no al revés.


Que hayamos tolerado semejante confusión de medios y fines dice algo muy preocupante acerca de hacia dónde han estado dirigiéndose nuestra economía y nuestra sociedad. El conjunto de los estadounidenses está empezando a comprender lo que ha sucedido. Quienes participan en manifestaciones de protesta a lo largo y ancho del país, movidos por el movimiento Occupy Wall Street, ya lo saben.

Continuará

Cuba. Lineamientos de la política económica y social, periodo 2016-2021. FINAL. POLÍTICA PARA EL COMERCIO y PERFECCIONAMIENTO DE SISTEMAS Y ÓRGANOS DE DIRECCIÓN

XII. POLÍTICA PARA EL COMERCIO 

LINEAMIENTOS 

244. Continuar la reestructuración del comercio mayorista y minorista, en función de las condiciones en que operará la economía. 

245. Incrementar y estabilizar la oferta de bienes y servicios a la población y su calidad, incluyendo la oferta de equipos eficientes energéticamente y la prestación de los servicios de postventa, que satisfagan la demanda de los distintos segmentos del mercado, en lo fundamental, a partir de la distribución del ingreso con arreglo al trabajo. 

246. Elevar la eficacia de los servicios de reparación y mantenimiento de los equipos eléctricos de cocción y otros equipos electrodomésticos, con vistas a lograr su adecuado funcionamiento. 

247. Avanzar en la venta liberada de gas licuado de petróleo y de otras tecnologías, como opción adicional y a precios no subsidiados. 

248. Continuar perfeccionando el sistema de abastecimiento del país, aumentando la participación de los productores nacionales. Definir las formas de gestión mayorista que den res-puesta a todos los actores de la economía de acuerdo con las posibilidades del país. 

249. Se desarrollarán mercados de aprovisionamiento que vendan a precios mayoristas y brinden los servicios de alquiler de medios y equipos, sin subsidio, al sistema empresarial, al presupuestado y a las formas de gestión no estatal. 

250. Ejercer un efectivo control sobre la gestión de compras y de inventarios, para minimizar la inmovilización de recursos y las pérdidas en la economía. 

251. Trabajar para desarrollar un plan logístico nacional que garantice la gestión integrada de las cadenas de suministro existentes en el país. 

252. Continuar la introducción gradual, donde se considere necesario, de formas no estatales de gestión en el comercio. 

XIII. PERFECCIONAMIENTO DE SISTEMAS Y ÓRGANOS DE DIRECCIÓN 

253. Continuar los cambios estructurales, funcionales, organizativos y económicos del sistema empresarial, las unidades presupuestadas y la administración estatal en general, de forma programada, con orden y disciplina, sobre la base de la política aprobada. 

254. Perfeccionar y garantizar un programa de capacitación de directivos, ejecutores directos y trabajadores para la implantación de las políticas que se aprueben, comprobando el dominio de lo que se regule y exigir su cumplimiento. Informar a los trabajadores y escuchar sus opiniones. 

255. La separación de las funciones estatales y empresaria-les continuará realizándose mediante un proceso paulatino y ordenado, estableciendo las normas que aseguren alcanzar las metas propuestas. 

256. Las unidades presupuestadas cumplen funciones estatales y de Gobierno, así como de otras características como la prestación de servicios de salud, educación y otros. No se crearán para prestar servicios productivos ni para la producción de bienes. Se les definen misión, funciones, obligaciones y atribuciones. 

257. Continuar reduciendo la cantidad de unidades presupuestadas hasta el número mínimo que garantice el cumplimiento de las funciones asignadas, donde primen los criterios de máximo ahorro del Presupuesto del Estado en recursos materiales, humanos y financieros, garantizando un servicio eficiente y de calidad. 

258. Las unidades presupuestadas que puedan financiar sus gastos con sus ingresos y generar un excedente, pasarán a ser unidades autofinanciadas, sin dejar de cumplir las funciones y atribuciones asignadas, o podrán adoptar, previa aprobación, la forma de empresa. 

259. A las unidades presupuestadas que solo logren cubrir una parte de sus gastos con sus ingresos, se les aprobará la parte de los gastos que se financiará por el Presupuesto del Estado, mediante un tratamiento especial. 

260. Continuar el perfeccionamiento del sistema de dirección y gestión de las unidades presupuestadas, adecuándolo a sus características funcionales, organizativas y económicas, simplificando su contabilidad. 

261. Los consejos de la administración provinciales y municipales cumplirán funciones estatales y no intervendrán directamente en la gestión empresarial, en correspondencia con ello se consolidarán y generalizarán las experiencias obtenidas en la separación de funciones estatales y empresariales en el experimento que se realiza. 

262. Las funciones estatales que ejercen los órganos de dirección en provincias y municipios y su relación con las que desarrollan los organismos de la Administración Central del Estado, serán reguladas dejando definidos los límites de sus competencias, vínculos, reglamentos de trabajo y las metodologías de actuación que se aplicarán en correspondencia con el experimento que se realiza. 

263. Perfeccionar la protección al consumidor adoptando medidas que coadyuven a asegurar sus derechos por quienes producen, comercializan y prestan servicios en general. 

264. Implantar la Política de Comunicación Social del Estado y el Gobierno cubanos. Realizar las transformaciones funcionales y estructurales que demande su aplicación. Priorizar en sus tareas iniciales el diseño de una estrategia de comunicación para la implementación de los lineamientos económicos y sociales del país, que contribuya a potenciar el optimismo y la confianza en el futuro. 

265. Realizar el perfeccionamiento del funcionamiento, estructura y composición de los órganos superiores de Dirección del Estado y el Gobierno que se exija. 

266. Culminar el perfeccionamiento del funcionamiento, estructura y composición de los OACE y entidades nacionales, estableciendo la base jurídico-organizativa que se requiera. Desarrollar sistemáticamente este proceso. 

267. Continuar el perfeccionamiento de los órganos del Poder Popular como vía para consolidar nuestra democracia socialista. 

268. Consolidar y perfeccionar el Sistema de Planificación de Objetivos y Actividades del Gobierno. 

269. Perfeccionar el Sistema de Trabajo con los Cuadros del Estado y del Gobierno, incluida su base reglamentaria, y avanzar con calidad en la aplicación de los procesos que lo integran; prestando la debida atención y exigencia por los jefes, comisiones y órganos de cuadros a: la selección y promoción de los cuadros, su atención y estimulación, la reserva, el rigor en la evaluación, la ética, la disciplina, así como a la preparación y superación. 

270. Fortalecer el control interno y externo ejercido por los órganos del Estado, los organismos, las entidades, así como el control social sobre la gestión administrativa; promover y exigir la transparencia de la gestión pública y la protección de los derechos ciudadanos. Consolidar las acciones de prevención y enfrentamiento a las ilegalidades, la corrupción, el delito e indisciplinas sociales. 

271. Avanzar en la creación del Sistema de Información del Gobierno, asegurando el más alto grado de informatización que las posibilidades económicas permitan. 

272. Transformar el sistema de registros públicos y de los servicios y trámites, a partir de las normas aprobadas y las experiencias adquiridas mediante los experimentos realizados. 

273. Perfeccionar la División Político-Administrativa a fin de que esta facilite conformar un modelo de municipio con una sólida base económico-productiva, la autonomía necesaria y sustentabilidad. 

274. Continuar el perfeccionamiento del sistema de justicia, en todos sus ámbitos y de sus órganos, organismos y organizaciones que lo integran o le tributan, consolidando la seguridad jurídica, la protección de los derechos ciudadanos, la institucionalidad, la disciplina social y el orden interior.

FINAL

La Fed asume el riesgo de frenar la débil recuperación

Michael Roberts 


Esta semana, la Reserva Federal de Estados Unidos ha elevado su tasa de interés de referencia del 0,5% al 0,75% por segunda vez desde la crisis financiera de 2008, con el argumento de que la economía estadounidense se está expandiendo "a buen ritmo". El comité monetario de la Fed también ha señalado que planea aumentar su tipo de interés al menos tres veces en el año 2017 con el argumento de que el crecimiento económico, el empleo y la inflación se está acelerando y las propuestas políticas de reducción de impuestos a las empresas y aumento del gasto en infraestructura del presidente electo Trump podría acelerar la recuperación económica de Estados Unidos.  "Mis colegas y yo están reconociendo los considerables progresos que la economía ha hecho", dijo Janet Yellen (en la foto), presidenta de la Fed, "Esperamos que la economía seguirá mejorando".
Hay una cierta ironía en las declaraciones de Yellen, dado que hace un año, al aumentar la tasa de interés política por primera vez en nueve años, hizo una declaración similar de confianza en la economía; pero el crecimiento económico se desaceleró fuertemente y la Fed pospuso cualquier nueva alza.
La economía de Estados Unidos se ha expandido a un promedio anual de sólo el 2% desde el final de la Gran Recesión en 2009. La tasa de desempleo se ha reducido más o menos al mismo nivel que antes de la crisis financiera global, pero el crecimiento de la inversión y de la productividad ha sido muy débil.
En diciembre del año pasado, planteé la cuestión de que, dada la debilidad de la inversión empresarial, la subida de las tasas de interés podría poner en peligro a todo un sector de empresas estadounidenses y desencadenar una nueva recesión o una depresión. De hecho, esa fue la razón por la que la Fed se abstuvo de hacer nuevas subidas de la tasa de interés durante este año.
¿Están las cosas mucho mejor de manera que se pueda descartar el riesgo de que un aumento de las tasas de interés provoque una recesión? Bueno, Yellen describió el aumento de la tasa de interés como "un voto de confianza en la economía."   Y la justificación para ello es que han mejorado algo las cifras de crecimiento real del PIB en el tercer trimestre de este año, con una tasa anual de 3.2%. Sin embargo, el crecimiento se ha situado todo en la construcción de viviendas y en los inventarios (constitución de reservas que no se venden), mientras que la inversión empresarial se mantuvo constante. Y sobre una base anual, el PIB real de Estados Unidos ha aumentado sólo un 1,6%, mientras que la inversión empresarial se contrajo un 1,4%.
Sin embargo, después de caer en el T2, los beneficios empresariales aumentaron en el T3 un 6,6% en comparación con el T2 y un 2,8% en relación con el T3 de 2015. Se podría argumentar que la economía de Estados Unidos está mejor en la segunda mitad de 2016 en comparación con la primera la mitad, que no fue buena. Los precios de las viviendas han superado su pico previo a la recesión y la confianza del consumidor está en un nuevo máximo.
A nivel mundial, las ganancias empresariales también han crecido en el tercer trimestre de 2016. El promedio ponderado de las cinco principales economías (Estados Unidos, China, Japón, Alemania y Reino Unido) testifica que las ganancias aumentaron en más del 5% anual. Junto con el aumento de los indicadores de actividad empresarial en los EE.UU. y Europa, parece que las grandes economías se han recuperado un poco en el tercer trimestre. Sin embargo, el crecimiento global de la inversión empresarial sigue siendo débil.
Hay dos riesgos que podrían afectar el confiado pronóstico de Yellen (por segunda vez). El primero es que el aumento de las tasas de interés de lugar a un aumento de los costes del servicio de la deuda de las empresas y las familias, hasta el punto que no puedan ser financiados a través de beneficios adicionales o ingresos reales de los hogares. Así que las tasas de morosidad del servicio de la deuda subirían.
No ha habido una reducción real de la acumulación de la deuda del sector privado en las economías más importantes como la que tuvo lugar en la década del 2000 y que culminó en la crisis global de crédito de 2007. Esa acumulación de deuda tuvo lugar en un contexto de condiciones favorables para los créditos: bajas tasas de interés y crédito fácil. Entre 2000 y 2007, la proporción de la deuda mundial del sector privado en relación con el PIB se elevó de alrededor de 140% a 163%, según el FMI.
La deuda del sector público creció rápidamente después de la crisis financiera mundial para rescatar a los bancos y financiar los fondos para el desempleo y otros beneficios. El nivel medio de la deuda pública en relación con el PIB se elevó del 34% a aproximadamente el 90 % - un máximo histórico después de 1945. Junto  con la deuda del sector privado, el nivel de endeudamiento no financiero total en relación con el PIB en las economías capitalistas avanzadas es en realidad mayor que en 2007.
En las economías emergentes, después de la Gran Recesión, el aumento de la deuda del sector privado ha sido masiva. China está en una liga propia, con un aumento del 96% porcentual en su ratio de 205% en relación con el PIB. Incluso excluyendo a China, las cifras siguen siendo grandes, de hasta 25% pts y el 92% del PIB para las economías emergentes. De hecho, el aumento de la demanda privada como porcentaje del PIB en las economías emergentes fuera de China ahora excede lo que tuvo lugar en las economías desarrolladas en la expansión del 2000.
La mayor parte de esta deuda adicional es resultado de que las empresas en estos países se endeudan más para aumentar la inversión, pero a menudo en áreas no productivas como la propiedad inmobiliaria y las finanzas. Y gran parte de este mayor endeudamiento se hizo en dólares. Así que la decisión de la Fed de elevar el coste de los préstamos en dólares aumentará a su vez la deuda de las empresas.
Moody, el organismo de supervisión de crédito de Estados Unidos, estima que ahora hay 7 billones de dólares de deuda pública global que sufrira recortes en su calificación ante el riesgo de incumplimiento debido a los crecientes costes de financiación si el dólar se mantiene fuerte y las tasas de interés globales empiezan a subir durante el 2017. Es el 16 % de la deuda pública global total. En el año 2016 de todos modos, hubo 35 rebajas de calificación crediticia para la deuda de los países.
No obstante, los mercados bursátiles en las principales economías se dirigen hacia nuevos máximos en la expectativa de que las principales economías están en el camino de la recuperación sostenida y que las políticas de Trump estimularán el gasto y aumentarán los beneficios empresariales el próximo año.
Ya he cuestionado con enormes signos de interrogación la posibilidad de que Trump puede lograr un crecimiento económico rápido y sostenido en los EE.UU. con sus políticas. Y no soy el único que duda. Ya me he referido a los puntos de vista de Deutsche Bank y JP Morgan sobre la probable recuperación económica en los EE.UU. en 2017.
Ahora el enorme fondo de capital privado, Bridgwater Associates, tiene también dudas sobre la recuperación económica esperada. Su fundador, Ray Dalio, reconoce que "esto no es un ciclo normal; la política monetaria será mucho menos eficaz en el futuro; los rendimientos de las inversiones serán muy bajos".   Haciéndose eco de la opinión presentada, hasta la saciedad, en su blog, Dalio identifica un "ciclo de deuda a corto plazo, o ciclo económico, con una duración de cinco a diez años, pero también un ciclo de deuda a largo plazo", de más de 50 a 75 años".   Y comenta: "la mayoría de la gente no entiende adecuadamente el ciclo de la deuda a largo plazo, ya que se hace notar con muy poca frecuencia. Pero esta es la fuerza más importante detrás de lo que está sucediendo ahora".  Dalio estima que el crecimiento de la deuda ha superado el crecimiento de los ingresos en forma de beneficios e intereses necesarios para dar servicio a los niveles actuales de deuda. El dinero fácil y las bajas tasas de los bancos centrales no pueden contrarrestar los crecientes costes de servicio de la deuda por mucho tiempo.
Parece que en 2017 el suelo de las tasas de interés a nivel mundial, establecidas por la tasa de la Fed, se va a elevar, si la Fed mantiene su plan de subirla tres veces más y de nuevo en 2018. Al mismo tiempo, se prevé un aumento de los precios del petróleo, suponiendo que los productores de petróleo de la OPEP cumplen su plan para recortar la producción. Esto aumentará los precios de los combustibles y reducirá las ganancias empresariales. Y si el dólar se mantiene fuerte frente a otras divisas, el servicio de la deuda en dólares a nivel mundial va a encarecerse, poniendo a muchas empresas en dificultades.
Así que la recuperación relativa de los beneficios empresariales globales y de la actividad económica en la última parte de 2016 no puede durar en 2017.

es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajador 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.
Fuente:
https://thenextrecession.wordpress.com/2016/12/15/the-fed-takes-the-risk/
Traducción:
G. Buster

sábado, 17 de diciembre de 2016

Cómo combatir la desigualdad de la riqueza

En colaboración con Project Syndicate.

Image: REUTERS/Adr

Desde 2013, cuando Thomas Piketty publicó su tan discutido estudio de la distribución del ingreso y la riqueza, la desigualdad ha estado al frente del debate público en las economías más avanzadas. Se la culpa de todo, desde un crecimiento lento y un estancamiento de la productividad hasta el ascenso del populismo y el voto por el Brexit. Pero la desigualdad sigue estando mal definida, sus efectos son sumamente variables y sus causas están en el centro de un debate encendido.

Hasta la pregunta más básica -cuánta desigualdad es demasiada- es prácticamente imposible de responder. No existe ninguna "tasa natural de desigualdad" que caracterice a una economía en equilibrio, un nivel al que los responsables de las políticas puedan apuntar. Más bien, las tasas de desigualdad de los países se miden entre sí -una estrategia limitada que ignora todo desde las tendencias económicas más amplias hasta las diferencias en el impacto de la desigualdad de la riqueza en poblaciones en diferentes contextos sociales.

En un momento en que todos parecen quejarse de la desigualdad, la riqueza, a nivel global, está más distribuida que nunca. Solamente en los últimos 16 años, la cantidad de gente que califica para la inclusión en la clase media global -al nivel de hoy, la gente con activos financieros netos de 7.000-43.000 euros (7.400-44.600 dólares)- se ha más que duplicado, a más de 1.000 millones, o aproximadamente el 20% de la población mundial.



Banco Mundial publicaba recientemente resultados sobre el estado de la desigualdad global y observa una disminución reciente

Y no es sólo la clase media la que crece. A fines del año pasado, unos 540 millones de personas en todo el mundo podían contarse entre los ricos a nivel global, con activos netos por sobre los 42.000 euros. Eso corresponde a unas 100 millones de personas, o 25%, más que en 2000.

La clave de este progreso ha sido el éxito de las economías emergentes, especialmente China. Y, por cierto, muchos de los que se han sumado al grupo de los súper ricos no pertenecen a los países tradicionalmente "ricos"; por el contrario, Estados Unidos, Japón y Europa occidental hoy apenas tienen el 66% de los hogares con un alto nivel de riqueza del mundo, comparado con más del 90% en 2000.

A nivel nacional, la desigualdad está en aumento, pero sólo en algunos lugares. En las economías emergentes, el porcentaje de riqueza en manos de la clase media se está incrementando, lo que indica una caída en la desigualdad de la riqueza. Es principalmente en el mundo industrializado donde la desigualdad está en alza, y donde el porcentaje de riqueza en manos del 10% más rico de la población crece más.

Esta discrepancia encuentra una explicación, en parte, en el hecho de que la crisis financiera global afectó más a los países avanzados, especialmente en Europa. Pero las políticas monetarias expansionistas que los bancos centrales de los países avanzados implementaron después de la crisis no hicieron más que agravar una situación ya de por sí mala.

Esas políticas hicieron subir los precios de los activos -especialmente los bonos y las acciones- que estaban en posesión principalmente de los hogares ricos. Al mismo tiempo, perjudicaron a los ahorristas de clase media, quienes normalmente dependen de instrumentos de ahorro menos sofisticados como los depósitos bancarios. Con tasas de interés cero o, más recientemente, negativas, esos ahorristas terminaron perdiendo. Si bien la media de los hogares se beneficia en general con los costos de endeudamiento más bajos, el beneficio para los hogares más adinerados es mucho mayor, en parte gracias a ahorros vinculados a préstamos hipotecarios, que son los más altos en relación al ingreso para la clase media alta.

Pero el impacto de la política monetaria excesivamente laxa se extiende mucho más allá de los efectos de la riqueza y los ingresos de hoy. En un momento en que las poblaciones de los países avanzados envejecen rápidamente, ahorrar para la vejez se ha vuelto más importante que nunca. Como las tasas de interés muy bajas reducen la tasa de acumulación de activos de pensiones, todos los hogares, excepto los más ricos, probablemente tengan que fomentar los ahorros y/o reducir el consumo, ahora y en el futuro. La caída del gasto a lo largo de la vida en definitiva tendrá un impacto negativo en el crecimiento y potencialmente generará fracturas sociales en las próximas generaciones.

Lo que complica aún más la situación de la desigualdad son las diferencias en las economías individuales, inclusive en aquellas economías que, técnicamente, tienen niveles similares de desigualdad. Consideremos las disparidades entre Estados Unidos, Dinamarca y Suecia -los tres países entre las sociedades más desiguales del mundo, en términos de distribución de la riqueza.

A Dinamarca y a Suecia se las conoce por sus sistemas de previsión social bien desarrollados, su educación gratuita y su alta participación en el mercado laboral. Es más, Dinamarca ocupó el primer lugar en el informe de Felicidad Mundial de las Naciones Unidas el año pasado, lo que sugiere que la desigualdad de la riqueza no afecta demasiado a los dinamarqueses.

Por el contrario, en Estados Unidos, que carece de muchas de las protecciones sociales ofrecidas por sus pares del norte de Europa, la desigualdad es, en verdad, muy alarmante. El incremento de la desigualdad de la riqueza allí en los últimos diez años ha sido más pronunciada que en cualquier otro país. Hoy, Estados Unidos tiene la clase media más pequeña, que apenas posee el 22% del total de activos financieros netos, la mitad del promedio de otros países industrializados, y la mayor concentración de riqueza que en cualquier otro país.

Como en Europa o Japón, la crisis financiera y la subsiguiente política monetaria podrían ser una causa importante de este desenlace. Sin embargo, otro factor también podría ser la revolución digital que, al menos para los principales protagonistas, cada vez más resulta ser un "catalizador de la riqueza". En cualquier caso, cabe reconocer que la situación de Estados Unidos es extraordinaria. No representa el estado del capitalismo occidental. Es la excepción, no la regla.

Todo esto tiene importantes implicancias para cómo se enfrenta la desigualdad. En pocas palabras, si las causas y los impactos de la desigualdad difieren entre los países, también deberían diferir las prescripciones en materia de políticas.

Para algunos países, como en el sur de Europa, hacer frente al desempleo es crítico para permitir que los hogares de ingresos medios y bajos ahorren y consuman. Otros países deberían centrarse en mejorar las condiciones para el ahorro a largo plazo, como por ejemplo a través de esquemas de pensiones ocupacionales. Y a otros les convendría reducir la carga impositiva, en particular para los asalariados de ingresos bajos y medios.

Sin embargo, existe una prescripción en materia de políticas que beneficiaría a muchos de los países con los niveles más elevados de desigualdad. Los bancos centrales deben poner fin a las tasas de interés cero y, especialmente, negativas. Esta medida representaría, por cierto, un buen punto de partida para combatir la creciente desigualdad de la riqueza.

Tontos útiles por todas partes

Si queremos alguna esperanza de redención, hay que dejar de tratar la elección de Trump como normal


El jueves, un editorial del New York Times describía a Donald Trump como un "tonto útil" al servicio de los intereses rusos, pero puede que esto no sea del todo correcto. Al fin y al cabo, se supone que los tontos útiles no son conscientes del modo en que se los utiliza, mientras que Trump probablemente sepa muy bien cuánto le debe a Vladimir Putin. Recuerden que una vez hizo un llamamiento abierto a los rusos para que piratearan el correo electrónico de Hillary Clinton.

Aun así, es correcta la imagen general de un presidente electo que en parte debe su puesto a la intervención de una potencia extranjera, y da muestras claras de estar dispuesto a usar la política estadounidense para recompensar a esa potencia.

Pero seamos sinceros: Trump no es, en absoluto, el único tonto útil de esta historia. Como dejaba claro un reportaje reciente del NYT, los malos no habrían pirateado las elecciones de EE UU si no hubieran tenido mucha ayuda tanto de los políticos estadounidenses como de los medios de comunicación.

Permítanme explicar a qué me refiero cuando digo que los malos piratearon las elecciones. No hablo de alguna teoría de la conspiración descabellada. Me refiero al impacto evidente de dos factores en la votación: el martilleo constante de las filtraciones amañadas por Rusia sobre los demócratas, y nada más que los demócratas, y la exagerada y completamente injustificada intervención a última hora del FBI, que parece haberse convertido en una institución muy partidista, con clara simpatía por la extrema derecha.

¿De verdad hay alguien que ponga en duda que estos factores modificaron al menos un 1% de los votos en los estados bisagra? De ser así, supusieron una diferencia en Michigan, Wisconsin y Pensilvania (y, por tanto, le entregaron a Trump la victoria en el Colegio Electoral, aunque consiguiese casi tres millones menos de votos en total). Sí, piratearon las elecciones.

Por cierto, las personas que responden a esta observación hablando de los errores de la estrategia de campaña de Clinton no captan el fondo de la cuestión, y siguen actuando como tontos útiles. En todas las campañas se cometen errores. ¿Desde cuándo esos errores justifican que una potencia extranjera manipule unas elecciones y que un organismo encargado de hacer que se cumpla la ley actúe de forma deshonesta?

¿Y por qué funcionó la manipulación? Es importante darse cuenta de que la declaración de la CIA tras las elecciones, en la que señalaba que Rusia había intervenido en favor de la campaña de Trump, fue una confirmación, no una revelación (aunque nos hayamos enterado ahora de que el propio Putin intervino en ello).

La inclinación de Trump y sus asesores por Putin era patente meses antes de las elecciones (yo escribí sobre ello en julio). Hacia mediados del verano, la estrecha relación entre WikiLeaks y el espionaje ruso también era evidente, al igual que el alineamiento cada vez mayor de la página web de filtraciones con los nacionalistas blancos.

¿Rechazaron los políticos republicanos, que con tanta ostentación ondeaban la bandera y ponían en duda el patriotismo de sus rivales, esta contribución extranjera a su causa? No. De hecho, que yo sepa, ninguna figura republicana importante se mostró mínimamente dispuesta a criticar a Trump cuando este pidió a Rusia directamente que piratease a Clinton.

No debería sorprendernos. Hace mucho tiempo que resulta evidente —excepto, al parecer, para los medios de comunicación— que el Partido Republicano moderno es una institución radical, dispuesta a infringir las normas democráticas con tal de conseguir el poder. ¿Por qué iba a ser diferente la norma de no aceptar ayuda extranjera?

Lo más sorprendente fue el comportamiento de los medios de comunicación, y no me refiero a medios de pacotilla; hablo de organizaciones grandes y de prestigio. Los mensajes electrónicos filtrados, que todo el mundo sabía que probablemente eran fruto del pirateo ruso, se publicaron sin respiro como si fueran revelaciones escandalosas, aunque, en la mayoría de los casos, lo único que revelaban era que los demócratas son humanos.

Por otra parte, los medios de comunicación destacaban obedientemente la historia del servidor de Clinton, en la que nunca hubo pruebas de transgresión, pero que, en la mente de la ciudadanía, se integró en la percepción de un enorme escándalo de "mensajes electrónicos", cuando ahí no había nada.

Y luego llegó la carta de Comey. El FBI no encontró nada en absoluto, literalmente. Pero la carta aparecía en todas las portadas y noticias televisivas, y esa cobertura —por parte de medios informativos que seguramente sabían que les estaban utilizando como arma política— fue, casi con certeza, decisiva el día de las elecciones.

Así que, como he dicho, ha habido muchos tontos útiles este año, y han hecho que el pirateo electoral triunfe.

¿Y ahora, qué? Si queremos tener alguna esperanza de redención, la gente tendrá que dejar de permitir que la utilicen del modo en que la han utilizado en 2016. Y el primer paso consiste en admitir la horrible realidad de lo que acaba de pasar.

Lo cual significa no intentar cambiar de tema hablando de estrategias de campaña, que es un asunto legítimo, pero no guarda relación con la cuestión de la manipulación electoral. Significa no justificar la cobertura informativa que ha dado alas a esa manipulación.

Y significa no actuar como si estas hubiesen sido unas elecciones normales cuyos resultados encomiendan al vencedor alguna misión, o mejor dicho le otorgan alguna legitimidad, más allá de los requisitos legales básicos. Tal vez resulte más cómodo fingir que todo va bien, que la democracia estadounidense no está al borde del abismo. Pero eso sería llevar la tontuna útil al siguiente nivel.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía.
© The New York Times Company, 2016.
Traducción de News Clips.

Balance Preliminar de CUBA ▪ 2016. CEPAL

Cuba 

Para 2016, la CEPAL estima una tasa de crecimiento del PIB de Cuba del 0,4%. Ha sido un año particularmente difícil para la economía cubana, ante un entorno internacional caracterizado por un todavía bajo crecimiento económico y el continuado debilitamiento del comercio exterior como motor de crecimiento. Se espera un déficit fiscal de 6% (contra 5,8% en 2015). En 2016 se espera que se mantenga aún el superávit en la balanza de cuenta corriente, pero por un margen reducido, de alrededor de 1.900 millones de dólares. A pesar de aumentos coyunturales de algunos productos agrícolas, el nivel de precios se ha mantenido relativamente estable y para este año se espera que la inflación se ubique en un nivel similar a la del año previo (2,8%). El número de ocupados totales ha permanecido sin cambios, con tendencia a la reducción de empleo en el sector estatal y un incremento en el sector no estatal. La tasa de desempleo se espera que se sitúe en 2,4%. 

El presupuesto de Estado fue elaborado con una tasa de crecimiento económico del 2%, aún con la ralentización del crecimiento, el déficit fiscal se mantendrá menor al máximo aprobado (7,0% del PIB). Como en años recientes, este será financiado mediante la emisión de bonos soberanos con una amortización desde uno hasta 20 años y a una tasa de interés promedio del 2,5% anual. 

En 2016 se ha acentuado la política de lograr una mayor eficiencia del gasto público, sin dejar de cubrir las obligaciones fundamentales del Estado en materia de educación, salud y seguridad social. El gobierno anunció durante el segundo semestre del año un recorte de la inversión pública del orden del 17% global, respecto de lo planificado inicialmente (la inversión social no se reduce), como una de las medidas para paliar, entre otras cosas, el efecto de los menores envíos de petróleo de Venezuela. En el mismo período, el gobierno activó el cobro del impuesto a los ingresos personales y de la contribución especial a la seguridad social de los trabajadores de empresas estatales, que no solamente reciben su salario base, sino beneficios salariales por el perfeccionamiento empresarial, sistemas de pagos por resultados y la distribución de utilidades. Lo anterior ya estaba previsto en la Ley 120 del presupuesto del Estado de 2016. 

Los diferentes mercados que existen actualmente en Cuba con precios divergentes y la utilización de dos monedas con diferentes tipos de cambio, dificultan el manejo monetario. El Banco Central busca balancear la oferta y demanda de las dos monedas, en preparación para la eliminación de la dualidad monetaria. El crédito, tanto al sector empresarial como a personas naturales, se ha incrementado progresivamente. En el período enero-septiembre de 2016 los créditos a las personas naturales se incrementaron en 45,6%, con respecto a igual período del año anterior, (destaca el dinamismo de la actividad constructiva), mientras que el de las personas jurídicas se incrementó en 55,4%. 

El tipo de cambio continúa fijo, con una tasa del 24 CUP por CUC para las operaciones de ventas por la población a bancos y CADECA (casas de cambio). Las autoridades gubernamentales han anunciado que se avanza en el proceso de la unificación monetaria y cambiaria y que se está en búsqueda de la opción que genere menores efectos nocivos en el poder adquisitivo de la población. En el informe al VII Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC) realizado en abril pasado, se ratificó una vez más la decisión de garantizar los depósitos en cuentas bancarias en divisas extranjeras, CUC y CUP, así como el dinero efectivo en poder de la población. 

En el primer semestre del año el PIB de Cuba creció en 1% en un contexto de disminución de los ingresos por divisas, debido a la caída en el precio internacional del níquel, entre otros factores. Además, a comienzos del segundo semestre se anunció la reducción en el suministro de combustible proveniente de Venezuela (su principal proveedor), por lo que para la segunda mitad del año la economía cubana enfrenta limitaciones adicionales que le impedirán cumplir, entre otras cosas, con el plan de inversiones inicial. Aunado a lo anterior, si bien el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, anunció en el mes de octubre el levantamiento de algunas restricciones a Cuba, el bloqueo económico-financiero y comercial sigue vigente y continua impidiendo que se efectúen transacciones comerciales y financieras, de acuerdo a las normas y prácticas internacionales. No se vislumbra el cese del bloqueo a pesar de su rechazo categórico por parte de la comunidad internacional. 


La llegada de turistas y los ingresos por esta actividad continúan su expansión vigorosa; en el primer semestre del año ambas se incrementan en 11,7% y 15,0%, respectivamente; sin embargo, la contribución de este sector al ingreso nacional se ve reducida notablemente pues buena parte de los bienes demandados por los turistas no puede satisfacerse localmente y es necesario importarlos (1). La balanza de bienes sigue siendo deficitaria y es compensada por el saldo positivo de la balanza de servicios. 

La inversión extranjera llega a la isla caribeña gradualmente, pero el carácter extraterritorial del bloqueo, así como otros problemas internos atribuibles a la ineficiencia doméstica y estructuras económicas que dificultan el logro de una mayor productividad, disminuyen los incentivos para su llegada. No obstante, se espera que en el futuro se convierta en una fuente estratégica de dinamismo económico, sobre todo de la proveniente de Europa ante la firma anunciada el 12 de diciembre del Acuerdo de Diálogo Político y Cooperación entre Cuba y la Unión Europea que pondrá fin a la denominada “Posición Común”, que restringía las relaciones con Cuba. 

A principios de octubre el huracán Matthew golpeó la punta este del país dañando severamente cultivos (cacao, café, coco, plátano), viviendas e infraestructura de cuatro municipios del país; están en marcha diferentes medidas para comenzar la reconstrucción. Esta situación tendrá impacto en el PIB de 2017 principalmente, probablemente el efecto neto pueda resultar positivo. 

En 2016, los sectores con crecimiento fueron hoteles y restaurantes (debido al turismo), comercio y telecomunicaciones principalmente. En sentido contrario, se contrajeron el sector de explotación de minas y canteras y la industria manufacturera, fundamentalmente. 

Se espera que se materialicen inversiones por 6.510 millones de pesos, un 17% por debajo de la cifra estimada a comienzos de año. El magro crecimiento económico está basado principalmente en un mayor consumo no estatal, asociado a su vez a las compras de las formas de gestión no estatales: actividades por cuenta propia, cooperativas no agropecuarias y pequeños agricultores, así como cooperativas agropecuarias. 

No hay información disponible sobre el número de ocupados en 2016. Se estima que éste seguirá en torno a 4.860.500 trabajadores, cifra registrada en 2015. En 2016 el salario mínimo quedó establecido en 225 pesos cubanos. El salario medio en 2016 podría ser mayor a los 687 pesos (cifra de 2015 y que corresponde al sector empresarial estatal y presupuestado). 

En cuanto al empleo en las formas de gestión no estatales, como el trabajo por cuenta propia, se observa un crecimiento. Al cierre de octubre de 2015, los trabajadores por cuenta propia ascendían a 500.512, mientras que a octubre de 2016 aumentaron a 526.953 personas (incremento del 5,3%). Las actividades más importantes son la elaboración y venta de alimentos (11% del total), y el transporte y carga de pasajeros (10%). 

En 2017 el crecimiento económico comenzará a acelerarse paulatinamente, tomando en cuenta que se regularizarán los envíos de combustible de Venezuela, empujado por los sectores de las telecomunicaciones y el turismo, y en menor medida, por la construcción, y la agricultura 

Las mejores perspectivas para los precios del níquel y azúcar, incrementarán ligeramente los ingresos por divisas. Se espera una expansión del PIB del orden del 0,9%, el consumo de los hogares -que incluye también el consumo intermedio (2)- será dinámico, sin presiones sobre la inflación.

Notas

(1) Generalmente las importaciones provienen de países como Vietnam, China, Corea, y otros europeos dado el carácter extraterritorial del bloqueo que EE.UU. mantiene sobre Cuba. Lo anterior le genera a la isla caribeña costos financieros importantes. 

(2) En Cuba no existen mercados mayoristas por lo que los dueños de los pequeños restaurantes no estatales acuden a los mismos mercados que los consumidores finales para comprar los insumos y productos que requieren su actividad para satisfacer el consumo de sus clientes. En este sentido, el consumo final incluye este consumo intermedio. 





viernes, 16 de diciembre de 2016

El nuevo auge del capitalismo de Estado: nuevas exigencias para la internacionalización

Por Enrique Fanjul