Fidel


"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." ""Creo que mientras más critica exista dentro del socialismo,eso es lo mejor" Fidel Castro Ruz

lunes, 13 de marzo de 2017

2016: Las cartas ya están mostradas

La evolución económica de Cuba durante 2016 aporta pistas sobre su posible comportamiento en el nuevo año y claves para entender los rumbos que pudiera seguir el proceso de transformaciones.



El desplome de precios del petróleo afectó a Venezuela y por extensión mantiene sobre ascuas los nexos comerciales de ese país con Cuba. Foto: Jorge Luis Baños_IPS

¿Qué ocurrirá en la economía cubana en 2017? ¿Cómo anticipar su posible evolución? Los expertos no descartan un Plan Nacional que proyecta un crecimiento del producto interno bruto (PIB) del dos por ciento. Pero el análisis del camino que la propia economía recorrió en 2016 aporta señales visibles en estos primeros meses del nuevo año e indican que el camino es difícil.

La meta gubernamental es desafiante, en términos económicos y hasta políticos. La propuesta de crecimiento del PIB en 2017 es similar a la que planificó y no pudo alcanzar Cuba en el año recién concluido. En lugar de avanzar un par de puntos porcentuales, la economía retrocedió 0,9 por ciento en 2016.

Por primera vez desde la crisis del llamado Período Especial –década de los 90-, la economía cerró un año con decrecimiento. El dato desató pronósticos agoreros. Una mirada calmada muestra que el escenario no es igual al de hace más de 20 años, ni en el interior del país ni en su contexto externo.

En un ensayo muy citado de la revista Foreign Affairs, la académica británica Emily Morris, experta del Banco Interamericano de Desarrollo, dijo que “La Habana se enfrenta a un desafío, no a una crisis”. Morris alude a transformaciones estructurales proyectadas por la reforma económica, conocida en Cuba como Actualización del modelo económico y social.

De cualquier manera, perduran las trabas y limitaciones financieras que en 2016 frenaron al país. El ministro de Economía y Planificación, Ricardo Cabrisas, ratificó en diciembre pasado, en sesión de la Asamblea Nacional del Poder Popular, la persistencia de una tensa situación en la disponibilidad de divisas y otras restricciones que calificó de “fuertes”.

El Presidente Raúl Castro fue más tajante ante los diputados, al comentar las perspectivas para 2017. “Debo alertar que persistirán tensiones financieras y retos que pudieran incluso recrudecerse en determinadas circunstancias”. Advertencia similar hizo el mandatario en esa sala un año atrás, pero ahora dejó encendida una esperanza. “Sin embargo, prevemos que la economía cubana retome la senda ascendente y que el producto interno bruto crezca moderadamente en el entorno del dos por ciento”.

¿Cuál son los problemas de la economía? ¿Cuáles las oportunidades?

Avatares del comercio exterior de Cuba

En 2016 se contrajeron las cuentas cubanas en moneda dura de manera acentuada, por tropiezos económicos de un socio externo clave, Venezuela, que se unieron a otros avatares del comercio exterior y a las pérdidas que el bloqueo económico de Estados Unidos causa tradicionalmente a Cuba. Los aires favorables que soplaron en otras actividades no alcanzaron a compensar las bajas, pero encendieron una llama de aliento. La arrancada de 2017 confirma unos y otros.

Por la combinación de una fuerte caída de los precios del petróleo en el mercado mundial y pugnas políticas internas, la economía venezolana retrocedió 9,7 por ciento el año pasado, de acuerdo con estimados de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal). Las bajas financieras de ese país afectaron inevitablemente su intercambio con Cuba, en áreas de alta sensibilidad, como el suministro de combustible.

Las entregas de PDVSA experimentaron una reducción que Cuba apenas palió parcialmente mediante compras a otros países –515.000 barriles de petróleo crudo a Argelia, según Reuters. La producción petrolera nacional tampoco ha compensado esos apuros. El agotamiento de un grupo de pozos ha reducido la extracción a menos de 3.700.000 toneladas de petróleo y gas equivalente, de cuatro millones que logró años atrás.

Ante tal cúmulo de estrecheces, el gobierno se vio obligado a recortar el plan energético. En julio informó una reducción de 4,4 por ciento en los combustibles previstos para el año (de 8.221.600 toneladas a 7.862.070) y de seis por ciento en el gasto de electricidad (de 15.310 gwh a 14.523). El ajuste lo centró en áreas sociales y presupuestadas para no afectar a las empresas de impacto en la economía. También decidió proteger al sector residencial, que no vio el retorno de los apagones de los años noventa.

La actividad que más ingresos aporta a la economía, la exportación de servicios médicos, tiene en Venezuela uno de sus principales destinos. Experimentó una reducción inevitable, en tanto existe un mecanismo de indexación con los envíos de petróleo pactados entre los gobiernos de ambos países.

Según estimados de Economist Intelligence Unit (EIU), en 2016 la exportación de servicios –fuerza de trabajo profesional y turismo- aportó a Cuba 11,1 por ciento de ingresos menos que en 2015. Esto representa pérdidas de 1.170 millones de dólares para el país, amplía ese estudio. Por ser un año de alza de la industria del ocio, entonces puede calcularse la baja, fundamentalmente, a cuenta de los servicios médicos.

Sobre esta alternativa comercial cubana pende, como espada de Damocles, el peligro de distanciamiento político y, por tanto, económico, con otros países, como Brasil.

Caen precios y exportaciones

En la balanza comercial externa del país también hicieron mella pérdidas en la exportación de bienes, por caída de precios en el mercado internacional, combinada a veces con bajas en la producción cubana.

Ocurrió con el níquel, primero en la cartera de productos de exportación. En 2016, su cotización retrocedió 14 por ciento en el mercado mundial. Como respuesta, la industria cubana de Moa apostó a reducir costos en lugar de levantar la producción, reducida a 56.000 toneladas este año, luego de alcanzar 74.000 toneladas hace una década.


Una combinación de bajos precios en el mercado mundial y reducción de la producción recortaron los dólares aportados por el níquel a la economía cubana 
Foto: Jorge Luis Baños_IPS

El azúcar, por el contrario, encontró un precio internacional más saludable al menos este año. Promedió 18,20 centavos por libra en el mercado, según el Banco Mundial, de 13 centavos que alcanzó en 2015. Pero la producción cubana no le siguió. Por trastornos del clima como la sequía y lluvias inoportunas, la zafra 2015-2016 quedó por debajo de 1,6 millones de toneladas de azúcar, de un plan de 1,9 millones propuesto para igualar la cosecha anterior.

Los derivados del petróleo, insertados desde hace unos años en la cartera cubana de exportaciones, han visto declinar sus ingresos por la citada depreciación de los hidrocarburos.

Bajo limitaciones financieras superiores a lo habitual, el gobierno tuvo que recortar a mediados de año en 3,3 por ciento el plan de importación de bienes. Algunos analistas temen que la reducción final haya sido mayor. En 2015 ya había decrecido en 10,4 por ciento. Dos años continuos de contracción en ese indicador puede ser negativo para una economía.

Costos del bloqueo

En los últimos meses de su segundo mandato, el presidente Barack Obama aceleró los pasos para mejorar las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Su visita a La Habana constituyó uno de los sucesos más notorios en 2016.

Pero, si en algún momento las promesas y directivas de la Casa Blanca abonaron expectativas optimistas, las finanzas externas no encontraron real respiro. El bloqueo económico y financiero continuó castigando a Cuba con sanciones y otros costos.

La Directiva Presidencial que emitió Obama en octubre puso en vigor un paquete de medidas para flexibilizar las compras personales de los estadounidenses que visitan Cuba. Mayor impacto pudiera tener la puerta que abrió a investigaciones médicas conjuntas entre ambos países y al desarrollo de otros nexos, comerciales incluso, con la biotecnología e industria médico-farmacéutica, uno de los sectores cubanos de mayores perspectivas de desarrollo, como confirma el interés que despierta entre estadounidenses y europeos.

En materia de inversiones, sin embargo, este quinto paquete de medidas del gobierno de Obama no aporta cambios: persisten las restricciones. Fuentes del gobierno cubano manifestaron dudas hasta ver algo más que la letra de esas disposiciones. Sacan cuentas de trabas que continúan impidiendo a sus empresas operar con dólares en terceros países, pese a que Washington autorizó formalmente el uso de esa moneda por Cuba.

El 14 de noviembre, exactamente un mes después de presentar Obama su directiva, la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC, por sus siglas en inglés), del Departamento del Tesoro, impuso una multa de casi seis millones de dólares a la empresa National Oilwell Varco, por mantener nexos comerciales con Cuba. En la lista de sancionados entraron en enero de este año la organización no lucrativa Alianza para una Política Responsable hacia Cuba y el banco canadiense Toronto Dominion (TD).


La industria cubana del turismo agregó medio millón de visitantes en 2016 después de un salto similar un año antes.

De acuerdo con la denuncia del gobierno cubano ante la Asamblea General de Naciones Unidas, los costos del bloqueo ascienden a 4.680 millones de dólares en el período anual de 2015 a 2016. La Resolución que condenó esa política la aprobó este año ese órgano de las Naciones Unidas casi por unanimidad. Por primera vez no se opuso ningún país: Estados Unidos e Israel se abstuvieron esta vez, en señal del entendimiento que Washington busca con La Habana.

Caracterizado por la ambigüedad de sus discursos, el nuevo presidente Donald Trump no ha roto todavía el velo de incertidumbre acerca de la política que mantendrá hacia su vecina del sur. Como Cuba no es una prioridad internacional para Estados Unidos, Trump pudiera demorarse en enseñar sus cartas. Igual hizo Obama. Mientras, por las grietas abiertas ya en el muro, entran y salen compañías aéreas y congresistas que representan al sector empresarial, más interesados en una relación comercial y financiera normal, que en la extensión de una política de hostilidad cuyos beneficios no logran apreciar.

Entre Matthew y la sequía

Con un poder destructivo notorio, el huracán Matthew cruzó en octubre sobre la esquina más oriental de la isla de Cuba. Los daños, estimados preliminarmente en 1.484 millones de pesos, se concentraron sobre los municipios de Baracoa, Maisí, Imías y San Antonio del Sur, en la provincia de Guantánamo. Además de arruinarse la infraestructura vial, eléctrica, de comunicaciones y de acueductos, y afectarse unas 40.000 viviendas, la región perdió extensas áreas de sus principales cultivos: coco, cacao y café.


El huracán Matthew provocó severos daños económicos en la zona más oriental de Cuba. Foto: Jorge Luis Baños_IPS

Matthew no dejó grandes acumulados de agua en Cuba, como compensación a la fuerte destrucción de sus vientos; mayores pueden ser los daños ahora de otro desastre, la sequía.

El promedio de precipitaciones en el país durante 2015 y 2016 ha sido de los cinco menores en los últimos 30 años, informó recientemente el Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos (INRH). El 80 por ciento de los 168 municipios se hallaban en enero del actual año en alguna categoría de sequía hidrológica. “El cambio climático está provocando que, principalmente en la región del Caribe, llueva cada vez menos”, informó José Antonio Hernández, director de Uso Racional del Agua en el INRH.

Durante el año se redujeron las reservas de agua del país de manera gradual, pero sostenida. En febrero de 2017, apenas contaba con 45 por ciento de su capacidad total de embalse.


La sequía redujo producciones agrícolas fundamentales en la dieta cubana, como el arroz.

La falta de agua provocó la mengua de cosechas, como la de arroz en 2016. Por igual motivo declinaron los cultivos de la caña de azúcar y la papa. Unido a la falta de inversiones fuertes en esta actividad, las producciones agropecuarias no han conseguido despegar con fuerza.

El gobierno, incluso, aprovechó la baja de precios de los alimentos básicos en el mercado mundial para incrementar en 111,6 millones de dólares la importación de víveres dejados de producir en Cuba. Estas compras ascendieron en total a 1.668 millones de dólares, cifra inferior todavía en 14 por ciento al plan original y muy por debajo de la factura anual de más de 2.000 millones de dólares que ha asumido el país en años previos.


En el VI Congreso del Partido Comunista de Cuba, Raúl Castro reiteró el perfil socialista de la economía, pero defendió transformaciones económicas como la apertura a las inversiones extranjeras y las pequeñas y medianas empresas privadas.

Problemas y oportunidades de 2017

De todos esos problemas, ¿cuáles se mantienen en 2017? Casi todos, sequía incluida. Al evaluar en diciembre las restricciones financieras externas y las limitaciones en el suministro de combustibles que enfrentó el país el año pasado, el ministro de Economía, Ricardo Cabrisas, estimó que Cuba se halla “en un escenario que no podrá revertirse en el corto plazo”.

El ministro de Economía, Ricardo Cabrisas, admitió que en 2017 persistirán los obstáculos y restricciones financieras que hicieron daño a la economía el año pasado.

Las tensiones no apuntan a declinar en la economía del principal socio externo de Cuba, Venezuela, mientras el gobierno cubano prevé una disminución de 4,3 por ciento en la producción nacional de petróleo y gas, equivalente a 3.538.200 toneladas. Aún así, el Plan de 2017 proyecta un crecimiento de 4,2 por ciento en la generación de energía eléctrica con respecto al estimado de 2016.

Entre los nubarrones que persisten, siguen en pie también oportunidades en que funda el gobierno sus previsiones de incremento en el PIB. Esta proyección encuentra respaldo en economistas reconocidos por sus miradas críticas.

Uno de ellos, José Luis Rodríguez, ex ministro de Economía y Planificación, no cree que “ahora vayamos a retornar a los días más duros del Período especial”. Aunque enumera un rosario de dificultades, Rodríguez piensa que “la meta de crecimiento planteada de un dos por ciento es tensa, pero no imposible de alcanzar si se enfrentan adecuadamente los desafíos de la economía cubana actual”.

¿Locomotora de la economía?

En los meses finales del año y de su mandato, Barack Obama aceleró algunas decisiones para mejorar las relaciones de su país con Cuba, pero no pudo eliminar el bloqueo.

Con una expansión sostenida desde hace dos años, el turismo emerge nuevamente como el sector más dinámico de la economía. Por segundo año consecutivo saltó en más de medio millón el número de visitantes extranjeros: de 3,5 millones en 2015 a más de 4 millones en 2016. Aumentaron en 17,4 por ciento en el primero de esos años y 14 por ciento en el siguiente, según el Ministerio de Turismo (Mintur).

Los ingresos mantenían una tendencia al alza también. En el primer semestre avanzaron 15 por ciento, según la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI); y fuentes del Mintur reportan un monto cercano a 3.000 millones de dólares en el año.

A juzgar por la arrancada de enero –con 15 por ciento de incremento ese mes-, las expectativas de crecer en 2017 tienen fundamento, nuevamente, con fuerzas. El Mintur se propone otro récord de 4,2 millones, una previsión de alza del cinco por ciento, que resulta más bien cautelosa.

Como en los años noventa, la industria del ocio vuelve a tomar el título de locomotora de la economía: atrae miradas, comercio e inversiones. El ritmo de construcción se acelera en Cuba en el ámbito hotelero y de instalaciones extrahoteleras. Según el Mintur, el sistema hotelero llegó a 66.547 habitaciones en 2016, tras sumar ese año 2.316 aposentos. En 2017, el país prevé terminar 4.019 nuevas habitaciones y agregar 20.000 antes de 2020. Varios miles suma el sector privado, que ha establecido negocios más estrechos con las empresas estatales y mixtas.

El Director General de Desarrollo e Inversiones de ese organismo, José Reinaldo Daniel Alonso, informó que el desarrollo se centra en La Habana, Varadero, Trinidad, Holguín y la cayería norte del archipiélago cubano.

Los aeropuertos también entran entre las prioridades inversionistas. El gobierno firmó con dos compañías francesas, Bouygues y Aeropuerto de París, acuerdos para ampliar y gestionar, respectivamente, el Aeropuerto Internacional José Martí, de La Habana, entre otros. Récords de pasajeros atendidos y hasta amenazas de colapso en instalaciones aeroportuarias hablan favorablemente de las perspectivas de ese sector y de la urgencia de inversiones.

Llegan los estadounidenses

El flujo de viajeros ha ganado en intensidad después de recibir, en los meses finales del año, permisos de aterrizaje en La Habana los vuelos regulares de ocho aerolíneas de EE.UU. Jet Blue, Delta, American Airlines, United, South West, Alaska, Spirit y Frontier tienen autorizados rutas a 10 ciudades cubanas.


Varias de las más importantes aerolíneas de EEUU recibieron luz verde para aterrizar en La Habana con vuelos regulares.

De acuerdo con la ONEI, los ciudadanos estadounidenses escalaron al tercer mercado emisor de viajeros hacia Cuba en 2016 (detrás de Canadá y la comunidad cubana en el exterior), luego de ocupar el séptimo lugar en 2014. El punto de despegue lo marcó el inicio de conversaciones oficiales entre Washington y La Habana.

Aunque las leyes del bloqueo les prohíben hacer turismo en Cuba, 284.937 estadounidenses viajaron en 2016 (74 por ciento de crecimiento). Viajan al amparo de licencias.

Las aerolíneas y vuelos de ese país enlazan a Cuba con Estados Unidos y con otros mercados emisores de turistas y destinos regionales de la industria del ocio. Constituyen la punta de lanza de un sector empresarial empeñado en reanudar relaciones con La Habana. Pero son también símbolo de algo que está ocurriendo en la economía cubana desde que emprendió la senda hacia la normalización de relaciones entre ambos países.

Detrás de las compañías aéreas de EE.UU. han entrado en el mercado cubano aerolíneas de otros países de Europa, Latinoamérica y Asia, con el beneficio comercial que implica para un sector, el turismo, con potencial para asumir el liderazgo de la economía. Igual está ocurriendo en otros ámbitos de las relaciones externas cubanas.

La afluencia de delegaciones gubernamentales y de hombres de negocios mantuvo en 2016 la intensidad adquirida a partir del 17 de diciembre de 2014, fecha de arrancada de las conversaciones públicas entre La Habana y Washington. Francia y Holanda, dos de los principales socios de Cuba en Europa, y Rusia y China son algunos de los países más activos.

Inversiones extranjeras

Juan Triana es otro economista de renombre que cree posible que el PIB crezca este año dos por ciento, pese a que “una parte de las condiciones y características de la economía nacional que provocaron ese decrecimiento (-0,9 por ciento en 2016) no ha cambiado sustancialmente”.

Pero Triana observa oportunidades que no se aprovechan de manera más eficiente o con mayor agilidad. En su opinión, “el sistema empresarial estatal socialista no logró el dinamismo necesario y las transformaciones iniciadas no han madurado lo suficiente como para dar mejores resultados”.

Una de esas oportunidades mal aprovechadas, pero sobre las que se depositan muchas esperanzas, son las inversiones extranjeras directas (IED). El propio gobierno, en voz de Cabrisas, su ministro de Economía, ha admitido que “la inversión extranjera continúa siendo muy baja en su participación respecto a la inversión total”. Solo representa 6,5 por ciento del plan, informó Cabrisas.

Desde que el Parlamento aprobó en marzo de 2014 la Ley 118, que rige esa actividad, hasta la pasada Feria Internacional de La Habana, en noviembre de 2016, las autoridades solo habían aprobado 83 proyectos con capital foráneo, por un monto total de 1.300 millones de dólares. A juzgar por esa cifra y otros estimados, el país ejecutó en 2016 inversiones extranjeras inferiores a 500 millones de dólares, muy lejos de los 2.000 o 2.500 millones que necesita Cuba, anualmente, según consenso de gobierno y expertos, para lograr un crecimiento del PIB entre cinco y seis por ciento.


La Zona Especial de Desarrollo Mariel es punta de lanza en la estrategia de promover las inversiones extranjeras, pero todavía no se ven los beneficios.

De manera reiterada, el Presidente Raúl Castro ha criticado “la mentalidad obsoleta llena de prejuicios contra la inversión foránea”. Lo dijo en diciembre ante los diputados y en abril en el VI Congreso del Partido Comunista de Cuba, reunión que definió políticas y transformaciones cardinales del modelo económico.

Los documentos programáticos aprobados en ese cónclave confirmaron un espacio para las cooperativas industriales y de servicios y dieron luz verde explícitamente a la pequeña y mediana empresas privadas. Triana, sin embargo, observa que “no alcanzamos a integrar en una sola fuerza dirigida al propósito del desarrollo, el crecimiento económico y el bienestar, a todos los agentes económicos”, en referencia a esas estructuras no estatales.

Factores desencadenantes

Como evidenció el intenso tráfico de delegaciones empresariales y gubernamentales a Cuba en 2015 y 2016, ha crecido la curiosidad e interés de europeos, latinoamericanos y asiáticos por la economía de este país. La reacción se desató ante las visitas exploratorias similares de sus rivales de negocios de la primera economía del mundo. También influyen las expectativas de retroceso del bloqueo, que ha sancionado hasta el presente, sin cortapisas, a compañías y bancos de terceros países.

Otro factor estimulante es la estrategia seguida por el gobierno cubano para sanear sus finanzas externas, con el propósito declarado de ganar credibilidad internacional. En 2016, logró reestructurar sus adeudos a mediano y largo plazo con Japón para dar continuidad al acuerdo de renegociación de su deuda externa con el Club de París.

A las inversiones extranjeras y los ingresos cubanos por exportación de bienes y servicios, Cuba busca sumar un acceso a créditos con tasas de interés menos onerosas.

Desde hace años, otra opción para inyectar moneda dura en la economía son las remesas. Aunque no existen cifras precisas, algunos investigadores estiman un ascenso en 2016 a más de 2.000 millones de dólares. Una parte cuantiosa de ese volumen la absorbe como capital de trabajo el sector privado.


La unificación monetaria continúa entre las reformas estructurales que el gobierno no ha logrado implementar todavía, pese a estar programada en los Lineamientos de la política económica y social.

Cambios en juego

El año 2016 no trajo muchas medidas, ni leyes novedosas. Una de las de mayor impacto, la Resolución 6 del Ministerio de Trabajo, llegó en realidad para mejorar el pago por resultados del trabajo en las empresas, que había establecido dos años antes otra norma, la Resolución 17 de ese organismo.

Los informes oficiales indican que ya están presentadas, concebidas o en vías de ejecución la mayoría de las acciones principales del proceso de Actualización del modelo económico y social. El pasado Congreso del PCC añadió nuevos documentos programáticos de los cambios: la Conceptualización del modelo económico y social, las bases de un Plan de Largo Plazo y una renovación de los Lineamientos de la política económica y social.

Al evaluar en abril la marcha del proceso, el ministro de Economía entonces y Jefe de la Comisión Permanente de Implementación y Desarrollo de esas reformas, Marino Murillo, informó al VII Congreso del PCC que de los 313 lineamientos aprobados cinco años antes, solo 21 por ciento se había cumplido totalmente. En fase de implementación se hallaba 77 por ciento. Y el dos por ciento no se había iniciado.

Pero permanecen pendientes transformaciones estructurales básicas, como la unificación monetaria, una nueva ley de empresas y una reforma del sistema de precios más profunda y abarcadora que los ajustes ensayados recientemente en algunos mercados. La economía y la sociedad aguardan, además, por un mejor ritmo en la aplicación de las políticas ya aprobadas. La demora de esos pasos motiva tropiezos, conflictos y polémicas cotidianas.

La dirección política del país afirma que ya ha enseñado casi todas sus cartas. Ahora le queda jugarlas. (2017)

domingo, 12 de marzo de 2017

El muro virtual de Trump

Kenneth Rogoff, Professor of Economics and Public Policy at Harvard University and recipient of the 2011 Deutsche Bank Prize in Financial Economics, was the chief economist of the International Monetary Fund from 2001 to 2003. The co-author of This Time is Different: Eight Centuries of Financial Folly, his new book, The Curse of Cash, was released in August 2016.

CAMBRIDGE – En muchos sentidos, el plan del Partido Republicano de implementar un “impuesto de ajuste en frontera” en los Estados Unidos es el complemento virtual del muro físico que el presidente Donald Trump quiere levantar en la frontera con México. Lo primero no se instaló tan profundamente en la conciencia pública como lo segundo, pero puede terminar afectando al estadounidense medio mucho más (y no necesariamente para bien).

En principio, la idea básica es aplicar un impuesto de, tal vez, 20% a las importaciones y otorgar exenciones impositivas por un valor similar a las exportaciones. Lo primero que dirá casi cualquier populista es que esta medida será fantástica para el empleo estadounidense, ya que desalentará las importaciones y alentará las exportaciones. Por desgracia, como muchos ya señalaron, el razonamiento tiene una falla, porque Estados Unidos aplica un régimen de tipo de cambio flotante.

Un resultado probable del impuesto fronterizo es que el dólar se apreciará; esto abaratará las importaciones a Estados Unidos (porque con cada dólar se podrá comprar más moneda extranjera); en el otro sentido, esa misma apreciación hará más difícil a los extranjeros comprar exportaciones estadounidenses. La predicción de manual es que la variación del tipo de cambio compensará exactamente el impuesto, con lo que la balanza comercial quedará igual que antes. De modo que los que dicen que la propuesta de los republicanos es pura cháchara tal vez no anden muy errados; pero no nos apresuremos a sacar conclusiones.

Varios economistas académicos muy prestigiosos están de acuerdo con aplicar un impuesto de frontera, pero por razones totalmente diferentes. Que el tipo de cambio subirá y neutralizará el efecto del impuesto de frontera sobre la balanza comercial, eso no lo discuten. Pero igual apoyan la medida.

En primer lugar, Estados Unidos importa mucho más de lo que exporta, es decir, mantiene un gran déficit comercial que, según la medición más amplia (la “cuenta corriente”), anda por el 2,5% del PIB. Aunque eso supone una gran mejora respecto de los déficits del 6% del PIB que tenía Estados Unidos hace una década, el país todavía compra al extranjero bastante más de lo que le vende. De modo que el gobierno puede recaudar mucho más con el impuesto del 20% a las importaciones que lo que perdería en exenciones impositivas para los exportadores. El adicional recaudado mediante el esquema de impuestos y subsidios puede llegar a unos 90 000 millones de dólares al año (al menos en los papeles).

Y la magia no se acaba allí. Los que piensan que el tema de las importaciones y exportaciones es una cuestión de “nosotros contra ellos” tal vez no lo sepan, pero lo cierto es que más o menos la mitad de todo el comercio internacional de Estados Unidos es intraempresarial, es decir, se trata de transacciones entre divisiones extranjeras y locales de una misma empresa. Y como los impuestos corporativos en Estados Unidos están entre los más altos del mundo, las empresas tratarán de tributar lo más posible con las filiales extranjeras y lo menos posible con las estadounidenses.

Un modo de hacerlo es asignar un precio contable artificialmente alto a las importaciones intraempresariales y uno artificialmente bajo a las exportaciones. Subfacturar ingresos y sobrefacturar gastos es un viejo modo de evadir impuestos y controles. Y cuando las transacciones son entre partes de una misma empresa, sólo hace falta un poco de magia contable para registrar las ganancias en jurisdicciones impositivamente favorables.

Como Alan Auerbach (de la Universidad de California en Berkeley) fue el primero en señalar, el impuesto de frontera es un modo de limitar el recurso a la sub y sobrefacturación en una jurisdicción que cobra altos impuestos, como Estados Unidos. Así que a fin de cuentas, incluso si ese impuesto no contribuye a hacer las exportaciones de Estados Unidos más competitivas, es un modo eficiente de aumentar la recaudación, que puede crear margen para bajar otros impuestos.

Entonces, ¿qué puede salir mal con una idea tecnocráticamente tan buena? En primer lugar, depende de algunos supuestos arriesgados; por ejemplo, que las empresas no hallarán fácilmente modos de aprovecharse de los vericuetos del sistema, y que los gobiernos extranjeros se abstendrán de tomar represalias. En segundo lugar, pasa por alto una multitud de difíciles problemas transicionales.

Para empezar, la inmensa mayoría de lo que importa Estados Unidos se contrata en dólares. Así que un abaratamiento de la moneda extranjera no beneficiará a los importadores atados a contratos en dólares, mientras que sus costos aumentarán un 20% por el impuesto a las importaciones. Y a pesar de la exención impositiva, algunos exportadores saldrán perjudicados, porque (como señala un documento reciente del Banco de la Reserva Federal en Nueva York), para la fabricación de sus productos dependen de bienes intermedios importados.

Otro problema es que el encarecimiento del dólar provocará una inmensa pérdida patrimonial para los estadounidenses, porque reducirá el valor de muchos activos extranjeros en su poder, como bien han explicado mis colegas Emmanuel Farhi, Gita Gopinath y Oleg Itskhoki. Pero el problema más grande es dar por sentado tan alegremente que el tipo de cambio variará justo lo necesario para compensar el esquema de impuestos y subsidios.

Si algo nos enseñan los últimos 40 años de investigaciones en materia cambiaria es que una perturbación de los tipos de cambio puede alejarlos de sus valores fundamentales en forma errática por muchos años. Suponer que un impuesto de frontera provocará inmediatamente una variación del precio del dólar de la magnitud justa para neutralizar sus efectos es aventurado. El proceso puede demorar muchos años, y bien podría ser que los efectos inmediatos sobre la tasa de desempleo en Estados Unidos sean negativos.

Claro que hay un modo en que un impuesto de frontera alto puede impulsar la creación de empleo. El esquema demandaría un enorme incremento de la cantidad de funcionarios de aduana, y es casi seguro que provocaría una importante expansión de la economía subterránea conforme las empresas traten de evadir los impuestos. Pero ¿son esos los tipos de empleo en los que piensan los proponentes del impuesto de frontera?

Traducción: Esteban Flamini

Economistas que experimentan...!y se mojan!


De Marcel Jansen y Pedro Rey Biel (@pedroreybiel

A principios de enero tuvo lugar el encuentro anual de la Asociación Americana de Economía. Durante esta edición, los principales temas de debate fueron las consecuencias de las elecciones presidenciales en Estados Unidos y el crecimiento del sentimiento anti-globalización. Son temas que nos inquietan a todos, y sobre los que los economistas también hemos opinado, con mayor o menor acierto. Sin embargo, hoy queremos hablar de la conferencia plenaria (Richard T. Ely Lecture) ofrecida por Esther Duflo, profesora del MIT y experta en temas de pobreza, para reivindicar el papel activo de los economistas no sólo en recomendar políticas económicas o en predecir sus efectos, sino también en "arremangarse" y "bajar al fango" de esas mismas políticas y preocuparse por los detalles a la hora de aplicarlas. El título de su charla no podía ser mas metafórico: "El Economista como Fontanero". Su portentoso llamamiento es optimista y ambicioso a la vez: el economista puede contribuir a solucionar muchos de los problemas que tenemos como sociedad pero, para ello,...!hay que mojarse! 

Los economistas no tenemos la mejor fama a la hora de recomendar medidas. Aunque gozamos de un cierto respeto académico y al menos tenemos voz en múltiples foros, también se nos critica, en muchos casos con razón, o bien directamente por la simplicidad de los modelos que utilizamos, que obvian múltiples detalles que pueden ser cruciales para que las políticas derivadas de nuestras recomendaciones sean efectivas o, lo que es peor, por la posible carga ideológica que puede estar detrás de simplificar un modelo con unos supuestos y no otros. 

En todo caso, los economistas participamos cada vez más en el diseño de nuevas políticas, regulaciones e incluso mercados. El diseño de nuevos mercados requiere que actuemos como ingenieros, como explicó Alvyn Roth – ganador del premio Nobel de Economía que diseñó el mercado para el intercambio de riñones – en este artículo de 2002. El diseño tiene que considerar todos los detalles y posibles complicaciones, y para ello ser sirve de la teoría económica. Pero no basta con ésta. A menudo hay que complementar la teoría con avanzadas técnicas numéricas para encontrar la mejor solución. Esta necesidad de aplicar distintas técnicas llevó a Abhijit Banerjee – coautor de Duflo en decenas de estudios y del bestseller Poor Economics - a comparar el diseño de políticas con la labor de un artesano. Noble, pero rutinario y más humilde que la labor de los ingenieros. En su ponencia Duflo, de cuya brillante trayectoria hablamos aquí, baja todavía un peldaño más, utilizando la metáfora del fontanero que pone la tubería, diseña los grifos y que aplica parches cuando hay roturas. El motivo es que muchas políticas bien intencionadas fallan en la práctica por detalles que parecen irrelevantes a primera vista. No es suficiente que ayudemos en el diseño. Para que las medidas sean efectivas, debemos también implicarnos en la implementación de sus pequeños detalles, aunque ésto conlleve en ocasiones dejar atrás el cómodo marco de la teoría económica para adentrarnos en un terreno mucho más “fangoso”. 

La ponencia de Duflo resalta la importancia de la experimentación en el diseño de políticas, en su caso para reducir la pobreza. La experimentación no sólo consiste en probar distintas cosas y adaptar el diseño de las medidas cuando no se obtiene los mejores resultados. Un experimento típico en el área de la economía del desarrollo asigna un nuevo programa, por ejemplo una subvención, a un grupo aleatorio de personas mientras que a otro grupo, de idénticas características, no se le da nada. La comparación entre los resultados del grupo intervenido y el que no, permite establecer una relación causal entre dar la subvención y el efecto que provoca, puesto que si hay diferencias en los resultados, tienen que deberse a la única diferencia entre los dos grupos, que es la subvención. Pero no estamos hablando de medidas improvisadas, sino que estos ensayos controlados son guiados por la teoría económica y, en muchos casos, inspirados por la psicología y la economía del comportamiento, para contar con una intuición previa sobre qué funcionará y qué no. A fin de cuentas, los experimentos se hacen con participantes reales que sufren las consecuencias de las medidas tomadas incluso durante la fase de experimentación y que, además, pueden plantearse si es justo haber sido asignado al grupo de tratamiento de control, por razones puramente de aleatoriedad estadística. Por tanto, no sería ni ético ni práctico probar nuevas medidas, aunque sea a pequeña escala, sin la intuición rigurosa que puede aportar la teoría ni sin la evidencia empírica previa, que en muchos casos proviene experimentos controlados más abstractos hechos en un laboratorio. De esta forma, las distintas disciplinas económicas (teoría, análisis empírico, experimentos de laboratorio y de campo) pueden combinarse de forma rigurosa para mejorar las cosas. 

Esta combinación es necesaria porque ni la teoría económica ni la evidencia empírica disponible llega siempre a los detalles concretos que pueden ser claves para el éxito de una medida. Cada contexto tiene su especificidad y entender bien lo que diferencia dos entornos, puede ser crucial para entender por qué una política puede haber funcionado en el pasado en uno, pero quizá no funcione en otro. Por ello es importante que, si queremos seguir haciendo recomendaciones, nos bajemos de la atalaya académica y admitamos con modestia que necesitamos entender mucho mejor las restricciones institucionales y las motivaciones individuales concretas de los sujetos a los que afectan las medidas que proponemos. Duflo ofrece algunos ejemplos de detalles cruciales que pueden determinar que una medida funcione o no ("piping issues"): el nivel de transparencia informativa sobre distintos programas de alimentos o el flujo de fondos entre distintos niveles de la administración en el caso de políticas descentralizadas. Pero también se ocupa de detalles aún más específicos con soluciones sorprendentes, como en el caso famoso del programa de vacunación de niños en India, en el que comprobó que al incluir un pequeño incentivo no monetario para quienes se vacunaran, unas pocas lentejas, aumentaba exponencialmente las tasas de vacunación. El programa de vacunación era exactamente el mismo, se dieran o no las lentejas, pero sólo consiguieron que la gente vacunara a sus hijos cuando lo acompañaban, con un coste mínimo, de unas pocas lentejas. 

Esta especificidad de los experimentos de campo, hace que algunos académicos de prestigio, como el penúltimo premio Nobel de Economía, Angus Deaton, tengan dudas metodológicas sobre su validez externa, véase por ejemplo esta discusión o incluso este debate en video entre ambas posturas. El argumento que subyace su crítica es que si necesitamos probar una medida en diferentes contextos para saber si funcionará o no, entonces es que no entendemos bien la causa por la que funciona, lo que es fundamental para poder avanzar científicamente. Pero precisamente creemos que lo que hace Duflo es ampliar su lupa e intentar entender aún mejor las múltiples causas concretas por las que una medida puede o no ser efectiva. De esta forma, la experimentación puede permitir también recoger nueva evidencia bajos nuevas condiciones, que permita a su vez retroalimentar el enriquecimiento de nuevas teorías. Bajar al fango para arreglar un problema concreto no tiene por qué implicar renunciar a la ciencia. 

Ambas posturas son válidas y necesarias, si son honestas. El economista que pretenda entender las causas generales de los fenómenos, debe ser más cauto a la hora de hacer recomendaciones específicas de política, puesto que el éxito de dichas recomendaciones puede depender de aspectos muy específicos.. El economista "fontanero", mas preocupado por arreglar problemas concretos sobre el terreno, no debe aprovechar su posición para intentar cualquier cosa, sino basarse en la teoría y evidencia disponible existente, para ser más efectivo y, además, no perjudicar a los participantes de sus experimentos con pruebas inútiles.


La economía ficticia: escondiendo como funciona realmente la economía. Entrevista a Michael Hudson


Michael Hudson, autor del recientemente publicado J is for Junk Economics, afirma que los medios de comunicación y la academia utilizan eufemismos bien elaborados para ocultar como funciona realmente la economía
 SHARMINI PERIES: Michael Hudson es un distinguido profesor e investigador de Economía en la Universidad de Missouri, en la ciudad de Kansas. Es autor de numerosos libros, incluidos, “The Bubble and Beyond” y “Finance Capitalism and Its Discontents”, “Killing the Host: How Financial Parasites and Debt Destroy the Global Economy”, y más recientemente, por supuesto, “J is for Junk Economics”.
 Michael, tu libro me recuerda unas palabras clave de Raymond Williams. Aquella fue una contribución increíble a la crítica cultural, una crítica de los estudios sociales y culturales como disciplina. Y pienso que tu libro va a realizar una contribución fenomenal al campo de la economía. Sería una referencia para la gente para volver atrás, especialmente para que los estudiantes regresen, y miren hacia tu versión de la definición de esos términos y observen la economía desde un prisma crítico. Así que mi primera pregunta para ti es realmente sobre este libro. ¿Por qué lo escribiste?
 MICHAEL HUDSON: Originalmente lo escribí como apéndice a un libro que se habría llamado, “The Fictitious Economy”. El borrador fue escrito antes de la crisis de 2008. Mi tesis era que la forma en la que la economía es descrita en la prensa y en los cursos de la Universidad tiene muy poco que ver con cómo funciona realmente la economía. La prensa y las informaciones periodísticas utilizan una terminología hecha de eufemismos bien elaborados para confundir el entendimiento de cómo funciona la economía.
Además de ofrecer palabras clave para explicar qué es positivo y cómo entender la economía, discuto el vocabulario engañoso, el doblepensar orwelliano utilizado por los medios, lobistas financieros y empresariales para persuadir a la gente de que la austeridad y toparse con la deuda es la clave del crecimiento, no su antítesis. El motivo es hacerles actuar contra sus propios intereses, dibujando una imagen ficticia de la economía como si fuese un universo paralelo.
Si puedes hacer que la gente use un vocabulario y conceptos que hacen parecer que cuando el 1% se hace más rico, el conjunto de la economía se está enriqueciendo –o que cuando el PIB sube, todo el mundo está mejorando– entonces a la gente, al 95% que no mejoró su posición desde 2008 a 2016, se le puede hacer sufrir de alguna manera de síndrome de Estocolmo. Pensarán, “Mierda, debe ser culpa mía. Si el conjunto de la economía está creciendo, ¿por qué yo soy más pobre? Con solo dar más dinero al 5% o al 1% más ricos, algo nos caerá. Tenemos que recortar impuestos y ayudarles para que así me puedan dar un trabajo porque como Trump y otros dicen, bueno, nunca conocí a un pobre que me diera un trabajo.”
He conocido a un montón de gente rica, y en lugar de dar trabajo a la gente cuando compran una empresa, habitualmente hacen dinero para ellos despidiéndola, empequeñeciendo y externalizando el trabajo. Así que no vas a conseguir hacer que los ricos necesariamente te den trabajo. Pero si la gente puede de alguna manera pensar que hay una asociación entre la riqueza en la cima y más empleo, y que tienes que recortar los impuestos a los ricos porque acabará filtrándose hacia abajo, entonces tienen una visión del revés de cómo funciona la economía.
Yo había escrito un apéndice al libro y aquello tomó vida propia.
Si tienes un vocabulario que describe cómo funcionan realmente el mundo y la economía, entonces una palabra llevará a otra y pronto habrás levantado una imagen más realista de la economía. Así que, no solo discuto sobre las palabras y el vocabulario, discuto con algunos de los individuos y economistas clave que han hecho contribuciones que no aparecen en el currículum académico neoliberal.
Hay una razón por la que la historia del pensamiento económico ya no se enseña más en las universidades. Si la gente leyera realmente lo que escribió Adam Smith, lo que escribió John Stuart Mill, verían que Smith criticaba a los terratenientes. Decía que tenías que gravar sus rentas, porque nada es gratis en este mundo. Mill definía la renta como aquello que los terratenientes hacen mientras duermen, sin trabajar. Adam Smith decía que siempre que los hombres de negocios se reúnen, van a conspirar sobre cómo sacar dinero del público en su conjunto –como hacer un acuerdo y engañar a la gente de que todo es por el bien de la sociedad–.
Este no es el tipo de libre empresa que gente que habla sobre Adam Smith explica cuando le describen como si fuese un recortador de impuestos, un economista austriaco o un neoliberal. No quieren escuchar lo que realmente escribió. Así que mi libro es realmente sobre economía de la realidad. Encontré que para discutir economía real, tenemos que tomar de nuevo el control del lenguaje o la metodología económica, no usar la lógica que ellos usan.
Los economistas convencionales hablan como si cualquier status quo estuviese en equilibrio. El truco subliminal aquí es que si piensas en la economía como algo que está siempre en equilibrio, eso implica que si tú eres pobre o no puedes pagar tus deudas, o tienes problemas para mandar a tus hijos al colegio, eso es solo parte de lo natural. Como si no hubiese una alternativa. Es lo que Margaret Thatcher decía: “No hay alternativa.” Mi libro es sobre cómo por supuesto que hay una alternativa. Pero para hacer una alternativa, necesitas una forma alternativa de mirar el mundo. Y para hacer eso, como dijo George Orwell, necesitas un vocabulario diferente.
SHARMINI PERIES: Hablar de vocabulario y conceptos económicos eufemísticos, es lo que es tan único en este libro. No son solo las palabras, como en el de Raymond Williams, sino también la teoría y los conceptos lo que estamos abordando. También hablabas sobre los hombres de negocios y como usan esas terminologías para confundirnos. Pues aquí tenemos a un hombre de negocios en el cargo, como Presidente de los Estados Unidos, quien está proponiendo todo tipo de reformas económicas supuestamente en nuestro favor, en términos de trabajadores. Y como sabes, los grandes proyectos de infraestructuras que está proponiendo supuestamente para sacar a la gente de la pobreza y darles empleos y todo eso. ¿Cuál es la mitología ahí?
MICHAEL HUDSON: Bueno, tú solo usaste la palabra “reforma.” Cuando yo crecí, y durante el siglo pasado, “reforma” significaba sindicalizar el trabajo, proteger a los consumidores, regular la economía para que hubiese menos fraude contra los consumidores. Pero la palabra “reforma” hoy, tal y como es usada por el Fondo Monetario Internacional en Grecia cuando insiste sobre las reformas griegas, significa justo lo contrario: se supone que hay que bajar los salarios en un 10% o un 20%. Recortar las pensiones sobre un 50%. Idealmente, dejas de pagar pensiones para pagar al FMI y a otros acreedores extranjeros. Detienes el gasto social. Así que, lo que tienes una inversión del vocabulario tradicional. Reforma ahora significa lo contrario de lo que significaba a comienzos del Siglo XX. Ya no es socialdemócrata. Es “reforma” de derechas, antisindical, pro-financiera, para recortar el gasto social y dejar todo en una forma privatizada para los ricos y el sector de las corporaciones.
Así que reforma es la primera palabra que usaría para ilustrar como el significado ha cambiado y es usado por la prensa convencional. Básicamente, lo que ha hecho la derecha en este país es secuestrar el vocabulario que fue desarrollado por el movimiento obrero y los economistas socialistas durante un siglo. Se lo han apropiado y le han dado la vuelta para que signifique lo contrario.
Hay 400 palabras con las que me enfrento. Muchas de estas palabras muestran como el significado ha sido puesto del revés, para conseguir que la gente tenga una visión al revés de cómo funciona la economía.


es un antiguo economista de Wall Street. Distinguido profesor e investigador de la Universidad de Missouri, en la ciudad de Kansas (UMKC), es autor de numerosos libros, incluidos Super Imperialism: The Economic Strategy of American Empire (nueva edición en Pluto Press, 2002). Su nuevo libro es: Killing the Host: How Financial Parasites and Debt Bondage Destroy the Global Economy (edición digital de CounterPunch). Sharmini Peries es productor ejecutivo de The Real News Network. Esta es una transcripción de la entrevista de Michael Hudson con Sharmini Peries en Real News Network.
Fuente:
http://www.counterpunch.org/2017/03/01/the-fictitious-economy-hiding-how-the-economy-really-works/
Traducción:
Adrián Sánchez Castillo
Temática: 

sábado, 11 de marzo de 2017

A la espera de una quiebra financiera inevitable y peor que las tres ant...



En este episodio de Keiser Report, Max y Stacy hablan de eficientes robots que reemplazan a seres humanos en tareas administrativas, y se preguntan si, análogamente, no se podría cambiar el sistema estadounidense de seguros de salud por un más eficiente modelo de sanidad universal. En la segunda parte Max entrevista a Wolf Richter, de WolfStreet.com, sobre por qué con la presente ‘expansión de múltiplos’ cabe esperar en la era Trump una crisis financiera aún peor que las tres últimas.

El índice Dow Jones sigue marcando repuntes históricos, superando las ya de por sí inéditas subidas que venía experimentando. Lo paradójico es que las acciones de las empresas del Dow Jones están creciendo pese a que sus ingresos no han crecido en los últimos seis años. Algo similar refleja el índice bursátil de Standard & Poor's 500.

Max Keiser y Stacy Herbert han hablado con el economista Wolf Richter, que augura una quiebra financiera inminente y aún peor que las anteriores. Según el experto, los ingresos se han mantenido constantes mientras que el precio de las acciones ha aumentado casi el doble. Se trata de algo alarmante, pues ya hemos vivido algo parecido antes de las crisis de 1987, del 2000 y del 2008-2009.

A cada periodo de expansión le sigue otro de contracción. El periodo más extenso de expansión fue el que precedió a la crisis del año 2000, durante el cual los múltiplos aumentaron durante 40 meses seguidos. "En la actualidad, esta expansión dura ya 57 meses, es decir, bastante más que el récord histórico y recordemos que todos esos récords precedentes condujeron a crisis", advierte. "Con estos datos delante, lo lógico sería que el mercado se hubiese desplomado hace tiempo", insiste el experto. ¿Cómo es posible que aún no lo haya hecho? Hoy en día han cambiado muchos factores que regulan el mercado, pero lo que la historia nos garantiza es que este periodo de expansión no dura para siempre ya que, tarde o temprano, la economía se contraerá. "Simplemente, desconocemos cuando", resalta Wolf Richter.

Holanda (también) al borde del abismo

Por Juan Torres López

A primera vista, los datos macroeconómicos de Holanda son bastante positivos tras unos cuantos años de políticas de austeridad: el paro es del 5,4%, el déficit público del 1%, la deuda pública representa el 63% del PIB y la cuenta exterior registra casi un 10% de superávit. Aparentemente, todo un éxito.

Pero detrás de ellos hay un panorama muy negro que ha producido cambios políticos y auténticos demonios que están a punto de salir plenamente a la luz en las elecciones generales del próximo 15 de marzo. Así lo advierte el profesor de economía e investigador holandés Servaas Storm, en un artículo en el que se pregunta si Holanda será la próxima pieza del dominó europeo que caerá (Will the Netherlands be the next domino to fall?).

Storm señala que, detrás de esos grandes números, hay otros que reflejan lo que de verdad va a marcar el futuro de ese país. Según ha señalado el propio banco central holandés, si a la tasa de paro oficial se le suman los trabajadores desanimados que ya no buscan trabajo y los que trabajan a tiempo parcial contra su voluntad, porque quisieran trabajar más horas, el paro sería tres veces mayor que el oficial, el 16%. E indica Storm que el porcentaje de empleos seguros ha caído del 56,8% en 2008 al 30,5% en 2015 y que el empleo temporal ya supera el 20% del total.

¿Qué ha pasado en Holanda en realidad?

En ese país gobierna una especie de gran coalición entre el centro derecha y la antigua socialdemocracia que viene aplicando las políticas de austeridad europeas. Dejándose llevar por la locomotora alemana y gracias a la política monetaria del Banco Central Europeo, la economía alemana ha salido adelante con un notable superávit. La austeridad ha aumentado el beneficio de las grandes empresas y la actividad económica pero a costa de deteriorar el mercado y las condiciones laborales, como acabo de señalar, y de reducir enormemente el gasto social en educación, salud, viviendas sociales, I+D, atención a personas mayores e infancia, protección ambiental…. La consecuencia, en paralelo con el aumento del beneficio empresarial, ha sido la caída en el ingreso de las clases medias y bajas, la pérdida de derechos y prestaciones sociales, un gran descontento ciudadano que incluso se manifiesta en el gran incremento de las enfermedades mentales y en consumo de antidepresivos, e incluso en el riesgo de que la economía se deteriore pronto por la debilidad del mercado interno. Tanto es así, que hasta el banco central holandés está reclamando que suban los salarios (como dice, Storm, debe ser el único banco central en el mundo que pide eso hoy día).

En las encuestas que se vienen realizando la izquierda más alternativa (el Partido Socialista y el Partido Verde) sube un poco (especialmente el segundo) pero no lo suficiente, mientras que el centro-izquierda se derrumba por el hundimiento de la socialdemocracia después de haberse convertido en ejecutora de las políticas de recortes que han generado el gran descontento de las clases medias y trabajadoras. Solo la extrema derecha avanza y será el neofascista Geert Wilders, líder del Partido por la Libertad (PVV), quien con toda probabilidad va a ganar las próximas elecciones.

Así lo vaticina Servaas Storm, aunque éste cree que será prácticamente imposible que pueda gobernar y que, por tanto, lo más seguro es que se produzca una situación que cueste mucho tiempo resolver (quizá como ocurrió en España). Pero al final, dice Storm, la coalición hasta ahora gobernante seguirá siendo el pivote de la política holandesa y se seguirá aplicando nuevas medidas de austeridad que irán aumentando el descontento y el apoyo de cada vez más población a la extrema derecha. Y lo que es más relevante: las ideas xenófobas de Wilders, sus propuestas no solo contra el euro sino contra Bruselas y el Banco Central Europeo, es decir, contra la propia Unión Europea, a medio plazo se irán extendiendo y acomodándose en la agenda holandesa y europea y, de manera inmediata, su victoria dará alas a los partidos neofascistas que defienden lo mismo en Francia e Italia.

Las políticas de austeridad ya trajeron el nazismo y las calamidades que vinieron tras él a la Europa de los años treinta del siglo pasado. Y ahora la codicia de las oligarquías europeas, la incompetencia y la ceguera ideológica de nuestros gobernantes y, lo que es peor, su complicidad con los grandes grupos de poder, nos están poniendo, a todos y no solo a Holanda, al borde del mismo abismo.

Las izquierdas, mientras tanto, se miran el ombligo y discuten entre ellas si se trata de galgos o podencos.

Una reforma sanitaria tan mala que impresiona

El armatoste que ha presentado Paul Ryan solo se entiende desde la descomposición intelectual de los republicanos


Para cualquiera que esté al tanto de la política sanitaria estadounidense, hace mucho que resultaba evidente que los republicanos nunca idearían un sustituto viable para la reforma del sector de 2010 (Ley de Asistencia Sanitaria Asequible u Obamacare). Pero el proyecto de ley revelado esta semana es peor de lo que los cínicos esperaban; su grado de atrocidad resulta casi surrealista. Y el proceso por el que se ha materializado nos dice mucho de la situación del Partido Republicano.

Teniendo en cuenta la retórica que los republicanos han empleado estos últimos siete años para atacar la reforma sanitaria, podríamos haber supuesto que prescindirían de toda la estructura de la LASA; que liberalizarían, eliminarían las subvenciones y dejarían que el libre mercado obrase su magia. Esto habría resultado devastador para los 20 millones de estadounidenses que han conseguido cobertura sanitaria gracias a la ley, pero al menos habría sido coherente desde un punto de vista ideológico.

Sin embargo, los dirigentes republicanos no estaban dispuestos a hacer de tripas corazón. Lo que nos han presentado, en cambio, es un batiburrillo al que los conservadores, con cierta razón, se refieren como Obamacare 2.0. Pero sería mejor llamarlo Obamacare 0.5, porque es un plan a medio hacer que acepta la lógica y las líneas generales de la Ley de Asistencia Sanitaria Asequible, a la vez que debilita catastróficamente sus disposiciones fundamentales. Si se aprueba, el proyecto de ley conducirá, casi con seguridad, a una mortífera espiral de primas por las nubes y coberturas desmoronadas. Lo que lleva a preguntarse qué sentido tiene.

Obamacare se sustenta sobre tres pilares principales. Las aseguradoras están controladas, y se les impide que nieguen la cobertura o cobren precios más altos a los estadounidenses que ya están enfermos. Las familias reciben subvenciones vinculadas tanto a la renta como a las primas, para ayudarlas a contratar un seguro. Y existe una penalización para quienes no lo contraten, con el fin de empujar a la gente a hacerlo aunque esté sana.

El Trumpcare —la Casa Blanca insiste en que no la llamemos así, lo que significa que debemos hacerlo— conserva algo de esos tres elementos, pero en una forma drásticamente debilitada, lo que probablemente resulte desastroso.

A las aseguradoras se les sigue prohibiendo que excluyan a las personas enfermas, pero se les permite que cobren a los estadounidenses más mayores —que son los que más necesitan un seguro— primas mucho más altas.

Las subvenciones siguen ahí, en forma de desgravaciones fiscales, pero ya no están vinculadas a la renta (siempre que esta sea inferior a 75.000 dólares) ni al precio del seguro.

Y el impuesto para los que no contraten un seguro se convierte en un pequeño recargo —pagado a las aseguradoras, no a la Administración— para aquellos que lo contraten tras haber dejado caducar el suyo.

Los jóvenes adinerados podrían acabar ahorrándose algún dinero gracias a estos cambios. Pero las consecuencias para los más mayores y menos ricos serán devastadoras. La Asociación Estadounidense de Jubilados (AARP, en sus siglas en inglés) ha hecho los cálculos: una persona de 55 años que gane 25.000 dólares al año acabará pagando 3.600 dólares más cada año por el seguro; esa cifra sube hasta los 8.400 dólares para una persona de 64 años que gane 15.000 dólares al año. Y eso, antes de la espiral mortífera.

Porque la combinación de repunte de precios y penalizaciones reducidas llevaría a muchos estadounidenses sanos a prescindir del seguro. Ello incrementaría el riesgo conjunto de la población, lo cual dispararía las primas (y, recuerden, las subvenciones ya no se adaptarían para compensar esa subida). La consecuencia sería que aún más gente abandonase el sistema. Los republicanos se han hartado de decir que Obamacare se hunde, lo que no es cierto. Pero, si Trumpcare se pusiese en práctica, se hundiría en un minuto de los de Mar-a-Lago.

¿Cómo es posible que los republicanos de la Cámara, encabezados por Paul Ryan, quien según siguen asegurándonos los medios, es un hombre inteligente y un auténtico cerebro de la política, hayan pergeñado tal monstruosidad? Por dos motivos.

Primero, que la capacidad de análisis y elaboración de políticas de los republicanos se ha reducido hasta volverse insignificante. Sí que hay conservadores expertos en política, pero el partido no los quiere, quizás porque su propia aptitud los vuelve poco fiables desde un punto de vista ideológico (una hipótesis de la que dan cuenta las prisas por aprobar este proyecto de ley antes de que la imparcial Oficina Presupuestaria del Congreso pueda calcular sus costes o sus efectos). Resumiendo, los hechos y los análisis serios son los enemigos de la derecha moderna; la política queda en manos de chapuceros que no son capaces ni de entender las ideas más simples.

En segundo lugar, a los republicanos parecen haberles traicionado sus impulsos de Robin Hood al revés. No se puede lograr que algo como Obamacare funcione sin ayudar a las familias de clase baja lo suficiente para que los seguros les resulten asequibles. Pero el Partido Republicano moderno siempre quiere proporcionar comodidad a los acomodados y afligir a los afligidos; así que el proyecto de ley acaba suprimiendo los impuestos que pagan los ricos y que sirven para financiar las subvenciones, y aleja las subvenciones en sí de aquellos que las necesitan para redirigirlas hacia los que no.

Ante este plan sanitario que parece un chiste malo, uno podría preguntarse qué fue de todas aquellas proclamas sobre que Obamacare era un sistema terrible e inservible que los republicanos sustituirían de inmediato por algo mucho mejor (por no mencionar las promesas de Donald Trump de un "seguro para todos" y una "sanidad excelente").

Pero la respuesta, por supuesto, es que todos mentían, todo el tiempo, y lo siguen haciendo. En esto, al menos, la unidad republicana sigue admirablemente intacta.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía.

© The New York Times Company, 2017.

Traducción de News Clips.

El puzle de la felicidad y el sentido de la vida

La felicidad y la percepción de que la vida tiene un sentido son dos experiencias que, aun siendo diferentes, tienden a ir de la mano. Algunas investigaciones recientes han tratado de identificar empíricamente los rasgos que caracterizan a cada una de ellas, y también, han tratado de responder a una cuestión: ¿qué ocurre cuando las piezas no encajan y se produce una disonancia entre los niveles de felicidad y significado experimentados en la vida?

Happiness is like a butterfly, the more you chase it, the more it will evade you, but if you notice the other things around you, it will gently come and sit on your shoulder.

Henry David Thoreau


Cuando Bertrand Russell publicó su célebre obra La Conquista de la Felicidad, Wittgenstein afirmó de ella que era "vomitiva". Posiblemente, ambos estaban jugando a juegos distintos. Como el propio Russell afirmó, el propósito de sus recetas era "sugerir una cura para la infelicidad cotidiana normal que padecen casi todas las personas", una suerte de consuelo emocional que aumentase nuestra satisfacción con la vida y con cuanto va implícito en ella. Wittgenstein, alternativamente, fue toda su vida —y toda su obra— un buscador del sentido, aunque ello implicase en no pocas ocasiones el sacrificio personal, arriesgar la propia vida o alejarse de las convenciones sociales. No olvidemos que el filósofo vienés, entre otras cosas, renunció a la inmensa fortuna de su familia, fue voluntario y prisionero en la Primera Guerra Mundial, o abandonó su puesto en Cambridge para dedicarse a la enseñanza en una remota escuela rural austriaca. Y todo ello, para ser coherente con su abrumador descubrimiento de que las respuestas a las grandes preguntas de la vida no pueden "decirse" y conocerse racionalmente, sino tan sólo "mostrarse".



Felicidad y sentido en muchas ocasiones van de la mano

¿Una vida feliz no es una vida con sentido? ¿Y una vida con significado no es una vida feliz? Lo cierto es que la respuesta a ambas preguntas, como parecen sugerir estudios recientes, es: "no necesariamente". Pero antes, hay que precisar que la idea de felicidad con la que suelen trabajar los psicólogos tiene ciertas connotaciones hedonistas. En ella se equipara felicidad y satisfacción, o la felicidad se entiende en general como un estado emocional positivo. En cuanto al sentido de la vida, quizá tenga que ver más bien con el concepto aristotélico de eudaimonia, cuya traducción se acerca a la de "plenitud vital". Aun así, definir "el sentido de la vida" (o sus múltiples sentidos) es complicado y, de hecho, en ocasiones en la investigación se obvia este problema y los psicólogos "simplemente" nos centramos en analizar las experiencias subjetivas que hacen que la vida tenga sentido, sea esto lo que sea. En definitiva, nos resulta más fácil experimentar que nuestra vida tiene sentido (o que no lo tiene) que "decir" qué es eso del significado de la vida.

En un estudio que ha tenido gran repercusión, el psicólogo social Roy Baumeister y sus colaboradores han señalado que la felicidad y la percepción de que la vida tiene un significado se solapan frecuentemente (1). En su investigación, casi la mitad de la variación en las puntuaciones en felicidad se explicaba por el grado de significado reportado por los participantes, y viceversa. Pero una vida satisfactoria y placentera —feliz en un sentido hedonista— puede coincidir o no con el hecho de sentir que uno tiene una vida plena, con significado, "eudaimónica". De hecho, siguiendo a Veronika Huta, de la Universidad de Ottawa, podemos cruzar ambas dimensiones (sentido y felicidad) y pensar que existen personas que experimentan felicidad y sentido en sus vidas —¡los más afortunados!—, una de las dos cosas (felicidad o sentido) o ninguna de ellas —obviamente, la peor de las situaciones— (2). En sus investigaciones, encontró que las cuatro categorías se daban en las siguientes proporciones (3):


Paul Wong ha llevado a cabo una clasificación próxima a la anterior, aunque en lugar de felicidad propiamente dicha, habla del grado de éxito que la persona cree que tiene en la vida (4). Sus cuatro categorías se muestran en la siguiente figura:



¿Qué diferencias existen entre las experiencias de sentido y de felicidad?

Las actividades que nos hacen felices, que son de tipo hedonista por lo general, no son necesariamente las mismas que las actividades que nos aportan sentido, que suelen tener un carácter altruista u orientarse al crecimiento y la expresión personal (2). Mientras que la felicidad deriva del estado de "sentirse bien", experimentar una vida con sentido tiene que ver con salir de uno mismo y orientarse a un proyecto más grande, con la sensación de que estamos contribuyendo a los demás o a la sociedad de alguna manera. Quizá la diferenciación más detallada entre ambos constructos es la que nos proporciona el anteriormente mencionado estudio de Roy Baumeister, donde se analiza cómo la felicidad y el significado se relacionan de forma distinta con otras variables (1). Se identifican así cinco grandes diferencias entre felicidad y experiencia de sentido en la vida (1, 5, 6): 

  1. La satisfacción de los deseos, la capacidad para obtener aquello que uno quiere y cubrir sus necesidades, y la experiencia de sentirse bien habitualmente, son centrales para la felicidad; pero estas cosas tienen poco que ver con el significado de la vida. La ocurrencia de cosas buenas se asocia tanto a la felicidad como al significado. ¿Y los acontecimientos negativos? Pues bien, los eventos estresantes o problemáticos pueden disminuir la felicidad y, sin embargo, a la vez pueden aumentar la experiencia de significado en la vida. Por ejemplo, gozar de una buena salud es importante para sentirse feliz, pero es indiferente a la hora de sentir que nuestra vida tiene sentido. De hecho, muchas personas que atraviesan una enfermedad manifiestan que sus vidas son plenamente significativas, a pesar del malestar que pueden estar experimentando. 
  2. La felicidad tiene que ver con el presente y con centrarse en el aquí y ahora; el significado tiene que ver más bien con el enlace entre pasado, presente y futuro dentro de una historia coherente. Subjetivamente, además, la felicidad se percibe como fugaz, mientras que el significado se entiende como algo más permanente y duradero. 
  3. La conexión con otros y la vida social son importantes tanto para felicidad como para la experiencia de significado, aunque de forma diferente. La felicidad tiene que ver en general con los beneficios que uno recibe de otros, mientras que la experiencia de significado implica la dirección contraria: deriva de lo que uno mismo puede aportar a los demás. Baumeister y sus colaboradores diferencian entre personas givers (que contribuyen y "dan" a los demán) y takers (que "toman" de los demás). Mientras que los primeros tienden a experimentar significado en la vida, la orientación de los segundos parece más relacionada con la felicidad. Por otra parte, la profundidad de las relaciones sociales también es algo a tener en cuenta. Los lazos menos profundos parecen tener que ver con la felicidad; mientras que los profundos, aquellos que uno construye a lo largo del tiempo y que muchas veces implican sacrificios, nos aportarían significado. 
  4. En gran medida, la experiencia de significado deriva de la implicación de uno en cosas que considera importantes, en algo más allá de la búsqueda de una satisfacción personal. En ocasiones, tal implicación en "grandes" proyectos, en seguir una vocación, o perseguir un objetivo que se considera importante, se hace incluso en detrimento de la propia felicidad. Por ejemplo, en profesiones de las consideradas "vocacionales" (como la atención a personas en situación de necesidad, la enseñanza, etc.) el riesgo de sufrir burnout es elevado, y sin embargo, la percepción de que se está realizando una labor significativa también lo es. 
  5. El significado se asocia a hacer cosas que sirven como expresión de uno mismo, de nuestra identidad y de lo que somos, o que contribuyen a la realización personal. Sin embargo, estas actividades de "autoexpresión" suelen ser irrelevantes para la felicidad u ocasionalmente ir en detrimento de ella. Parece, de nuevo, que encontramos significado cuando persistimos en aquello que consideramos central en nuestras vidas, aunque no necesariamente la felicidad vaya a acompañarnos en el camino. 
¿Qué consecuencias tiene experimentar sentido, felicidad, o ambos?

Otra cuestión interesante es qué consecuencias puede tener el hecho experimentar sentido, felicidad, o ambos en la vida, dado que se trata de aspectos diferentes que pueden ir en consonancia o no. En relación a ello, la psicóloga Emily Esfahani Smith ha señalado que, aunque realizar actividades hedónicas a corto plazo puede mejorar el ánimo, a largo plazo la experiencia de sentido es más satisfactoria (7). También Roy Baumeister ha sugerido que la búsqueda de un sentido en la vida, no es en el fondo sino un intento de prolongar la felicidad (5). La felicidad, como se ha visto, puede ser fugaz; pero tener una narrativa sobre el sentido que damos a nuestra vida —al implicar una integración de pasado, presente y futuro— puede dotar de mayor estabilidad a la reconfortante experiencia de percibir el mundo como un lugar comprensible, menos incierto y, en alguna medida, controlable.

Para Esfahani Smith, el problema sin embargo no es la cantidad de "felicidad hedónica" que se tiene, sino el hecho de que no esté en correspondencia con la cantidad de "bienestar eudaimónico" que se experimenta (7). Tal situación de disonancia podría tener incluso resonancias biológicas, especialmente en el grupo de personas que se manifiestan felices pero que no perciben significado en sus vidas. En concreto, esta autora se hace eco de una investigación en la que se halló que la gente feliz, pero con poco o ningún significado vital, presentaban patrones de expresión genética similares a los de la gente que se enfrenta a una situación de adversidad crónica. Sus cuerpos reaccionan como si se prepararan para amenazas bacterianas, activando una respuesta proinflamatoria; y esto podría ser un factor de riesgo, dado que la inflamación crónica se ha visto que puede estar asociada a una mayor predisposición a padecer ciertas enfermedades graves. Contrariamente, la experiencia de sentido se asociaría a una desactivación de dicha respuesta de estrés ante la adversidad (8, 9). No obstante, estos resultados —por sugerentes que sean— han de tomarse aún con cautela, ya que la hipótesis de la respuesta biológica diferencial ante el bienestar hedónico y eudaimónico ha sido cuestionada recientemente (10, 11).

Felicidad y sentido son dos piezas del puzle de la vida. Como se ha visto, no se trata ni mucho menos de experiencias incompatibles, aunque en ocasiones es difícil hacer que ambas vayan al unísono. Si hay que elegir, parece que en general es mejor buscar un significado en la vida que buscar el bienestar hedónico. De hecho, la presión existente hoy en día por lograr la felicidad puede ser contraproducente a la hora de alcanzarla o, paradójicamente, conducir a estados emocionales negativos (12). Cuando Wittgenstein, el buscador del sentido despreocupado por su propia felicidad, pronunció sus últimas palabras en el lecho de muerte, éstas fueron: "Dígale a mis amigos que he tenido una vida maravillosa y que he sido feliz". Russell, el buscador de una felicidad basada en el "sentido común", escribió en su testamento: "Hay un artista encarcelado en cada uno de nosotros. Dejémoslo libre y que extienda la felicidad por todas partes". Ambos filósofos, a su manera, lograron resolver el puzle.

Referencias: 

Baumeister, R. F., Vohs, K. D., Aaker, J. L., & Garbinsky, E. N. (2013). Some key differences between a happy life and a meaningful life. The Journal of Positive Psychology, 8(6), 505-516. 
Huta, V., & Ryan, R. M. (2010). Pursuing pleasure or virtue: The differential and overlapping well-being benefits of hedonic and eudaimonic motives. Journal of Happiness Studies, 11(6), 735-762. 
Esfahani Smith, E. (2017). The Power of Meaning. Random House. 
Wong, P.T.P. (2012). The meaning mindset: measurement and implications. International Journal of Existential Psychology and Psychotherapy, 4 (1), 1-2. 
Baumeister, R.F. (2013). The meanings of life. Aeon Essays, 16.10.2013 Recuperado de https://aeon.co/essays/what-is-better-a-happy-life-or-a-meaningful-one
Grewal, D. (2014). A happy life may not be a meaningful life. Scientific American, 18.02.2014. Recuperado de: https://www.scientificamerican.com/article/a-happy-life-may-not-be-a-meaningful-life/
Esfahani Smith, E. (2013). Meaning is healthier than happiness. The Atlantic, 1.08.2013. Recuperado de: https://www.theatlantic.com/health/archive/2013/08/meaning-is-healthier-than-happiness/278250/ 
Fredrickson, B. L., Grewen, K. M., Coffey, K. A., Algoe, S. B., Firestine, A. M., Arevalo, J. M., ... & Cole, S. W. (2013). A functional genomic perspective on human well-being. Proceedings of the National Academy of Sciences, 110(33), 13684-13689. 
Fredrickson, B. L., Grewen, K. M., Algoe, S. B., Firestine, A. M., Arevalo, J. M., Ma, J., & Cole, S. W. (2015). Psychological well-being and the human conserved transcriptional response to adversity. PloS one, 10(3), e0121839. 
Walker, J. A. (2016). The opposing effects of hedonic and eudaimonic happiness on gene expression is correlated noise. bioRxiv, 044917. 
Brown, N. J., MacDonald, D. A., Samanta, M. P., Friedman, H. L., & Coyne, J. C. (2016). More questions than answers: continued critical reanalysis of Fredrickson et al.’s studies of genomics and well-being. PloS one, 11(6), e0156415. 
Mauss, I., Savino, N., Anderson, C., Weisbuch, M., Tamir, M., & Laudenslager, M. (2012). The pursuit of happiness can be lonely. Emotion, 12 (5), 908-912. 


Fotografías: Love and Happiness, by Ann Gordon. Wikimedia Commons | Helping the Homeless, by Ed Yourdon. Wikimedia Commons.