Fidel


"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." ""Creo que mientras más critica exista dentro del socialismo,eso es lo mejor" Fidel Castro Ruz

jueves, 14 de noviembre de 2024

Pinceladas sobre producción de alimentos

Prompt Humberto Herrera Carlés

a) La proteína que se produce a menor costo y a mayor volumen es la proteína de soja . La soja es una fuente vegetal altamente eficiente en términos de costos y producción debido a su alto rendimiento por hectárea, su versatilidad en la utilización de toda la planta (semillas, aceite, harina), y su capacidad para crecer en una variedad de climas.

En términos industriales, la proteína de soja texturizada es ampliamente utilizada en la producción de alimentos procesados, como sustitutos de carne, debido a su bajo costo, alta disponibilidad y perfil nutricional.

Además, las proteínas vegetales en general, como las derivadas de guisante, arroz y maíz, también se producen a gran escala y suelen ser más baratas que las proteínas animales. Sin embargo, la soja sigue siendo la más popular en términos de volumen y costo.

b) La proteína de origen animal que se obtiene en menor plazo, menor costo y mayor volumen es la proteína de huevo, específicamente la clara de huevo.

Razones:

  1. Rapidez en producción: Los huevos pueden ser recolectados de manera continua de las gallinas en poco tiempo, sin necesidad de procesos largos o complicados.

  2. Bajo costo: La producción de huevos es relativamente económica en comparación con la cría de otros animales como vacas o cerdos, que requieren más tiempo y recursos para ser criados. Además, las gallinas ponedoras producen un gran volumen de huevos de manera constante.

  3. Gran volumen: En términos de volumen, una gallina puede poner varios huevos a la semana, lo que genera grandes cantidades de proteína en poco tiempo. Además, la clara de huevo es rica en proteínas de alta calidad, fácil de extraer y utilizar en suplementos alimenticios y productos industriales.

En términos generales, el huevo y sus derivados (como la clara de huevo en polvo) son una de las fuentes más accesibles y eficientes de proteína de origen animal.

c) En Cuba, debido a su clima tropical y las condiciones agroecológicas, hay una serie de alimentos agrícolas que se pueden producir a bajo costo, en grandes volúmenes, en tiempos relativamente cortos y que tienen una vida útil prolongada. A continuación, te menciono diez de esos alimentos:

1. Frijoles (Phaseolus vulgaris)

  • Razón: Son legumbres de fácil cultivo en casi todo el país, tienen una rápida cosecha (de 3 a 4 meses) y pueden almacenarse por largo tiempo, secos.
  • Ventaja: Su costo de producción es bajo y la demanda interna es alta.

2. Yuca (Manihot esculenta)

  • Razón: La yuca es una raíz de alto rendimiento, resistente a diferentes tipos de suelo y clima. La cosecha se realiza entre 8 y 12 meses, pero una vez cosechada puede almacenarse durante varios días sin perder calidad.
  • Ventaja: Es un alimento básico en la dieta cubana y se utiliza en múltiples formas (cocida, harina, almidón).

3. Boniato o batata (Ipomoea batatas)

  • Razón: La batata es un tubérculo que crece rápido (entre 3 y 4 meses). Tiene un alto contenido calórico y es resistente a plagas, lo que reduce los costos.
  • Ventaja: Es fácil de almacenar y tiene una buena vida útil en condiciones secas y frescas.

4. Maíz (Zea mays)

  • Razón: El maíz es un cultivo que crece relativamente rápido (de 3 a 4 meses) y tiene varios usos (granos, forraje, harina, aceite). Se adapta bien a diferentes suelos y condiciones.
  • Ventaja: Es barato de producir y se utiliza tanto en la alimentación humana como animal.

5. Plátano (Musa spp.)

  • Razón: El plátano crece en un clima tropical y tiene una producción constante durante todo el año. Su ciclo de cosecha puede ser tan corto como 6 a 9 meses dependiendo de la variedad.
  • Ventaja: Es de fácil almacenamiento (especialmente el plátano macho, que se usa en puré o guisado) y es muy demandado en la dieta cubana.

6. Pepino (Cucumis sativus)

  • Razón: El pepino crece en un corto período de tiempo (de 60 a 75 días), y su producción es relativamente sencilla. Es de bajo costo y se adapta bien a las condiciones locales.
  • Ventaja: Es un producto fresco que tiene una vida útil moderada, especialmente si se consume fresco o en conservas.

7. Tomate (Solanum lycopersicum)

  • Razón: El tomate se cultiva en menos de 3 meses y es uno de los vegetales más rentables. Su producción es alta y su demanda tanto para consumo fresco como en salsa es considerable.
  • Ventaja: Se puede almacenar en conservas, lo que le da una vida útil más prolongada.

8. Ajo (Allium sativum)

  • Razón: El ajo es un cultivo de bajo costo que se puede cosechar en un periodo relativamente corto, alrededor de 4 a 6 meses. Es resistente y fácil de almacenar.
  • Ventaja: Su vida útil es bastante larga, especialmente cuando se seca, y es un condimento de gran demanda.

9. Cebolla (Allium cepa)

  • Razón: La cebolla es un cultivo que se puede sembrar en poco tiempo (entre 3 a 4 meses), y aunque requiere un manejo adecuado, sus costos son bajos y el volumen de producción puede ser alto.
  • Ventaja: Se puede almacenar en condiciones secas durante bastante tiempo.

10. Calabaza (Cucurbita spp.)

  • Razón: La calabaza crece rápido (alrededor de 3 a 4 meses) y es una planta resistente que puede adaptarse a diversos suelos. Además, su almacenamiento es sencillo y tiene una vida útil prolongada, especialmente si se almacena en un lugar fresco y seco.
  • Ventaja: Es versátil en la cocina y, debido a su bajo costo de producción, es accesible en grandes cantidades.

Conclusión

Estos alimentos agrícolas destacan por ser de bajo costo, tener ciclos de crecimiento relativamente cortos y ser fáciles de almacenar y comercializar. Además, muchos de ellos pueden ser procesados y conservados, lo que mejora su vida útil, convirtiéndolos en opciones atractivas tanto para la producción en grandes volúmenes como para la autosuficiencia alimentaria.

d) El animal comestible con la mejor conversión de alimentos en proteína es el pez tilapia, en particular cuando se cría en condiciones controladas, como en sistemas de acuicultura.

Razones de su alta conversión alimenticia:

  1. Alta eficiencia en la conversión de alimentos: La tilapia tiene una relación de conversión alimentaria (RCA) muy eficiente. Esto significa que convierte una mayor cantidad de alimento en masa corporal (proteína) comparado con otros animales. En términos generales, para producir 1 kg de tilapia, se requieren alrededor de 1,5 a 2 kg de alimento, lo que es muy bajo en comparación con animales terrestres como cerdos o vacas, cuya conversión alimentaria es mucho menos eficiente.

  2. Crecimiento rápido: La tilapia es un pez de rápido crecimiento que puede alcanzar el tamaño comercial (generalmente 1 a 1,5 kg) en 6 a 8 meses, lo que significa que los productores pueden obtener grandes cantidades de proteína en un periodo relativamente corto.

  3. Bajo requerimiento de espacio y alimentación: En acuicultura, la tilapia puede ser alimentada con una dieta relativamente simple, y su metabolismo eficiente le permite utilizar una variedad de alimentos, incluidos subproductos agrícolas o piensos a base de plantas. Esto reduce aún más los costos de producción.

Comparación con otros animales:

  • Pollo: También es un animal de alta conversión, con una RCA de aproximadamente 2:1, pero la tilapia es aún más eficiente.
  • Cerdo y vaca: Los cerdos tienen una RCA de alrededor de 3:1, y las vacas, debido a su metabolismo más complejo y su necesidad de una dieta de pasto o forraje, tienen una conversión mucho más baja (alrededor de 6:1 o más).

Beneficios adicionales de la tilapia:

  • Bajo costo de producción: En acuicultura, la tilapia no requiere grandes inversiones en infraestructura y se puede criar en sistemas de agua dulce en condiciones controladas.
  • Sostenibilidad: Al ser un animal acuático, la tilapia tiene una menor huella de carbono en comparación con los animales terrestres debido a su eficiencia alimentaria y a la menor necesidad de recursos naturales como grandes extensiones de tierra o agua potable.

En resumen, la tilapia es el animal comestible con la mejor conversión de alimentos en proteína, lo que la convierte en una opción muy eficiente desde el punto de vista económico y ambiental para la producción de proteína animal.

e) Implementar en Cuba el modelo de producción de alimentos de los Países Bajos es un desafío complejo, pero no es completamente imposible. Los Países Bajos son un referente mundial en términos de agricultura intensiva, uso eficiente de recursos, tecnología y sostenibilidad, por lo que se puede aprender mucho de su experiencia. Sin embargo, replicar este modelo en Cuba requeriría superar diversas barreras estructurales, económicas y sociales. A continuación, detallo los aspectos clave que podrían permitir la implementación de elementos del modelo holandés en Cuba, así como los desafíos que enfrentarían.

Aspectos del modelo de los Países Bajos que podrían aplicarse en Cuba:

  1. Agricultura de precisión y tecnología avanzada:

    • Los Países Bajos son líderes en el uso de tecnologías avanzadas para la agricultura, como los sistemas de riego controlado, sensores de humedad, robots agrícolas, drones, big data, y inteligencia artificial para optimizar la producción.
    • Cuba podría beneficiarse enormemente de estas tecnologías para mejorar los rendimientos agrícolas y reducir el uso de recursos como agua y fertilizantes. Sin embargo, la adopción de tecnología avanzada en Cuba enfrenta la barrera de la falta de infraestructura tecnológica y el acceso limitado a tecnologías extranjeras debido al embargo y la disponibilidad de divisas.
  2. Agricultura vertical e hidroponía:

    • En los Países Bajos, la agricultura vertical y la hidroponía son ampliamente utilizadas para producir cultivos en espacios reducidos, como en invernaderos y estructuras urbanas. Esto permite una alta densidad de producción en áreas pequeñas.
    • Cuba podría aprovechar sus zonas urbanas y terrenos no cultivados para implementar estos métodos y reducir la presión sobre tierras agrícolas tradicionales. Sin embargo, la inversión inicial en infraestructura para estas tecnologías es considerable, y se necesitaría capacitación para los agricultores.
  3. Eficiencia en el uso del agua:

    • Los Países Bajos tienen sistemas de riego de alta eficiencia que optimizan el uso del agua, un recurso valioso y escaso. En Cuba, las sequías recurrentes y las variaciones climáticas hacen que mejorar la gestión del agua sea crucial.
    • Implementar tecnologías de riego inteligente, como el riego por goteo y el monitoreo en tiempo real del consumo de agua, podría mejorar significativamente la producción de cultivos en Cuba, sobre todo en áreas vulnerables a la escasez hídrica.
  4. Sostenibilidad y agricultura ecológica:

    • Los Países Bajos promueven prácticas agrícolas sostenibles y respetuosas con el medio ambiente, como la reducción del uso de pesticidas y fertilizantes químicos, la rotación de cultivos y la integración de la biodiversidad.
    • Cuba ya tiene una tradición en la agricultura ecológica, sobre todo en la agricultura urbana y en sistemas de producción orgánica. Reforzar estas prácticas, aprendiendo de las técnicas holandesas de sostenibilidad, podría mejorar la calidad de los productos y reducir la dependencia de insumos externos.
  5. Invernaderos y control climático:

    • Los Países Bajos cuentan con invernaderos de alta tecnología que permiten controlar el clima y las condiciones de cultivo, produciendo alimentos durante todo el año, incluso en condiciones climáticas adversas.
    • Cuba podría implementar invernaderos en algunas áreas, especialmente en las zonas costeras o en el interior donde las condiciones de temperatura son más controlables. Esto también permitiría diversificar la producción de alimentos y reducir la vulnerabilidad a fenómenos climáticos adversos, como huracanes.

Desafíos para implementar el modelo en Cuba:

  1. Limitaciones económicas y acceso a financiamiento:

    • El modelo agrícola holandés requiere altas inversiones en infraestructura, tecnología y capacitación, lo cual podría ser muy difícil de alcanzar en Cuba debido a la limitación de recursos financieros y las restricciones de acceso a créditos internacionales debido al embargo económico.
    • El financiamiento para la modernización de la agricultura cubana sería uno de los mayores obstáculos, ya que implicaría un esfuerzo significativo de inversión en maquinaria, tecnología y capacitación.
  2. Falta de tecnología y recursos especializados:

    • Cuba enfrenta limitaciones en el acceso a tecnología avanzada y a insumos agrícolas modernos. La importación de maquinaria y equipos especializados es costosa y, a menudo, depende de acuerdos políticos y financieros internacionales.
    • La capacitación técnica es otro reto, ya que se necesitarían especialistas en agricultura de precisión, manejo de invernaderos, y uso de tecnologías avanzadas, campos en los que Cuba tiene experiencia limitada comparado con los Países Bajos.
  3. Cambio cultural y adaptación de los agricultores:

    • Los agricultores cubanos están acostumbrados a métodos más tradicionales de producción. Cambiar hacia métodos más intensivos, tecnológicos y sostenibles requeriría un cambio de mentalidad y una capacitación extensa para adaptarse a nuevas prácticas y tecnologías.
    • Además, la implementación de tecnologías como la agricultura vertical, hidroponía o invernaderos también puede ser difícil para los pequeños productores debido a los altos costos iniciales y la falta de recursos para adaptarse a estas técnicas.
  4. Escala y competitividad:

    • El modelo agrícola de los Países Bajos está basado en grandes economías de escala y en un mercado altamente competitivo. Cuba, por su parte, tiene un mercado agrícola más pequeño y fragmentado, con una agricultura que en muchos casos depende de pequeños productores.
    • Lograr una producción agrícola masiva y competitiva con precios accesibles para el consumidor cubano sería un reto, dado que muchas de las tecnologías utilizadas en los Países Bajos dependen de una infraestructura de producción industrial.
  5. Condiciones climáticas y geográficas:

    • Aunque Cuba tiene un clima favorable para ciertos cultivos, la diversidad climática y la vulnerabilidad a huracanes y sequías complican la aplicación de modelos tan dependientes de la estabilidad climática, como los invernaderos o la agricultura intensiva a gran escala.

Posibilidades de implementación parcial:

Aunque Cuba no podría replicar el modelo holandés en su totalidad, sí es posible adaptar partes del modelo que son viables bajo las condiciones cubanas:

  • Agricultura urbana e intensiva: Cuba tiene un gran potencial para desarrollar más agricultura urbana (como huertos y cultivos en pequeños espacios) utilizando tecnologías más accesibles, como hidroponía y cultivos en terrazas.
  • Invernaderos y control climático a pequeña escala: Implementar invernaderos en zonas específicas podría ser útil para cultivos más sensibles al clima.
  • Mejorar la eficiencia en el uso del agua y la sostenibilidad: Introducir prácticas de riego eficiente y agricultura ecológica podría ayudar a reducir los costos de producción y aumentar la sostenibilidad.

Conclusión:

Aunque replicar el modelo agrícola de los Países Bajos en Cuba sería un reto debido a las diferencias económicas, tecnológicas y estructurales, es posible adaptar algunas de las tecnologías y enfoques de ese modelo. Con las reformas adecuadas, inversión en tecnología, capacitación y un enfoque más sostenible, Cuba podría avanzar hacia una mayor eficiencia en la producción de alimentos y mejorar su seguridad alimentaria.



miércoles, 13 de noviembre de 2024

«Es la economía, estúpido»



Por Lance Selfa, Sharon Smith, Viento Sur

La historia de las elecciones de 2024 resultó ser notablemente sencilla. En un entorno político en el que la mayoría del electorado pensaba que el país avanzaba en la dirección equivocada, en el que percibía que la economía era deficiente y en el que la mayoría afirmaba que la inflación les había causado graves dificultades, los votantes decidieron echar al partido en el poder que representaba la vicepresidenta Kamala Harris.

Donald Trump ganó el voto popular por primera y única vez, y lo hizo no sólo en las zonas rurales, sino también en los suburbios, e incluso en bastiones del Partido Demócrata como Nueva York y Chicago. Según las encuestas a pie de urna, a Harris le fue mejor que a Joe Biden en 2020 con las los estadounidenses más acomodados, pero Trump mejoró respecto a 2020 con el resto.

Uno de los tópicos de la política estadounidense es: Es la economía, estúpido. Si la economía está creciendo y la gente tiene trabajo y salarios más altos, el partido en el poder suele ser reelegido. Si la economía está en declive y la gente tiene problemas para llegar a fin de mes, el electorado suele echar a los vagos votando al aspirante. Durante la mayor parte del gobierno de Biden, mientras la economía en general se recuperaba de las sacudidas recibidas durante la pandemia de la covid-19, Biden fue un presidente extraordinariamente impopular. La impopularidad de Biden confundía a sus asesores, que no lograban cuadrarla con los indicadores macroeconómicos que mostraban que EEUU alcanzaba la recuperación más fuerte tras la covid de todos sus pares.

Sin embargo, la covid dejó tras de sí trastornos económicos, entre ellos las tasas de inflación más altas que los estadounidenses han experimentado en 40 años, lo que, por supuesto, en la práctica suponía un recorte salarial. La explosión del gasto militar para apoyar las guerras en Ucrania y Gaza también ha alimentado la inflación. Como resultado, el nivel de vida de las y los trabajadores estadounidenses ha disminuido bajo la administración Biden, mientras que el auge del mercado de valores ha ayudado a las y los estadounidenses más ricos a hacerlo bastante bien.

Casi todos los gobiernos en funciones de Europa, Asia y América Latina -la mayoría de los cuales se enfrentaron a perturbaciones y recuperaciones de la covid peores que las de Estados Unidos- que tuvieron elecciones en el último año, perdieron o se vieron gravemente debilitados. La sustitución de Biden por Harris a mediados de verano dio al Partido Demócrata la esperanza de poder evitar ese destino, ya que Biden iba claramente camino de perder frente a Trump. Al final, Harris no pudo eludir el hecho de que, como vicepresidenta en ejercicio, arrastraba todo el lastre de Biden.

Estas son las terceras elecciones presidenciales consecutivas en las que pierde el partido en el poder y en las que el presidente en el cargo pasa la mayor parte de su mandato con índices de aprobación por debajo del 50%. Quizá eso diga más del descontento subyacente en la sociedad estadounidense que sobre un candidato en particular.

Una vez más, al Partido Demócrata le salió el tiro por la culata

En 2016, Hillary Clinton demostró su desprecio por los partidarios de Trump, entonces abrumadoramente blancos, etiquetándolos como “los deplorables”, en lugar de tratar de reconocer la fuente de su ira: la gran desigualdad en el statu quo económico. Ocho años después, con un apoyo a Trump mayor en prácticamente todos los grupos demográficos, es imposible ignorar la desesperación económica que alejó del Partido Demócrata a las y los electores, cuando Biden seguía presumiendo de que la economía estadounidense durante su mandato es “la más fuerte del mundo”.

Ahora bien, quienes no disponen de medios financieros para forrarse en bolsa viven al día, con dificultades para llegar a fin de mes, a menudo trabajando en dos empleos.

En un sistema político en el que los dos grandes partidos capitalistas, Demócratas y Republicanos, se turnan en el poder –sin un verdadero partido de oposición–, la única forma que tienen los votantes de expresar su descontento con el partido en el poder es votar al otro, al menos malo de los dos.

Además, desde que Bill Clinton ocupó la Casa Blanca, el Partido Demócrata han abrazado las mismas políticas neoliberales defendidas por el Republicano, sólo que con un entusiasmo algo menos evidente. Los republicanos, desde Ronald Reagan, habían despotricado contra los llamados “tramposos del bienestar”, pero Clinton fue el presidente que realmente puso fin al bienestar tal y como lo conocíamos en la década de 1990, enviando a millones de pobres a una espiral descendente de pobreza que no ha hecho más que crecer hasta ahora.

En las últimas décadas, los demócratas han cortejado deliberadamente el voto de la gente rica y bien educada y, a su vez, el apoyo al Partido Demócrata se ha erosionado constantemente entre su electorado tradicional de clase trabajadora y población negra. Una tendencia que ha ido a más desde la campaña perdedora de Hillary Clinton a la presidencia. Sin embargo, quienes que ostentan el poder en el partido no han hecho nada para cambiar esta desastrosa estrategia en los años transcurridos desde entonces. Coronaron a Joe Biden como su candidato para 2024, incluso cuando sus facultades mentales estaban declinando rápidamente, y luego, después de deshacerse de él, se negaron a celebrar una convención abierta del Partido Demócrata en agosto, perdiendo incluso una apariencia de democracia dentro de su propio partido.

Así que, cria cuervos y te sacarán los ojos. Y el intolerante y mentalmente inestable delincuente convicto Donald Trump vuelve a la Casa Blanca, con una aplastante victoria en el Colegio Electoral, mientras que el Partido Republicano recupera el control del Senado y quizás mantengan el control de la Cámara de Representantes, con el recuento de votos aún en curso.

Un análisis más detallado de la demografía electoral de 2024 debería disipar el mito de que la mayoría de la población estadounidense está compuesta por racistas y misóginos incorregibles que se creen todas las mentiras de Trump, como que los inmigrantes haitianos se comen a los gatos domésticos o que el Ejército debería detener a los inmigrantes en deportaciones masivas. Ya hay algunas pruebas anecdóticas de que mucha gente que ha votado por Trump no cree realmente sus afirmaciones más extravagantes ni espera que cumpla sus promesas de campaña más draconianas.

Como informó el New York Times en octubre, por ejemplo,  “Uno de los aspectos más peculiares del atractivo político de Donald J. Trump es el siguiente: Mucha gente está feliz de votar por él porque simplemente no creen que vaya a hacer muchas de las cosas que dice que hará.

“El ex presidente ha hablado de militarizar el Departamento de Justicia y encarcelar a los oponentes políticos. Ha dicho que purgaría el gobierno de los no leales y que tendría problemas para contratar a cualquiera que admita que no le robaron las elecciones de 2020. Ha propuesto “un día realmente violento” en el que los agentes de policía podrían ponerse “extraordinariamente duros” con impunidad. Ha prometido deportaciones masivas y ha predicho que sería “una historia sangrienta”. Y aunque muchos de sus partidarios se estremecen ante semejante discurso, hay muchos otros que piensan que todo forma parte del espectáculo”Como dijo un encuestador republicano al Times, “La gente cree que dice cosas para causar efecto, que está fanfarroneando, porque eso es parte de lo que hace, de su payasada. No creen que vaya a suceder realmente”. Sólo el tiempo nos dirá si esta suposición es correcta o no.

Hasta que se cuenten todos los votos en todo el país, la mayoría de los datos actuales se basan en sondeos a pie de urna, que deben considerarse estimaciones. Dicho esto, los sondeos a pie de urna muestran que casi una de cada cinco personas votantes de Trump eran de color, un cambio importante respecto a 2016. Trump ganó el 26% del voto latino, incluidos varios condados fronterizos de mayoría latina en el sur de Texas. La victoria de Trump entre el electorado negro fue menos espectacular, pero, según Politico, obtuvo entre el 13% y el 16% del voto negro en general (frente a los pocos dígitos de elecciones anteriores), y entre el 21% y el 24% entre los hombres negros.

A pesar de la crisis de los derechos reproductivos derivada de la prohibición del aborto, el margen de Harris entre las mujeres votantes fue de sólo el 8%, el menor desde 2004. En varios estados en los que se aprobaron referendos a favor del derecho al aborto, Trump siguió ganando. Es el caso de Missouri, donde las y los votantes anularon la prohibición del aborto, pero la mayoría votó a Trump.

El apoyo incondicional de Biden a la guerra genocida de Israel en Gaza le costó a Harris al menos algunos votos entre las y los votantes árabes, musulmanes y propalestinos, aunque, de nuevo, aún no se dispone de estadísticas nacionales. Pero Trump ganó en la ciudad de mayoría árabe de Dearborn, Michigan, donde muchas encuestas ya habían mostrado que el electorado se habían vuelto contra Biden y luego contra Harris por su apoyo a las atrocidades israelíes en Palestina y Líbano. Harris obtuvo sólo el 36% de los votos en Dearborn, frente al 68% de Biden en 2020. Ahora parece que mientras algunos votaron por Trump, la friolera del 18% votó por Jill Stein del Partido Verde en el último recuento, en comparación con menos del 1% para los Verdes en todo el estado.

Sin embargo, Harris ganó notablemente entre las y los votantes que ganan 100.000 dólares anuales o más, en lo que parece ser un realineamiento político a largo plazo, aunque Trump mantiene el apoyo de los multimillonarios superricos.

El consejo de Bernie

Como era previsible, el senador por Vermont, Bernie Sanders, esperó sólo un día para emitir una crítica mordaz a la campaña de Harris.

“No debería sorprendernos que un Partido Demócrata que ha abandonado a la clase trabajadora se encuentre con que la clase trabajadora les ha abandonado a ellos”, decía el comunicado de Sanders. “¿Aprenderán los grandes intereses económicos y los consultores bien pagados que controlan el Partido Demócrata alguna lección real de esta desastrosa campaña? … Probablemente no”.La crítica de Sanders es correcta (especialmente cuando dice “Probablemente no”), pero es difícil tomarla al pie de la letra. Después de todo, Sanders y otros progresistas del Partido Demócrata, como la diputada Alexandria Ocasio-Cortez (AOC), se volcaron primero con Joe Biden y luego con Harris a lo largo de su corta campaña. Ambos hicieron campaña a favor de Harris en los estados indecisos. Harris concedió a Sanders y a AOC los principales turnos de palabra en la Convención Nacional Demócrata (mientras se negaba a permitir un solo orador pro-palestino), donde sus discursos estaban destinados a establecer la buena fe de Harris entre la base progresista de los demócratas. ¿Y ahora Sanders nos dice que la campaña de Harris estaba condenada al fracaso desde el principio?

Seguramente Sanders tiene razón cuando critica al Partido Demócrata como un partido del statu quo. Aunque también deberíamos recordar que Sanders y AOC estuvieron entre los últimos defensores de Biden antes de que los líderes demócratas y los donantes le echaran de la carrera. El programa de “economía de oportunidades” de Harris hacía hincapié en el espíritu empresarial con algunos vagos guiños a la reducción de los costes en la sanidad, la vivienda y la alimentación. Incluso su aparentemente gran propuesta de añadir a Medicare la cobertura de la atención domiciliaria a personas ancianas y discapacitadas era apenas algo más que un tema de conversación, e incluso así, sólo una gota en el océano de lo que supondría arreglar el sistema sanitario estadounidense, basado en el lucro, que lo hace inasequible para muchos millones de personas.

¿Podría haber vencido Harris a Trump si se hubiera presentado con el programa de Sanders? Es dudoso. Es difícil presentarse como "insurgente" cuando eres la vicepresidenta en ejercicio de una administración impopular, aunque ni siquiera lo intentó.

Harris y AOC celebraron actos con líderes sindicales como el presidente de UAW, Shawn Fain. Como prueba de que Biden (y presumiblemente Harris, como su sucesora) era el presidente más prosindical en una generación, los líderes sindicales citaron el hecho de que Biden se había paseado por los piquetes de la UAW, sus nombramientos para el Consejo Nacional de Relaciones Laborales y la creación de buenos empleos sindicales como parte de la inversión en infraestructuras. Pero los hogares sindicalizados sólo proporcionan una ligera ventaja al Partido Demócrata, ya que sólo el 53% de sus miembros vota al Partido Demócrata, frente al 58% en 2012. Y cuando la tasa de afiliación sindical en la mano de obra es sólo de alrededor del 10 por ciento -y sólo del 6 por ciento en el sector privado- incluso estas cuestiones pro-sindicales no tienen eco en la clase trabajadora en general.

En un periodo en el que los ciudadanos y ciudadanas otorgan a los sindicatos el mayor apoyo de su historia, quizá los líderes sindicales deberían dedicar más tiempo y dinero a ayudar a los trabajadores a organizarse que a gastar millones en campañas electorales demócratas.

¿Quién ganó la participación?

Pasarán semanas antes de que tengamos una imagen precisa de todos los votos emitidos en las elecciones de 2024. Lo que no se discute es que, por primera vez en la historia, Trump ganó la mayoría de los votos. Es el primer republicano que gana el voto popular presidencial desde George W. Bush en 2004.

Hasta el 7 de noviembre, Trump había acumulado unos 72,7 millones de votos y Harris 68,1 millones. El experto en elecciones Michael McDonald estima que la participación general rondará el 64,5% de la población en edad de votar, frente a algo menos del 66% en 2020. Esto representa un ligero descenso respecto a la participación de 2020, que fue la más alta desde 1900. Así pues, la participación de 2024 parece que estará entre las más altas en más de un siglo.

Los sondeos a pie de urna sugieren que Trump obtuvo el 56% del 8% que votaba por primera vez. Alrededor del 6% de los votos de Biden en 2020 han pasado a Trump en 2024, frente al 4% se pasó de Trump a Harris. A pesar de todo el esfuerzo que hizo Harris para atraer a los republicanos a la tienda de los demócratas, no supuso una diferencia significativa.

En comparación con 2020, cuando Biden obtuvo 81 millones de votos y Trump cerca de 74 millones, tanto demócratas como republicanos parece que ganarán menos votos, aunque Trump podría alcanzar su cosecha de 2020. Pero el descenso del Partido Demócrata será de más de 10 millones.

Entonces, ¿a dónde fueron los votos del Partido Demócrata en 2020? Un pequeño número fue a Trump, pero parece que la mayoría se quedó en casa. En Detroit y Filadelfia, dos de los principales bastiones del Partido Demócrata en los estados indecisos de Michigan y Pensilvania, la participación demócrata se quedó corta. Después de todo el alboroto sobre la maquinaria del puerta a puerta de Harris, Harris obtuvo menos votos en Detroit que la execrable campaña de Hillary Clinton en 2016.

Una explicación reveladora de por qué sucedió esto en Detroit vino de un encuestador de Harris:

“Me sorprendió la cantidad de gente que dijo que ya había votado, lo que básicamente nos permitió dirigir la atención a las personas que no lo habían hecho. Hay algunos votantes que son cínicos y están descontentos con todo, (que dicen) que nada cambia nunca. Podrías escribir 20 historias diferentes sobre lo que preocupa a los votantes de Michigan, y sería cierto”.Harris, la candidata republicana light

Como era de esperar, los medios de comunicación corporativos extrajeron las lecciones equivocadas de los resultados de la votación de 2024. El New York Times, por ejemplo, culpó a los progresistas, argumentando, “El partido también debe analizar por qué perdió las elecciones… Tardó demasiado en reconocer que grandes partes de su programa progresista estaban alejándole del electorado, incluido de algunos de los partidarios más leales de su partido. Y los demócratas llevan ya tres elecciones luchando por asentar un mensaje persuasivo que resuene entre los estadounidenses de ambos partidos que han perdido la fe en el sistema, lo que empujó a los votantes escépticos hacia la figura más obviamente disruptiva, a pesar de que una gran mayoría de estadounidenses reconoce sus graves defectos”.Pero como observó acertadamente Fairness and Accuracy in Reporting (FAIR), “Kamala Harris no se presentó como progresista, ni en términos de política económica ni de política de identidad”. Pero para unos medios corporativos que en gran medida complementaron, en lugar de contrarrestar, las narrativas de Trump basadas en el miedo a los inmigrantes, las personas trans y el crimen, culpar a la izquierda es infinitamente más atractivo que reconocer su propia culpabilidad”.

En el periodo previo a las elecciones, Harris optó por cortejar a los republicanos, no a los progresistas. Los rituales tradicionales de cortejo electoral se pusieron así patas arriba, ya que la demócrata Harris se arrastró ante los votantes republicanos y el republicano Trump (con algo más de éxito) buscó sobre todo a las y los votantes latinos. El apoyo de Harris a los derechos reproductivos y a romper el techo de cristal de género pasó a un segundo plano para encontrar puntos en común con los republicanos en cuestiones sociales.

En lugar de centrarse en lo que la distinguía de Trump, Harris hizo una campaña republicana light, haciendo hincapié en lo que tenía en común con los republicanos: su oposición a la inmigración y su apoyo a la represión de la frontera sur; reafirmando su apoyo inquebrantable al genocidio de Israel en Palestina y presumiendo de poseer una pistola Glock para atraer a los defensores de las armas.

La ex diputada republicana Liz Cheney se unió a Harris en la campaña. Su padre, el criminal de guerra y neoconservador Dick Cheney, apoyó a Harris a bombo y platillo.

Pero en medio de toda esta pugna electoral, no estaba claro qué representaba realmente Harris. Como fiscal de distrito y luego fiscal general en California al principio de su carrera, no era ni de derechas ni de izquierdas, pero se transformó en una orgullosa liberal cuando se presentó a las primarias presidenciales de 2019. Este año, como candidata a la presidencia tras el abandono de Biden, parece que quería parecer más conservadora. Así que cambió de opinión sobre su oposición liberal de 2019 a la fracturación hidráulica para extraer petróleo y su apoyo a Medicare para todos, pero sin admitir que realmente había cambiado de opinión sobre estos temas importantes. Como era de esperar, muchas y muchos votantes rechazaron a esta candidata poco sincera que representaba al Gobierno de Biden y se decantaron por el multimillonario insolente, que ha demostrado que está dispuesto al menos a cambiar las cosas, para bien y para mal.

Éstas son las desafortunadas opciones que el electorado que anhela un cambio se vio obligado a elegir dentro del duopolio bipartidista que en el que se encuentra atrapado.

Un electorado enfadado, sin una alternativa de izquierdas viable, gira a la derecha

En las últimas décadas, la izquierda estadounidense ha sido demasiado débil para influir en las elecciones, una tendencia que no ha hecho más que empeorar en los últimos años. El ascenso de los Socialistas Democráticos de América (DSA) se inspiró en los éxitos electorales del socialista independiente Bernie Sanders en 2016 y 2020. Pero en ambos casos, Sanders se sometió a los poderosos políticos del Partido Demócrata y finalmente apoyó a sus candidatos elegidos, primero Hillary Clinton y luego Biden. Y, como ya se ha señalado, Sanders hizo campaña con entusiasmo por Biden y luego por Harris.

No es sorprendente que el crecimiento de la DSA -aunque sigue siendo una organización muy pequeña con una influencia un tanto marginal en la política de EEUU- coincidiera con la diezma de la mayor parte de la izquierda revolucionaria, que ya estaba en declive desde décadas anteriores. Sin duda, el objetivo miope de conseguir una mayor influencia política para la izquierda a través del Partido Demócrata desempeñó un papel en la promoción de este desarrollo, pero no impidió el deterioro general de la izquierda. El apoyo de Sanders y AOC a Biden y Harris lo ilustran vívidamente.

En todo caso, el DSA aceleró el declive de la influencia de la izquierda al centrarse excesivamente en las elecciones en lugar de dar prioridad a la creación de movimientos de base que puedan influir en la política fuera del ámbito electoral. Hay una razón válida por la que el Partido Demócrata ha sido considerado tradicionalmente por la izquierda revolucionaria estadounidense como el cementerio de los movimientos sociales.

Este punto puede demostrarse fácilmente en sentido negativo, utilizando como ejemplo la dependencia de las organizaciones por el derecho al aborto de los políticos del Partido Demócrata. Los movimientos por el derecho al aborto y por la liberación de la mujer consiguieron, a través de organizaciones de base, el derecho al aborto cuando el Tribunal Supremo de Estados Unidos dictó su sentencia Roe contra Wade en 1973, cuando Richard Nixon, contrario al aborto, ocupaba la Casa Blanca. Pero en las décadas posteriores, las organizaciones proabortistas han dependido de los demócratas para defender el derecho al aborto, y no se han organizado grandes manifestaciones proabortistas desde hace dos décadas. Sin embargo, los demócratas, como Partido del Compromiso, permitieron que el derecho al aborto se viera erosionado y finalmente anulado en 2022. Ninguno de estos políticos ha tratado de reconstruir un movimiento vital a favor del derecho a decidir para cambiar el statu quo desde entonces, a pesar de que ha causado una crisis de derechos reproductivos que está matando a las mujeres.

La única solución que ofrece el New York Times -y el establishment liberal- es esperar a los próximos ciclos electorales para votar: “Aquellos que apoyaron al señor Trump en estas elecciones deberían observar de cerca su conducta en el cargo para ver si coincide con sus esperanzas y expectativas, y si no es así, deberían dar a conocer su decepción y emitir su voto en las elecciones de mitad de mandato de 2026 y en 2028 para volver a encarrilar el país”.Pero esto dista mucho de ser una solución. Las elecciones en sí no suelen determinar el equilibrio de fuerzas políticas y sociales en un momento dado. Normalmente reflejan el equilibrio de fuerzas -aunque a veces pueden reforzarlas o debilitarlas- y, por tanto, pueden verse influidas por movimientos ajenos al ámbito electoral.

Hoy, en Estados Unidos, la relación de fuerzas se inclina decisivamente a favor de la derecha porque la izquierda es muy débil. La naturaleza aborrece el vacío, como dice el refrán. Cuando los demócratas se hacen eco de los republicanos en su giro a la derecha, y la izquierda sigue a los demócratas en su afán de ganar elecciones, las y los votantes no escuchan ningún punto de vista alternativo de izquierdas. Por tanto, la derecha se impone.

Esta es la situación actual. Es fácil culpar a la población inmigrante de los problemas de la sociedad cuando no hay una explicación de izquierdas para la caída de los salarios y la alta inflación: las políticas de divide y vencerás de la clase capitalista.

La única posibilidad de cambiar la relación de fuerzas es mediante la lucha -y la organización- a nivel popular. El año pasado vimos un atisbo de lo que podría significar esa lucha, cuando la Unión de Trabajadores del Automóvil (UAW) golpeó a los tres grandes fabricantes de automóviles y ganó. También vimos un atisbo la pasada primavera, cuando manifestantes propalestinos formaron campamentos en campus universitarios de todo Estados Unidos.

Pero un aumento mucho más significativo de la lucha de base y de clase es una condición previa necesaria para cambiar la relación de fuerzas de clase. Hasta entonces, la gente más rica seguiráa celebrando su buena fortuna. El statu quoprevalecerá, independientemente de a quién hayamos votado o no. Y Trump tomará posesión de su cargo en enero, con consecuencias que ahora nadie puede predecir.

Producción petrolera venezolana aumentó 187.000 b/d en 10 meses de 2024. Comentario HHC




El reporte de la OPEP con data de Baker Hughes indica que en Venezuela solo operan dos taladros (Foto PDVSA)


La producción petrolera de Venezuela durante el mes de octubre de 2024 se anotó su séptimo mes de continuo crecimiento y en 10 meses de este año el repunte es de 23,3% para alcanzar los 989.000 barriles diarios, de acuerdo a la data consignada por el gobierno de Nicolás Maduro ante la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP).

En números absolutos, la producción venezolana de crudo reconocida por la OPEP –que no incluye condensados- ha crecido entre diciembre del año pasado y octubre de este año en 187.000 barriles diarios, situación que se debe principalmente a la política de flexibilización de sanciones adoptada por el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos; y el alza está por el orden de 203.000 barriles cuando la comparación se hace con el nivel que tenía en octubre de 2023.

El informe de la OPEP también destaca que las fuentes secundarias reconocen que hay un incremento, pero la variación es menor y señalan un volumen de producción por 895.000 barriles por día, una variación de 14% con respecto al nivel que registró en diciembre del año pasado.

La OPEP advierte que durante octubre se redujo la cantidad de taladros de operación en una unidad, para solo contar con dos equipos de perforación en funcionamiento, de acuerdo a la data de la firma Baker Hughes.

Comentario HHC: Dos verdades, la primera que cuando desaparecen las sanciones de los EEUU, empieza a fluir la economía de los paises sancionados, lo que reafirma al bloqueo de EEUU a Cuba como principal causa limitante de la economía. La segunda es que EEUU solo actúa por intereses, no tiene una política coherente, como dijo recientemente el embajador ruso en la ONU: " EEUU utiliza la Carta de Naciones Unidas, como un " Menú a la Carta ".


martes, 12 de noviembre de 2024

Recuperar lo perdido en la agricultura tiene que ser premisa de trabajo. Comentario HHC

El Viceministro de la Agricultura refirió que, al incluir a Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo, los bancos se oponen a dar financiamiento.


La mayor afectación en Artemisa está en los cultivos de plátano y de yuca. Foto: Dunia Álvarez Palacios

Tras el paso del huracán Rafael, la provincia de Artemisa se vio severamente afectada, principalmente en los municipios de Güira de Melena y Alquízar. «Estos son los municipios más productivos, no solo de esta región, sino casi del país», aseguró a la prensa Maury Hechavarría Bermúdez, viceministro de la Agricultura.

Refirió, luego de una evaluación preliminar por el territorio, que las principales afectaciones se centran en el cultivo de plátano, sobrepasando 9 000 hectáreas; y ahora hay que resembrarlo, «es una de las acciones fuertes que estamos trabajando».

Igualmente, se han afectado más 7 000 hectáreas de yuca –dijo–, así como la siembra de boniato, frijoles, hortalizas y frutas; también sufrieron daños las granjas avícolas y las unidades porcinas, al perder los techos.

Reconoció que algo primordial en este proceso es la voluntad de los productores agropecuarios y campesinos. «Hay un compromiso fuerte de nuestros productores, y se trabaja incansablemente con el propósito de recuperar lo perdido», apuntó.

Sobre la campaña de siembra de frío, apuntó que «se va a trabajar fuerte, para lograr sembrar la papa»; y en cuanto a los recursos tecnológicos para esta siembra, aseveró que «lo tenemos casi completo en el país».

En Artemisa también se afectaron alrededor de 43 máquinas de riego; sin embargo, las brigadas especializadas de la región oriental y central del país trabajan arduamente para su buen funcionamiento, y asegurar así la cosecha de papa.

Dada la situación financiera por el bloqueo impuesto por Estados Unidos, en la agricultura son varios los ejemplos que demuestran la complejidad para el progreso.

El Viceministro de la Agricultura refirió que, al incluir a Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo, los bancos se oponen a dar financiamiento.

Lo anterior, señaló, «perjudica la transformación del modelo de gestión en la agricultura», sobre todo en referencia a las inversiones extranjeras que se llevan a cabo en la Isla.

Hechavarría Bermúdez informó que ya están en ejecución 48 proyectos de colaboración, y «van dirigidos a aportar tecnología y recursos».

Entre ellos, mencionó a la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (fao), al Programa Mundial de Alimentos (pma), al Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (fida), y a otros de Perú.

Refirió que uno de los principales problemas en el país es la alimentación animal para la producción de huevos aves y cerdos.

Sin embargo, «se trabaja para gestionar la producción de pienso de alimento animal; recuperar el programa arrocero; así como en la siembra de frijol y de maíz», precisó.

Aseguró también que ya hay «cinco proyectos de producción de huevos; y lo que se pretende es comercializar una parte, a menor precio del que tenemos hoy en los mercados, y destinar la otra a la canasta familiar normada».


Comentario HHC; Ejemplo de que el hombre aun no domina la naturaleza. Estamos a merced de la buena suerte, y esta última es el pretexto de los fracasados.

Pues es una gran afectación adicional al bloqueo de los EEUU y como complemento de nuestras insuficiencias. . Tendremos alusión a "Rafael" en los proximos meses.

Una pregunta¿ No dio tiempo a recoger las 43 maquinas de riego ?

lunes, 11 de noviembre de 2024

Trump, un lumpencapitalista

Lo más importante de Donald Trump no es su tan debatida condición psicológica, sino el hecho de que es un gran capitalista. Y de un tipo particular: un gran lumpencapitalista


Por Samuel Farber, Jacobin

A pesar de su triunfo contra Harris, nadie sabe bien cómo entender a Donald Trump. Poco después de que asumiera la presidencia por primera vez, un grupo de 27 psiquiatras y especialistas en salud mental confeccionaron una extensa lista de sus trastornos de personalidad: narcisismo, trastorno delirante, paranoia, hedonismo desenfrenado, entre otros. Si bien algunos de estos diagnósticos podrían ser acertados, las denominaciones psicológicas no son la mejor manera de develar el fenómeno Trump. Para examinarlo como actor político en toda su complejidad, debemos subsumir sus características personales en la estructura social de EEUU.

Trump es un capitalista. Eso lo sabemos todos. Pero es un tipo particular de capitalista: un lumpencapitalista.

Una trayectoria de embustes

En La lucha de clases en Francia. 1848-1850, Karl Marx escribió que la aristocracia financiera de la época, «lo mismo en sus métodos de adquisición que en sus placeres, no es más que el renacimiento del lumpemproletariado en las cumbres de la sociedad burguesa». El erudito marxista Hal Draper aclaró que la «aristocracia financiera» de Marx no refería al capital financiero que juega un rol esencial en la economía burguesa, sino a los «buitres y carroñeros» que se mueven entre la especulación y la estafa y que son los cuasicriminales o excrecencias delictivas del cuerpo social de los ricos, al igual que el «lumpenproletariado» propiamente dicho es la excrecencia de los pobres.

Marx se refirió nuevamente al «lumpenproletariado» de clase alta después de la caída de la Comuna de París en 1871, como aquel que disfruta de su tiempo libre en «el París masculino y femenino de los bulevares: el París rico, capitalista, dorado, el París ocioso (...), atestado ahora de sus lacayos, sus esquiroles, su bohême literaria y sus cocottes».

La esencia del lumpencapitalismo de Trump se expresa de muchas maneras, comenzando por sus operaciones financieras turbias e ilegales (o que rayan en la ilegalidad). Los capitalistas «normales» toman a menudo atajos ilegales en su búsqueda de ganancias --eludiendo el pago de impuestos, violando regulaciones estatales o tratando de quebrar ilegalmente a los sindicatos--, todo esto sin dejar de ser empresas capitalistas «normales». Para el lumpencapitalista Trump, sin embargo, esos atajos son la principal estrategia para la obtención de ganancias.

Ejemplos de esto abundan, empezando por los embustes que impregnan sus operaciones financieras. Los capitalistas «normales» piden regularmente préstamos a los bancos y a otras instituciones financieras para llevar adelante sus empresas; solo recurren a la quiebra de manera ocasional y como último recurso. Pero como el «rey de la deuda» que es, Trump ha declarado la quiebra de sus empresas nada menos que en seis ocasiones, cinco veces en el caso de sus casinos y una vez de su Hotel Plaza de Nueva York.

De acuerdo con la periodista y biógrafa Gwenda Blair, en 1990, Trump se reunió en secreto con representantes de varios grandes bancos estadounidenses para encontrar una solución a su abrumadora deuda bancaria de 2000 millones de dólares, que incluía responsabilidad personal sobre garantías y préstamos por 800 millones de dólares, así como más de 1000 millones en bonos basura en sus casinos. Como escribió Blair, en menos de una década, Trump se había convertido en lo que Marie Brenner en Vanity Fair llamó el «Brasil de Manhattan», con pagos de intereses anuales de aproximadamente 350 millones de dólares, por encima de su flujo de caja. Solo dos de sus activos, el 50% del Hotel Grand Hyatt y el área comercial de la Torre Trump, tenían por aquel entonces posibilidades reales de obtener beneficios.

Los juicios contra la Universidad Trump han expuesto aún más el alcance de sus oscuras operaciones financieras. Trump fundó esta «universidad» con fines de lucro en 2005, junto con un par de socios, para ofrecer cursos sobre bienes raíces y gestión de activos, entre otras materias. No estaba acreditada, no otorgaba calificaciones ni créditos universitarios y tampoco expedía títulos. Algunos años después de su fundación, fue investigada por el fiscal general de Nueva York y demandada por prácticas comerciales ilegales. También se presentaron dos demandas legales colectivas en el tribunal federal, alegando que sus estudiantes eran víctimas de prácticas publicitarias engañosas y tácticas de venta agresivas. Una vez electo presidente en 2016, Trump pagó a las víctimas 25 millones de dólares para dar por concluido el caso, pese a haber prometido reiteradamente que no lo haría.

Instituciones como la Universidad Trump suelen tener estándares muy bajos en cuanto a finalización de estudios e inserción laboral, pero en cambio son eficientes máquinas de sustracción de beneficios a través de los préstamos y subsidios que el gobierno federal da a sus estudiantes adultos, mayoritariamente pobres y pertenecientes a las minorías. Después de que Obama tímidamente tratara de frenar algunos de sus peores abusos, el gobierno de Trump emprendió un giro de 180 grados: bajo la dirección de la secretaria de Educación Betsy DeVos, este tipo de instituciones tuvieron nuevamente vía libre para proseguir con sus prácticas fraudulentas.

La Fundación Trump es otro buen ejemplo. Tal como publicó el New York Times en un editorial de 2018, «la Fundación Trump no es una organización de caridad ética y generosa, sino solo otra de sus estafas». Como apuntaba el artículo, la mayor donación reportada por la Fundación, una suma de 264.631 dólares, fue usada para renovar la fuente ubicada en el frente del hotel Trump Plaza de Nueva York. Otras actividades cuestionables incluían aportes ilegales para la reelección de Pam Bondi, la fiscal general de Florida, en 2013.

El 2 de octubre de 2018, el New York Times publicó una devastadora investigación sobre Trump que desmentía su afirmación de que su padre, Fred Trump, «solo» le había prestado un millón de dólares para empezar su carrera empresarial. De hecho, se muestra que Trump recibió de su padre por lo menos 60,7 millones de dólares (140 millones a valores contemporáneos). El artículo también detalla los artilugios sospechosos y abiertamente ilegales utilizados por Trump para evitar el pago de cientos de millones de dólares en impuestos sobre donaciones y bienes inmuebles.

Lo más elocuente sobre la personalidad de Trump fue la revelación de que, en 1990, intentó apropiarse de las empresas y fortuna de su padre, de 85 años, a sus espaldas. La tentativa de Donald fue frustrada por el mismo Trump Sr., quien, con la ayuda de su hija, la jueza federal Maryanne Trump Barry, lo privó legalmente de tomar el control de sus negocios. De acuerdo con las declaraciones juradas de los integrantes de la familia Trump, Fred Trump les dijo que si Donald tomaba el mando «pondría en riesgo su trabajo de toda una vida», y que temía que su hijo utilizara esas empresas como aval para rescatar sus negocios en quiebra.

Existen evidencias sólidas de que las serias dificultades financieras de Trump lo empujaron a los márgenes del mundo financiero y al lavado de dinero como fuente de capital. Como señalaba John Feffer en «El dinero sucio de Trump», solo quedaba una institución, el Deutsche Bank, dispuesta a darle crédito, lo que lo llevó a recurrir a personajes y redes sumamente dudosas, a celebrar acuerdos financieros barrocos con empresas fantasmas, a usar seudónimos en los contratos y a ocultar sus declaraciones de impuestos. Además, Trump comenzó a utilizar grandes cantidades de efectivo (hasta 400 millones de dólares desde 2006) para comprar enormes propiedades en operaciones financieras sospechosas de favorecer el lavado de dinero.

La mayor parte del dinero, escribe Feffer, provenía de la venta de sus propiedades a oligarcas rusos. Una investigación de Reuters de 2017 descubrió que inversores rusos le compraron a Trump un condominio en Florida por una suma de alrededor de 100 millones de dólares; y que un multimillonario ruso-canadiense invirtió millones en una propiedad de Trump en Toronto, lo que incluyó el pago de una «comisión» de 10 millones de dólares a un intermediario de Moscú para atraer a otros inversores rusos.

En 2018, un oligarca ruso le pagó 95 millones de dólares a Trump por una mansión en Palm Beach que el magnate había comprado cuatro años antes por 41 millones. Además, señala Feffer, Trump negoció acuerdos similares con inversores kazajos conocidos por sus actividades de lavado de dinero, empresas corruptas de la India y un turbio director de casinos en Taiwan. Incluso su casino Taj Mahal fue acusado en dos oportunidades diferentes, en 1998 y 2015, de violar las regulaciones contra el lavado de dinero.

Los lumpenamigos de Trump

El carácter lumpencapitalista de Trump no solo se evidencia en su búsqueda de ganancias, sino también en el tipo de amigos y socios de los que se ha rodeado y hacia los que se siente atraído por actividades y valores compartidos; estos demuestran una orientación depredadora hacia el mundo, carente de consideración alguna más allá del propio beneficio o el de sus amigos.

Un ejemplo del tipo de amistades de Trump es David J. Pecker, presidente de la compañía de prensa amarilla American Media Inc. (AMI) y editor del National Inquirer, principal órgano de la prensa sensacionalista en EEUU. Antes de las elecciones de 2016, AMI le compró a la modelo de Playboy Karen McDougal los derechos de su affaire extramatrimonial con Trump para asegurar que esa historia nunca viera la luz. Además de revelar la actitud machista de Trump y Pecker hacia las mujeres, este hecho constituyó una clara violación de las leyes de financiamiento de campañas (que en realidad todos los candidatos violan).

Otro ejemplo notable fue Roy Cohn, uno de los mejores amigos y reconocido mentor de Trump, un verdadero ejemplo de lumpenburgués (ya que, stricto sensu, no era un capitalista). Es posible que el notorio rol de Roy como jurista en la caza de brujas anticomunista del senador Joe McCarthy haya desviado la atención pública de sus nefastas actividades posteriores. Nicholas von Hoffman, el biógrafo de Cohn, cita a uno de sus socios abogados que lo describe como «una persona completamente carente de reglas», de tal forma que «cualquier cosa que se propusiera, en cualquier momento, era lo correcto», una expresión del carácter lumpen y depredador de Cohn.

Von Hoffman, e incluso Sidney Zion, un defensor a sueldo de Cohn, lo describió como un gran manipulador de personas que vivía en un mundo en el que los intercambios constituían la moneda de cambio. Además de haber representado legalmente a la mafia, Cohn socializaba con ella. Fue acusado por manipulación de jurados en 1963, y seis semanas antes de su muerte en 1986, fue inhabilitado por conducta inmoral y poco profesional que incluía, de manera reveladora, malversación de fondos de los clientes, información falsa en una postulación para el Colegio de Abogados y presiones para que un cliente enmendara su testamento. Algo esperable por su falta de principios, fue un hombre gay homofóbico (murió de sida), que se manifestó públicamente en contra de que los homosexuales pudieran desempeñarse como docentes en las escuelas.

Trump sabía todo esto sobre Cohn. Y aun así, lo introdujo en su círculo privado como amigo y mentor. Gwenda Blair cita a Eugene Morris, primo de Cohn y destacado abogado de bienes raíces de Nueva York, quien decía que «Donald se sentía atraído por el hecho de que Roy hubiera sido acusado». Y usó los servicios legales de Cohn para demandar al gobierno de EEUU por daños y perjuicios en represalia por haber sido acusado de prácticas de alquiler racialmente discriminatorias en los edificios de departamentos de su propiedad.

Michael Cohen, un antiguo amigo íntimo de Trump, abogado personal y apoderado, es otro ejemplo de la mencionada tendencia de Trump a rodearse de este tipo de socios y amigos. La vida de Cohen es un elocuente ejemplo de lo que conlleva el lumpencapitalismo. Después de graduarse en la Cooley Law School de Michigan, se convirtió en un recio abogado de lesiones personales. En 1994, su matrimonio lo conectó con el mundo de los inmigrantes de la antigua Unión Soviética y con el negocio de los taxis, donde hizo millones a través de la compraventa de licencias.

Pero su golpe de suerte provino de la compraventa de inmuebles en circunstancias sumamente sospechosas. En apenas un día, en 2014, vendió cuatro inmuebles en Manhattan por 32 millones de dólares al contado, el triple de lo que había pagado por ellos tan solo tres años antes. Se desconoce la identidad de los propietarios de las sociedades de responsabilidad limitada que compraron las propiedades de Cohen, así como el motivo por el cual aceptaron pagar semejante suma de dinero, si bien Cohen alegó que las ventas se concretaron en efectivo para ayudar a los compradores a diferir los impuestos en otras transacciones. Sin embargo, Richard K. Gordon, director de la Facultad de Derecho de la Case Western Reserve University, quien estuvo a cargo de campañas contra el lavado de dinero en el Fondo Monetario Internacional, declaró que si hubiera estado en la posición del banco, habría rechazado directamente la transacción o al menos habría calificado a Cohen con un riesgo extremadamente alto.

Más tarde, Cohen se involucró en la construcción de una Torre Trump en Moscú con Felix Sater, un amigo proveniente de Rusia con quien Cohen y Trump continuaron trabajando incluso después de que se conociera que Sater había sido cómplice de un plan de manipulación de acciones que involucraba a figuras de la mafia y criminales rusos (con el tiempo, Sater se declaró culpable y se convirtió en informante del FBI y otras agencias de inteligencia).

Cohen también tenía negocios con empresas que operaban en los márgenes del sistema de salud. Si bien no está claro qué papel jugó en esas empresas, a las que ayudó a registrarse ante los organismos del Estado, dos de los médicos que figuraban en las actas constitutivas, Aleksandr Martirosov y Zhanna Kanevsky, fueron acusados de fraude en los seguros en las distintas prácticas médicas que realizaban. Martirosov también fue acusado de hurto mayor y el doctor Kanevsky, de extorsión al Estado. Las acusaciones fueron el resultado de una investigación sobre accidentes falsos y negligencia médica.

Esta información sobre Cohen surge de una exhaustiva investigación periodística publicada por el New York Times el 5 de mayo de 2018. La investigación también reveló que, en 1993, el suegro de Cohen se declaró culpable de no haber cumplido con los reportes de transacción monetaria requeridos por la ley federal para grandes operaciones en efectivo (dado que cooperó en un caso relacionado, se le otorgó una probation, libertad condicional). El médico de familia Morton W. Levine, tío de Cohen, brindó asistencia médica a los integrantes de la organización criminal denominada Familia Lucchese, a quienes según un agente del FBI «ayudó en sus actividades ilegales». Anthony («Gaspipe») Casso, un subjefe de la Familia Lucchese, describió a Levine «como alguien que haría cualquier cosa por él». El doctor Levine también era dueño de El Caribe, un salón de eventos de Brooklyn --en el que Michael Cohen mantuvo una pequeña participación durante largo tiempo, hasta las elecciones de 2016-- que durante décadas fue el escenario de bodas y fiestas navideñas de la mafia, y en el cual dos tristemente célebres mafiosos rusos de Nueva York tenían sus oficinas.

La investigación del New York Times también señalaba que ambos socios de Cohen en el rubro de los taxis (Symon Garber y Evgeny Freidman) tenían un historial de problemas legales. Cada uno tuvo que pagar más de un millón de dólares por cobrar de más a sus conductores, según el fiscal general del estado de Nueva York. Antiguos socios comerciales también los acusaron de falsificar firmas, estafar a los abogados y evadir el pago de deudas. Las empresas de taxis de Cohen en Nueva York y Chicago deben más de 375.000 dólares por impuestos, seguros e inspecciones, y 14 de sus 54 taxis fueron suspendidos.

El séquito de amigos de Trump también incluye celebridades cuyos antecedentes revelan mucho sobre la personalidad del presidente. Una de ellas es el rapero Kanye West, quien, como escribió el escritor Ta-Nehisi Coates, es, al igual que Trump, despreciativo, narcisista y de una ignorancia apabullante; sus comentarios que sugerían que los cientos de años que duró la esclavitud fueron resultado de la propia elección de los esclavos son emblemáticos de su desprecio (y el de Trump) y de su falta de empatía por las víctimas de la opresión. Otro es el excampeón de boxeo Mike Tyson, un héroe para Trump, conocido por su adicción al alcohol y las drogas, sus problemas legales y una condena por violación. Tal como afirmó Charles M. Blow en el New York Times, Trump considera su coqueteo con raperos y atletas ricos una prueba de su igualitarismo. Fiel a su carácter lumpen, como escribe Blow, absorbe los aspectos más grotescos de esas celebridades desde su fachada de rico hombre de negocios.

Los amigos de Trump

Sus inclinaciones lumpen-depredadoras conducen a Trump a tener una relación prácticamente precapitalista y predemocrática con la investidura presidencial; su persona y su rol se confunden, y la Presidencia funciona para beneficio suyo y de sus amigos. La conducta política de Trump representa un impedimento para la función política más importante del Estado capitalista: actuar como unificador y árbitro de las facciones de la clase dominante.

Trump ha sido un continuo destructor de las reglas «normales» de comportamiento político esenciales en la función de árbitro confiable y responsable en el conflicto intracapitalista. Se negó a dar a conocer sus declaraciones de impuestos y a colocar sus propiedades financieras e inmobiliarias en un fideicomiso ciego, prácticas habituales a las que han adherido desde hace muchos años tanto los republicanos como los demócratas. Ha ignorado muchas reglas del juego institucional, especialmente aquellas que mantienen el «civismo» esencial para la estabilidad política y para una armoniosa alternancia en el poder entre republicanos y demócratas.

Un ejemplo flagrante de esta falta de «civismo» fue su llamamiento a meter en prisión a su candidata rival en 2016, Hillary Clinton, así como la instigación a sus seguidores a gritar «Cárcel a Hillary». Todos los políticos profesionales mienten, pero las mentiras empedernidas y descaradas de Trump sobre los asuntos más fácilmente verificables han roto el modelo del politiqueo habitual y han trastocado la autoridad moral de la Presidencia. Trump instaló una atmósfera de intimidación en la esfera política, justificando frecuentemente la ilegalidad y recurriendo, como señaló Joan Walsh en The Nation, al lenguaje mafioso, como cuando se quejó de la práctica de ofrecer la reducción de sentencias a aquellos acusados que den información para implicar a jefes superiores en las jerarquía de las organizaciones criminales, o cuando negó que el consejero de la Casa Blanca Don McGahn fuera «un soplón al estilo John Dean» (el consejero de Nixon involucrado en el Watergate).

Los capitalistas desconfían de Trump, no porque lo vean como moralmente deficitario, sino porque lo ven como un presidente arbitrario, impredecible y poco confiable que, como su amigo y mentor Roy Cohn, se cree por encima de las reglas, excepto las que le convienen en ese preciso momento. Si bien los capitalistas estadounidenses, en términos generales, se han beneficiado de su administración, lo ven no solo como alguien que no pertenece a su clase, sino también como un outsider político con el cual es imposible lograr una confianza mutua (a diferencia de otros presidentes, de quienes pueden esperar un mínimo respeto de los acuerdos). Esa es una de las principales razones por las que gran parte de los medios de comunicación de élite, como el New York Times y el Washington Post, se oponen duramente a Trump, algo inusual en la política de EEUU, excepto quizás durante la época del caso Watergate, durante la presidencia de Nixon.

Por eso es que la mayoría de los capitalistas se rehusaron a apoyarlo antes de que ganara las primarias republicanas de 2016. Muchos de ellos le negaron su apoyo debido a sus provocaciones racistas y antinmigración, que vieron como una amenaza a la estabilidad del sistema económico y político, o bien porque apoyaban la legalización, al menos, del trabajo temporario de los inmigrantes, como fue el caso de los capitalistas de la agroindustria y de Silicon Valley. Muchos capitalistas tampoco lo apoyaron debido a su defensa del proteccionismo, una política defendida principalmente por ejecutivos de industrias en decadencia como la del carbón y el acero.

Un estudio de 2018 realizado por Thomas Ferguson, Paul Jorgensen y Lie Chen, muestra que, en 2015 (el año anterior a las elecciones generales de 2016), la campaña de Trump concitó el apoyo financiero de empresas de sectores industriales menos dinámicos, como la del acero, el caucho, la maquinaria y otras que esperaban beneficiarse del proteccionismo de Trump. En esta etapa temprana, también recibió dinero de capitalistas individuales como el «bucanero de las finanzas» Carl Icahn, prácticamente un paria para las principales compañías de la Mesa Redonda de Negocios y de Wall Street; también de una minoría de capitalistas de Silicon Valley, como Peter Thiel, una figura conocida en la industria, y muchos ejecutivos de Microsoft y Cisco Systems, que aportaron más de un millón y unos cuatro millones de dólares respectivamente a la campaña de Trump.

Es cierto que una vez que Trump ganó el número de delegados necesarios en las primarias republicanas para obtener la nominación presidencial, un creciente número de empresas comenzaron a contribuir a su campaña esperando asegurarse la buena voluntad del candidato en el caso de que llegara a la Casa Blanca. Así pues, según Ferguson et al., la víspera de la Convención Republicana conllevó «una cuantiosa entrada de dinero, que incluyó, por primera vez, contribuciones significativas de grandes empresas».

Además de la minería (especialmente el sector del carbón, que continuó apoyando a Trump), entre los nuevos contribuyentes estuvieron la gran industria farmacéutica, preocupada por las declaraciones de Clinton sobre la regulación de precios de los medicamentos; las tabacaleras y la industria química, petrolera y de telecomunicaciones (en particular, AT&T, que tenía una importante fusión pendiente con Time Warner). El reporte de Ferguson et al. apunta a que el dinero también comenzó a llegar de ejecutivos de grandes bancos (Bank of America, J.P. Morgan Chase, Morgan Stanley y Wells Fargo), e incluso de algunas compañías de Silicon Valley que no habían apoyado a Trump hasta ese momento, como Facebook, que aportó en su momento 900.000 dólares al Comité Anfitrión de Cleveland para la convención republicana.

Aun así, según lo informado por Ferguson et al., las contribuciones totales de Trump para la carrera presidencial de 2016 ascendieron a algo más de 861 millones de dólares, en comparación con los 1400 millones recaudados por la campaña de Clinton. Con la posible excepción de 1964, aquella campaña de Clinton superó cualquier otra campaña desde el New Deal y obtuvo apoyo financiero «incluso de sectores y compañías que rara vez han apoyado a los demócratas». Sin duda había sido Hillary Clinton, y no Trump, la candidata presidencial apoyada por la mayoría de la clase capitalista.

El apoyo capitalista a Trump aumentó de manera sustancial después de su llegada a la Casa Blanca. Sus políticas fiscales de derecha y sus políticas aún más extremistas respecto de la desregulación en sectores clave como el medio ambiente, el trabajo y la protección al consumidor han convencido a amplios sectores de la clase capitalista. Pero el apoyo a Trump entre los capitalistas estadounidenses no se debe solo a sus recortes fiscales y a sus políticas desregulatorias, sino al hecho de que su gobierno coincidió con una expansión de la economía que en gran medida fue producto del ciclo económico.

Si bien a la mayoría de los capitalistas posiblemente no le agraden los aranceles de Trump, así como a sus guerras comerciales con China y la Unión Europea, en tanto y en cuanto sus ganancias sigan aumentando preferirán mostrarse cautos respecto de su gobierno. Pero no confían en él ni pueden desarrollar una relación sobre la base de algún tipo de reglas comunes y previsibles. Su comportamiento político extremo los obligó en ocasiones a tomar distancia, como ocurrió en agosto de 2017 después de que supremacistas blancos se reunieran en Charlottesville, Virginia, en una demostración de poder que dejó como saldo un muerto y varios heridos graves a manos de neofascistas. La reacción de Trump, que consistió en denunciar la violencia de «ambos lados», provocó una indignación generalizada. Muchos CEO incluso se sintieron obligados a renunciar al American Manufacturing Council, que asesoraba a Trump.

Los sofisticados órganos de información y opinión procapitalistas, especialmente aquellos defensores de la economía del laissez-faire, se incomodan con el apoyo que las empresas estadounidenses brindan --de buena o mala gana-- a Trump. Un ejemplo emblemático de este malestar lo constituyó un editorial de 2018 de The Economist titulado «The Affair» y subtitulado «Los ejecutivos estadounidenses creen que el presidente es bueno para los negocios. No en el largo plazo». The Economist sostenía que «las corporaciones estadounidenses están siendo miopes y descuidadas a la hora de medir los costos de Trump». «El sistema de comercio estadounidense», decía el editorial, «se está apartando torpemente de las reglas, la apertura y los tratados multilaterales y se inclina hacia la arbitrariedad, la insularidad y los acuerdos efímeros».

Para The Economist, el costo de volver a regular el comercio podría incluso superar los beneficios de la desregulación en el país. Eso podría ser tolerable de no ser por la imprevisibilidad que marcó la primera era Trump, en particular su tendencia a hacer alarde de su poder mediante «actos absolutamente discrecionales».

El ascenso de un presidente lumpencapitalista

¿Cómo fue posible que un candidato con una relación problemática con la clase dominante pudiera emerger y llegar a ser elegido presidente? Más aún teniendo en cuenta que, paradójicamente, siendo él mismo un capitalista, al tomar posesión del cargo en enero de 2017, tenía lazos mucho más débiles con la clase capitalista en su conjunto que Obama, Bill Clinton, George Bush padre e hijo, Ronald Reagan y Jimmy Carter.

La explicación se remonta al impacto que tuvo la crisis creada por la gran recesión económica de 2008. La recesión se sumó a los efectos duraderos de la creciente desindustrialización que los trabajadores estadounidenses sufrieron y frente a la cual el Partido Demócrata, ya sea bajo el ala de Carter, Clinton u Obama, no hizo gran cosa para mejorar la situación. Un caso paradigmático fue el de Virginia Occidental, un Estado con hegemonía demócrata, con una economía basada en la minería del carbón y sede del otrora poderoso sindicato United Mine Workers (UMW), que fue ignorado por el Partido Demócrata cuando la industria del carbón entró en una recesión que, además de producir desempleo y subempleo, terminó reflotando al Partido Republicano. Los estados de Michigan, Ohio y Pensilvania siguieron un patrón similar en 2016. La pérdida de estos estados selló la derrota de Hillary Clinton en 2016.

Ya en 2016, en todo EEUU, millones de familias que habían sido testigos del aumento de nivel de vida y de movilidad social durante los «treinta años gloriosos», entre 1945 y 1975, no esperaban que sus hijos --que en caso de llegar a la universidad terminarían endeudados de por vida-- tuvieran tanto éxito como ellos. Los empleos disponibles quedaron cada vez más restringidos a sectores no sindicalizados y de salarios bajos, como la logística, los call centers, la hostelería y atención de la salud, mientras que los trabajos de calidad, en general calificados, requerían en su mayoría formación de posgrado. Esta situación es el trasfondo económico y social del crecimiento de la epidemia de consumo de opioides entre la población blanca y, de manera creciente, entre las minorías.

Envuelto en un manto de autenticidad al postularse como un defensor de la gente común --una tarea no muy difícil teniendo enfrente a una Hillary Clinton asociada a la elite--, Trump prometió cambios muy necesarios para las víctimas de la crisis, incluidos aquellos que, tras haber votado a Obama, fueron abandonados por él y su partido. Propuso el proteccionismo como solución a los problemas de los trabajadores estadounidenses. Buscó el apoyo de los estadounidenses blancos, unas veces a través de mensajes velados, otras defendiendo abiertamente posturas racistas, nativistas y chauvinistas. Fue astuto al asegurar a los votantes que dejaría intactos la Seguridad Social y el Medicare, programas sociales que políticos más abiertamente neoliberales como Paul Ryan han amenazado en ocasiones con recortar. Al hacerlo, Trump apeló a un gran número de estadounidenses blancos que pensaban, equivocadamente, que habían pagado plenamente por esos beneficios mediante sus contribuciones individuales de toda una vida, en contraste con los programas de «asistencia social» que los pobres indecentes supuestamente reciben a expensas de la honrada clase media y trabajadora. Trump también se benefició de un sistema de primarias en el que el ganador se lleva todos los delegados para el colegio electoral (winner-take all), diseñado originalmente para que un candidato del establishment como Jeb Bush fuera ungido rápidamente, evitando un largo periodo de competencia que, temían los líderes republicanos, podía hacer mermar las posibilidades del partido. Ante la ausencia de rivales unidos en torno de un candidato o de un sistema de segunda vuelta que asegurara una mayoría para el ganador, Trump pudo obtener la nominación con apenas una mayoría simple en lugar de una mayoría absoluta de los votantes de las primarias republicanas.

El triunfo de Trump en 2024 y su primera presidencia reflotan la vieja cuestión sobre el modo en que gobierna la clase capitalista y si en verdad lo hace. Los capitalistas son los dueños de la economía y la administran de manera directa y privada. Pero lo hacen en circunstancias sobre las que cualquier empresa individual tiene poco control, como la competencia nacional e internacional. De ahí el rol del Estado que, en virtud de la separación entre la economía y el sistema político que de manera general caracteriza a los sistemas capitalistas, en particular los supuestamente democráticos, los capitalistas no lo controlan de modo directo sino a través de complicados mecanismos.

En circunstancias «normales», estos mecanismos consisten en «ir atrás» de los partidos políticos en el poder y, al mismo tiempo, promover y defender sus intereses mediante una serie de estrategias, tanto negativas --la amenaza y posibilidad real de la fuga de capitales, la negativa a invertir, entre otras formas en las que el capital «se declara en huelga»-- y positivas, como los aportes de campaña, el 'lobby' y las campañas mediáticas.

Las crisis hacen peligrar el complicado control que la clase capitalista tiene en circunstancias «normales». Crean las condiciones que facilitan el ascenso de una clase y de agentes políticos externos para administrar el sistema político, en última instancia en nombre de la clase dominante, aunque en sus propios términos. En las crisis profundas, como la de Alemania de finales de la década de 1920 y comienzos de la de 1930, el nazismo --en gran medida arraigado en elementos lúmpenes, aunque muchos de estos fueron purgados por Hitler en la Noche de los Cuchillos Largos en el verano de 1934-- fue un agente político de ese tipo, que protegió la supervivencia del capitalismo junto con sus poderosos capitalistas, pero no en sus términos, sino en los términos del propio nazismo. Es como si los nazis les hubieran dicho a los capitalistas: «Les brindaremos estabilidad política nacional y les permitiremos hacer negocios, pero tendrán que pagar el precio de apoyarnos».

Trump es otro agente político externo. Pero no es (del todo) un fascista ni ha intentando introducir el fascismo en EEUU; su gobierno no descansa en escuadrones fascistas o en una policía secreta que interviene los sindicatos, los medios o partidos políticos opositores ni busca la eliminación de las elecciones. Ciertamente, ha implementado una serie de agresivas políticas antiobreras, racistas y sexistas, así como contra los pobres, los inmigrantes y el medio ambiente. La crisis que facilitó su elección no tuvo la misma dimensión ni la magnitud de la crisis alemana de los años 30 o la crisis italiana de comienzos de los 20. A diferencia de ellas, se trató de una crisis de mediano alcance basada en gran medida en el impacto de la gran recesión de 2008 y la disminución del ingreso y de los niveles de vida y el crecimiento sustancial de la desigualdad.

Con el triunfo de este martes se ha demostrado que Trump ha logrado conservar la lealtad de una abrumadora mayoría entre los republicanos. La alianza que construyó entre el conservadurismo religioso y el nacionalismo blanco podría resultar más sólida y duradera que la alianza neoliberal-religiosa que la precedió. Lo irónico es, por supuesto, que Trump busca implementar un proyecto neoliberal de manera aún más implacable, ahora con el apoyo de Elon Musk y otros grandes. Desde luego, no en el ámbito del comercio internacional, donde se desvía de la línea republicana neoliberal, sino en un aspecto aún más sustancial: el desmantelamiento de las políticas impositivas y regulatorias, en particular en las áreas de empleo, medio ambiente y protección al consumidor, acompañado, en su caso, por la vieja ansia racista de reducir los derechos civiles y electorales de los «no blancos».