Fidel


"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." ""Creo que mientras más critica exista dentro del socialismo,eso es lo mejor" Fidel Castro Ruz

viernes, 15 de enero de 2021

Cuatro reglas que deberían guiar la política económica de Biden


La experiencia demuestra que un gasto público inteligente puede mejorar mucho la vida de los estadounidenses



Dos enfermeros atienden a una persona de 92 años, víctima del coronavirus, en Nueva York, en abril de 2020.JOHN MOORE/GETTY IMAGES / GETTY IMAGES

Otra vez lo mismo. Por segunda vez en 12 años, un presidente demócrata recién elegido hereda una economía en graves apuros. Y si bien es difícil centrarse en cosas así después del intento de golpe de Estado trumpista de la semana pasada, mucho depende de que el plan de Joe Biden para afrontar nuestras calamidades económicas sea eficaz.

El estrecho margen demócrata en el Congreso supone que los objetivos progresistas más ambiciosos deberán quedar en suspenso. Pero el paquete de rescate que Biden hizo público el jueves ya es una señal de que el nuevo presidente no hará gala de la excesiva cautela que inhibió la respuesta del presidente Barack Obama a la crisis económica.

Aun así, por si algunos miembros del equipo de Biden se sienten precavidos, permítanme ofrecer cuatro reglas, basadas en la dura experiencia, que deberían animarlos a atacar con valentía el caos en el que nos hallamos.

Regla n.º 1: No duden del poder del Gobierno para ayudar. La última vez que los demócratas llegaron a la Casa Blanca, se encontraban aún en una especie de vergüenza reflexiva, a medio camino de aceptar el dogma conservador de que el Estado siempre hace más daño que bien. Pero todo lo ocurrido desde 2009 nos dice que el gasto público puede ser enormemente beneficioso.

¿Se acuerdan de cómo los republicanos denunciaban el plan sanitario de Obama, llegando algunos incluso a compararlo con la esclavitud? Pues resulta que, a pesar de sus defectos, la Ley de Asistencia Sanitaria Asequible (ACA por sus siglas en inglés) ha impulsado un descenso drástico del número de estadounidenses sin cobertura sanitaria, y ha dado a muchas personas una nueva sensación de seguridad al saber que no podrán negarles el seguro por padecer afecciones médicas preexistentes. Los intentos republicanos de revocar la ley han sido una de las razones principales por las que ahora los demócratas controlan el Congreso.

Más recientemente, la Ley CARES (ley de ayuda, alivio y seguridad económica contra el coronavirus), que proporcionó ayuda a las empresas, amplió las prestaciones por desempleo, envió cheques a la población, etcétera, alivió enormemente los daños causados por la pandemia; es posible incluso que mientras la ley estaba plenamente vigente la pobreza disminuyese.

Biden propone que se apruebe otro gran paquete de ayudas, que incluye una nueva iniciativa para reducir la pobreza infantil, y es posible que pronto tome medidas para que la ACA amplíe sus coberturas y atienda a un número mayor de ciudadanos. Debería presionar fuertemente en ambos frentes: la experiencia reciente demuestra que un gasto público inteligente puede mejorar mucho la vida de los estadounidenses.

Regla n.º 2: No se obsesionen por la deuda. Las advertencias constantes acerca de los peligros del endeudamiento público coartaron casi desde el principio el programa de Obama. Biden no debería permitir que eso ocurra de nuevo.

El hecho es que las funestas predicciones de los cascarrabias del déficit nunca se materializaron, y ahora el consenso extendido entre los economistas es que la deuda es un problema mucho menor de lo que la creencia general afirmaba. Entre otras cosas, aunque el nivel de endeudamiento federal pueda parecer elevado, los bajos tipos de interés hacen que la carga que supone el pago de esa deuda sea de hecho muy baja según baremos históricos. Ah, y no debería darse crédito a lo que todos sabemos que va a llegar: una supuesta preocupación por el déficit por parte de los republicanos, que clamaban contra la deuda durante el mandato de Obama, y después, durante el de Donald Trump, impusieron una rebaja de impuestos enorme y sin respaldo económico.

Regla n.º 3: No se preocupen por la inflación. Las constantes advertencias sobre la subida disparada de precios, combinadas con las afirmaciones falsas de que el Gobierno está ocultando la tasa de inflación verdadera (no, este tipo de cosas no empezó con Trump) caracterizaron también los años de Obama; pero la inflación nunca despegó. No obstante, los sospechosos de rigor están redoblando esfuerzos para volver a intentarlo.

De modo que este es un buen momento para hacer hincapié en una lección clave aprendida durante los años de Trump: podemos soportar una economía “caliente”, con desempleo bajo y grandes déficits presupuestarios, sin que la inflación se desate. Y Biden debería hacer todo lo posible para que la economía estadounidense vuelva a calentarse. Pero sin esperar ayuda alguna del partido de la oposición.

Regla n.º 4: No cuenten con la ayuda de los republicanos para gobernar. El pecado original de la política económica de Obama fue el flojo estímulo de 2009. La Ley de Recuperación y Reinversión Estadounidense ayudó a estabilizar la economía, pero se quedó muy corta, teniendo en cuenta la profundidad de la crisis. Y esto no lo digo a toro pasado: algunos ya nos tirábamos de los pelos públicamente en aquel momento.

Una de las razones por las que el plan se quedó tan corto fue que Obama intentó obtener el apoyo de ambos partidos, en lugar de usar la reconciliación para sacarlo adelante con los votos demócratas (que es como los republicanos aprobaron la rebaja de impuestos de 2017). Pero ese apoyo no llegó nunca; por el contrario, una recuperación lenta ayudó al Partido Republicano a hacerse con la Cámara en 2010, abonando el terreno para años de sabotaje político.

Biden no debe cometer el mismo error. Está bien que espere unos días para dar a algunos republicanos la oportunidad de subirse al carro, pero no puede dejar que el intento de alcanzar un apoyo bipartidista lleve a políticas descafeinadas.

Lo triste es que Biden no puede esperar ninguna ayuda significativa para gobernar por parte del Partido Republicano actual, un partido que en su mayor parte se ha pasado dos meses rechazando unos resultados electorales bien claros, y con muchos congresistas que todavía votan para que se rechacen los votos electorales incluso después de que una turba saquease el Capitolio. Y no debería dejar que la falta de apoyo bipartidista arruine su programa político. A los votantes no les importa el proceso; les importan los resultados.

Resumiendo todo esto, el mensaje es “al cuerno con los torpedos, adelante a toda máquina”. No se debería permitir que una ideología caduca, las falsas preocupaciones económicas, o la vana esperanza de cortesía se interpongan en la aplicación de las políticas que Estados Unidos necesita.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2021. Traducción de News Clips

Ordenamiento monetario: Resolver las deformaciones pero sin perjudicar la justicia social (+ Podcast)

 Por: Oscar Figueredo Reinaldo, Edilberto Carmona Tamayo, Lissett Izquierdo Ferrer, Cubadebate

El podcast de Cubadebate se graba en el estudio de Nexos Radio en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Foto: Lissett Izquierdo Ferrer/ Cubadebate.

El podcast de Cubadebate aborda hoy el ordenamiento monetario que comenzó este primero de enero en el país y que ha puesto a sacar cuentas a la familia cubana. Nuevos precios, una tasa de cambio única para actores económicos y población y una modificación en la manera en que se distribuyen los ingresos. Así amaneció Cuba este año.

Hemos invitado a dos periodistas cubanos:

  • Ricardo Ronquillo Bello, presidente de la Unión de Periodistas de Cuba.
  • Raúl Menchaca, periodista de Radio Reloj especializado en temas económicos.

Escucha aquí el podcast


—Ronquillo, hace unos días escribías un artículo en el que decías que esta es una reforma tan desafiante y peligrosa como prometedora, ¿por qué?

Ricardo Ronquillo: Hemos hablado mucho de las medidas prácticas de la reforma, lo que llamo las tres R: Reforma monetaria, cambiaria y salarial. Diría que es desafiante porque estamos asistiendo, aunque no se haya dicho, a la concepción tal vez de un nuevo contrato social en la Revolución. Hemos hablado mucho a lo largo de la historia de los famosos contratos sociales como el de Rousseau, el filósofo francés. Creo que la Revolución inauguró en Cuba un nuevo contrato social, una nueva manera de relacionarse el pueblo con la política, con la economía y con las instituciones, y la reforma monetaria, cambiaria y salarial nos está conduciendo a la concepción de un nuevo contrato social.

Habíamos tenido reglas con las cuales había funcionado el proyecto de justicia social y la independencia nacional de la Revolución. Ahora las reglas esenciales se mantienen, la concepción de justicia social de la Revolución; pero a veces nosotros llegamos a interpretar determinadas cosas que no parecían que tenían que ver con la justicia social, por ejemplo, determinados subsidios, gratuidades y beneficios sociales que disfrutó el pueblo cubano a lo largo de muchos años y que eran vistos como parte del sistema de justicia social de la Revolución.

Tendríamos que vivir muchos años de una complejidad económica, de agresividad, de acoso económico y deformaciones de distinto tipo en el ámbito económico y social, para llegar a entender de que algunas cosas que nosotros en algún momento interpretamos como concepciones de la justicia social de la Revolución, en realidad eran deformaciones que nos estaban creando determinados problemas. A veces problemas muy graves que condicionaban, por ejemplo, falta de amor al trabajo, de interés por el trabajo y otras cosas que son la consecuencia de esas deformaciones que en algún momento nos parecieron, como te decía, concepciones que formaban parte de la justicia social de la Revolución.

Ahora el gran desafío está en que efectivamente resolvamos esas deformaciones pero sin perjudicar el concepto de justicia social de la Revolución. Porque uno de los peligros que corremos es que tratando de ajustar la sociedad cubana, tratando de resolver sus deformaciones, conduzcamos a la sociedad cubana a una condición o a un mecanismo de funcionamiento que condicionen injusticias sociales, y que aquella idea tan bien defendida desde inicio de la Revolución de que esta es la Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes no se quede en el camino. Que no sufra las consecuencias de una transformación que, en realidad, lo que está buscando es resolver las deformaciones y generar, resueltas esas deformaciones, una cantidad de riqueza que, lamentablemente con esas deformaciones, nunca íbamos a producir. ¡Fíjate qué contradictorio todo eso!

Raúl Menchaca: Yo creo que precisamente por eso es desafiante, porque nos estamos jugando el futuro, a partir de lo que tú planteabas (Ronquillo) de un nuevo contrato social que si no se logra se va a fracturar lo que sería el pilar fundamental de esta sociedad, que ha sido la unidad, la unidad revolucionaria que nos ha traído hasta aquí.

Lo que está en juego en esta reforma económica va más allá de la economía. En esta reforma está en juego el futuro de la Patria.

—Hemos visto en estos días un fenómeno que, según mi abuela, hace muchos años no se deba, que en las familias todos saquen cuentas al perder muchos servicios y productos los subsidios y, a la vez, se exija por la calidad de los que se consume. ¿Qué consideras de este fenómeno?

Raúl Menchaca: Vamos a poner un poco en contexto el proceso de ordenamiento económico. Creo que esta es la transformación más profunda que ha sufrido la economía cubana en el último medio siglo. Recordemos que en el 68 se desarrolló un procesos que se llamó “ofensiva revolucionaria” donde se estatizó casi toda la economía cubana; después a finales de los 90 e inicio del 2000 retomamos el trabajo por cuenta propia, y ahora viene esta transformación que va mucho más allá de lo económico.

Es una transformación profundamente económica pero que tiene una resonancia, que tiene un eco en toda la sociedad. Antes el pan valía un medio y la gente decía “un medio más un medio menos” y no se echaba a ver, incluso había quien lo cogía para alimentar a los cerdos; pero hoy ya la cosa cambia, hoy ya el pan ha multiplicado su precio varias veces, de cinco centavos subió a un peso, y eso es un crecimiento exponencial y la gente ahora demanda la calidad de ese pan porque lo tiene que pagar más caro.

Me refiero al pan porque es el ejemplo más manido y el que tenemos más a mano, “el pan nuestro de cada día”, pero es un fenómeno que no es de ahora; un fenómeno que teníamos que haber resuelto mucho antes y que por determinadas razones, que no vamos a entrar a discutir ahora, no se resolvieron, pero que ahora sí es imprescindible resolver. Porque si le vamos a vender a la gente productos y servicios más caros, estos tienen que tener la calidad que representa ese nuevo precio.

Ricardo Ronquillo: A veces recuerdo, en alguna columna de opinión, una idea que me dijo un padre jesuita en Santiago de Cuba durante mis años universitarios. El padre jesuita me decía que la Revolución nos había enseñado a dar por justicia lo que antes se daba por caridad; pero a veces las cosas tuvieron un precio tal en nuestra sociedad y fueron producidas bajo unas concepciones tales, que parecía a veces que determinadas cosas alguien no las daba por caridad y no por un derecho y por una concepción de justicia de la Revolución.

Así nos pasó con muchas cosas. Él hablaba (Menchaca), por ejemplo, el tema de la calidad del pan que está en el hit parade. Hemos visto la renuncia en masa de las personas a comprar el pan ahora. No pocos de nosotros hemos perdido la noción del verdadero valor de las cosas. El verdadero valor de las cosas no sólo para producirlas, sino también a la hora de tenerlas como un derecho.

La reforma también nos ayuda a reconfigurar esa concepción del valor de las cosas que no pocas veces se deformó en nosotros, o sea, no solo para producirlas, sino a la hora de recibirlas, o como un bien que se nos da como un servicio —no pocas veces gratuito— o recibirla por su justo valor, por el que tendría en el mercado. Creo que es un desafío a la vez que una oportunidad del proceso de reforma tan profundo que estamos viviendo.

Ricardo Ronquillo en El podcast de Cubadebate. Foto: Lissett Izquierdo Ferrer/ Cubadebate.

—Algunos gobiernos locales han establecido precios máximos aprobados, quizás sin tener en cuenta los reales costos de producción. ¿Trasladar la ineficiencia de empresas a los precios será el camino más fácil?

Ricardo Ronquillo: Con la ofensiva revolucionaria el país perdió una concepción de la conformación de los precios porque, ­entre otras cosas, dejó de existir en Cuba la famosa burguesía comercial. Cuando quisimos rescatar a partir de la reforma de la economía de los años 90 del siglo pasado, y hemos ido tratando de reformar la economía cubana hasta llegar a este proceso, por el medio se perdió una cultura empresarial del mundo público y privado que ahora estamos pagando.

Una de las consecuencias de esa ruptura es que los que llegaron al sector privado de Cuba, desde la década del 90 hasta ahora, llegaron con la idea de que usted abría hoy una cafetería y mañana ya tenía que ser rico. El pequeño propietario que existió en Cuba antes del triunfo de la Revolución y en los primeros años de esta, había ido acumulando su riqueza poco a poco y los márgenes de ganancias a veces eran muy pequeños, pero como no había mucho empleo había que sobrevivir. Existían una serie de condicionamientos sociales y económicos que obligaban a mantener el negocio en esas condiciones, además no se tenía una cultura de enriquecimiento a toda costa, más bien de supervivencia a todo costo. Luego viene la etapa de economía socialista que hizo que se perdiera esa cultura. Un mundo empresarial donde se desdibujaron los costos y precios; donde no pocas veces desaparecieron los aparatos de contabilidad y de análisis de las empresas; se produjo un debate profundísimo sobre cómo llevar la economía, si de manera presupuestada o de otra manera. Después vendría la trilogía de monedas, incluso hubo momentos en que llegamos a tener cuatro: CUP, CUC, CUC con respaldo en divisa y el dólar. Esto llevó a conformar una mentalidad económica en la cual casi no sabíamos el costo de nada.

Lo primero que hay que hacer ahora es restablecer, poco a poco, una cultura económica, de la contabilidad. Porque un mundo empresarial público, que a lo largo de muchos años estuvo muy centralizado, con decisiones que venían desde arriba hasta el nivel del timbiriche que estaba en el municipio, de momento empieza a tener atribuciones en un contexto en el que se incrementan los precios de todo: el costo de la vida crece y también el de los servicios a veces escandalosamente. Frente a eso, cuál será la primera reacción de alguien que comienza a tener atribuciones que antes no tenía? Una de las primeras tentaciones puede ser cubrir lo que le cuesta todo lo que le rodea, poniéndole precios mayores a los productos. Esa es una tentación que hay que cortar de raíz porque sería una deformación más grande que la que teníamos anteriormente.

El periodista cubano Raúl Menchaca en El podcast de Cubadebate. Foto: Lissett Izquierdo Ferrer/ Cubadebate.

—Las realidades que provoca el ordenamiento monetario conducen a la necesidad de trabajar. A su juicio, ¿tiene el sector estatal la capacidad de absorber el incremento en la demanda de empleo, cuando por otro lado se habla de aumentar la eficiencia en ese sector?

Raúl Menchaca: Según las últimas cifras que conocí, hasta el 6 de enero se habían presentado buscando empleo en las oficinas de Trabajo y Seguridad Social, unas 11 000 personas, de ellas 6 000 aceptaron la oferta del Estado. Se trata de una reacción social ante la imperiosa necesidad de asumir empleo para tener los ingresos para sobrevivir. El peligro grande lo veo en que en algún momento se habló de eliminar las plantillas infladas en el gigantesco aparato estatal que teníamos, especialmente en el sector presupuestado. Este sector, por lo general, no genera riquezas. Por eso pienso que un peligro grande es que se rellenen esas plantillas. Considero que hay que redirigir a esas personas que buscan empleo hacia el sector productivo encargado de generar las riquezas que se pueden repartir en un futuro. Porque hoy lo que estamos haciendo es “re-repartiendo” (y que me disculpe la Academia Cubana de la Lengua) riquezas que teníamos hasta hace un momento. Y hay que crear riquezas y estas solo se generan en el sector productivo, por eso debe ser el sector que debe apuntar el crecimiento del empleo en estos próximos meses.

—Algunas personas estimaron un incremento salarial mucho más alto, sin embargo —como aclaró el Gobierno—, no se han creado nuevas riquezas, de ahí que la redistribución se esté realizando sobre la riqueza ya creada, ¿acaso la unificación monetaria y cambiaria es la varita mágica para solucionar los problemas de la economía?

Ricardo Ronquillo: Es lógico que la gente esté insatisfecha, porque la reforma monetaria, cambiaria y salarial no va a resolver los problemas de la familia cubana ni de los trabajadores después de tantos años de deformaciones salariales y de otra naturaleza. Se supone que la reforma es el primer paso en un camino para tratar de resolver esas deformaciones y que, al menos, todos quedemos en una posición no peor de la que estábamos antes. Ahí es donde está la discusión más importante de ahora, una percepción social que creo hay que atajar: algunos consideran que con la reforma monetaria y cambiara van a quedar en peor situación. Si esta es una primera impresión social que va a dejar este proceso, no sería bueno, porque los arquitectos de esta transformación plantearon los escenarios para una mejoría, para comenzar a enderezar la pirámide. Si la sensación que va a dejar la reforma es que vamos a estar en peor situación, no sería el resultado que se espera de los primeros momentos de la reforma. Por eso la política planteada por el Gobierno de corregir todo lo que haya que corregir, atender y escuchar, es la política correcta. Porque los arquitectos de esta transformación se plantearon un escenario, pero era el ideal, en el que ellos consideraron distintas variantes, y no siempre las variantes que se evalúan a la hora de plantearse un proyecto, después la vida real puede, de alguna manera, trastocar algunos de los componentes que usted consideró para esa transformación.

En estos momentos todo el mundo está haciendo sus ajustes, cuentas y evaluaciones, midiendo el nuevo salario con lo que le costará los productos. Lo que sí sería grave es que desde este instante la sensación social es que voy para peor, y no debería ser porque no era el fin del proyecto. Ir al ideal está lejos todavía, y para construir ese ideal vamos a tener que hacer mucho esfuerzo. Por otra parte, no podemos olvidar que en un ajuste todos vamos a tener que pagar una cuota. Se supone que no haya grandes perdedores, porque la vocación de justicia social de la Revolución no puede estar en juego en la reforma. Tal y como ha planteado la dirección del país, aquí no pueden haber desamparados. En el comentario publicado recientemente en Cubadebate, comenté que me había encontrado en un municipio del país una familia de tres personas y solo una tiene un ingreso de una jubilación que es muy pequeño, por tanto iban a estar en una situación de vulnerabilidad. De ahí la importancia de esa proyección que hizo la dirección del país de revisar barrio por barrio, que parece que en algunos no se hizo como se debió. Por ejemplo, escuché en una reunión del Consejo de Defensa de La Habana que se ha orientado hacer una nueva revisión de los vulnerables socialmente. Creo que hay que tener una gran sensibilidad, porque esta no es cualquier medida; es una medida muy compleja, nos estamos jugando muchas cosas y lo único que no puede pasar es que la injusticia que trató de borrar de la faz de Cuba la Revolución, regrese ahora por una medida de ajuste de la Revolución para tratar de resolver deformaciones de nuestra economía. No se están tomando solamente medidas técnicas, hay que tener mucha sensibilidad política. El Che siempre decía que las medidas técnicas no bastan, y en una Revolución como la cubana más todavía. Las medidas técnicas son importantes, pero estas solas no alcanzan, no por gusto Fidel fue un defensor de esa idea. Se trataba de no ser economicista, sino de hacer economía política. La economía tiene que ser pensada para que ofrezca resultados políticos. En el caso de Cuba tienen que ser resultados que apunten a la protección de la justicia social, la gran bandera política de la Revolución cubana que no podemos poner en juego en medio de la reforma monetaria y cambiara.

Raúl Menchaca: Los arquitectos de estas medidas han insistido en que no se trata de un ajuste neoliberal, porque precisamente están intentando darle un enfoque más humanista y social. A uno de esos arquitectos le pregunté en diciembre si había condiciones y su respuesta fue que nunca las habría, ni nadie asegura que en el futuro inmediato las haya. Lo que se está haciendo es crear nuestras propias condiciones, no podemos esperar a que se creen por generación espontánea. La idea es crear condiciones para que las empresas funcionen como debe ser. Recordemos que al final esto es una devaluación, que antes había ocurrido en el sector de las personas naturales que ya operaban con los CUC a 1x24, mientras que las empresas lo hacían a 1x1. Ahora se busca poner a todos en similares condiciones.

Considero que el ordenamiento sí tiene que tener por detrás, como se ha hecho hasta ahora —o al menos ha sido la voluntad expresada por el Gobierno—, un enfoque social. Puede haber existido distorsiones por el camino, pero la reforma apenas lleva 14 días de marcha. Todavía las personas no han podido cobrar su salario íntegro (por los 1 000 pesos de adelanto, las fiestas de fin de año), ha sido un momento atípico para aplicar esta reforma. Además, todos los procesos económicos no son inmediatos, requieren un tiempo de maduración. Lo que sí debemos tener en cuenta, como han dicho las autoridades, es la necesidad de ir por el camino modelando lo que va pasando.

Ricardo Ronquillo: Quisiera recordar algo dicho por Graziella Pogolotti, que me parece importante desde el punto de vista político en medio de toda esta situación. Graziella apunta —y coincido con ella— que la gran contienda de la contemporaneidad se está dando entre la tecnocracia y el humanismo. No es negar a los técnicos. Lo tecnocrático sería olvidarse del ser humano. El humanismo es poner al ser humano en el centro de las decisiones. La Revolución cubana está desafiada a tomar adecuadas y sabias medidas técnicas, que a la vez estén perfectamente conectadas con su vocación humanista.

Desde el estudio de Nexos Radio en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, El podcast de Cubadebate. Foto: Lissett Izquierdo Ferrer/ Cubadebate.

Continúa actividad turística en Cuba con seguridad y protección frente a la COVID-19

 

 

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La Habana, 15 ene (ACN) La actividad turística continúa prestando sus servicios en Cuba, bajo la premisa de la protección de la salud tanto de trabajadores como de visitantes foráneos, que arriben a todas las instalaciones hoteleras del país.

Así lo dio a conocer hoy el ministerio cubano de Turismo (Mintur) en su perfil oficial en Twitter, donde la entidad aclaró que el sector del ocio prestará servicios a nivel nacional bajo los estrictos protocolos de higiene establecidos por el Ministerio de Salud Pública.

“La actividad turística continúa en el país a pesar de las regulaciones en los diferentes territorios. Se garantiza la seguridad de clientes y trabajadores con la implementación de estrictos protocolos de higiene y seguridad. #CubaTuDestinoSeguro #CubaTravel”, tuiteó el Mintur.

Desde la reapertura del turismo internacional y el reinicio de operaciones en el Aeropuerto internacional José Martí de esta capital el pasado 1 de diciembre, Salud Pública instituyó la Certificación Turismo más Higiénico y Seguro, otorgada a las instalaciones y servicios turísticos que garanticen la seguridad de trabajadores y clientes en esta nueva etapa de enfrentamiento a la pandemia.

A pesar de las restricciones impuestas por la COVID-19, la cual ha traído consigo la consiguiente disminución de visitantes internacionales y el desarrollo del turismo a nivel mundial, la mayor de las Antillas se consolida como un destino seguro para los visitantes extranjeros.

Al respecto, la Organización Mundial del Turismo estimó que las llegadas de turistas internacionales a nivel global disminuyeron entre un 58% y un 78% en el 2020 debido a la pandemia.

Biden anuncia un plan de ayudas de 1,9 billones de dólares para combatir la crisis

El presidente electo de EE UU promete cheques de 1.400 dólares para apuntalar la economía de las familias y los trabajadores


El presidente electo de EE UU, Joe Biden, durante su anuncio de este jueves en Wilmington (Delaware). En vídeo, las declaraciones del presidente electo sobre sus primeras medias.(EFE)


El presidente electo de Estados Unidos, Joe Biden, ha anunciado este jueves un paquete de estímulos por valor de 1,9 billones de dólares para combatir la emergencia sanitaria y alejar el riesgo de la recesión. El esperado mensaje a la nación cuyo contenido, difundido a la prensa horas antes, había proporcionado cierto brío a la actividad de la Bolsa.

El anuncio se interpreta como un golpe de timón en la respuesta a la crisis del coronavirus, en la que EE UU afronta los días más crudos de la pandemia con 385.000 muertos, y a la vez como el programa integral que los demócratas venían reclamando durante meses, a solo seis días de que Biden tome posesión de la presidencia.

El plan se compone de varias partidas, una de ellas de 400.000 millones para combatir directamente la pandemia, con medidas básicas como acelerar la distribución de la vacuna y reabrir las escuelas durante sus primeros 100 días de Gobierno, en los que el veterano político espera puedan ser vacunados 100 millones de estadounidenses. Otros 350.000 millones se destinarán a ayudar a los Gobiernos estatales y locales para salvar los déficits presupuestarios. Pero la parte del león de este gran paquete de estímulos enfoca a los trabajadores y las familias, con un billón en ayudas consistentes en cheques directos por valor de 1.400 dólares (más del doble que los 600 dólares aprobados en el último programa de ayuda del Congreso), subsidios de desempleo más generosos, cien dólares más a la semana con ampliación hasta septiembre; bajas remuneradas para trabajadores que enfermen de la covid-19 y subsidios más amplios para cuidar a los hijos. Otros 440.000 millones se destinarán a apoyar a las pequeñas y medianas empresas y a comunidades especialmente afectadas por la pandemia.

Como soporte complementario para estimular la recuperación económica, el 46º presidente de EEUU prometió la creación de “millones de empleos” en la industria. “Imaginad el futuro: ‘hecho en América’; ‘enteramente fabricado en América y por [trabajadores] americanos”, apuntó, señalando que el dinero de los contribuyentes se empleará en reconstruir el país. “Compraremos productos americanos, sosteniendo millones de empleos en la industria de EEUU”, dijo, en un remedo del nacionalismo económico de Trump que Biden ya planteó durante la campaña electoral.

“No es difícil ver que nos hallamos en medio de una crisis económica como las que solo afectan a una entre muchas generaciones, con una crisis de salud pública en paralelo. No nos podemos permitir seguir de brazos cruzados”, dijo Biden, en una alocución televisada inusualmente larga en la que no escatimó críticas a la inacción de la Administración saliente y a “el fracaso” en la distribución de la vacuna. “Los beneficios [del plan] superarán con creces su coste”, prometió.

Con su mensaje, Biden marca la agenda política y económica frente al coronavirus, el asunto que concita todos sus desvelos, incluso antes de llegar a la Casa Blanca. Pero el panorama político, dominado por el segundo impeachment contra Donald Trump, y el reñido reparto de escaños en el Senado, que deberá aprobar un plan tan costoso como este, alumbran ciertas sombras sobre su viabilidad inmediata, según el diario The New York Times. No obstante, el presidente electo se mostró confiado en que el paquete se tramitará sin demora por los procedimientos del juicio político a Trump.

jueves, 14 de enero de 2021

Ordenamiento monetario: Precisiones sobre los precios (+ Video)

14 enero 2021 , Cubadebate

Uno de los temas más comentados tras el inicio del proceso de ordenamiento monetario en el país, es sin duda alguna el tema de los precios. Para analizar su comportamiento luego del día cero, las facultades para su aprobación y el enfrentamiento a las violaciones de precios, comparecen en la Mesa Redonda la ministra de Finanzas y Precios, Meisi Bolaños Weiss, y otros directivos de ese organismo.

En video, Mesa Redonda

Meisi Bolaños: Es válido reconocer el papel que está desempeñando la población

Al  intervenir en el espacio televisivo, Meisi Bolaños Weiss, ministra de Finanzas y Precios, agradeció a la población la confianza que ha tenido en las instituciones, administraciones, en el propio Ministerio de Finanzas y otros que en su actividad están vinculados con el tema de los precios, como los ministerios de Comercio Interior y de Transporte.

“Nos han hecho llegar muchas sugerencias, alertas de aspectos a revisar, que son muy útiles y se agradecen mucho”, dijo.

“Hacíamos un cómputo sobre lo qué ha pasado en los primeros 13 días de enero, en términos de comunicación de la población con el MFP, y solo en este tema de precios –pues también se reciben consultas en tema de ingresos, impuestos, contabilidad– hemos recibido 497 comunicaciones y 419 consultas, así como 78 denuncias directas. Es decir, la población ha llamado para alertar y denunciar dónde se está abusando o alterando precios y no se está cumpliendo con lo establecido”.

De inmediato, junto con los grupos de enfrentamiento provincial, “damos curso a estas denuncias hacia los Gobiernos provinciales y municipales, y muchas las gestionamos desde el propio ministerio. Es válido reconocer el papel que está desempeñando la población cubana en general, para que la implementación del ordenamiento monetario y financiero y las políticas que en materia de precios el país se ha trazado, se implementen correctamente”, destacó.

Añadió que al Ministerio de Finanzas y Precios también están escribiendo desde el sistema empresarial, más allá de los intercambios, despachos y seminarios que se han efectuado. “Estamos ante una transformación con el ordenamiento monetario y financiero, que es parte de la implementación de los lineamientos del sexto y séptimo congresos del Partido y de la estrategia económica y social del país.

“No podemos ver por separado las medidas aprobadas en 2020 para impulsar la economía en difíciles circunstancias, que hoy se mantienen e incluso se reiteran a partir de la situación epidemiológica actual por la pandemia de la COVID-19”, comentó.

¿Cómo impacta de devaluación en la formación de precios?

La estrategia económica, desde el diseño, tuvo en cuenta la crisis económica mundial por la que se está transitando y a la que Cuba no es ajena. “Es una transformación que viene dada porque, en primer lugar, se ha producido una devaluación del peso que lleva a un incremento de los costos, no solo a nivel doméstico sino en la economía a nivel macro.

“Por tanto, si antes, debido a la dualidad monetaria y cambiaria, un dólar de importación era igual a un peso cubano en los resultados económicos y financieros de una empresa, ahora cada vez que importemos un dólar son 24 pesos cubanos. Ello incrementa los costos y la continuidad que van teniendo estos en los valores de los principales productos y servicios que mantienen el funcionamiento, el desarrollo de la economía y la generación de bienes y servicios para la sociedad”.

Unido a eso –explicó–, aún con ese incremento o el efecto de la devaluación, también el ordenamiento monetario y financiero concibió aplicar una reforma integral de salarios que permitiera, en primera instancia, no solo asumir el incremento general de esos costos, sino dar cumplimento a otro de los lineamientos: ir eliminando subsidios excesivos y gratuidades indebidas, aunque manteniendo las conquistas de la Revolución consagradas en la carta magna.

“Hoy, todos los cubanos, en medio de este proceso en el que nos estamos adaptando y ajustando a los nuevos precios, revisándolos e incluso en desacuerdo con algunos de ellos, dormimos tranquilos porque la atención médica y la educación, pese a la pandemia, están garantizadas”, destacó.

Ante esta reforma general de salarios –continuó la ministra–, deben incrementarse también los costos, porque hay que pagar el salario de los trabajadores. Tal como han explicado ya otras autoridades competentes, uno de los objetivos primordiales que tiene esta gran transformación en la vida económica del país es precisamente estimular el trabajo.

“Buscar que las personas se sientan estimuladas para trabajar, porque es de su trabajo de donde podrán generar la fuente principal de los ingresos para solventar sus principales gastos de vida y necesidades, y los de su familia”, afirmó.

“Estamos hablando de madres y padres que tienen hijos pero también familiares de la tercera edad que dependen de ellos, y a los cuales tenemos la responsabilidad de ayudar, no solo socialmente, sino también en sus gastos económicos”.

El proceso de devaluación, la reforma integral de salarios y una corrección de precios mayoristas y minoristas hacen que se produzca una transformación importante y, sobre todo, un incremento de precios de un grupo de productos y servicios.

Bolaños Weiss recordó que en 1978 fue aprobado el Decreto 28, consistente en una reforma general de precios, a partir de lo analizado y adoptado en el primer congreso del PCC. “Fue una reforma fundamentalmente en los precios mayoristas, en los sectores de la construcción y agropecuario”

Cómo puede Biden restaurar el multilateralismo unilateralmente


NUEVA YORK – Hay mucho para celebrar en este inicio de un nuevo año. El arribo de vacunas seguras y eficaces contra la COVID‑19 nos permite ver una luz al final del túnel de la pandemia (aunque los próximos meses serán terribles). Y sobre todo, el mentiroso, incompetente y mezquino presidente estadounidense será reemplazado por su total opuesto: un hombre de decencia, honestidad y profesionalismo.

Pero no hay que hacerse ilusiones respecto de la situación que hallará el presidente electo Joe Biden tras asumir el cargo. Habrá profundas cicatrices de la presidencia de Trump, y de una pandemia que la administración saliente no se esforzó en combatir. El trauma económico no sanará de un día para el otro, y si en este momento crítico de necesidad no se implementan medidas de apoyo integrales (que incluyan entre los destinatarios a los agobiados gobiernos de estados y municipales) el sufrimiento será prolongado.

Por supuesto, los viejos aliados aplaudirán el regreso de un mundo en el que Estados Unidos defienda la democracia y los derechos humanos y coopere con otros países en la solución de problemas globales como las pandemias y el cambio climático. Pero también en esto, sería tonto fingir que el mundo no cambió en forma radical. Al fin y al cabo, Estados Unidos mostró que no es un aliado digno de confianza.

Es verdad que la Constitución de los Estados Unidos y las de sus cincuenta estados sobrevivieron y protegieron la democracia estadounidense de lo peor de los impulsos malignos de Trump. Pero el hecho de que 74 millones de estadounidenses hayan votado por otros cuatro años de este desgobierno grotesco provoca escalofríos. ¿Qué pasará con la próxima elección? ¿Por qué ha de confiar el mundo en un país que de aquí a cuatro años podría repudiar todo aquello que ahora defiende?

El mundo (y Estados Unidos) necesitan trascender el estrecho transaccionalismo de Trump. La única salida posible es un multilateralismo auténtico, donde el excepcionalismo estadounidense esté realmente subordinado a los valores e intereses comunes, a las instituciones internacionales y a una forma de legalidad internacional de la que Estados Unidos no esté exento. Esto supone para Estados Unidos un importante cambio, desde la vieja posición hegemónica a otra basada en la colaboración.

No sería la primera vez que suceda. Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se dio cuenta de que ceder una parte de su influencia a organismos internacionales (como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional) en realidad lo beneficiaba. El problema es que no hizo lo suficiente. John Maynard Keynes formuló la sabia propuesta de que se creara una moneda internacional (una idea que después se manifestó en los derechos especiales de giro –DEG– del FMI) pero Estados Unidos exigió poder de veto en esta institución y no le confirió todo el poder que necesitaba.

En cualquier caso, las posibilidades de Biden dependerán en buena medida del resultado de las segundas vueltas por dos escaños en el Senado que se celebrarán en Georgia el 5 de enero. Pero incluso sin un Senado dispuesto a colaborar, el presidente de los Estados Unidos tiene un enorme margen de acción en política exterior, de modo que hay muchas iniciativas que Biden puede emprender por cuenta propia desde el día de la asunción.

Una prioridad obvia es la recuperación después de la pandemia, que no será firme en ninguna parte hasta que sea firme en todas. Esta vez no podemos contar con que China motorice la demanda global tanto como lo hizo después de la crisis financiera de 2008. Además, las economías emergentes y en desarrollo carecen de recursos para implementar programas de estímulo a gran escala como los que Estados Unidos y Europa han provisto a sus economías. Lo que se necesita, como señaló la directora gerente del FMI Kristalina Georgieva, es una emisión masiva de DEG. Para emitir de inmediato unos 500 000 millones de dólares en esta «moneda» mundial, sólo haría falta la aprobación de la secretaria del Tesoro de los Estados Unidos.

La administración Trump se opuso a una emisión de DEG, pero Biden puede darle luz verde y al mismo tiempo acompañar las propuestas de congresistas que quieren ampliar considerablemente el volumen de la emisión. A continuación, Estados Unidos puede hacer lo mismo que los otros países ricos que ya acordaron donar o prestar su dotación de DEG a los países que la necesiten.

La administración Biden también puede impulsar la reestructuración de deudas soberanas. Varias economías emergentes y en desarrollo ya enfrentan crisis de deuda, y es posible que pronto se sumen muchas más. Hoy, una reestructuración global de deudas interesa a Estados Unidos mucho más que nunca.

Durante los últimos cuatro años, la administración Trump ignoró la ciencia básica y el Estado de Derecho. De modo que también es prioritario restaurar el marco normativo de la Ilustración. La legalidad internacional, no menos que la ciencia, es tan importante para la prosperidad de Estados Unidos como para el funcionamiento de la economía mundial.

En lo referido al comercio internacional, la Organización Mundial del Comercio ofrece una base para la reconstrucción. Ahora mismo, la política del poder y la ideología neoliberal tienen excesiva influencia sobre el orden supervisado por la OMC, pero eso puede cambiar. Hay cada vez más apoyo a la candidatura de Ngozi Okonjo‑Iweala (prestigiosa ex ministra de finanzas de Nigeria y ex vicepresidenta del Banco Mundial) para el puesto de directora general de la OMC. Lo único que impidió su designación hasta ahora fue la administración Trump.

Ningún sistema de comercio puede funcionar sin un método para resolver disputas. Al negarse a aprobar la designación de nuevos jueces para el mecanismo de resolución de la OMC en reemplazo de los retirados, la administración Trump dejó a la institución sin quorum y paralizada. Pero aunque Trump se empeñó en debilitar las instituciones internacionales y el Estado de Derecho, también posibilitó sin querer una mejora de la política comercial de Estados Unidos.

Por ejemplo, la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte con México y Canadá eliminó la mayoría de las cláusulas sobre inversiones que se habían vuelto uno de los aspectos más nocivos de las relaciones económicas internacionales. Y ahora, el representante de comercio del gobierno de Trump, Robert Lighthizer, está usando el tiempo que le queda en el cargo para pedir sanciones «antidumping» contra países que favorezcan a sus empresas mediante el incumplimiento de normas mundiales sobre medioambiente. Considerando que yo hice una propuesta similar en mi libro de 2006 Cómo hacer que funcione la globalización, parece que ahora hay amplia base para un nuevo consenso bipartidario en materia de comercio.

La mayoría de las acciones que he descrito no dependen del Congreso, y pueden implementarse desde los primeros días de la presidencia de Biden. Ponerlas en práctica es un buen modo de reafirmar el compromiso de Estados Unidos con el multilateralismo y dejar atrás el desastre de los últimos cuatro años.

Traducción: Esteban Flamini

JOSEPH E. STIGLITZ, a Nobel laureate in economics and University Professor at Columbia University, is Chief Economist at the Roosevelt Institute and a former senior vice president and chief economist of the World Bank. His most recent book is People, Power, and Profits: Progressive Capitalism for an Age of Discontent.

Implementan nuevas medidas para velar por la calidad del pan de la canasta familiar

 

 

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Camagüey, 14 ene (ACN) El chequeo a las rutinas productivas de los centros de elaboración pertenecientes a la Cadena Cubana del Pan en la provincia de Camagüey por parte de sus directivos y especialistas, es una de las medidas implementadas en este territorio para velar por la calidad del demandado alimento.

Ante el descontento popular por las ineficiencias en cuanto a gramaje, sabor y precio, el directivo del referido organismo, Reinaldo García Cabrera, explicó a la prensa local que uno de las incidencias se relaciona con la materia prima empleada.

Tenemos inestabilidad en los indicadores necesarios para garantizar una correcta fabricación del producto, dijo, y a eso se suman otros factores subjetivos como los procederes de los panaderos en las factorías.

Al respecto comentó que con ese personal se está intercambiando panadería por panadería para crear una mayor conciencia respecto a cómo deben mejorar sus procederes.

En ocasiones hay falta de control y se violan los procesos productivos, pues introducen el pan en los hornos cuando aún no tiene el tiempo necesario de fermentación, agregó.

Esa incidencia se refleja directamente en el gramaje y la mala cocción con la cual posteriormente la población lo adquiere, tal como aseguró a la ACN la camagüeyana Teresa Reyes.

Aunque se observa una ligera mejoría respecto a los primeros días del año, la calidad del pan de la canasta familiar es deficiente aun, y tiene que mejorar, pues solo así se corresponderá con el precio actual, comentó.

Además, García Cabrera, aseguró que se ha insistido en el cumplimiento de todas las medidas higiénico-sanitarias en las panaderías y unidades donde se expende, sitios donde sus administradores deben velar por la estricta obligación del uso del nasobuco y otras medidas en la venta, tanto para trabajadores como para clientes.

Socialismo, revolución y democracia en Cuba, un debate necesario



La Tizza
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Jan 13 · 42 min read

Por Germán Sánchez Otero

Foto: Eliana Aponte, 2020

Palabras leídas por su autor durante la primera sesión del Ciclo–Taller: «Problemas y desafíos de la democracia socialista en Cuba hoy», desarrollada en el Instituto de Investigación Cultural (ICIC) «Juan Marinello», La Habana, 9 de diciembre de 2020. Ampliadas para su publicación.

I

¿Puede existir el socialismo sin democracia?

Es lógico que en este Taller aparezcan sucesos polémicos de los últimos días, asociados al tema central que nos reúne. Y como deseamos con humildad desde nuestro ejercicio de pensamiento ayudar a solventarlos, es menester abrir el lente. Por eso sugiero emplear un prisma analítico que permita apreciar los diversos problemas y desafíos que hoy viven a la vez nuestro pueblo, su proyecto socialista revolucionario, la República y la nación. En Cuba, de cierto modo, muchos nos sentimos marineros. Sabemos que cuando las aguas se encrespan, los buenos navegantes suelen ser más serenos y diestros, y actúan con mayor cohesión y solidaridad entre ellos. La razón es obvia: en tales momentos extremos, si cometen errores y no actúan de consuno el barco puede irse a la deriva, y hasta hundirse…

Hemos escuchado dos excelentes presentaciones. La de Juan Valdés Paz nos aporta un marco conceptual, difícil de obtener en una sola exposición. Ello ha sido posible porque él ha realizado una exhaustiva investigación durante varios años, cuyos novedosos resultados están en su obra «La evolución del poder en la Revolución Cubana».

Y recién Llanisca Lugo nos ha entregado un ramillete de ideas que incluye sensibles vivencias suyas en el barrio, y todo, creado por una joven revolucionaria erguida y de afilado juicio crítico.

Por mi parte, intentaré sumar otras opiniones iniciales.

Comienzo por asumir un concepto: la democracia socialista y el socialismo son equivalentes. En todo caso, si lo anterior pareciera excesivo, afirmo que la democracia inherente al socialismo es su atributo esencial. Por consiguiente, el primer problema a elucidar es cuál es esa democracia y por qué el socialismo no puede existir sin ella: es su oxígeno y fuente nutricia primordial.

El segundo tema, es la evolución histórica del concepto democracia, y de los procesos y sistemas democráticos: desde la antigua Grecia y el largo período liberal, en sus diferentes fases y expresiones, hasta los proyectos y ejecutorias de complexión socialista, iniciados en octubre de 1917.

El tercer acertijo, obliga a interpretar cuáles han sido las nociones y prácticas democráticas en la transición socialista cubana, las etapas o ciclos de su decurso, y de qué modos es posible enriquecer nuestro sistema democrático para que sea funcional al avance del proyecto socialista. Y, por añadidura, cómo reforzar su blindaje frente a quienes, con rostros de águila o sonrisas amables, buscan restaurar el capitalismo neocolonial en nuestro archipiélago y el formato democrático restringido y dependiente que le es sustancial. U otros, que adoptan posturas críticas a veces con razón y permeadas de sinceridad, aunque con la mira puesta en un proyecto republicano socialdemócrata.

Subrayo esta idea: la primera condición de la democracia socialista es la existencia de una nación soberana e independiente. En consecuencia, preservar ese estatus es prioridad absoluta del poder revolucionario. Y para hacerlo con éxito está obligado a garantizar una auténtica democracia, capaz de renovar una y otra vez a la Revolución y sus utopías. Porque las revoluciones para no apagarse, necesitan amanecer cada día.

Los debates en torno a la democracia, cobraron un significado especial en Cuba –y en casi todo el planeta– en el giro de las décadas ochenta y noventa del siglo pasado. ¿Por qué? Señalaré tres razones.

Una: la desintegración de la Unión Soviética y de los demás países europeos del llamado socialismo real, con sus enormes impactos en todo el orbe.

Dos: la instauración de regímenes liberales restringidos en nuestra región, sucedáneos de varias dictaduras suramericanas –Chile, Argentina, Brasil, Uruguay…–, luego de que estas derrotaran las rebeldías insurgentes y populares, pero a la vez debieron ceder ante diversas presiones y luchas sociales hasta que, pauta de Washington mediante, las oligarquías de esos países establecieron mecanismos de dominación sustentados en democracias representativas muy controladas, y generalizaron el modelo económico neoliberal.

Tres: desde los años ochenta crecía en Estados Unidos y en Europa una fuerza económica y política cuyos ideólogos y tanques pensantes sostenían que la democracia se había excedido en sus posibilidades y había que limitarla. Por ejemplo, Samuel Huntington y la Comisión Trilateral planteaban que era necesario ajustar las normas democráticas prevalecientes para evitar que el sistema se hiciese ingobernable. Era esa una expresión de la crisis en los países capitalistas centrales, que fue amortiguada durante algunos años al desaparecer sus antagonistas del Este.

Esos tres procesos coincidentes en el tiempo suscitaron en la América Latina y el Caribe un formidable cruce de ideas en el ámbito de las izquierdas. Sobre todo luego de desintegrarse como un castillo de arena la Unión Soviética y los demás países seudo socialistas europeos, entre 1989 y 1991. Las diversas interpretaciones y posturas que surgieron –muchas veces cargadas de estupefacción y frustraciones– provocaron en la izquierda regional divergencias crecientes. Y sobre todo, el peligro de una fragmentación que debilitara aún más sus fuerzas en tales realidades adversas. El único antídoto frente a ello era buscar el consenso y la unidad en la diversidad.

En esa encrucijada nace en 1990 el Foro de Sao Paulo, oportuna iniciativa de Fidel respaldada por Lula que deviene primera agrupación de todos los partidos de izquierda de un continente –y la única hasta hoy–. Un pacto con aceptables niveles de coherencia y también de divergencias, pero con una plataforma unitaria compartida contra el neoliberalismo y por la instauración de democracias participativas. Fue un detente bolivariano y martiano de aquel repentino tsunami que provino del Este europeo impulsado por vientos tóxicos del Norte.

¿La democracia socialista debe asumir el liberalismo?

Permítanme ahora un paréntesis anecdótico. En aquel lapso turbulento, Roberto Fernández Retamar me solicitó que escribiera un artículo o ensayo sobre la democracia y sus expresiones en la América Latina y el Caribe, para publicarlo en la revista Casa de las Américas. Fue así que redacté el ensayo «Problemas actuales de la democracia en Nuestra América», publicado por esa revista en su edición de febrero–marzo de 1991.

Gracias a esa invitación de Retamar, me vi obligado a investigar el tema en sus múltiples dimensiones y comprendí, aún más, el valor de la democracia para el quehacer y los proyectos de las fuerzas revolucionarias de la región, incluida Cuba. Recuerdo los diálogos al respecto con algunos amigos del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana, con quienes trabajé entre 1966 y 1971, y con mis compañeros del Departamento América del Comité Central del PCC, en primer lugar con nuestro jefe y Maestro, el comandante Manuel Piñeiro. Traté de esclarecer los enigmas de aquellos tres torbellinos simultáneos –especie de triángulo de las Bermudas–, muchas veces envueltos en brumas a primera vista insondables.

Abordé el tema de la democracia en dos dimensiones principales: su nexo con el socialismo y su relación con los regímenes liberales neocoloniales en nuestra región. Revisité así la Grecia antigua –llamada cuna de la democracia–, a Aristóteles, Montesquieu, Weber, Marx, Martí, Lenin, Rosa Luxemburgo, Trotsky, Gramsci, Mariátegui, Fidel, Che y otros pensadores, a quienes me propuse entender en sus praxis teóricas y políticas en torno a la democracia, junto a las bregas clasistas en las respectivas épocas.

Descubrí, por ejemplo, que los avances de la democracia liberal están subordinados –aunque a veces no resulte obvio– a las conquistas de los pueblos en diversas luchas, junto a sus líderes e intelectuales orgánicos.

Mutatis mutandi, percibí que un fenómeno semejante ocurre en la evolución democrática de los países con regímenes de orientación socialista, Cuba incluida. También en ellos, el poder constituido sobre bases democráticas requiere a menudo del látigo con cascabeles del soberano, para que no se adormezca en sus laureles –o insuficiencias– y cumpla con el mandato de la ciudadanía.

Ese texto se va a digitalizar, y Alejandro me ha dicho que se los enviará por vía electrónica. Varios de los asuntos que aborda siguen vigentes, aunque algunos ahora son más complicados. Defino ahí la democracia como una totalidad social –de ningún modo una mera forma de gobierno–, que ubica al pueblo en la opción real y soberana de participar en el diseño, el ejercicio y el control de su Gobierno y Estado, sobre la base de una igualdad efectiva. También afirmo lo siguiente: «El liberalismo no puede ni debe obviarse, ni reducirse a esquemas negativos».

En efecto, la axiología liberal ha calado hondo en nuestras sociedades y en nuestras mentes, y es importante reiterar que muchos de sus contenidos están permeados de las acumulaciones democráticas de los pueblos. Por ejemplo, en el caso nuestro, la historia de la República entre 1902 y 1958, a la que se denomina con desdén pseudo República, se ha deformado con nociones y adjetivos simplistas, e incluso ese término ha sido cuestionado por varios autores. No sería correcto declinar ni subestimar ciertos avances liberales presentes en la República anterior a la Revolución, verbigracia derechos ciudadanos formales y reales, resultantes de innúmeras luchas sociales y políticas desde 1868, y de la cultura nacional.

Sobre este asunto, añado en el artículo: «Pero el liberalismo en su evolución natural y lógica, no conduce a la democracia. Es un círculo vicioso que termina en su propia reproducción liberal. A partir de él, es posible avanzar sobre un ideal democrático genuino si el proyecto abarca simultáneamente las luchas por lograr la hegemonía popular, en todos los terrenos en que existe la democracia: el económico, el político, el social, en el Estado, y en la sociedad civil».

«En todo caso –continúo con el texto– sería erróneo y fatal que la democracia socialista pretendiera desconocer la tradición liberal, como también resultaría un contrasentido que esta se convirtiera en el paradigma de la nueva democracia. La clave del éxito de nuestro socialismo, radica, junto al desarrollo económico, las excelencias sociales y la defensa popular, en desplegar más y mejor el poder y la sabiduría de la gente». De tal modo, «Cuba podrá ser cada vez más un ejemplo de democracia plena en toda nuestra América. Y ese será, probablemente, el mayor aporte solidario futuro de la Revolución cubana a los pueblos del continente».

Esta última idea la encontré en el Che hace muchos años, cuando él expresa que el mejor aporte internacionalista que puede hacer la Revolución cubana a los pueblos de nuestro continente, es lograr que el socialismo sea exitoso en Cuba. Y también fue él, como todos sabemos, el primero en alertar con lúcidos argumentos porqué el socialismo euro soviético se movía hacia un callejón sin salida.

¿Por qué fracasa el «socialismo real»?

Aunque han transcurrido treinta años del descalabro de la Unión Soviética y de sus aliados del Este europeo, tal desenlace continúa siendo hoy el argumento más reiterado para sostener la idea de que el socialismo es un proyecto fallido. Quienes defendemos lo contrario debiéramos no olvidar tales lecciones y saber extraer de ellas experiencias útiles, sin forzar comparaciones extemporáneas y alejadas de las realidades específicas de aquellos procesos. En Cuba han sido insuficientes los estudios al respecto y nunca se ha formulado una interpretación oficial, que en rigor corresponde al PCC realizarla. Existen razones para que haya sido así, como también es importante explicar las causas que arrasaron con «nuestros aliados estratégicos» del «campo socialista».

¿Cuándo se agotó la Revolución de Octubre, dejando sin su energía al poder soviético? ¿Puede existir socialismo sin continuidad de la revolución? ¿Y puede haber continuidad de la Revolución sin que ella esté en constante renovación? ¿Fracasó sólo un modelo de socialismo? ¿O junto a él sucumbió también una versión distorsionada del marxismo que lo guiaba? ¿Cuáles son los componentes de ese modelo y cómo interpretar el «marxismo–leninismo» que lo orientó? ¿Fue Stalin el único culpable de tal modelo deformado y de su fallida codificación «teórica»? ¿Se agotan en el estalinismo las desviaciones autoritarias, burocráticas, verticalistas, estatistas y represivas? ¿Cuál es la responsabilidad de los sucesores de Stalin? ¿O es que ni unos ni otros podían actuar diferente porque ese modelo era inviable en la URSS desde finales de los años 1920 y en los países subordinados de Europa desde su génesis en 1945, porque en rigor nunca se inició en ellos una revolución?

¿Qué raíces culturales y especificidades de la historia y la formación económica–social rusas y de las demás repúblicas condicionaron el curso del socialismo en la URSS? ¿Qué lugar ocupan los factores objetivos, por ejemplo la necesidad de dedicar cuantiosos recursos a la defensa militar en detrimento del desarrollo económico y el bienestar del pueblo? ¿Cuáles fueron los equívocos y deformaciones de los dirigentes? ¿Qué papel desempeñó el sistema de dirección de la economía, basado en el llamado cálculo económico? ¿Podía haberse salvado el socialismo en la Unión Soviética si la opción escogida para rectificar sus errores hubiese sido diferente a la Perestroika y la Glasnot? ¿Qué rol jugaron los aparatos especializados de los Estados Unidos y de algunos países europeos?

Nada debe quedar sin valorarse con nuestros lentes de distancia –física y temporal– bien graduados. Es sensato asumir el análisis con la misma integralidad que se gestó, desenvolvió y feneció esa experiencia socialista, por demás complejísima e irrepetible. Sin una visión histórica abarcadora y desprejuiciada corremos el riesgo de repetir consignas –o peor: errores– o la idea de que todas las derrotas son huérfanas.

De ser un conglomerado de países semi feudales y con un desarrollo capitalista incipiente, en cuatro décadas la Unión Soviética devino segunda potencia del planeta, y logró ser pionera en la conquista del espacio cósmico. Fabricó dos veces más tanques, aviones y piezas de artillería que Alemania, y fue la fuerza decisiva en la derrota del ejército hitleriano, convirtiéndose después en la mayor superpotencia nuclear. ¡Pero fue incapaz, en el campo subjetivo, de defender su poderío frente al capitalismo! Y sucumbió sin que nadie disparara un tiro o se movilizara en las calles.

Dada la asfixia económica, moral y política del régimen, en la década de los 1980 brotaron las condiciones para la caída integral de todo el sistema. Surgió un círculo vicioso: debacle simultánea del aparato productivo, de la estrategia, las políticas y la dirección económicas, de los medios de producción estatizados, pero no socializados, y la disminución sensible del bienestar material. En ese contexto brotó un estallido de fe, simpatía y confusión en todos los sectores y regiones del país, generados por la Perestroika y la Glasnot. Tales políticas renovadoras fueron respaldadas por la mayoría del pueblo soviético al anunciarse en 1985, pues casi todo el mundo coincidía en la urgencia de realizar cambios raigales al régimen imperante. Mas para relanzar un proyecto socialista genuino era menester emprender otra revolución que buscara el oxígeno de Octubre, y que existiera un liderazgo con esa disposición y la capacidad para hacerlo.

Con la Perestroika creció la expectativa de una verdadera renovación y salvación del socialismo, que enseguida se convirtió en incertidumbre y caos, hasta ocurrir el desenlace capitalista de la crisis. En el golpe de timón hacia esa vía extrema tuvieron una responsabilidad crucial la dirección del Partido Comunista y del Estado soviético, y las acciones políticas y conspirativas desenvueltas por los Estados Unidos y otras potencias capitalistas. Todo se encadenó a partir de 1989; se desintegró de un tirón la comunidad de países del Este europeo, lo que aceleró aún más la ingobernabilidad en la Unión Soviética, hasta que se declara su defunción en diciembre de 1991.

La dirigencia que empujó al país por el último tramo del tobogán hacia el capitalismo, fue la misma que años antes propiciara el «socialismo real», término acuñado por el ideólogo del Pcus Mijail Suslov, que quiso dar por existente lo que en verdad era «irreal». Esta vez, buena parte de esos dirigentes y «cuadros» de la burocracia decidieron desenmascararse y adoptar el régimen más coherente con sus intereses económicos, su ética y sus concepciones políticas soterradas. En consecuencia, el socialismo soviético no pereció de muerte natural. Lo hicieron fenecer sus conductores y la dialéctica de un proceso ininterrumpido de errores y deformaciones durante algo más de 60 años. En ello influyeron numerosos factores internos y foráneos, y la putrefacción del sistema motorizó su caída estrepitosa e irreversible.

El pueblo soviético avaló en un referendo su última Constitución –en 1977–, luego de discutir masivamente el anteproyecto y emitir cientos de miles de opiniones. Y después, bajo el gobierno de Mijail Gorbachov el Soviet Supremo aprobó una reforma parcial en noviembre de 1988. Poco tiempo después, la vida demostró que el sistema político y económico normado por ella, era de jure y no de facto. En verdad no se cumplía desde hacía décadas, y en los hechos no tenía el respaldo del soberano. Por ejemplo, su artículo 9 decía: «El desarrollo del sistema político de la sociedad soviética se orienta fundamentalmente a seguir desplegando la democracia socialista: participación cada vez más amplia de los ciudadanos en la administración de los asuntos del Estado y de la sociedad, perfeccionamiento del aparato estatal, elevación de la actividad de las organizaciones sociales, intensificación del control popular, (…), tomándose siempre en cuenta la opinión pública». Y el artículo 6, expresaba: «La fuerza dirigente y orientadora de la sociedad soviética y el núcleo de su sistema político, de las organizaciones estatales y sociales es el Partido Comunista de la Unión Soviética. El Pcus existe para el pueblo y sirve al pueblo». La realidad fue otra, muy distinta.

Acaso los mayores déficits del régimen soviético, fueron su incapacidad para enraizar a la ciudadanía en el ejercicio democrático del poder político y económico desde abajo, y en todos los ámbitos de la sociedad; para fomentar una cultura del debate con respeto al disenso legítimo, a fin de generar consensos entre los defensores del socialismo, y de estos con los demás ciudadanos de posturas variopintas, como plataforma propiciadora de la unidad y defensa de la nación y del proyecto socialista.

Tampoco se planteó socializar los sueños y los medios de producción –en vez de estatizar unos y otros–, ni garantizar a todos los seres humanos el pleno goce de su individualidad y los derechos ciudadanos proclamados en la Constitución, y propiciar que estos fuesen más eficientes en el ejercicio de sus responsabilidades. Y no desplegó en la medida necesaria una cultura abierta a las ciencias, a las tecnologías modernas, al arte y el pensamiento universales.

Otra moraleja, es que sin un sistema democrático integral –donde en verdad mande el pueblo y reine la justicia social–, sin desarrollo económico que se revierta en prosperidad material equitativa, sin el ejemplo ético de los líderes y militantes de las vanguardias, sin humanismo e internacionalismo desinteresado, y sin sucesivos impulsos revolucionarios que den continuidad a la revolución histórica, no puede haber socialismo.

Por supuesto, un balance completo tendría que exaltar los méritos, experiencias positivas y notables logros alcanzados por esa enorme y complejísima unión de 15 repúblicas federadas, y las virtudes de sus pueblos, en especial del ruso con su admirable historia y generosidad solidaria. Tales atributos, por cierto, hacen más difícil explicar el insólito desenlace.

¿Existía otra salida a la crisis? Tal vez nadie podrá demostrar nunca si era fatal o no que la Perestroika precipitara el triunfo arrollador del capitalismo, sin guerra civil ni apenas resistencia. Ello a fin de cuentas, probó de manera inequívoca la descomposición moral que padecía la mayor parte de la dirección soviética, y la maquinaria burocrática estatal y política en todo el país.

¿Cómo marcha la disputa en el siglo XXI en torno a la viabilidad del socialismo?

El debate en torno a la viabilidad histórica del socialismo –y por ende de la democracia socialista–, es un asunto medular desde que triunfara la Revolución de Octubre en 1917. Fue punto neurálgico durante la Guerra Fría, hasta que el insólito auto jaque mate del jugador soviético provocara el triunfo simbólico más trascendente que podían imaginar sus antagonistas.

¿Acaso la genética clasista del socialismo y su proyecto anticapitalista, no lo hace per se un régimen democrático viable? Así debiera ser. Sin embargo, la pulseada por la hegemonía sobre este tema de dimensión global la va ganando el capital. Nuestros adversarios han logrado que el socialismo se perciba en la mayor parte del orbe como un régimen fracasado y sinónimo de dictadura, merced a los poderosos sistemas de reproducción de la ideología dominante, y también por los errores, deformaciones y reveses del socialismo, muchas veces falaz.

Hugo Chávez tuvo en 2005 la osadía de proclamar que el socialismo del siglo XXI, era la única opción emancipadora auténtica frente al capitalismo. Realizó así su aporte más relevante a las ideas del cambio social radical en este continente, y a la vez hizo sonar las alarmas de los escuderos del sistema opresor.

Los formidables avances de la Revolución Bolivariana durante una década, la fértil alianza de Venezuela y Cuba signada por la identidad entre Fidel y Chávez, y la influencia de ambos en un contexto regional favorable a los gobiernos y fuerzas progresistas, crearon un escenario y un relato inéditos para el despegue del nuevo socialismo propuesto por el líder venezolano. Al respecto, traté de condensar las ideas del insigne barinés en «Chávez y el socialismo del siglo XXI», en dos entregas publicadas por Cubadebate en enero de 2019. Los invito a disfrutar estas palabras suyas del 12 de junio de 2006, rebosantes de entusiasmo: «14 años después de la caída de aquel campo socialista, aquí estamos, en plena batalla. ¡El socialismo ha resurgido! ¡Ha resurgido! Podemos decirlo hoy, con Carlos Marx y Federico Engels, el fantasma vuelve a recorrer el mundo. ¡Ha vuelto el fantasma!».

En opinión de Chávez, «habrá muchas variantes del socialismo, habrá que acoplarlo a las circunstancias de cada país, de cada región; creo que fue una de las tragedias del socialismo del siglo XX, el intentar copiar modelos». También critica el determinismo histórico. El socialismo, afirma, no es un camino prefigurado e ineluctable, «porque si aceptáramos una especie de determinismo histórico, habría que cruzarse de brazos, era lo que decía el Che, y Fidel por supuesto lo ha dicho muchos años». Eso no es automático, «sino ya estaríamos en un mundo socialista y he allí el fracaso del siglo XX en el empuje hacia el socialismo, fracaso cuya excepción heroica, infinita y gloriosa es la Cuba socialista»

Gracias sobre todo a ese fuelle nuestro americano, comenzaron a enrojecer entre cenizas y escombros nuevas brasas socialistas, luego de la hecatombe ocurrida tres lustros antes.

Pero otra vez la pugna simbólica en torno al socialismo se dirime con hechos. Pronto sobrevino una rabiosa ofensiva del imperio –avalada por todos sus grupos de poder–, favorecida por la desaparición física del líder bolivariano y otros factores.

El águila, siempre al acecho, aprovechó sin piedad ciertas vulnerabilidades del original proceso socialista emergente –profundamente democrático–, y ha logrado colocar en una situación de crisis extrema a Venezuela, pese a la admirable resistencia del pueblo y el gobierno bolivarianos. Y como parte de su despliegue de recursos y ardides, los centros de poder hegemónicos han instalado en el imaginario de buena parte del público global el relato de que la actual crisis en Venezuela ratifica la inviabilidad del socialismo y su carácter dictatorial.

II

¿Por qué las piedras del derrumbe del “socialismo real” no aplastaron a Cuba?

Varias piedras de la demolición cayeron encima de Cuba. ¿Por qué no la aplastaron? ¿Cómo encaró la dirección revolucionaria cubana –en permanente diálogo con el pueblo– tan descomunal crisis que puso en riesgo la existencia de la Patria, la revolución y el socialismo, todo a la vez? Ahora que afrontamos en el 2020 y el 2021 otro complejo escenario, signado por problemas acumulados, el inicio de un ambicioso programa para encararlos –que se demoró demasiado– y circunstancias coyunturales inéditas, puede ser de interés volver a mirar aquella experiencia.

No puedo ni debo extenderme sobre la crisis cubana de los 1990. Les recomiendo el excelente balance que ofrece José Luis Rodríguez en «Los años duros del Período Especial: lecciones de coraje y resistencia», recientemente publicado en el libro colectivo «La Revolución Cubana, algunas miradas críticas y descolonizadas», coordinado por Luis Suárez. Ahí incluí un texto de mi autoría, que aborda en parte esa coyuntura: «El IV Congreso del PCC y la primera reforma a la Constitución de 1976».

No se trata de hacer una comparación de la naturaleza y los alcances de ambas crisis en nuestro país, ni el modo en que se afrontó la de hace 30 años y se asume la actual. Pero sí es útil rememorar lo que sucedió en la década de 1990 y cómo fue posible seguir el rumbo socialista, en momentos en que muy pocos en el mundo lo creían posible.

Es un lugar común decir que en tres años (1991–1993) el Producto Interno Bruto declinó ¡34,8 %!, las importaciones disminuyeron 73%, la deuda externa aumentó 42,5 %, la productividad se desplomó un 30%, el déficit fiscal alcanzó 33 % y la cotización del dólar llegó a 120–140 pesos, mientras el salario real se deterioró 22% y el desempleo equivalente fue de 34%. Tales cifras y otras no pueden, sin embargo, registrar los impactos humanos de la crisis. Millones de cubanas y cubanos que hoy tienen más de 35 años, podrían dar fe de esas realidades excepcionales, cada uno con sus vivencias pero en un escenario nacional semejante. ¿Cómo lograr que las nuevas generaciones imaginen la pesadilla del Período Especial, y comprendan porqué la mayoría del pueblo no dejó de soñar?

Nadie podía suponer en 1991 que en tan corto plazo cambiase tanto el modo de vida de tanta gente. De manera repentina, la crisis extendió sus tentáculos a casi todos los cubanos y cubanas, que entre carencias y angustias aportaron una elevada cuota de sacrificios, la más alta después de 1959. La existencia cotidiana se hizo áspera, similar a la que acontece en una economía de guerra y en una plaza sitiada.

Tal escenario de aparente –o real– potencial explosivo, hizo creer a la Casa Blanca que Cuba no podría sobrevivir a los efectos simultáneos de la crisis más extrema de su historia después de 1959 y las presiones políticas y el bloqueo económico recrudecidos desde Washington. Al suponer que el régimen socialista cubano mantendría rígidas sus posiciones, calculó que quedaría encerrado en un callejón sin salida.

Muchos líderes políticos, gobernantes y analistas en el mundo, pensaban que el liderazgo y el pueblo cubanos debían aceptar la dura verdad: en los nuevos escenarios de la post Guerra Fría sería imposible a un país pequeño, solo, sin aliados y tan próximo a los Estados Unidos de América, mantener en pie un régimen socialista. La alternativa para ellos era obvia: o Cuba aceptaba rendirse y regresar al capitalismo, o decidía defender las banderas del llamado «socialismo real» de manera dogmática e inflexible. Ambas variantes, por ende, darían al traste en breve con el orden socialista.

Mas el criterio que prevaleció fue otro: ni regresión al capitalismo, ni defensa del «socialismo real». La ruta cubana para sorpresa de muchos esquivó tal disyuntiva, que parecía ineluctable.

A partir de 1991 emprendió un recorrido inédito de cambios, sustentado en la idea de preservar el socialismo con una identidad aún más cubana, al ritmo que exigieran las circunstancias y sobre la base del consenso y el protagonismo del pueblo.

Afianzar la hegemonía del proyecto socialista y fortalecer el poder con el aval de la ciudadanía y con fórmulas revolucionarias fue la clave para encontrar soluciones a la crisis. Fidel interpretó como nadie los aportes y sentimientos de millones de personas. La fecunda relación pueblo–liderazgo facilitó que se lograran variantes consensuadas para encarar los impactos del desastre –subjetivos y materiales– y resistir la andanada del imperio. Volvió a confirmarse que solo una dirección política que se relegitima en las luchas frente a los nuevos desafíos y mantiene latiente el acervo de la Revolución, puede lograr ese objetivo.

¿Cuál fue la nuez de la reacción cubana a su propia crisis?

Las respuestas de Cuba a la debacle no estaban escritas en las Tablas de Moisés. Aunque Fidel adelantara en su discurso del 26 de julio de 1989 la posibilidad de que un día el pueblo de Cuba amaneciera con la noticia de la desaparición de la Unión Soviética –y exhortara desde entonces a defender y continuar el proyecto–, la rapidez con que ocurren los hechos en 1991 y sus brutales efectos en el archipiélago, impidieron que ese año y en el siguiente se articularan acciones de mediano plazo. Pero no se perdió tiempo.

La gente recibió de su líder y del PCC oportuna información de lo que sucedía, y expresó sus opiniones antes de que se adoptaran decisiones medulares en el IV Congreso del Partido y en la Asamblea Nacional. Tal concertación entre el liderazgo y la inmensa mayoría de la población, permitió armar sobre la marcha entre 1989 y 1993 una línea certera de defensa política, ideológica, económica y cultural. Y, a partir de 1993, emprender un ciclo de sustantivas reformas y cambios en el Estado para reanimar la economía, insertarla en el nuevo escenario mundial y ajustar las líneas de desarrollo.

La secuencia de los hitos fue: 18 de marzo de 1990, Llamamiento al IV Congreso del PCC, discusión de este por el pueblo y elaboración de los documentos tomando en cuenta sus opiniones; del 10 al 15 de octubre, el evento examina el momento excepcional que vive el país, orienta el rumbo estratégico y adopta importantes decisiones, entre ellas mejorar los nexos del PCC con el pueblo y propuestas para modificar el sistema del Poder Popular y reformar la Constitución; del 10 al 12 de julio de 1992, sesión especial de la Asamblea Nacional del Poder Popular –ANPP– para debatir y aprobar la primera reforma a la Constitución; 26 de diciembre de 1993, la ANPP discute algunas medidas y reformas económicas que impactarán la vida de la población, por lo cual decide consultar la opinión de los sindicados, los campesinos y estudiantes de nivel medio y universitario, en reuniones llamadas «parlamentos obreros»; el 1 de mayo de 1994, la AN adopta sus decisiones, con el aval del consenso alcanzado en tales parlamentos.

Entre la fecha del Llamamiento y la realización del Congreso, medió un año y casi siete meses, período en el que ocurre el desplome del «socialismo real» y el dramático parto del mundo unipolar. Ello obligó a redefinir algunas de las proyecciones de aquel documento, entre ellas interrumpir el Proceso de Rectificación de Errores, e iniciar el «Período Especial en Tiempo de Paz». Los hechos acaecidos y los aportes populares a los preparativos, convirtieron a ese evento en la instancia propicia para el diagnóstico de la nueva realidad internacional y nacional, y en el escenario idóneo para formular la política respecto de los cambios internos que sería necesario acometer. Tal encrucijada y la manera en que esta se encaró convirtieron al IV Congreso en el evento político más trascendental de la historia revolucionaria cubana hasta ese momento, cruzado por una interrogante planetaria: ¿Sobrevivirá el socialismo en Cuba?

El Congreso hace suyos los avances conceptuales y políticos del Proceso de Rectificación iniciado en 1985. Las huellas de este se encuentran en el empeño de los delegados por imaginar soluciones originales a los problemas del socialismo cubano, y en el énfasis por ampliar y hacer más eficiente la vida democrática en el Partido, en el Poder Popular y en la sociedad civil.

Por vez primera, desde que se aprobara la Constitución de 1976, un evento del PCC acuerda revisar el funcionamiento de la democracia socialista, fortalecer el control del pueblo sobre la actividad del gobierno y lograr reacciones más adecuadas de este y del Partido a las demandas e iniciativas de la gente. Muchas de las decisiones que fueron adoptadas en los años siguientes, resultaron de los acuerdos de ese Congreso o tienen la impronta de sus definiciones: desde el voto directo para elegir a los diputados nacionales y provinciales, hasta buena parte de las radicales medidas y reformas económicas posteriores.

Fidel propone en el Informe Central –sin papeles– discutir una idea matriz: qué se debe hacer «para salvar la patria, la revolución y el socialismo, en estas excepcionales circunstancias». Después expone otros conceptos, entre ellos uno de complexión martiana, cuya vigencia es menester enfatizar pues hace tiempo que es poco mencionado: «Hoy nos corresponde a nosotros una responsabilidad universal (…). Hoy luchamos no sólo por nosotros mismos, no sólo luchamos por nuestras ideas, sino luchamos por las ideas de todos los pueblos explotados, subyugados, saqueados, hambrientos de este mundo».

Responde después, sin mencionarlos, a quienes fuera de Cuba –y en menor medida dentro– piensan que no es factible preservar el socialismo: «La única que puede resolver los problemas de este país, definitivamente, a mediano o a largo plazo, es la revolución, y eso no tiene alternativa: somos nosotros y eso no tiene alternativa, y somos nosotros con nuestro trabajo, con nuestra lucha, con nuestro esfuerzo, combatiendo todo lo que haya que combatir».

Aunque me siento tentado por su interés actual, no debo extenderme más sobre ese cónclave del PCC. Solo deseo citar cuatro breves ideas, relacionadas con el tema del Taller. Presten atención y saquen conclusiones. El Llamamiento afirma que es necesario «iniciar un profundo análisis de las estructuras, los métodos y el estilo de trabajo aplicados por el Partido (…); dejar atrás todo vestigio de procedimientos burocráticos y formalistas, eliminar aquellas fórmulas ajenas, proclives a deformaciones, prescindir de prácticas superadas por la vida y abrirse a las nuevas exigencias. El Partido jamás transigirá con la corrupción y los privilegios, y desarrollará métodos y estilos cada vez más democráticos».

El acuerdo sobre los Estatutos asegura que es necesario dar continuidad «aún en medio de un Período Especial prolongado, a las medidas en vigor encaminadas a profundizar y ampliar la democracia interna», pues, «incluso en las situaciones más tensas, un ejercicio democrático viable y racional en el seno del Partido, fortalecerá nuestra capacidad de resistencia».

La resolución sobre el Poder Popular decide «incrementar la participación popular de forma organizada y constructiva en el proceso de toma de decisiones», de manera que permita «contar con el necesario consenso sobre cada asunto, que se traduzca en un redoblado compromiso de las mayorías para la defensa y la ejecución de lo acordado».

Y Fidel en sus conclusiones, dice: «Hemos dado importantes pasos de avances y no por complacer a nadie, no por hacernos graciosos ante nadie, sino para cumplir nuestra voluntad de perfeccionar cada vez más nuestro Partido, para democratizar cada vez más nuestro sistema, porque sólo un sistema socialista puede ser democrático». A saber, fue la primera vez que Fidel expresa esa idea de tal modo: solo un sistema socialista puede ser democrático…

La visión estratégica del evento resultó certera, pues tuvo además la precaución de dejar abierta la posibilidad de emprender cualquier acción indispensable para cumplir el propósito mayor de garantizar las conquistas de la revolución, la independencia nacional y el proyecto socialista. El Congreso evitó todo tipo de amarre dogmático y adoptó acuerdos de implicaciones en el propio Partido, de indudable valor rectificador; por ejemplo la posibilidad del ingreso a sus filas de revolucionarios con creencias religiosas, y la definición de que el PCC es «de toda la nación» –una acepción leninista actualizada del carácter proletario del partido pues, en rigor, la revolución en Cuba generalizó a buena parte del pueblo ese atributo clasista.

Quede pendiente para nuestros intercambios futuros, discutir si en los años posteriores al IV Congreso el tema de la democracia continuó siendo jerarquizado y enriquecido. O por el contrario volvió a ser interpretado por instancias burocráticas del PCC como un asunto marcado por la Perestroika –y/o «la ideología burguesa»–, y quedó atrapado –o no– en los moldes tradicionales soviéticos. Habría que examinar además si el V Congreso, celebrado en octubre de 1997, aborda de igual modo estos asuntos –discute y aprueba un documento que incluye el tema–. Y por qué el VI Congreso debió esperar 14 años para celebrarse –en 2011–, y qué ocurre con el desarrollo de la democracia en ese interregno.

Mudas en la Constitución e inicio de la Reforma Económica

El paso más importante luego del IV Congreso, fue la Reforma Constitucional aprobada por la ANPP el 12 de julio de 1992. Esta abarcó el 56% del texto e introdujo modificaciones sustantivas, en sintonía con los cambios en el mundo y sus impactos en Cuba, que obligaban a la inserción del país en el escenario de la post Guerra Fría. Las adecuaciones incluyeron nuevas normas para el quehacer del Estado y de la sociedad civil, y las relaciones entre ambos. No fueron adecuaciones cosméticas y resistieron la prueba del tiempo, hasta la nueva etapa de mudas y ajustes que inicia el VI Congreso del PCC en 2011.

Esa versión remozada de la Carta Magna avaló las reformas económicas posteriores con una coherente sustentación jurídica, concebida para preservar el socialismo, nunca para debilitarlo o destruirlo. Aunque algunas medidas fueron impulsadas por la tormenta de la crisis –verbigracia, la legalización de la tenencia de divisas y la creación de una red comercial con esa moneda–, la inmensa mayoría de ellas fueron muy meditadas y consultadas con el pueblo, y se aplicaron luego de preparar las condiciones indispensables para garantizar su éxito. Mas esto no se logró en todos los casos, por ejemplo las nuevas cooperativas agropecuarias no dieron los resultados esperados.

Más allá del debate sobre la demora en el inicio de las reformas y si fueron o no previstas todas ellas con una visión integral, o si sobran o faltaron algunas, no hay dudas de que el camino escogido fue certero: Un ajuste progresivo del sistema y el modelo económicos, sin perder el control de las acciones y el rumbo socialista, con el triple propósito de administrar la crisis coyuntural, avanzar hacia otro modelo económico y generar una nueva alternativa de desarrollo a largo plazo.

Visto en perspectiva, el proceso de cambios que se desarrolla en Cuba entre 1990 y 1995 forjó las bases para preservar el poder revolucionario y el proyecto socialista, aunque quedaron en pie varios de los conceptos importados de la URSS, e instituciones del Estado, del sistema político y de la sociedad civil, copiados o muy influidos por el modelo soviético.

En el ámbito económico, durante 1994 la caída del PIB se detiene y a partir de 1995 comienza a recuperarse a un promedio anual de 4% hasta 2004. Algo diferente sucedió con el deterioro del que he llamado –para mi propia comprensión de este fenómeno– Producto Interno Moral –PIM–. Este siguió en descenso en medio de las readecuaciones del país a los impactos de la crisis y de la terapia aplicada, en ambos casos con sus efectos no deseados, entre ellos el incremento de las desigualdades.

En su conjunto, la sociedad cubana comienza a vivir desde entonces procesos que la hacen más compleja y contradictoria. Entre otras razones, debido a la ecuación de déficits y avances en el desarrollo democrático y en el ámbito económico y social, y a las políticas de Washington para reinstaurar un régimen afín. ¿Cómo se expresa esa ecuación y las acciones del imperio en el momento actual?

Todo es más retador en este tiempo de pandemia, crisis foráneas diversas, trumpismo e inéditas tensiones geopolíticas, que impactan de forma extrema todo nuestro archipiélago y complican las reformas en curso, que constituyen una terapia imprescindible para salvar la Patria, la revolución y el socialismo en condiciones tal vez peores que en 1991, cuando Fidel formulara tamaña disyuntiva. Al respecto, y para finalizar, ofrezco enseguida algunos comentarios.

III

Seré preciso en los juicios sobre algunos problemas actuales que seleccioné, entre varios relacionados con nuestro Taller.

1. Opino que este es el momento más complejo y peliagudo que ha vivido Cuba en el siglo XXI. Solo comparable en la historia de la Revolución con la coyuntura más álgida del Período Especial entre 1990 y 1994.

El punto de partida que asumo sobre la presente crisis, es que ella posee los atributos necesarios para ser calificada «de crecimiento» –lleva adentro el embrión de un ciclo virtuoso–, pero incluye también determinados componentes que pueden desviar la Revolución hacia escenarios aún más riesgosos. El desenlace dependerá de cómo se conduzcan los procesos en curso y otros que vendrán –el primero de todos la Tarea Ordenamiento–, y no solo de la estrategia, del orden constitucional e institucional vigentes, y de los documentos rectores aprobados por el PCC y la Asamblea Nacional. Tal vez este símil basado en una idea de Napoleón, me ayude a explicar lo que deseo: las batallas, aunque se planifiquen muy bien, al sonar el primer disparo desatan el caos y entonces la pericia de los jefes hace la diferencia.

2. Relaciono lo anterior con la advertencia que formulara Fidel en la Universidad de La Habana el 17 de noviembre de 2005: «Este país puede autodestruirse por sí mismo, esta Revolución puede destruirse, los que no pueden destruirla hoy son ellos, nosotros sí, nosotros podemos destruirla y sería culpa nuestra».

¿Acaso es posible dormir tranquilo con esta luz roja encendida por Fidel? ¿Cuáles son los peligros foráneos e internos –o sea, dentro de la Revolución y en su entorno–, que nos amenazan hoy? ¿La situación que vivimos es menos o más favorable que la existente en 2005, cuando él hiciera tal prevención?

Al siguiente día, hablé con Fidel vía telefónica desde Caracas –un privilegio que pude disfrutar con frecuencia durante varios años, debido a su cotidiano interés por el proceso bolivariano–. Le comenté la amplia repercusión de su discurso en la prensa venezolana, en particular de esas palabras, y su respuesta fue lapidaria: «Se van a quedar con las ganas», dijo. Esa noche razoné con mi almohada.

Para lograrlo, me dije, es necesario comenzar por no minimizar los peligros internos que acechan a la Revolución. Y fue ese el motivo, pensé, del fuerte aldabonazo que sonara en la Universidad de La Habana el fiel admirador de Eduardo Chibás.

En su discurso, él expresa otra idea también inédita y de igual modo sin fecha de caducidad. Dijo: «Uno de nuestros mayores errores, al principio y muchas veces a lo largo de la Revolución, fue creer que alguien sabía cómo se construía el socialismo. Hoy tenemos ideas, a mi juicio, bastante claras de cómo se debe construir el socialismo, pero necesitamos muchas ideas bien claras y muchas preguntas dirigidas a ustedes, que son los responsables acerca de cómo se puede preservar o se preservará en el futuro el socialismo». Recordemos: estaba hablando con jóvenes universitarios…

No fue esa una declaración agnóstica. Más bien lo que él busca, según mi parecer, es incentivar el ejercicio de pensar y la humildad en el proceso de crear el socialismo. Nadie es un sabelotodo en cuestiones del socialismo.

Creatividad y humildad son como dos vigorosas piernas que se necesitan para garantizar un andar seguro, sin esquemas preconcebidos ni el mimetismo que tanto daño hiciera a la Revolución, y aún no ha drenado del todo.

3. Una alerta semejante fue expresada por Raúl cinco años después, el 18 de diciembre de 2010, ante la Asamblea Nacional. En ese histórico discurso –en una etapa que él encabeza de críticas a deviaciones, deficiencias y errores acumulados por la Revolución–, espetó con su habitual sinceridad: «O rectificamos o ya se acabó el tiempo de seguir bordeando el precipicio, nos hundimos, y hundiremos, como dijimos con anterioridad, el esfuerzo de generaciones enteras (…)».

De esos dos avisos, deduzco una moraleja: después de sesenta y dos años de revolución –¿la tercera edad?–, quienes nos sentimos parte de ella no tenemos derecho a cometer errores sustantivos y/o ser incapaces de afrontar con éxito los complejos retos de hoy y del futuro, previsible o no.

Por encima de las divergencias –siempre fecundas y mejor si son respetuosas–, resulta indispensable forjar y articular el consenso para acometer con acierto el nuevo ciclo que recién inicia el país.

La unidad en la historia de la nación cubana es una clave ineludible, y nadie debiera convertirla en pretexto para barrer los problemas y fallas debajo de la alfombra.

Sólo con la lucidez del pueblo movilizado –así ha sido siempre–, tendremos la capacidad colectiva para triunfar, que incluye enfrentar a tiempo los errores, y a nuestros enemigos, que siguen desplegados por todos los flancos.

4. «Cura de caballos», así ha calificado el periodista de Juventud Rebelde José Alejandro Rodríguez a la «Tarea Ordenamiento». Me gusta el símil, si entendemos que se trata de una terapia extrema indispensable y que aún se requieren otras para trotar con más rapidez y fortaleza. Y de inmediato, es menester dar en el centro de la diana, pues esa «tarea» –o «cura»– se aplica en una coyuntura muy peligrosa incluso más cerca del precipicio metafórico aludido por Raúl.

Se trata de un vasto conjunto de decisiones económicas y sociales interrelacionadas, que por sus repercusiones en el modo de vida del pueblo y en el sistema de producción y de servicios, es de complexión política. Por eso la Política –con mayúscula– ha de estar al mando de ese radical proceso y sustentarse en el pueblo organizado, activo y consciente, como ha ocurrido en todos los momentos estelares de la Revolución.

Que él ocupe su lugar de actor principal, y no sea un sujeto con derecho a reaccionar a posteriori, lo cual es bueno pero insuficiente y cercena su poder soberano.

Porque el poder es para poder –y lo expreso así, aunque resulte tautológico–. En mi opinión, hubiese sido deseable antes de implementar las medidas, explicarlas al pueblo –todo lo que fuese posible– y recibir las opiniones y sugerencias, primero para que los decisores se beneficiaran de la sabiduría colectiva y después –algo decisivo en las «curas de caballo»– a fin de obtener comprensión y respaldo.

5. Pareciera que ya no tiene sentido hablar de los años que demoró deshojar esta margarita. Lo esencial ahora es superar los males y galopar en la dirección correcta. Corresponde al liderazgo de la Revolución explicar las razones del largo tiempo invertido en forjar esta decisión, y si lo cree justo, hacer las críticas y autocríticas que correspondan, útiles en el presente y para las futuras generaciones.

Lo que procede es trabajar y razonar unidos, sí: con unidad. Sin temor a emplear el concepto que, a fuerza de emplearse como consigna o para apagar debates álgidos, a menudo ha sido distorsionado. La auténtica unidad siempre será feraz, indispensable para avanzar hacia los objetivos consensuados y para derrotar al águila furtiva o de garras visibles.

Nos toca pensar, sentir y actuar como parte del pueblo –que está en ebullición y erguido en defensa de sus verdades. Ello supone ayudar a moldear el futuro con ganas y optimismo, y también proceder contra los ineptos, chapuceros, corruptos, oportunistas y demagogos; contra los especuladores, vagos y delincuentes; contra los mandamás, que casi siempre trabajan menos y quieren vivir mejor, obviando que «el socialismo es la ciencia del ejemplo»; contra quienes mienten de modo inconsciente o deliberado, para preservar su estatus –público o privado–; contra aquellos que temen al pensamiento crítico, y a veces acusan sin fundamento a quienes lo ejercen de ser instrumentos del enemigo; contra los que no acaban de aceptar, aunque digan lo contrario, que es indispensable respetar los derechos y deberes de todos los ciudadanos y ciudadanas, consagrados en la Carta Magna. Y un largo etcétera, a completar y encarar desde las catacumbas del pueblo, en primer lugar en nuestras organizaciones políticas y sociales, que también necesitan elucidar el papel que les corresponde, y cómo cumplirlo, en los tiempos actuales.

6. Es crucial discernir y monitorear la versátil agenda del enemigo, entre todos los que deban o puedan hacerlo. Y, por ende, no dejarnos manipular por sus tácticas y ardides. La Revolución acumula una vasta experiencia y dispone de las fuerzas necesarias, para derrotar las patadas –¿de ahogado…?– de Trump y sus acólitos en Miami y de otros lares; incluidos algunos dizque trumpistas, mal nacidos en Cuba. Sabemos que el imperio suele proceder acorde a metas de largo plazo, aunque a veces sus agentes actúen desaforados. Conocer sus planes –o prever sus intenciones– es vital, y más aún descifrarlos en cada coyuntura.

Ahora se han puesto de moda en Cuba –con razón–, los temas de la «Guerra no Convencional» –GNC– o de cuarta generación, las llamadas «revoluciones de colores» y el «golpe suave». Es importante lograr una comprensión a fondo –que no sea sesgada, con fines utilitarios– de esas doctrinas, instrumentos y métodos para «el cambio de régimen». Interpretar sus contenidos, cuándo surgieron, qué entramado institucional –incluido el financiero– los sostienen, cómo han evolucionado, donde y porqué han dado resultados, en qué países han fracasado y sobre todo cómo operan hacia Cuba.

El tema apasiona, pero no debo extenderme aquí. Solo quisiera destacar que todas sus variantes colocan en primer plano una directriz: identificar y explotar al máximo las vulnerabilidades del que consideran enemigo a derrotar. Por ejemplo, la Circular de Entrenamiento sobre la GNC de las Fuerzas de Operaciones Especiales del Ejército de los Estados Unidos, del año 2010, orienta aprovechar «casi siempre de modo directo, aunque encubierto, (…) las vulnerabilidades económicas, políticas y militares del adversario seleccionado».

Por su parte, en el Instituto Albert Einsten –IAE–, de Boston, y en el Centro internacional sobre Conflictos No violentos, en Washington, se han sistematizado y se enseñan los métodos no violentos de las llamadas «revoluciones de colores» y del «golpe suave», cuyo artífice principal es el estadounidense Gene Sharp, fundador del IAE. Él es famoso por ser autor del libro «Dictadura y Democracia», una especie de manual para derribar gobiernos con métodos no violentos –los que no excluye del todo–. El objetivo de tal estrategia, según Sharp, es que el gobierno a derrocar pierda la capacidad de controlar las instituciones y los procesos económicos, sociales y políticos. Su tesis fundamental, es que toda estructura de poder se sustenta en la obediencia de los sujetos a las órdenes de los dirigentes. Por consiguiente, si la gente no obedece, los líderes no tienen poder. Así de simple. Aunque los métodos a emplear y sus dinámicas específicas en cada país son complejos y sin escrúpulos, e incluyen 198 variantes a combinar según la realidad de cada país.

Regreso a la idea que deseo subrayar: junto al estudio concienzudo y la divulgación sistemática de los planes, métodos y acciones del imperio, es imprescindible cerrar las brechas de nuestras vulnerabilidades, las que ya existen o las que puedan sobrevenir, a fin de subsanarlas o al menos llevarlas a un umbral que no le sea posible emplearlas en favor de sus planes.

No sobredimensionar al enemigo ni subestimar nuestras flaquezas: ni más, ni menos. Y saber distinguir quiénes en verdad son sus cómplices e instrumentos dentro y fuera de Cuba, para no cometer el desliz de incluir en el «sector de fuego» de la batalla de ideas contra los adversarios, a ciudadanos que no lo son, incluidos muchos leales y activos revolucionarios que ejercen su derecho a pensar.

7. Con tal fin, considero que es aconsejable evaluar cuánto más puede mejorar nuestro sistema de comunicación social: prensa escrita, televisión, radio y medios digitales. No soy experto, pero estoy persuadido de que disponemos de un potencial en recursos humanos y materiales que no se emplea en todas sus posibilidades, y no pocas veces está lastrado por métodos de comunicación anacrónicos y/o erráticos. Este es un tema muy complejo, que debiera abordarse más desde esa complejidad, y no solo por las personas involucradas en ese quehacer, donde abunda el talento y la lealtad a la Revolución. A todos nos concierne.

Porque si algo debe caracterizar a nuestra democracia socialista es un sistema de medios que sea el espejo del pueblo y de las realidades donde existimos. Sin complacencias, torceduras y ocultamientos, y sin temas prohibidos –tabúes– innecesarios. Que la gente se vea reflejada en los medios, tal como son, piensan, sienten y viven.

A la prensa digital que dice ser «independiente», pero en verdad depende de los recursos y directrices enemigos, está muy bien que no se le dé tregua desde nuestra artillería mediática, como sucede cada vez más y mejor. Todavía con mayor efectividad, debiera hacerse con las variantes que propalan en las redes sociales rumores y noticias falsas o medias verdades.

La mejor manera de desmentir esas vías de (des)información, es lograr que no sean creíbles para la mayoría del pueblo –como siempre ha sucedido con Radio Martí y TV Martí–. A ello ayudaría mucho que sea impecable el quehacer de nuestros medios de comunicación. Que la base de su legitimidad y poder de influencia sea que el pueblo crea en ellos. Las nuevas tecnologías obligan aún más a elevar la participación desde el campo revolucionario y patriótico en los medios digitales, para contrarrestar la vasta y sistemática arremetida imperial, y exponer nuestras verdades con argumentos, nunca con consignas o estereotipos aburridos. Pero más importante aún es hacerlo por vías directas, cuerpo a cuerpo, pues tal dimensión sigue siendo decisiva en el ámbito de las ideas, la ética y las emociones de la gente. Es el imán más eficaz, siempre y cuando esté acompañado de hechos convincentes.

8. Con humildad deseo insistir: tener nuestro propio guión y una brújula en las manos es indispensable. Descifrar al adversario para contraatacarlo donde le duele, y no dejarnos arrastrar o confundir por sus coartadas. «Plan contra plan», como aprendimos del Maestro y siempre hizo Fidel: por eso está invicto en su trinchera de piedra e ideas.

Tenemos razones para confiar en nuestros servicios de inteligencia y demás instituciones fogueadas en esas lides. Sin embargo, pareciera que es menester ante el multifacético escenario de confrontación en desarrollo, y en armonía con la política que adelanta hacia los científicos cubanos el Presidente Miguel Díaz–Canel, acudir aún más al aporte multidisciplinario de nuestros investigadores, pensadores y académicos sociales.

Aunque la sociedad es el sistema –o conjunto de ellos– más complejo que existe en nuestro planeta, muchos de los que tienen la responsabilidad de conducirla –no solo en Cuba–, carecen en diferentes medidas de los conocimientos científicos para ese fin, y/o de la asesoría idónea. Tampoco se trata de sobrestimar el papel de las ciencias sociales. Depende incluso de qué especialistas se utilicen, pues a menudo tienen criterios diferentes, y por eso quienes dirigen han de escuchar a unos y a otros. Esos científicos, académicos y pensadores son parte del pueblo y, desde este, pueden ayudar a interpretar correctamente con sus métodos las diversas ideas percepciones, conductas y el estado de ánimo de la gente. Y hacer propuestas útiles.

9. No pretendo extenderme en el tema del «show» de San Isidro y sus efectos colaterales. Entre otras cosas, porque no poseo información suficiente. Lo he subrayado antes: el adversario siempre busca identificar cuáles son las vulnerabilidades del contrincante para atacar fuerte en esos flancos. ¿Cuáles supone el imperio que son las nuestras? Es fundamental tenerlo claro, porque en esos puntos nos van a atacar, como ya hacen, con más vehemencia.

Es obvio que tiene una batería de acciones jerarquizadas, líneas de ataque definidas y dispone de vastos recursos. Desde hace tiempo recibimos los impactos, que han sido duros pero nos han curtido. Aunque ello no quiere decir que seamos infalibles.

Un ejemplo: Me atrevo a decir que lo ocurrido a finales de este año con el montaje del llamado Movimiento de San Isidro y la movilización el 27 de noviembre de un heterogéneo grupo de artistas y escritores frente al Ministerio de Cultura –la mayoría de ellos jóvenes honestos, mezclados sin saberlo con activistas contrarrevolucionarios–, fue un auto-gol de nuestro equipo. De esos que, luego de evaluarse bien, ayudan a ganar el campeonato.

¿Se procedió con rapidez y tino para evitar que el llamado Movimiento de San Isidro generara tal confusión? Todo indica que existían agendas individuales y grupales en el grupo de creadores que se movilizó el 27 de noviembre, al parecer no suficientemente entendidas y atendidas. Otras sí, pero en esos casos hay poco o nada que hacer. Aunque siempre es menester seguir intentándolo.

No soy experto, ni conozco detalles, pero aprendimos de Martí que en la política –y esto es Política–, «lo real es lo que no se ve» y «prever es triunfar». La experiencia, estoy seguro, está siendo valorada por quienes corresponde en Cuba. A no dudarlo, el enemigo ya lo ha hecho. Hay signos evidentes: ¡Están de pláceme, y vienen por más!

Lo sabemos: el factor tiempo en política es una categoría clave. A Hugo Chávez le gustaba decir, en sentido figurado: «Candelita que se enciende, candelita que se apaga». En esa práctica de bomberos eficientes nos hemos educado los revolucionarios cubanos. Sobre todo cuando esa «candelita» ocurre dentro de nuestra casa, por un descuido de algún familiar o un vecino, amigo o no, pero que merece respeto.

Saber distinguir entre un mercenario –sea un terrorista violento, un provocador burdo o algún mercader de la palabra y la imagen– y aquellas personas que con razones válidas o sin ellas, actúan, reclaman, opinan, dudan y piden dialogar de buena fe, es el primer y más importante cortafuegos que debe emplearse.

No el despliegue innecesario de fuerzas del orden, donde no hay desorden y el enemigo sonríe ante ello, porque lo que busca es propagar la imagen de un «régimen represivo». Recordar la dicotomía simplista de Sharp: dictadura vs democracia.

Tampoco es válido reeditar los «mítines de repudio» o creer que las «brigadas de acción rápida» pueden en todo momento y circunstancia sustituir el indispensable movimiento popular organizado y consciente, tan de capa caída en los últimos años. La Revolución siempre tendrá el derecho a defender su poder y su legado, y el pueblo revolucionario el deber de hacerlos valer. Pero lo más fructífero, como se ha demostrado tantas veces a lo largo de nuestra historia, es la plática diaria con la gente, sin formalismos, donde el servidor público dialogue porque al igual que sus interlocutores lo necesita para su buen desempeño, que incluye aprender y esclarecerse mutuamente.

Me gusta el nombre que emplean los consejos comunales en Venezuela y en diferentes organizaciones populares de nuestra América, para identificar a sus «representantes»: Voceros. Se trata de un concepto democrático nuevo, asociado a la idea de «mandar obedeciendo», del filósofo y teólogo de la liberación argentino-mexicano Enrique Dussel. Ellos son la voz del colectivo y, por ende, su papel consiste en expresar los criterios y sentimientos de este.

Esa especie de nueva cultura democrática ha nacido al calor de las luchas populares en nuestra América y se ha ido extendiendo en muchos países. Debiéramos conocerla y más aún asimilar de modo creativo la savia suya que favorezca nuestra democracia. Marta Harnecker ha dejado un amplio legado de testimonios filmados y textos sobre ese quehacer de la gente a ras del suelo. Son de interés, por ejemplo, las experiencias en la elaboración de presupuestos participativos de alcaldías, y en otras variantes populares de democracia directa en varios países de la región, donde destacan algunas como las de los Trabajadores sin Tierra de Brasil, los métodos participativos de educación popular y, en Cuba, el Centro Martin Luther King.

10. Mi respetuoso parecer es que no se mostraron a tiempo al público los datos convincentes que existían sobre los personajillos y la maniobra del «show» de San Isidro. ¿Se subestimó o no se entendió el plan? Sus mentores lograron una imagen mediática artificial, gracias a la metodología de las llamadas Revoluciones de Colores, que tiene muchas variantes; como en el ajedrez: cada jugador, siempre que puede, mueve sus piezas para provocar la reacción que espera. ¿Acaso no buscaron y consiguieron que «la dictadura» «metiera preso» a un «artista» que supuestamente defendía su derecho a crear, pensar y expresarse libremente, y luego «reprimiera» a quienes hacían una huelga de hambre para protestar y al «periodista independiente» que viajó para cumplir su papel profesional? ¿Y por qué nuestros medios de comunicación no fueron empleados a tiempo? Cuando se hicieron públicos los hechos e informaciones sobre quiénes eran esos provocadores el pueblo enseguida entendió todo y de manera abrumadora los rechazó.

A saber, en la historia de la contrarrevolución desde el año 1959, este es uno de los grupos más mediocres y sórdidos que han existido, a cargo de una operación burda y chapucera. Sin embargo, el imperio logró, basándose en su poder mediático y a las maniobras en el tablero, que tales farsantes nutrieran la matriz hegemónica sobre Cuba, que desde hace años reproduce con bastante éxito en muchos países: una dictadura que viola los derechos humanos, en especial la libertad de pensamiento, de expresión y de creación, etcétera. Y pudieron distorsionar mucho más los hechos de San Isidro, debido al flanco que se abre el 27 de noviembre en el Ministerio de Cultura.

Como dijera después Abel Prieto, la contrarrevolución se coló en el tejido de la cultura. ¿Por qué ocurrió? ¿Qué razones explican este fenómeno inédito en más de 50 años? Y otra pregunta: ¿Cómo sanar el tejido afectado y buscar hacerlo inmune a nuevos «virus»? ¿Cuál es la vacuna? No soy novedoso si digo que también en el campo de la cultura Cuba dispone de todo lo necesario para crear eficaces «vacunas» y «antídotos»: el formidable acervo ético y cultural de la nación, y nuestros artífices de belleza y axiología.

Alguna vez Trotsky afirmó que las revoluciones necesitan el látigo de la contrarrevolución. Y los que peinamos canas aquí sabemos, y los más jóvenes también, que eso fue lo que nos hizo fuertes y más diestros para avanzar en medio de innúmeros avatares y conquistas, luego del amanecer.

Los problemas e insuficiencias que se han puesto de manifiesto en nuestras instituciones, incluidas las gremiales, y en los medios de comunicación, están a la vista. Y también son obvias sus reacciones positivas. Nuestro deber es contribuir a ese fin, desde el compromiso crítico, sin afeites.

11. La experiencia del Parque Trillo y el diálogo del pasado 5 de diciembre en el Ministerio de Cultura son reacciones de dos cuerpos saludables. Uno institucional y el otro un novedoso grupo de jóvenes. Me alegra que estén aquí algunos de los que se juntaron por decisión propia en ese emblemático parque. Pude leer en La Tizza las palabras de esos jóvenes en la tángana y en el libro digital que editó Ocean Sur, todo hecho de prisa y bien, como obliga este tiempo de peleas. Me llené de optimismo. Y muchos de mi generación nos preguntamos:

¿Cómo fue posible que se convocara y organizara ese evento por un grupo autónomo de jóvenes? Algo inédito en nuestro país. Mi amigo Roberto de Armas, aquí presente, ahora con 76 años, fue uno de los primeros presidentes de la OCLAE y dirigente de la UJC hace medio siglo, y él puede atestiguarlo: no recuerdo que se haya realizado una actividad de este género político, que no hubiese sido organizada por los CDR, la CTC, la FMC… y en este caso por la UJC o la FEU.

La del Parque Trillo surgió de modo espontáneo y los promotores la organizaron en tiempo record y sin liturgia. Bienvenida esta iniciativa, porque la Revolución necesita que florezcan plantas «silvestres», también frutos auténticos de ella. A la vez, ello obliga a una reflexión: ¿Cuánta capacidad para movilizar al pueblo han perdido nuestras organizaciones políticas, de masas y sociales? ¿Acaso tal realidad no es expresión de un severo desgaste de sus roles históricos? ¿Cómo se relaciona esto con el ejercicio democrático efectivo en las bases del poder popular? ¿El pueblo en verdad ejerce en todo su calado los poderes directos e indirectos que le confiere la Constitución? ¿Será necesario crear nuevas variantes de organización del Poder Popular en las bases, con potestades más efectivas de autogobierno? ¿Y hacer más eficaz en sus centros laborales el poder de los trabajadores del campo y la ciudad en todas las formas de propiedad?

Por hoy, debo concluir. El tema del poder del pueblo desde abajo es de inmenso calado, y solo deseo incentivar el debate. Habrá más oportunidades para referirme a él y a otros asuntos relacionados con la democracia en Cuba.

Muchas gracias.