Por Humberto Herrera Carlés
La inflación suele explicarse desde dos frentes que no compiten entre sí, sino que se complementan: la evolución de la producción y la circulación monetaria. En el largo plazo, la cantidad de dinero es el factor determinante; en el corto plazo, la producción y la brecha del producto explican por qué los precios se aceleran o se moderan. Aplicar ese marco al caso cubano permite entender por qué la inflación aparece concentrada en los alimentos y por qué, detrás de ese dato, hay una crisis de oferta que se amplifica por factores monetarios, cambiarios y de expectativas.
El marco general: el dinero manda en el largo plazo, la producción en el corto
La teoría cuantitativa del dinero sostiene que, a largo plazo, el nivel de precios está determinado por la cantidad de dinero en circulación. La producción tiene límites reales —tecnología, trabajo, capital, capacidad instalada—, mientras que el dinero puede crecer sin límite. Si la liquidez crece mucho más rápido que la capacidad de producir bienes y servicios, ese exceso termina reflejándose en precios más altos. La evidencia empírica respalda esta idea: los países con aumentos rápidos y sostenidos de su oferta monetaria tienden a terminar con inflaciones altas. Como señala el Banco Central Europeo, aunque muchos factores afectan los precios temporalmente, un aumento sostenido del nivel general de precios solo puede ser impulsado, en el largo plazo, por una política monetaria expansiva sostenida.
En el corto plazo, la relación no es tan directa. La producción importa, pero como factor que acelera o desacelera la inflación, no como su causa última y permanente. Cuando la demanda agregada crece más rápido que la capacidad de producción —una brecha positiva del producto— aparecen cuellos de botella y presiones al alza. Sin embargo, si la producción no puede crecer más, cualquier intento de estimular la demanda con más dinero terminará solo en más inflación. La producción determina cuánto puede crecer la economía sin inflación; la circulación monetaria determina si, al final, esa inflación se materializa o no.
El consenso actual de los bancos centrales integra ambas dimensiones: la inflación es, en última instancia, un fenómeno monetario, pero la producción y la demanda son el contexto que explica su dinámica de corto plazo. Por eso los bancos centrales ya no controlan directamente los agregados monetarios, sino la tasa de interés, para influir en la demanda y asegurar que la creación de dinero sea consistente con la capacidad real de crecimiento de la economía.
Cuba: los alimentos como epicentro estadístico
En Cuba, el sector que de forma más directa e inmediata impulsa la inflación es el de alimentos y bebidas no alcohólicas. Las estadísticas oficiales son consistentes en señalarlo como el principal motor: para septiembre de 2026, ese rubro fue responsable del 73.39% del aumento mensual de los precios. Otras fuentes, como la CEPAL, confirman que es la categoría con más peso en el índice general. Dentro del sector, los productos que más presionan son componentes básicos de la dieta cubana: harina de maíz, otros cereales, arroz y carne de cerdo. Otros rubros, como bebidas alcohólicas y tabaco, pueden mostrar alzas interanuales llamativas —cercanas al 70% en algunos periodos—, pero su contribución al índice general es menor por su menor peso en la canasta de consumo familiar.
Ese dato no debe interpretarse como un simple exceso de demanda. La razón por la que los alimentos son el epicentro es una severa crisis de oferta. La producción agropecuaria e industrial ha disminuido significativamente, con limitaciones en insumos clave como fertilizantes y sistemas de riego, lo que afecta la productividad agrícola. A ello se suma una dependencia crítica de las importaciones: Cuba importa (ba) alrededor del 80% de lo que consume. Por lo tanto, cualquier caída en la disponibilidad de divisas para importar alimentos o insumos se traduce casi de inmediato en escasez y, por tanto, en precios más altos. Factores externos como las sanciones y la interrupción de importaciones de petróleo han dificultado aún más el acceso a esos bienes.
Los amplificadores: tipo de cambio, expectativas y liquidez en el mercado no estatal
La crisis de oferta del sector alimentos se ve amplificada por otros elementos del entorno macroeconómico cubano. El primero es el costo y el tipo de cambio: el precio de los alimentos importados no depende solo de su costo en el exterior, sino también del tipo de cambio informal. La depreciación del peso cubano encarece directamente esos productos en el mercado interno, y la dolarización parcial de la economía crea una dinámica de precios paralela.
El segundo son las expectativas de inflación. En un entorno de escasez persistente y alta inflación, los vendedores ajustan sus precios no solo por los costos actuales, sino por lo que esperan que suban en el futuro. Esa inercia inflacionaria hace que el problema se perpetúe.
El tercero es la presión de demanda en el mercado no estatal. Aunque la demanda general está contenida por la caída de los salarios reales, en el segmento no estatal —que representa la gran mayoría de los puntos de venta donde se recogen los precios del IPC— puede existir una mayor liquidez en pesos que presiona los precios al alza en un contexto de oferta tan limitada.
La lectura integrada: no es una contradicción, es una secuencia
El marco monetario y el marco de oferta no se contradicen. La inflación cubana es el síntoma de un problema estructural de oferta —incapacidad de la producción nacional y de las importaciones para satisfacer la demanda—, pero ese problema se desenvuelve en un contexto monetario y cambiario que amplifica su impacto sobre los precios. La producción explica por qué la inflación se concentra en alimentos y por qué es tan aguda; la circulación monetaria y las expectativas explican por qué puede persistir y retroalimentarse.
Dicho de otro modo: en el corto plazo, la crisis de oferta alimentaria y la restricción de divisas son el detonante visible; en el largo plazo, la inflación no se estabilizará si la creación de dinero y las expectativas no se alinean con la capacidad real de la economía. La producción determina cuánto puede crecer la economía sin inflación; la circulación monetaria determina si esa inflación se materializa o no.
Implicaciones de política: una doble agenda
El control sostenido de la inflación en Cuba exige, por tanto, una doble agenda. Por un lado, atender la emergencia de oferta: recuperar producción agropecuaria ( la falta de inversiones en este sector por años , 2-3 % del total, nos está pasando factura), asegurar insumos, facilitar importaciones clave y mejorar la disponibilidad de divisas. Sin esa base real, cualquier ajuste monetario tendrá costos muy altos y efectos limitados. Por otro lado, construir un ancla nominal creíble: una política monetaria y cambiaria coherente, que evite que la liquidez y las expectativas sigan retroalimentando la inflación. La experiencia internacional muestra que ninguno de los dos frentes funciona por separado: sin oferta, el dinero se traduce en precios; sin ancla monetaria, la oferta insuficiente se convierte en inflación persistente.
En resumen, el sector alimentos es el epicentro estadístico de la inflación en Cuba, pero su comportamiento es el síntoma de un problema estructural de oferta. La producción y las importaciones explican el origen inmediato; la circulación monetaria, el tipo de cambio y las expectativas explican por qué ese problema se amplifica y se perpetúa. Entender esa secuencia es indispensable para diseñar una política antiinflacionaria realista.
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